Cinco Conferencias Sobre Psicoanálisis I
Señoras
y señores: Dictar conferencias en el Nuevo Mundo ante un auditorio
ávido de saber provoca en mí un novedoso y desconcertante sentimiento.
Parto del supuesto de que debo ese honor solamente al enlace de mi
nombre con el tema del psicoanálisis, y por eso me propongo hablarles
de este último. Intentaré proporcionarles en la más apretada síntesis
un panorama acerca de la historia, la génesis y el ulterior desarrollo
de este nuevo método de indagación y terapia. Si constituye un mérito
haber dado nacimiento al psicoanálisis, ese mérito no es mío. Yo no
participé en sus inicios. Era un estudiante preocupado por pasar sus
últimos exámenes cuando otro médico de Viena, el doctor Josef Breuer,
aplicó por primera vez ese procedimiento a una muchacha afectada de
histeria (desde 1880 hasta 1882). De ese historial clínico y
terapéutico nos ocuparemos; ahora. Lo hallarán expuesto con detalle en
Estudios sobre la histeria [1895], publicados luego por Breuer y por
mí. Una sola observación antes de empezar: no sin satisfacción me he
enterado de que la mayoría de mis oyentes no pertenecen al gremio
médico. No tengan ustedes cuidado; no hace falta una particular
formación previa en medicina para seguir mi exposición. Es cierto que
por un trecho avanzaremos junto con los médicos, pero pronto nos
separaremos para acompañar al doctor Breuer en un peculiarísimo camino.
La paciente del doctor Breuer, una muchacha de veintiún años,
intelectualmente muy dotada, desarrolló en el trayecto de su
enfermedad, que se extendió por dos años, una serie de perturbaciones
corporales y anímicas merecedoras de tomarse con toda seriedad. Sufrió
una parálisis con rigidez de las dos extremidades del lado derecho, que
permanecían insensibles, y a veces esta misma afección en los miembros
del lado izquierdo; perturbaciones en los movimientos oculares y
múltiples deficiencias en la visión, dificultades para sostener la
cabeza, una intensa tussis nervosa, asco frente a los alimentos y en
una ocasión, durante varias semanas, incapacidad para beber no obstante
una sed martirizadora; además, disminución de la capacidad de hablar,
al punto de no poder expresarse o no comprender su lengua materna, y,
por último, estados de ausencia, confusión, deliria, alteración de su
personalidad toda, a los cuales consagraremos luego nuestra atención.
Al tomar conocimiento ustedes de semejante cuadro patológico, se
inclinarán a suponer, aun sin ser médicos, que se trata de una afección
grave, probablemente cerebral, que ofrece pocas perspectivas de
restablecimiento y acaso lleve al temprano deceso de los aquejados por
ella. Admitan, sin embargo, esta enseñanza de los médicos: para toda
una serie de casos que presentan esas graves manifestaciones está
justificada otra concepción, mucho más favorable. Si ese cuadro clínico
aparece en una joven en quien una indagación objetiva demuestra que sus
órganos internos vitales (corazón, riñones) son normales, pero que ha
experimentado violentas conmociones del ánimo, y si en ciertos
caracteres más finos los diversos síntomas se apartan de lo que cabría
esperar, los médicos no juzgarán muy grave el caso. Afirmarán no estar
frente a una afección orgánica del cerebro, sino ante ese enigmático
estado que desde los tiempos de la medicina griega recibe el nombre de
histeria y es capaz de simular toda una serie de graves cuadros. Por
eso no disciernen peligro mortal y consideran probable una recuperación
-incluso total- de la salud. No siempre es muy fácil distinguir una
histeria de una afección orgánica grave. Pero no necesitamos saber cómo
se realiza un diagnóstico diferencial de esta clase; bástenos la
seguridad de que justamente el caso de la paciente de Breuer era uno de esos en que ningún
médico experto erraría el diagnóstico de histeria. En este punto podemos traer, del informe
clínico, un complemento: ella contrajo su enfermedad mientras cuidaba a su padre, tiernamente
amado, de una grave dolencia que lo llevó a la tumba, y a raíz de sus propios males debió dejar
de prestarle esos auxilios.
