Teoría
Alfred
Adler postula una única “pulsión” o fuerza motivacional detrás de todos
nuestros comportamientos y experiencias. Con el tiempo, su teoría se
fue transformando en una más madura, pasando a llamarse a este
instinto, afán de perfeccionismo. Constituye ese deseo de desarrollar
al máximo nuestros potenciales con el fin de llegar cada vez más a
nuestro ideal. Es, tal y como ustedes podrán observar, muy similar a la
idea más popular de actualización del self.
La
cuestión es que “perfección” e “ideal” son palabras problemáticas. Por
un lado son metas muy positivas, de hecho, ¿no deberíamos de perseguir
todos un ideal?. Sin embargo, en psicología, estas palabras suenan a
connotación negativa. La perfección y los ideales son, por definición,
cosas que nunca alcanzaremos.
De hecho, muchas
personas viven triste y dolorosamente tratando de ser perfectas. Como
sabrán, otros autores como Karen Horney y Carl Rogers, enfatizan este
problema. Adler también habla de ello, pero concibe este tipo negativo
de idealismo como una perversión de una concepción bastante más
positiva. Luego volveremos sobre el particular.
El
afán de perfección no fue la primera frase que utilizó Adler para
designar a esta fuerza motivacional. Recordemos que su frase original
fue la pulsión agresiva, la cual surge cuando se frustran otras
pulsiones como la necesidad de comer, de satisfacer nuestras
necesidades sexuales, de hacer cosas o de ser amados. Sería más
apropiado el nombre de pulsión asertiva, dado que consideramos la
agresión como física y negativa. Pero fue precisamente esta idea de la
pulsión agresiva la que motivó los primeros roces con Freud. Era
evidente que éste último tenía miedo de que su pulsión sexual fuese
relegada a un segundo plano dentro de la teoría psicoanalítica. A pesar
de las reticencias de Freud, él mismo habló de algo muy parecido mucho
más tarde en su vida: la pulsión de muerte.
Otra
palabra que Adler utilizó para referirse a esta motivación básica fue
la de compensación o afán de superación. Dado que todos tenemos
problemas, inferioridades de una u otra forma, conflictos, etc.; sobre
todo en sus primeros escritos, Adler creía que podemos lograr nuestras
personalidades en tanto podamos (o no) compensar o superar estos
problemas. Esta idea se mantiene inmutable a lo largo de su teoría,
pero tiende a ser rechazada como etiqueta, por la sencilla razón de que
parece que lo que hace que seamos personas son nuestros problemas.
Una
de las frases más tempranas de Adler fue la protesta masculina. Él
observaba algo bastante obvio en su cultura (y de ninguna manera
ausente de la nuestra): los chicos estaban situados en una posición más
ventajosa que las chicas. Los chicos deseaban, a veces de forma
desesperada, que fuesen considerados como fuertes, agresivos o en
control (masculinos) y no débiles, pasivos o dependientes (femeninos).
Por supuesto, el tema es que los hombres son de alguna manera
básicamente mejores que las mujeres. Después de todo, ellos tienen el
poder, la educación y aparentemente el talento y la motivación
necesarios para hacer “grandes cosas” y las mujeres no.
Todavía
hoy podemos escuchar a algunas personas mayores comentando esto cuando
se refieren a los chicos y chicas pequeños. Si un niño demanda o grita
buscando hacer lo que quiere (¡protesta masculina!), entonces es un
niño que reacciona de forma natural (o normal). Si la niña pequeña es
callada y tímida, está fomentando su feminidad. Si esto ocurre con un
chico, es motivo de preocupación, ya que el niño parece afeminado o
puede terminar en mariquita. Y si nos encontramos con niñas asertivas
que buscan hacer lo que creen, son “marimachos” y ya se buscará la
manera de que abandone esa postura.
Pero Adler no
creía que la asertividad masculina y su éxito en el mundo fuesen debido
a una cierta superioridad innata. Creía más bien que los niños son
educados para lograr una asertividad en la vida y las niñas son
alejadas de este planteamiento. No obstante, tanto los niños como las
niñas vienen al mundo con la misma capacidad de protesta. Dado que
muchas personas malinterpretan a Adler al respecto, constriñen el uso
de la frase.
La última frase que usó antes de
plantear su afán de perfeccionismo, fue afán de superioridad. El uso de
esta frase delata una de sus raíces filosóficas de sus ideas:
Friederich Nietzsche desarrolló una filosofía que consideraba a la
voluntad de poder el motivo básico de la vida humana. Aunque el afán de
superioridad se refiere al deseo de ser mejor, incluye también la idea
de que queremos ser mejores que otros, más que mejores en nosotros
mismos. Más tarde, Adler intentó utilizar el término más en referencia
a afanes más insanos o neuróticos.
Estilo de vida
Todo
el juego de palabras que usa Adler nos remite a una teoría de la
personalidad bastante más distanciada de la representada por Freud. La
teoría de Freud fue lo que hoy día llamaríamos una teoría
reduccionista: trató durante toda su vida de retraer a niveles
fisiológicos todos sus conceptos. Aún cuando admitió al final su fallo,
la vida es explicada no obstante en base a necesidades fisiológicas.
