Diccionario de Psicología, letra I Incesto
s. m. (fr. inceste; ingl. incest; al. Inzest). Relación sexual
prohibida entre individuos cuyo grado y formas de parentesco son
especificados por cada cultura; el psicoanálisis le da un lugar aparte
a la interdicción fundamental del lazo de goce con la madre. En
numerosas sociedades son consideradas incestuosas las relaciones entre
grupos de parientes que no se reducen al grupo de los miembros de la
familia nuclear (padre, madre, hijo, hija). Pero esto no hace sino
confirmar la universalidad de la prohibición y su fuerza. La
prohibición del incesto, ley universal que en todas las sociedades
regula los intercambios matrimoniales, es el principio fundante del
complejo de Edipo. Según Freud, el incesto es siempre deseado
inconcientemente. Su prohibición le coarta al ser humano dos tendencias
fundamentales: matar a su padre y desposar a su madre. En las
sociedades modernas y de tipo occidental, su campo de aplicación está
restringido psicoanalíticamente al triángulo padre-madre-hijo y su
función está interiorizada. En Tótem y tabú (1912-13), Freud introduce
el mito original de la muerte del padre de la horda primitiva, seguido
de la expiación de los hijos, para dar cuenta de esta prohibición que
signa los principios de la cultura y de la humanidad como tal.
Incesto
Alemán: Inzest. Francés: Inceste. Inglés: Incest. Se
llama incesto a una relación sexual sin coacción ni violación entre
consanguíneos o parientes adultos (que hayan alcanzado la mayoría de
edad legal), en el grado puntualizado por la ley propia de cada
sociedad: en general, entre madre e hijo, entre padre e hija, entre
hermano y hermana. Por extensión, la prohibición puede extenderse a las
relaciones sexuales entre tío y sobrina, tía y sobrino, padrastro e
hija, madrastra e hijo, madre y yerno, padre y nuera. En casi todas las
sociedades conocidas, con la excepción de algunos casos, como los de
los faraones de Egipto o la antigua nobleza hawaiana, el incesto ha
sido siempre severamente castigado y prohibido. Por ello suele ser
ocultado y experimentado como una tragedia por quienes se entregan a
él. La prohibición es la vertiente negativa de una regla positiva: la
obligación de la exogamia. En las sociedades democráticas de fines del
siglo XX, se aplica menos al acto sexual incestuoso en sí que al
matrimonio. El acto es reprobado por la opinión pública y siempre
vivido como una tragedia derivada de la sinrazón, o que lleva a la
locura o el suicidio, pero ya no es castigado como tal si ninguno de
los participantes realiza una acusación formal. En efecto, las leyes
modernas no intervienen en la vida sexual privada de los adultos
mayores. Sólo persiguen la paidofilia (incestuosa o no), la violación,
el exhibicionismo o el atentado al pudor. En cuanto al matrimonio
incestuoso, está prohibido por ley en todos los países, y no se admite
ninguna filiación para un hijo de una unión semejante: en este caso,
sólo la madre puede reconocer al niño, declarándolo de padre
desconocido. El hecho de que el incesto haya estado prohibido en la
mayoría de las sociedades, sea con castigo corporal, sea a través de
una interdicción legal, pone de manifiesto el carácter universal del
tabú. En estas condiciones, todo discurso sobre el incesto se presenta
en primer lugar como una reflexión sobre su prohibición, y sobre la
necesidad del fundamento ético de esta prohibición para asegurar el
pasaje desde la naturaleza a la cultura. Los antropólogos y los
sociólogos han aducido tres argumentos para explicar la existencia de
esta interdicción. Lewis Morgan (1818-1881) adujo que ésa era una
manera de proteger a la sociedad de los efectos nefastos de la
consanguinidad. Havelock Ellis y Edward Westermarck (1862-1939)
afirmaron después que la interdicción se explicaba por la sensación de
repulsión ante el acto incestuoso. Finalmente, Émile Durkheim
(1858-1917) propuso entenderlo como la supervivencia de un conjunto de
reglas que imponían la exogamia a las sociedades. Freud abordó la
cuestión a través de la tragedia de Edipo, en una carta a Wilhelm
Fliess de octubre de 1897. Cada espectador fue alguna vez, en germen,
en su imaginación, un Edipo. Quince años más tarde, en Tótem y tabú, contradijo
todos los trabajos antropológicos de su época, señalando que la
interdicción no tenía su origen en el horror que el incesto inspira,
sino en el deseo que suscita. Mediante esa inversión esencial, que
inscribe la interdicción en el corazón de la cultura y de la relación
del sujeto con la ley, Freud inicia el debate sobre la universalidad
del complejo de Edipo. Su perspectiva era evolucionista, y se basaba en
la fábula darwiniana de la horda salvaje. Después de las disputas entre
Bronislaw Malinowski y Geza Roheim, hubo que aguardar !a publicación de
Las estructuras elementales del parentesco, de Claude
Lévi-Strauss, en 1949, para que el problema de la prohibición dejara de
plantearse en un marco evolucionista o a través de una oposición entre
culturalismo y universalismo. En lugar de buscar la génesis de la
civilización en un hipotético renunciamiento de los hombres a la
práctica del incesto (horror al acto) o, por el contrario, oponer a esa
génesis el florilegio de la diversidad de las culturas, Lévi-Strauss
demostró que la prohibición realizaba el pasaje de la naturaleza a la
cultura: "No tiene un origen puramente cultural ni puramente natural.
