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Estudio del psicoanálisis y psicología

Art. 138. De sus defectos y de los medios de corregirlos



RENÉ DESCARTES

Tratado de LAS PASIONES DEL ALMA (1649)

SEGUNDA PARTE

DEL NÚMERO Y DEL ORDEN DE LAS PASIONES Y EXPLICACIÓN DE LAS SEIS PRIMARIAS

ORDEN Y ENUMERACIÓN DE LAS PASIONES

Art. 138. De sus defectos y de los medios de corregirlos.

Pero,
aunque esta función de las pasiones sea la más natural que puedan
tener, y aunque la vida de todos los animales sin razón se rija por
movimientos corporales análogos a los que en nosotros siguen a esas
pasiones, y en los cuales incitan a nuestra alma a consentir, no
siempre es buena, sin embargo, porque hay varias cosas nocivas al
cuerpo que no producen al principio ninguna tristeza e incluso que
producen alegría, y otras que le son útiles aunque comiencen por ser
incómodas. Y además, tanto los bienes como los males que representan,
los representan como mucho más grandes y más importantes de lo que son,
de modo que nos incitan a buscar los unos y a evitar los otros con más
ardor y más celo de lo conveniente, como vemos también que los animales
son engañados por cebos y que, por evitar pequeños males, se precipitan
en otros mayores; por eso debemos servirnos de la experiencia y de la
razón para distinguir el bien del mal y conocer su justo valor, a fin
de no tomar uno por otro y no dejamos llevar a nada con exceso.

Art. 139. De la función de las mismas pasiones en cuanto corresponden al alma, y en primer lugar al amor.

Esto
bastaría si sólo tuviéramos cuerpo o si el cuerpo fuese nuestra mejor
parte; pero, como no es sino la menor, debemos principalmente
considerar las pasiones en cuanto corresponden al alma, con relación a
la cual el amor y el odio provienen del conocimiento y preceden a la
alegría y a la tristeza, excepto cuando estas dos últimas suplen al
conocimiento, del cual son especies. Y cuando este conocimiento es
verdadero, es decir, que las cosas que nos hace amar son verdaderamente
buenas y las que nos hace odiar son verdaderamente malas, el amor es
incomparablemente mejor que el odio; nunca podría ser demasiado grande
y no deja nunca de producir alegría. Digo que este amor es sumamente
bueno porque, uniendo a nosotros verdaderos bienes, nos perfecciona en
la misma medida. Digo también que no podría ser demasiado grande, pues
todo lo que el más excesivo puede hacer es unirnos tan perfectamente a
esos bienes que el amor que sentimos particularmente por nosotros
mismos no haga en ellos ninguna distinción, lo que no creo que pueda
ser nunca malo; y le sigue inmediatamente la alegría porque nos
presenta lo que amamos como un bien que nos pertenece.

Art. 140. Del odio.

El
odio, en cambio, por pequeño que sea, daña siempre, y nunca deja de
acompañarle la tristeza. Digo que el odio no será nunca demasiado
pequeño porque el odio al mal no puede incitarnos a ninguna acción a la
que no nos incite mejor aún el amor al bien, al que el mal es opuesto,
al menos cuando este bien y este mal son bastante conocidos; pues
reconozco que el odio al mal que se manifiesta únicamente por el dolor
es necesario en cuanto al cuerpo; pero aquí sólo hablo del odio que
viene de un conocimiento más claro, y sólo lo refiero al alma. Digo
también que le acompaña siempre la tristeza porque, no siendo el mal
sino una privación, no puede concebirse sin alguna cosa real en la cual
esté; y no hay nada real que no tenga en si alguna bondad, de modo que
el odio que nos aleja de algún mal nos aleja al mismo tiempo del bien a
que ese mal va unido, y la privación de este bien, viéndola nuestra
alma como una falta de lo que le pertenece, le causa tristeza; por
ejemplo, el odio que nos aleja de las malas costumbres de alguien nos
aleja al mismo tiempo de su conversación, en la que podríamos encontrar
algún bien cuya privación nos enoja. Y en todos los demás odios se
puede señalar así algún motivo de tristeza.

Art. 141. Del deseo, de la alegría y de la tristeza.

En
cuanto al deseo, es evidente que cuando procede de un verdadero
conocimiento no puede ser malo, con tal de que no sea excesivo y de que
el conocimiento lo regule. Es evidente también que la alegría no puede
dejar de ser buena, ni la tristeza de ser mala, para el alma, porque es
en la última en la que consiste toda la incomodidad que el alma recibe
del mal, y en la primera en lo que consiste todo el goce del bien que
le pertenece; de modo que, si no tuviéramos cuerpo, me atrevería a
decir que nunca nos entregaríamos demasiado al amor y a la alegría, ni
evitáramos nunca en exceso el odio y la tristeza; pero todos los
movimientos corporales que los acompañan pueden ser nocivos a la salud
cuando son muy violentos, y, por el contrario, útiles cuando son
moderados.

Art. 142. De la alegría y del amor comparados con la tristeza y el odio.

Por
otra parte, si el odio y la tristeza deben ser rechazados por el alma
aunque procedan de un verdadero conocimiento, con más motivo deben
serlo cuando provienen de alguna falsa opinión. Mas sé puede dudar si
el amor y la alegría son buenos o no cuando a su vez están mal
fundados; y parece que si no los consideramos sino precisamente como lo
que son en sí mismos, con respecto al alma, puede decirse que, aunque
la alegría sea menos sólida y el amor menos conveniente que cuando
tienen mejor fundamento, no dejan de ser preferibles a la tristeza y al
odio igualmente mal fundados: de suerte que, en las circunstancias de
la vida en que no podemos evitar el riesgo de engañarnos, hacemos
siempre mucho mejor en inclinarnos hacia las pasiones que tienden al
bien que hacia las que se inclinan al mal, aunque sólo sea para
evitarlo; y aun, a menudo, vale más una falsa alegría que una tristeza
cuya causa es verdadera. Más no me atrevo a decir lo mismo del amor con
relación al odio, pues, cuando el odio es justo, no hace sino alejarnos
de la cosa que contiene el mal del que conviene separarse, mientras que
el amor injusto nos une a cosas que pueden dañar, o al menos que no
merecen ser tan consideradas por nosotros como lo son, lo que nos
envilece y nos rebaja.

Art. 143. De las mismas pasiones, cuando se relacionan con el deseo.

Y
hay que observar exactamente que lo que acabo de decir de estas cuatro
pasiones no es válido más que cuando son consideradas precisamente en
sí mismas, y no nos llevan a ninguna acción; pues, cuando excitan en
nosotros el deseo, por medio del cual regulan nuestras costumbres,
todas aquellas cuya causa es falsa pueden dañar, y, por el contrario,
todas aquellas cuya causa es justa pueden beneficiar, y también, cuando
son igualmente mal fundadas, la alegría es generalmente más nociva que
la tristeza, porque esta, dando moderación y miedo, dispone de algún
modo a la prudencia, mientras que la otra hace inconsiderados y
temerarios a los que se entregan a ella.

Art. 144. De los deseos cuya manifestación depende únicamente de nosotros.

Pero,
como estas pasiones no nos pueden llevar a ninguna acción sino por
medio del deseo que suscitan, es particularmente este deseo lo que
debemos cuidamos de regular; y en esto consiste la principal utilidad
de la moral; ahora bien, así como acabo de decir que el deseo es
siempre bueno cuando le precede un verdadero conocimiento, no puede
menos de ser malo cuando se funda en algún error. Y me parece que, en
lo que se refiere a los deseos, el error que más generalmente se comete
es que no distinguimos bastante las cosas que dependen enteramente de
nosotros de las que no dependen en absoluto; pues, en cuanto a las que
no dependen más que de nosotros, es decir, de nuestro libre arbitrio,
basta saber que son buenas para que nunca fuera excesivo nuestro deseo
de ellas, porque hacer las cosas buenas que dependen de nosotros es
seguir la virtud, y es indudable que nunca puede ser excesivo el deseo
de la virtud, además de que lo que deseamos de este modo no podemos
menos de lograrlo, puesto que sólo de nosotros depende, y recibiremos
de ello toda la satisfacción que hemos esperado. Pero la falta que en
esto solemos cometer no es nunca desear demasiado, sino desear
demasiado poco; y el remedio soberano contra esto es liberarse el
espíritu cuanto nos sea posible de todos los demás deseos menos útiles,
y luego procurar conocer bien claramente y considerar con atención la
bondad de lo que es de desear.

Art. 145. De los que dependen únicamente de otras cosas, y de qué es la fortuna.