Además, Freud tendió a enclavar al sujeto en conceptos teóricos más
reducidos como el Ello, el Yo y el Superyo.
Adler
fue influenciado por los escritos de Jan Smuts, el filósofo y hombre de
estado surafricano. Éste defendía que para entender a las personas,
debemos hacerlo más como conjuntos unificados en vez de hacerlo
considerándolas como una colección de trozos y piezas, y que debemos
hacerlo en el contexto de su ambiente, tanto físico como social. Esta
postura es llamada holismo y Adler tuvo mucho que ver con esto.
Primero,
para reflejar la idea de que debemos ver a los demás como un todo en
vez de en partes, el autor decidió designar este acercamiento
psicológico como psicología individual. La palabra “individual”
significa de forma literal “lo no dividido”.
Segundo,
en vez de hablar de la personalidad de un sujeto en el sentido de
rasgos internos, estructuras, dinámicas, conflictos y demás, prefería
hablar en términos de estilo vital (hoy estilo de vida). El estilo de
vida significa cómo vives tu vida; cómo manejas tus problemas y las
relaciones interpersonales.
Pasamos a citar en sus
propias palabras cómo explicaba esto: “El estilo de vida de un árbol es
la individualidad de un árbol expresándose y moldeándose en un
ambiente. Reconocemos un estilo cuando lo vemos contrapuesto a un fondo
diferente del que esperábamos, por lo que somos conscientes entonces de
que cada árbol tiene un patrón de vida y no es solo una mera reacción
mecánica al ambiente”.
Teleología
Este
último punto (el de que el estilo de vida no es “meramente una reacción
mecánica”) es una segunda postura en la que Adler difiere
considerablemente de Freud. Para este último, las cosas que ocurrieron
en el pasado, como los traumas infantiles, determinan lo que eres en el
presente. Adler considera la motivación como una cuestión de
inclinación y movimiento hacia el futuro, en vez de ser impulsado,
mecánicamente, por el pasado. Somos impulsados hacia nuestras metas,
nuestros propósitos, nuestros ideales. A esto se le llama teleología.
El
atraer cosas del pasado hacia el futuro tiene ciertos efectos
dramáticos. Dado que el futuro todavía no ha llegado, un acercamiento
teleológico de la motivación supone escindir la necesidad de las cosas.
Si utilizamos un modelo mecanicista, la causa lleva al efecto: si a, b
y c ocurren, entonces x, y, y z deberían, por necesidad, ocurrir
también. Pero no necesitamos lograr nuestras metas o cumplir con
nuestros ideales y de hecho, ellos pueden cambiar durante el proceso.
La teleología reconoce que la vida es dura e incierta, pero siempre
queda un lugar para el cambio.
Otra gran influencia
sobre el pensamiento de Adler fue la del filósofo Hans Vaihinger, quien
escribió un libro titulado The Philosophy of "As If" (La Filosofía del
"Como Sí"). Vaihinger creía que la verdad última estaría siempre más
allá de nosotros, pero que para fines prácticos, necesitábamos crear
verdades parciales. Su interés particular era la ciencia, por lo que
nos ofrece ejemplos relativos a las verdades parciales a través de la
existencia de protones y electrones, ondas de luz, la gravedad como
distorsión del espacio y demás. Contrariamente a lo que muchos de los
no-científicos tendemos a asumir, estas no son cosas que alguien haya
visto o haya probado su existencia: son constructos útiles. De momento,
funcionan; nos permiten hacer ciencia y con esperanza nos llevará a
otros constructos más útiles y mejores. Los utilizamos “como si” fuesen
reales. Este autor llama a estas verdades parciales ficciones.(En la
actualidad existe todo un debate ideológico en torno a la física
cuántica, donde hay una cierta incertidumbre con respecto al destino de
un ente sin la intervención de un sujeto observador que modifique este
destino con sus percepciones sensoriales. N.T.)
Ambos
autores postularon que todos nosotros utilizamos estas ficciones en la
vida cotidiana. Vivimos con la creencia de que el mundo estará aquí
mañana, como si conociéramos en su totalidad lo que es malo y bueno;
como si todo lo que vemos fuera realmente así, y así sucesivamente.
Adler llamó a esta tendencia finalismo ficticio. Podríamos entender
mejor la frase si ponemos un ejemplo: muchas personas se comportan como
si hubiera un cielo o un infierno en su futuro personal. Por supuesto,
podría haber un cielo y un infierno, pero la mayoría de nosotros no
pensamos en ello como un hecho demostrado. Esta postura hace que sea
una “ficción” en el sentido vaihingeriano y adleriano. Y el finalismo
se refiere a la teleología de ello: la ficción descansa en el futuro, y
al mismo tiempo, influye nuestro comportamiento en el presente.
Adler
añadió que en el centro de cada uno de nuestros estilos de vida,
descansa alguna de estas ficciones, sobre aquella relacionada con
quiénes somos y a dónde vamos.
