Diccionario de Psicología, letra E Edipo
(fr. complexe d'Oedípe; ingl. Oedipus complex; al. Ödipuskomplex). 1) Conjunto
de los investimientos amorosos y hostiles que el niño hace sobre los
padres durante la fase fálica. 2) Proceso que debe conducir a la
desaparición de estos investimientos y a su remplazo por
identificaciones. S. Freud registró muy rápidamente las manifestaciones
del complejo de Edipo y midió su importancia en la vida del niño así
como en el inconciente del adulto. «He encontrado en mí, como en todas
partes -escribe a W. Fliess-, sentimientos de amor hacia mi madre y de
celos hacia mi padre, sentimientos que, pienso, son comunes a todos los
niños pequeños». Luego escribirá: «Esto es tan fácil de establecer que
ha sido verdaderamente necesario un gran esfuerzo para no reconocerlo.
Todo individuo ha conocido esta fase pero la ha reprimido» (Las resistencias contra el psicoanálisis, 1925). Complejo
de Edipo del varón. Freud apoya su descripción en el caso del varón,
considerado más simple y con menos zonas de sombra que el de la niña.
Le parece difícil establecer con certeza la «prehistoria» del complejo
de Edipo, pero plantea que incluye, por una parte, una identificación
primaria con el padre tomado como ideal, identificación desde el
comienzo ambivalente, y, por otra parte, un investimiento libidinal
primero que interesa a la persona que cuida al niño: la madre. Estas
dos relaciones, inicialmente independientes, confluyen en la
realización del complejo de Edipo. La descripción que da en el Esquema del psicoanálisis (1940) permite
apreciar cómo se liga el complejo de Edipo a la fase fálica de la
sexualidad infantil. «Cuando el varón (hacia los dos o tres años) entra
en la fase fálica de su evolución libidinal, cuando experimenta las
sensaciones voluptuosas producidas por su órgano sexual, cuando aprende
a procurárselas él mismo a su voluntad por excitación manual, se
enamora entonces de su madre y desea poseerla físicamente de la manera
en que sus observaciones de orden sexual y sus intuiciones le han
permitido adivinar. Busca seducirla exhibiendo su pene cuya posesión lo
llena de orgullo, en una palabra, su virilidad tempranamente despierta
lo incita a querer remplazar junto a ella a su padre que hasta entonces
había sido un modelo por su evidente fuerza física y por la autoridad
de la que estaba investido; ahora, el niño considera a su padre como su
rival». Por simplificación se reduce el complejo de Edipo del varón a
la actitud ambivalente hacia el padre y a la tendencia solamente tierna
hacia la madre: sólo se trata de la parte positiva del complejo. Una
investigación más acabada lo descubre casi siempre en su forma
completa, positiva y negativa, adoptando el varón simultáneamente la
posición femenina tierna hacia el padre y la posición correspondiente
de hostilidad celosa respecto de la madre. Esta doble polaridad se debe
a la bisexualidad originaria de todo ser humano (El yo y el ello, 1923). Producto
de la fase fálica, el complejo de Edipo es «destruido» por el complejo
de castración. En efecto, una vez que el varón ha admitido la
posibilidad de la castración, ninguna de las dos posiciones edípicas es
ya sostenible: ni la posición masculina, que implica la castración como
castigo del incesto, ni la posición femenina, que la implica como
premisa (El sepultamiento del complejo de Edipo, 1924). El
varón debe por lo tanto abandonar el investimiento objetal de la madre,
que será trasformado en una identificación. La mayoría de las veces se
trata de un refuerzo de la identificación primaria con el padre (es la
evolución más normal puesto que acentúa la virilidad del varón), pero
también puede ser una identificación con la madre, o aun la
coexistencia de estas dos identificaciones. Estas identificaciones
secundarias, y más especialmente la paterna, constituyen el núcleo del
superyó. Tras reconocer al padre como obstáculo a la realización de los
deseos edípicos, el niño «introyecta su autoridad», «torna del padre la
fuerza necesaria» para erigir en sí mismo ese obstáculo. Lo que debe
desembocar no en una simple represión (pues entonces habrá siempre un
retorno de lo reprimido) sino, «si las cosas se cumplen de una manera
ideal, en una destrucción y una supresión del complejo». Freud agrega
sin embargo que la frontera entre lo normal y lo patológico nunca es
totalmente definida (El sepultamiento del complejo de Edipo). Además,
Freud observa en otros textos que la elección de objeto edípica
reaparece en la pubertad y que la adolescencia se encuentra ante la muy
pesada tarea de rechazar sus fantasmas incestuosos y cumplir con «una
de las realizaciones mas importantes pero también más dolorosas del
período puberal: la emancipación de la autoridad parental» (Tres ensayos de teoría sexual, 1905). El
complejo de Edipo es por lo tanto un proceso que debe desembocar en la
posición sexual y la actitud social adultas. No superado, continúa
ejerciendo desde el inconciente una acción importante y durable y
constituyendo con sus derivados el «complejo central de cada neurosis».
Complejo de Edipo de la niña. Después de haber situado por mucho tiempo
el complejo de Edipo de la niña como un simple análogo del complejo del
varón, Freud indicó que su prehistoria era diferente. La niña, como el
varón, tiene en efecto como primer objeto de amor a la madre y, para
poder orientar su deseo hacia el padre, hace falta primero que se
desprenda de esta. El proceso que lleva al complejo de Edipo es por lo
tanto necesariamente en ella más largo y más complicado (Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia anatómica entre los sexos, 1925). Este
proceso comienza cuando la niña comprueba su inferioridad respecto del
varón y se considera castrada. Puede entonces desviarse de la
sexualidad, o no desistir de su masculinidad o, por último, elegir una
tercera vía «muy sinuosa que desemboca en la actitud femenina normal
final que elige al padre como objeto» (Sobre la sexualidad femenina,
193 l ). La asimetría entre el complejo de Edipo del varón y de la niña
se basa entonces en sus relaciones respectivas con el complejo de
castración. Este pone fin al complejo de Edipo en el varón mientras
que, por el contrario, le abre la vía en la niña. Las principales
etapas de este camino muy sinuoso son las siguientes: bajo la
influencia de la envidia del pene, la niña se desprende de la madre, a
la que le reprocha haberla traído al mundo tan mal provista; después,
la envidia del pene encuentra, por una ecuación simbólica, un sustituto
en el deseo de tener un hijo, y la niña toma con ese fin al padre como
objeto de amor. A partir de ese momento se identifica con la madre, se
pone en su lugar y, queriéndola remplazar junto al padre, se pone a
odiarla (al rencor ligado a la envidia del pene se agregan entonces los
celos edípicos). En cuanto al motivo de la desaparición del complejo de
Edipo en la niña, Freud considera que no está claro y agrega que los
efectos del complejo continúan por otra parte haciéndose sentir con
frecuencia en la vida mental normal de la mujer, cuyo «superyó no será
nunca tan inexorable, tan impersonal, tan independiente de sus orígenes
afectivos como lo exigimos del hombre». Un juicio que sin embargo
atempera destacando que estos son los resultados de «construcciones
