try another color:
try another fontsize: 60% 70% 80% 90%
Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra M Manía


Diccionario de Psicología, letra M Manía

Evocada en la mayor parte de los casos con relación a la psicosis
maníaco-depresiva y la melancolía, la manía constituiría la fase
inversa de esas dos enfermedades, fase que ilustra lo que con Freud se
podría denominar una figura de triunfo del yo. La manía es todo lo
contrario del estado depresivo: se presenta como un estado de
exaltación del enfermo, que aparentemente lo lleva a interesarse por
todo lo que hay a su alrededor -individuos o cosas-, aunque sin poder
detenerse en nada en particular. El maníaco no llega a concentrarse en
nada preciso y, al no poder controlar su atención, se deja invadir por
una sucesión incesante de ideas, pasando de una a otra rápidamente y
sin hacer distinciones. L. Binswanger, en una serie de artículos que
aparecieron en Archives suisses entre 1931 y 1933, es quien ha descrito
del modo más pertinente ese síntoma bien conocido por la psiquiatría
clásica que es la «fuga de ideas» (E. Kraepelin, K. Jaspers), síntoma
típico de la manía, aunque no exclusivo. Compartiendo con el sujeto
melancólico la impresión de un «nivelamiento» que engloba a seres y
cosas, el sujeto maníaco experimentaría la misma impresión -falta de
relieve, desvitalización del mundo en esa volatilidad que lo hace pasar
de una idea a otra sin asignar un valor especial a ninguna. En otras
palabras, parece interesarse por todo, pero no se interesa por nada, y
deja que se sucedan las representaciones y las cosas según el capricho
de una lógica regresiva (asonancias, continuidad, etc.). Sin duda, esta
labilidad de la atención y esta equivalencia acordada a las cosas del
mundo remiten a la modalidad de la relación que mantiene el sujeto
maníaco con el objeto de investidura, y ya se vislumbra que, a
semejanza de¡ sujeto melancólico, el maníaco no mantiene una verdadera
relación con el objeto, sino una especie de bulimia de contactos,
ninguno de los cuales se destaca entre los otros. Además, la manía, si
sucede a la melancolía, no por ello le ofrece un modo de resolución,
sino más bien una variante del mismo complejo psíquico patológico, cuya
originalidad reside en un efecto de liberación del yo. «La manía no
tiene un contenido diverso de la melancolía», escribe Freud en «Duelo y
melancolía»; «las dos afecciones luchan contra el mismo "complejo"
(Komplex), al cual es verosímil que el yo haya sucumbido en la
melancolía, mientras que en la manía lo domina o hace a un lado». Como
la melancolía, la manía pertenecería entonces a la categoría de las
patologías narcisistas, y en particular a la de las neurosis
narcisistas; si se utiliza la explicación metapsicológica de la
melancolía, tendría que ver con el mismo conflicto de instancias que
opone el yo al superyó. Pero, mientras que en la melancolía el yo,
recubierto por la sombra del objeto perdido, queda sometido a las
críticas implacables del superyó, en la manía el yo parece estar
reconciliado con el superyó, al punto de que ninguna crítica puede ya
alcanzarlo, ni ningún freno detener sus impulsos incesantemente móviles
y renovables. Por esto, más que a la metapsicología de la manía, que se
alimenta en las mismas fuentes que la melancolía, importa responder a
la cuestión específica de la inversión de la melancolía en manía; en
otras palabras, está en juego la cuestión de la liberación del yo.

