El análisis del niño en el periodo de latencia
Conferencia
leída en el 14° Congreso Internacional de Psiquiatría Infantil, Lisboa,
junio de 1958, y publicada por primera vez en A Crianza Portuguesa, 17,
págs. 219-29.
El tema que vamos a examinar
es el tratamiento del niño en la latencia. Se me ha invitado a
referirme al tratamiento psicoanalítico y, para equilibrarlo, un colega
ha sido invitado a hablar sobre la psicoterapia individual. Me parece
que los dos empezaremos con el mismo problema: ¿cómo distinguir al uno
de la otra? Yo personalmente no soy capaz de trazar esta distinción.
Para mí la pregunta es si el terapeuta ha tenido o no formación
analítica.
En lugar de hacer contrastar estos dos temas
entre sí, probablemente sería más útil enfrentar a ambos con la
psiquiatría infantil. En mi práctica he realizado el tratamiento
psiquiátrico de miles de niños de este grupo de edad. Como analista he
proporcionado psicoterapia individual a unos cientos. También hice
psicoanálisis con algunos niños de este grupo de edad -de más de doce y
menos de veinte años-. Los límites están tan desdibujados que no podría
ser exacto.
Por lo tanto, a mi juicio ésta debería
ser una discusión entre colegas que realizan el mismo trabajo pero lo
abordan con diversos esquemas de formación.
No corresponde aquí discutir los esquemas de formación, aunque se admitirá que algunos de ellos son menos adecuados que otros.
No
me sorprende que las investigaciones demuestren que la psicoterapia y
el análisis de niños tienen en gran medida el mismo aspecto cuando se
los describe por escrito, con independencia de la escuela de la que
provenga el terapeuta. Si éste tiene el temperamento adecuado, sabe ser
objetivo y se interesa en las necesidades del niño, la terapia
responderá a las exigencias del caso tal como éstas se presentan en el
curso del tratamiento.
Creo que en esta conferencia
podemos omitir la consideración de la terapia basada en las diversas
actitudes que divergen de la nuestra, como por ejemplo la educativa, la
moral, la persuasiva, la punitiva, la mágica o la física.
Para
ser claro, tengo que repetir que no tiene por qué haber ningún
contraste entre el psicoanálisis y la psicoterapia individual. Ambas
expresiones pueden significar lo mismo, y a menudo lo hacen.
Puesto
que a mí me corresponde hablarles como alguien formado en la escuela
del psicoanálisis, debo referirme, aunque muy brevemente, a la
naturaleza del psicoanálisis. Después pasaré al examen del tratamiento
del niño en la latencia.
La naturaleza del psicoanálisis
No
creo que aquí sea necesario proporcionar algo más que un recordatorio
de algunos principios fundamentales. El psicoanálisis de niños no
difiere del psicoanálisis de adultos. La base de todo psicoanálisis es
una teoría compleja del desarrollo emocional del infante y el niño, una
teoría iniciada por Freud y constantemente ampliada, enriquecida y
corregida.
En los últimos veinte o treinta años, los
progresos en la comprensión del desarrollo emocional del individuo han
sido tan rápidos que a quien no está en el tema le resulta difícil
mantenerse al corriente de los cambios con el estudio de la literatura
especializada. Esta teoría supone que existe en el individuo una
tendencia genética hacia el desarrollo emocional no menos que hacia el
desarrollo físico; supone una continuidad desde el momento del
nacimiento (o inmediatamente antes); asume el supuesto de un
crecimiento gradual de la organización y la fuerza del yo, la
aceptación progresiva por el individuo de la vida instintiva personal,
y de la responsabilidad por sus consecuencias reales o imaginarias.
Freud
estableció la importancia del inconsciente reprimido; en su estudio de
las psiconeurosis llegó a un punto central, indudablemente el más
difícil de aceptar en sus términos generales, que denominó complejo de
Edipo, con la angustia de castración como una complicación intrínseca.
Freud llamó la atención sobre la vida instintiva del niño individual y
sobre el hecho de que en los individuos sanos (es decir, en niños que
han atravesado las etapas tempranas esenciales del desarrollo emocional
sin demasiadas distorsiones) las principales dificultades surgen en
relación con la vida instintiva, que acompaña a la fantasía total del
instinto.
De modo que las psiconeurosis pueden
aducirse como pruebas de la tensión de la ambivalencia en las
relaciones entre personas "totales" relativamente normales.
