Diccionario de Psicología, letra F Formaciones del inconciente
(fr. formations de l'inconscient; ingl. unconscious formations; al. Bildungen des Unbewußten). Irrupciones
involuntarias en el discurso, que siguen procesos lógicos e internos al
lenguaje, y que permiten registrar el deseo. El sueño, el chiste o la
agudeza [en francés, «mot d'esprit», palabra ingeniosa, y «trait
d'esprit», rasgo de ingenio, respectivamente], el lapsus, el olvido de
nombre, el acto fallido, el síntoma en tanto depende del significante
-como metáfora significante-, todas estas formaciones tienen en común
provenir del mismo lugar tópico, a saber, «esa parte del discurso
concreto en tanto transindividual, que hace falta a la disposición del
sujeto para restablecer la continuidad de su discurso conciente» (J.
Lacan, Escritos, 1966). Se trata del «Otro, lugar de esa memoria que
Freud ha descubierto bajo el nombre de inconciente». No se trata de
encontrar el inconciente en alguna profundidad sino de registrarlo en
su pluralidad formal, allí donde, sin haberlo querido, algo se le
escapa al sujeto, un fonema, una palabra, un gesto, un sufrimiento
incomprensible que lo deja en lo inter-dicto [inter-dit: entre-dicho
/inter -dicción]. Con El chiste y su relación con lo inconciente
(1905), ayudado por numerosos ejemplos, Freud descubre y explicita
estas manifestaciones que hacen ruptura siguiendo procesos formales.
«Estos casos se dejan explicar por el encuentro, la interferencia de
las expresiones verbales de dos intenciones (...) En algunos de ellos,
una intención remplaza enteramente a otra (sustitución), mientras que
en otros casos se produce una deformación o modificación de una
intención por otra, con producción de palabras mixtas más o menos
dotadas de sentido». Sustitución y deformación, condensación y
desplazamiento, son dos mecanismos indicados ya por Freud en La
interpretación de los sueños de 1900. Desde 1953, en el Discurso de
Roma, Lacan presenta la metáfora y la metonimia como los dos polos
fundamentales del lenguaje; y en el Seminario V, 1957-58, «Las
formaciones del inconciente», hace una relectura del chiste. La
proposición principal es que el inconciente está estructurado como un
lenguaje: dos ejemplos de reestructuración de la cadena significante,
considerada ante todo desde el punto de vista formal, le permiten a
Freud seguir al deseo en su huella. El primer ejemplo es el de la
agudeza [trait d'esprit] tomada de una historia de H. He¡ne:
Hirsch-Hyacinthe, vendedor de lotería [y pedicuro al paso, razón esta
por la que habría sido recibido, según su relato, por Rothschild] de
pobre pasar, es recibido por Salomon. Rothschild, quien lo habría
tratado «totalmente de igual a igual, de una manera muy famillonaria».
Freud representa su ejemplo así: fami li ar mi lion ar fami lion ar
Favorecido por una homonimia parcial entre «milionär» y «familiän», el
mecanismo de la condensación hace surgir en este chiste la técnica del
significante. Se puede considerar la condensación como un caso
particular de la sustitución, por lo tanto de la metáfora, y a partir
del posicionamiento de las letras se ve aparecer la elisión, el resto y
el surgimiento del sentido. El otro ejemplo de Freud es del olvido de
nombre, que se puede considerar como la otra cara del primer ejemplo:
lo que es olvidado, en cierto modo un resto, va a hacer surgir toda una
cadena de nombres sustitutivos. En lugar del nombre olvidado,
Signorelli, autor de frescos que ilustran el Juicio Final, aparecen
Botticelli, Boltraffio, Trafoi. Por medio de la asociación libre, Freud
rescata lugares de viaje, de encuentros. Al final de la cadena
significante, Bosnia, luego Herzegovina, le dan a entender que, bajo
Signor, el Herr alemán (recuerdo de una conversación muy relacionada
con la muerte y la sexualidad) había permanecido interdicto, rechazado (Sobre el mecanismo psíquico de la desmemoria, 1898). La
dificultad de las definiciones retóricas de la metáfora y la metonimia
se pone aquí de relieve: en la condensación, una parte caída en el
subsuelo de la memoria permite producir una metáfora metonímica; en la
sustitución de nombres, metafórica, una cadena de nombres va a hacer
surgir la metonimia, significante del deseo imposible de decir. Dos
ejes han sido necesarios para los lazos de significante a significante:
el del paradigma, la sustitución, la metáfora; el del sintagma, la
concatenación, la contigüidad, la metonimia. «Es en efecto una
estructura única y homogénea la que encontramos en los síntomas, los
sueños, los actos fallidos, los chistes, y las mismas leyes
estructurales de condensación y desplazamiento: un proceso "atraído"
por el inconciente es estructurado según sus leyes. Pues bien, estas
son las mismas leyes que el análisis lingüístico nos permite reconocer
como los modos de engendramiento del sentido por la ordenación del
significante» (Lacan, Seminario V, 1957-58, «Las
formaciones del inconciente»). Algo se ha producido en la ordenación de
estos significantes, y plantea la cuestión de un sujeto que funcionaría
más allá de una pareja yo-otro. Para que el deseo alcance su objetivo,
es necesario ser tres: el que habla, aquel al que se habla y el Otro,
inconciente, que para hacerse oír trasforma el poco sentido en un
«pasaje-desentido» [juego de palabras lacaniano entre «peu de sens» y
«pas de sens»: «sin sentido» pero también literalmente legible como
«paso de sentido»], siendo el Otro, por lo tanto, ese lugar que
ratifica y complica el mensaje. «Es necesario que algo me haya sido
extraño en mi hallazgo para que encuentre en él mi placer, pero (...)
es necesario que permanezca así para que resulte» (Lacan, Escritos, 1966). El
deseo se expresa por medio de un resto metonímico alienado en una
demanda materializada por la cadena significante que estructura
nuestras necesidades. Una nueva composición significan -te produce
mensaje en el lugar del código: el surgimiento de un nuevo sentido es
la dinámica misma de la lengua. Esta dificultad del deseo para hacerse
oír nace del fenómeno intersubjetivo, momento en que el niño tiene que
vérselas con la represión originaria, primera metaforización, puesto
que debe renunciar a ser el objeto del deseo de la madre para advenir
como sujeto. «Así el símbolo se manifiesta en primer lugar como
asesinato de la cosa, y esta muerte constituye en el sujeto la
eternización de su deseo» . Lacan escribe todavía, a
propósito del síntoma: «Si, para admitir un síntoma en la
psicopatología psicoanalítica (...) Freud exige el mínimo de
sobredeterminación que constituye un doble sentido, símbolo de un
conflicto difunto más allá de su función en un conflicto presente no
menos simbólico, si nos ha enseñado a seguir en el texto de las
asociaciones libres la ramificación ascendente de este linaje
simbólico, para descubrir, en los puntos en que las formas verbales se
entrecruzan, los nudos de su estructura, queda totalmente claro que el
síntoma se resuelve enteramente en un análisis de lenguaje, porque él
mismo está estructurado como un lenguaje, porque es lenguaje cuya
palabra debe ser liberada» .