La inversión del humor

«Cuando
algo en el yo coincide con el ideal del yo (Ich-ideal), siempre se crea
una sensación de triunfo», escribe Freud en Psicología de las masas y
análisis del yo. «Asimismo, el sentimiento de culpa (y el sentimiento
de inferioridad) puede comprenderse como expresión de la tensión entre
el yo y el ideal.» Esta deducción metapsicológica invocada por el autor
para tratar de explicar las oscilaciones maníaco-depresivas del humor
aparece como la clave de bóveda de todas las patologías narcisistas en
cuanto, precisamente, y desde la «Introducción del narcisismo», de
1914, la instancia ideal del yo proviene de la necesidad del niño de
abandonar la omnipotencia narcisista que lo había beneficiado hasta ese
momento. Entonces, el amor que el niño se dirigía a sí mismo como a su
propio ideal, antes de que interviniera el juicio de los otros, queda
desplazado hacia un modelo derivado de las representaciones parentales
(ideal del yo), al que en adelante el niño no dejará de querer
asemejarse. En ese mismo movimiento, Freud atribuye al superyó la
función de velar para que el yo no se aparte demasiado de su modelo
ideal. Esta construcción metapsicológica de la génesis de la instancia
del ideal del yo y de la función específica del superyó permitiría
comprender las inversiones del humor, según sea que el superyó ejerza
una severidad más o menos grande con respecto al yo, o que el ideal del
yo le devuelva al yo una imagen más o menos accesible. En los dos casos
que justifican la manía -el de la reconciliación del yo con el superyó,
y el de la coincidencia del yo con su instancia ideal (superyó e ideal
del yo no fueron siempre explícitamente distinguidos por Freud)-, se
produce para el sujeto una liberación de la energía antes invertida en
el intenso conflicto entre las dos instancias psíquicas. Este desenlace
se traduce en un aflujo de libido de nuevo disponible, que incita al
sujeto maníaco a erotizar toda nueva impresión para rechazarla de
inmediato y pasar a otra. Desde luego, no se puede concebir el proceso
maníaco que acabamos de describir sin apelar a las características de
la organización psíquica ya sacadas a luz por la melancolía, y que
remiten en particular a la fijación en el estadio oral canibalístico,
en el cual la relación con el objeto tiene el carácter de
incorporación; también remiten a la ambivalencia fundamental vinculada
a ese estadio, que hace posibles los cambios de apreciación del sujeto
ante su propio yo. Pero, si se extiende el análisis de la melancolía a
la manía (como lo autoriza Freud desde 1917), resulta más difícil
identificar las causas de la inversión del humor, sabiendo que ésta no
siempre se observa en el cuadro clínico. En efecto, hay estados
melancólicos no seguidos de fases maníacas, y también estados maníacos
que no suceden a estados melancólicos. Estos últimos casos de manía
«pura» repetirían, para un autor como Abraham, el rechazo de una
«disforia» original provocada por ciertos traumas psíquicos de la
infancia. En lo concerniente a las inversiones del humor, Freud evoca
también una causa «económica», que tendría que ver con la imposibilidad
del niño, al salir de la fase narcisista, de soportar sin rebelión las
coacciones nuevas de su ambiente; la manía, en este sentido, retomaría
por su cuenta esta rebelión del yo, dirigiéndola esta vez contra las
exigencias excesivas del ideal del yo, a las cuales el superyó aporta
toda su fuerza. «Sería perfectamente pensable que la escisión del ideal
del yo respecto del yo no sea, tampoco ella, perdurablemente soportada,
y que se vea obligada a borrarse temporariamente», sugiere Freud en
Psicología de las masas y análisis del yo. Desde este punto de vista,
relaciona la significación de la manía con la vocación de las fiestas
instituidas en numerosas sociedades (desde las saturnales de los
romanos hasta los carnavales actuales), que no tienen otra finalidad
que permitir a los individuos la transgresión periódica de las leyes,
para poder seguir respetándolas en tiempos comunes. La instauración de
la fiesta se basaría entonces en la evaluación de la tolerancia a la
frustración de los individuos, necesaria para la estabilidad del orden
social, así como el pasaje a la fase maníaca resultaría del necesario
reequilibramiento de las fuerzas intrapsíquicas presentes, bajo pena de
condena definitiva del yo.