En
cuanto a las cosas que no dependen en modo alguno de nosotros, por
buenas que puedan ser, no debemos jamás desearlas con pasión, no sólo
porque podemos no lograrlas, y afligirnos así tanto más cuanto más las
hayamos deseado, sino principalmente porque, ocupando nuestro
pensamiento, nos apartan de poner nuestro afecto en otras cosas cuya
adquisición depende de nosotros. Y hay dos remedios generales contra
estos vanos deseos: el primero es la generosidad, de la cual hablar
luego: el segundo es que debemos reflexionar a menudo en la Providencia
divina y considerar que es imposible que ocurra nada de otro modo que
el determinado por ella desde toda la eternidad; de suerte que la
Providencia. es como una fatalidad o una necesidad inmutable que hay
que oponer a la fortuna, para destruirla como una quimera que proviene
únicamente del error de nuestro entendimiento. Pues sólo podemos desear
lo que estimamos posible en algún modo, y no podemos estimar posibles
las cosas que no dependen de nosotros sino en cuanto pensamos que
dependen de la fortuna, es decir, que creemos que pueden producirse, y
que otras veces se han producido algunas semejantes. Pero esta opinión
se funda únicamente en que no conocemos todas las cosas que contribuyen
a cada efecto; pues, cuando una cosa que hemos creído que dependía de
la fortuna no se produce, esto prueba que ha faltado alguna de las
cosas necesarias para producirla, y por consiguiente que era
absolutamente imposible, y que no se ha producido jamás otra parecida,
es decir, otra para cuya producción haya faltado también una causa
semejante; de suerte que, si no hubiéramos ignorado esto antes, nunca
la hubiéramos estimado posible, ni, por consiguiente, la hubiéramos
deseado.

Art. 146. De los que dependen de nosotros y de otro.

Es
necesario, pues, rechazar enteramente la opinión vulgar de que existe
fuera de nosotros una fortuna que hace que las cosas ocurran o no
ocurran, según su capricho, y saber que todo lo rige la divina
Providencia, cuyo decreto eterno es tan infalible e inmutable que,
salvo las cosas que este mismo decreto ha querido dejar a nuestro libre
arbitrio, debemos pensar que nada nos ocurre que no sea necesario y
como fatal, de suerte que no podemos sin error desear que ocurra de
otra manera. Pero como la mayor parte de nuestros deseos se extienden a
cosas que no dependen todas de nosotros ni todas de otro, debemos
distinguir exactamente en ellas lo que depende sólo de nosotros, a fin
de limitar nuestro deseo a esto únicamente, y en cuanto a lo demás,
aunque debemos estimar el logro enteramente fatal e inmutable, para que
nuestro deseo no se oponga a él no debemos dejar de considerar las
razones que hacen esperarlo más o menos, a fin de que ellas sirvan para
regir nuestros actos; pues, por ejemplo, si tenemos que hacer algo en
algún sitio al que podríamos ir por diferentes caminos, uno de los
cuales es, ordinariamente, mucho más seguro que el otro, aunque es
posible que la Providencia haya dispuesto que, si vamos por el camino
que se cree el más seguro, nos saldrán ladrones, y que en cambio
podremos pasar por el otro sin ningún peligro, no por eso debemos ser
indiferentes a la elección de uno u otro ni entregarnos a la fatalidad
inmutable de ese decreto de la Providencia, sino que la razón quiere
que elijamos el camino habitualmente más seguro; y nuestro deseo debe
ser cumplido referente a esto cuando lo hemos seguido, aunque por ello
nos ocurra cualquier mal, pues como este mal no hemos podido nosotros
evitarlo, no hemos tenido ocasión para desear vemos libres de él, sino
para proceder todo lo mejor que nuestro entendimiento nos ha dictado,
como supongo que lo hemos hecho. Y es indudable que, cuando nos
ejercitamos en distinguir así la fatalidad de la fortuna, nos
acostumbramos fácilmente a regir nuestros deseos de tal modo que,
dependiendo sólo de nosotros su cumplimiento, pueden siempre damos una
entera satisfacción.

Art. 147. De las emociones interiores del alma.

Sólo
he de añadir aquí otra consideración que me parece muy útil para
evitarnos toda incomodidad de las pasiones, y es que nuestro bien y
nuestro mal dependen principalmente de las emociones interiores que
sólo se suscitan en el alma por el alma misma, en lo cual difieren de
sus pasiones, que dependen siempre de algún movimiento de los
espíritus; y aunque estas emociones del alma suelen ir unidas a las
pasiones semejantes a ellas, pueden también con frecuencia coincidir
con otras, y hasta nacer de las que son contrarias a ellas. Por
ejemplo, cuando un marido llora a su mujer muerta, que (como ocurre a
veces) no le gustaría ver resucitada, es posible que su corazón esté
afectado por la tristeza que le producen el aparato de los funerales y
la ausencia de una persona a cuya conversación estaba acostumbrado; y
es posible que algunos restos de amor y de piedad que aparezcan en su
imaginación le arranquen de los ojos verdaderas lágrimas, aunque sienta
al mismo tiempo en el fondo de su alma una alegría secreta, cuya
emoción tiene tanto poder que nada pueden disminuir de su fuerza la
tristeza y las lagrimas que la acompañan. Y cuando leemos en un libro
aventuras extrañas, o las vemos representar en un teatro, esto nos
produce a veces tristeza, a veces alegra, o amor, u odio, y en general
todas las pasiones, según la diversidad de las cosas que se presentan a
nuestra imaginación; pero al mismo tiempo encontramos el placer de
sentirlas en nosotros, y este placer es un goce intelectual que puede
nacer lo mismo de la tristeza que de todas las demás pasiones.

Art. 148. El ejercicio de la virtud es un soberano remedio contra las pasiones.

Ahora
bien, como estas emociones interiores nos afectan de más cerca y
tienen, por consiguiente, mucho más poder sobre nosotros que las
pasiones que se encuentran con ellas y de las que difieren, es
indudable que, con tal que nuestra alma tenga en sí misma algo que la
contente, ninguna contrariedad que le venga de fuera tiene poder alguno
para darla; más bien sirve para aumentar su alegría, porque el ver que
no pueden dañarla esas contrariedades exteriores le hace conocer su
perfección. Y nuestra alma, para tener tales motivos de contento, sólo
necesita seguir exactamente la virtud. Pues todo el que haya vivido de
tal modo que su conciencia no pueda reprocharle que haya dejado nunca
de hacer todo lo que ha juzgado lo mejor (que es lo que llamamos aquí
seguir la virtud), recibe una satisfacción tan poderosa para hacerle
feliz que ni los más violentos esfuerzos de las pasiones tienen jamás
bastante poder para turbar la tranquilidad de su alma.

TERCERA PARTE

DE LAS PASIONES PARTICULARES

Art. 149. De la estimación y del desprecio.

Una
vez explicadas las seis pasiones primarias, que son como los géneros de
los que todas las demos son especies, señalar aquí sucintamente lo que
hay de particular en cada una de estas otras, y seguir el mismo orden
en que las he enumerado antes. Las dos primeras son la estimación y el
desprecio; pues, aunque estos nombres no significan generalmente sino
las opiniones que, sin pasión, tenemos del valor de cada cosa, no
obstante, como de estas opiniones suelen nacer pasiones a las que no se
han dado nombres particulares, creo que podemos darles éstos. Y la
estimación, considerada como pasión, es una inclinación del alma a
representarse el valor de la cosa estimada, inclinación producida por
un movimiento particular de los espíritus de tal modo conducidos al
cerebro que refuerzan las impresiones que sirven a este objeto; por el
contrario, la pasión del desprecio es una inclinación del alma a
considerar la bajeza o pequeñez de lo que despreciamos, inclinación
producida por el movimiento de los espíritus que refuerzan la idea de
esta pequeñez.

Art. 150. Estas pasiones no son sino especies de admiración.

De
modo que estas dos pasiones no son sino especies de admiración; pues
cuando no admiramos la grandeza ni la pequeñez de un objeto, no le
prestamos más atención que la que la razón nos dicta que debemos
prestarle, de modo que lo estimamos o lo despreciamos sin pasión; y
aunque muchas veces la estiman la suscite en nosotros el amor, y el
desprecio el odio, esto no es universal y sólo proviene de que estamos
más o menos inclinados a considerar la grandeza o la pequeñez de un
objeto, según que sintamos más o menos afecto por él.

Art. 151. Son más visibles cuando las referimos a nosotros mismos.

