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Estudio del psicoanálisis y psicología

ENVIDIA Y GRATITUD (1957)


ENVIDIA Y GRATITUD (1957)

Durante muchos años me ha interesado el estudio de la temprana
aparición de dos actitudes que siempre nos han sido familiares: envidia y
gratitud. He llegado a la conclusión de que la envidia al atacar la más
temprana de las relaciones -aquella que tenemos con la madre- es uno de los
factores más poderosos de socavamiento, desde su raíz, de los
sentimientos de amor y gratitud. La importancia fundamental de esta
relación en toda la vida emocional del individuo ha sido sustanciada en un
gran número de trabajos psicoanalíticos. Creo que al explorar aun más este
factor particular que puede ser muy perturbador en un estadío temprano, he
añadido algo de significación a mis hallazgos concernientes al desarrollo
infantil y a la formación de la personalidad.
Considero que la envidia, siendo expresión oral-sádica y anal-sádica
de impulsos destructivos, opera desde el comienzo de la vida y tiene base
constitucional. Estas conclusiones tienen ciertos importantes elementos en
común con el trabajo de Karl Abraham, pero implican, sin embargo, algunas
diferencias. Abraham halló que la envidia es un rasgo oral, pero -y aquí es
donde mis puntos de vista difieren de los suyos- presumió que la envidia y
la hostilidad operan en un período posterior, el cual, de acuerdo con su
hipótesis, constituye un segundo estadío, el oral-sádico. Abraham no habló
de la gratitud, pero describió la generosidad como una característica oral.
Consideró lo s elementos anales como un importante componente de la
envidia y enfatizó su derivación de los impulsos oral-sádicos.
Otro punto de acuerdo fundamental radica en la suposición de Abraham
acerca de la existencia de un elemento constitucional en la fuerza de los
impulsos orales que ligó a la etiología de la psicosis maníaco-depresiva.
Por sobre todo ambos trabajos, el de Abraham y el mío, han puesto
de manifiesto el significado de los impulsos destructivos de un modo
completo y más profundo. En "Un breve estudio de la evolución de la
libido, considerada a la luz de los trastornos mentales", escrito en 1924,
Abraham no mencionó la hipótesis de Freud sobre los instintos de vida y
muerte, aun cuando Más allá del principio de placer fuera publicado cuatro
años antes. Sin embargo, en su libro Abraham exploró las raíces de los
impulsos destructivos y aplicó este conocimiento a la etiología de los
trastornos mentales de una manera más específica de lo que habla sido
hecho hasta entonces. Mi impresión es que cuando él no había usado el
concepto de Freud sobre los instintos de vida y muerte, su trabajo clínico,
y en particular el tratamiento de los primeros pacientes maníaco-depresivos
analizados, estaba basado en una comprensión tal, que sin duda lo llevaba
en esa dirección. Supongo que la temprana muerte de Abraham impidió que
éste llegase a vislumbrar la inferencia total de su hallazgo y su conexión
esencial con el descubrimiento de Freud en lo que a los dos instintos se
refiere.
Al publicar Envidia y gratitud, a tres décadas de la muerte de
Abraham, es para mí un motivo de gran satisfacción el hecho de que mi
trabajo contribuya al conocimiento creciente del significado total de sus
descubrimientos.
