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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra I Identificación


Diccionario de Psicología, letra I Identificación

s. f. (fr. ideniffication; ingl. identffication; al. Identifizierung).
Proceso por el cual un individuo se vuelve semejante a otro, en su
totalidad o en parte; distinguimos, con Lacan, las identificaciones
imaginarias constitutivas del yo [moi] y la identificación simbólica
fundante del sujeto. La identificación en Freud. «¿A quién copia con
eso?» le pregunta Freud a Dora con ocasión de sus dolores agudos de
estómago. Se entera entonces de que Dora ha visitado la víspera a sus
primas y que, habiéndose comprometido la menor, la mayor empezó a
sufrir del estómago, cosa que Dora imputa inmediatamente a los celos.
Freud nos dice entonces que Dora se identifica con su prima. Toda la
distancia que separa la noción de imitación de la noción de
identificación, en el sentido que le da Freud, se encuentra aquí
ilustrada. La pregunta de Freud a Dora pone de relieve, tras el sentido
intuitivo y familiar que parasita habitualmente el uso del término
identificación, aquello que hace que su empleo sea irrisorio o
extremadamente difícil. En este texto, Freud usa el término
identificación sólo en un sentido descriptivo y, en las páginas
siguientes, cuando expone su concepción de la formación del síntoma,
recurre a dos elementos ya conocidos: la complacencia somática y la
representación de un fantasma de contenido sexual. Sólo tardíamente,
con el cambio de su doctrina hacia 1920, Freud va a poner en primer
plano la identificación, sin llegar sin embargo a otorgarle
verdaderamente su estatuto. En todo caso, es el punto alrededor del
cual se ordena la totalidad del texto de Psicología de las masas y
análisis del yo (1921). El capítulo VII le está especialmente dedicado;
Freud describe en él tres formas de la identificación. La segunda y la
tercera forma son establecidas por Freud a partir de ejemplos clínicos
de síntomas neuróticos. La segunda identificación da cuenta del síntoma
por medio de una sustitución por el sujeto, ya sea de la persona que
suscita su hostilidad, ya sea de la persona que es objeto de una
inclinación erótica. El ejemplo, en el segundo caso, es justamente la
tos de Dora. A propósito de este segundo tipo de identificación, Freud
insiste en su carácter parcial (höchst beschränkt, extremadamente
limitado) y emplea la expresión einziger Zug (Véase rasgo
unario), que servirá de punto de partida a Lacan para un uso mucho más
amplio. A la tercera identificación, llamada histérica, Freud la
denomina «identificación por el síntoma» y la motiva en el encuentro de
un elemento análogo y reprimido en los dos yoes en cuestión, Dos
observaciones pueden hacerse. La identificación se describe aquí como
el empréstito de un elemento puntual que se toma de otra persona,
detestada, amada o indiferente, y que explica una formación
sintomática. Nada se opone a que este empréstito sea tal que no
determine ninguna contrariedad para el sujeto. Por lo demás, Freud nos
dice en otros textos que el yo está constituido en gran parte por este
tomar prestado, lo que implica darle el valor de una formación
sintomática. Los dos factores constituyentes del síntoma mencionados al
principio, la complacencia somática y la representación de un fantasma
inconciente, han desaparecido. Lo que en cambio se mantiene aquí, en
cierta manera, es el carácter de compromiso que permite la satisfacción
pulsional en forma disfrazada. La forma de identificación descrita en
primer lugar por Freud es la más enigmática. ¿Qué sentido dar en efecto
a la fórmula: el lazo afectivo más antiguo con otra persona, puesto
que, justamente, todavía no hay objeto constituido en el sentido de la
doctrina? ¿De qué orden es este padre que el varón constituye como su
ideal, cuando en una nota de la obra El yo y el ello (1923)
Freud dice que se trata de los padres en el momento en que la
diferencia de los sexos todavía no ha entrado en consideración? Nada
sexual interviene aquí, puesto que no hay nada «pasivo ni femenino». Se
trata, incontestablemente, de algo que es primario y que nos es dado
como la condición del establecimiento del Edipo, sin la cual el sujeto
no podría siquiera acceder a esta problemática. Según Freud, su devenir
en el sujeto puede llegar a aclarárnoslo. Esta primera identificación
es, ante todo, el superyó, y «guardará durante toda su vida el carácter
que le confiere su origen en el complejo paterno». Simplemente será
modificado por el complejo de Edipo y no podrá «renegar de su origen
acústico». La pregunta que entonces se plantea es si hay o no una
relación entre esta identificación y las otras dos, que se
distinguirían sólo por la naturaleza libidinal o no de la relación con
el objeto inductor. En la aplicación que hace a la constitución de una
masa, Freud mantiene una separación, ya que, habiendo remplazado el
mismo objeto el ideal del yo de cada uno de los miembros de la masa, se
va a poder manifestar entre ellos la identificación del tercer tipo.
