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Estudio del psicoanálisis y psicología

ENVIDIA Y GRATITUD (1957) contin.5



ENVIDIA Y GRATITUD (1957) contin.5

Cuando predominan los rasgos esquizoides y paranoides, las
defensas contra la envidia no pueden tener éxito, puesto que los ataques
sobre el sujeto lo llevan a una sensación de aumento de la persecución que
sólo puede ser manejada por renovados ataques, es decir, por un refuerzo
de los impulsos destructivos. De este modo se establece un círculo vicioso
que menoscaba la capacidad de contrarrestar la envidia. Esto se aplica
particularmente a los casos de esquizofrenia y explica hasta cierto punto las
dificultades para lograr su curación 39 . El resultado es más favorable cuando
existe en cierta medida una relación con un objeto bueno, pues esto también
significa que la posición depresiva ha sido parcialmente elaborada. Las
experiencias de depresión y culpa implican el deseo de evitar daño al objeto
amado y restringir la envidia.
Las defensas que he enumerado y además muchas otras, forman
parte de la reacción terapéutica negativa porque son un poderoso obstáculo
a la capacidad de admitir lo que el analista tiene que dar. Me he referido
antes a algunas de las formas que toma la envidia hacia el analista. Cuando
el paciente es capaz de experimentar gratitud -y esto significa que en tales
momentos es menos envidioso- se encuentra en condiciones más favorables
para beneficiarse con el análisis y consolidar lo que ya ha logrado. En otras
palabras, cuanto más predominen los rasgos depresivos sobre los
esquizoides y paranoides, tanto mayores son las perspectivas de cura.
El impulso de reparación y la necesidad de ayudar al objeto envidiado
también son medios muy importantes para contrarrestar la envidia. En
último término esto involucra contrarrestar los impulsos destructivos
mediante la movilización de sentimientos de amor.
Puesto que en varias oportunidades me he referido a la confusión,
puede ser útil resumir ahora algunos estados de confusión importantes que
surgen normalmente en diferentes períodos del desarrollo, así como en
relación con otras situaciones. He señalado a menudo 40 que los deseos
libidinales y agresivos uretrales y anales (y aun los genitales) operan desde el
comienzo de la vida postnatal -aunque bajo el dominio de los orales-, y que
después de algunos meses la relación con los objetos parciales se extiende a
la relación con la persona total. Ya he discutido aquellos factores -en
particular los fuertes rasgos esquizo-paranoides y la envidia excesiva- que
desde el comienzo tornan borrosa la distinción y malogran el éxito de la
disociación entre el pecho bueno y malo; así se ve reforzada la confusión en
el bebé. Creo que en el análisis de nuestros pacientes es esencial seguir el
rastro de todos los estados de confusión, aun los más severos de la
esquizofrenia, hasta esa temprana incapacidad de distinguir entre el objeto
primario bueno y malo, aunque también debe ser tenido en cuenta su
empleo defensivo contra la envidia y los impulsos destructivos.
Ya han sido mencionadas algunas consecuencias de esta temprana
dificultad, tales como el comienzo prematuro de la culpa, la incapacidad del
niño de experimentar la culpa y la persecución en forma separada y el
incremento que resulta de la ansiedad persecutoria. También he llamado la
atención sobre la importancia de la confusión con respecto a los padres,
resultante de una intensificación de la figura combinada de los padres
debida a la envidia. He asociado el comienzo temprano de la genitalidad con
la huida de la oralidad, hecho que incrementa la confusión entre las
tendencias y fantasías orales, anales y genitales.