Estas
dos pasiones pueden referirse en general a toda clase de objetos; pero
son visibles cuando se refieren a nosotros mismos, es decir cuando lo
que estimamos o despreciamos es nuestro propio mérito; el movimiento de
los espíritus que produce esas pasiones es entonces tan manifiesto que
cambia hasta la cara, los gestos, la actitud y generalmente todos los
actos de quienes conciben una opinión de sí mismo mejor o peor que de
costumbre.

Art. 152. Por qué causa podemos estimarnos.

Y
como una de las principales partes de la cordura es saber de qué manera
y por qué causa debe cada cual estimarse o despreciarse, procurar aquí
exponer mi opinión sobre el particular. Sólo observo en nosotros una
cosa que puede autorizarnos a estimamos: el uso de nuestro libre
arbitrio y el dominio que tenemos sobre nuestras voluntades; pues sólo
por las acciones que dependen de este libre arbitrio Podemos ser con
razón alabados o censurados; y nos hace en cierto modo semejante a Dios
haciéndonos dueños de nosotros mismos, con tal de que no perdamos por
cobardía los derechos que nos da.

Art. 153. En qué consiste la generosidad.

Así,
creo que la verdadera generosidad, que hace que un hombre se estime en
él más alto grado que puede legítimamente estimarse, consiste, en
parte, en que conoce que esta libre disposición de sus voluntades es lo
único que le pertenece y que solamente por el uso bueno o malo que haga
de esa libre disposición puede ser alabado o censurado, y en parte en
que siente en s mismo una firme y constante resolución de hacerlo
bueno, es decir, de no carecer nunca de voluntad para emprender y
ejecutar todas las cosas que juzgue mejores; lo cual es seguir
perfectamente la virtud.

Art. 154. Impide despreciar a los demás.

Los
que tienen este conocimiento y sentimiento de sí mismos creen
fácilmente que cada uno de los demás hombres puede tenerlos también de
sí mismo, porque en esto no hay nada que dependa de otro. Por eso no
desprecian nunca a nadie; y aunque vean a menudo que los demás cometen
faltas que ponen de manifiesto su flaqueza, son mas inclinados a
disculparlos que a censurarlos, y a creer que las cometen más por falta
de conocimiento que por falta de buena voluntad; y así como no pueden
ser muy inferiores a los que tienen más bienes o más honores, o incluso
más entendimiento, más saber, más bondad, o en general que los superan
en algunas otras perfecciones, así tampoco se estiman muy por encima de
aquellos a quienes superan, porque todas estas cosas les parecen muy
poco considerables en comparación de la buena voluntad, única cualidad
por la que se estiman, y que suponen existe también o al menos puede
existir en cada uno de los demás hombres.

Art. 155. En que consiste la humildad virtuosa.

Por
eso los más generosos suelen ser los más humildes; y la humildad
viciosa no consiste sino en que, reflexionando sobre la imperfección de
nuestra naturaleza y sobre las faltas que podemos haber cometido en
otro tiempo o somos capaces de cometer, no menores que las que pueden
cometer otros, no nos preferimos a nadie, y en que pensamos que,
teniendo los demás su libre arbitrio lo mismo que nosotros, pueden usar
de él tan bien como nosotros.

Art. 156. Cuáles son las propiedades de la generosidad y cómo sirve de remedio contra todos los desórdenes de las pasiones.

Los
que son generosos de este modo son naturalmente inclinados a hacer
grandes cosas, y al mismo tiempo a no emprender nada de que no se
sientan capaces; y como no estiman nada más grande que hacer el bien a
los demás hombres y despreciar el propio interés, es siempre
Perfectamente corteses, afables y serviciales con todo el mundo. Y
además son enteramente dueños de sus pasiones, especialmente de los
deseos, de los celos y de la envidia, porque no hay nada cuya
adquisición no dependa de ellos que juzguen tan valioso como para
merecer ser muy deseada; y del odio a los hombres, porque los estiman a
todos; y del miedo, porque les preserva de él la confianza que tienen
en su virtud; y de la cólera, en fin, porque, no estimando sino muy
poco todas las cosas que dependen de los demás, jamás otorgan tanta
ventaja a sus enemigos como para reconocer que éstos les hayan
ofendido.

Art. 157. Del orgullo.

Todos
los que tienen buena opinión de sí mismos por cualquier otra causa, sea
la que sea, no tienen una verdadera generosidad, sino sólo un orgullo
que es siempre muy vicioso, pero tanto más cuanto más injusta es la
causa por la que se estiman; y la más injusta de todas es cuando se es
orgulloso sin ningún motivo; es decir, sin pensar que se posee algún
mérito digno de estimación, sino sólo porque no se hace caso del
mérito, sino que, imaginando que la gloria no es otra cosa que una
usurpación, se cree que tienen más quienes más se atribuyen. Este vicio
es tan irrazonable y tan absurdo que me costara trabajo creer que haya
hombres que caigan en él, si nadie fuera nunca alabado injustamente;
pero la adulación es tan común por doquier que no hay hambre tan
defectuoso que no se vea estimar por cosas que no merecen ninguna
alabanza, o incluso que merecen censura; lo cual da ocasión a los más
ignorantes y a los más estúpidos para caer en esta clase de orgullo.

Art. 158. Estos efectos son contrarios a los de la generosidad.

Mas,
cualquiera que pueda ser la causa por la cual nos estimamos, si no es
la voluntad que sentimos en nosotros mismos de hacer siempre buen uso
de nuestro libre arbitrio, de la cual ya he dicho que proviene la
generosidad, produce siempre un orgullo muy censurable y tan diferente
de esa verdadera generosidad que tiene efectos enteramente contrarios;
pues todos los demás bienes, como la inteligencia, la belleza, las
riquezas, los honores, etc., como son tanta más estimados cuanto se
encuentran en menor número de personas, y como además la mayor parte de
ellos son de tal naturaleza que no pueden comunicarse a varios, los
orgullosos procuran rebajar a todos los demás hombres, y, esclavos de
sus deseos, tienen el alma continuamente agitada por el odio, la
envidia, los celos o la cólera.

Art. 159. De la humildad viciosa.

En
cuanto a la bajeza o humildad viciosa, consiste principalmente en
sentirse débil o poco resuelto, y, como si no se tuviera el pleno uso
del libre arbitrio, no poder menos de hacer cosas sabiendo que luego
pesarán; consiste también en creer que no se puede subsistir por si
mismo ni pasar sin algunas cosas cuya adquisición depende de otros. Es,
pues, directamente opuesta a la generosidad; y ocurre a menudo que los
que tienen el espíritu más bajo son los más arrogantes y soberbios, de
la misma manera que los más generosos son los más modestos y más
humildes. Pero, mientras los que tienen el espíritu fuerte y generoso
no cambian de humor por las prosperidades o adversidades que les
ocurren, los que lo tienen débil y abyecto están a merced de la
fortuna, y tanto los ufana la prosperidad como humildes les torna la
adversidad. Hasta se ve a menudo que se rebajan vergonzosamente ante
aquellos de quienes esperan algún provecho o temen algún daño, y que al
mismo tiempo se encaraman insolentemente sobre aquellos de quienes no
esperan ni temen nada.

Art. 160. Cuál es el movimiento de los espíritus en estas pasiones.

Por
otra parte, fácilmente se advierte que el orgullo y la bajeza no son
solamente viejos, sino también pasiones, porque su emoción se muestra
muy patente en los que se ufanan o se abaten súbitamente en cada nueva
ocasión; mas no cabe dudar sí la generosidad o la humildad, que son
virtudes, pueden también ser pasiones, porque sus movimientos se
manifiestan menos y porque parece que la virtud no simpatía tanto como
el vicio con la pasión. No obstante, yo no veo razón alguna para que el
mismo movimiento de los espíritus que sirve para reforzar un
pensamiento cuando esta mal fundado no pueda también reforzarlo cuando
está bien fundado; y como el orgullo y la generosidad no consisten sino
en la buena opinión que se tiene de sí mismo, y no difieren sino en que
esta opinión es injusta en uno y justa en otro, creo que pueden
referirse a una misma pasión, la cual es suscitada por un movimiento
compuesto de los de la admiración, la alegra y el amor, tanto el que se
siente por sí mismo cómo el que se siente por la cosa que determina la
propia estimación; y al contrario, el movimiento que suscita la
humildad, sea virtuosa, sea viciosa, se compone de los de la
admiración, la tristeza y el amor a sí mismo, unidos al odio a los
propios defectos, que hacen despreciarse a sí mismo; y la única
diferencia que observo en estos movimientos es que el de la admiración
tiene dos propiedades: la primera que la sorpresa le hace fuerte desde
el principio; y la otra que es igual en su continuación, es decir, que
los espíritus continúan moviéndose de la misma manera en el cerebro; de
estas propiedades, la primera se encuentra mucho más en el orgullo y en
la bajeza que en la generosidad y en la humildad virtuosa, y al
contrario, la última se observa mejor en éstas que en las otras dos; la
razón de ello es que el vicio nace ordinariamente de la ignorancia, y
que los más propensos a enorgullecerse y humillarse más de lo debido
son los que peor se conocen, porque todo lo nuevo que les ocurre los
sorprende y hace que, atribuyéndoselo a sí mismos, se admiren, y se
estimen o se desprecien según que crean que lo que les ocurre es, o no,
ventajoso para ellos. Pero, como es frecuente que, después de una cosa
que los enorgullece, sobrevenga otra que los humilla, el movimiento de
sus pasiones es variable; y al contrario, nada hay en la generosidad
que no sea compatible con la humildad viciosa, ni nada que las pueda
cambiar, por lo cual sus movimientos son firmes, constantes y siempre
muy semejantes a sí mismos. Pero no se producen tanto por sorpresa,
porque los que se estiman de este modo conocen bastante cuáles son las
causas por las que se estiman; no obstante, puede decirse que estas
causas son tan maravillosas (por ejemplo, el poder de hacer uso del
libre albedrío, que nos hace apreciemos a nosotros mismos, y las
imperfecciones del sujeto en que radica este poder, que nos hacen no
estimamos demasiado) que cada vez que las contemplamos de nuevo nos dan
siempre una nueva satisfacción.