Interés social
El
segundo concepto en importancia sólo para el afán de perfección es la
idea de interés social o sentimiento social (llamado originariamente
como Gemeinschaftsgefuhl o “sentimiento comunitario”). Manteniendo su
idea holística, es fácil ver que casi nadie puede lograr el afán de
perfección sin considerar su ambiente social. Como animales sociales
que somos, no sólo no podemos tener afán, sino incluso existir. Aún
aquellas personas más resolutivas lo son de hecho en un contexto
social.
Adler creía que la preocupación social no
era una cuestión simplemente adquirida o aprendida: era una combinación
de ambas; es decir, está basada en un disposición innata, pero debe ser
amamantada para que sobreviva. El hecho de que sea innata se ilustra
claramente por la forma en que un bebé establece una relación de
simpatía por otros sin haber sido enseñado a hacerlo. Podemos observar
que cuando un bebé llora en la sala de neonatología, todos los demás
empiezan a llorar también. O como nosotros, al entrar en una habitación
donde todos se están riendo, empezamos a reirnos también (En el argot
hispano, existe la frase de que “la risa se contagia”. N.T.).
Al
tiempo que podemos observar cuán generosos y simpáticos pueden ser los
niños con otros, tenemos ejemplos que ilustran cuán egoístas y crueles
pueden ser. Aunque instintivamente podemos considerar que lo que hace
daño a los demás puede hacérnoslo también, y viceversa, al mismo tiempo
somos capaces de saber que, ante la necesidad de hacer daño a aquel o
hacérmelo a mí, escojo hacérselo a él siempre. Por tanto, la tendencia
a empatizar debe de estar apoyada por los padres y la cultura en
general. Incluso sin tomar en cuenta las posibilidades de conflicto
entre mis necesidades y las del otro, la empatía comprende el
sentimiento de dolor de los demás y desde luego en un mundo duro, esto
puede volverse rápidamente abrumador. Es bastante más fácil ignorar ese
sentimiento displacentero, a menos que la sociedad esté cimentada sobre
creencias empáticas.
Un malentendido que Adler
quiso evitar fue el relativo a que el interés social era una cierta
forma de extraversión. Los americanos en particular tienden a
considerar la preocupación social como una cuestión relacionada con ser
abierto y amigable; de dar una palmadita en la espalda y tratar por su
primer nombre a los demás. Es cierto que algunas personas expresan su
interés social de esta manera, pero no es menos cierto que otros usan
las mismas conductas para perseguir un interés personal. En definitiva,
lo que Adler quería decir con interés, preocupación o sentimiento
social no estaba referido a comportamientos sociales particulares, sino
a un sentido mucho más amplio de cuidado por el otro, por la familia,
por la comunidad, por la sociedad, por la humanidad, incluso por la
misma vida. La preocupación social es una cuestión de ser útil a los
demás.
Por otro lado, para Adler la verdadera
definición de enfermedad mental radica en la falta de cuidado social.
Todas las fallas (incluyendo la neurosis, psicosis, criminalidad,
alcoholismo, problemas infantiles, suicidio, perversiones y
prostitución) se dan por una falta de interés social: su meta de éxito
está dirigida a la superioridad personal, y sus triunfos sólo tienen
significado para ellos mismos.
Inferioridad
Bueno,
así que aquí estamos; siendo “empujados” a desarrollar una vida plena,
a lograr una perfección absoluta; hacia a la auto-actualización. Y sin
embargo, algunos de nosotros, los “fallidos”, terminamos terriblemente
insatisfechos, malamente imperfectos y muy lejos de la
auto-actualización. Y todo ello porque carecemos de interés social, o
mejor, porque estamos muy interesados en nosotros mismos. ¿Y qué es lo
que hace que estemos tan autocentrados?.
Adler
responde que es una cuestión de estar sobresaturados por nuestra
inferioridad. Si nos estamos manejando bien, si nos sentimos
competentes, nos podemos permitir pensar en los demás. Pero si la vida
nos está quitando lo mejor de nosotros, entonces nuestra atención se
vuelve cada vez más focalizada hacia nosotros mismos.
Obviamente,
cualquiera sufre de inferioridad de una forma u otra. Por ejemplo,
Adler empieza su trabajo teórico hablando de la inferioridad de órgano,
lo cual no es más que el hecho de que cada uno de nosotros tiene partes
débiles y fuertes con respecto a la anatomía o la fisiología. Algunos
de nosotros nacemos con soplos cardíacos, o desarrollamos problemas de
corazón tempranamente en la vida. Otros tienen pulmones o riñones
débiles, o problemas hepáticos en la infancia. Algunos otros padecemos
de tartamudeo o ceceo. Otros presentan diabetes o asma o polio. Están
también aquellos con ojos débiles, o con dificultades de audición o una
pobre masa muscular. Algunos otros tienen la tendencia innata a ser
fuertes y grandes; otros a ser delgaduchos. Algunos de nosotros somos
retardados; otros somos deformes. Algunos son impresionantemente altos
y otros terriblemente bajos, y así sucesivamente. Adler señaló que
muchas personas responden a estas inferioridades orgánicas con una
compensación. De alguna manera se sobreponen a sus deficiencias: el
órgano inferior puede fortalecerse e incluso volverse más fuerte que
los otros; u otros órganos pueden superdesarrollarse para asumir la
función del inferior; o la persona puede compensar psicológicamente el
problema orgánico desarrollando ciertas destrezas o incluso ciertos
tipos de personalidad. Existen, como todos ustedes saben, muchos
ejemplos de personas que logran llegar a ser grandes figuras cuando
incluso no soñaban que podían hacerlo. (Tomemos como ejemplo muy
conocido el caso de Stephen Hopkins. N.T.).