I
Mi propósito en este libro es el de agregar nuevas sugerencias en lo
concerniente a la más temprana vida emocional del niño y obtener también
conclusiones acerca de la edad adulta y la salud mental. Algo inherente en
los descubrimientos de Freud es que la exploración del pasado de un
paciente, de su infancia y su inconsciente es una precondición para
comprender su personalidad adulta. Freud descubrió el complejo de Edipo
en el adulto y partiendo de aquél reconstruyó no sólo sus detalles, sino
también su ubicación en el tiempo. Los hallazgos de Abraham han
significado un aporte considerable a ese punto de vista, que se ha
convertido en característico del método psicoanalítico. Debemos asimismo
recordar que de acuerdo con Freud, la parte consciente de la mente se
desarrolla a partir del inconsciente. Por lo tanto, al seguir hasta la temprana
infancia el material que en primer término encontré en el análisis de niños
pequeños y luego, en el de adultos, usé un procedimiento que ahora es
familiar al psicoanálisis. Lo observado en niños pequeños pronto confirmó
los hallazgos de Freud. Creo que algunas de las conclusiones a que llegué
con respecto a un período muy precoz, los primeros años de vida, pueden
ser confirmadas también hasta cierto punto, por la observación. El derecho
-la necesidad por cierto- de reconstruir detalles y datos acerca de etapas
anteriores desde el material presentado por nuestros pacientes, es descrito
por Freud del modo más convincente en el siguiente pasaje: "Lo que
buscamos es un cuadro fidedigno y esencialmente completo de 10 años
olvidados del paciente... Su labor [la del analista] de construcción o, si se
prefiere, de reconstrucción, se asemeja en gran parte a la del arqueólogo
que excava una casa o un edificio destruidos y soterrados. Ambos
procesos son en realidad idénticos, salvo que el analista opera en
condiciones más favorables y tiene a su disposición más material auxiliar,
dado que sus esfuerzos no se concentran en un objeto destruido, sino en
algo todavía vivo, y quizá lo favorezca asimismo otra razón que ya
consideraremos. Con todo, así como el arqueólogo levanta las paredes del
edificio partiendo de restos de mampostería, determina el número y
posición de las columnas por las depresiones del piso y reconstruye las
decoraciones y pinturas murales con los restos hallados entre los
escombros, exactamente de la misma manera procede el analista cuando
extrae sus inferencias de los fragmentos de recuerdos, de las asociaciones y
de las manifestaciones activas que le ofrece el analizado. Ambos ejercen el
derecho indisputable de reconstruir algo por medio de la complementación
y la combinación de los residuos conservados. Ambos se hallan expuestos,
también, a idénticas dificultades y a las mismas fuentes de error. Hemos
dicho que el analista trabaja en condiciones más favorables que el
arqueólogo, porque dispone también de un material que no tiene símil
alguno en las excavaciones, como, por ejemplo, la repetición de reacciones
que datan de la infancia y todo lo que en relación con tales repeticiones
emerge a través de la transferencia... Todo lo esencial se ha conservado;
aun aquellas cosas que parecen completamente olvidadas, subsisten de
alguna manera y en alguna parte, hallándose sólo soterradas e inaccesibles al
individuo. En efecto: cabe dudar, como sabemos, que ninguna formación
psíquica pueda llegar jamás a ser totalmente destruida. Sólo depende de la
técnica analítica el que logremos traer plenamente a la luz lo que se halla
oculto." 2 La experiencia me ha enseñado que la complejidad de la
personalidad en su completo desarrollo sólo puede ser comprendida si
logramos conocer la mente del bebé y seguimos su desarrollo en la vida
posterior. Es decir, que el análisis hace su camino desde la edad adulta a la
infancia y a través de etapas intermedias vuelve a la edad adulta, en un
movimiento recurrente de una a otra, de acuerdo con la situación
transferencial predominante.
A lo largo de mi trabajo he atribuido importancia fundamental a la
primera relación de objeto del niño pequeño -la relación con el pecho y con
la madre- y he llegado a la conclusión de que si este objeto primario que es
introyectado se arraiga en el yo con relativa seguridad, está dada entonces la
base parca un desarrollo satisfactorio. Hay factores innatos que contribuyen
a este vínculo. Bajo el dominio de los impulsos orales, el pecho es
instintivamente percibido como la fuente de alimento y por lo tanto, en un
sentido más profundo, como origen de la vida misma. Esta íntima unión
física y mental con el pecho gratificador restaura en cierta medida -si todo
marcha favorablemente- la perdida unidad prenatal con la madre y el
sentimiento de seguridad que la acompaña. Esto depende en gran parte de
la capacidad del niño pequeño para catectizar suficientemente el pecho o su
representante simbólico, la mamadera. De esta manera la madre es
convertid a en un objeto amado. Puede muy bien ser que el haber formado
parte de la madre en el período prenatal, contribuya al sentimiento innato del
lactante de que fuera de él mismo existe algo que le dará todo lo que
necesita y desea. El pecho bueno es admitido y llega a ser parte del yo, de
modo que el niño, que antes estaba dentro de la madre, tiene ahora a la
madre dentro de sí.