Art. 161. Cómo puede adquirirse la generosidad.

Y
hay que observar que lo que se llaman generalmente virtudes son hábitos
del alma que la disponen a ciertos pensamientos, de suerte que son
diferentes de estos pensamientos, pero que pueden producirlos, y
recíprocamente ser producidos por ellos. Hay que observar también que
estos pensamientos pueden ser producidos por el alma, pero que, a
veces, los refuerza algún movimiento de los espíritus, y entonces son
actos de virtud y a la vez pasiones del alma: así aunque no haya virtud
a la que tanto contribuya al parecer la buena estirpe como la que hace
estimarse únicamente en su justo valor, y aunque sea fácil creer que
todas las almas que Dios pone en nuestros cuerpos son igualmente nobles
y fuertes (por lo que he llamado a esta virtud generosidad, como se
acostumbra en nuestra lengua, en vez de magnanimidad, según es
costumbre de la escuela, en la que no es muy conocida), es indudable,
sin embargo, que la buena educación sirve mucho para corregir los
defectos de nacimiento, y que, sí nos preocupamos a menudo de
considerar qué es el libre albedrío y cuan grandes son las ventajas de
tener una firme resolución de hacer buen uso de él así como, por otra
parte, cuan vanos e inútiles son todos los cuidados que importunan a
los ambiciosos, podemos suscitar en nosotros la pasión y luego adquirir
la virtud de la generosidad, y como esta es la clave de todas las demás
virtudes y un remedio general contra los desórdenes de las pasiones,
paréceme que esta consideración bien merece ser tenida en cuenta.

Art. 162. De la veneración.

La
veneración o el respeto es una inclinación del alma no sólo a estimar
el objeto que venera, sino también a someterse a él con algún temor,
para procurar hacérselo favorable; de modo que sólo tenemos veneración
por las causas libres que juzgamos capaces de hacemos bien o mal, sin
que sepamos cual de los dos nos harán; pues por aquellos de quienes
esperamos sólo bien sentimos, mes que una simple veneración, amor y
devoción, y por aquellos de quienes esperamos sólo mal sentimos odio; y
si no creemos que la causa de este bien o de este mal sea libre, no nos
sometemos a ella para procurar tenerla favorable. Así, cuando los
paganos veneraban los bosques, las fuentes o las montañas, lo que
veneraban no era propiamente estas cosas muertas, sino las divinidades
que ellos creían que imperaban en ellas. Y el movimiento de los
espíritus que suscita la veneración se compone del que suscita la
admiración y del que suscita el temor, del que hablar luego.

Art. 163. Del desdén.

Lo
que llamo desdén es la inclinación que tiene el alma a menospreciar una
causa libre juzgando que, aunque por su naturaleza sea capaz de hacer
bien o mal está, sin embargo, tan por encima de nosotros, que no puede
hacer ni lo uno ni lo otro. Y el movimiento de los espíritus que lo
suscita se componen de los que suscitan la admiración y la seguridad o
el atrevimiento.

Art. 164. Del uso de estas dos pasiones.

Y
es la generosidad y la flaqueza del espíritu o la bajeza lo que
determina el bueno y el mal uso de estas dos pasiones: pues cuanto más
noble y generosa se tiene el alma, mayor es la inclinación a dar a cada
cual lo que le corresponde; y as no solamente se tiene una profunda
humildad ante Dios, sino que también se rinde sin repugnancia todo el
honor y el respeto que es debido a los hombres, a cada cual según el
rango y la autoridad que tiene en el mundo, y no se desprecia nada mas
que los vicios. En cambio, los que tienen el espíritu bajo y débil son
dados a pecar por exceso, a veces en que veneran y temen cosas que no
son dignas sino de menosprecio, y a veces en que desean insolentemente
las que más merecen ser veneradas; y suelen pasar muy bruscamente de la
extremada impiedad a la superstición, y luego de la superstición a la
impiedad, de suerte que no hay vicio ni desorden del espíritu de que no
sean capaces.

Art. 165. De la esperanza y del temor.

La
esperanza es una disposición del alma a creer que lo que desea ocurrir,
disposición producida por un movimiento particular de los espíritus, a
saber, el de la alegría y el del deseo mezclados; y el temor es otra
disposición del alma que la hace creer que no ocurrirá; y es de
observar que aunque estas dos pasiones son opuestas, se puede, sin
embargo, sentir las dos juntas, a saber, cuando consideramos al mismo
tiempo diversas razones, unas que hacen pensar que el cumplimiento del
deseo es fácil, y otras que hacen creer que es difícil.

Art. 166. De la seguridad y de la desesperanza.

Y
nunca una de estas pasiones acompaña al deseo sin dejar algún lugar a
la otra: pues, cuando la esperanza es tan fuerte que excluye
enteramente al temor, cambia de naturaleza y se llama certidumbre o
seguridad; y cuando se está seguro de que lo que se desea ocurra,
aunque se siga queriendo que ocurra, se deja no obstante de estar
agitado por la pasión del deseo, que hace buscar con inquietud el
acontecimiento; mas cuando el temor es tan extremado que no deja lugar
alguno a la esperanza, se convierte en desesperanza, y esta
desesperanza, haciendo ver la cosa como imposible, mata por completo el
deseo, el cual se dirige únicamente a las cosas posibles.

Art. 167. De los celos.

Los
celos son una especie de temor relacionado con el deseo que se tiene de
conservar la posesión de algún bien; y más que de la fuerza de las
razones que hacen pensar que se puede perder, provienen de lo mucho que
estimamos ese objeto, lo cual nos hace considerar hasta los menores
motivos de sospecha y tomarlos por razones muy considerables.

Art. 168. En qué ocasiones puede ser honrada esta pasión.

Y,
como se debe poner más celo en conservar los bienes muy grandes que los
menores, esta pasión puede ser justa y honrada en algunas ocasiones.
Así, por ejemplo, un capitán que guarda una plaza de gran importancia
tiene derecho a estar celoso de ella, es decir, a desconfiar de todos
los medios por los cuales podría ser sorprendida; y a una mujer honrada
no se la censura el ser celosa de su honor, es decir, el guardarse no
sólo de comportarse mal, sino también evitar hasta los menores motivos
de maledicencia.

Art. 169. En qué casos es censurable.

Pero
la gente se burla de un avaro cuando es celoso de su tesoro, es decir,
cuando lo protege con los ojos y no quiere alejarse nunca de él por
miedo de que se lo roben; pues el dinero no vale la pena de ser
guardado con tanto celo. Y se desprecia a un hombre celoso de su mujer,
porque esto demuestra que no la ama de buena ley y que tiene mala
opinión de sí mismo o de ella: digo que no ama de buena ley, porque si
le tuviera un verdadero amor, no se sentirá inclinado a desconfiar de
ella; pero no es propiamente a ella a quien ama, sino sólo al bien que
cree hallar en ser su dueño único, y no temerá perder este bien si no
se juzgara indigno del mismo o no creyera infiel a su mujer. Por lo
demás, esta pasión sólo se refiere a las sospechas y a las
desconfianzas, pues tratar de evitar algún mal cuando se tiene justo
motivo para temerlo no es propiamente ser celoso.

Art. 170. De la irresolución.

