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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra I Identidad sexual [o de género]


Diccionario de Psicología, letra I Identidad sexual [o de género]

(fr. identité sexuelle; ingl. gender identity; al. sexuelle Identität). Hecho
de reconocerse y de ser reconocido como perteneciente a un sexo. Sexo e
identidad sexual. El concepto de «identidad sexual», introducido por R.
Stoller en 1968, busca establecer una distinción
entre los datos biológicos, que hacen objetivamente de un individuo un
macho o una hembra, y los psicológicos y sociales, que lo instalan en
la convicción de ser un hombre o una mujer. Por eso, la traducción de gender identity como «identidad sexual» no es muy feliz, ya que elimina en parte la oposición, buscada por Stoller, entre sex y g ender, quedando reservado sex para
el sexo biológico, La determinación de este depende de cierto número de
factores lisicos, objetivamente medibles, que son el genotipo (XX
hembra y XY macho), el dosaje hormonal, la constitución de los órganos
genitales externos e internos y los caracteres sexuales secundarios. La
suma de estos elementos desemboca, en la mayoría de los casos, en una
determinación global «macho» o «hembra» no equívoca, aun cuando en
todos los seres humanos, incluso en este nivel, existe una cierta
bisexualidad debida a la indiferenciación original del embrión. Se
encuentran así hormonas masculinas y femeninas, en proporciones
diferentes, en individuos de los dos sexos, de igual modo como se
reconoce en los órganos masculinos y femeninos el resultado de la
evolución o de la involución de los mismos órganos originales. En
algunos casos se presentan anomalías fisiológicas que van de la
aberración cromosómica a la ambigüedad de los atributos anatómicos.
Aquellas producen situaciones de intersexualidad señaladas hace mucho
tiempo bajo el término vago de hermafroditismo, que
fueron las primeras en suscitar cuestiones de orden psicológico sobre
la identidad sexual, por los problemas evidentes que tales anomalías
plantean en cuanto a la atribución del sexo. Las anomalías biológicas.
Sin embargo, estos datos biológicos sólo intervienen parcialmente en lo
que constituye el núcleo de la identidad sexual. En efecto, se ha
podido comprobar que, en los casos de anomalías fisiológicas, ocurrían
los más diversos desarrollos de la identidad sexual, según la manera en
que había reaccionado el entorno del niño. Uno de los ejemplos más
impresionantes expuestos por Stoller es el del desarrollo de una
identidad sexual femenina normal en una persona XO, o sea, neutra en el
plano cromosómico, desprovista por lo tanto de útero y de actividad
hormonal femenina, por el hecho de que, desde su nacimiento, sus padres
la habían reconocido sin dudar como a una niña. Por el contrario, en
casos en los que el carácter anormal de los órganos genitales externos
provoca perplejidad e inquietud en los padres, la cuestión de su sexo
se planteará al niño de un modo problemático, y en cada caso la
evolución dependerá de la historia singular del sujeto. Este género de
observaciones justifica por sí solo la concepción según la cual el
elemento principal en la constitución de la identidad sexual es de
orden psicológico. Pero los casos más interesantes son sin embargo
aquellos en los que no se presenta ninguna anomalía de orden biológico
y que plantean igualmente un problema de identidad sexual. Justamente a
partir de casos de ese género, S. Freud, en Tres ensayos de teoría sexual (1905), pudo
afirmar que gran parte de lo que se llama sexualidad se determina para
cada uno por experiencias de la vida infantil y, por lo tanto, no
depende sólo de la herencia y de los factores orgánicos, lo que le
permitió distinguir, en particular respecto de la homosexualidad
femenina (1920), los caracteres sexuales físicos de
los caracteres sexuales psíquicos. El transexualismo. La ilustración
más demostrativa de esta disociación entre lo biológico y lo psíquico
es ofrecida por los transexuales. Ellos son en efecto individuos que no
presentan ninguna anomalía biológica o incluso simplemente anatómica y
que, admitiendo la realidad de su anatomía sexual, tienen al mismo
tiempo la convicción de pertenecer al otro sexo. Se presentan como «una
mujer en un cuerpo de hombre» o, más raramente, a la inversa, y la
mayoría de las veces reclaman la «rectificación» quirúrgica de su
anatomía en el sentido de lo que consideran su identidad profunda. Para
cernir la cuestión que plantean, conviene distinguirlos de muchos otros
casos con los cuales se exponen a ser confundidos. En primer lugar, no
se identifican con el otro sexo de manera inconciente, en sus sueños o
en algunos de sus comportamientos, es decir que su reivindicacion no se
presenta bajo la forma propia de la neurosis. Por otra parte, tampoco
hay que confundirlos con los travestis fetichistas, que gozan
precisamente de la presencia de su pene bajo las vestimentas femeninas
y por lo tanto no ponen para nada en cuestión su identidad masculina.