Como
es sabido, poco a poco el estudio del niño condujo a una formulación de
las etapas del desarrollo en la infancia y la niñez anterior al
complejo de Edipo: las raíces pregenitales de la genitalidad.
Finalmente empezó a estudiarse el yo, y de tal modo los analistas
comenzaron a considerar el self del infante, al infante como persona,
una persona dependiente de algún otro.
Melanie Klein
-entre otras cosas- nos ha permitido abordar una etapa vitalmente
importante de la relación entre el niño y la madre, la etapa en que se
adquiere capacidad para la preocupación por el otro; esta autora
también llamó la atención sobre los mecanismos que caracterizan la
infancia más temprana, en los cuales el objeto o el sujeto mismo quedan
escindidos de un modo tal que evita la ambivalencia. Anna Freud ayudó a
clarificar los mecanismos de defensa del yo. La obra de varios
analistas, principalmente norteamericanos, nos ha conducido al estudio,
no simplemente de los mecanismos característicos de la infancia más
temprana, sino del niño pequeño, del niño como persona que depende del
cuidado. Yo mismo he desempeñado algún papel en el intento tendiente a
describir las fases más tempranas en que el infante está fusionado con
la madre, y (en virtud de un mecanismo complejo y precario) emerge y se
ve obligado a abordar relaciones con objetos que no forman parte del
self.
Todos estos desarrollos hacen que el estudio
del psicoanálisis sea muy estimulante y significativo para los
investigadores de los trastornos mentales y su prevención.
Diagnóstico
El
psicoanálisis como tratamiento no puede describirse sin hacer
referencia al diagnóstico. El encuadre psicoanalítico clásico está
relacionado con el diagnóstico de las psiconeurosis, y quizá sea
conveniente hablar solamente de ellas. Se trata por cierto de un tema
que daría material para muchas conferencias, pero lo que se espera hoy
es una exposición amplia y sintética del psicoanálisis sea cual fuere
el diagnóstico, incluso el de normalidad. Aunque no podríamos
desarrollar el tema en este marco, hay que subrayar que en la técnica
del psicoanálisis existen diferencias muy grandes según sea el niño
neurótico, psicótico o antisocial.
Para completar la
idea debo agregar que la diferencia entre el niño y el adulto consiste
en que el primero suele jugar, más bien que hablar. Pero esta
diferencia carece casi completamente de importancia, y sin duda algunos
adultos dibujan o juegan.
La transferencia
Es
una característica del psicoanálisis que el analista no desaproveche el
valioso material que surge para su análisis en los términos de la
relación emocional entre profesional y paciente. En la transferencia
inconsciente aparecen muestras de la pauta personal de la vida
emocional o la realidad psíquica del paciente. El analista aprende a
detectar esos fenómenos de transferencia inconsciente, y utilizando los
indicios que le proporciona el paciente puede interpretar lo que ya
está maduro para la aceptación consciente en una determinada sesión. El
trabajo más fructífero es el que se realiza en los términos de la
transferencia. Puede ser útil que aquí nos consagremos a describir la
transferencia tal como ella aparece característicamente en el período
de latencia.
La técnica psicoanalítica adaptada al niño en la latencia Ahora
es necesario considerar los rasgos peculiares del psicoanálisis cuando
esta forma de tratamiento se adapta al grupo de edad que estamos
considerando. Por lo general se admite que el grupo de edad que más
satisfacciones le da al analista -en especial al analista principiante-
es el primer grupo, en el que el niño tiene dos, tres o cuatro años.
Después de la superación del complejo de Edipo, se desarrollan defensas
enormes.
La naturaleza de la latencia
Aún
no hay seguridad en cuanto a lo que constituye el período de latencia.
Biológicamente habría que suponer que en esos pocos años, entre los
seis y los diez, cesa el desarrollo del instinto, de modo que por el
momento el niño queda con una vida instintiva basada en sus desarrollos
del período anterior. Los cambios se reanudarán en la pubertad, y una
vez más el niño tendrá que organizarse contra un estado alterado de las
cosas; tendrá que estar alerta ante nuevas angustias, sentir la
excitación de nuevas experiencias, de nuevas satisfacciones gozosas y
de nuevos grados de satisfacción.
Del período de
latencia pueden decirse muchas cosas, pero lo que parece perfectamente
claro es que en él existen grandes defensas organizadas y sostenidas.
En este punto coinciden las dos grandes autoras que trataron el tema:
Melanie Klein y Anna Freud. En su capítulo dedicado al período de
latencia en The Psycho- Analysis of Children (1932), Melanie Klein
empieza por referirse a las dificultades especiales de este período.