Por lo tanto, hay aquí, bajo la misma denominación, dos modalidades que
conviene mantener distinguidas. Esta posición se confirma en El yo y el ello, cuando
Freud hace depender las identificaciones constitutivas del yo del ideal
del yo. En el uso que hace Freud de las identificaciones sucesivas en
el curso de las diversas situaciones clínicas, la diferencia se
acentúa. El ideal del yo conserva inmutable su carácter original, pero
las otras formas de identificación mantienen relaciones problemáticas
con el investimiento objetal. La identificación sucede a un
investimiento objetal al que el sujeto debe renunciar, renunciamiento
que en la realidad va de la mano con su mantenimiento en el
inconciente, que asegura la identificación. Así sucede, según Freud, en
el caso de la homosexualidad masculina. Pero en otra parte, en Duelo y melancolía, Freud
presenta la identificación como el estadio preliminar de la elección de
objeto. Así sucedería en la melancolía, en la que Freud da a lo que
llama «el conflicto ambivalente» un papel más esencial que al fenómeno
identificatorio, como luego lo hará también en la paranoia de
persecución, donde la trasformación paranoica del amor en odio es
justificada por el «desplazamiento reactivo del investimiento» a partir
de una ambivalencia de fondo. Pero de lo que se trata aquí para Freud
es de excluir el pasaje directo del amor al odio, es decir, de mantener
la validez de la hipótesis que acaba de formular recientemente
oponiendo a los instintos sexuales el instinto de muerte. El punto que
aquí importa es esa especie de reversibilidad, de concomitancia en este
caso, entre la identificación y el investimiento de objeto, que parece
surgir de la lectura de Freud. Ciertamente, Freud repite con
insistencia que es importante mantener la distinción: la identificación
es lo que se quisiera ser, el objeto, lo que se quisiera tener. Y por
supuesto, el hecho de instituir dos nociones distintas no excluye a priori que
se puedan hacer valer relaciones entre ellas, pasajes de una a otra. De
todos modos, una dificultad subsiste en cuanto a la noción de
identificación, porque el propio Freud hizo renuncia explícita a
«elaborarla metapsicologicamente», pero al mismo tiempo le mantuvo una
función importante. Lo que parece más seguro es la diferencia radical
entre la primera identificación, surgida del complejo paterno, y las
otras, cuya función principal parece ser resolver la identificación
fijándola a una tensión relacional con un objeto. Esto es lo que surge
de todo el andamiaje identificatorio por el cual el yo se constituye y
ve definir su carácter. Se puede admitir que aquí se encuentra esbozado
aquello que servirá de punto de partida a Lacan. Una de las tesis de El yo y el ello es
que el yo se construye tomando del ello la energía necesaria para
identificarse con los objetos elegidos por el ello, realizando así un
compromiso entre las exigencias pulsionales y el ideal del yo, y
confesando su naturaleza de síntoma. Es decir, esto implica, al mismo
tiempo, el carácter fundamentalmente narcisista de la identificación y
la necesidad de encontrar para el ideal del yo un estatuto que lo
distinga radicalmente. La identificación en Lacan. Es notable que el
término identificación sea retomado por Lacan desde el principio de su
reflexión teórica puesto que la tesis concerniente a la fase del espejo
(1936) se ve llevada a concluir en la asunción de la imagen especular
como fundadora de la instancia del yo. El yo ve así asegurado
definitivamente su estatuto en el orden imaginario. Esta identificación
narcisista originaria será el punto de partida de las series
identificatorias que constituirán el yo, siendo su función la de
«normalización libidinal». La imagen especular, finalmente, formará
para el sujeto el umbral del mundo visible. Sólo mucho después Lacan
introducirá la distinción esencial entre yo ideal e ideal del yo,
necesaria para una lectura coherente de Freud, ya que la proximidad de
las dos expresiones enmascara muy fácilmente su naturaleza
fundamentalmente diferente, imaginaria para la primera, simbólica para
la segunda. Pero sólo con el seminario enteramente dedicado a la
identificación (1961-62), Lacan intenta hacer valer las consecuencias
más radicales de las posiciones de Freud. La identificación se
considera allí como «identificación de significante», lo que su
oposición a la identificación narcisista permite situar
provisionalmente. La verdadera cuestión, y que se plantea desde el
comienzo mismo, es decir cómo conviene entender cada uno de los dos
términos, identificación y significante. En la medida en que estamos
frente a algo fundamental en cuanto al ordenamiento correcto de la
experiencia, no nos sorprende que el procedimiento sea aquí de tipo
«logicizante». El significante está en la lengua en el cruce de la
palabra y del lenguaje, cruce que Lacan llama «lalengua» [«lalangue»,
un poco en parodia del diccionario Lalande, y sobre todo para
distinguir el idioma encarnado en los hablantes de la lengua de los
lingüistas], El significante connota la diferencia en estado puro; la
letra que lo manifiesta en la escritura lo distingue radicalmente del
signo. Ante todo conviene recordar, sin lo cual la elaboración de Lacan
sería imposible o insostenible, que el sujeto resulta «profundamente
modificado por los efectos de retroacción del significante implicados
en la palabra». Como lo propone Lacan, hay que partir del ideal del yo
considerado como punto concreto de identificación del sujeto con el
significante radical. Por el hecho de que habla, el sujeto avanza en la
cadena de los enunciados que definen el margen de libertad que se
dejará a su enunciación. Esta elide algo que no puede saber, el nombre
de lo que es como sujeto de la enunciación. El significante así elidido
tiene su mejor ejemplificación en el «rasgo unario», y esta elisión es
constituyente para el sujeto. «Dicho de otra manera, si alguna vez el
sujeto, como es su objetivo desde la época de Parménides, llega a la
identificación, a la afirmación de que es lo mismo pensar que ser, en
ese momento se verá él irremediablemente dividido entre su deseo y su
ideal». Queda así constituida una primera morfología subjetiva que
Lacan simboliza con la ayuda de la imagen del toro, donde el sujeto,
representado por un significante, se encuentra en posición de
exterioridad con relación a su Otro, en el que quedan reunidos todos
los otros significantes. Va a poder inaugurarse entonces, bajo el
efecto del automatismo de repetición, la dialéctica de las demandas del
sujeto y del Otro, la que incluye de entrada al objeto del deseo.