No
obstante, por desgracia, existen también personas que no pueden lidiar
con sus dificultades, y viven vidas de displacer crónico. Me atrevería
a adivinar que nuestra sociedad tan optimista y echada para adelante
desestima seriamente a este grupo.
Pero Adler
pronto se percató de que esto era solo una parte de la cuestión. Hay
incluso más personas con inferioridades psicológicas. A algunos de
nosotros nos han dicho que somos tontos, o feos o débiles. Algunos
llegamos a creer que sencillamente no somos buenos. En el colegio, nos
someten a exámenes una y otra vez y nos enseñan resultados que nos
dicen que no somos tan buenos como el otro alumno. O somos degradados
por nuestras espinillas o nuestra mala postura, sólo para hallarnos sin
amigos o pareja. O nos fuerzan a pertenecer al equipo de baloncesto,
donde esperamos a ver que equipo va a ser nuestro contrincante; ése que
nos aplastará. En estos ejemplos, no es una cuestión de inferioridad
orgánica la que está en juego (realmente ni somos deformes, ni somos
retardados o débiles) pero nos inclinamos a creer que lo somos. Una vez
más, algunos compensamos nuestra inferioridad siendo mejores en el
particular.
O nos hacemos mejores en otros
aspectos, aún a pesar de mantener nuestra sensación de inferioridad. Y
existen algunos que nunca desarrollarán para nada una autoestima
mínima.
Si lo anterior todavía no ha removido tu
personalidad, entonces nos encontramos con una forma bastante más
general de inferioridad: La inferioridad natural de los niños. Todos
los niños, por naturaleza, más pequeños, débiles y menos competentes
intelectual y socialmente que los adultos que les rodean. Adler sugirió
que si nos detenemos a observar sus juguetes, juegos y fantasías; todos
tienen una cosa en común: el deseo de crecer, de ser mayores, de ser
adultos. ¡Este tipo de compensación es verdaderamente idéntica al afán
de perfección!. No obstante, muchos niños crecen con la sensación de
que siempre habrá otros mejores que ellos.
Si nos
sentimos abrumados por las fuerzas de la inferioridad, ya sean fijadas
en nuestro cuerpo, o a través de la sensación de estar en minusvalía
con respecto a otros o simplemente presentamos problemas en el
crecimiento, desarrollaremos un complejo de inferioridad. Volviendo
atrás en mi niñez, puedo identificar varias fuentes causales de futuros
complejos de inferioridad: físicamente, siempre tendí a ser más bien
grueso, con estadios de verdadero “niño gordo”.
Además,
dado que había nacido en Holanda, no crecí con las aptitudes para jugar
baloncesto o baseball o fútbol americano en mis genes. Finalmente, el
talento artístico de mis padres con frecuencia me dejó (no
intencionadamente) con la sensación de que nunca sería tan bueno como
ellos. Por tanto, a medida que fui creciendo, me fui tornando tímido y
tristón, concentrándome en aquello en lo que yo sabía que era realmente
bueno: la escuela. Me tomó bastante tiempo lograr una autovalía.
Si
no hubieses sido un “súper lerdo”, quizás no hubieras tenido que
desarrollar uno de los complejos de inferioridad más comunes: ¡la fobia
a las matemáticas!.
Quizás empezó porque nunca
podía recordar cuánto eran 7 por 8. Cada vez había alguna cosa que no
podía recordar. Cada año me sentía más alejado de las matemáticas,
hasta que llegamos al punto crítico: el álgebra. ¿Cómo podía esperar
saber lo que era “x” si ni siquiera sabía cuánto era 7 por 8?.
Bastantes
personas realmente creen que no están hechos para las matemáticas,
considerando que se debe a que les falta alguna parte del cerebro o
algo así.
Me gustaría transmitir en este momento
que cualquiera puede hacer matemáticas, siempre y cuando hayan sido
enseñados apropiadamente y cuando estén listos para hacerlo. Tomando en
cuenta lo anterior, imaginemos cuántas personas han dejado de ser
científicos, profesores, hombres de negocios o incluso simplemente ir
al colegio, debido su complejo de inferioridad.
