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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra G Genital (amor)


Diccionario de Psicología, letra G Genital (amor)

(fr. amour génital; ingl. genital love, al. genitale Liebe). Forma
del amor a la que llegaría el sujeto al término de su desarrollo
psicosexual. Una de las causas frecuentes para recurrir al análisis
reside en la dificultad, para el sujeto, de vivir su existencia
afectiva y sexual como él desearía. Las inhibiciones, las
insatisfacciones y las contradicciones experimentadas en este plano se
soportan cada vez menos en cuanto se considera que el mundo moderno
asegura a cada uno un derecho igual al disfrute, al goce. Freud, sin
embargo, ha destacado que este tipo de dificultades no es sólo
referible a las contingencias de la historia individual, sino que
reposa en escisiones inducidas por la estructura subjetiva misma, En su
artículo Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (1912),
señala el hecho bien conocido de que ciertos hombres sólo pueden desear
a mujeres que no aman. Aman a su mujer legítima -o, más generalmente, a
una mujer idealizada- y desean a mujeres que ven como degradadas; por
ejemplo, las prostitutas. Freud explica esta escisión por el hecho de
que la mujer amada, demasiado próxima a la madre, se encuentra
prohibida. En cuanto a las mujeres, agrega Freud, si bien se observa
menos en ellas la necesidad de tener un objeto sexual rebajado, la
sensualidad a menudo permanece ligada para ellas a la condición de lo
prohibido, o al menos del secreto. Sin embargo, Freud menciona también,
siempre en el mismo artículo, lo que sería una «actitud completamente
normal en el amor», actitud en la que vendrían a unirse la corriente
sensual y la corriente tierna. ¿Podría entonces el psicoanálisis
prometer, tanto al hombre como a la mujer, una armonía del deseo y del
amor? Esto es lo que se ha creído poder teorizar bajo el nombre de amor genital. M. Balint es sin duda el autor que ha propuesto el análisis más elaborado sobre este punto (Amor primario y técnica psicoanalítica). El
amor genital, para él, se define ante todo en términos negativos.
Estaría depurado de todo rasgo pregenital, ya se trate de rasgos orales
(avidez, insaciabilidad, etc.), de rasgos sádicos (necesidad de
humillar, de mandar, de dominar al compañero), de rasgos anales
(necesidad de ensuciarlo, de despreciarlo por sus deseos y placeres
sexuales), como también de particularidades en las que se hacen sentir
los efectos de la fase fálica o del complejo de castración. Debe
notarse, sin embargo, que este despojamiento le parece difícilmente
concebible. ¿Puede arriesgarse entonces una definición positiva? El
amor genital, en tanto fase cumplida de una evolución, supondría una
relación armoniosa entre los participantes, y esto, para Balint,
necesita de un trabajo de conquista más un trabajo de adaptación que
tengan en cuenta los deseos del otro. Pero Balint reconoce que la
acomodación a la realidad del otro no puede ser la última palabra del
amor genital. «Ciertamente -escribe-, el coito es al principio un acto
altruista; pero, a medida que la excitación crece, la atención acordada
al compañero disminuye, de tal suerte que al final, durante el orgasmo
y los momentos que lo preceden, los intereses del compañero se olvidan
totalmente». Hay, sin embargo, una última paradoja. Para Balint, en el
momento mismo en que el sujeto se encuentra arrastrado por una
satisfacción que sólo le concierne a él, puede experimentar el
sentímiento de una armonía perfecta, la de gozar del placer supremo
juntamente con su compañero, La teoría del amor genital ha tenido un
papel nada despreciable en el psicoanálisis: llegar a él ha podido
aparecer como uno de los objetivos concebibles de la cura. Pero hay que
señalar que Balint no explicita verdaderamente esta «convicción de
estar unido al compañero en una armonía completa». De ahí que parezca
más ligada a una representación imaginaria del amor como reciprocidad
que a lo que se presenta de hecho en el acto sexual. Freud, en cierto
modo, refutaba por adelantado la teoría de Balint cuando consideraba
«la posibilidad de que algo en la naturaleza misma de la pulsión sexual
no sea favorable a la realización de la plena satisfacción». Para ello
se fundaba en la diferencia entre el objeto originario y el objeto
final de la pulsión, debido a la barrera del incesto, y también en el
hecho de que la pulsión sexual se constituye desde un gran número de
componentes que no pueden ser integrados todos en la configuración
ulterior. Del mismo modo, Lacan ha podido subrayar que «en el hombre
(...) las manifestaciones de la pulsión sexual se caracterizan por un
desorden eminente. No hay nada allí que se adapte». Esta inadaptación,
indudablemente, debe ser referida, en última instancia, a la posición
distinta de los hombres y las mujeres en la sexuación.