La
irresolución es también una especie de temor que, teniendo el alma como
un péndulo entre vanas acciones que puede realizar, es causa de que no
realice ninguna y así tiene tiempo para elegir antes de decidirse, en
lo cual tiene la irresolución algo bueno; mas cuando dura más de lo
necesario y hace emplear en deliberar el tiempo requerido para obrar,
es muy mala. Y digo que es una especie de temor, aunque, cuando cabe
elegir entre vanas cosas cuya bondad parece muy igual, puede ocurrir
que permanezcamos inciertos e irresolutos sin que tengamos por eso
ningún temor; pues esta clase de irresolución se debe sólo al motivo
que se presenta, y no a ninguna emoción de los espíritus; por eso no es
una pasión, a no ser que el temor de errar en la elección aumente la
incertidumbre. Pero este temor es tan habitual y tan fuerte en algunos,
que muchas veces, aunque no tengan que elegir y no vean sino una cosa
que tomar o dejar, los retiene y se paran inútilmente a buscar otras; y
entonces es un exceso de irresolución que proviene de un excesivo deseo
de proceder bien y de una debilidad del entendimiento, el cual, sin
ninguna noción clara y distinta, tiene muchas confusas: por eso el
remedio contra estos excesos esta en acostumbrarse a formar juicios
ciertos y determinados sobre las cosas que se presentan, y en creer que
cumplimos siempre nuestro deber cuando hacemos lo que a nuestro juicio
es lo mejor, aunque es posible que juzguemos muy mal.

Art. 171. Del valor y de la intrepidez.

El
valor, cuando es una pasión y no un hábito o inclinación natural, es
cierto calor o agitación que dispone el alma a lanzarse poderosamente a
la ejecución de las cosas que quiere hacer, cualquiera que sea su
naturaleza; y la intrepidez es una especie de valor que dispone él alma
a realizar las cosas más peligrosas.

Art. 172. De la emulación.

Y
la emulación es también una especie de valor, pero en otro sentido;
pues se puede considerar el valor como un género que se divide en
tantas especies como objetos diferentes hay, y en tantas otras como
causas. En la primera divisan, la intrepidez es una especie, y en la
otra lo es la emulación; y esta última no es un calor que dispone el
alma a emprender cosas que espera poder conseguir porque ve que otros
las consiguen; es, pues, una especie de valor cuya causa externa es el
ejemplo. Digo la causa externa porque debe haber además una interna,
que consiste en tener el cuerpo dispuesto de tal modo que el deseo y la
esperanza tienen mas fuerza para hacer afluir al corazón buena cantidad
de sangre que el temor o la desesperanza para impedirlo.

Art. 173. Cómo la intrepidez depende de la esperanza.

Pues
es de observar que, aunque el objeto de la intrepidez sea la
dificultad, de la cual nace generalmente el temor y hasta la
desesperación, de suerte que es en los asuntos más peligrosos y más
desesperados donde se emplea más intrepidez y valor, es preciso, sin
embargo, para oponerse con vigor a las dificultades que surjan, tener
la esperanza e incluso la seguridad de lograr el fin perseguido. Mas
este fin es diferente del objeto, pues no es posible tener al mismo
tiempo la seguridad y la desesperanza de una misma cosa. Así cuando los
dacios se lanzaban entre los enemigos y corrían a una muerte segura, el
objeto de su intrepidez era la dificultad de conservar la vida en esta
acción, y por esa dificultad no tenían sino desesperación, pues estaban
seguros de morir; pero su finalidad era animar a sus soldados con el
ejemplo y hacerles conseguir la victoria, en la que tenían esperanza; o
bien se proponían ganar la gloria después de su muerte, de la que
estaban seguros.

Art. 174. De la cobardía y del miedo.

La
cobardía es directamente opuesta al valor, y es una languidez o
frialdad que impide al alma lanzarse a la ejecución de las cosas que
haría si estuviera exenta de esta pasión; y el miedo o el terror, que
es contrario a la intrepidez, no es sólo una frialdad, sino también una
turbación y un pasmo del alma que le quita la fuerza de resistir a los
males que cree próximos.

Art. 175 Del Uso de la Cobardia

Yo
no puedo creer que la naturaleza haya dado a los hombres alguna pasión
que sea siempre viciosa y no tenga ninguna función buena y loable, pero
me cuesta, sin embargo, mucho trabajo adivinar para que pueden servir
estas dos. Paréceme únicamente que la cobardía tiene alguna utilidad
cuando evita las penalidades que ciertas razones verosímiles podrían
incitar a arrostrar si otras razones más ciertas que hacen juzgar
inútiles esas penalidades no suscitaran la pasión de la cobardía; pues,
además de eximir al alma de esas penalidades, es útil entonces para el
cuerpo también, porque retardando el movimiento de los espíritus, le
impide disipar las fuerzas. Mas generalmente la cobardía es muy
perjudicial porque aparta la voluntad de las acciones útiles; y como
nace únicamente de que no se tiene bastante esperanza o bastante deseo,
es suficiente, para corregirla, aumentar en nosotros estas dos
pasiones.

Art. 176. Del uso del miedo.

En
cuanto al miedo o el terror, no veo que pueda nunca ser loable o útil;
por eso no es una pasión especial sino sólo un exceso de cobardía, de
pasmo y de temor, exceso siempre vicioso, como la intrepidez es un
exceso de valor que es siempre bueno, con tal de que lo sea el fin
perseguido; y como la principal causa del miedo es la sorpresa, nada
mejor para librarse de él que obrar con premeditación y prepararse para
todos los acontecimientos cuyo temor puede causar el miedo.

Art. 177. Del remordimiento.

El
remordimiento de conciencia es una especie de tristeza que nace cuando
se sospecha que una cosa que se hace o se ha hecho no es buena, y
presupone necesariamente la duda: pues si estuviéramos enteramente
seguros de que lo que se hace es malo, nos abstendríamos de hacerlo,
porque la voluntad no se inclina sino a las cosas que tienen alguna
apariencia de buenas; y si estuviéramos ciertos de que lo que hemos
hecho ya es malo, sentiríamos arrepentimiento, no sólo remordimiento.
Ahora bien, la finalidad de esta pasión es hacernos considerar si la
cosa de que dudamos es buena o no, o impedirnos hacerla otra vez
mientras no estemos seguros de que es buena. Mas, como presupone el
mal, lo mejor sería no tener nunca ocasión de sentirla; y podemos
prevenirla por los mismos medios que sirven para verse libres de la
irresolución.

Art. 178. De la burla.

La
irrisión o burla es una especie de alegra mezclada con odio, que se
produce al ver algún pequeño mal en una persona a la que se cree digna
de sufrirlo: se siente odio por ese mal, se siente alegra de verlo en
quien lo merece; y cuando esto ocurre inopinadamente, la sorpresa de la
admiración origina la risa, como dije al explicar la naturaleza de la
risa. Pero ese mal debe ser pequeño; pues si es grande, no se puede
creer que el que lo padece lo merece, a no ser que se tenga una mala
índole o que se odie mucho a la persona en cuestión.

Art. 179. Por qué los más imperfectos suelen ser los más burlones.

Y
se observa que los que tienen defectos más visibles, por ejemplo los
cojos, tuertos, jorobados, o los que han recibido alguna afrenta
pública, son especialmente inclinados a la burla; pues, deseando ver a
todos los demás tan desgraciados como ellos, les placen mucho los males
que les ocurren, y los juzgan merecedores de ellos.

Art. 180. Del uso de la burla.

En
cuanto a la burla modesta, que reprende útilmente los vicios
mostrándolos ridículos, sin por eso reírse uno mismo de ellos ni
manifestar ningún odio contra las personas, no es una pasión, sino una
cualidad de hombre honrado que pone de manifiesto su humor alegre y la
tranquilidad de su alma, señales de virtud, y a veces también de la
habilidad de su ingenio para saber dar una apariencia agradable a las
cosas de que se burla.

Art. 181. Del uso de la risa y de la burla.

Y
no está mal reír cuando se oyen las burlas de otro; e incluso pueden
ser tales que fuera ser taciturno no reír; pero cuando es uno mismo
quien se burla, mejor es abstenerse de reír, no vaya a parecer
sorprendido por las cosas que dice, ni admirar el ingenio de
inventarlas; y esto hace que sorprendan más a quienes las oyen.