Si bien el estado prenatal implica sin duda un sentimiento de unidad y
seguridad, que este estado no sea perturbado dependerá de la condición
psicológica y física de la madre y posiblemente de ciertos factores fetales
aún inexplorados. Podríamos por lo tanto considerar en parte el anhelo
universal por este estado prenatal como una expresión del impulso a la
idealización. Si lo investigamos teniendo en cuenta la idealización, hallamos
que una de sus fuentes es la fuerte ansiedad persecutoria que surge como
consecuencia del nacimiento. Cabría pues suponer que esta primera forma
de ansiedad posiblemente se agrega a las experiencias desagradables del
feto y que junto con el sentimiento de seguridad en el útero ellas anuncian la
doble relación con la madre: el pecho bueno y el malo.
Las circunstancias externas desempeñan un papel fundamental en la
relación inicial con el pecho. Si el nacimiento ha sido dificultoso y sobre
todo si existieron complicaciones tales como la falta de oxigeno, ocurre
entonces una perturbación en la adaptación al mundo externo y la relación
con el pecho se inicia en forma desventajosa. En casos como éstos el niño
queda menoscabado en su capacidad de experimentar nuevas fuentes de
gratificación y por lo tanto no puede internalizar suficientemente un objeto
primario realmente bueno. Además, si el niño goza o no de alimentación
adecuada y cuidados maternos, si la madre goza ampliamente con el
cuidado del niño o sufre ansiedad y tiene dificultades psicológicas con la
alimentación, todos estos factores influyen en la capacidad del niño para
aceptar la leche con placer e internalizar el pecho bueno.
El elemento de frustración por parte del pecho entra obligatoriamente
en la relación más temprana del bebé con aquél, porque aun una
alimentación feliz no puede reemplazar del todo la unidad prenatal con la
madre. Asimismo, el anhelo del niño por un pecho inagotable y siempre
presente, de ningún modo se origina sólo en los deseos libidinales y la
necesidad vehemente del alimento. El impulso por obtener evidencias
constantes del amor de la madre, aun en las épocas más tempranas, tiene su
raíz fundamental en la ansiedad. La lucha entre los instintos de vida y muerte
y la consiguiente amenaza de aniquilación de sí mismo y del objeto por los
impulsos destructivos, son factores esenciales en la relación inicial del niño
con su madre. Sus deseos implican el anhelo de que el pecho, y luego la
madre, supriman estos impulsos destructivos y el dolor de la ansiedad
persecutoria.
Junto con las experiencias felices, las aflicciones inevitables refuerzan
el conflicto entre amor y odio -básicamente entre los instintos de vida y
muerte- dando como resultado el sentimiento de que existen un pecho
bueno y uno malo. Como consecuencia, la primitiva vida emocional se ve
caracterizada por una sensación de pérdida y recuperación del objeto
bueno. Al hablar de un conflicto innato entre amor y odio, está implícito
que la capacidad para amar y los impulsos destructivos son en cierta
extensión constitucionales, aunque variando individualmente en su fuerza e
interactuando desde el comienzo con las condiciones externas.
He mencionado en forma repetida la hipótesis de que el objeto bueno
primario, el pecho de la madre, forma el núcleo del yo y contribuye
vitalmente a su crecimiento, habiendo además descrito en varias
oportunidades cómo el niño siente que internaliza el pecho y la leche en una
forma concreta. Existe, asimismo en su mente, alguna conexión indefinida
entre el pecho y otras partes y aspectos de la madre.