Tampoco son, por último, homosexuales afeminados, los que, aunque
jueguen a veces el papel de una mujer hasta el punto de llegar a
travestirse, lo hacen como una parodia y le reservan a su pene un papel
esencial en su vida sexual. Sólo los transexuales exigen la ablación
del órgano viril a fin de hacer a su cuerpo acorde con el sexo cuya
identidad reivindican. Constituyen por lo tanto una entidad singular,
que plantea problemas totalmente específicos. En efecto, las
observaciones de transexuales, hoy numerosas, si bien aclaran la
génesis de esta problemática, conducen generalmente a una
interpretación que no deja de plantear preguntas que repercuten sobre
toda la teoría de la identidad sexual. Formación de la identidad
transexual. La primera comprobación es que los transexuales, aunque
deseados como varones, reconocidos sin equívoco y bien aceptados como
tales, presentan desde su primera infancia un comportamiento femenino,
tanto en sus elecciones de vestimenta, sus juegos, como en sus gestos,
sus entonaciones de voz y su vocabulario. Por otra parte, sus madres
son descritas con ciertas características comunes, como haberse casado
tarde y sin entusiasmo con hombres que casi no cuentan y se ausentan
mucho, haber tenido con sus hijos una relación de proximidad física muy
estrecha mucho más tiempo de lo que es habitual y, por último, no
oponer ninguna objeción, sino más bien todo lo contrario, a las
conductas femeninas de sus hijos. Esta relación es calificada por
Stoller de «simbiótica», pero la distingue de la que une a la madre del
esquizofrénico con su hijo en que no existiría aquí ninguna fuente de
sufrimiento, ningún double bind, sino simplemente la instalación sin
conflicto de una identidad femenina durante el período preedípico por
un proceso de identificación que la madre induce y del que estaría
excluida toda problemática fálica. Una teoría antifreudiana. Se ve por
lo tanto que la teoría de Stoller es claramente antifreudiana en este
punto. El origen de la identidad sexual queda situado, en efecto, para
él, entre el año y medio y los dos años, independientemente de los
complejos de Edipo y de castración. De acuerdo con las posiciones de K.
Horney y E. Jones, considera obsoleta la concepción de una libido única
y, por consiguiente, del carácter fundante y central del falo para los
dos sexos. Además de que el uso que hace del término falo
no indica claramente que haya captado el alcance que tiene en Freud,
esta toma de posición tiene como consecuencia, en lo concerniente al
transexualismo, hacer imposible su definición en tanto estructura
patológica. No puede ser ni una neurosis ni una perversión, puesto que
esta estructura es anterior a la problemática edípica, y sin embargo
tampoco es una psicosis, puesto que el transexualismo se instala sin
conflicto y sin doble vínculo, punto de vista confirmado a sus ojos por
la comprobación de que las capacidades de integración social de estos
pacientes permanecen intactas. Este último punto plantea sin embargo un
problema serio porque no deja de traer consecuencias para la conducta a
sostener con relación a la demanda de intervención quirúrgica hecha por
los transexuales. Siguiendo la lógica del razonamiento de Stoller, no
se ve en efecto por qué se rechazaría esta demanda, ya que no es ni
neurótica ni perversa ni psicótica, ni por qué una identidad transexual
bien anclada no encontraría una solución benéfica en la cirugía. Pero
el propio Stoller no extrae estas conclusiones de su teoría. Por el
contrario, siempre se opuso firmemente a estas intervenciones, forzado
a reconocer por experiencia que el curso posterior de estas operaciones
está lejos de presentar el carácter idílico con el que sueñan los
transexuales y sus cirujanos. Incluso observa que los transexuales
operados continúan inevitablemente su búsqueda de otros objetivos cada
vez más inaccesibles. ¿Qué conclusiones se pueden extraer de estas
contradicciones? Identidad sexual e inconsciente. Sin duda la
definición de la psicosis que Stoller invoca es insuficiente para
responder a la cuestión que plantea el transexualismo. Va a la par de
la manera simplista con la que concibe la problemática fálica. En
efecto, mientras reconoce que algunas madres de estos transexuales se
comportan con su hijo como si fuese una parte de su cuerpo -llega a
decir su falo-, a falta de la distinción necesaria entre castración
imaginaria, real y simbólica no puede extraer de esta comprobación la
consecuencia que se impone, a saber, que instalan así, por el hecho
mismo de la ausencia en ellas del deseo de un hombre que venga a
separarlas de su hijo, una situación propicia a la eclosión de la
psicosis. Este niño, privado entonces de castración simbólica, sólo
podrá ser el falo imaginario de su madre, lo que excluirá para él que lo pueda tener. Problemática que planteará de allí en adelante siempre en estos términos: ser, al precio de una castración real, no una mujer entre otras, sino la Mujer
, la que, como lo comprobará dolorosa e interminablemente «en carne
propia», no existe. Para el presidente Schreber también era «algo
singularmente bello ser una mujer», pero, y esto es lo que signa a la
psicosis, se trataba de ser la mujer de Dios. Esta dificultad que
suscita ejemplarmente la comprensión del transexualismo repercute
evidentemente en el concepto de identidad sexual en su conjunto, por el
hecho esencial de la insuficiencia de sus referencias analíticas. Es
así como Stoller, a pesar de sus propias reticencias ante un término
tan impreciso, se ve obligado a recurrir a una «fuerza biológica»,
junto a los datos fisiológicos y psicológicos, para dar cuenta de
ciertas aberraciones del comportamiento que estos últimos no alcanzan a
explicar. Por ejemplo, el caso de una niña que, con una madre según él
perfectamente femenina, se conducía, desde su más tierna infancia, como
un varón, es decir, con impetuosidad, brutalidad y violencia, sólo se
podía atribuir, en su opinión, a una «fuerza biológica» masculina. Se
ve allí, sin entrar más en detalles, hasta qué punto este abordaje,
basado esencialmente en la observación de los comportamientos y la
referencia a modelos sociológicos, es insuficiente para dar cuenta de
estos problemas de identidad sexual. Lo que le falta, sin duda, es la
dimensión, propiamente psicoanalítica, del inconciente, que parece
haberse perdido después de Freud en los desarrollos anglosajones de su
enseñanza, en provecho de una psicología del yo, a la que la expresión
identidad sexual remite bien claramente.