Art. 182 De la Envidia

Lo
que se llama generalmente envidia es un vicio que consiste en una
perversidad de la naturaleza por la cual a algunas personas les enoja
el bien que les ocurre a otros hombres; pero yo empleo aquí esta
palabra para designar una pasión que no siempre es viciosa. La envidia,
en tanto que pasión, es una especie de tristeza, acompañada de odio,
que proviene de ver el bien que les ocurre a quienes se juzga indignos
de él; y esto solo puede pensarse con razón de los bienes de fortuna,
pues los del alma, e incluso los del cuerpo, si se tienen de
nacimiento, haberlos recibido de Dios antes de ser capaz de cometer
ningún mal es ser dignos de ellos.

Art. 183. Cómo puede ser justa e injusta.

Mas
cuando la fortuna manda bienes a alguien que es verdaderamente indigno
de ellos y sentimos envidia únicamente porque, amando naturalmente la
justicia, nos enoja que no sea observada en la distribución de esos
bienes, es un celo que puede ser disculpable, principalmente cuando el
bien que se envidia a otros es de tal naturaleza que puede convertirse
en mal entre sus manos; así, por ejemplo, si se trata de algún cargo o
profesión en cuyo ejercicio puedan comportarse mal, incluso cuando se
desea para si mismo ese mismo bien y no se puede tener porque lo poseen
otros menos dignos de poseerlo, esto hace la pasión más violenta, y no
deja de ser disculpable, con tal de que el odio que contiene recaiga
solamente en la mala distribución del bien que se envidia, y no en las
personas que lo poseen o lo distribuyen. Pero hay pocos tan justos y
generosos como para no sentir odio por quienes se les adelantan en la
adquisición de un bien que no es comunicable a varios que habían
deseado para ellos mismos, aunque quienes lo han adquirido sean tanto o
mas merecedores de él. Y lo más generalmente envidiado es la gloria,
pues aunque la de los demás no impide que nosotros podamos aspirar a
ella, hace su acceso más difícil y encarece su costo.

Art. 184. A que se debe que los envidiosos son propensos a tener la tez plomiza.

Por
otra parte, no hay vicio que tanto dañe a la felicidad de los hombres
como la envidia; pues, además de que los tocados por su estigma se
afligen a sí mismos, turban también con todo su poder el placer de los
demás, y tienen por lo general la tez plomiza, es decir, mezcla de
amarillo y negro y como de sangre macerada; de donde proviene que la
envidia se llama livor en latín; lo cual va muy de acuerdo con lo que
he dicho antes de los movimientos de la sangre en la tristeza y en el
odio; pues este hace que la bilis amarilla, procedente de la parte
inferior del hígado, y la negra, procedente del bazo, pasen del corazón
por las arterias a todas las venas; y esto determina que la sangre de
las venas tenga menos calor y circule más lentamente que de ordinario,
lo cual basta para poner lívido el color. Mas como la Bilis, tanto la
amarilla como la negra, puede también ir a las venas por otras varias
causas, y como la envidia no las impulsa en cantidad bastante grande
para cambiar el color de la tez, a no ser que sea muy grande y de larga
duración, no se debe pensar que todos los que tienen este color son
propensos a la envidia.

Art. 185. De la piedad.

La
piedad es una especie de tristeza entreverada de amor o de buena
voluntad hacia las personas a quienes vemos sufrir algún mal del que no
los creemos merecedores. Es, pues, contraria a la envidia por razón de
su objeto, y a la burla porque los considera de otro modo.

Art. 186. Quienes son los mas compasivos.

Los
que se sienten más débiles y más sujetos a las adversidades de la
fortuna parecen ser mas inclinados a esta pasión que los demás, porque
ven el mal ajeno como cosa que puede ocurrirles a ellos; y así son
movidos a piedad más bien por el amor que se tienen a sí mismos que por
el que tienen a los demás.

Art. 187. Cómo los más generosos sienten esta pasión.

Sin
embargo, aquellos que son más generosos y tienen el espíritu mas
fuerte, sin temer ningún mal para ellos y estando fuera del poder de la
fortuna, no dejan de sentir compasión cuando ven el mal de los demás
hombres y oyen sus quejas; pues es parte de la generosidad tener buena
voluntad para todos. Mas la tristeza de esta piedad no es amarga, y,
como la que nos producen las acciones funestas que vemos representar en
un teatro, está más en el exterior y en el sentido que en el interior
del alma, la cual tiene sin embargo la satisfacción de pensar que
cumple su deber compadeciendo a los afligidos. Y hay en esto la
diferencia de que, mientras el vulgo se compadece de los que se quejan,
porque piensa que los males que sufren son muy enojosos, lo que más
compadecen los más grandes hombres es la flaqueza de los que se
lamentan, porque estiman que ningún accidente que pueda ocurrir es un
mal tan grande como la cobardía de quienes no pueden soportarlo con
constancia; y aunque odian los vicios, no por eso odian a las personas
a quienes ven sometidas a ellos: les tienen sólo compasión.

Art. 188. Quienes son los que no sienten piedad.

Pero
sólo son insensibles a la piedad los espíritus malévolos y envidiosos
que odian naturalmente a todos los hombres, o bien los que son tan
brutales, tan cegados por la buena suerte o desesperados por la mala,
que no piensan que pueda ocurrirles ningún mal.

Art. 189. Por qué esta pasión mueve a llorar.

En
esta pasión se llora muy fácilmente, debido a que el amor, enviando
mucha sangre al corazón, hace que salgan muchos vapores por los ojos, y
la frialdad de la tristeza, retardando la agitación de estos vapores,
hace que se transformen en lágrimas, como he explicado anteriormente.

Art. 190. De la satisfacción de sí mismo.

La
satisfacción que tienen siempre los que practican constantemente la
virtud es un hábito en su alma que se llama sosiego y tranquilidad de
conciencia; mas la que se adquiere de nuevo cuando se ha realizado
recientemente alguna acción que se cree buena es una pasión, como una
especie de alegría, que yo creo la más dulce de todas, porque su causa
depende sólo de nosotros. No obstante, cuando esta causa no es justa,
es decir, cuando las acciones que nos producen mucha satisfacción no
son de gran importancia, o incluso son viciosas, esa satisfacción es
ridícula y no sirve más que para producir un orgullo y una arrogancia
impertinente: cosa fácil de observar en quienes, creyéndose devotos,
son solamente beatos y supersticiosos: es decir, que, a la sombra de ir
a menudo a la iglesia, recitar muchas oraciones, llevar el cabello
corto, ayunar, dar limosnas, creen ser enteramente perfectos y se
imaginan tan grandes amigos de Dios que no pueden hacer nada que le
desagrade, y que todo lo que les dicta su pasión es un buen celo,
aunque a veces les dicte los mayores crímenes que los hombres puedan
cometer, como traicionar ciudades, matar príncipes, exterminar pueblos
enteros por el simple hecho de que no se plieguen a sus opiniones.

Art. 191. Del arrepentimiento.

El
arrepentimiento es directamente opuesto a la satisfacción de si mismo,
y es una especie de tristeza debida a que se cree haber cometido alguna
mala acción; y es muy amarga, porque su causa está en nosotros; lo cual
no impide, sin embargo, que sea muy útil cuando es verdad que la acción
de que nos arrepentimos es mala y tenemos la certidumbre de ello,
porque nos incita a obrar mejor otra vez. Pero suele ocurrir que los
espíritus débiles se arrepienten de cosas que han hecho sin saber con
seguridad que fueran malas: lo creen únicamente porque lo temen; y si
hubieran hecho lo contrario, se arrepentirían de la misma manera: lo
cual es en ellos una imperfección digna de piedad; y los remedios
contra este defecto son los mismos que sirven para acabar con la
irresolución.

Art. 192. Del favor.

El
favor es propiamente un deseo de bien para la persona hacia la que se
tiene buena voluntad; pero yo empleo aquí esta palabra para designar
esta voluntad cuando la produce en nosotros alguna buena acción de la
persona por quien la sentimos; pues somos naturalmente inclinados a
amar a los que hacen cosas que juzgamos buenas, aunque ello no nos
reporte a nosotros ningún bien. El favor, en este sentido, es una
especie de amor, no de deseo, aunque le acompañe siempre el deseo del
bien para la persona a quien favorecemos; y va generalmente unido a la
piedad, porque las desgracias que ocurren a los desgraciados nos hacen
reflexionar más sobre sus méritos.

Art. 193. Del agradecimiento.

El
agradecimiento es también una especie de amor provocado en nosotros por
alguna acción de la persona por quien lo sentimos, y con la cual
creemos que nos ha hecho algún bien, o al menos que ha tenido la
intención de hacérnoslo. Contiene, pues, los mismos ingredientes que el
favor, y además se funda en una acción que nos conmueve y a la que
deseamos corresponder: por eso tiene mucha más fuerza, principalmente
en las almas un poco nobles y generosas.