Yo no presumiría que el pecho es meramente un objeto físico para el
niño. La totalidad de sus deseos instintivos y fantasías inconscientes
infunden al pecho cualidades que van mucho más allá del alimento real que
proporciona 3 .En el análisis de nuestros pacientes hallamos que el pecho, en
su aspecto bueno, es el prototipo de la bondad, la paciencia y generosidad
materna inagotables así como el de la facultad creadora. Son estas fantasías
y necesidades instintivas las que tanto enriquecen al objeto primario, de
modo que éste permanece como fundamento de la esperanza, la confianza y
la creencia en la bondad. Este libro trata un aspecto particular de las
primitivas relaciones de objeto y los procesos de internalización, cuya raíz
está en la oralidad. Me refiero a los efectos de la envidia sobre el desarrollo
de la capacidad para la gratitud y la felicidad. La envidia contribuye a las
dificultades del bebé en la estructuración de un objeto bueno, porque él
siente que la gratificación de la que fue privado ha quedado retenida en el
pecho que lo frustró 4 .Entre la envidia, los celos y la voracidad debe hacerse
una distinción. La envidia es el sentimiento enojoso contra otra persona que
posee o goza de algo deseable, siendo el impulso envidioso el de quitárselo
o dañarlo. Además la envidia implica la relación del sujeto con una sola
persona y se remonta a la relación más temprana y exclusiva con la madre.
Los celos están basados sobre la envidia, pero comprenden una relación de
por lo menos dos personas y conciernen principalmente al amor que el
sujeto siente que le es debido y le ha sido quitado, o está en peligro de
serlo, por su rival.
En la concepción corriente de los celos, un hombre o una mujer se
sienten privados por alguien de la persona amada.
La voracidad es un deseo vehemente, impetuoso e insaciable y que
excede lo que el sujeto necesita y lo que el objeto es capaz y está dispuesto
a dar. En el nivel inconsciente, la finalidad primordial de la voracidad es
vaciar por completo, chupar hasta secar y devorar el pecho; es decir, su
propósito es la introyección destructiva. La envidia, en cambio, no sólo
busca robar de este modo, sino también colocar en la madre, y
especialmente en su pecho, maldad, excrementos y partes malas de sí
mismo con el fin de dañarla y destruirla. En el sentido más profundo esto
significa destruir su capacidad creadora. Este proceso, derivado de
impulsos uretral y anal-sádicos, ha sido definido 5 por mi en otra parte como
un aspecto destructivo de la identificación proyectiva que parte desde el
comienzo de la vida 6 . Si bien no puede ser trazada una rígida línea divisoria
por encontrarse tan estrechamente ligadas, la diferencia esencial entre
voracidad y envidia sería que la voracidad está principalmente conectada
con la introyección, en tanto que la envidia lo está con la proyección.
Según el Shorter Oxford Dictionary, los celos significan que alguien
ha tomado, o recibido "lo bueno" que por derecho pertenece al individuo.
En este sentido yo interpretaría "lo bueno", básicamente como el pecho
bueno, la madre, una persona amada, que alguien ha quitado. Conforme a
los English Synonyms de Crabb, "...Los celos temen perder lo que se tiene;
la envidia se duele al ver que otro tiene aquello que se quiere para uno
mismo... El hombre envidioso se molesta ante la satisfacción ajena.
Solamente se siente tranquilo al contemplar la miseria de otros. Por lo tanto
es estéril todo empeño en satisfacer un hombre envidioso". Los celos,
según Crabb, son "una pasión noble e innoble según el objeto. En el primer
caso, es emulación agudizada por el miedo. En el segundo, es la voracidad
estimulada por el miedo. La envidia es siempre una pasión baja, que arrastra
tras sí las peores pasiones."
La actitud general hacia los celos difiere de la que se tiene con
respecto a la envidia. En algunos países (particularmente en Francia) el
asesinato impulsado por los celos lleva a una sentencia menos severa. La
razón de esta distinción puede hallarse en el sentimiento universal de que el
asesinato de un rival puede denotar amor por la persona infiel. Esto
significa, en los términos antes discutidos, que el amor por "lo bueno"
existe y que el objeto amado no está dañado y deteriorado como lo hubiera
sido por la envidia.