Hasta aquí nos ha resultado ventajoso avanzar junto con los médicos, pero pronto nos
separaremos de ellos. En efecto, no esperen ustedes que las perspectivas del tratamiento
médico hayan de mejorar esencialmente para el enfermo por el hecho de que se le diagnostique
una histeria en lugar de una grave afección cerebral orgánica. Frente a las enfermedades
graves del encéfalo, el arte médico es impotente en la mayoría de los casos, pero el facultativo
tampoco sabe obrar nada contra la afección histérica. Tiene que dejar librados a la bondadosa
naturaleza el momento y el modo en que se realice su esperanzada prognosis.
Entonces, poco cambia para el enfermo al discernírsele la histeria; es al médico a quien se le
produce una gran variación. Podemos observar que su actitud hacia el histérico difiere por
completo de la que adopta frente al enfermo crónico. No quiere dispensar al primero el mismo
grado de interés que al segundo, pues su dolencia es mucho menos seria, aunque parezca
reclamar que se la considere igualmente grave. Pero no es este el único motivo. El médico, que
en sus estudios ha aprendido tantas cosas arcanas para el lego, ha podido formarse de las
causas y alteraciones patológicas (p. ej., las sobrevenidas en el encéfalo de una persona
afectada de apoplejía o neoplasia) unas representaciones que sin duda son certeras hasta
cierto grado, puesto que le permiten entender los detalles del cuadro clínico. Ahora bien, todo su
saber, su previa formación patológica y anátomo-fisíológica, lo desasiste al enfrentar las
singularidades de los fenómenos histéricos. No puede comprender la histeria, ante la cual se
encuentra en la misma situación que el lego. He ahí algo bien ingrato para quien tanto se precia
de su saber en otros terrenos. Por eso los histéricos pierden su simpatía; los considera como
unas personas que infringen las leyes de su ciencia, tal como miran los ortodoxos a los
heréticos; les atribuye toda la malignidad posible, los acusa de exageración y deliberado
engaño, simulación, y los castiga quitándoles su interés.
Pues bien; el doctor Breuer no incurrió en esta falta con su paciente: le brindó su simpatía e
interés, aunque al comienzo no sabía cómo asistirla. Es probable que se lo facilitaran las
notables cualidades espirituales y de carácter de ella, de las que da testimonio en el historial
clínico que redactó. Su amorosa observación pronto descubrió el camino que le posibilitaría el
primer auxilio terapéutico.
Se había notado que en sus estados de ausencia, de alteración psíquica con confusión, la
enferma solía murmurar entre sí algunas palabras que parecían provenir de unos nexos en que
se ocupase su pensamiento. Entonces el médico, que se hizo informar acerca de esas
palabras, la ponía en una suerte de hipnosis y en cada ocasión se las repetía a fin de moverla a
que las retornase. Así comenzaba a hacerlo la enferma, y de ese modo reproducía ante el
médico las creaciones psíquicas que la gobernaban durante las ausencias y se habían
traslucido en esas pocas palabras inconexas. Eran fantasías tristísimas, a menudo de poética
hermosura -sueños diurnos, diríamos nosotros-, que por lo común tomaban como punto de
partida la situación de una muchacha ante el lecho de enfermo de su padre. Toda vez que
contaba cierto número de esas fantasías, quedaba como liberada y se veía reconducida a la
vida anímica normal. Ese bienestar, que duraba varías horas, daba paso al siguiente día a una
nueva ausencia, vuelta a cancelar de igual modo mediante la enunciación de las fantasías
recién formadas. No era posible sustraerse a la impresión de que* la alteración psíquica
exteriorizada en las ausencias era resultado del estímulo procedente de estas formaciones de
fantasía, plenas de afecto en grado sumo. La paciente misma ' que en la época de su
enfermedad, asombrosamente, sólo hablaba y comprendía el inglés, bautizó a este novedoso
tratamiento como «talking cure» {«cura de conversación»} o lo definía en broma como
«chimney-sweeping» {«limpieza de chimenea»}.