El modelo metapsicológico

En
consecuencia, la manía provoca a la instancia crítica (ley o superyó)
de una manera tal que el individuo cae en acuerdo con sus instintos, y
el yo se une a su ideal. Hay a continuación alegría o exaltación, y la
única diferencia que separa la fiesta de la manía es que la primera
salvaguarda un marco simbólico, mientras que la segunda convoca al
sujeto a una deriva imaginaria. Esta diferencia, esencial para la
comprensión de la manía, convierte en suficiente la explicación
exclusiva por la rebelión de un yo inclinado a la nostalgia de su
narcisismo perdido. De modo que Freud recurrirá incluso al análisis de
la melancolía, y en particular al proceso que la caracteriza
principalmente, es decir, la introyección del objeto perdido, para
abordar la fase de liberación maníaca; si vuelve a hablar de la
crueldad del superyó y de la intangibilidad del ideal del yo, lo hace
con relación al objeto perdido, del que anteriormente el sujeto había
hecho su modelo. Ahora bien, pronto convertido en objeto de odio por
gravitación de la ambivalencia que define la organización melancólica,
el objeto perdido, reintroyectado en el yo, sólo puede constituir un
perpetuo reproche para el ideal del yo, e incitar al superyó a un rigor
y una crueldad incluso mayores con el yo, en parte identificado con
aquél. «El yo será estimulado a la rebelión por las sevicias,
provenientes de su ideal, que sufre cuando se identifica con un objeto
rechazado», concluye Freud en Psicología de las masas y análisis del
yo. Se podría imaginar que el yo se rebela en función de la intimidad
más o menos grande que conserva con el objeto perdido, y en función de
la más o menos grave severidad del superyó que sale al encuentro de esa
disposición. Pero esto sólo equivale a reforzar la hipótesis de la
rebelión del yo a expensas de un enfoque más original de la manía, y si
Freud reserva a ésta los análisis a los que lo conduce la melancolía,
uno tiene el derecho de preguntarse si el modelo «normal» que él había
utilizado hasta entonces, es decir, el duelo, no podría valer también
para la manía, en cuanto, con un modo de trabajo específico, le ofrece
igualmente al yo la oportunidad de liberarse. Al no observar al final
del período de duelo una fase de triunfo como la que puede presentarse
en la melancolía, Freud no prolongó el análisis de la manía en función
del duelo ni, en particular, en función del trabajo que éste requiere.
Fue Abraham quien verificó que el duelo tampoco se completa sin una
fase de liberación del yo, y le devolvió al modelo todo su alcance, al
comparar el cambio brusco maníaco con el desapego progresivo del yo con
relación al objeto perdido. «Usted deplora, querido profesor -le
escribió Abraham a Freud en una carta del 13 de febrero de 1922-, en el
desarrollo normal del duelo, la ausencia de un fenómeno que
correspondería a la transformación brusca de la melancolía en manía.
Sin embargo, yo creo poder señalar su presencia, aunque sin saber si
esta reacción es algo regular.» Abraham invoca entonces el incremento
de libido que observa en muchas personas a continuación de un duelo, y
que a menudo conduce a la generación de hijos poco después de la
pérdida dolorosa. En «Un breve estudio de la evolución de la libido,
considerada a la luz de los trastornos mentales» (1924), añade que ese
incremento de la libido puede incluso tomar la forma sublimada de un
deseo de iniciativa o de una ampliación de los intereses intelectuales.
En consecuencia, el episodio maníaco, para Abraham, indicaría la puesta
en obra de un proceso de exclusión del objeto que, como todo duelo,
atestiguaría un modo de resolución o de trabajo específico destinado a
liberar al yo de su servidumbre. «La evolución de comienzo agudo,
intermitente y recidivante de los estados maníaco-depresivos
corresponde a una expulsión del objeto de amor que se repite a
intervalos», es su conclusión; al continuar el análisis freudiano del
duelo, cuya resolución conduce al yo a renunciar al objeto declarándolo
muerto, o bien «hiriéndolo de muerte», y a procurarse así la «prima de
placer» de seguir vivo, compara la manía con la perpetración de un
crimen varias veces repetido, cuyo modelo remitiría a la comida
totémica de los primitivos.

