Diccionario de Psicología, letra D Discodiscurso - corriente
(fr. disque-ourcourant). Es
un neologismo de J. Lacan que designa el discurso común, en el que el
inconciente no se hace oír [alude también a la moneda de curso
corriente, la moneda gastada, y al ruido cacofónico de las palabras
repetidas ordinarias]. A partir de 1972, Lacan designará con el término
disque-ourcourant todo discurso que ignora su propia
causa, es decir, lo imposible (o lo Real) a partir de lo cual se
construye. Este imposible es el de la relación sexual. Lo que equivale
a decir que esta noción [de discurso corriente] supone la de «discurso
analítico» (véase discur so), a la que se opone. El
neologismo de Lacan está en cambio construido según los procedimientos
del inconciente, puesto que hace valer en un solo significante el giro
en redondo, el ritornelo de los discursos que, por un lado, circulan en
las familias y las generaciones que las componen, y, por otro lado,
corren en las instituciones, los medios y las calles. Se puede oír
también en este neologismo el «currucucú» [ roucoutement: arrullo]
narcisista e ignorante de quien lo profiere. El discurso de lo
imaginario. En los primeros artículos y seminarios de Lacan
(1954-1960), correlativamente con la preocupación de deslindar la
dimensión simbólica de la dimensión imaginaria, y el psicoanálisis, de
los carriles del análisis del yo, la noción de discurso corriente es
asimilable a lo que entonces Lacan llama lenguaje del yo, o lenguaje
del preconciente, o inclusive delirio (no necesariamente psicótico). Se
trata en esencia de poner de manifiesto la dimensión imaginaria de ese
discurso, surgido de cierto número de signos, imágenes o formas
prevalecientes, en el centro de los cuales se encuentra la imagen del
cuerpo propio. Este discurso del preconciente, susceptible de expresar
fluidamente una suma de impresiones y de informaciones que el sujeto
recibe del mundo en el que vive, se caracteriza por lo siguiente: no
tiene la estructura de un lenguaje, contrariamente al inconciente; está
constituido por signos y no por significantes, pues remite a objetos;
Lacan entiende subrayar así que ninguna regresión en el nivel del yo o
del preconciente nos puede hacer acceder a los fenómenos inconcientes;
tiene una fuerte significación afectiva, que atañe, en principio, a las
fuentes de la fabulación infantil, pero también se extiende a
elaboraciones complejas tales como el discurso de la reivindicación o
de la libertad; conjuga lo íntimo de la rumia interior con la
homogeneidad del discurso efectivo que circula fuera del sujeto, donde
ese afuera comprende el mundo real de las cosas en la medida en que las
cosas no son accesibles por sí mismas sino a través de los discursos
que las constituyen; el sujeto habla allí con su «yo [moi]», a la
manera del paranoico, que es pasible de excluir de su palabra al Otro
como lugar del lenguaje desde el cual un sujeto puede hacerse reconocer
y hacer valer una verdad; a menudo el sujeto se cree el amo de ese
discurso; se opone al orden simbólico, que puede encontrarse en su
estado más simple bajo la forma de un mensaje cibernético, es decir, de
una secuencia de signos notados 0 y 1, que, desde el momento en que una
escansión se introduce en ella, constituye una red de símbolos en la
que un elemento remite a otro elemento. Lacan destaca entonces la
heterogeneidad del orden simbólico, en la que el hombre no es amo, sino
que debe integrarse y hacerse reconocer: el orden del lenguaje y el de
la cultura obedecen a las mismas combinaciones matemáticas. Un discurso
que desconoce lo imposible. En sus trabajos posteriores, Lacan
elaborará la noción de discurso (véase discurso) y
profundizará la relación del orden simbólico con la categoría de lo
real. La noción de discurso corriente se verá precisada hasta
convertirse en la escritura disque-ourcourant. Para
Freud, el inconciente era un lugar de representaciones, es decir, de
huellas mnémicas investidas de energía: es lo que Lacan llamará «red de
cadenas significantes» regida por el principio de placer, Los elementos
de esa red son señalables en los retornos y los recortes del discurso
del paciente en el curso de la rememoración. Esta red, o «automaton»,
debe sin embargo ser distinguida de lo real, destacado por Freud a
través de las nociones de trauma y de repetición. Lo real es la hiancia
causal de la red que la comanda y que es disimulada por esta última. En
los discursos efectivamente hablados, aunque su sintaxis preconciente
esté ligada con el retorno de la reserva inconciente que allí se
inmiscuye, las frases del sujeto serán comandadas por la evitación de
ese núcleo de real. Se comprueba entonces una resistencia del discurso
mismo y no sólo una resistencia del yo. Las frases del sujeto girarán
en redondo indefinidamente, a menos que haga la experiencia analítica.
De este modo, todo discurso, fuera del discurso analítico, manifiesta
algo del discodiscurso- corriente en la medida en que esto real causal
disimulado es para cada ser hablante la imposibilidad de escribir la
relación sexual, puesto que los significantes «hombre» y «mujer» no
remiten a los conceptos de hombre y de mujer sino a la diferencia de
los lugares asignados a uno y otra por el único símbolo fálico.