Identificación Al.: Identifizierung. Fr.: identification. Ing.: identification. It.: identificazione. Por.: identicação. Proceso
psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una
propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente,
sobre el modelo de éste. La personalidad se constituye y se diferencia
mediante una serie de identificaciones. 1.° Dado que la palabra «
identificación » forma parte tanto del lenguaje corriente como del
lenguaje filosófico, conviene precisar ante todo, desde un punto de
vista semántico, los límites de su utilización en el vocabulario del
psicoanálisis. El substantivo identificación puede tomarse en un sentido transitivo, correspondiente al verbo identificar, o en un sentido reflexivo, correspondiente al verbo identificarse. Esta
distinción se encuentra en los dos sentidos del término que diferencia
Lalande: A) «Acción de identificar, es decir, de reconocer como
idéntico; ya sea numéricamente, como por ejemplo "la identificación de
un criminal", ya sea en su naturaleza, como por ejemplo cuando se
reconoce un objeto como perteneciente a una determinada clase o también
cuando se reconoce una clase de hechos como asimilable a otra [...].»
B) «Acto en virtud del cual un individuo se vuelve idéntico a otro, o
en virtud del cual dos seres se vuelven idénticos (en pensamiento o de
hecho, totalmente o secundum quid)». Estas dos
acepciones se encuentran en Freud. Éste describe como típico del
trabajo del sueño el proceso que traduce la relación de similitud, el
«como si», por la substitución de una imagen por otra o
«identificación». Esto corresponde ciertamente al sentido A) de
Lalande, pero la identificación no posee aquí un valor congnitivo:
constituye un proceso activo que reemplaza una identidad parcial o una
similitud latente por una identidad total. Pero el término, en su
empleo psicoanalítico, corresponde principalmente al sentido de «
identificarse ». 2.° La identificación (en el sentido de identificarse)
reúne en su empleo corriente toda una serie de conceptos psicológicos,
tales como: imitación, Einfühlung (empatía),
simpatía, contagio mental, proyección, etcétera. Para aclarar las
ideas, se ha propuesto distinguir en este campo, según el sentido en
que se efectúa la identificación, entre una identificación heteropática
(Scheler) y centrípeta (Wallon), en la cual es el sujeto quien
identifica su propia persona a otra, y una identificación idiopática y
centrífuga en la que el sujeto identifica al otro con la propia
persona. Por último, en los casos en que coexisten ambos movimientos,
nos hallaríamos en presencia de una forma de identificación más
compleja, invocada en ocasiones para explicar la formación del
«nosotros». El concepto de identificación ha adquirido progresivamente
en la obra de Freud el valor central que más que un mecanismo
psicológico entre otros, hace de él la operación en virtud de la cual
se constituye el sujeto humano. Esta evolución cursa paralelamente al
hecho de situar en primer plano el complejo de Edipo en sus efectos
estructurales, así como a la modificación aportada por la segunda
teoría del aparato psíquico, en la cual las instancias que se
diferencian a partir del ello vienen definidas por las identificaciones
de las cuales derivan. Sin embargo, la identificación fue utilizada muy
pronto por Freud, sobre todo en relación con los síntomas histéricos.
