Diccionario de Psicología, letra M Metáfora
Metáfora
La
metáfora y la metonimia son definidas clásicamente como «figuras de
retórica» que modifican el sentido de las palabras: ellas «animan»,
«adornan el discurso», como si por otra parte existiera la palabra
justa. Las cuestiones que suscitan en los textos más antiguos (por
ejemplo en Aristóteles) recubren las concernientes al origen: la
cuestión de la lengua, la del ser hablante en la lengua y la del uso
poético en relación con el mito. Los tratados de poética, incluso los
más antiguos, siempre hacen referencia a la metáfora: Aristóteles, para
quien el objeto de la poética es «imitar por medios diferentes»,
«imitar cosas diferentes», o incluso «imitar de una manera diferente»
(Poética), define la metáfora como el «transporte a una cosa de un
nombre que designa otra, transporte del género a la especie o de la
especie al género, o de la especie a la especie, siguiendo una relación
de analogía». «La metáfora -escribe- es lo único que uno no puede
tomarle a otro, y es un indicio de dones naturales, pues hacer bien las
metáforas es percibir bien las semejanzas.» Aristóteles subraya ya
entonces un rasgo esencial, la singularidad del sujeto. Para Max Müller
y sus contemporáneos, cuya obra es algo anterior a la de Freud, la
estratificación de la palabra está constituida por tres fases: la
temática -formación de una gramática primitiva (las ideas más
necesarias para todas las lenguas del mundo)-; la dialectal -que define
el sistema gramatical en su forma definitiva-, y la mitopoética -que
abarca los primeros rudimentos de poesía y religión. Esta última fase
comprende la idea de la temporalidad; hay una alteración del sentido
primitivo de las palabras y se produce su oscurecimiento «por las
potencias míticas». Los dioses «crecen y la lengua comienza a hablar
más de Io que dice» (Leçons et nouvelles leçons sur la science du
langage, 1861-1864). Las nociones de condensación y desplazamiento,
retomadas por Lacan desde el ángulo de la metáfora y la metonimia, no
son homogéneas en los trabajos de Freud. En las Conferencias de
introducción al psicoanálisis, los elementos de lo manifiesto están
sobredeterminados por series de asociaciones de pensamientos latentes,
cuyas ideas, sin embargo, no están necesariamente ligadas entre sí. En
La interpretación de los sueños, en cambio, la condensación unifica
elementos latentes que tienen rasgos comunes; los representará un solo
elemento manifiesto. En El chiste y su relación con lo inconsciente,
Freud describe la condensación como una formación compuesta en la que
el sentido surge del sin-sentido: el célebre ejemplo de
«famillionario», que se descompone en «familiar» y «millonario». Lacan
retomará esta fórmula para elevar la noción de metáfora al nivel de un
concepto fundamental para designar la relación del sujeto castrado y
sexuado con el lenguaje: «la metáfora se ubica en el punto preciso
donde se produce el sentido en el sin-sentido» (Escritos); «la chispa
poética se produce entre el significante del nombre propio de un hombre
y el que realiza metafóricamente su abolición». Lo que es abolido no
vuelve a surgir nunca, se manifiesta por lo que ocupa su lugar. En
otras palabras, el nombre propio en tanto que tal apela al lenguaje.