En
este sentido, el complejo de inferioridad no es solamente un pequeño
problema; es una neurosis, significando con esto que es un problema
considerable. Uno se vuelve tímido y vergonzoso, inseguro, indeciso,
cobarde, sumiso y demás. Empezamos a apoyarnos en las personas sólo
para que nos conduzcan e incluso llegamos a manipularles para que
aseguren nuestra vida: “soy bueno/listo/fuerte/guapo/sexy/; ¿no
crees?”. Eventualmente, nos volvemos el sumidero de los demás y podemos
vernos como copias de los otros. ¡Nadie puede mantener esta postura de
minusvalía durante mucho tiempo!. Aparte de la compensación y el
complejo de inferioridad, otras personas responden a la inferioridad de
otra manera: con un complejo de superioridad. Este complejo busca
esconder tu inferioridad a través de pretender ser superior. Si creemos
que somos débiles, una forma de sentirnos fuertes es haciendo que todos
los demás se sientan aún más débiles. Esas personas a las que llamamos
tontos, fanfarrones y esos dictadores de pacotilla son el mejor ejemplo
de este complejo. Ejemplos más sutiles lo constituyen aquellos que
buscan llamar la atención a través del dramatismo; o aquellos que se
sienten más poderosos al realizar crímenes y aquellos otros que
ridiculizan a los demás en virtud de su género, raza, orígenes étnicos,
creencias religiosas, orientaciones sexuales, peso, estatura, etc.
Algunos ejemplos aún más sutiles son aquellas personas que esconden sus
sentimientos de minusvalía en las ilusiones obtenidas por el alcohol y
las drogas.
Tipos psicológicos
Aunque
para Adler todas las neurosis se pueden considerar como una cuestión de
un interés social insuficiente, sí hizo una distinción en tres tipos,
basándose en los diferentes niveles de energía que utilizaban.
El
primero de estos tipos es el tipo dominante. Desde su infancia, estas
personas desarrollan una tendencia a ser agresivos y dominantes con los
demás.
Su energía (la fuerza de sus impulsos que
determina su poder personal) es tan grande que se llevan lo que haya
por delante con el fin de lograr este dominio.
Los
más enérgicos terminan siendo sádicos y valentones; los menos
energéticos hieren a los demás al herirse a sí mismos, como los
alcohólicos, adictos y suicidas.
El segundo es el
tipo erudito. Son sujetos sensibles que han desarrollado una concha a
su alrededor que les protege, pero deben apoyarse en los demás para
solventar las dificultades de la vida. Tienen un bajo nivel de energía
y por tanto se hacen dependientes de sujetos más fuertes. Cuando se
sienten sobresaturados o abrumados, desarrollan lo que entendemos como
síntomas neuróticos típicos: fobias, obsesiones y compulsiones,
ansiedad generalizada, histeria, amnesias y así sucesivamente,
dependiendo de los detalles individuales de su estilo de vida.
El
tercer tipo es el evitativo. Estos son los que tienen los niveles más
bajos de energía y sólo pueden sobrevivir si evitan lo que es vivir,
especialmente a otras personas. Cuando son empujados al límite, tienden
a volverse psicóticos y finalmente retrayéndose a su propio mundo
interno.
Existe un cuarto tipo también; es el tipo
socialmente útil. Este sería el de la persona sana, el que tiene tanto
energía como interés social. Hay que señalar que si uno carece de
energía, realmente no se puede tener interés social dado que seremos
incapaces de hacer nada por nadie.
Adler señaló que
estos cuatro tipos se parecían mucho a los propuestos por los antiguos
griegos, los cuales también observaron que algunas personas estaban
siempre tristes, otras rabiosas y demás. Pero en su caso, éstos
atribuyeron tales temperamentos (de la misma raíz terminológica que
temperatura) a la relativa presencia de cuatro fluidos corporales
llamados humores.
Si alguien presenta mucha bilis
amarilla, sería colérico (una persona visceral y seca) y rabioso la
mayoría del tiempo. El colérico sería, básicamente, como el dominante.
Correspondería más o menos, al tipo fortachón.
Si
otra persona tiene mucha flema, sería flemática (fría y distante) ? un
poco necio. Sería, vulgarmente hablando, el tipo que se apoya en todos.
Si otro tiene mucha bilis negra (y desde luego no
sabemos a qué se referían los griegos con esto) éste será melancólico
(frío y seco) y es un sujeto tendiente a estar triste todo el tiempo.
Este sería como el tipo evitativo.
Y, por último,
si hay una persona que tenga más sangre que el resto de los humores,
será una persona de buen humor o sanguínea (calurosa y cariñosa). Este
sujeto afectuoso y amistoso representaría al tipo socialmente adaptado
o útil.
Antes de seguir, una palabra ante todo
sobre los tipos adlerianos: Adler defendía con saña que cada persona es
un sujeto individual con su propio y único estilo de vida. Por tanto,
la idea de tipos es para él solo una herramienta heurística,
significando una ficción útil, no una realidad absoluta.
Infancia
De
la misma manera que Freud, Adler entendía la personalidad o el estilo
de vida como algo establecido desde muy temprana edad. De hecho, el
prototipo de su estilo de vida tiende a fijarse alrededor de los cinco
años de edad. Las nuevas experiencias, más que cambiar ese prototipo,
tienden a ser interpretadas en términos de ese prototipo; en otras
palabras, “fuerzan” a esas experiencias a encajar en nociones
preconcebidas de la misma forma que nuevas adquisiciones son “forzadas”
a nuestro estereotipo.