Los hechos llamados de imitación, de contagio mental, se conocían
ciertamente desde mucho tiempo antes, pero Freud va más lejos al
explicarlos por la existencia de un elemento inconsciente común a las
personas entre las que se produce el fenómeno: «[...] la identificación
no es una simple imitación, sino una apropiación basada en la
presunción de una etiología común; expresa un "como si" y se refiere a
un elemento común que existe en el inconsciente . Este
elemento común es un fantasma: así la paciente agorafóbica se
identifica inconscientemente con "una mujer de la calle", y su síntoma
constituye una defensa contra esta identificación y contra el deseo
sexual que ella supone». Por último, Freud observa muy pronto que
pueden coexistir varias identificaciones: «[...] el hecho de la
identificación autoriza quizás a un empleo literal de la expresión:
pluralidad de las personas psíquicas» . Ulteriormente
la noción de identificación se enriqueció con diversas aportaciones:
1.° El concepto de incorporación oral fue establecido durante los años
1912-1915 (Tótem y tabú [Totem und Tabu], Duelo y melancolía [Trauer und Melancholie]). Freud
muestra especialmente su función en la melancolía, en la cual el sujeto
se identifica según un modo oral con el objeto perdido, por regresión a
la relación objetal típica de la fase oral (véase: Incorporación; Canibalístico). 2." Se establece el concepto de narcisismo. En Introducción al narcisismo (Zur Einführung des Narzissmus, 1914)
Freud inicia la exposición de la dialéctica que enlaza la elección
objetal narcisista (el objeto se elige sobre el modelo de la propia
persona) con la identificación (el sujeto, o alguna de sus instancias,
se constituyen según el modelo de sus objetos anteriores: padres,
personas del ambiente). 3.° Los efectos del complejo de Edipo en la
estructuración del sujeto se describen en términos de identificación:
las catexis sobre los padres son abandonadas y substituidas por
identificaciones. Una vez establecida la fórmula generalizada del
Edipo, Freud muestra que estas identificaciones forman una estructura
compleja, en la medida que el padre y la madre son, cada uno de ellos,
a la vez objeto de amor y de rivalidad. Por lo demás, es probable que
la presencia de esta ambivalencia con respecto al objeto sea esencial
para la constitución de toda identificación. 4. La elaboración de la
segunda teoría del aparato psíquico viene a demostrar el
enriquecimiento y la importancia creciente del concepto de
identificación: las instancias de la persona ya no se describen en
términos del sistema donde se inscriben imágenes, recuerdos,
«contenidos» psíquicos, sino como los restos de diversos tipos de las
relaciones de objeto. Este enriquecimiento del concepto de
identificación no ha conducido, ni en Freud ni en la teoría
psicoanalítica, a una sistematización que ordene sus modalidades. El
propio Freud se declara insatisfecho de sus formulaciones a este
respecto . La exposición más completa que intentó dar se encuentra en el capítulo VII de Psicología de las masas y análisis del yo (Massenpsychologie und Ich-Analyse, 1921).
En este trabajo distingue finalmente tres modos de identificación: a)
como forma originaria del lazo afectivo con el objeto. Se trata aquí de
una identificación preedípica, marcada por la relación canibalística,
que desde un principio es ambivalente (véase: Identificación
primaria); b) como substitutivo regresivo de una elección objetal
abandonada; c) en ausencia de toda catexis sexual del otro, el sujeto
puede, no obstante, identificarse a éste en la medida en que tienen un
elemento en común (por ejemplo, deseo de ser amado): por
desplazamiento, la identificación se producirá sobre otro punto
(identificación histérica). Freud también indica que, en ciertos casos,
la identificación afecta, no al conjunto del objeto, sino a un «rasgo
único» de éste. Finalmente, el estudio de la hipnosis, de la pasión
amorosa y de la psicología de los grupos le lleva a contraponer la
identificación que constituye o enriquece una instancia de la
personalidad con el proceso inverso, en el cual es el objeto el que se
«pone en lugar» de una instancia, por ejemplo en el caso del líder que
viene a reemplazar el ideal del yo de los miembros de un grupo. Se
observará que, en este caso, existe también una identificación
recíproca de los individuos entre sí, pero ésta exige, como condición,
tal «puesta en lugar de [...]». Aquí pueden encontrarse, ordenadas
desde un punto de vista estructural, las distinciones que hemos
establecido más arriba: identificación centrípeta, centrífuga y
recíproca. El término «identificación» debe diferenciarse de las
palabras afines como incorporación, introyección, interiorización.
Incorporación e introyección constituyen prototipos de la
identificación o, por lo menos, de algunas de sus modalidades en las
que el proceso mental es vivido y simbolizado como una operación
corporal (ingerir, devorar, guardar dentro de sí, etc.). La distinción
entre identificación e interiorización es más compleja, ya que hace
intervenir opciones teóricas referentes a la naturaleza de aquello a lo cual el sujeto se asimila. Desde un punto de vista meramente conceptual, puede decirse que la identificación se efectúa con objetos: persona («asimilación del yo a un yo ajeno») , o rasgo de una persona, objetos parciales, mientras que la interiorización es la de una relación intersubjetiva.