El Otelo de Shakespeare destruye en sus celos al objeto que ama;
esto, según mi punto de vista, es característico de lo que Crabb describió
como la "innoble pasión de los celos", es decir, la voracidad estimulada por
el miedo. En la misma obra hay una referencia significativa a los celos como
cualidad esencial de la mente: "Los celos no se satisfacen con esa
respuesta; no necesitan ningún motivo. Los hombres son celosos porque
son celosos. Los celos son monstruos que nacen y se alimentan de sí
mismos".
Podría decirse que la persona muy envidiosa es insaciable. Nunca
puede quedar satisfecha, porque su envidia proviene de su interior y por
eso siempre encuentra un objeto en quien centrarse. También esto indica la
estrecha conexión entre los celos, la voracidad y la envidia.
Shakespeare no siempre parece diferenciar la envidia de los celos; las
siguientes líneas de Otelo muestran en forma total el significado de la
envidia en el sentido que yo he definido aquí: "Oh, Señor, guardaos de los
celos; son el dragón de ojos verdes que aborrece el alimento que lo nutre..."
Con esto recordamos el dicho "morder la mano que lo alimenta", que
es casi sinónimo de morder, destruir y deteriorar el pecho.
II
Mi trabajo me enseñó que el primer objeto envidiado es el pecho
nutricio 7 . El bebé siente que aquél posee todo lo que él desea y además un
fluir ilimitado de leche y amor, que es retenido para su propia gratificación.
Este sentimiento se suma a la sensación de agravio y odio, y da como
resultado disturbios en la relación con la madre. Si la envidia es excesiva, a
mi modo de ver esto indica que los rasgos paranoides y esquizoides son
anormalmente fuertes; en tal caso el niño puede ser considerado enfermo.
En este capítulo me refiero a la envidia primaria del pecho de la madre
y esto deberá diferenciarse de sus formas posteriores (involucradas en el
deseo de la niña de tomar el lugar de su madre y en la posición femenina del
varón), en las que la envidia ya no se centraliza en el pecho sino en la madre
recibiendo el pene del padre, teniendo bebés dentro de ella, dándolos a luz
y siendo capaz de amamantarlos.
Frecuentemente he dicho que los ataques sádicos contra el pecho de
la madre son determinados por los impulsos destructivos. Deseo añadir
aquí que la envidia da particular ímpetu a tales ataques. Esto significa que al
referirme al voraz vaciamiento del pecho y cuerpo de la madre, a la
destrucción de sus niños y a la colocación de excrementos malos dentro de
ella 8 esbozaba lo que más tarde llegué a reconocer como el daño del objeto
ocasionado por la envidia.
Si consideramos que la privación aumenta la voracidad y la ansiedad
persecutoria, y que en la mente del niño existe la fantasía de un pecho
inagotable que es su mayor deseo, se hace comprensible que la envidia surja
aun cuando esté adecuadamente alimentado. Los sentimientos del niño
parecen ser de tal naturaleza, que al faltarle el pecho éste se convierte en
malo porque guarda para si la leche, el amor y el cuidado que estaban
asociados con el pecho bueno. El niño odia y envidia lo que siente como un
pecho mezquino y que se da de mal grado.
Tal vez es más comprensible que el pecho satisfactorio también sea
envidiado. La misma facilidad con que la leche fluye -aunque el bebé se
sienta gratificado por ello - siendo un don al parecer tan inasequible, crea
asimismo la envidia.
Esta envidia primitiva es revivida en la situación transferencial. Por
ejemplo: el analista acaba de dar una interpretación que alivió al paciente
trocando su estado de ánimo de desesperación por esperanza y confianza.