Lacan introducirá las primeras referencias a las operaciones
metafórico-metonímicas en Las psicosis, a propósito del delirio del
presidente Schreber: el delirio -dice- se produce de tal manera que
poco a poco hay «preminencia del juego significante, cada vez más
vaciado de significación». La carencia del significante paterno
engendrará una metáfora que no se estructura con la metonimia. Así, el
Otro es vaciado de su función simbólica y ya no funciona del mismo modo
que en la neurosis. Lacan tiene argumentos para promulgar la metáfora
paterna como prototipo de la metáfora. Se concibe entonces que la
metáfora paterna replantee la cuestión del origen. El lenguaje se
fundará en esta inscripción iniciadora: es una producción en la cual el
sujeto no será exactamente el agente, sino el efecto; el sujeto ya no
podrá comunicar con el lenguaje sino en el lenguaje. En este punto la
metonimia desempeñará también su papel preponderante, en el sentido de
que el objeto del deseo sólo podrá ser el objeto causa del deseo, y en
ningún caso un objeto absoluto cualquiera. Si existiera el objeto
absoluto, la metáfora se encargaría de actualizarlo. El eje metonímico
es el del deseo propiamente dicho, en el que el sentido se sitúa con
respecto a la letra. El sentido se encuentra inscrito en esa metáfora
fundadora, inscripción de la cual el sujeto emergerá como sujeto
hablante. En síntesis, hay que entender por esto, si se quisiera
plantear arbitrariamente una noción de temporalidad, que la metáfora
paterna, su estructura y su sentido preceden a la estructura y al
sentido de toda metáfora realizada lingüísticamente. Ella da al sujeto
su acceso a lo simbólico, al romper su sujeción a la madre y conferirle
al mismo tiempo el estatuto de sujeto deseante. Por esto, precisará
Lacan, a semejanza de las definiciones clásicas de la metáfora, no hay
tampoco comparación, sino identificación (Las psicosis); ningún sujeto
escapa a la metáfora paterna; no hay reductibilidad al sentido. De modo
que, para Lacan, la noción de metáfora está ante todo sostenida por una
coherencia posicional, pues «el lenguaje es ya metalenguaje en su
registro propio». Es «la expresión misma» de la posición del sujeto
hablante con respecto al inconsciente. Lacan irá mucho más lejos, e
instituirá en esta lógica una metáfora del sujeto: sólo hay lenguaje,
no hay significante para decir el ser. «Es por la ley por lo que la
enunciación no se reducirá jamás al enunciado de ningún discurso»
(Escritos). Desde un punto de vista estrictamente lingüístico, a
continuación de los trabajos de los lingüistas Saussure, Benveniste y
especialmente Jakobson, Lacan mostrará que las formaciones del
inconsciente se manifiestan según una estructura formal. El discurso
está orientado según dos ejes espacio-temporales: el eje paradigmático,
eje de la selección, eje del léxico, del tesoro de la lengua, de la
sustitución y de la sincronía, eje de la metáfora, y el eje
sintagmático, eje de la combinación, de la contigüidad y de la
diacronía, eje de la metonimia. Las operaciones metafórico-metonímicas
darán cuenta de la extensión de la metáfora paterna a la alienación del
sujeto en el campo del Otro: la falta abierta por la carencia del Otro
(¿qué me quiere?) va a recubrir la falta del sujeto, instituyendo la
dialéctica del deseo. Así, si el Otro es el lugar donde ello habla,
allí se encontrará anudada la dimensión fundamental de la verdad. Esto
llevará a decir a Lacan que «el síntoma es metáfora y el deseo
metonimia» (Escritos): el sujeto es el efecto de una sustitución
significante cuyo movimiento inaugura la metáfora y cuya consecuencia
lógica es la metonimia. Lacan definirá entonces la metáfora como sigue:
«Es la implantación en una cadena significante de un otro significante,
por lo cual aquel que él suplanta cae al rango de significado y como
significante latente perpetúa allí el intervalo donde puede
introducirse otra cadena significante» (Escritos). Se caracteriza
literalmente por una sustitución significante, y destaca la idea
fundamental de la supremacía del significante. Esto es coherente con
las reflexiones freudianas sobre la condensación, salvo que en la
condensación las ideas de los elementos latentes no están siempre y
necesariamente ligadas entre sí. Pero se comprende que Lacan haya
extendido la noción de metáfora, no sólo al funcionamiento de los
procesos inconscientes, sino también a la articulación del sujeto
hablante y sexuado con el campo inconsciente. Para ilustrar sus
palabras, Lacan retomará, en Las psicosis, el análisis de un verso de
un poema de Hugo en La Légende des siècles: «Su gavilla no era avara ni
rencorosa». La metáfora reside en «su gavilla», que reemplaza al
significante «Booz», el cual ha caído al rango de significado. Como
significante latente, el nombre propio Booz «perpetúa el intervalo»
introducido en la cadena significante por el juego de la sustitución.