Falta saber cuál de estos dos Procesos es el primero. Se observará que
generalmente la identificación de un sujeto A con un sujeto B no es
global, sino secundam quid, lo que remite a un determinado aspecto de la relación con
él: yo no me identifico con mi jefe, sino con un determinado rasgo suyo
que está ligado a mi relación sadomasoquista con él. Pero, por otra
parte, la identificación permanece siempre marcada por sus prototipos
primitivos: la incorporación se refiere a cosas, confundiéndose
la relación con el objeto en el que se encarna; el objeto con el que el
niño mantiene una relación de agresividad se convierte, como
substancialmente, en el «objeto malo», el cual es entonces
introyectado. Por otra parte, y éste es un hecho esencial, el conjunto
de las identificaciones de un sujeto no forma un sistema relaciona]
coherente; así, por ejemplo, dentro de una instancia como el superyó,
se encuentran exigencias diversas, conflictuales, heteróclitas.
Asimismo el ideal del yo se forma por identificaciones con los ideales
culturales, que no siempre se hallan en armonía entre sí.

Identificación La identificación (Identifzzierung) es una de las
categorías fundamentales de la teoría y la metapsicología freudianas.
Según los momentos de desarrollo de la teoría y su articulación con
otras categorías, su sentido sufrió modificaciones profundas. Sólo se
lo puede entonces abordar en relación con otros términos: incorporación
(Einverleibung), introyección (Introjektion), investidura (Besetzung) y
posición (Einstellung) categoría menos conocida. Inicialmente se podría
decir que las identificaciones son una lenta vacilación entre el «yo»
[je] y el «otro», mientras que la identidad es la ilusión de un yo puro
de toda relación de objeto. Al tomar del otro, no se corre el riesgo de
dejar de ser uno mismo, lo que remite a lo opuesto de la introyección,
que es la proyección, la negativa a reconocer una identidad de
sentimientos o pensamientos entre uno mismo y el otro, o la expulsión
hacia el otro de lo que no se reconoce en uno. Un primer aspecto del
mecanismo de la identificación aparece propuesto en 1895 en Estudios
sobre la histeria, con el caso de Elizabeth von R.; es el de la aptitud
para tomar el lugar de otro. Elizabeth von R. «tornaba el lugar
(ersetze) de un hijo y de un amigo» junto a su padre enfermo. Al tomar
el lugar de un otro, al sustituir a un otro (Ersatz) por obediencia al
padre que le asigna esa posición (Einstellung) psíquica imposible,
Elizabeth von R. se ve llevada a la impotencia. No puede salir de ella
(sie komme nicht von der Stelle), lo que en sentido propio significa
que no puede abandonar ese lugar que le ha sido asignado y que hace
imposible su identidad sexuada. En este nivel, la identificación es la
capacidad para ocupar lugares y posiciones psíquicas diferentes. Un
segundo aspecto de la identificación aparece en 1905, en Tres ensayos
de teoría sexual. En el capítulo 2, la sección II trata de una primera
organización sexual pregenital, un primer campo de erotización, la fase
de la organización oral. Freud distingue dos funciones de la boca: -la
función de succión, de sorber del pecho; -la función de chupeteo,
función de erotización que, más allá de la succión, puede volverse
autónoma para hacer de la boca una zona erógena, y por eso mismo, una
zona histeró gena. En ese placer, que va más allá de las pulsiones de
autoconservación, se elabora también el primer orificio. Esta abertura,
este agujero en el cuerpo, permite comunicar el interior con el
exterior, y por lo tanto incorporar fragmentos del mundo exterior para
convertirlos en uno mismo. El primer modelo del desarrollo psíquico es
el siguiente: el niño, en el marco de la omnipotencia infantil, puede
en los momentos de apremio alimentario, convocar al pecho con sus
gritos, precisamente con la ilusión de tener dominio sobre el otro, de
modo que esté allí para su satisfacción. Y más tarde, en el proceso
ulterior cuando surgen objetos permutables con el pecho, puede tener la
ilusión de que la relación boca-pecho es una relación de plenitud.
¿Sujeto? El encuentro de dos fragmentos del cuerpo, el encuentro
sujeto-objeto, se inscribe inicialmente en la psique como la
autoconstitución del sujeto en tanto que capacidad de prescindir del
otro. El que prescinde del otro está precisamente en la lógica de la
identidad y no del lado de un proceso permanente de identificación. La
matriz del sujeto, la matriz del fantasma, es entonces un estado
maníaco: la ilusión de que el encuentro de dos cuerpos puede constituir
un solo aparato psíquico. Ahora bien, la relación madre-niño es
inicialmente este estado maníaco. Al principio hay, de alguna manera,
un solo aparato psíquico para dos cuerpos, la madre y el niño. Y son
los mensajes que la madre dirige al infante [infans], lo que lo informa
y al mismo tiempo prepara diferentes niveles de identidad. El primer
nivel de identidad es la identidad del sí-mismo, es decir, ese primer
momento de individuación y separación en el que se necesita una psique
para cada cuerpo, separación que se realiza al mismo tiempo por un
proceso de introyección. El cuidado y el pecho maternos, en tanto que
funciones, se integran en el niño, puesto que forman parte de los
mensajes que lo informan y lo forman. A nivel de la identidad del
sí-mismo se encuentra la patología depresiva, marcada por la
imposibilidad, permanente o intermitente, de componer el cuerpo, de
informarlo de sí; si no es mediante fenómenos de adicción (drogas,
alcoholismo, dependencia química) o de compulsión (hacer el vacío
mediante la anorexia, por la imposibilidad de emplazar de manera
diferente un proceso de comunicación entre el interior y el exterior).