Pronto se descubrió como por azar que mediante ese deshollinamiento del alma podía
obtenerse algo más que una eliminación pasajera de perturbaciones anímicas siempre
recurrentes. También se conseguía hacer desaparecer los síntomas patológicos cuando en la
hipnosis se recordaba, con exteriorización de afectos, la ocasión y el asunto a raíz del cual esos
síntomas se habían presentado por primera vez. «En el verano hubo un período de intenso
calor, y la paciente sufrió mucha sed; entonces, y sin que pudiera indicar razón alguna, de
pronto se le volvió imposible beber. Tomaba en su mano el ansiado vaso de agua, pero tan
pronto lo tocaban sus labios, lo arrojaba de sí como si fuera una hidrofóbica. Era evidente que
durante esos segundos caía en estado de ausencia. Sólo vivía a fuerza de frutas, melones, etc.,
que le mitigaban su sed martirizadora. Cuando esta situación llevaba ya unas seis semanas, se
puso a razonar en estado de hipnosis acerca de su dama de compañía inglesa, a quien no
amaba, y refirió entonces con todos los signos de la repugnancia cómo había ido a su
habitación, y ahí vio a su perrito, ese asqueroso animal, beber de un vaso. Ella no dijo nada
pues quería ser cortés. Tras dar todavía enérgica expresión a ese enojo que se le había
quedado atascado, pidió de beber, tomó sin inhibición una gran cantidad de agua y despertó de
la hipnosis con el vaso en los labios. Con ello la perturbación desaparecía para siempre».
Permítanme detenerme un momento en esta experiencia. Hasta entonces nadie había eliminado
un síntoma histérico por esa vía, ni penetrado tan hondo en la inteligencia de su causación. No
podía menos que constituir un descubrimiento de los más vastos alcances si se corroboraba la
expectativa de que también otros síntomas, y acaso la mayoría, nacían de ese modo en los
enfermos e igualmente se los podía cancelar. Breuer no ahorró esfuerzos para convencerse de
ello, y pasó a investigar de manera planificada la patogénesis de los otros síntomas, más
graves. Y así era, efectivamente; casi todos los síntomas habían nacido como unos restos,
como unos precipitados si ustedes quieren, de vivencias plenas de afecto a las que por eso
hemos llamado después. «traumas psíquicos»; y su particularidad se esclarecía por la
referencia a la escena traumática que los causó. Para decirlo con un tecnicismo, eran
determinados {determinieren} por las escenas cuyos restos mnémicos ellos figuraban, y ya no
se debía describirlos como unas operaciones arbitrarias o enigmáticas de la neurosis.
Anotemos sólo una desviación respecto de aquella expectativa. La que dejaba como secuela al
síntoma no siempre era una vivencia única; las más de las veces habían concurrido a ese
efecto repetidos y numerosos traumas, a menudo muchísimos de un mismo tipo. Toda esta
cadena de recuerdos patógenos debía ser reproducida luego en su secuencia cronológica, y por
cierto en sentido inverso: los últimos primero, y los primeros en último lugar; era de todo punto
imposible avanzar hasta el primer trauma, que solía ser el más eficaz, saltando los
sobrevenidos después.
Querrán ustedes, sin duda, que les comunique otros ejemplos de causación de síntomas
histéricos, además de esta aversión al agua por asco al perro que bebió del vaso. Empero, si
deseo cumplir mi programa, debo limitarme a muy pocas muestras. Así, Breuer refiere que las
perturbaciones en la visión de la enferma se reconducían a ocasiones «de este tipo: la paciente
estaba sentada, con lágrimas en los ojos, junto al lecho de enfermo de su padre, cuando este le
preguntó de pronto qué hora era; ella no veía claro, hizo un esfuerzo, acercó el reloj a sus ojos y
entonces la esfera se le apareció muy grande (macropsia y strabismus convergens); o bien se
esforzó por sofocar las lágrimas para que el padre no las viera». Por otra parte, todas las
impresiones patógenas venían de la época en que participó en el cuidado de su padre enfermo.
