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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra D Denegación [o negación]


Diccionario de Psicología, letra D Denegación [o negación]

(fr. dénégation; ingl. negation; al. Verneinung). La enunciación, bajo
una forma negativa, de un pensamiento reprimido, que a menudo
representa la única forma posible de retorno de lo reprimido, a partir
de la cual Freud elaboró una teoría importante referida a la
constitución del yo. Para el psicoanálisis (S. Freud, Die Verneinung,
1934), la negación está ligada a la represión. Pues, si niego algo en
un juicio, significa que preferiría reprimirlo, siendo el juicio el
sustituto intelectual de la represión. El paciente que, acerca de una
persona que aparece en su sueño, dice que no es su madre, lo lleva a
Freud a concluir: por lo tanto, es su madre. Si de esta manera
abstraemos de la negación, obtenemos el contenido del pensamiento
reprimido. Este puede hacerse conciente a condición de hacerse negar.
Notemos que la aceptación intelectual de la represión no suprime por
ello la represión. Es fácil ver la importancia que puede presentar, en
la práctica de la cura, y especialmente en la interpretación, el
reconocimiento del mecanismo de la denegación. Pero el artículo de
Freud va mucho más allá. A partir de este hecho clínico, Freud mostrará
el papel de la negación en la función del juicio. Por medio del símbolo
de la negación, el pensamiento se libera de las limitaciones de la
represión. En primer lugar, Freud considera las dos decisiones de la
función del juicio: está el juicio que atribuye o rehusa una propiedad
a una cosa y está el juicio que reconoce o que cuestiona a una
representación su existencia en la realidad. En cuanto al primero, al
juicio de atribución, el criterio más antiguo para atribuir o rehusar
es el criterio de lo bueno y de lo malo. Lo que en el idioma de las
pulsiones más antiguas se traduce de la siguiente manera: «A esto
quiero introducirlo en mí y a aquello, excluirlo de mí». El yo-placer
originario introyecta lo bueno y expulsa de sí lo malo. Pero lo malo,
lo extraño al yo, que se encuentra afuera, le es primero idéntico. Un
estado de indiferenciación caracteriza esta primera fase de la historia
del juicio. En esta fase, todavía no se trata del sujeto. A partir de
un yo indiferenciado, se constituye el yo-placer, donde lo de adentro
se liga a lo bueno y lo de afuera, a lo malo. La otra decisión de la
función del juicio, la que recae sobre la existencia real de una cosa
representada, concierne al yo-realidad definitivo, que se desarrolla a
partir del yo-placer. Es el examen de realidad. En esta nueva fase, se
trata de saber si algo presente en el yo como representación puede
también ser vuelto a hallar en la percepción (realidad). Lo no real o
únicamente representado está adentro; lo otro, lo real, está afuera. En
esta fase, por lo tanto, se distingue, adentro, una realidad psíquica,
y afuera, la realidad material. Es importante entonces saber que la
cosa buena, admitida en el yo y simbolizada, existe también en el mundo
de afuera y uno puede apoderarse de ella según su necesidad. Como se
ve, el examen de realidad se hace a partir de la simbolización de la
segunda fase (introyección). Pero el problema de esta fase no es
cotejar una representación con la percepción que la habría precedido.
Se trata, en el orden perceptivo, de la verificación de una percepción.
El examen de realidad «no es encontrar en la percepción real un objeto
que corresponda a la representación, sino efectivamente volver a
encontrarlo». Es sabido que, para Freud, el objeto, desde el principio,
es objeto perdido. Volver a encontrarlo en la realidad es reconocerlo.
La cuestión del adentro y el afuera se plantea entonces de otra manera.
Si el pensar puede efectivamente reactualizar lo que ha sido percibido
una vez, entonces el objeto ya no tiene razón de estar presente afuera.
Desde el punto de vista del principio de placer, la satisfacción
también podría venir de una «alucinación» del objeto. Justamente para
evitar esta tendencia a alucinar, se hace necesaria la intervención del
principio de realidad. Notemos que la reproducción de la percepción en
la representación no siempre es fiel. Hay omisiones y fusiones de
elementos. El examen de realidad debe controlar la extensión de estas
deformaciones. En esta tercera fase aparece el criterio de acción
motora. Esta pone fin al aplazamiento del pensar. Hace pasar al actuar.
Ahora el juzgar se debe entender como un tanteo motor, con una débil
descarga. Este aplazamiento (al. Denkaufschub) debe verse como un motorisches Tasten que requiere pocos esfuerzos de descarga: mit geringen Abführaufwänden. Pero abführen es
llevar, trasportar... evacuar, expulsar. El yo va a catar las
excitaciones exteriores para retirarse nuevamente después de cada uno
de sus avances tentativos. Como se ve, esta actividad motriz es
distinta de la que se puede imaginar en la primera fase. El movimiento
del yo, por avance y retirada, recuerda al primer esbozo del afuera y
el adentro. Este eco de la fase primitiva se destaca en los diferentes
sentidos de las palabras empleadas por Freud. Esta génesis del interior
y el exterior da una perspectiva del nacimiento del juicio desde las
pulsiones primarias. La afirmación (al. Bejahung), como
equivalente de la unificación, es obra de Eros. En el juicio de
atribución, es consecuencia del hecho de introyectar, de apropiarnos en
lugar de expulsar hacia afuera. La afirmación es el equivalente (al. Ersatz) de la unificación (al. Vereinigung); y la negación es la sucesora (al. Nachfolger) de la expulsión o del instinto de destrucción (al. Destruktionstrieb). El
cumplimiento de la función del juicio sólo se ha hecho posible por
medio de la creación del símbolo de la negación. De ahí su
independencia de la represión y del principio de placer. Ningún «no»,
dice Freud, proviene del inconciente. El reconocimiento del inconciente
por el yo se expresa con una fórmula negativa. Desde los Estudios sobre la histeria (1895), Freud
había comprobado esta forma particular de resistencia. En los sueños,
observa que un pensamiento dirigido en un sentido tiene, a su lado, un
pensamiento de sentido opuesto, y los dos pensamientos están ligados en
virtud de una asociación por contraste. Luego agrega: «No llegar a
hacer algo es la expresión del no». A esta dimensión de lo imposible
Lacan la llamará lo real. De este modo, la negación, como símbolo, se
articula con lo real.