Todos los intentos hechos hasta ahora por resolver los problemas del sueño arrancaban directamente de su contenido manifiesto, tal
como lo presenta el recuerdo, y a partir de él se empeñaban en obtener
la interpretación del sueño o, cuando renunciaban a ella, en
fundamentar su juicio acerca del sueño por referencia a ese contenido.
Somos los únicos que abordamos otra explicación de las cosas; para
nosotros, entre el contenido onírico y los resultados de nuestro
estudio se incluye un nuevo material psíquico: el contenido latente o pensamientos
del sueño, despejados por nuestro procedimiento. Desde ellos, y no
desde el contenido manifiesto, desarrollamos la solución del sueño. Por
eso se nos plantea una nueva tarea, inexistente para quienes nos
precedieron: investigar las relaciones entre el contenido manifiesto y
los pensamientos latentes del sueño, y pesquisar los procesos por los
cuales estos últimos se convirtieron en aquel.
Pensamientos
del sueño y contenido del sueño se nos presentan como dos figuraciones
del mismo contenido en dos lenguajes diferentes; mejor dicho, el
contenido del sueño se nos aparece como una trasferencia de los
pensamientos del sueño a otro modo de expresión, cuyos signos y leyes
de articulación debemos aprender a discernir por vía de comparación
entre el original y su traducción. Los pensamientos del sueño nos
resultan comprensibles sin más tan pronto como llegamos a conocerlos.
El contenido del sueño nos es dado, por así decir, en una pictografía,
cada uno de cuyos signos ha de trasferirse al lenguaje de los
pensamientos del sueño. Equivocaríamos manifiestamente el camino si
quisiésemos leer esos signos según su valor figural en lugar de hacerlo
según su referencia signante. Supongamos que me presentan un acertijo
en figuras: una casa sobre cuyo tejado puede verse un bote, después una
letra aislada, después una silueta humana corriendo cuya cabeza le ha
sido cortada, etc. Frente a ello podría pronunciar este veredicto
crítico: tal composición y sus ingredientes no tienen sentido. No hay
botes en los tejados de las casas, y una persona sin cabeza no puede
correr; además, la persona es más grande que la casa y, si el todo
pretende figurar un paisaje, nada tienen que hacer allí las letras
sueltas, que por cierto no se encuentran esparcidas por la naturaleza.
La apreciación correcta del acertijo sólo se obtiene, como es evidente,
cuando en vez de pronunciar tales veredictos contra el todo y sus
partes, me empeño en remplazar cada figura por una sílaba o una palabra
que aquella es capaz de figurar en virtud de una referencia cualquiera.
Las palabras que así se combinan ya no carecen de sentido, sino que
pueden dar por resultado la más bella y significativa sentencia
poética. Ahora bien, el sueño es un rébus de esa índole, y nuestros
predecesores en el campo de la interpretación de los sueños cometieron
el error de juzgar la pictografía como composición pictórica. Como tal,
les pareció absurda y carente de valor.
El trabajo de condensación.
Lo primero que muestra al investigador la comparación entre contenido y pensamientos del sueño es que aquí se cumplió un vasto trabajo de condensación. El
sueño es escueto, pobre, lacónico, si se lo compara con la extensión y
la riqueza de los pensamientos oníricos. Puesto por escrito, el sueño
ocupa media página; en cambio, si se quiere escribir el análisis que
establece los pensamientos del sueño se requiere un espacio seis, ocho
o doce veces mayor.
Esta relación varía para
diferentes sueños; pero su sentido, hasta donde yo puedo determinarlo,
nunca cambia. Es regla que se subestime la medida de la compresión
producida, pues se juzga que los pensamientos oníricos traídos a la luz
constituyen el material completo cuando en verdad todavía pueden
descubrirse otros, ocultos tras el sueño, si se prosigue el trabajo de
interpretación. Ya hubimos de mencionar que en rigor nunca se está
seguro de haber interpretado un sueño exhaustivamente; aun cuando
parece que la resolución es satisfactoria y sin lagunas, sigue abierta
la posibilidad de que a través de ese mismo sueño se haya insinuado
otro sentido. Por tanto, estrictamente hablando, la cuota de condensación es indeterminable.