Con algunos pacientes, o con un mismo paciente en distintos momentos,
esta interpretación útil puede convertirse rápidamente en el objeto de sus
críticas destructivas. Ya no es sentida entonces como algo bueno recibido y
experimentado como un enriquecimiento. Su crítica puede aferrarse a
detalles menores: la interpretación debía haber sido dada antes; fue
demasiado larga, y ha perturbado las asociaciones del paciente; o fue
demasiado corta y esto implica que él no ha sido suficientemente
comprendido. El paciente envidioso escatima al analista el éxito de su
trabajo; y si percibe que el analista y la ayuda que éste está dando han sido
dañados y desvalorizados por su crítica envidiosa, no lo puede introyectar
suficientemente como un objeto bueno ni aceptar con real convicción y
asimilar sus interpretaciones. La convicción real, como a menudo vemos en
pacientes menos envidiosos, implica gratitud por el don recibido. El
paciente envidioso también puede sentir que no es digno de beneficiarse
con el análisis, debido a la culpa por su desvalorización de la ayuda
recibida.
Como es obvio, nuestros pacientes nos critican por una variedad de
razones, algunas de ellas justificadas. Pero la necesidad que siente un
paciente de desvalorizar el trabajo analítico que ha experimentado como útil,
es expresión de envidia. En la transferencia descubrimos la raíz de envidia si
las situaciones emocionales que encontramos en estadíos tempranos son
rastreadas hasta su más primitivo origen. La crítica destructiva es
particularmente evidente en pacientes paranoides que se entregan al placer
sádico de menospreciar el trabajo del analista, aun cuando les haya
reportado algún alivio. En estos pacientes la crítica envidiosa es abierta. En
otros puede desempeñar un papel de igual importancia, pero queda sin
expresión y hasta puede ser inconsciente. A través de mi experiencia, el
progreso lento que hacemos en tales casos está conectado asimismo con la
envidia. Hallaremos que sus dudas e incertidumbres persisten con respecto
al valor del análisis. Lo que ocurre es que el paciente ha disociado su parte
envidiosa y hostil y presenta constantemente al analista otros aspectos que
le parecen más aceptables. Sin embargo, las partes disociadas influyen
esencialmente en el curso del análisis, que finalmente sólo puede ser
efectivo si logra la integración y se relaciona con la personalidad total. Otros
pacientes tratan de evitar la crítica confundiéndose. Esta confusión no sólo
es una defensa, sino que también expresa la incertidumbre con respecto a si
el analista es todavía una figura buena, o si él y la ayuda que está dando se
han vuelto malos debido a la crítica hostil del paciente. Yo remontaría esta
incertidumbre hasta las sensaciones de confusión que son una de las
consecuencias de la perturbada relación temprana con el pecho materno. El
niño que debido a la fuerza de los mecanismos paranoides y esquizoides y
al ímpetu de la envidia no puede dividir y mantener separados amor y odio,
y por lo tanto al objeto bueno y malo, está expuesto a sentirse confundido
con respecto a lo que es bueno y malo en otras situaciones.
De manera que, además de los factores señalados por Freud (1923b)
y desarrollados por Joan Rivière (1936), la envidia y la defensa contra ella
desempeñan un papel importante en la reacción terapéutica negativa.
Y es que la envidia y las actitudes a que da lugar, interfieren con la
gradual formación del objeto bueno en la situación transferencial. Si el
alimento y el objeto primario buenos no pudieron ser aceptados y
asimilados en el estadío más temprano, esto se repite en la transferencia,
perjudicando el curso del análisis.
En el contexto del material analítico pueden reconstruirse a través de
la elaboración de situaciones anteriores, los sentimientos que el paciente
tenía hacia el pecho de la madre cuando era lactante. Por ejemplo, el bebé
puede quejarse porque la leche fluye demasiado rápido o demasiado lento 9 ;
o porque el pecho no le fue dado cuando más intensamente lo deseaba y es
por ello que cuando le es ofrecido ya no lo quiere. Se aleja de aquél y en
cambio se chupa el dedo. Cuando acepta el pecho puede no tomar lo
suficiente, o ser perturbada la alimentación. Algunos niños tienen,
evidentemente, grandes dificultades para superar tales motivos de disgusto.