A esta identidad del sí-mismo la sucederá una identidad pensante. Por
pensamiento hay que entender la actividad permanente de representación
que es al mismo tiempo investidura de la realidad, trabajo de puesta en
forma de una realidad exterior para que pueda ser, no incorporada, sino
introyectada. Estamos cerca aquí de los problemas de identificación en
plural, puesto que nos encontramos en el nivel de la introyección,
introyección del mundo exterior, que permite reconocerlo, al mismo
tiempo que investir progresivamente las diferentes zonas del territorio
corporal, y elaborar una imagen del cuerpo marcada por esta
diferenciación interior-exterior y por la elaboración de los orificios
que justamente permiten, por su permanencia, hacer funcionar las
introyecciones. Freud describió esta elaboración progresiva de la
imagen del cuerpo en 1908, en su texto «Sobre las teorías sexuales
infantiles». La propuesta aportada por ese artículo dice que el cuerpo
no es solamente una superficie, sino una envoltura dotada de orificios
que permiten diferenciar el interior del exterior y operar relaciones
entre el adentro y el afuera. Las «teorías sexuales infantiles» son
tres. La primera es la teoría de «la mujer con pene», teoría de un solo
sexo, teoría del unisexo. La segunda (todas estas teorías son
impulsadas por las investigaciones de los niños acerca de su origen,
por la pregunta: «¿de dónde vienen los niños?») es la teoría «cloacal»,
que corresponde a la fórmula de San Agustín: «nacemos entre la orina y
el excremento». Es decir que no habría vagina en el cuerpo materno, no
habría agujero en la imagen del cuerpo. La tercera teoría, la más
importante para la identificación, representa el intento de delimitar
las funciones del cuerpo y de llegar a habitarlo. Es la de la dimensión
sádica del coito, con una bipartición: fuerte-débil, activo-pasivo, que
aparece en lugar de la diferencia hombre-mujer. Diferencia de la que
Freud sostendrá que no es inscribible en el inconsciente, puesto que lo
único que conoce el inconsciente es la oposición activo-pasivo. Ésta es
una cuestión importante con relación al problema de la identidad y de
los procesos identificatorios en la teoría freudiana; la única
representación accesible al inconsciente es la de activo y pasivo. Y a
partir de ella se declinarían lo masculino y lo femenino, la
bisexualidad psíquica y el dimorfismo sexual hombre/mujer. Un cuarto
aspecto de la teoría de la identificación surgió en 1921 con el
capítulo 7 de Psicología de las masas y análisis del yo, titulado «La
identificación»: «La identificación es conocida por el psicoanálisis
como la manifestación más temprana de un enlace afectivo a otra
persona». Desde la primera frase de ese capítulo, Freud plantea la
identificación como investidura de otra persona; en otras palabras,
como permutación entre los dos mecanismos. La identificación es incluso
definida como la «forma más temprana y primitiva de enlace afectivo con
el objeto». No obstante, precisa que, en el varón, la identificación
con el padre como ideal del yo se acompaña de una investidura de la
madre como objeto sexual, y es la confluencia de este doble enlace lo
que provocará ulteriormente el complejo de Edipo. En ese mismo
capítulo, Freud, basándose en el «caso Dora», sostiene que la elección
de objeto -en otras palabras, la investidura- puede transformarse por
regresión en identificación; Dora toma de su padre un «rasgo único»
(der einziger Zug, que Lacan traduce por «trazo unario»), la tos que él
padece, lo cual constituye una manera de remontar la prohibición del
incesto, que hace obstáculo a toda investidura masculina. Pero en 1921
Freud tiene aún un enfoque que no le permite realmente diferenciar el
campo de las investiduras respecto del registro de las
identificaciones, y establecer si esta permutación permanente del uno
por el otro provoca o no una estabilidad subjetiva permanente. En «El
sepultamiento del complejo de Edipo», de 1924, Freud completa su teoría
de la identificación al pensar la salida del Edipo: «el complejo de
Edipo le ofrecía al niño dos posibilidades de satisfacción, una activa,
la otra pasiva. En el modo masculino, él podía ocupar el lugar del
padre (an die Stelle des Vaters setzen) y, como él, tener comercio con
la madre, en cuyo caso el padre era bien pronto descubierto como
estorbo, o bien podía querer sustituir (ersetzen) a la madre y dejarse
amar por el padre, y en este caso la madre se volvía superflua». Al
término de este proceso, la represión del complejo aparece como una
desinvestidura de éste, lo que permite que «las investiduras de objeto
sean abandonadas y sustituidas por una identificación». La salida del
complejo de Edipo es entonces el momento en que la equivalencia
permutativa investiduralidentificación cesa, en beneficio de un proceso
identificatorio por el cual el infante desinviste las imágenes
parentales para identificarse con una x que es su futuro: cuando sea
grande, no ocuparé más el lugar de otro, me haré mi propio lugar.