Adler sostenía que existían
tres situaciones infantiles básicas que conducirían en la mayoría de
las veces a un estilo de vida fallido. La primera es aquella de la que
hemos hablado ya en varias ocasiones: las inferioridades orgánicas, así
como las enfermedades de la niñez. En palabras de Adler, los niños con
estas deficiencias son niños “sobrecargados”, y si nadie se preocupa de
dirigir la atención de éstos sobre otros, se mantendrán dirigiéndola
hacia sí mismos.
La mayoría pasarán por la vida con
un fuerte sentimiento de inferioridad; algunos otros podrán compensarlo
con un complejo de superioridad. Sólo se podrán ver compensados con la
dedicación importante de sus seres queridos.
La
segunda es la correspondiente al mimo o consentimiento. A través de la
acción de los demás, muchos niños son enseñados a que pueden tomar sin
dar nada a cambio. Sus deseos se convierten en órdenes para los demás.
Esta postura suena maravillosa hasta que observamos que el niño mimado
falla en dos caminos: primero, no aprende a hacer las cosas por sí
mismo y descubre más tarde que es verdaderamente inferior; y segundo,
no aprende tampoco a lidiar con los demás ya que solo puede
relacionarse dando órdenes. Y la sociedad responde a las personas
consentidas solo de una manera: con odio.
El
tercero es la negligencia. Un niño descuidado por sus tutores o víctima
de abusos aprende lo que el mimado, aunque de manera bastante más dura
y más directa: aprenden sobre la inferioridad dado que constantemente
se les demuestra que no tienen valor alguno; adoptan el egocentrismo
porque son enseñados a no confiar en nadie. Si uno no ha conocido el
amor, no desarrollaremos la capacidad para amar luego. Debemos destacar
aquí que el niño descuidado no solo incluye al huérfano y las víctimas
de abuso, sino también a aquellos niños cuyos padres nunca están allí y
a otros que han sido criados en un ambiente rígido y autoritario.
Orden de nacimiento
Adler
debe ser tomado en cuenta como el primer teórico que incluyó no sólo la
influencia de la madre, el padre y otros adultos en la vida del niño,
sino también de los hermanos y hermanas de éste. Sus consideraciones
sobre los efectos de los hermanos y el orden en que nacieron es
probablemente aquello por lo que más se conoce a Adler. No obstante,
debo advertirles que Adler consideró estas ideas también como conceptos
heurísticos (ficciones útiles) que contribuyen a comprender a los
demás, pero no deben tomarse demasiado en serio.
El
hijo único es más factible que otros a ser consentido, con todas las
repercusiones nefastas que hemos discutido. Después de todo, los padres
de un hijo único han apostado y ganado a un solo número, por decirlo
vulgarmente, y son más dados a prestar una atención especial (en
ocasiones un cuidado lleno de ansiedad) de su orgullo y alegría. Si los
padres son violentos o abusadores, el hijo único tendrá que enfrentarse
solo al abuso.
El primer hijo empieza la vida como
hijo único, con toda la atención recayendo sobre él. Lástima que justo
cuando las cosas se están haciendo cómodas, llega el segundo hijo y
“destrona” al primero. Al principio, el primero podría luchar por
recobrar su posición; podría, por ejemplo, empezar a actuar como un
bebé
(después de todo, parece que funciona con el bebé comportándose como lo
hace, ¿no?), aunque sólo encontrará la reticencia y la advertencia de
¡que crezca ya!. Algunos se vuelven desobedientes y rebeldes; otros
hoscos y retraídos. Adler creía que los primeros hijos estaban más
dispuestos a desarrollar problemas que los siguientes. Mirando la parte
positiva, la mayoría de los hijos primeros son más precoces y tienden a
ser relativamente más solitarios (individuales) que otros niños de la
familia.
El segundo hijo está inmerso en una
situación muy distinta: tiene a un primer hermano que “sienta los
pasos”, por lo que tiende a ser muy competitivo y está constantemente
intentando sobrepasar al mayor, cosa que con frecuencia logran, pero
muchos sienten como si la carrera por el poder nunca se realiza del
todo y se pasan la vida soñando en una competición que no lleva a
ninguna parte. Otros chicos del “medio” tienden a ser similares al
segundo, aunque cada uno de ellos se fija en diferentes “competidores”.
El último hijo es más dado a ser mimado en las
familias con más de uno. Después de todo, ¡es el único que no será
destronado!. Por lo tanto, estos son los segundos hijos con mayores
posibilidades de problemas después del primer hijo. Por otro lado, el
menor también puede sentir una importante inferioridad, con todos lo
demás mayores que él y por tanto “superiores”. Pero, con todos estos
“trazadores del camino” delante, el pequeño puede excederles también.
De todas formas, quién es verdaderamente el primero, segundo o el más
joven de los chicos no es tan fácil como parece. Si existe demasiada
distancia temporal entre ellos, no tienen necesariamente que verse de
la misma manera que si este rango fuese más corto entre ellos. Con
respecto a mis hijos, hay una diferencia entre mi primera y segunda
hija de 8 y 3 años entre ésta y la tercera: esto haría que mi primera
hija fuese como hija única; la segunda como primera, y la segunda como
la última. Y si algunos de los hijos son varones y otros chicas,
también existe una diferencia marcada. Un segundo hijo de sexo femenino
no tomará a su hermano mayor como un competidor; un varón en una
familia de chicas puede sentirse más como hijo único; y así
sucesivamente. Como con todo el sistema de Adler, el orden del
nacimiento debe entenderse en el contexto de las circunstancias
especiales personales de cada sujeto.