Otros factores que contribuyen muy tempranamente a la confusión y
estados de perplejidad son la identificación proyectiva y la introyectiva,
porque temporariamente pueden tener el efecto de volver borrosa la
distinción entre el individuo y los objetos entre el mundo externo y el
interno. Tal confusión interfiere en la comprensión y percepción realista del
mundo externo. La desconfianza y el miedo de admitir "alimento mental" se
refiere a la pasada desconfianza de lo que ofreció el pecho envidiado y
dañado. Si primariamente el alimento bueno es confundido con el malo,
posteriormente queda menoscabada la capacidad para pensar con claridad
y desarrollar normas de valores. Todos estos trastornos, que según mi
punto de vista se hallan también ligados a la defensa contra la ansiedad y
que han sido despertados por el odio y la envidia, se expresan en inhibición
del aprendizaje y el desarrollo intelectual. Aquí dejo fuera de consideración
varios otros factores que contribuyen a producir tales dificultades.
Los estados de confusión que he resumido brevemente y en los
cuales incide el intenso conflicto entre las tendencias destructivas (odio) y
las integrativas (amor) son hasta cierto punto normales. Es con la
integración creciente y por medio de la elaboración exitosa de la posición
depresiva -que incluye una mayor clarificación de la realidad interna- que la
percepción del mundo externo se hace más real; resultado que normalmente
se halla en marcha durante la segunda mitad del primer año y en el comienzo
del segundo 41 . Estos cambios están esencialmente unidos a una disminución
en la identificación proyectiva, que forma parte de los mecanismos y
ansiedades esquizo-paranoides.
VII
Intentaré ahora una descripción somera de las dificultades que se
oponen al progreso de un análisis. Sólo después de un trabajo largo y
cuidadoso es posible capacitar al paciente para que encare la envidia y odio
primarios. Aunque los sentimientos de competencia y envidia son familiares
para la mayoría de las personas, sus implicaciones más profundas y
tempranas, experimentadas en la situación transferencial, son
extremadamente dolorosas y por lo tanto difíciles de aceptar para el
paciente. Tanto en el hombre como en la mujer, la resistencia que hallamos
al analizar sus celos y hostilidad edípicos, aunque muy fuerte, no es tan
intensa como la que encontramos al analizar la envidia y odio contra el
pecho. Ayudar al paciente a que atraviese estos conflictos y sufrimientos
profundos es el medio más eficaz de fomentar su estabilidad e integración,
porque esto lo capacita, por medio de la transferencia, para consolidar el
objeto bueno y su amor por él y lograr alguna confianza en sí mismo.
Innecesario es decir que el análisis de esta relación más temprana involucra
la exploración de las relaciones posteriores y permite al analista comprender
más plenamente la personalidad adulta del paciente.
En el curso del análisis tenemos que estar preparados para encontrar
fluctuaciones entre mejorías y retrocesos. Esto puede manifestarse de
muchas maneras. Por ejemplo, el paciente ha experimentado gratitud y
aprecio por la habilidad del analista. Esta misma habilidad que es causa de
admiración pronto da lugar a la envidia, la que puede ser contrarrestada por
el orgullo de tener un buen analista. Si el orgullo despierta el deseo de
posesión puede haber un renacimiento de la voracidad infantil, la que podría
ser expresada en los siguientes términos: yo tengo todo lo que deseo; yo
tengo a la madre buena por entero para mí. Tal actitud voraz y controladora
tiende a dañar la relación con el objeto bueno y origina un sentimiento de
culpa, el que pronto puede llevar a otra defensa, por ejemplo: yo no quiero
dañar a la madre-analista, más bien quisiera abstenerme de aceptar sus
dones. En esta situación, al no ser aceptada la ayuda del analista, renace
entonces la culpa temprana por haber rechazado la leche y el amor
ofrecidos por la madre. El paciente también experimenta un sentimiento de
culpa porque se está privando (la parte buena de su personalidad) de
mejorar y recibir ayuda, reprochándose haber colocado un peso demasiado
grande en el analista al no cooperar suficientemente; de este modo siente
que lo está explotando. Tales actitudes alternan con la ansiedad persecutoria
de que le son robadas sus defensas, emociones, pensamientos y todos sus
ideales. En estados de gran ansiedad parece no haber otra alternativa en la
mente del paciente que la de robar o ser robado.