Identificación Alemán: Identifizierung. Francés: Identification. Inglés: ldentifilcation. Término
empleado en psicoanálisis para designar el proceso central mediante el
cual el sujeto se constituye y se transforma asimilando o apropiándose,
en momentos clave de su evolución, de aspectos, atributos o rasgos de
los seres humanos de su entorno. Si bien el concepto de identificación
es esencial en la teoría freudiana del desarrollo psicosexual del
individuo, nunca recibió una definición sistemática, y sólo fue
elaborado tardíamente. De una manera aún muy descriptiva, Sigmund Freud
utilizó el término identificación en dos oportunidades en su
correspondencia con Wilhelm Fliess. En una carta del 17 de diciembre de
1896, después de alegrarse por la comprensión que demuestra su amigo
del fenómeno de la angustia, le habla del "análisis de algunas fobias",
en particular de la agorafobia en las mujeres. "Puedes captar su
mecanismo -explica Freud- pensando en las prostitutas." Se trata de la
"represión de la compulsión a ir a buscar en la calle al primero que
pasa, de un sentimiento de celos respecto de las prostitutas y de una
identificación con ellas". En esa etapa, la identificación es concebida
como el deseo reprimido de -hacer corno", de "ser corno". Un poco
después, en el manuscrito L, enviado a Fliess el 2 de mayo de 1897,
cuando comienza a cuestionar la teoría de la seducción, Freud evoca la
pluralidad de las personas psíquicas, problema que vuelve a encontrar
en la elaboración de los sueños. Observa que la legitimidad de esa
expresión se basa en el proceso de la identificación. En La interpretación de los sueños, la
identificación comienza a recibir un tratamiento teórico. Primero en el
marco de la segunda interpretación del sueño llamado de "la bella
carnicera". La soñante, la bella carnicera, desea que no se realice el
deseo de engordar expresado por su amiga, para que ésta no seduzca a su
marido, el carnicero, que tiene debilidad por las mujeres entradas en
carnes. Pero debido a una inversión, el sueño toma un sentido nuevo: la
bella carnicera sueña con la no-realización de uno de sus deseos. La
soñante, explica Freud, se ha identificado con su amiga, sueña que le
sucede a ella lo que desea que le suceda a su amiga. Este punto
encuentra su confirmación en la vida real de "la bella carnicera", que
se niega a realizar su deseo de comer caviar. Se trata de un caso de
identificación histérica. Freud insiste en diferenciarla de lo que
entonces se denominaba imitación histérica. La identificación histérica
responde a deducciones inconscientes, es una "apropiación a causa de
una etiología idéntica; expresa un «como si» y tiene que ver con una
comunidad que persiste en el inconsciente. La identificación es casi
siempre utilizada en la histeria como expresión de una comunidad
sexual. La histérica se identifica de preferencia, pero no
exclusivamente, con las personas con las que ha tenido relaciones
sexuales o que tienen relaciones sexuales con las mismas personas que
ella.- En el capítulo VI, dedicado al trabajo del sueño, al estudiar
los procesos de figuración del sueño, Freud observa que la semejanza es
la única relación lógica que se conserva, con su expresión facilitada
por el camino de la condensación. En el sueño, la semejanza aparece
bajo la forma de la cercanía, o como fusión. El acercamiento concierne
a las personas, y se habla de identificación cuando una sola persona
representa al conjunto del grupo. Se trata del procedimiento de la
"persona compuesta- o de la "pluralidad de las personas psíquicas": una
tercera persona, desconocida, irreal, capaz incluso de sustraerse de
tal modo a la censura, está compuesta de rasgos pertenecientes a otras
dos personas, cuya aparición puede ser reprimida. Si bien la
identificación es importante en el texto de 1914 dedicado al
narcisismo, puesto que en él subtiende, como opuesta a la elección de
objeto narcisista, la elección de objeto por apunta] amiento , en
virtud de la cual el sujeto se constituye sobre el modelo de sus
progenitores o los sustitutos de éstos, el alcance metapsicológico de
la identificación fue verdaderamente desarrollado en el marco de la
gran refundición teórica de la década de 1920. Todo un capítulo, el
séptimo, de Psicología de las masas , y análisis del yo está dedicado a
la identificación, postulada de entrada "como expresión primera de un
vínculo afectivo con otra persona". Freud distingue tres tipos de
identificación. En primer lugar, se la concibe como desempeñando "un
papel en la historia del complejo de Edipo". Se trata del estadio oral,
el de la incorporación del objeto siguiendo el modelo de Aníbal,
respecto del cual Freud precisará un poco más tarde, en El yo y el