«Cierta vez hacía vigilancia nocturna con gran angustia por el enfermo, que padecía alta fiebre, y
en estado de tensión porque se esperaba a un cirujano de Viena que practicaría la operación. La
madre se había alejado por un rato, y Anna estaba sentada junto al lecho del enfermo, con el
brazo derecho sobre el respaldo de la silla. Cayó en un estado de sueño despierto y vio cómo
desde la pared una serpiente negra se acercaba al enfermo para morderlo. (Es muy probable
que en el prado que se extendía detrás de la casa aparecieran de hecho algunas serpientes y ya
antes hubieran provocado terror a la muchacha, proporcionando ahora el material de la
alucinación.) Quiso espantar al animal pero estaba como paralizada; el brazo derecho,
pendiente sobre el respaldo, se le había «dormido», volviéndosele anestésico y parético, y
cuando lo observó los dedos se mudaron en pequeñas serpientes rematadas en calaveras (las
uñas). Probablemente hizo intentos por ahuyentar a la serpiente con la mano derecha
paralizada, y por esa vía su anestesia y parálisis entró en asociación con la alucinación de la
serpiente. Cuando esta hubo desaparecido, quiso en su angustia rezar, pero se le denegó toda
lengua, no pudo hablar en ninguna, hasta que por fin dio con un verso infantil en inglés y
entonces pudo seguir pensando y orar en esa lengua». Al recordar esta escena en la hipnosis,
quedó eliminada también la parálisis rígida del brazo derecho, que persistía desde el comienzo
de la enfermedad, llegando así a su fin el tratamiento.
Cuando años después yo empecé a aplicar el método de indagación y tratamiento de Breuer a
mis propios pacientes, hice experiencias que coincidían en un todo con las de él. Una dama de
unos cuarenta años sufría de un tic, un curioso ruido semejante a un chasquido que ella
producía a raíz de cualquier emoción y aun sin ocasión visible. Tenía su origen en dos vivencias
cuyo rasgo común era que ella se había propuesto no hacer ruido alguno, a pesar de lo cual, por
una suerte de voluntad contraria, rompió el silencio justamente con aquel chasquido: una vez,
cuando al fin había conseguido hacer dormir con gran trabajo a su hija enferma y se dijo que
ahora tenía que guardar un silencio absoluto para no despertarla, y la otra, cuando durante un
viaje en coche con sus dos hijas los caballos se espantaron con la tormenta, y ella pretendió
evitar cuidadosamente todo ruido para que los animales no se asustaran todavía más. Les doy
este ejemplo entre muchos otros consignados en Estudios sobre la histeria.
Señoras y señores: Si me permiten ustedes la generalización que es inevitable aun tras una
exposición tan abreviada, podemos verter en esta fórmula el conocimiento adquirido hasta
ahora: Nuestros enfermos de histeria padecen de reminiscencias. Sus síntomas son restos y
símbolos mnémicos de ciertas vivencias (traumáticas). Una comparación con otros símbolos,
mnémicos de campos diversos acaso nos lleve a comprender con mayor profundidad este
simbolismo. También los monumentos con que adornamos nuestras grandes ciudades son
unos tales símbolos mnémicos. Si ustedes van de paseo por Londres, hallarán, frente a una de
las mayores estaciones ferroviarias de la ciudad, una columna gótica ricamente guarnecida, la
Charing Cross. En el siglo xiii, uno de los antiguos reyes de la casa de Plantagenet hizo
conducir a Westminstet los despojos de su amada reina Eleanor y erigió cruces góticas en
cada una de las estaciones donde el sarcófago se depositó en tierra; Charing Cross es el último
de los monumentos destinados a conservar el recuerdo de este itinerario doliente.