teóricas sobre la masculinidad pura y la femineidad pura» y que deben
ser relativizados habida cuenta de la constitución bisexual de cada
individuo. Significación del Edipo. La significación del Edipo no debe
ser reducida al conflicto edípico imaginario, a lo que J. Lacan llama
«la fantochada de la rivalidad sexual». El pasaje por el Edipo
desemboca en la posición heterosexual y en la formación del superyó, en
el que Freud ve la fuente de la moral y la religión. La representación
triangular propuesta frecuentemente no da cuenta de la función del
Edipo porque no muestra que se trata de un proceso y porque a fortiori no
indica nada sobre su desenlace. Esto obedece a que atribuye al padre y
a la madre posiciones simétricas que no son las de ellos. Freud, en
efecto, habla de «Un solo punto concreto»: la actitud hacia el padre,
que determina la evolución del complejo tanto en el varón como en la
niña. Por eso Lacan no utiliza esta representación triangular sino que
se refiere a la «metáfora paterna» [véase en metáfora]. Llama
«Nombre-del-Padre» a la función simbólica paterna, o sea, la que
constituye el principio eficaz del Edipo, y muestra que el «Deseo de la
Madre » es desplazado hacia abajo, soterrado por el Nombre-del-Padre,
desembocando la operación en un significado que es el falo, y esto para
los dos sexos (Escritos). Justamente, esta manera de
escribir el Edipo pone en evidencia que su función es promover la
castración simbólica. Lacan indica que, si el Nombre-del-Padre asegura
esta función en nuestra civilización, esto se desprende de la
influencia del monoteísmo y no tiene nada de obligatorio ni de
universal. El mito edípico es activo en el inconciente del individuo
occidental, macho o hembra, pero en otras civilizaciones, las
africanas, por ejemplo, el Edipo puede no ser más que «un detalle en un
mito inmenso»; en tal caso, serán otras estructuras las habilitadas
para promover la castración. La cuestión que se plantea es la de las
consecuencias de la normalización edípica. Freud comprueba que está en
el origen de un «fervor nostálgico» respecto del Padre (El yo y el ello). Lacan lo retoma diciendo que el mito edípico «no termina con la teología» (Escritos) sino
que va más allá: afirma que el mito edípico atribuye al Padre la
exigencia de la castración (con la consecuencia importante de que esta
adquiere la significación de un don demandado por el Otro) mientras que
no es más que una consecuencia de la sumisión del ser humano al
significante. Edipo (complejo de) Edipo (complejo de) Freud descubre
primero el complejo de Edipo en su forma positiva, la que pone en
escena la tragedia Edipo rey: deseo sexual por la madre y deseo
homicida respecto del padre rival. Después saca a luz su forma negativa
(«Edipo invertido» o «Edipo femenino» del varón): deseo erótico por el
padre y odio celoso a la madre. Finalmente, en su forma completa, el
complejo de Edipo designa el conjunto de relaciones que el niño anuda
con las figuras parentales, y que constituyen una red en gran medida
inconsciente de representaciones y afectos tejida entre los polos que
son la forma positiva y la forma negativa. Desde el principio
(1887-1900) Freud afirma la universalidad de los deseos edípicos a
través de la diversidad de las culturas y los tiempos históricos: «A
todo ser humano se le impone la tarea de dominar el complejo de Edipo».
No obstante, tendrán que pasar muchos años para que convierta
claramente el Edipo en un concepto fundamental del psicoanálisis
(1920-1925): no sólo «el complejo nuclear de las neurosis», sino
también el momento decisivo en que culmina la sexualidad infantil y se
decide el futuro de la sexualidad y la personalidad adultas. El Edipo
pasa a ser entonces la estructura que organiza el devenir humano en
torno a la diferencia de los sexos y de las generaciones. De hecho, el
complejo de Edipo adquiere toda su dimensión de concepto fundador
cuando Freud lo articula con el complejo de castración: éste provoca la
interiorización de la prohibición de los dos deseos edípicos (incesto
materno y asesinato del padre) y abre el acceso a la cultura a través
de la sumisión al padre y la identificación con él, que es el portador
de la ley que regula el juego del deseo. Se observa que Freud elabora
su teoría de la sexualidad y del devenir humanos en torno al modelo
masculino. En estas condiciones, ¿cómo resuelve la cuestión de la
sexualidad femenina y del devenir humano en femenino? Al principio,
plantea simplemente una equivalencia en simetría inversa. La
formulación universal del complejo de Edipo es entonces la siguiente:
deseo sexual por el progenitor del otro sexo y deseo homicida respecto
del progenitor del mismo sexo (forma positiva); deseo erótico por el
progenitor del mismo sexo y odio celoso al progenitor del otro sexo
(forma negativa). Esta definición amplia conserva aun hoy su utilidad
descriptiva, pero para Freud pierde su valor heurístico cuando, en la
década del '20, la teoría de la castración lo lleva a romper toda
simetría entre el Edipo del varón y el Edipo de la niña. En adelante,
el conflicto edípico es situado definitivamente entre los tres y los
cinco años, en el momento de la fase fálica, en la que ambos sexos
reconocen un solo órgano sexual, el pene, que determina la división de
los seres humanos en fálicos y castrados(as). Se instaura entonces una
asimetría radical entre el desarrollo psicosexual del varón y el de la
niña: el niño sale del complejo de Edipo por la angustia de la
castración y en su caso el superyó es «el heredero» de este complejo
(interiorización de la prohibición paterna); la niña entra en el Edipo
por el descubrimiento de su castración y la envidia del pene; en ella
el superyó se constituye con dificultad, puesto que debe hacer del
padre el objeto de su deseo, y convertirse en mujer exige un recorrido
oscuro y complicado. Freud termina por declarar, en 1931: «Sólo en el
varón se establece esta relación, que marca su destino, entre el amor
por uno de los progenitores y, al mismo tiempo, el odio al otro en
tanto que rival». Esta posición es reforzada por los estudios
antropológicos de Freud, a partir de Tótem y tabú (1912), que se
ordenan en torno a la supremacía del padre y la preponderancia acordada
a su asesinato en la temática edípica (complejo paterno). En esta
perspectiva, el complejo de Edipo aparece como el principio mismo de la
civilización o, como se dice hoy, de la cultura. El Edipo es la
referencia principal de la clínica y la teoría psicoanalíticas: «El
psicoanálisis nos ha enseñado a apreciar cada vez más la importancia
fundamental del complejo de Edipo, y podemos decir que lo que separa a
adversarios y partidarios del psicoanálisis es la importancia que los
últimos atribuyen a este hecho» (1920). Observemos, no obstante, que a
esta cuestión Freud sólo le dedicó un artículo específico: «El
sepultamiento del complejo de Edipo» (1924). En cambio, la literatura
especializada sobreabunda, lo mismo que la que hace del Edipo la clave
interpretativa de las sociedades, los mitos o las obras de arte. Muchos
autores desarrollan las tesis Freudianas; algunos divergen hasta la
ruptura (Jung, Adler, Ferenczi), otros realizan modificaciones teóricas
a partir de la clínica (Melanie Klein) o una reevaluación teórica de la
doctrina (Lacan).