Diagnóstico
Con
el objetivo de descubrirnos las “ficciones” sobre los que descansan
nuestros estilos de vida, Adler se detendría en una gran variedad de
cosas, como el orden del nacimiento, por ejemplo. Primero, le
examinaría y estudiaría su historia médica en busca de cualquier raíz
orgánica responsable de su problema. Una enfermedad grave, por ejemplo,
podría presentar efectos secundarios que imitarían muy cercanamente a
síntomas neuróticos y psicóticos. En la misma primera sesión con usted,
le preguntaría acerca de sus recuerdos infantiles más tempranos. En
estos recuerdos, Adler no estaría buscando tanto la verdad de los
hechos, sino más bien indicadores de ese prototipo inicial de su vida
presente. Si sus recuerdos tempranos comprenden seguridad y un alto
grado de atención, podría estar indicándonos un mimo o consentimiento.
Si recuerda algún grado de competencia agresiva con su hermano mayor,
podría sugerirnos los afanes intensos del segundo hijo y el tipo de
personalidad dominante. Y si finalmente, sus recuerdos envuelven
negligencia y el esconderse debajo del lavadero, podría sugerirnos una
grave inferioridad y evitación.
También le
preguntaría por cualquier problema infantil que hubiera podido tener:
malos hábitos relacionados con el comer o con los esfínteres podría
indicar la forma en que ha controlado a sus padres; los miedos, como
por ejemplo a la oscuridad o a quedarse solo, podría sugerir mimo o
consentimiento; el tartamudeo puede asociarse con ansiedad en el
momento del aprendizaje del habla; una agresión importante y robos
podrían ser signos de un complejo de superioridad; el soñar despierto,
aislamiento, pereza y estar todo el día tumbado serían formas de evitar
la propia inferioridad.
De la misma forma que para
Freud y Jung, los sueños (y las ensoñaciones) fueron importantes para
Adler, aunque los abordaba de una forma más directa. Para éste último,
los sueños eran una expresión del estilo de vida y en vez de
contradecir a sus sentimientos diurnos, estaban unificados con la vida
consciente del sujeto. Con frecuencia, los sueños representan las metas
que tenemos y los problemas a los que nos enfrentamos para alcanzarlas.
Si usted no recuerda ningún sueño, Adler no se da por vencido: Póngase
a fantasear en ese momento y allí mismo; al fin y al cabo, sus
fantasías también reflejarán su estilo de vida.
Adler
también prestaría atención a la manera en que usted se expresa; su
postura, la forma en que estrecha las manos, los gestos que usa, cómo
se mueve, su “lenguaje corporal” como decimos en la actualidad. Adler,
por ejemplo, ha observado que las personas mimadas tienden a reclinarse
sobre algo en la consulta. Incluso, sus propias posturas al dormir
pueden servir de ayuda: una persona que duerme en posición fetal y con
la cabeza tapada por la sábana es claramente diferente de aquella que
se extiende por toda la cama completamente sin arroparse.
También
le llamaría la atención los factores exógenos; aquellos eventos que
provocaron la chispa de la emergencia de los síntomas que tiene. Adler
aporta varios de ellos que considera comunes: problemas sexuales como
incertidumbre, culpa, la primera vez, impotencia y demás; los problemas
propios de la mujer como la maternidad y nacimiento de los hijos, el
inicio de la menstruación (en términos psiquiátricos, menarquia, N.T.)
y finalización de la misma (menopausia, N.T.); su vida amorosa como los
ligues, citas, compromisos, matrimonio y divorcios; su vida laboral y
educativa, incluyendo la escuela, el colegio, exámenes, decisiones de
carrera y el propio trabajo, así como peligros que hayan atentado
contra su vida o las pérdidas de seres queridos.
Por
último, pero no menos importante, Adler estaba abierto a aquella parte
más pseudo-artística y menos racional y científica del diagnóstico.
Sugirió que no ignorásemos la empatía, la intuición y, simplemente, el
trabajo deductivo.
Terapia
Existen
diferencias considerables entre la terapia de Freud y la de Adler. En
primer lugar, Adler prefería tener al cliente sentado frente a él, cara
a cara. Más adelante se preocuparía mucho por no parecer autoritario
frente al paciente. De hecho, advirtió a los terapeutas a no dejarse
que el paciente le situase en un papel de figura autoritaria, dado que
le permite al paciente jugar un papel que es muy probable que ya haya
jugado muchas veces anteriormente: el paciente puede situarte como un
salvador que puede ser atacado cuando inevitablemente le revelamos
nuestra humanidad. En la medida en que nos empequeñecen, sienten como
si estuviesen creciendo, alzando igualmente sus estilos de vida
neuróticos.