Como he sugerido, las defensas permanecen activas incluso cuando
se produce un mayor percatamiento. Cada paso hacia la integración, y la
ansiedad despertada por esto, pueden llevar a la aparición de primitivas
defensas con mayor fuerza, e incluso a la aparición de otras nuevas.
También debemos esperar que la envidia primaria surja una y otra vez y por
lo tanto vernos confrontados con fluctuaciones repetidas en la situación
emocional. Por ejemplo, cuando el paciente se siente despreciable y por ello
inferior al analista -al que en ese momento atribuye bondad y paciencia-
pronto reaparece la envidia respecto a este último. Su propia desdicha, el
dolor y los conflictos que atraviesa son contrastados con la paz espiritual
atribuida al analista -en realidad su sano juicio-, siendo esto una causa
particular de envidia.
La incapacidad del paciente para aceptar con gratitud una
interpretación a la que en alguna parte de su mente reconoce. como útil es
un aspecto de la reacción terapéutica negativa. Bajo el mismo título se hallan
muchas otras dificultades, algunas de las cuales mencionaré. Debemos estar
preparados para la posible aparición de intensas ansiedades toda vez que el
paciente haga progresos en la integración, es decir, cuando la parte
envidiosa de la personalidad, la que odia y es odiada, se ha acercado más a
otras partes de ella. Estas ansiedades incrementan la desconfianza del
paciente respecto a sus impulsos amorosos. Sofocar el amor, hecho que he
descrito como una defensa maníaca durante la posición depresiva, radica en
la amenaza de peligro proveniente de los impulsos destructivos y la
ansiedad persecutoria. En el adulto, la dependencia de una persona amada
hace renacer el desamparo del bebé y es sentida como humillante. Pero en
esto hay más que desamparo infantil: el niño puede depender excesivamente
de la madre si su ansiedad es demasiado grande por temor a que sus
impulsos destructivos la transformen en un objeto persecutorio o dañado;
esta excesiva dependencia puede ser revivida en la situación transferencial.
Otro motivo para sofocar los impulsos amorosos es la ansiedad originada
en el temor de que si se cediese al amor la voracidad destruiría al objeto.
Existe asimismo el temor de la excesiva responsabilidad que el amor pueda
crear y de que el objeto sea demasiado exigente. El conocimiento
inconsciente de que el odio y los impulsos destructivos se hallan en acción
puede hacer que el paciente se sienta más sincero al no admitir el amor a sí
mismo ni a los demás.
Puesto que la ansiedad no puede surgir sin que el yo ponga en juego
todas las defensas que es capaz de producir, los procesos de disociación
desempeñan un papel importante como métodos contra la experimentación
de las ansiedades persecutoria y depresiva. Cuando interpretamos tales
procesos de disociación el paciente se hace más consciente de una parte de
sí mismo, de la cual está aterrorizado porque la siente como representativa
de los impulsos destructivos. En aquellos en quienes los tempranos
procesos de disociación (siempre ligados a rasgos esquizoides y
paranoides) son menos dominantes, la "represión" de los impulsos es más
fuerte y por lo tanto el cuadro clínico es diferente. Es decir, que nos
hallamos frente al paciente más bien de tipo neurótico, el cual ha logrado
superar en cierta extensión la disociación temprana y en quien la represión
se ha convertido en la principal defensa contra los trastornos emocionales.
Otra dificultad que durante largos períodos obstaculiza el análisis es
la tenacidad con que el paciente se adhiere a una transferencia positiva
fuerte; hasta cierto punto esto puede ser engañoso, porque está basad o en
la idealización y encubre el odio y la envidia, que están disociados. Es
característico entonces que las ansiedades orales sean a menudo evitadas y
los elementos genitales se hallen en primer plano.