El descubrimiento del complejo de Edipo Este
descubrimiento está estrechamente ligado al del inconsciente, pero los
niveles de elaboración teórica son muy diferentes. Así, La
interpretación de los sueños (1900) plantea una concepción
revolucionaria del psiquismo humano, organizado en tomo a la primera
tópica (inconsciete/preconsciente/consciente), a la definición de los
procesos inconscientes, y a la noción de conflicto psíquico (entre
pulsiones eróticas y represión, representaciones inconscientes y
censura, deseo y prohibición). En cambio, los deseos edípicos aparecen
de entrada -y de manera dispersa- como contenido temático del conflicto
psíquico: «La fantasía sexual se juega siempre en torno al tema de los
padres». ¿Cómo llega Freud a hacer de este tema la forma primordial del
deseo infantil, con el nombre de complejo de Edipo? Starobinski ha sido
el primero en reagrupar y analizar sistemáticamente las apariciones del
tema en los textos Freudianos (prefacio a Hamlet y Edipo, de Jones). En
cuanto a Freud, todo parece jugarse alrededor de una crisis teórica y
personal entre 1897 y 1900: se ve obligado a abandonar su tesis de la
seducción paterna como situación traumática infantil real en el origen
de los trastornos de sus pacientes histéricas, pues no puede creer que
tantos padres o sustitutos paternos hayan sido tales seductores en la
realidad; la muerte de su propio padre (1896) lo lleva a iniciar su
autoanálisis; la relación transferencial que se instaura en su
correspondencia con su amigo Fliess le permite atreverse a formular sus
nuevas hipótesis teóricas. «Yo mismo vivo todo lo que he podido
observar, como oyente, en mis pacientes», le escribe. Hay que recordar
el coraje de Freud cuando declara: «He descubierto que mi libido se
había despertado y orientado ad matrem» o, incluso, «He encontrado en
mí, como por otra parte en todos lados, sentimientos de amor dirigidos
hacia mi madre, y de celos hacia mi padre». Ya entonces generaliza:
«Pienso que estos sentimientos son comunes a todos los niños pequeños,
aunque su aparición no sea tan precoz como en la niñez de los pacientes
histéricos». Pero ¿podría él sostener por sí solo esta concepción
inaudita del niño «normal» como doblemente criminal? La referencia a
una obra maestra indiscutida de la tradición cultural, el Edipo rey
(que además remite a un mito más antiguo), le permite a Freud atravesar
este umbral. De la obra de Sófocles sólo retiene dos elementos:
primero, el destino inexorable que lleva a Edipo a cometer, sin
saberlo, los dos crímenes mayores de la humanidad, el asesinato del
padre y el incesto con la madre, que engendra hijos malditos; segundo,
el deseo de verdad que hace de él «el investigador-investigado»
(Starobinski), que pasa de la ignorancia a la clarividencia, al precio
de arrancarse los ojos como castigo por sus crímenes. Lo esencial es
convertir a la figura de Edipo en un paradigma simbólico que garantice
la universalidad de su descubrimiento. Esta universalidad es confirmada
por «el poder cautivador» de la tragedia a través de los siglos: «En
germen, en imaginación, cada espectador fue alguna vez un Edipo, y se
espanta ante la realización de su sueño transpuesto a la realidad, se
estremece proporcionalmente a la represión que separa su deseo infantil
de su situación actual». La obra le impone a cada uno el retorno de lo
reprimido, así como el reconocimiento de un destino común, pues «el
oráculo ha lanzado contra nosotros, antes de nuestro nacimiento, la
misma maldición que contra Edipo». No obstante, Freud asocia a Hamlet y
Edipo rey. ¿Qué es lo que le impide al joven príncipe de Dinamarca
realizar la noble tarea que le ha encomendado el fantasma de su padre,
es decir, vengar su muerte castigando al criminal? Sólo Edipo, tragedia
de la revelación, puede resolver el enigma de Hamlet, tragedia de la
represión: una culpa inconsciente inhibe la acción del príncipe, que no
puede matar a quien ha llevado a la práctica, en su lugar, los deseos
reprimidos y siempre activos de su infancia. Así, Edipo tiene un
estatuto interpretante, pero Hamlet garantiza a su vez el valor
explicativo universal de Edipo. Edipo simboliza el inconsciente,
mientras que Hamlet figura «la histeria» y, más ampliamente, al hombre
moderno sometido al «progreso secular de la represión». Freud, víctima
de su «neurótica», se reconoce en Hamlet y se identifica con
Shakespeare, que escribe su pieza un año después de la muerte del
padre, así como él, Freud, había iniciado su autoanálisis un año
después de la muerte del suyo. Pero va más lejos; se identifica con
Edipo, el aventurero de la verdad que tendrá que enfrentar y asumir al
otro desconocido que hay en él: «El criminal que persigo, soy yo».
Finalmente, toma a Sófocles como modelo. Lo que éste orquestó en una
tragedia, él lo orquestará como teoría. El camino será largo y difícil,
y Edipo permanece como la gran figura mediadora que enraíza en el mito
el descubrimiento Freudiano.
La elaboración del concepto en Freud En
adelante, el trabajo de Freud es orientado por y hacia el enigma de la
sexualidad. Sorprende entonces no encontrar ninguna mención de la
problemática edípica en la obra principal de 1905, Tres ensayos de
teoría sexual, pese a que esa problemática atraviesa el conjunto de la
obra clínica, desde «Dora» hasta «Sobre un tipo particular de elección
de objeto en el hombre». La fórmula «complejo de Edipo» surge en este
último texto (1910), pero queda en espera de conceptualización. Todo
ocurre como si la teoría genética (estadios oral, anal y genital) no
pudiera articularse fácilmente con el descubrimiento de los deseos
edípicos. Y, de hecho, la teoría del Edipo, tal como la conocemos, se
elabora a partir de la década del '20, cuando Freud reemplaza el
estadio genital de los Tres ensayos por la noción de fase fálica, es
decir, cuando lleva al primer plano el tema de la castración. Ahora
bien, en el ínterin, Tótem y Tabú (1912) construye un «mito
científico», el de «la horda primitiva». Había una vez un padre
omnipotente, que gozaba de todas las mujeres, que prohibía el acceso a
ellas a todos los hijos; éstos lo mataron y lo comieron; sobre ellos se
abatió una culpa terrible y el miedo a la represalia; con la comida
canibalística incorporaron la potencia del padre y a la vez pusieron
fin mediante un pacto a la violencia de la rivalidad entre los hombres
por la posesión de las mujeres. El padre primitivo, idealizado en tanto
padre muerto, se convierte en la garantía de ese pacto entre hermanos:
en virtud de la renuncia al goce sin límite, cada uno adquiere derecho
al ejercicio de la sexualidad, en el respeto a la regla común. Así
nacerá la ley edípica, que organiza la filiación masculina en torno a
la unión indisoluble de la ley y el deseo. Esta fábula describe el
pasaje de la naturaleza a la cultura, en el que la humanidad se separa
de la animalidad. Lo que funda la civilización es el asesinato del
padre primitivo, gozador y castrador: éste deja su lugar al padre
edípico, que también se pliega a la ley que enuncia. En la filogénesis
que Freud construye a partir de sus lecturas antropológicas, el mito de
la horda primitiva aparece en el origen del mito edípico: en efecto, él
organiza, alrededor de la transmutación simbólica de la figura paterna,
la ley de la prohibición del incesto, que enmarca el mito edípico. En
esta ley lo primero no es el incesto, puesto que antes de la
interdicción sólo hay sexualidad anárquica: la prohibición crea el
incesto. En cambio, la ley es preexistente en el mito edípico, en el
cual, según la versión psicoanalítica, el incesto es primero: el varón
quiere matar al padre para realizar la unión con la madre, y sólo
renuncia a sus deseos ante la amenaza paterna de castración. Así se
convierte a su vez en hombre y padre. No obstante, en 1912 esta fábula
personal le parece a Freud difícil de conciliar con el complejo de
Edipo, que sitúa al niño frente a sus dos progenitores. En efecto, la
clínica revela el papel esencial de la relación con la madre en la
primera infancia, mientras que, según Tótem y tabú, la primera relación
es la que opone y une al padre y los hijos en torno a un objeto genital
indiferenciado: en los tiempos arcaicos no hay madre, ni tampoco hija;
sólo hay mujeres, objetos indistintos de las pulsiones sexuales de los
hombres y botín de su guerra sin misericordia. La relectura que realiza
Lacan del mito de la horda ayuda a comprender el retardo de la
teorización del Edipo y la importancia de ese mito en su elaboración
final: el complejo parental que es el Edipo se ordenará en adelante en
relación con el complejo paterno. Entre los polos materno y paterno del
triángulo edípico se instituye una asimetría profunda. Y el tema de la
castración se convierte en el principio organizador, no sólo de la
diferencia de las generaciones, sino también de la diferencia de los
sexos. La teoría del desarrollo psicosexual puede entonces
esquematizarse como sigue: la libido «es de naturaleza masculina tanto
en la mujer como en el hombre», y hasta la fase fálica la historia
infantil es la misma o, más bien, «debemos admitir que la niña es un
varoncito». Varón y niña tienen la misma relación libidinal con la
madre, que se convierte para ambos en el objeto privilegiado de las
pulsiones genitales. Ellos se perciben igualmente provistos de pene, al
que invisten narcísísticamente como fuente de potencia sexual y placer.