Esta sería, en esencia, la explicación
que Adler dio a la resistencia. Cuando el paciente olvida las citas,
llega tarde, demanda tratos especiales o se vuelve generalmente terco y
poco cooperador no es, como pensó Freud, una cuestión de represión,
sino más bien una resistencia como signo de falta de valor del paciente
a enfrentar su estilo de vida neurótico.
El
paciente debe llegar a entender la naturaleza de su estilo de vida y
sus raíces en sus ficciones de autocentramiento. Esta comprensión (o
“insight”) no puede forzarse: Si le decimos simplemente a un paciente
“Mire, éste es su problema”, sencillamente el mismo se volverá atrás
buscando nuevas vías para mantener sus fantasías. Por tanto, debemos
llevar al paciente a un cierto estado afectivo que a él le guste
escuchar y que quiera comprender. Solamente a partir de aquí es que
puede influenciarse a vivir lo que ha comprendido (Ansbacher y
Ansbacher, 1956, p. 335). Es el paciente, no el terapeuta, el que será
finalmente responsable de curarse.
Finalmente, el
terapeuta debe motivar al paciente, lo que significa despertar su
interés social, y la energía que lo acompaña. A partir de una genuina
relación humana con el paciente, el terapeuta provee de una forma
básica de interés social que luego puede ser trasladado a otros.
Discusión
Aunque
la teoría de Adler parece ser menos interesante que la de Freud con su
sexualidad o la de Jung con su mitología, probablemente le llama a uno
la atención por ser la más basada en el sentido común de las tres. Los
estudiantes generalmente simpatizan más con la teoría de Adler. De
hecho, también unos cuantos teóricos de la personalidad también les
gusta. Maslow, por ejemplo, dijo una vez que cuanto mayor se hacía, más
razón parecía tener Adler. Si usted tiene una cierta noción de la rama
teórica de Carl Rogers, se habrá dado cuenta de cuán parecidas son. Y
un gran número de estudiosos de las teorías de la personalidad ha
observado que los llamados neo-Freudianos (Horney, Fromm y Sullivan) de
hecho deberían llamarse neo-adlerianos.
Problemas
Las
críticas contra Adler tienden a detenerse sobre la cuestión de si su
teoría es o no, o hasta qué grado, científica. La corriente principal
de la psicología actual se dirige hacia lo experimental, lo que
significa que los conceptos que usa una teoría deben ser medibles y
manipulables. Por tanto, este enfoque supone que una orientación
experimental prefiera variables físicas o conductuales. Tal y como
vimos, Adler utiliza conceptos básicos muy lejanos de lo físico y lo
conductual: ¿afán de perfección?; ¿cómo se mide eso?, ¿y la
compensación?, ¿y los sentimientos de inferioridad?, ¿y el interés
social?. A esto se añade que el método experimental también establece
un supuesto básico: que todas las cosas operan en términos de
causa-efecto. Adler estaría desde luego de acuerdo conque esto es así
para los fenómenos físicos, pero negaría rotundamente que las personas
funcionen bajo este principio. Más bien, él toma el camino teleológico,
estableciendo que las personas están “determinadas” por sus ideales,
metas, valores y “fantasías o ficciones finales”. La teleología extrae
la necesidad de las cosas: una persona no tiene que responder de una
determinada manera ante una circunstancia específica; una persona tiene
elecciones para decidir; una persona crea su propia personalidad o
estilo de vida. Desde una perspectiva experimental estas cuestiones son
ilusiones que un científico, incluso un teórico de la personalidad, no
toma en cuenta.
Incluso si uno se abre ante la
postura teleológica, existen críticas que se apoyan en la poca
cientificidad de la teoría adleriana: muchos de los detalles de su
teoría son demasiado anecdotarios, es decir, son válidos en casos
particulares pero no necesariamente son tan generales como Adler
sostenía. Por ejemplo, el primer hijo (incluso definido ampliamente) no
necesariamente se siente desplazado, como tampoco necesariamente el
segundo se siente competitivo.
De todas formas,
Adler respondería fácilmente a estas críticas. Primero, tal y como
acabamos de mencionar, si uno acepta la teleología, no necesitamos
saber nada acerca de la personalidad humana. Y segundo, ¿no fue Adler
bastante claro en su investigación sobre el finalismo ficticio?. Todos
sus conceptos son constructos útiles, no verdades absolutas y la
ciencia es sólo una cuestión de crear incesantemente constructos
útiles. Así que, si usted tiene mejores ideas, ¡oigámoslas!.
Lecturas
Si
desea saber más sobre la teoría de Alfred Adler, lea directamente el
libro de Ansbacher y Ansbacher The Individual Psychology of Alfred
Adler. Estos autores seleccionan muchas partes de sus escritos, los
organizan y añaden comentarios adicionales. Introducen a muchas de sus
ideas de una manera muy accequible. Los libros propios de Adler
incluyen: Understanding Human Nature, Problems of Neurosis, The
Practice and Theory of Individual Psychology, and Social Interest: A
Challenge to Mankind.
Puede encontrar también material muy reciente de Adler en: The International Journal of Individual Psychology.