Al.: genitale Liebe. Fr.: amour génital. Ing.: genital love. It.: amore genitale. Por.: amor genital. Término
frecuentemente utilizado en el lenguaje psicoanalítico contemporáneo
para designar la forma de amor a la que llegaría el sujeto al completar
su desarrollo psicosexual, lo que supone no solamente la entrada en la
fase genital, sino también la superación del complejo de Edipo. La
expresión «amor genital» no se encuentra en los trabajos de Freud. En
cambio, sí se halla la idea de una forma completa de la sexualidad e
incluso de una «actitud completamente normal en el amor» ( 1 a ), en la cual confluyen la corriente de la sensualidad y la de la «ternura» (Zärtlichkeit). Su separación
viene ilustrada, según Freud, por el ejemplo, trivial en clínica
psicoanalítica, del hombre incapaz de desear a la mujer que ama (a la
cual idealiza) ni amar a la que desea (prostituta). La evolución de la
corriente sensual, descrita en los Tres ensayos sobre la teoría sexual (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905) conduce a la organización genital: con
la pubertad «[...] aparece un nuevo fin sexual, a cuya realización
contribuyen todas las pulsiones parciales, mientras que las zonas
erógenas se subordinan a la primacía de la zona genital [...]. La
pulsión sexual se pone ahora al servicio de la función de
reproducción». En cuanto a la ternura Freud hace remontar su origen a
la relación primitiva del niño con la madre, a la elección de objeto
primaria, en la cual la satisfacción sexual y la satisfacción de las
necesidades vitales funcionaban indisolublemente en apoyo (véase: Ternura). M. Balint, en un artículo dedicado al amor genital , hace observar que se habla del mismo sobre todo en términos negativos, de igual modo que para la fase post-ambivalente de
Abraham, que se define fundamentalmente por la ausencia de rasgos de
las fases anteriores. Si se intenta definir positivamente el amor
genital, resulta difícil escapar a los criterios normativos e incluso a
un lenguaje claramente moralizante: comprensión y respeto del otro,
ofrecimiento ideal del matrimonio, etc. El concepto de amor genital,
desde el punto de vista de la teoría psicoanalítica, plantea cierto
número de preguntas y observaciones: 1) La satisfacción genital (la del
sujeto, del compañero o recíproca) no implica en modo alguno la
existencia de amor. Y a la inversa, ¿no supone el amor un lazo que
sobrevive a la satisfacción genital? . 2) Una
concepción psicoanalítica del amor, aunque excluya toda referencia
normativa, no debe ignorar lo que el psicoanálisis ha descubierto sobre
la génesis del amor: - en cuanto a la relación de objeto:
incorporación, control, unión con el odio; - en cuanto a los modos de
satisfacción pregenitales, con los que se halla indisolublemente
mezclada la satisfacción genital; - en cuanto al objeto: el «pleno amor
de objeto» del que habla Freud ¿no va siempre marcado por el narcisismo
originario, tanto si se trata del tipo de elección objetal anaclítica
como del tipo de elección objetal propiamente narcisista? No olvidemos
que es «la vida amorosa del género humano» la que proporcionó a Freud
un motivo para introducir el concepto de narcisismo. 3) La utilización
actual del término «amor genital» se acompaña a menudo de la idea de
una satisfacción completa de las pulsiones, e incluso de la resolución
dé todo conflicto (se ha llegado a escribir: «La relación genital, para
decirlo de una vez, carece de historia»). A esta concepción se opone
indiscutiblemente la teoría freudiana de la sexualidad; véanse, por
ejemplo, las siguientes líneas: «Hemos de contar con la posibilidad de
que exista, en la naturaleza misma de la pulsión sexual, algo
desfavorable a la realización de la satisfacción completa» . 4)
De un modo general, con el término «amor genital», ¿no se confunden
varios planos cuya concordancia no está garantizada: el del desarrollo
libidinal, que debe conducir a la síntesis de las pulsiones parciales
bajo la primacía de los órganos genitales; el de la relación de objeto,
que supone la superación del Edipo; y, finalmente, el del encuentro
singular? Por lo demás, sorprende que los autores que invocan el amor
genital no escapan a la siguiente contradicción: el objeto de amor se
concibe a la vez como intercambiable (puesto que lo
«genital» encuentra necesariamente un objeto amoroso) y único (dado que
lo «genital» toma en consideración la singularidad del otro).