En este intervalo, Booz puede ser religado a otra cadena significante,
«aquí tanto más eficaz para realizar la significación de la paternidad
cuanto que ella reproduce el acontecimiento mítico con el que Freud
reconstruyó el encaminamiento del misterio paterno en el inconsciente
de todo hombre» (Escritos). Este ejemplo señala que toda significación
se engendra en el significante: ésa es la «paternidad» de la
significación. Si una palabra funciona para otra, lo hace porque el
sujeto mismo está implicado en la metáfora, y en ningún caso podrá
hacer de su nombre propio un decir. La metáfora condensa en sí la
función misma del sujeto en su lucha con las palabras: a él le
corresponde inventarles sus letras. Así se presenta entonces la trama
del pensamiento inconsciente cuyo sujeto es sujeto del deseo en tanto
que castrado. La metáfora no es simplemente un tropo «que desvía una
palabra o una expresión de su sentido propio», sino que, con respecto a
la metáfora paterna que articula el inconsciente según cuatro términos,
ella aparece como una figura esencial según la cual es el inconsciente
el que se da como pensamiento. Metáfora Metáfora s. f. (fr. métaphore; ingl. metaphor; al. Metapher). Sustitución
de un significante por otro, o trasferencia de denominación. «Una
palabra por otra, esa es la fórmula de la metáfora», escribe J. Lacan,
dando como ejemplo un verso de Victor Hugo de Booz dormido: «Su gavilla no era avara ni odiosa» [«Sa gerbe n'était pas avare ni haineuse», de La légende des siècles, citado en «La instancia de la letra», Escritos; también en Seminario III, «Las
psicosis»]. Pero no se trata simplemente del remplazo de una palabra
por otra: «Una ha sustituido a la otra tomando su lugar en la cadena
significante, mientras que el significante oculto permanece presente
por su conexión (metonírnica) con el resto de la cadena». Si, en una
cadena significante, «gavilla» remplaza a Booz, en otra cadena se alude
a la economía agraria de este. Hay por lo tanto en la metáfora un
elemento «dinámico de esa especie de operación brujeril cuyo
instrumento es el significante y cuyo objetivo es una reconstitución
tras una crisis del significado» y, agrega Lacan a propósito de Hans:
«a partir del significante caballo (...) que va a servir de soporte a
toda una serie de trasferencias», a todos los reacomodamientos del
significado. La sustitución significante «es en primer lugar lo que el
niño encuentra» (igual etimología que «tropo» (en francés: «trouve» =
encuentra, proviene de tropare: inventar, componer -presente en «trovador»-, y tiene un puente en común con «tropo» en «tropus»: g iro, manera]. Por ejemplo el juego del «fort-da» descrito por Freud en Más allá del principio de placer (1920): su nieto simboliza (metaforiza) a su madre por medio de un carretel que hace desaparecer a lo lejos (al. Fort) y reaparecer acá (al. Da: acá,
ahí) cuando lo desea (metaforización de la alternancia
ausencia-presencia). El niño somete luego el lenguaje a sus propias
metáforas, desconectando «la cosa de su grito» y elevándola a la
función de significante: el perro hace miau, dice, usando el poder del
lenguaje para conmover al otro. Ataca al significante: ¿qué es correr?
¿por qué es alta la montaña? Freud da además el ejemplo de la metáfora
radical, las injurias del niño a su padre en el Hombre de las Ratas (1909): «Tú
lámpara, tú pañuelo, tú plato». Lacan da la fórmula matemática y
linguística de la estructura metafórica: f (S') S = S (+) s [cf. «La
instancia de la letra»]. s En una función proposicional, un
significante sustituye a otro, S a S', creando una nueva significación;
la barra resistente a la significación ha sido franqueada (+), un
significante «ha caído en los abajos» [«les dessous»: también «secreto»
y «ropa interior femeninw>]; un nuevo significado aparece: (s). El
signo de congruencia indica la equivalencia entre las dos partes de la
fórmula. Metáfora paterna. En la relación intersubjetiva entre la madre
y el niño, un imaginario se constituye; el niño repara en que la madre
desea otra cosa (el falo) más allá del objeto parcial (él) que
representa; repara en su ausencia-presencia y repara finalmente en
quien constituye la ley; pero es en la palabra de la madre donde se
hace la atribución del responsable de la procreación, palabra que sólo
puede ser el efecto de un puro significante, el nombre-del-padre, de un
nombre que está en el lugar del significante fálico.