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Estudio del psicoanálisis y psicología

Carta 70 (3 y 4 de octubre de 1897)



Carta 70 (3 y 4 de octubre de 1897)

 

Es poco todavía lo que me ocurre exteriormente, pero algo muy
interesante interiormente. Desde hace cuatro días, mi autoanálisis, que
considero indispensable para el esclarecimiento de todo el problema, ha
proseguido en unos sueños y me ha proporcionado los más valiosos puntos
de apoyo y aclaraciones. En ciertos lugares tengo la sensación de estar
en el final, y hasta ahora siempre supe por dónde continuaría la
siguiente noche de sueño. Más difícil que todo ello me resulta
exponerlo por escrito, y sería también demasiado difuso. Yo sólo puedo
indicar que en mí el Viejo [su padre] no desempeña ningún papel activo,
pero que yo he dirigido sobre él, desde mí, un razonamiento por
analogía, pues mi «causante» fue una mujer fea, vieja pero sabia, que
me contó muchas cosas sobre el buen Dios y sobre el infierno y me
instiló una elevada opinión sobre mis propias capacidades(380); que
luego (entre los dos años y los dos años y medio) se despertó mi libido
hacia matrem, y ello en ocasión de viajar con ella de
Leipzig a Viena, en cuyo viaje pernoctamos juntos y debo de haber
tenido oportunidad de verla nudam (tú hace tiempo has
extraído la consecuencia de ello para tu hijo, como me lo dejó
traslucir una observación tuya); que yo he recibido a mi hermano varón
un año menor que yo (y muerto de pocos meses) con malos deseos y
genuinos celos infantiles, y que desde su muerte ha quedado en mí el
germen para unos reproches. De mi compañero de fechorías cuando yo
tenía entre uno y dos años, hace mucho que tengo noticia: es un sobrino
un año mayor que yo que ahora vive en Manchester, nos visitó en Viena
cuando yo tenía 14 años. Parece que en ocasiones ambos tratábamos
cruelmente a mi sobrina, un año menor que yo. Ahora bien, este sobrino
y este hermano mío menor comandan lo neurótico, pero también lo intenso
en todas mis amistades. Tú mismo has visto en flor mi angustia a
viajar.

De las escenas mismas que están en el fundamento
de la historia, todavía no he asido nada. Si ellas acudieran, y yo
consiguiera solucionar mi propia histeria, se lo debería a aquella
vieja mujer que en una época tan temprana me brindó los medios para
vivir y sobrevivir, y tendría que honrar su memoria. Tú ves, la antigua
inclinación [por ella] torna a irrumpir hoy. No te puedo dar una idea
sobre la belleza intelectual del trabajo. [ ... ]

Octubre 4. [ ... ] El sueño de hoy ha traído lo siguiente, bajo los más asombrosos enmascaramientos.

Ella
era mi maestra en cosas sexuales y me ha denostado porque yo era torpe,
no había podido nada (la impotencia neurótica viene siempre así; la
angustia de no poder en la escuela recibe de esta manera su sustrato
sexual). En eso vi un cráneo pequeño de animal, ante el cual, en el
sueño, pensé «cerdo»; pero en el análisis se unía a ello tu deseo de
hace dos años, de que yo descubriera en el Lido un cráneo que me
esclareciera, como antaño Goethe. Pero yo no lo descubrí. Por tanto,
«una pequeña cabeza de carnero». Todo el sueño rebosaba de las más
mortificantes alusiones a mi actual impotencia como terapeuta. Quizás
arranque de ahí la inclinación a creer en la incurabilidad de la
histeria. Además, ella me ha lavado con agua enrojecida, en la que ella
se había lavado antes (la interpretación no es difícil; no hallo en mi
cadena de recuerdos nada semejante, y por tanto lo considero un genuino
hallazgo antiguo); y me mueve a hurtar «céntimos» (monedas de 10
kreuzer) para dárselos. Desde estos primeros céntimos de plata hasta el
montón de billetes de diez florines que vi en el sueño como dinero
semanal para Martha, corre una larga cadena. El sueño se puede resumir
como «tratamiento malo». Así como la vieja recibía dinero de mí a
cambio de su maltrato, yo recibo hoy dinero de mis pacientes a cambio
de un tratamiento malo. La señora Qu., de quien me contaste aquella
manifestación suya, que no debía cobrarle nada como esposa de un colega
(desde luego que este hizo de ello una condición), desempeña un papel
particular.

Un crítico severo podría decir frente a todo eso que está fantaseado hacia atrás y no condicionado hacia adelante. Los experimenta crucis {experimentos
decisivos} tendrían que decidir en contra de él. El agua enrojecida
parece ser ya de esa índole. ¿De dónde vienen, en todos los pacientes,
esos detalles perversos espantosos que suelen ser tan ajenos a su
vivenciar como a su anoticiamiento?