"A
diferencia del niño pequeño -dice-, cuya viva imaginación y angustia
aguda nos permiten una visión intuitiva más fácil de su inconsciente y
un contacto más fácil con él, ellos (los niños en la latencia) tienen
una vida imaginativa muy limitada, concordante con la fuerte tendencia
a la reflexión característica de su edad; mientras tanto, en
comparación con la persona adulta su yo es todavía subdesarrollado y no
comprenden que están enfermos ni quieren ser curados, de modo que no
tienen ningún incentivo para iniciar el análisis ni ningún estímulo
para continuarlo."
El libro de Anna Freud titulado
The Psycho-Analytical Treatment of Children (1946) aborda en el primer
capítulo la discusión de una fase introductoria, necesaria en el
análisis de niños. De los ejemplos proporcionados surge que Anna Freud
se refiere principalmente a los niños en período de latencia, aunque no
exclusivamente a ellos.
Al leer estos dos libros, de
una infinita riqueza y plenos de una experiencia clínica digna de
envidia, pueden advertirse semejanzas o diferencias. Las semejanzas
existen sin duda y tienen que ver con la cuestión de la técnica
modificada necesaria para el niño en la latencia. Lo que no queda claro
es que muchas de las diferencias se refieren al diagnóstico.
Con
respecto a las otras diferencias -y son éstas las que queremos
estudiar- advertimos inmediatamente que para Melanie Klein es adecuado
interpretar los conflictos inconscientes y los fenómenos de la
transferencia a medida que surgen, y establecer con el niño una
relación basada en la confianza que generan esas interpretaciones; en
cambio, Anna Freud tiende a construir una relación con el niño en el
nivel consciente, y describe de qué modo llega gradualmente al trabajo
del análisis con la cooperación consciente del paciente. Se trata en
gran medida de una diferencia tocante a la cooperación consciente o
inconsciente. Me parece que es posible que se exageren estas
diferencias, aunque ellas pueden ser bastante reales en ciertos casos.
En mi opinión, cuanto más pronto el analista interprete el
inconsciente, mejor, porque esto orienta al niño hacia el tratamiento
analítico, y el primer alivio sin duda le proporciona la primera
indicación de que puede obtener algo del análisis. Por otro lado, en
las etapas iniciales se puede perder a pacientes que están en la
latencia por no haber obtenido su cooperación consciente. Podríamos
pasar a los padres la tarea de introducir al niño en la comprensión
intelectual de la necesidad del tratamiento, y de este modo eludir la
responsabilidad por la fase introductoria del análisis. Pero el modo
como los padres o los encargados del niño le den una idea de lo que ha
de esperarse de la sesión diaria de tratamiento puede establecer
diferencias considerables. Anna Freud asume deliberadamente la carga de
explicarle al niño lo que está sucediendo y Melanie Klein deja esa
función en las manos de quienes crían a la criatura, confiando en poder
actuar ella misma sin explicaciones en el nivel consciente, gracias a
la obtención rápida de la cooperación inconsciente, esto es, la
cooperación basada en el trabajo del análisis.
Tenemos
que abordar la situación tal como la encontramos en cada uno de los
casos que tratemos. Cuando el niño es muy inteligente, necesitamos
hablarle a su inteligencia, nutrirla. Aveces constituye una
complicación el hecho de que se trabaje con un niño que siente que algo
sucede, pero no comprende intelectualmente de qué se trata. En todo
caso, es una lástima desaprovechar la comprensión intelectual del niño,
que puede ser un aliado muy poderoso, aunque, desde luego, en ciertos
casos los procesos intelectuales sirven como defensas, y dificultan el
análisis.
Hasta cierto punto, de nuevo estamos
refiriéndonos al diagnóstico. Cuando hay una angustia de intensidad
psicótica, existe una gran necesidad de ayuda, y la ayuda debe
prestarse de inmediato; aún así, es posible satisfacer al intelecto.
Pienso en este momento en un niño de diez años. Cuando yo entraba en la
habitación en que lo conocí, él estaba diciéndole a la madre: "Pero tú
no entiendes, no es la pesadilla lo que temo; el problema es que tengo
una pesadilla mientras estoy despierto". Con esas palabras el niño
proporcionaba una descripción veraz de su enfermedad, y pude partir de
ese punto, trabajando con su fino intelecto y también interpretando en
todos los niveles, incluso el más profundo.