Art. 194. De la ingratitud.

En
cuanto a la ingratitud, no es una pasión, pues la naturaleza no ha
puesto en nosotros ningún movimiento que la suscite; es solamente un
vicio directamente opuesto al agradecimiento, en tanto que este es
siempre virtuoso y uno de los principales vínculos de la sociedad
humana; por eso este vicio es propio únicamente de los hombres brutales
y sumamente arrogantes que piensan que todo les es debido, o de los
estúpidos que no reflexionan en los beneficios que reciben o de los
débiles y abyectos que, sintiendo su imperfección y su miseria, buscan
bajamente la ayuda de los demás y, una vez obtenida, los odian, porque,
no queriendo o no pudiendo pagársela, y figurándose que todo el mundo
es mercenario como ellos y que no se hace ningún bien sino esperando la
recompensa, piensan que les han engañado.

Art. 195. De la indignación.

La
indignación es una especie de odio o de aversión que se siente
naturalmente contra los que hacen algún mal, de cualquier naturaleza
que sea; y muchas veces va mezclada con la envidia o con la piedad;
pero su objeto es muy diferente, pues sólo se siente indignación contra
los que hacen bien o mal a las personas que no lo merecen, mientras que
se envidia a quienes reciben ese bien, o se siente piedad por quienes
reciben ese mal. Claro que, en cierto modo, es hacer mal poseer un bien
no merecido, y tal vez por esto Aristóteles y sus adeptos, suponiendo
que la envidia es siempre un vicio, dieron el nombre de indignación a
la que no es viciosa.

Art. 196. Por qué la indignación va unida a veces a la piedad y a veces a la burla.

También,
en cierto modo, hacer mal es recibirlo; por eso algunos sienten, con la
indignación, piedad, y otros tienden a la burla, según consideren de
buena o de mala voluntad a aquellos a quienes ven cometer faltas, y,
siendo así, la risa de Demócrito y el llanto de Heráclito han podido
proceder de la misma causa.

Art. 197. A veces la acompaña la admiración, y no es incompatible con la alegría.

La
indignación va también a veces acompañada de admiración, pues suponemos
habitualmente que todas las cosas se harán de la manera que nosotros
creemos buena. Por eso, cuando no ocurre así, nos sorprende y lo
admiramos. No es tampoco incompatible con la alegría, aunque por lo
general vaya unida a la tristeza: pues cuando el mal que nos indigna no
puede dañarnos, y consideramos que no quisiéramos nosotros hacerlo
parecido, esta consideración nos produce cierto placer; y esto es acaso
una de las causas de la risa que a veces acompaña a esta pasión.

Art. 198. De su uso.

La
indignación se observa mucho más en los que quieren parecer virtuosos
que en los que verdaderamente lo son; pues, aunque los que aman la
virtud no puedan ver sin alguna aversión los vicios de los demás, sólo
se apasionan contra los mas grandes y extraordinarios. Sentir gran
indignación por cosas de poca monta es ser difícil y malhumorado;
sentirla por las que no son censurables es ser injusto, y es ser
impertinente y absurdo no limitar esta pasión a las acciones de los
hombres y llevarla hasta las obras de Dios o de la naturaleza, como
hacen los que, no estando nunca conformes con su condición o con su
fortuna, se atreven a censurar la conducta del mundo y los secretos de
la Providencia.

Art. 199. De la ira.

La
ira es una especie de odio o de aversión que sentimos contra los que
hacen algún mal, o han tratado de perjudicar, no indiferentemente a
cualquiera, sino particularmente a nosotros. Tiene, pues, el mismo
contenido que la indignación, con la añadidura de que se funda en una
acción que nos concierne y de la que deseamos vengarnos; pues casi
siempre la acompaña este deseo; y es directamente opuesta a la
gratitud, como la indignación al favor; pero es incomparablemente más
violenta que estas otras tres pasiones, porque el deseo de rechazar las
cosas dañinas y de vengarse de ellas es el más apremiante de todos. El
deseo unido al amor hacia uno mismo es lo que da a la ira toda la
agitación de la sangre que pueden producir el valor y la intrepidez; y,
en el odio, es principalmente la sangre biliosa procedente del bazo y
de las venillas del hígado la que recibe esta agitación y entra en el
corazón, donde, por su abundancia y por la naturaleza de la bilis
mezclada a ella, produce un calor más áspero y más ardiente que el que
puede ser producido por el amor o por la alegría.

Art. 200. Por qué las personas que enrojecen de indignación son menos temibles que las que palidecen.

Y
las señales exteriores de esta pasión son diferentes, según los
diversos temperamentos de las personas y la diversidad de las demás
pasiones que la componen y se unen a ella. Así vemos personas que
palidecen o que tiemblan cuando se ponen iracundos, y otras que
enrojecen y hasta lloran; y es creencia general que la ira de los que
palidecen es más de temer que la de los que enrojecen: la razón de esto
es que, cuando una persona no puede vengarse más que con el gesto y la
palabra, emplea todo su calor y toda su fuerza desde el primer momento
en que siente la ira, y por eso enrojece; además, a veces, la compasión
que se tiene a sí mismo por no poder vengarse de otro modo, le hace
llorar. En cambio, los que se reservan y se determinan a mayor venganza
se entristecen de pensar que se ven obligados a ella por la acción que
los enfurece; y a veces también sienten temor por los males que pueden
resultar de la decisión que han tomado, lo cual los pone pálidos, fríos
y temblorosos; mas, cuando llega el momento de ejecutar su venganza, se
calientan tanto más cuanto más fríos estuvieron al comienzo, y así se
ve que las fiebres que comienzan con frío suelen ser las más fuertes.

Art. 201. Hay dos clases de ira, y las personas más buenas son las más propensas a la primera.

Esto
nos indica que se pueden distinguir dos clases de ira: una que es muy
súbita y se manifiesta muy al exterior, pero que, sin embargo, tiene
poco efecto y puede calmarse fácilmente; otra que no se exterioriza
tanto al principio, pero que roe más el corazón y tiene efectos más
peligrosos. Las personas mas bondadosas y amorosas son las mas
propensas a la primera; pues no proviene de un odio profundo, sino de
una súbita aversión que las sorprende, porque, inclinados a imaginar
que todas las cosas deben producirse de la manera que a ellos les
parece la mejor, cuando se producen de manera distinta se sorprenden y
se ofenden, a veces sin que ni siquiera les concierna la cosa en su
interés particular, y ello porque, siendo muy afectivos, se interesan
por aquellos a quienes aman como por sí mismos. Así pues, lo que para
otro no será más que un motivo de indignación, para ellos lo es de ira;
y como su inclinación a amar hace que tengan mucho calor y mucha sangre
en el corazón, la aversión que los sorprende no puede menos de hacer
afluir a él la bilis necesaria para que produzca en esa sangre una gran
emoción; pero esta emoción es muy fugaz, porque la fuerza de la
sorpresa no continua, y en cuanto esas personas se dan cuenta de que el
motivo que las ha enojado no deba emocionarlas tanto, se arrepienten.

Art. 202. Las que más se dejan llevar a la otra son las almas débiles y bajas.

La
otra clase de ira, en la que predomina el odio y la tristeza, no es tan
manifiesta al principio, a no ser quizá en que empalidece el rostro;
pero su fuerza va aumentando poco a poco por la agitación de un
ardiente deseo de vengarse suscitado en la sangre, la cual, mezclada
con la bilis que es impulsada hacia el corazón de la parte inferior del
hígado y del bazo, produce en el corazón un calor áspero y muy agudo. Y
así como las almas más generosas son las más agradecidas, las más
orgullosas y más bajas y defectuosas son las más propensas a esta
especie de ira; pues las injurias parecen tanto mayores cuanto más alto
nos hace estimamos el orgullo y cuanto más estimamos los bienes que
ellas nos quitan, y los estimamos más cuanto más débil y baja es
nuestra alma, ya que dependen de los demás.

Art. 203. La generosidad sirve de remedio contra sus excesos.

Por
otra parte, aunque esta pasión sea útil para damos vigor y rechazar las
injurias, no hay ninguna otra cuyos excesos debamos evitar con más
celo, porque, turbando el juicio, nos hacen a menudo cometer faltas de
las que luego hemos de arrepentimos, y aun impiden a veces rechazar
esas injurias tan bien como podríamos rechazarlas con menos emoción.
Pero, como nada la hace más excesiva que el orgullo, creo que la
generosidad es el mejor remedio contra sus excesos, porque, haciéndonos
estimar muy poco todos los bienes que nos pueden quitar, y mucho en
cambio la libertad y el dominio absoluto de nosotros mismos, dominio
que perdemos cuando alguien puede ofendernos, la generosidad hace que
no sintamos sino desprecio o a lo sumo indignación por las injurias que
a otros ofenden.