La desmentida maníaca

Sin
embargo, el hecho de que la manía libere al yo de su sumisión completa
al objeto al aflojar los vínculos identificatorios que mantenía hasta
entonces, y de que, por esto mismo, relaje la vigilancia del superyó,
al hacer coincidir al yo con su instancia ideal, no resuelve en nada -a
diferencia del duelo- la patología narcisista de la que deriva ese modo
de funcionamiento psíquico. En efecto, lejos de permitir que el sujeto
encuentre verdaderos objetos de investidura, la manía, por el
contrario, pone de manifiesto la dificultad que el sujeto experimenta
para mantener una relación con el mundo exterior que no sea de pura
forma y de pura instantaneidad. Los autores fenomenólogos,
principalmente Binswanger, han insistido en la alteración de la
temporalidad propia de la manía, que consiste en la imposibilidad de
integrar los momentos de retención y protensión organizadores de la
«historia biográfica» (Lebengeschichte) del individuo. Además el sujeto
maníaco vive en una especie de presente desprendido de toda historia,
al punto de que las cosas, desinsertadas de su contexto, se le
presentan sin la significación y la consistencia que rigen su
«presentificación» (Vergegenwürtigung), para retomar un término
husserliano a menudo utilizado por Binswanger. La disolución de la
relación con el objeto y de la vivencia temporal en la manía, lejos
entonces de resolverse en el sentimiento único de exaltación del yo,
continúa, indicando muy pronto, bajo una forma invertida, la
permanencia del conflicto psíquico propio de la melancolía, cuya
génesis metapsicológica hay que reconstruir entonces, en torno de un
trauma originario definitivamente recubierto: el de la deserción de
deseo del otro en un tiempo preespecular en el que el sujeto se
iniciaba en el mundo exterior. En consecuencia, si se quiere adaptar a
la manía la metapsicología de la melancolía (la cual, más acá de la
puesta al día de los procesos inconscientes, remite a la «elección de
la enfermedad»), se concebirá la manía como una «neurosis narcisista»
en el sentido freudiano, una neurosis narcisista que pone en escena el
mismo mecanismo regresivo de introyección/ expulsión relativo al
acuerdo o desacuerdo entre el yo y su ideal. Sin duda, paralelamente
con el estudio de la manía, habrá que considerar otras figuras
psíquicas también derivadas de la dinámica instancial yo/superyó, en
particular la del humor, sobre la que Freud publicó un artículo en
1927. Pero si el humor, igual que la manía, le permite al sujeto
ahorrarse un gasto afectivo al dirigir a la realidad desfavorable una
especie de desmentida (Abweisung), el dominio no vuelve al yo, sino al
propio superyó, que llega a tratar al yo como un niño, y a la realidad
como un dato desdeñable. La actitud humorística «...consistiría en que
el humorista ha retirado de su yo el acento psíquico y lo ha trasladado
al superyó», escribe Freud; siguiendo su pensamiento, la distribución
del «acento psíquico» (en otras palabras, de la libido narcisista)
permitiría entrever, sobre la base de esa relación privilegiada
yo/superyó, toda una serie de fenómenos de la vida psíquica normal.
Considerada como una afección por derecho propio, no necesariamente
atada a la melancolía (según lo atestiguan Abraham y, de una manera aún
más neta, algunos psiquiatras que ya no creen en los «estados mixtos»
maníaco-depresivos, como por ejemplo Kurt Scheider [1959]), la manía
representaría la versión «económica» de la melancolía, la de un yo en
rebelión, ávido por investir, aunque ningún objeto pueda fijar su
interés. El hecho de que la fuga de los objetos, como la fuga de ideas,
dependa de un comportamiento defensivo primario que consiste en
mantener a distancia los afectos y, con ellos, el retorno eventual del
trauma originario, concordaría bien con el comportamiento defensivo
melancólico, a saber: el negativismo, que consiste en desmentir que la
realidad pueda concernir en nada al sujeto. La manía, como la
melancolía, devuelve entonces la imagen de una realidad desvitalizada
que, si en la melancolía padece la afirmación de la castración, en la
manía padece su rechazo o desmentida, aquella misma desmentida que
Freud entreveía en la figura del humor. Quedaría sin duda por
determinar, con relación a la categoría freudiana de las neurosis
narcisistas y el proceso de «desmentida», de qué posición del sujeto
con relación a la castración se trata. En este sentido, un primer
enfoque, adoptado por Deutsch en un artículo de 1930, titulado «Sur la
psychologie des états maniaco-dépressifs, et en particulier l'hypomanie
chronique», sitúa la manía en la fase fálica, en la renegación
(Verleugnung) de la castración. Quizás en la manía se trate incluso de
la forma inversa de la «renegación de intención» característica de la
melancolía, y que, inversamente a lo que ocurre en esta última, le haga
creer al enfermo que toda la realidad se ofrece a sus intereses. En
todo caso, la seguridad renovada tanto por Freud como por Abraham
acerca de la posibilidad de tratar con psicoanálisis la afección
maníaco-depresiva en la fase intercurrente, y de revertir el conflicto
poniéndolo a cuenta del registro neurótico, indica claramente la
especificidad de la relación con la castración en la manía y la
melancolía, y esto con independencia de la neurosis o la psicosis. «En
lo que concierne a las formas periódicas y cíclicas de la melancolía,
puedo decirles algo que seguramente les interesará», afirma Freud en la
conferencia 26 de 1916. «En condiciones favorables es especialmente
posible impedir (y yo he hecho esta experiencia en dos oportunidades),
gracias al tratamiento analítico aplicado en los intervalos libres de
crisis, el retorno del estado melancólico, sea de la misma tonalidad
afectiva, sea de una tonalidad contrapuesta. Se verifica entonces que
en la melancolía y en la manía se trata de la solución particular de un
conflicto cuyos elementos son exactamente los mismos que los de otras
neurosis.» Por lo tanto, al privilegiar el punto de vista
metapsicológico, y con él la originalidad del proceso inconsciente,
Freud remite la manía al complejo melancólico, y en consecuencia se
considera autorizado a buscar sus modelos entre las figuras de triunfo
del yo de la vida cotidiana.