Al tratar
de ordenar las diversas opiniones expresadas y lo que yo personalmente
siento, siento deseos de citar a Berta Bornstein, quien en su escrito
"On Latency" (1951) comienza diciendo: "Desde el punto de vista de la
capacidad intelectual del niño en la latencia, podríamos esperar que
asocie libremente. Los factores responsables de que no lo haga crean
una limitación general del análisis de niños. Hay varias razones de
esta incapacidad para asociar. Además de las que conocemos bien, sólo
mencionaré una que no se ha subrayado todavía: el niño experimenta la
asociación libre como una amenaza particular a la organización de suyo"
(la bastardilla es mía).
Considero que este modo de
ver el período de latencia es muy útil. No tengo tiempo aquí para
referirme a su división en fases, que realiza Berta Bornstein. Pero en
términos generales parece importante que comprendamos en el tratamiento
de niños de esta edad que ellos han logrado un grado de cordura y
abandonado el proceso primario. El desempeño de suyo no debe ser
violentado. El mismo capítulo termina con las palabras siguientes: "En
el análisis de la latencia hay que poner el máximo cuidado en
fortalecer las estructuras débiles y modificar las que interfieren el
desarrollo normal. La selección del material para la interpretación y
la forma de la interpretación en sí deben articularse para servir esos
fines". Por esta razón cooperamos con el niño en todo tipo de
actividades, mientras recogemos material para la interpretación
mutativa.
Berta Bornstein también se refiere al
"ideal de la latencia" de Freud (1905a), es decir, a la defensa exitosa
contra las demandas instintivas. Pienso en un cuaderno de ejercicios
que tengo en mi poder. Cada página de este cuaderno representa un
trabajo muy constructivo realizado por una niña durante el período de
latencia. El suyo era uno de esos casos difíciles en los cuales puede
decirse que casi el único síntoma es la enuresis nocturna. Detrás de él
había un trastorno del carácter que calzaba perfectamente con la
represión homosexual de la madre. Este cuaderno de ejercicios está
compuesto principalmente por dibujos muy bien realizados al pastel. El
análisis me resultaba extremadamente aburrido. La niña parecía
tacharme. De los aproximadamente cincuenta dibujos, sólo dos o tres,
que estaban hacia la mitad del cuaderno, perdían la característica de
defensa organizada. Esos dos o tres dibujos presentaban todo tipo de
ruinas, una confusión y un revoltijo, desintegración; en uno de ellos
un objeto semejante a un seno aparecía cortado con tijeras y separado
entre las hojas. Hay sadismo oral, y también incontinencia y una
fantasía de incontinencia. Si esta paciente hubiera tenido tres años de
edad habría sido mucho más fácil llegar a la niña incontinente o
desintegrada, pero como pertenecía al grupo en la latencia, tenía que
contentarme con llegar a una ilustración de su locura oculta. Mientras
que un niño pequeño suele ser "loco" y no obstante sano, porque quienes
lo cuidan lo controlan naturalmente, un niño en la latencia que está
"loco" tiene una enfermedad muy grave y necesita atención
especializada. Lo que yo haré es un desarrollo del tema aceptado del
período de latencia como el período en el cual el yo, por así decirlo,
entra en posesión de sus fueros. En la salud, el niño en latencia no se
ve forzado a ceder ante las exigencias del ello, aunque los impulsos
del ello conservan su fuerza y aparecen de todas maneras en formas
indirectas.
Entre todo lo que puede decirse, opto por enunciar aquí que en el período de latencia:
(1)
El niño está en cierto sentido solo, aunque necesitado de la compañía
de otros que se encuentran en una posición similar. Las relaciones
entre los niños sanos que se encuentran en la latencia pueden ser
íntimas durante períodos prolongados, sin sexualizarse en un sentido
manifiesto. El simbolismo sexual se mantiene. Los elementos sexuales
manifiestos de los niños deprivados perturban el juego y la
relacionalidad del yo.
(2) El niño en la latencia
está preparado para introyectar pero no para incorporar; está preparado
para absorber elementos totales de las personas elegidas pero no para
comer o ser comido, ni para fusionarse en una relación íntima que
involucre el instinto.
(3) El niño en la latencia es
un especialista en la exhibición de fenómenos externos sin quedar
directamente involucrado en la vida plena. La persistencia de fase de
la latencia puede reflejarse en la capacidad del adulto para el
rendimiento del yo a expensas de la libertad del ello.