Art. 204. De la gloria.

Lo
que llamo aquí gloria es una especie de contento fundado en el amor a
sí mismo, y nace de pensar o de esperar que otros han de alabamos. Es,
pues, diferente de la satisfacción interior que nace de pensar que
hemos realizado alguna buena acción; pues a veces nos alaban por cosas
que no creemos buenas, y nos censuran por otras que creemos mejores;
pero una y otra son especies de la propia estimación, al mismo tiempo
que especies de contento; pues motivo es para estimarse el ver que los
demás nos estiman.

Art. 205. De la vergüenza.

La
vergüenza es, por el contrario, una especie de tristeza fundada también
en el amor a nosotros mismos, y nace de pensar o temer que han de
censurarnos; es además una especie de modestia o de humildad y
desconfianza de nosotros mismos: pues, cuando nos estimamos tanto que
no podemos imaginar que nadie nos desprecie, difícilmente podemos
sentirnos avergonzados.

Art. 206. Del uso de estas dos pasiones.

Ahora
bien, la gloria y la vergüenza se comportan lo mismo en el sentido de
que nos incitan a la virtud, la una por la esperanza, la otra por el
temor; mas hay que adiestrar el juicio en lo que es verdaderamente
digno de censura o de alabanza, a fin de no avergonzamos de obrar bien
y de no envanecernos de nuestros vicios, como les ocurre a algunos. Mas
no es bueno desprenderse por entero de estas pasiones, como hacían
antiguamente los cínicos; pues, aunque el pueblo juzgue muy mal, como
no podemos vivir sin él, y nos importa su estimación, debemos muchas
veces seguir sus opiniones antes que las nuestras en lo que se refiere
al exterior de nuestros actos.

Art. 207. De la impudencia.

La
impudencia o el descaro, que es un menosprecio de la vergüenza, y a
veces también de la gloria, no es una pasión, porque no hay en nosotros
ningún movimiento particular de los espíritus que la provoque; pero es
un vicio opuesto a la vergüenza, y también a la gloria, en tanto una y
otra son buenas, como la ingratitud es opuesta al agradecimiento y la
crueldad a la piedad. Y la principal causa de la impudencia proviene de
haber recibido varias veces grandes afrentas; pues no hay nadie que,
siendo joven, no se imagine que la alabanza es un bien y la infamia un
mal mucho más importantes para la vida de lo que la experiencia nos
enseña que son, cuando, habiendo recibido algunas se tornan unos
desvergonzados que, midiendo el bien y el mal únicamente por las
comodidades del cuerpo, ven que las disfrutan después de tales afrentas
tanto cómo antes, y aún a veces, mucho mejor, porque se ven libres de
algunas continencias a las que les obligaba el honor, y si a su
descrédito se une la pérdida de los bienes, no faltan personas
caritativas que se los den.

Art. 208. De la saciedad.

La
saciedad es una especie de tristeza que proviene de la misma causa que
antes diera lugar a la satisfacción; pues estamos compuestos de tal
modo que la mayor parte de las cosas de que gozamos nos gustan sólo por
un tiempo, y luego nos resultan incómodas: lo cual se ve principalmente
al beber y al comer, que no es útil más que cuando se tienen ganas y es
perjudicial cuando ya no se tienen; y como en este caso ya no es
agradable al gusto, esta pasión se llama disgusto.

Art. 209. De la añoranza.

La
añoranza es también una especie de tristeza, y tiene una especial
amargura, porque va siempre unida a cierta desesperanza y al recuerdo
del placer gozado; pues no añoramos nunca sino los bienes de que hemos
gozado, y que están tan perdidos que no tenemos ninguna esperanza de
recobrarlos en el tiempo y de la manera en que los añoramos.

Art. 210. Del contento.

Por
último, lo que llamo contento es una especie de gozo, con la
particularidad de que aumenta su dulzura el recuerdo de los males que
hemos sufrido y de los cuales nos sentimos liberados como cuando nos
quitan de encima un gran peso que hemos llevado mucho tiempo a las
espaldas. Y no veo nada muy notable en estas tres pasiones; sólo las he
puesto aquí por seguir el orden de enumeración que expuse antes; pero
creo que esta enumeración ha sido útil para demostrar que no omitíamos
ninguna que fuera digna de alguna especial consideración.

Art. 211. Un remedio general contra las pasiones.

Y
ahora que las conocemos todas, tenemos mucho menos motivo que antes
para temerlas; pues vemos que todas son buenas en su naturaleza y que
lo único que tenemos que evitar es su mal uso o sus excesos, contra los
cuales podrían bastar los remedios que he explicado si todo el mundo se
cuidara bien de practicarlos. Pero, como entre esos remedios he puesto
la premeditación y la industria para corregir nuestros defectos
naturales ejercitándonos en separar en nosotros los movimientos de la
sangre y de los espíritus de los pensamientos a que suelen ir unidos,
he de confesar que hay pocas personas bastante preparadas de esta
suerte contra toda clase de situaciones y que estos movimientos
suscitados en la sangre por los objetos de las pasiones se producen tan
inmediata y súbitamente como consecuencia de las impresiones que recibe
el cerebro y de la disposición de los órganos, aunque el alma no
contribuya en nada a ello, que no hay cordura humana capaz de oponerles
resistencia cuando no se está bastante preparado. Así, por ejemplo, hay
muchos que no pueden abstenerse de reír cuando les hacen cosquillas,
aunque ello no les produzca ningún placer; pues, despertada en su
fantasía la impresión del gozo y de la sorpresa que anteriormente les
hizo reír por el mismo motivo, el pulmón se les infla sin que ellos
quieran por la sangre que el corazón le envía. Así también, los que son
por naturaleza muy inclinados a las emociones de la alegría y de la
piedad, o del miedo, o de la ira, no pueden menos de desfallecer, o de
llorar, o de temblar, o de que se les revuelva la sangre como si
tuvieran fiebre, cuando el objeto de alguna de estas pasiones les mueve
la fantasía. Mas algo puede hacerse siempre en tal ocasión, y creo que
puedo ponerlo aquí como el remedio más general y más fácil de practicar
contra todos los excesos de las pasiones: cuando sentimos la sangre de
tal modo agitada, debemos estar sobre aviso y recordar que todo lo que
se presenta a la imaginación tiende a engañar al alma y a hacerle
considerar las razones que sirven para persuadir al objeto de su pasión
mucho más fuertes de lo que pasión son, y mucho más débiles las que
tienden a disuadirla. Y cuando la persuade únicamente de las cosas cuya
ejecución soporta algún aplazamiento, hay que abstenerse de pronunciar
de momento ningún juicio, y distraerse en otros pensamientos hasta que
el tiempo Y el sosiego hayan calmado por completo la agitación de la
sangre. Y por último, cuando incita a actos sobre los cuales es preciso
decidir inmediatamente, la voluntad debe aplicarse principalmente a
examinar y a seguir las razones que sean contrarias a las que la pasión
presenta, aunque aquellas parezcan menos fuertes: como cuando
inopinadamente atacados por algún enemigo, la ocasión no permite que
empleemos ningún tiempo en deliberar. Mas una cosa me lleva a creer que
los que están acostumbrados a reflexionar en sus actos pueden hacerlo
siempre, y es que, cuando se sientan sobrecogidos por el miedo,
procuran desviar su pensamiento del peligro considerando las razones
por las cuales hay mucha más seguridad y más honor en la resistencia
que en la huida; y al "contrario", cuando sientan que el deseo de
venganza y la ira los incita a correr inconsideradamente hacia quienes
los atacaban, se acordaran de pensar que es impudencia perderse cuando
se puede, sin deshonor, salvarse, y que, si la partida es muy desigual,
vale más una retirada honrosa o tomar cuartel que exponerse brutalmente
a una muerte segura.

Art. 212. De las pasiones depende todo el mal y todo el bien de esta vida.

Por
lo demás, el alma puede tener sus placeres aparte; mas los que le son
comunes con el cuerpo dependen enteramente de las pasiones: de suerte
que los hombres a los que más pueden afectar son capaces de sacarle a
esta vida los más dulces jugos. Verdad es que también pueden encontrar
en ella la máxima amargura cuando no saben emplearlas bien y la fortuna
les es contraria; mas en este punto es donde tiene su principal
utilidad la cordura, pues enseña a dominar de tal modo las pasiones y a
manejarlas con tal destreza, que los males que causan son muy
soportables, y que incluso de todos ellos puede sacarse gozo.