Otros, en cambio, los superan rápidamente a pesar de estar estos
sentimientos basados en frustraciones reales; el pecho es aceptado y la
mamada disfrutada por completo. En el análisis encontramos que los
pacientes que dicen haber tomado su alimento satisfactoriamente sin
mostrar signos evidentes de las actitudes descritas, han disociado sus
quejas, envidia y odio que sin embargo, con todo, forman parte de su
desarrollo caracterológico. Dichos procesos se hacen muy claros en la
situación de transferencia. El deseo original de complacer a la madre, el
anhelo de ser amado, así como la necesidad urgente de ser protegido contra
las consecuencias de los propios impulsos destructivos, pueden ser
hallados en el análisis como subyacentes a la cooperación de aquellos
pacientes cuya envidia y odio están disociados, pero que forman parte de la
reacción terapéutica negativa.
A menudo me he referido al deseo del bebé de tener un pecho
inagotable, siempre presente. Pero como fue sugerido anteriormente, no es
sólo alimento lo que desea: quiere ser liberado también de los impulsos
destructivos y de la ansiedad persecutoria. Esta sensación de que la madre
es omnipotente y de que a ella le toca impedir todo dolor y todo mal
provenientes de fuentes internas, también se encuentra en el análisis de
adultos. De paso diría que los cambios favorables producidos en los
últimos años en lo que respecta a la alimentación de los niños, contrastando
con el modo más bien rígido de alimentarlos según horario, no pueden
impedir del todo las dificultades del bebé, pues la madre no consigue
eliminar sus impulsos destructivos y ansiedades persecutorias. Existe otro
punto a considerar. Una actitud demasiado ansiosa de parte de la madre al
proporcionar de inmediato el alimento todas las veces que el niño llora es
poco beneficiosa para él. El bebé siente la ansiedad de la madre y con ello
aumenta la suya propia. También he oído a los adultos quejarse de que no
se les había permitido llorar lo suficiente y no haber podido así expresar
ansiedad y pena (por lo tanto obtener alivio). De modo que ni los impulsos
agresivos ni las ansiedades depresivas pudieron en estos casos encontrar
suficiente salida. Resulta de interés señalar que entre los factores
subyacentes a la psicosis maníaco-depresiva, Abraham menciona a ambas:
la frustración y la indulgencia excesivas 10 . La frustración, si no es excesiva,
es también un estímulo para la adaptación al mundo externo y el desarrollo
del sentido de realidad. De hecho, cierta cantidad de frustración seguida de
gratificación podría dar al bebé el sentimiento de que ha sido capaz de
hacer frente a su ansiedad. También sus deseos incumplidos -que hasta
cierto punto son imposibles de satisfacer- son un factor importante, que
contribuye a sus sublimaciones y actividades creadoras. La ausencia de
conflicto en el niño, si tal estado hipotético pudiera ser imaginado, lo
privaría del enriquecimiento de su personalidad y de un factor importante en
el fortalecimiento de su yo. El conflicto y la necesidad de superarlo
constituyen un elemento fundamental en la facultad creadora.
Del argumento de que la envidia arruina el objeto primario bueno
dando ímpetu adicional a los ataques sádicos contra el pecho surgen
conclusiones adicionales. El pecho así atacado ha perdido su valor y se ha
convertido en malo al ser mordido y envenenado por la orina y las materias
fecales. La envidia excesiva aumenta la intensidad y duración de tales
ataques, haciendo de este modo más difícil para el bebé la recuperación del
objeto bueno perdido. En tanto, los ataques sádicos contra el pecho menos
determinados por la envidia, pasan más rápidamente y por consiguiente no
destruyen en la mente del niño pequeño la bondad del objeto en forma tan
acentuada y duradera: el pecho que vuelve y que puede ser gozado es
sentido como una evidencia de que no está dañado y todavía es bueno 11 .