(4)
En esta fase la cordura es esencial; el niño que no puede conservarla
está muy enfermo desde el punto de vista clínico. La organización del
yo porta el impulso, que tanto antes como después es en parte llevado
por el ello.
El momento de interpretar
Creo
que el momento correcto para la interpretación es lo antes posible, es
decir, el primer momento en que el material aclara lo que hay que
interpretar. Pero yo soy económico en mis interpretaciones, y si no
estoy seguro de que hay que interpretar, no vacilo en ganar tiempo. Al
ganar tiempo me encuentro en una fase introductoria y preparatoria,
jugando, construyendo con el niño, o simplemente borrado,
desperdiciado. No obstante, sólo me interesa una cosa: la búsqueda de
una clave que haga posible la interpretación apropiada en el momento,
la interpretación que genera un cambio de énfasis en la transferencia
inconsciente. Es posible que un enunciado como éste encuentre una
aceptación general. Algunos analistas son más rápidos que otros para
recoger la clave, y en este trabajo hay lugar para unos y para otros.
Lo que le importa al paciente no es tanto la exactitud de la
interpretación como la disposición del analista a ayudar, la capacidad
del analista para identificarse con el paciente y creer en lo
necesario, y para satisfacer la necesidad en cuanto ésta es indicada
verbalmente o por medio del lenguaje no verbal o preverbal.
El final del tratamiento
Finalmente
les pediré que consideren la terminación del análisis. Desde luego,
siempre es necesario pensar en los términos del caso y el diagnóstico
individuales, pero podemos decir algo que tiene significación general.
En el análisis de los niños pequeños, el analista es considerablemente
ayudado por los enormes cambios que se producen naturalmente a los
cinco, seis o siete años de edad. Cuando el análisis está terminado,
ocurren esos procesos que, sin duda, el éxito del tratamiento puede
facilitar. De este modo, toda mejoría debida al análisis se ve
acentuada por el curso natural de los acontecimientos. Especialmente en
relación con la socialización del niño, quienes lo cuidan suelen quedar
satisfechos con el resultado, porque el niño pierde el carácter salvaje
y variable de la época de la prelatencia, y es más feliz en los grupos.
En contraste, el análisis en la latencia tiende a terminar en un
momento muy delicado.
Sería interesante que este tema
se discutiera. Lo típico es que el análisis esté terminado cuando el
niño tiene once o doce años y aparecen las complicaciones de la
prepubertad y la pubertad en sí. Tal vez sea aconsejable planificar los
análisis de un modo que concluyan antes de la iniciación de la
pubertad, o bien para que continúen durante los primeros años de los
nuevos desarrollos. Quizás algunos analistas, al seguir este último
curso de acción, vean a sus pacientes a intervalos relativamente
largos, se mantengan en contacto con ellos y no descarten que serán
necesarios cinco veces por semana en ciertos períodos de la época de la
pubertad.
Además de los cambios reales, es muy
probable que en la pubertad haya incidentes, amistades traumáticas,
grandes pasiones, seducciones, angustias masturbatorias, que lleven a
la exacerbación de las defensas o a la angustia franca.
Surge
entonces una pregunta: ¿cuál es el lugar del análisis limitado a la
época de la latencia, por ejemplo, de los seis a los diez años? ¿Hasta
qué punto durante este período de relativa calma en el mundo instintivo
puede pretender el analista que conoce al niño? ¿En qué medida puede
deducir el analista, a partir de lo que sucede en ese análisis, cómo
era el niño a los tres años o predecir cómo será a los trece? No estoy
seguro de las respuestas a estos interrogantes, pero sé que yo mismo me
he engañado, haciendo a veces un pronóstico demasiado favorable y otras
no lo suficientemente favorable. Tal vez sea más fácil saber qué hacer
cuando el niño está enfermo, porque entonces la enfermedad obvia domina
la escena y no se considera que el tratamiento haya terminado mientras
esa enfermedad subsista. Cuando el niño está relativamente bien, un
padre no lleva a analizar a su hijo en la latencia por razones
triviales.
Ningún analista puede tener un número tal
de casos que le permita abarcar todas las posibilidades, y por lo tanto
necesitamos reunir en un fondo común nuestras experiencias, sin temor a
hacer sugerencias que al grupo puedan parecerle estúpidas. Cada
analista acumula una experiencia altamente especializada, sin duda
rica, pero que es necesario relacionar con las experiencias de los
colegas que realizan el mismo trabajo, aunque sea con otros niños.