No es tampoco una dosificación de elementos compuestos tomados en parte
de la naturaleza y en parte de la cultura. Constituye el trayecto
fundamental gracias al cual y sobre todo en el cual se realiza el
pasaje de la naturaleza a la cultura. En este sentido pertenece a la
naturaleza, pues es una condición general de la cultura, y en
consecuencia no hay que sorprenderse de que retenga el carácter formal
de la naturaleza, es decir, la universalidad." Si la prohibición del
incesto es una necesidad estructural interna para el pasaje de la
naturaleza a la cultura, desde el punto de vista freudiano es también
la expresión necesaria de los sentimientos de culpa del hombre con
respecto a un deseo incestuoso reprimido. Observemos que el movimiento
psicoanalítico, preocupado por las buenas costumbres, siempre tendió a
ocultar las tragedias de su historia, y sobre todo las transgresiones
sexuales, la locura y los suicidios de los miembros de su comunidad.
Sin embargo, a partir de 1925, los discípulos de Freud transpusieron a
la International Psychoanalytical Association (IPA) la regla de la
prohibición del incesto, vedando, bajo pena de exclusión, las prácticas
endogámicas: analizar a los miembros de la propia familia o de una
misma familia (hijos, padres, cónyuges, sobrinos, sobrinas); toda forma
de relación sexual, incluso afectiva, con un paciente; mezclar la cura
con la vida privada, por ejemplo analizando a un o una amante. Desde
luego, estas reglas fueron a menudo violadas por los mismos que se
proponían como profesores de virtud. Pero nunca ninguna institución
freudiana, de ninguna tendencia, cuestionó su existencia. Con Marie
Bonaparte, Freud tuvo la oportunidad de abordar la cuestión de la
interdicción en el terreno clínico. En su Journal, el
28 de abril de 1932 la princesa anotó que su hijo Pedro de Grecia
(1908-1979), entonces en análisis con Rudolph Loewenstein, le había
escrito una carta en la que le confiaba la tentación del incesto: "Si
pasara una noche contigo, quizás me curaría". El 29 de abril, ella
escribió que su propia tentación del incesto se había extinguido en los
brazos de su amante. Finalmente, el 30 de abril registró que Freud le
había respondido a la carta en la cual ella pedía que le justificara la
interdicción. Esa carta fue publicada por Ernest Jones en 1957, fuera
del contexto en el cual había sido escrita. Con prudencia, Freud
comenzaba por subrayar que la razón habitual del "tabú" era
insuficiente para justificar la interdicción. Después comparaba el
incesto con el canibalismo, subrayando que, si bien nada le prohibía a
un sujeto que comiera carne humana, ninguna sociedad moderna autorizaba
a un hombre a matar al vecino para devorarlo. Finalmente, mostraba que
el incesto es un acto antisocial, como lo sería la abrogación de las
restricciones sexuales necesarias para el mantenimiento de la
civilización. De hecho, le dio a Marie Bonaparte una interpretación que
justificaba la interdicción, sin prohibir el acto en sí. De tal modo
ponía en marcha en el terreno clínico la potencia simbólica de una
palabra capaz de situar la relación del sujeto con la ley. Y es muy
posible que, sin esa palabra, la princesa hubiera pasado al acto:
"Podría suceder -dijo Freud- que alguien que se hubiera sustraído a la
influencia de las represiones filogenéticas practicara el incesto sin
daño, pero no se puede estar seguro. Estas herencias son a menudo más
poderosas que lo que tenemos tendencia a pensar, y la transgresión es
seguida por sentimientos de culpa contra los cuales uno es totalmente
impotente." Este juicio se puede vincular con el enunciado en un
artículo de 1912 sobre la vida amorosa: "Para estar en la vida amorosa
verdaderamente libre y en consecuencia feliz, es preciso haber superado
el respeto a la mujer y haberse familiarizado con la representación del
incesto con la madre o la hermana". El ejemplo de Marie Bonaparte
atestigua que Freud fue el gran teórico de la interdicción y la culpa.
Señaló que a partir del momento en que el incesto (entre adultos
consintientes) dejara de ser castigado por la ley, se volvería más
importante la interdicción psíquica. Si Freud no hubiera comprendido
que la necesidad de la interdicción interior era el único contrapeso
posible a la igualmente necesaria declinación de la antigua autoridad
paterna y, en otras palabras, al advenimiento de las sociedades
modernas, nunca habría podido elaborar una doctrina en la cual la
transgresión, el deseo y la prohibición mantienen tales relaciones de
proximidad. En la Viena de fines de siglo había que tener coraje para
establecer una dialéctica tal M deseo y la interdicción, en el corazón
de esa sociedad victoriana en la que el incesto era tanto más violento
y oculto cuanto que oficialmente se lo reprobaba y seguía estando
prohibido por la ley. El propio Freud experimentó en varias
oportunidades ese célebre deseo de incesto: primero con su joven madre
(Amalia Freud), como lo demuestran su autoanálisis y la interpretación
de sus propios sueños, y después con su cuñada (Minna Bernays), quien
fue su "hermana querida"; también con su hija mayor (Mathilde
Hollitscher) cuando abandonó la teoría de la seducción, y con su última
hija (Anna Freud), finalmente, cuando decidió tomarla en análisis. Pero
supo desmenuzar con semejante fuerza los detalles más íntimos de la
vida sexual infantil y adulta precisamente porque siguió siendo durante
toda su vida un esposo fiel, capaz de prohibirse toda transgresión
sexual.