Cuando descubren la diferencia anatómica de los sexos, plantean y
resuelven este enigma de manera idéntica: hay dos categorías de
individuos, los fálicos y los castrados(as). A partir de allí, sus
caminos divergen. El conflicto edípico, propio de este período, da
entonces lugar a dos historias muy distintas. El descubrimiento de la
castración materna hace entrar al varón en «el ocaso del complejo de
Edipo», pues confirma su angustia de castración: «si esto es así,
también yo puedo perder realmente el pene». El varón abandona el Edipo
positivo, por miedo al castigo paterno; luego abandona el Edipo
negativo, en cuanto la posición femenina con respecto al padre supone
también la realización de la castración. En ambos casos «la investidura
narcisista colosal del pene» lo empuja a renunciar a las investiduras
parentales del Edipo. El amor al padre se vuelve admiración, mientras
que el objeto maternal es desvalorizado. A través de las
identificaciones sucesivas con múltiples figuras paternas se elabora el
superyó estructurado por la interiorización de la prohibición.
Finalmente, el beneficio narcisista sigue siendo considerable;
renunciar a ser el padre permite ser algún día como el padre: un hombre
que goza legítimamente de una mujer representa la ley y sublima sus
pulsiones sacrificadas en creaciones sociales y culturales. Idealmente,
se puede hablar de «desaparición», incluso de «destrucción» del
complejo de Edipo, y el varón se encuentra confirmado en su sexo. Pero,
en tanto hay simple represión, el Edipo funciona como «el complejo
nuclear de la neurosis». El itinerario femenino es totalmente distinto,
pues está sometido a dos imperativos específicos: cambiar el sexo del
objeto libidinal, abandonando la madre por el padre, y cambiar de
órgano sexual, abandonando el clítoris por la vagina. La historia de la
niña comienza con una catástrofe, el descubrimiento de su propia
castración que decide su destino: la castración la hace entrar en el
complejo de Edipo; en su caso, éste será más difícil, acaso imposible
de resolver. Según Freud, el conocimiento de la vagina sólo se produce
en la pubertad. Antes, la única zona erógena es el clítoris, órgano
masculino cuya comparación con el pene revela la inferioridad real.
¿Existe verdaderamente la «niñita»? En rigor, el varoncito del
principio se entera de que es niña, lo que significa varón defectuoso o
castrado; después de esa «humillación narcisista», no cesará de querer
(volver a) ser fálica. La envidia del pene es entonces el motor
esencial de la evolución edípica de la niña, y explica sus avatares
específicos. La niña se aparta de la madre porque la odia debido a que
no la proveyó del pene, y la desprecia por estar también ella castrada.
Si se vuelve hacia el padre, lo hace para que le dé ese pene tan
envidiado que finalmente la convertirá en semejante a él. Y, cuando
termina por desear un hijo del padre, ese niño no es más que un
equivalente del pene. Edipo negativo y Edipo positivo tienen muy poco
que ver con lo que se juega en el varón: la imposibilidad de un
verdadero deseo genital femenino proscribe todo paralelo entre los dos
sexos. En la mujer, el conflicto edípico tiende a eternizarse. Quizás
incluso no se resuelva verdaderamente nunca. Pues, si su única
esperanza de realización sexual y personal consiste en ser algún día la
madre de un varón que finalmente sosiegue la terrible herida narcisista
de su infancia, su destino está sellado: es convertirse en una Yocasta,
es decir, en la madre horrorosa -incestuosa, seductora y castradora-
que tan a menudo describe la literatura psicoanalítica, esa madre cuyo
suicidio no es más que justo castigo del crimen y necesidad absoluta
para la instauración de la ley. Todo esto es tan oscuro que, a pesar
«de las penosas investigaciones» realizadas, la comprensión de lo que
es convertirse en mujer sigue siendo caótica y fragmentaria, en
comparación con la coherencia teórica de la explicación sobre lo que es
convertirse en hombre. Sólo cabe una verificación: el descubrimiento de
la realidad de la castración causa estragos casi irreparables en el
psiquismo femenino. En primer lugar, malogra la actividad psicosexual,
la relación con la madre-y la representación narcisista de los tiempos
anteriores: la prehistoria de la mujer se hunde en un olvido
inexorable; con ella se pierde también toda posibilidad de elaborar una
identificación materna positiva, capaz de sostener una identidad de
sujeto deseante. Después, instituye una relación exclusiva con el
padre, que pasa a ser a la vez temido, envidiado y deseado: la
dependencia respecto del otro sexo es una característica de la
feminidad. Finalmente, hace inoperante la ley prohibidora del Edipo, al
suprimir la angustia de castración que lleva a evolucionar al varón; la
formación del superyó es entonces aleatoria, débil y frágil, y la mujer
manifiesta poco interés por los valores morales, sociales y culturales.