En otro lugar de la ciudad, no lejos del London Bridge, descubrirán una columna más moderna,
eminente, que en aras de la brevedad es llamada «The Monument». Perpetúa la memoria del
incendio que en 1666 estalló en las cercanías y destruyó gran parte de la ciudad. Estos
monumentos son, pues, símbolos mnémicos como los síntomas histéricos; hasta este punto
parece justificada la comparación. Pero, ¿qué dirían ustedes de un londinense que todavía hoy
permaneciera desolado ante el monumento recordatorio del itinerario fúnebre de la reina
Eleanor, en vez de perseguir sus negocios con la premura que las modernas condiciones de
trabajo exigen o de regocijarse por la juvenil reina de su corazón? ¿O de otro que ante «The
Monument» llorara la reducción a cenizas de su amada ciudad, que empero hace ya mucho
tiempo que fue restaurada con mayor esplendor todavía? Ahora bien, los histéricos y los
neuróticos todos se comportan como esos dos londinenses no prácticos. Y no es sólo que
recuerden las dolorosas vivencias de un lejano pasado; todavía permanecen adheridos a ellas,
no se libran del pasado y por él descuidan la realidad efectiva y el presente. Esta fijación de la
vida anímica a los traumas patógenos es uno de los caracteres más importantes y de mayor
sustantividad práctica de las neurosis.
Les concedo de buen grado la objeción que quizá formulan ustedes en este momento,
considerando el historial clínico de la paciente de Breuer. En efecto, todos sus traumas
provenían de la época en que cuidaba a su padre enfermo, y sus síntomas sólo pueden
concebirse como unos signos recordatorios de su enfermedad y muerte. Por tanto,
corresponden a un duelo, y no hay duda de que una fijación a la memoria del difunto tan poco
tiempo después de su deceso no tiene nada de patológico, sino que más bien responde a un
proceso de sentimiento normal. Yo se los concedo; la fijación a los traumas no es nada
llamativo en el caso de la paciente de Breuer. Pero en otros, como el del tic tratado por mí,
cuyos ocasionamientos se remontaban a más de quince y a diez años, el carácter de la
adherencia anormal al pasado resulta muy nítido, y es probable que la paciente de Breuer lo
habría desarrollado igualmente de no haber iniciado tratamiento catártico trascurrido un lapso
tan breve desde la vivencia de los traumas y la génesis de los síntomas.
Hasta aquí sólo hemos elucidado el nexo de los síntomas histéricos con la biografía de los
enfermos; en este punto, a partir de otros dos aspectos de la observación de Breuer podemos
obtener una guía acerca del modo en que es preciso concebir el proceso de la contracción de la
enfermedad y del restablecimiento.
En primer lugar, corresponde destacar que la enferma de Breuer, en casi todas las situaciones
patógenas, debió sofocar una intensa excitación en vez de posibilitarle su decurso mediante los
correspondientes signos de afecto, palabras y acciones. En la pequeña vivencia con el perro de
su dama de compañía, sofocó, por miramiento hacía ella, toda exteriorización de su muy
intenso asco; y mientras vigilaba Junto al lecho de su padre, tuvo el permanente cuidado de no
dejar que el enfermo notara nada de su angustia y dolorosa desazón. Cuando después
reprodujo ante el médico esas mismas escenas, el afecto entonces inhibido afloró con
particular violencia, como si se hubiera reservado durante todo ese tiempo. Y en efecto: el
síntoma que había quedado pendiente de es a escena cobraba su máxima intensidad a medida
que uno se acercaba a su causación, para desaparecer tras la completa tramitación de esta
última. Por otro lado, pudo hacerse la experiencia de que recordar la escena ante el médico no
producía efecto alguno cuando por cualquier razón ello discurría sin desarrollo de afecto. Los
destinos de estos afectos, que uno podía representarse como magnitudes desplazables, eran
entonces lo decisivo tanto para la contracción de la enfermedad como para el restablecimiento.
Así resultó forzoso suponer que aquella sobrevino porque los afectos desarrollados en las
situaciones patógenas hallaron bloqueada una salida normal, y la esencia de su contracción
consistía en que entonces esos afectos «estrangulados» eran sometidos a un empleo anormal.
En parte persistían como unos lastres duraderos de la vida anímica y fuentes de constante
excitación; en parte experimentaban una trasposición a inusuales inervaciones e inhibiciones
corporales que se constituían como los síntomas corporales del caso. Para este último proceso
hemos acuñado el nombre de conversión histérica. Lo corriente y normal es que una parte de
nuestra excitación anímica sea guiada por el camino de la inervación corporal, y el resultado de
ello es lo que conocemos como «expresión de las emociones». Ahora bien, la conversión
histérica exagera esa parte del decurso de un proceso anímico investido de afecto; corresponde
a una expresión mucho más intensa, guiada por nuevas vías, de la emoción. Cuando un cauce
se divide en dos canales, se producirá la congestión de uno de ellos tan pronto como la
corriente tropiece con un obstáculo en el otro.