ello, que resulta difícil distinguir en él la identificación de la
investidura, es decir, diferenciar la modalidad del ser y la modalidad
del tener. El segundo caso es el de la identificación regresiva, que se
advierte en el síntoma histérico, una de cuyas modalidades de formación
está constituida por la imitación, no de la persona, sino de un síntoma
de la persona amada: Freud cita el ejemplo de Dora (Ida Bauer), que
imita la tos del padre. En este caso, dice Freud, "la identificación ha
ocupado el lugar de una elección de objeto, la elección de objeto ha
hecho regresión a la identificación". Subraya en tal sentido que este
tipo de identificación puede tomar sólo "un rasgo de la persona
objeto-; se trata del famoso rasgo único (einziger Zug). Finalmente, en
la tercera modalidad, la identificación se realiza en ausencia de toda
investidura sexual. Es producto de la capacidad o la voluntad de
ponerse en una situación idéntica- a la del otro o los otros. Este caso
de identificación aparece sobre todo en el marco de las comunidades
afectivas. Vincula entre sí a los miembros de un colectivo. Es
gobernada por el vínculo establecido entre cada individuo del colectivo
y el conductor de la masa. Ese vínculo está constituido por la
instalación del conductor en posición de ideal del yo por cada uno de
los participantes de la comunidad. En 1925, en su artículo "El
sepultamiento del complejo de Edipo", Freud estableció claramente la
distinción entre la investidura del objeto y la identificación, El
complejo de Edipo le ofrece al niño dos posibilidades, la activa y la
pasiva, de satisfacción libidinal. La primera consiste en pensar en
ocupar el lugar del padre en el comercio con la madre, y la segunda en
ocupar el lugar de esta última. Cuando parece que estas dos formas de
investidura del objeto no pueden realizarse sin una castración -sin la
pérdida del pene como castigo o la constatación de su ausencia en la
posición femenina-, las investiduras son reemplazadas (ésta es la
salida del Edipo) por una identificación: "La autoridad paterna o
parental introyectada en el yo forma allí el núcleo del superyó". Las
tendencias libidinales son entonces inhibidas en su fin, o sea
"desexualizadas y sublimadas, lo que sucede verosímilmente -añade
Freud- en el momento de toda transposición en identificación". Freud se
refiere a esta misma concepción en 1933, en "La disección de la
personalidad psíquica", una de las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, pero
expresando al respecto muy claras reservas. Deplora el carácter
"embrollado" del proceso de identificación, -fundamento- de la
"transformación de la relación con los progenitores en superyó". Al
término de su exposición sobre el tema, repite que no está "en absoluto
satisfecho [ ... ] de esos desarrollos sobre la identificación". Dice
no obstante contentarse con ellos, en la medida en que le han permitido
emplazar la instancia del superyó, que él considera un ejemplo de
identificación lograda con la instancia parental. Lo mismo que Freud,
Jacques Lacan ubica la identificación en el corazón de su trabajo
teórico. La identificación es primero situada por él en el registro de
lo imaginario durante el estadio del espejo. Después puntúa los tres
tiempos de la concepción lacaniana del Edipo: primero una
identificación con lo que se piensa que es el deseo de la madre, más
tarde el descubrimiento de la ley del padre, y finalmente la
simbolización de esta ley, que tiene por efecto que se asigne su
verdadero lugar al deseo de la madre, y permitir las identificaciones
ulteriores, constitutivas del sujeto. En la década de 1960 Lacan dedicó
un año de su seminario al tema de la identificación. Construyó en
primer término su concepto de rasgo unario que, partiendo del rasgo
único de la identificación regresiva de Freud, desborda
considerablemente su contenido, puesto que Lacan basa en él su
concepción del uno, soporte de la diferencia, en sí misma fundamento de la identidad, a diferencia del enfoque lógico clásico, que hace del uno la marca de lo único. Desde allí, a partir del análisis del cogito cartesiano,
ubica el fundamento de la identificación inaugural, la del sujeto
distinto del yo, en ese rasgo unario, esencia del significante, que es
el nombre propio. Más adelante, integró a su teoría del significante
los otros dos tipos de identificación freudiana: la identificación
primaria en la vertiente del padre simbólico, y la tercera, la
identificación histérica, la que se encuentra actuando en la
constitución de las multitudes, cuyo vector es el deseo del deseo del
Otro que evoca la pregunta "¿Qué quieres7 (Che vuoi?), marca de la ineludible dependencia del sujeto.