Para ella, «la anatomía es el destino», un destino al que ninguna
palabra mítica viene a dar un sentido verdadero. La única función
normativa del Edipo femenino consiste en transformar la ley biológica
(supuesta) de la pasividad sexual, en regla cultural según la cual la
mujer debe hacerse el objeto del deseo del otro. En su conferencia
sobre la feminidad (Nuevas conferencias de introducción al
psicoanálisis, 1932), Freud no oculta que el precio que ella paga por
la civilización es terrible: a diferencia del hombre, no obtiene en el
marco de la cultura ninguna realización personal, aunque, como Freud
tiende a recordarlo, «la mujer individual ha de ser además (del influjo
de la función sexual) un ser humano». Al construir el complejo de Edipo
alrededor de la figura paterna y del concepto de castración, Freud
constituye lo femenino como «continente negro»; la mujer es «enigma» y
escollo del psicoanálisis. En vida de Freud muchos discípulos
intentaron aportar elementos nuevos al debate, pero él rechazó todo lo
que a su juicio amenazaba la doctrina que estaba edificando: la noción
junguiana de «complejo de Electra», que impedía hacer del Edipo una
norma única; la importancia atribuida al trauma del nacimiento y a la
relación, incluso identificatoria, con la madre (Rank, Ferenczi), que
ponía en peligro la supremacía del padre, y, sobre todo, la puesta en
cuestión de la ignorancia de la vagina y del carácter primario del
complejo de castración en la niña (Karen Horney, Melanie Klein), que
podía malograr su concepción de la diferencia de los sexos. En cambio,
aceptó los descubrimientos clínicos de las psicoanalistas mujeres que
ponían de manifiesto la persistencia en la mujer de la relación
primaria con la madre, su importancia y su complejidad, aun si esto lo
llevó por un momento a dudar de que el Edipo fuera «el complejo nuclear
de las neurosis». Toleró entonces la noción de un pre-Edipo concentrado
en la figura materna, en tanto se reconociera su subordinación al
complejo de Edipo, que era el único que podía darle su verdadera
significación. La cuestión del Edipo es entonces la piedra angular de
la ortodoxia Freudiana: toda teoría divergente conduce a la exclusión o
a la marginalización.
EI «Edipo precoz» de Melanie Klein Melanie
Klein es la verdadera fundadora del psicoanálisis de niños, incluso de
lactantes, y a partir de esa experiencia clínica nueva participó, desde
1921, en la teorización sobre la formación de la personalidad en su
devenir psicosexual. No cuestiona la importancia del complejo de Edipo,
ni su definición de base, pero discute la teoría Freudiana en dos
puntos: el corte entre los tiempos arcaicos de la madre y los tiempos
edípicos del padre, y el conocimiento del pene como único órgano
sexual, con la consiguiente ignorancia de la vagina, antes de la
adolescencia. Para Klein, el complejo de Edipo actúa durante toda la
primera infancia, antes de culminar y resolverse a partir del estado
genital, entre los tres y los cinco años: de ahí la noción de "Edipo
precoz" o de "estadios precoces del complejo de Edipo". Klein veía ya
en el infans a un ser humano potencial y no un animal para ser
civilizado: a partir de su descubrimiento, adapta el método de la
escucha psicoanalítica, en lugar de aceptarlo como una normativa. Y
asume como hipótesis fundamental de trabajo la oposición entre pulsión
de vida y pulsión de muerte (Eros y Tánatos) propuesta por Freud en Más
allá del principio de placer (1920), pues la considera operatoria: esa
oposición, en la que se anudan coacción biológica y devenir humano, le
permite leer la historia de nuestros comienzos. Entre angustia y
placer, frustración y satisfacción, agresividad y amor, se despliega el
drama del infans que, gracias al emplazamiento de procesos defensivos
(escisión, proyección, introyección, introyección proyectiva),
constituye relaciones de objeto al mismo tiempo que el yo. La
maduración biológica e, inseparablemente, la experiencia relacional,
favorecen la integración progresiva de los primeros procesos en un
sistema más elaborado. En cuanto a la pulsión libidinal, indiferenciada
en los niveles oral y anal, contiene no obstante aspectos genitales
diferenciados que poco a poco irán organizando el conjunto. No sólo hay
en la niña sensaciones vaginales precoces, sino que los niños de ambos
sexos adquieren muy pronto un conocimiento embrionario (una
presciencia) de la existencia de dos sexos. Asistimos entonces a la
elaboración de una teoría original de la evolución general del niño en
la que el complejo de Edipo ocupa su lugar pero sufre una importante
modificación. Por una parte, se trata eminentemente de un complejo
parental. Por la otra, es por el lado de la relación con el objeto que
la experiencia real se combina con el conflicto pulsional interno para
producir ¡magos parentales que organizan la fantasmática del sujeto.
Klein advierte la aparición del complejo hacia los seis meses, cuando
el infans pasa del objeto parcial (pecho y después pene) al objeto
total (madre, padre), que moviliza a la vez los afectos del amor y el
odio. La ambivalencia, característica de esta posición depresiva,
apunta primero a figuras aún mal diferenciadas: el fantasma de los
padres acoplados -que surge cuando el niño comienza a distinguir a las
personas en su ambiente- representa la angustia de la criatura ante la
relación que une a la pareja parental que él quiere al mismo tiempo
destruir y conservar. Así, en la triangulación edípica, la relación con
la relación entre los padres es tan importante como las relaciones que
se anudan con cada uno de ellos. De la ambivalencia nacen la culpa y el
deseo de reparación: el superyó aparece tempranamente, al mismo tiempo
que las primeras actividades de simbolización, fuentes de la
creatividad cultural y no del ocaso del complejo. El complejo sigue un
curso en el cual las relaciones con el objeto están entramadas con la
dinámica pulsional: gracias a la victoria de Eros sobre Tánatos, la
dialectización de las figuras parentales y el reconocimiento del
vínculo que las une constituyen idealmente -más allá de la idealización
o desvalorización de una u otra las identidades sexuadas en la
diferencia de las generaciones. El complejo de Edipo es igualmente
llamado a organizar las pulsiones genitales precoces de los dos sexos;
la triangulación edípica, según Klein, se juega en tomo a cuatro
figuras -madre, padre, niño, niña- y los trabajos de esta autora a
menudo relacionan estrechamente los desarrollos masculine y femenino.
Las primeras introyecciones del objeto materno suscitan de entrada el
Edipo negativo en el varón y el Edipo positivo en la niña, pero es de
hecho la oscilación entre estas dos formas del complejo lo que
estructura al yo. En cuanto a la noción Freudiana de «fase fálica»,
Klein prefiere otra, anterior, la de «estadio genital», pues la
creencia en que existe un sexo único a sus ojos es sólo una «teoría
infantil» (Freud) provisoria, que corresponde a una posición defensiva
ante las angustias más primitivas. La envidia forma parte del psiquismo
infantil, y sólo puede contrarrestarla la gratitud. El miedo a la
castración, esencial en el varón, le permite superar la envidia que
subtiende sus primeras identificaciones con la madre, así como regular
su envidia arcaica del pene paterno. La envidia del pene protege a la
niña de su miedo fundamental -el de que la madre destruya en represalia
el interior de su cuerpo-, gracias a la identificación con el padre,
pero, para llevar el periplo edípico a su término, en su asimetría, se
necesita el reconocimiento del deseo reciproco que une a los
progenitores, que, al mismo tiempo, deben ser experimentados por el
niño como suficientemente amantes: esta relación parental tiene función
de interdicto que confirma a cada uno y cada una en su autonomía de
sujeto deseante. Para Klein, la terra incognita («el continente negro»)
no es la mujer, ni siquiera la madre, sino el infans desvalido que
todos hemos sido y que sigue viviendo en nuestro inconsciente. Su
historia está llena de ruido y furia, y en ella encuentran lugar por
igual el infanticidio paterno y el matricidio. Es también la historia
del triunfo de Eros sobre Tánatos, lo que a menudo se olvida: el
complejo de Edipo, en su evolución favorable, refuerza las pulsiones
libidinales, que poco a poco se vuelven capaces de integrar las
pulsiones destructoras. De este modo decide el futuro del sujeto. En la
gran disputa de la década del '30, Jones defendió los aportes de Klein;
Freud respondió que el dominio en que ella trabajaba le era
desconocido, y que por lo tanto no podía juzgar la validez de sus
descubrimientos, pero que no podía aceptar las conclusiones de Klein
contrarias a su Propia teoría: la reafirmación de la doctrina prevalece
entonces sobre el debate científico.