Lo ven ustedes; estamos en vías de obtener una teoría puramente psicológica de la histeria, en
la que adjudicamos el primer rango a los procesos afectivos.
Una segunda observación de Breuer nos fuerza ahora a conceder una significatividad
considerable a los estados de conciencia entre los rasgos característicos del acontecer
patológico. La enferma de Breuer mostraba múltiples condiciones anímicas (estados de
ausencia, confusión y alteración del carácter) junto a su estado normal. En este último no sabía
nada de aquellas escenas patógenas ni de su urdimbre con sus síntomas; había olvidado esas
escenas, o en todo caso desgarrado la urdimbre patógena. Cuando se la ponía en estado de
hipnosis, tras un considerable gasto de trabajo se lograba reevocar en su memoria esas
escenas, y merced a este trabajo de recuerdo los síntomas eran cancelados. La interpretación
de estos hechos habría provocado gran desconcierto si las experiencias y experimentos del
hipnotismo no hubieran indicado ya el camino. El estudio de los fenómenos hipnóticos nos había
familiarizado con la concepción, sorprendente al comienzo, de que en un mismo individuo son
posibles varios agrupamientos anímicos que pueden mantener bastante independencia
recíproca, «no saber nada» unos de otros, y atraer hacia sí alternativamente a la conciencia. En
ocasiones se observan también casos espontáneos de esta índole, que se designan como de
«double conscience» {«doble conciencia»}. Cuando, dada esa escisión de la personalidad, la
conciencia permanece ligada de manera constante a uno de esos dos estados, se lo llama el
estado anímico conciente, e inconciente al divorciado de él. En los consabidos fenómenos de la
llamada "sugestión pos-hipnótica", en que una orden impartida durante la hipnosis se abre paso
luego de manera imperiosa en el estado normal, se tiene un destacado arquetipo de los influjos
que el estado conciente puede experimentar por obra del que para él es inconciente; y siguiendo
este paradigma se logra ciertamente explicar las experiencias hechas en el caso de la histeria.
Breuer se decidió por la hipótesis de que los síntomas histéricos nacían en unos particulares
estados anímicos que él llamó hipnoides. Excitaciones que caen dentro de tales estados
hipnoides devienen con facilidad patógenas porque ellos no ofrecen las condiciones para un
decurso normal de los procesos excitatorios. De estos nace entonces un insólito producto: el
síntoma, justamente; y este se eleva y penetra como un cuerpo extraño en el estado normal, al
que le falta, en cambio, toda noticia sobre la situación patógena hipnoide. Donde existe un
síntoma, se encuentra también una amnesia, una laguna del recuerdo; y el llenado de esa
laguna conlleva la cancelación de las condiciones generadoras del síntoma.
Me temo que esta parte de mi exposición no les haya parecido muy trasparente. Pero
consideren que se trata de novedosas y difíciles intuiciones, que quizá no puedan aclararse
mucho más: prueba de que no hemos avanzado todavía un gran trecho en nuestro
conocimiento. Por lo demás, la tesis de Breuer acerca de los estados hipnoides demostró ser
estorbosa y superflua, y el actual psicoanálisis la ha abandonado. Les diré luego, siquiera
indicativamente, qué influjos y procesos habrían de descubrirse tras esa divisoria de los estados
hipnoides postulados por Breuer. Habrán recibido ustedes, sin duda, la justificada impresión de
que las investigaciones de Breuer sólo pudieron ofrecerles una teoría harto incompleta y un
esclarecimiento insatisfactorio de los fenómenos observados; pero las teorías no caen del cielo,
y con mayor justificación todavía deberán ustedes desconfiar si alguien les ofrece ya desde el
comienzo de sus observaciones una teoría redonda y sin lagunas. Es que esta última sólo
podría ser hija de la especulación y no el fruto de una explotación de los hechos sin supuestos
previos.