Diccionario de Psicología, letra D Deseo de hijo
(fr. désir d'enfant; ingl. desire to have a child; al. Kinderivurisch). Deseo
inconciente, como todo deseo, pero que recae sobre un objeto con
consistencia real. Común a los dos sexos, es sin embargo más pregnante
en la mujer. El deseo no es búsqueda de un objeto o de una persona que
aportaría satisfacción. Es la búsqueda de un lugar, la búsqueda de
reencuentros de un momento de felicidad sin límite, la búsqueda de un
paraíso perdido. El deseo de estos reencuentros imposibles por
incestuosos y asesinos permanece insatisfecho. Es reprimido e inscrito
en el inconciente, mientras lo sustituyen diferentes deseos, entre
ellos el deseo de hijo, que, por lo tanto, es una modalidad de
reencuentro y de satisfacción de los primeros deseos de todo ser
hablante, sea hombre o mujer. Como todo deseo, es inconciente. No está
activo desde el origen, como lo están Eros y Tánatos. Se construye, se
elabora y se dialectiza en el devenir sexuado de cada uno. No debe
confundirse «desear un hijo» con «querer un hijo», expresión que
designa una aspiración conciente de portar, de tener o de traer al
mundo un hijo. La confusión entre el hijo del deseo inconciente y el de
la aspiración conciente, aun de la voluntad deliberada, es corriente en
el discurso común. La expresión «hijo no deseado» se ha convertido en
sinónimo inadecuado de hijo accidental, y la de «hijo deseado», en el
equivalente de hijo programado. El deseo de hijo se actualiza en una
demanda al Otro, que encarna el compañero y, en caso de infertilidad,
la ciencia médica. Recae sobre un objeto que tiene existencia y
consistencia reales. Como a todos los deseos, un objeto perdido lo
causa. Pero, a diferencia de los otros deseos, su objeto tiene una
consistencia muy particular, sin duda porque es un pedazo de cuerpo,
«por venir» y «por perder», pero todavía no perdido. Común a los dos
sexos, el deseo de hijo parece sin embargo más presente en la mujer.
Introduce a la mujer, a través de lo real de su cuerpo, en la
maternidad real, simbólica o imaginaria, Esta es la prueba de su
sexuación en tanto mujer. La clínica psicoanalítica nos enseña, en
efecto, por una parte, que en el nivel del inconciente la mujer realiza
y vive su femineidad especialmente a través de este deseo de una
maternidad si no real, al menos simbólica o imaginaria, y por otra
parte, que un rechazo de este deseo es siempre un rechazo de la
femineidad. Para el hombre, este deseo de hijo no es el pasaje obligado
de la realización de su masculinidad, ni siquiera de su paternidad. El
hombre actualiza esas modalidades de existencia y de goce en su
relación con las mujeres y en sus realizaciones sociales. En la
dialéctica y la lógica de este deseo, un hombre desea ante todo
procrear. Esta procreación concierne al mismo tiempo a la mujer y al
hijo. Constituye a la mujer como madre y deviene así agente de su
femineidad. Procrear, para un hombre, es gozar de la diferencia sexual
y desear encarnar ese goce en la trasmisión de un nombre. El hijo será
el signo y el portador de este goce y encarnará la trasmisión de la
filiación.