La redefinición del Edipo por Lacan Desde
1938, Lacan subraya la degradación del papel del padre y su imagen en
la familia y en la sociedad; después de la guerra, reevaluar su función
se convierte para él en una «ardiente obligación»; realiza su «retorno
a Freud» desde esta perspectiva. Era preciso volver a fundar sobre el
complejo paterno un psicoanálisis bastardeado, a sus ojos, por la
invasión de lo materno y, más en general, de lo pulsional. Pero también
era preciso desprender de sus escorias míticas al «mito Freudiano del
Edipo» y al otro mito, esencial, de la horda primitiva: para ello se
basa en la teoría antropológica de Lévi-Strauss. Por lo tanto, se puede
hablar de una verdadera redefinición del Edipo. «La ley primordial es
la que al regular la alianza superpone el reino de la cultura al reino
de la naturaleza librado a la ley del acoplamiento»; esta alianza es
«idéntica a un orden de lenguaje», y «la prohibición del incesto no es
más que su pivote subjetivo»: la preeminencia y anterioridad del «orden
simbólico» es la enseñanza que Lacan retiene de Lévi-Strauss en su
célebre intervención de 1953, «Función y campo de la palabra y el
lenguaje en psicoanálisis». Además: «Él supo fundar la autonomía de un
orden significante sobre una teoría generalizada del intercambio en la
que mujeres, bienes y palabras aparecen hornogéneos». Lacan radicaliza
así el corte y la jerarquización, ya presentes en Freud, entre
naturaleza y cultura. Pero también interpreta a Lévi-Strauss a la luz
de la teoría Freudiana. Mientras que para Lévi-Strauss el intercambio
de las mujeres es un «estado de hecho» y no una «imposibilidad lógica»,
Lacan ve en esta estructura masculinista el efecto de la lógica fálica
que rige la institución de lo humano. En uno, las mujeres son a la vez
«signos» y «productores de signos»; en el otro, ellas «tienen la
palabra» pero no «el lenguaje» como «organización lógica que regula en
la base las relaciones de los individuos con su cultura», y también las
relaciones con lo pulsional, mediante la ley de la «castración
simbólica» constitutiva del inconsciente: la cultura es necesariamente
«hom(m)osexual».* Pero, sobre todo, allí donde Lévi-Strauss basa la
regla de la alianza en la cupla hermano-hermana, Lacan la funda en el
par hijo/madre: la cultura tiene esencia «paternalista», pues «el
nombre del padre» es «el soporte de la función simbólica que, desde la
linde de los tiempos históricos, identifica su persona con la figura de
la ley». En el origen, por lo tanto, el Padre, el Falo y el Verbo: en
torno a esta trilogía Lacan construye el Edipo como una invariante
ineluctable inscrita en el inconsciente. Este último está «estructurado
como un lenguaje», pero no como la lengua, pues la cadena simbólica es
en este caso regida por un «significante-amo», el Falo, a la vez signo
y objeto del deseo. No hay significante del sexo femenino: el Falo es
entonces «la unidad-sexo» que ordena, en tomo a la castración
simbólica, la diferencia entre los sexos y las generaciones. Es él
quien sostiene la función paterna, pues «el Edipo es consustancial con
el inconsciente» en tanto que lugar del Pacto, del Otro como Padre
muerto convertido en metáfora o Nombre y de su Palabra interdictora y
salvadora. Tal es la determinación simbólica del sujeto, que trasciende
toda determinación bioanatómica: esta reinterpretación de Freud hace
que la ley sea más radicalmente prescriptiva. Pero ¿de qué nos salva?
Del goce y el horror de los tiempos primitivos de la especie y del
individuo. De lo real, dice Lacan. En efecto, lo simbólico es sólo un
elemento de una nueva tópica estrictamente lacaniana: la de lo
simbólico, lo imaginario y lo real. La articulación entre imaginario y
simbólico es fácil, pues el estadio del espejo constituye una primera
«matriz simbólica» del sujeto, que el complejo de Edipo permite
remontar. No se puede decir lo mismo de las relaciones entre simbólico
y real. Lo real -que no hay que confundir con lo vivido o la realidad-
está radicalmente fuera de lo simbólico, y es por lo tanto inexplorable
e inanalizable. Se lo puede encerrar en una figura: la figura
generadora, la del «instinto materno», a la que el padre tiene que
prohibirle «reintegrar su producto» para humanizarla en madre capaz de
transmitir su palabra; lo femenino que hay que humanizar en mujer
tomada en los «parámetros fálicos»; el sexo femenino, esos «órganos de
carne», «ese algo ante lo cual las palabras se detienen». Según la ley
de lo simbólico, uno no se constituye como hombre o mujer más que por
la represión y al mismo tiempo por el repudio de lo femenino-materno
concebido como la marca de la animalidad en nosotros: pues lo real es
«imposible de mediatizar». Pero resiste a lo simbólico y lo amenaza.
Desde luego, lo hace desde el lado de la madre tentadora, la que puede
castrar al hijo privándolo del acceso a la castración simbólica. No
obstante, surge donde no se lo espera, del lado del padre: detrás del
resplandor del Padre simbólico se precipita, como su sombra, «la figura
obscena y feroz del padre primordial impotente para redimirse en la
ceguera eterna del Edipo». Peor aún, la ley que debe conducir a la vida
se hace seducción que lleva a la muerte: induce al «pecado», persigue
al paranoico, fabrica al perverso, «instrumento de un Dios» que le
ordena: «¡Goza!». Hay que matar a ese padre, pero ello significa volver
a caer en el goce: «la muerte del padre es la clave del goce supremo,
identificado después con la madre como mira del incesto». Este cara a
cara sin otro deja al hijo sin recurso ante el reino de la pulsión de
muerte. De modo que el reparto de lo sensible y lo inteligible entre
los dos polos disociados del complejo parental no basta para asegurar
la superación del complejo de Edipo, ni siquiera en el hombre. El
Nombre-del-Padre no llega a ser «el asesinato de la Cosa »: matricidio
legitimado y parricidio simbolizado nos dejan víctimas de « la Cosa »
que hay en nosotros, el infans incomprensible que nos asedia. Lacan
radicaliza la lógica falo-patrocéntrica, y de tal modo muestra sus
límites e incluso sus impasses.
Edipo (complejo de) Edipo (complejo de) Alemán: Ödipuskomplex. Francés: Complexe d'Edipe. Inglés: Oedipus complex. Correlativo
del complejo de castración, y de la existencia de la diferencia de los
sexos y las generaciones, el complejo de Edipo es una noción tan
central en el psicoanálisis como la universalidad de la prohibición del
incesto, a la cual está ligado. Su formulación se debe a Sigmund.