Así,
la desproporción entre contenido y pensamientos oníricos lleva a
inferir que en la formación del sueño se efectuó una amplia
condensación del material psíquico. Contra este aserto puede levantarse
una objeción que a primera vista parece muy seductora. Es que hartas
veces tenemos la sensación de que estuvimos soñando mucho toda la
noche, pero olvidamos después la mayor parte. El sueño que recordamos
al despertar no sería entonces sino un resto del trabajo onírico total,
que sin duda coincidiría con la extensión de los pensamientos oníricos
si pudiéramos recordarlo completo. Algo de cierto hay en esto: no es
engañosa la observación de que reproducimos un sueño con la máxima
fidelidad cuando intentamos recordarlo enseguida de despertar, mientras
que después, cuando avanza la tarde, su recuerdo se hace cada vez más
lagunoso. Pero, por otra parte, puede averiguarse que la sensación de
haber soñado mucho más que no podemos reproducir descansa a menudo en
una ilusión cuya génesis habremos de elucidar más adelante. Por lo
demás, el supuesto de que en el trabajo del sueño se operó una
condensación no es refutado por la posibilidad del olvido; en efecto,
lo demuestran las masas de representaciones relativas a cada uno de los
fragmentos oníricos conservados. Y si de hecho un gran fragmento del
sueño se perdió para el recuerdo, más bien ello nos bloquea el acceso a
una nueva serie de pensamientos oníricos. Es que nada justifica la
conjetura de que los fragmentos oníricos naufragados se referirían
también a aquellos pensamientos que ya conocemos por el análisis de lo
que se conservó.
En vista del nutrido tropel de
ocurrencias que el análisis aporta a cada elemento del contenido del
sueño, más de un lector planteará una duda de principio: ¿Hay derecho a
imputar a los pensamientos del sueño todo cuanto al soñante se le
ocurre con posterioridad en el análisis?
¿Estamos
autorizados a suponer que todos esos pensamientos estuvieron activos
mientras se dormía y cooperaron en la formación del sueño? ¿0 más bien
en el proceso del análisis se engendraron nuevas conexiones de
pensamiento que no habían participado en la formación del sueño? Sólo
con reservas puedo adherir a esta duda. Es evidentemente cierto que
algunas conexiones de pensamiento se engendran sólo durante el
análisis; pero es posible en cada caso convencerse de que tales
conexiones nuevas se establecen únicamente entre pensamientos que ya
estaban ligados de otro modo en los pensamientos oníricos; las nuevas
conexiones son, por así decir, contactos laterales o cortocircuitos,
posibilitados por la existencia de vías de conexión diferentes y que
corren a mayor profundidad. Respecto de la inmensa mayoría de las masas
de pensamiento descubiertas por el análisis debe admitirse que ya
estuvieron activas en la formación del sueño; en efecto, cuando se
reelabora una cadena de esos pensamientos que parecen situarse fuera de
la trama de la formación del sueño, se tropieza de pronto con un
pensamiento que tiene su subrogado en el contenido del sueño, es
indispensable para la interpretación de este e inalcanzable por otra
vía que aquella cadena de pensamientos. Considérese a tal fin el sueño
de la monografía botánica que aparece como el resultado de una
asombrosa operación de condensación, por más que yo no comuniqué su
análisis completo.
Ahora bien, ¿cómo debemos concebir
el estado de la psique durante el dormir, que es precedente respecto
del soñar? ¿Coexisten yuxtapuestos todos los pensamientos oníricos, o
discurren sucesivamente, o varias ilaciones coetáneas de pensamiento se
forman desde diversos centros para reunirse después? Opino que no
tenemos necesidad alguna de crearnos una representación plástica del
estado de la psique durante la formación de los sueños.
Basta con no olvidar que se trata de un pensar inconciente y
que probablemente el proceso es diverso del que percibimos dentro de
nosotros en la reflexión intencionada, acompañada de conciencia.
En
todo caso, el hecho de que la formación del sueño se basa en una
condensación se mantiene inconmovible. Pero, ¿cómo se produce esa
condensación?
Si se considera que, de los
pensamientos oníricos hallados, sólo los menos están subrogados en el
sueño por uno de sus elementos de representación, se debe inferir que
la condensación adviene por vía de la omisión, pues el sueño no sería
una traducción fiel ni una proyección punto por punto de aquellos
pensamientos, sino un reflejo en extremo incompleto y lagunoso. Pronto
descubriremos que esta intelección es harto deficiente; pero
apoyándonos en ella para empezar, preguntémonos: Si sólo unos pocos
elementos -de los pensamientos oníricos alcanzan el contenido del
sueño, ¿qué condiciones comandan la elección?
Para
obtener esclarecimiento sobre esto, dirijamos nuestra atención a los
elementos del contenido del sueño, puesto que, sin duda, tienen que
haber satisfecho las condiciones buscadas. Un sueño a cuya formación
haya contribuido una condensación particularmente intensa será el
material más propicio para esta indagación.