En relación con otros aspectos he intentado mostrar que los impulsos
destructivos, expresión del instinto de muerte, son sentidos ante todo como
dirigidos contra el yo. Al ser confrontado con ellos, aunque esto haya
ocurrido gradualmente, el paciente en tanto se halla en el proceso de
aceptarlos e integrarlos como aspecto de sí mismo se siente expuesto a la
destrucción. Es decir que en ciertos momentos como resultado de la
integración, el paciente enfrenta varios peligros mayores; su yo puede ser
arrollado; la parte ideal de su personalidad puede perderse al conocer la
existencia de su parte disociada, destructiva y odiada; al no estar ya
reprimidos los impulsos destructivos del paciente, el analista puede volverse
hostil y tomar represalias, convirtiéndose así también en una peligrosa figura
del superyó; el analista, como representante de un objeto bueno, es
amenazado con la destrucción. El peligro que corre el analista contribuye a
crear la fuerte resistencia que hallamos al intentar deshacer la disociación y
hacer progresos hacia la integración. Esto se hace comprensible si
recordamos que el bebé siente a su objeto primario como fuente de bondad
y vida, y por lo tanto como irreemplazable. Su ansiedad por temor de
haberlo destruido es la causa de grandes dificultades emocionales y entra en
forma prominente en los conflictos que surgen en la posición depresiva. El
sentimiento de culpa que resulta cuando el paciente se percata de la envidia
destructiva puede llevar a una inhibición temporaria de sus capacidades.
Nos hallamos frente a una situación muy distinta cuando las fantasías
omnipotentes y aun megalomaníacas aumentan como defensa contra la
integración. Este llega a ser un período crítico, pues el paciente puede
buscar refugio en el refuerzo de sus proyecciones y actitudes hostiles. De
este modo se cree superior al analista, al que acusa de desvalorizarlo y por
lo tanto halla justificación para odiarle. Así desacredita todo lo hasta
entonces logrado en el análisis. Volviendo a la situación primitiva, cuando
era bebé el paciente puede haber tenido fantasías de ser más poderoso que
sus padres y aun de que él mismo creó a su madre o la dio a luz y poseyó
su pecho. De acuerdo con esto, la madre seria quien robó el pecho del
paciente y no éste quien se lo robó a ella. Proyección, omnipotencia y
persecución se hallan entonces en su punto culminante. Algunas de estas
fantasías actúan cuando son muy fuertes los sentimientos de prioridad, ya
sea en el trabajo científico o de cualquier otra índole. Hay otros factores
que pueden despertar el deseo vehemente de prioridad, tal como la
ambición procedente de varios orígenes y, en particular, el sentimiento de
culpa unido básicamente a la envidia y destrucción del objeto primario y los
substitutos posteriores. Esta culpa acerca de haber robado al objeto
primario puede llevar a la negación, que entonces toma la forma de
pretensión de completa originalidad y por lo tanto excluye la posibilidad de
haber tomado o de no haber aceptado nada del objeto. Con todo, el análisis
de estos profundos y severos trastornos es una salvaguardia contra el
peligro potencial de la psicosis resultante de las actitudes excesivamente
envidiosas y omnipotentes. Pero es esencial no tratar de acelerar estos
pasos hacia la integración. Porque si el reconocimiento de la división de su
personalidad sucediese repentinamente, el paciente tendría grandes
dificultades para superarlo 42 . Cuanto más fuertemente hayan sido
disociados los impulsos envidiosos y destructivos, tanto más peligrosos
son sentidos cuando el paciente cobra conciencia de ellos. En el análisis
debemos progresar lenta y gradualmente hacia el doloroso percatamiento de
las divisiones de la personalidad del paciente. Esto significa que los
aspectos destructivos son una y otra vez disociados y recuperados hasta
que se produce una mayor integración. Como resultado, la sensación de
responsabilidad se hace más fuerte y la culpa y la depresión son
experimentadas con mayor plenitud. Cuando esto sucede el yo es
fortalecido, la omnipotencia de los impulsos destructivos y la envidia
disminuyen, siendo liberadas la capacidad de amar y la gratitud que fueran
sofocadas en el curso del proceso de disociación.