Freud, quien con el vocablo Ödispuskomplex designaba un complejo
vinculado al personaje de Edipo creado por Sófocles. El complejo de
Edipo es la representación inconsciente a través de la cual se expresa
el deseo sexual o amoroso del niño por el progenitor del sexo opuesto,
y su hostilidad al progenitor del mismo sexo. Esta representación puede
invertirse y expresar amor al progenitor del mismo sexo, y odio al
progenitor del sexo opuesto. Se llama Edipo a la primera
representación, Edipo invertido a la segunda, y Edipo completo a la
combinación de ambas. El complejo de Edipo aparece entre los tres y los
cinco años. Su declinación indica la entrada en un período llamado de
latencia, y su resolución después de la pubertad se concreta en un
nuevo tipo de elección de objeto. En la historia del psicoanálisis, la
palabra "Edipo" ha terminado por reemplazar a la expresión "coniplejo
de Edipo". En este sentido, el Edipo designa a la vez el complejo
definido por Freud y el mito fundador sobre el cual reposa la doctrina
psicoanalítica, en tanto elucidación de las relaciones del hombre con
sus orígenes y con su genealogía familiar e histórica. Más que ningún
otro en Occidente, el mito de Edipo se identificó en primer lugar con
la tragedia de Sófocles, que transformó la vida del rey de Tebas en un
paradigma del destino humano (el fatum), y después con el complejo
formulado por Freud, que relaciona el destino con una determinación
psíquica proveniente del inconsciente. En la mitología griega, Edipo es
el hijo de Layo y Yocasta. Para evitar que se realizara el oráculo de
Apolo, que le había predicho que sería asesinado por su hijo, Layo
entregó su vástago recién nacido a un servidor, ordenándole que lo
abandonara en el monte Citerón, después de haberle hecho perforar los
tobillos con un clavo. En lugar de obedecerlo, el servidor confió el
niño a un pastor, que a su vez se lo dio a Pólibo, rey de Corinto, y a
su esposa Mérope, quienes no tenían descendencia. Ellos lo llamaron Edi
po (Oidipous: pie hinchado) y lo educaron como hijo
suyo. Edipo creció, y le llegaron rumores de que no era el hijo de
quienes creía sus padres. Fue entonces a Delfos a consultar el oráculo,
el cual le profetizó de inmediato que mataría al padre y desposaría a
la madre. Para huir de la predicción, Edipo emprendió un viaje. En la
ruta a Tebas, se cruzó por azar con Layo, a quien no conocía. Los dos
hombres tuvieron una pelea, y Edipo lo mató. En esa época Tebas vivía
aterrorizada por la Esfinge , monstruo femenino alado y con garras, que
daba muerte a quienes no resolvían el enigma que ella planteaba sobre
la esencia del hombre: "¿Cuál es el ser que anda con cuatro patas, más
tarde con dos y después con tres?" Edipo dio la respuesta correcta, y
la Esfinge se mató. En recompensa, Creonte, regente de Tebas, le dio
por esposa a su hermana Yocasta, de la que Edipo tuvo dos hijos
(Eteocles y Polinices) y dos hijas (Antígona e Ismene). Pasaron los
años. Un día se abatieron sobre Tebas la peste y el hambre. El oráculo
declaró que los flagelos desaparecerían cuando el asesino de Layo fuera
expulsado de la ciudad. Edipo consultó a todos. Tiresias, el adivino
ciego, conocía la verdad, pero se negó a hablar. Finalmente, Edipo fue
informado de su destino por un mensajero de Corinto, quien le anunció
la muerte de Pólibo y le contó que él mismo había recogido en otro
tiempo a un niño de las manos de un pastor para dárselo al rey. Al
conocer la verdad, Yocasta se ahorcó. Edipo se perforó los ojos y se
exilió en Colono con Antígona; Creonte retomó el poder. En Edipo rey, Sófocles
sólo adapta una parte del mito (la relativa a los orígenes de Tebas) y
la vierte en el molde de la tragedia. Aunque Sigmund Freud no haya
dedicado ningún artículo al complejo de Edipo, Edipo rey (y
el complejo relacionado con el mito) está presente en toda su obra
desde 1897 hasta 1938. La figura de Edipo, por otra parte, aparece en
su pluma casi siempre asociada con la de Hamlet. También se la
encuentra en el trabajo de Otto Rank sobre el nacimiento del héroe
(novela familiar). En 1967, en el prefacio a un libro de Ernest Jones, Hamlet y Edipo, Jean Starobinski sostuvo que, si Edipo re - y era para Freud la tragedia del develamiento, Hamlet era
el drama de la represión: "Héroe antiguo, Edipo simboliza lo universal
del inconsciente disfrazado de destino; héroe moderno, Hamlet remite al
nacimiento de una subjetividad culpable, contemporáneo de una época en
la que se deshacía la imagen tradicional del Cosmos". Freud tenía plena
conciencia de esta diferencia, y en 1927 completó el tríptico: a la
tragedia antigua y el drama shakespeareano añadió un tercer tablero: Los hermanos Karamazov. Según
él, la novela de Fedor Dostoievski (1821-1881) es la más "Freudiana" de
las tres obras. En lugar de presentar un inconsciente disfrazado de
destino (Edipo), o una inhibición culpable, pone en escena, sin ninguna
máscara, la pulsión asesina en sí, es decir, el carácter universal del
deseo parricida: en efecto, cada uno de los tres hermanos está habitado
por el deseo de matar realmente al padre. En una carta a Wilhelm Fliess
del 15 de octubre de 1897, Freud interpretó por primera vez la tragedia
de Sófocles, haciendo de ella el punto nodal de un deseo infantil
incestuoso: "Yo he encontrado en mí y en todas partes sentimientos de
amor a mi madre y celos respecto de mi padre, sentimientos que, pienso,
son comunes a todos los niños pequeños, aunque su aparición no es tan
precoz como en quienes se convierten en histéricos (de manera análoga a
la «novelización» del origen en los paranoicos -héroes fundadores de
religiones-). Si esto es así, se comprende, a pesar de todas las
objeciones racionales que se oponen a la hipótesis de una fatalidad
inexorable, el efecto cautivante de Edipo rey [ ... ]. La leyenda
griega ha captado una compulsión que todos reconocen porque todos la
han experimentado. Cada espectador fue alguna vez, en germen,
imaginariamente, un Edipo, y lo horroriza la realización de su sueño
transpuesto a la realidad." En el Esquema del psicoanálisis, su
última obra, Freud reivindica la importancia de la leyenda descubierta
por él cuarenta años antes: "Creo que tengo derecho a pensar que si el
psicoanálisis sólo tuviera en su activo más que el descubrimiento del
complejo de Edipo reprimido, esto bastaría para ubicarlo entre las
nuevas adquisiciones preciosas del género humano". De modo que el mito
de Edipo apareció en la pluma de Freud en el momento mismo del
nacimiento del psicoanálisis (consecutivo al abandono de la teoría de
la seducción), para servir después como trama de todos los textos
Freudianos y de todos los debates de la antropología moderna en torno a
Tótem y tabú y la sexualidad femenina, desde Bronislaw
Malinowski hasta Geza Roheim, pasando por Karen Horney y Helene
Deutsch. En vísperas de su muerte, el propio Freud seguía atribuyéndole
un lugar soberano, al punto de que el psicoanálisis sería calificado
más tarde de "edípico", tanto por sus partidarios como por sus
adversarios. En psicoanálisis, la cuestión del Edipo puede abordarse de
dos maneras diferentes, según se adopte el punto de vista del complejo
(y por lo tanto de la clínica) o el punto de vista de la interpretación
del mito. La definición del complejo nuclear y de sus revisiones
sucesivas por el kleinismo, la Self Psychology y
el lacanismo es relativamente simple, mientras que la discusión
interpretativa se caracteriza por una gran complejidad. En efecto,
sobre el mito, la tragedia y la actualización de ambos por Freud se han
escrito centenares de obras. Según la tesis canónica, el complejo de
Edipo está ligado a la fase (estadio) fálica de la sexualidad infantil.
Aparece cuando el varón (hacia los dos o tres años) comienza a
experimentar sensaciones voluptuosas. Enamorado de la madre, quiere
poseerla, erigiéndose en rival del padre antes admirado. Pero también
adopta la posición inversa: ternura con el padre y hostilidad a la
madre. De modo que, al mismo tiempo que el Edipo, hay un "Edipo
invertido". Y estas dos posiciones (positiva y negativa) respecto de
cada progenitor son complementarias, y constituyen el Edipo completo
que Freud describió en El yo y el ello. El complejo
de Edipo desaparece con el complejo de castración: el varón reconoce
entonces en la figura paterna el obstáculo a la realización de sus
deseos. Abandona la investidura de la madre, y evoluciona hacia una
identificación con el padre que a continuación le permite otra elección
de objeto y nuevas identificaciones: se desprende de la madre
(desaparición el complejo de Edipo) para elegir un objeto del mismo
sexo que ella. A la formulación del Edipo, Freud añade la tesis de la
libido única, de esencia masculina, lo que crea una asimetría entre las
organizaciones edípicas femenina y masculina. Si el varón sale del
Edipo por angustia de castración, la niña entra en él por el
descubrimiento de la castración y la envidia del pene. En la niña, el
complejo se manifiesta en el deseo de tener un hijo del padre.
Contrariamente al varón, ella se desprende de un objeto del mismo sexo
(la madre) por otro de sexo diferente (el padre). No hay entonces un
paralelismo exacto entre Edipo masculino y su homólogo femenino. No
obstante, subsiste una cierta simetría, puesto que para los dos sexos
el apego a la madre es el elemento común y primero. A partir de la
reformulación por Karl Abraham (en 1924) de la teoría de los estadios,
Melanie Klein revisó totalmente la doctrina edípica de la escuela
vienesa, para poner en el foco las relaciones llamadas preedípicas, es
decir, anteriores al ingreso en el complejo. En la perspectiva
kleiniana, no existe una libido única, sino un dualismo sexual, y la
famosa relación triangular característica del Edipo Freudiano es
abandonada en beneficio de una estructura anterior y mucho más
determinante: la del vínculo que une a la madre y el hijo. En otros
términos, Klein cuestiona en Freud la idea de un corte entre un antes
no edípico (la madre) y un después edípico (el padre). Ella reemplaza
la organización estructural por una continuidad siempre activa: el
mundo angustioso de la simbiosis, de las imágenes introyectadas y de
las relaciones de objeto. En síntesis, un mundo arcaico y sin límites,
en el que la ley (paterna) no interviene. Así como el kleinismo
desplaza la cuestión del Edipo retrocediendo hacia estados anteriores,
los clínicos de la Self Psychology abandonan
en parte la problemática edípica para prestar atención al narcisismo y
los problemas que engendra. Desde mediados de la década de 1960,
numerosos comentadores señalaron que, entre los Freudianos
norteamericanos, el mito de Narciso estaba reemplazando a la antigua
mitología edípica. Esta evolución se confirmó con los trabajos de Heinz
Kohut. En 1953, Jaeques Lacan volvió a centrar la cuestión edípica en
la triangulación, sin dejar de tener en cuenta los aportes de la
escuela kleiniana. En el marco de su teoría del significante y de su
tópica (imaginario, real, simbólico), definió el complejo de Edipo como
una función simbólica: el padre interviene con la forma de la ley para
privar al niño de la fusión con la madre. En este enfoque, el mito
edípico atribuye al padre la exigencia de la castración: "La ley
primordial -escribió Lacan en 1953- es por lo tanto la que, regulando
la alianza, superpone el reino de la cultura al reino de la naturaleza
entregado a la ley del acoplamiento. De modo que esta ley se hace
conocer suficientemente como idéntica a un orden de lenguaje." Por otra
parte, la interpretación Freudiana de la tragedia de Sófocles ha
suscitado numerosas discusiones entre todos los especialistas en
mitología griega, sobre todo en Francia. En un artículo de 1967
titulado "Edipe sans complexe", Jean-Pierre Vernant, en oportunidad de
una controversia con Didier Anzieu, se rebeló contra las
interpretaciones salvajes y psicologizantes que él descubría en esa
época en los textos psicoanalíticos dedicados a Edipo. Tales
interpretaciones tendían en efecto a transformar al personaje de
Sófocles en un neurótico moderno, habitado por un complejo Freudiano.
Si bien Freud se había basado en Sófocles para elaborar su formulación
del complejo, los psicoanalistas -subrayó Vernant- habían terminado por
proyectar sus propios fantasmas edípicos sobre el mito y la tragedia.
Contra esta psicologización, Vernant propuso una nueva interpretación
de Edipo, más conforme a las representaciones de la mitología griega:
"Su destino excepcional -escribió en 1980-, la hazaña que le dio la
victoria sobre la Esfinge , lo ubicaron por encima de los otros
ciudadanos, más allá de la condición humana: semejante e igual a un
dios. Pero también, a través del parricidio y el incesto, que
consagraron su acceso al poder, lo expulsaron de la vida civilizada,
excluido de la comunidad de los hombres, reducido a nada, igual a la
nada. Los dos crímenes que cometió sin saberlo ni quererlo lo
convirtieron a él mismo en el adulto firme en sus dos pies, y en semejante al padre, que se ayudaba con un bastón, un anciano de tres pies, cuyo lugar tomó junto a Yocasta; semejante al mismo tiempo a sus pequeños hijos, que todavía se desplazaban en cuatro patas, y
de los que era tanto hermano como padre. Su falta inexpiable consistió
en mezclar en sí tres generaciones que debían sucederse sin confundirse
nunca ni superponerse en el seno de un linaje familiar." Este retrato
del verdadero Edipo griego no está en realidad muy lejos del Edipo
Freudiano, puesto que en Freud el complejo aparece ligado desde el
principio con el doble interrogante del deseo de incesto y de su
necesaria prohibición para que no se transgreda nunca el encadenamiento
de las generaciones. En 1972, en un hermoso libro de inspiración
reichiana, L'anti Edipe, Gilles Deleuze (1925~1995) y
Félix Guattari criticaron el edipismo Freudiano, que a sus ojos reducía
la libido plural de la locura (y de la esquizofrenia) a un encierro
familiarista de tipo burgués y patriarcal.