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Estudio del psicoanálisis y psicología

El yo en la teoría de Freud


El yo en la teoría de Freud

Psicología y Metapsicología

17 de Noviembre de 1954

Verdad y saber. El cogito de los dentistas. El yo (je) no es el yo(1) , el sujeto no es el

individuo. La crisis de 1920.

17 de Noviembre de 1954

Verdad y saber. El cogito de los dentistas. El yo (je) no es el yo(1) , el sujeto no es el

individuo. La crisis de 1920.

Buenos días, amigos míos, otra vez reunidos.

Definir
la naturaleza del yo lleva muy lejos. Pues bien, vamos a partir de este
muy lejos para volver hacia el centro, lo cual nos conducirá de nuevo
al muy lejos.

Nuestra mira de este año es el Yo en la
teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. Pero no slo en esta
teoría y en esta técnica tiene el yo un sentido, y eso complica el
problema.

La noción del yo fue elaborada al correr de
los siglos tanto por aquellos a los que llaman filósofos, y con los
cuales no tememos aquí comprometernos, como por la conciencia común.
Vale decir que hay cierta concepción preanalítica del yo llamémosla así
por convención, para orientarnos que ejerce su atracción sobre aquello
radicalmente nuevo que en lo concerniente a esta función introdujo la
teoría de Freud.

Podra sorprendernos una tal
atracción, y hasta subducción o subversión, si la noción Freudiana del
yo no produjese una conmoción tan grande que merece que a su respecto
se introduzca la expresión revolución copernicana, cuyo sentido hemos
ido entreviendo en el curso de nuestras reuniones del año pasado, base
de las que sostendremos en éste.

Los resultados que
hemos llegado a alcanzar serán integrados casi por completo en la nueva
fase en que ahora retornamos la teoría de Freud, que sigue siendo
nuestro hilo conductor: no olviden que éste es un seminario de textos.

Las
nuevas perspectivas abiertas por Freud estaban llamadas a abolir las
precedentes. Sin embargo, por mil flancos algo se produjo en el manejo
de los términos teóricos, y reapareció una noción del yo absolutamente
distinta de la que implica el equilibrio del conjunto de la teoría de
Freud, y que, por el contrario, tiende a la reabsorción, como se dice
además con toda claridad, del saber analítico en la psicología general,
que en este caso significa psicología preanalítica. Y, al mismo tiempo,
puesto que teoría y práctica no son separables, la relación analítica,
la dirección de la práctica, vieron cambiar su orientación. La historia
actual de la técnica psicoanalítica lo demuestra.

Esto
sigue siendo muy enigmático. Sera incapaz de afectarnos si no
trascendiera el conflicto entre escuelas, entre retrgrados y avanzados,
ptolemaicos y copernicanos. Pero va mucho más allá. Se trata del
establecimiento de una complicidad concreta, eficaz, entre el análisis,
manejo liberador, desmistificante, de una relación humana, y la ilusión
fundamental de lo vivido por el hombre, al menos por el hombre moderno.

El hombre contemporneo cultiva cierta idea de sí
mismo, idea que se sita en un nivel semi-ingenuo, semi-elaborado. Su
creencia de estar constituido de tal o cual modo participa de un
registro de nociones difusas, culturalmente admitidas. Puede este
hombre imaginar que ella surgió de una inclinación natural, cuando de
hecho, en el estado actual de la civilización, le es enseada por
doquier. Mi tesis es que la técnica de Freud, en su origen, trasciende
esta ilusión, ilusión que ejerce concretamente una influencia decisiva
en la subjetividad de los individuos. El problema entonces es saber si
el psicoanálisis se dejar llevar poco a poco a abandonar lo que por un
momento fue vislumbrado o si, por el contrario, manifestar otra vez,
dándole nueva vida, su relieve.

De ahí la utilidad de referirse a ciertas obras de cierto estilo.

En
mi opinión, no es conveniente dividir nuestros comentarios en las
diferentes series en que se despliegan. Por ejemplo, lo que introdujo
Alexandre Koyr en su conferencia de anoche, acerca de la función del
diálogo platónico, precisamente a partir del Merlín, puede insertarse
sin artificio en la cadena de la enseñanza que aquí se va
desarrollando. Las conferencias de los martas, llamadas con justicia
extra-ordinarias, tienen la función de permitir que cada uno de ustedes
cristalice las interrogaciones suspendidas en las fronteras de lo que
desarrollamos en este seminario.

Anoche, en las pocas
palabras que pronunció, destaqué, transformando las ecuaciones
menonianas, lo que podemos llamar la función de la verdad en estado
naciente. En efecto, el saber al cual se anuda la verdad debe estar
dotado, sin duda, de una inercia propia, que le hace perder algo de la
virtud a partir de la cual comenzó a depositarse como tal, ya que
muestra una evidente propensión a desconocer su propio sentido. No hay
sitio donde esta degradación sea ms evidente que en el psicoanálisis, y
por sí sólo este hecho revela la posición de encrucijada que el
psicoanálisis ocupa realmente en un cierto progreso de la subjetividad
humana.

Esta singular ambigüedad del saber y la
verdad se ve desde el origen, aunque nunca se est por completo en el
origen, pero tomemos a Platón por origen, en el sentido en que se habla
de origen de las coordenadas. La vimos revelarse ayer en el Menan, pero
igualmente podramos haber tomado el Prot´´agoras, del que no se habló.

Quién
es Sócrates? Sócrates es quien inaugura en la subjetividad humana el
estilo del que brotó la noción de un saber vinculado a determinadas
exigencias de coherencia, saber previo a todo progreso ulterior de la
ciencia en cuanto experimental; tendremos que definir el significado de
esa suerte de autonoma que adquiri la ciencia con el registro
experimental. Pues bien, en el momento preciso en que se inaugura ese
nuevo ser-en-el-mundo que aquí designo como una subjetividad, Sócrates
advierte que en lo tocante a lo más precioso, la aret, la excelencia
del ser humano, no es la ciencia la que

podrá
transmitir las vas que a ella conducen. Ya ahí se produce un
descentramiento; a partir de esta virtud se abre un campo al saber,
pero esta virtud misma, en cuanto a su transmisión, su tradición, su
formación, queda fuera del campo. Esto es algo en lo que vale la pena
detenerse, antes de presurarse a pensar que al final todo se arreglar,
que se trata de la ironía de Sócrates, que un día u otro la ciencia
conseguir recuperar eso mediante una acción retroactiva. Empero, en el
transcurso de la historia nada hasta hoy nos lo ha probado.

Qué pasó después de Sócrates? Muchas cosas y, en particular, que la noción del yo vio la luz.

Cuando
algo ve la luz, algo que estamos obligados a admitir como nuevo, cuando
otro orden de la estructura emerge. Pues bien! Este crea su propia
perspectiva en el pasado y decimos:

Nunca pudo no estar ahí, existe desde siempre. No es ésta, por lo demás, una propiedad que nuestra experiencia demuestra?

Piensen
en el origen del lenguaje. Imaginamos que hubo un momento en que, sobre
esta tierra, se tuvo que empezar a hablar. Admitimos, por tanto, que
hubo una emergencia.

Pero a partir del momento en que
esa emergencia es aprehendida en su estructura propia, nos es
absolutamente imposible especular sobre aquello que la precediósi no lo
hacemos mediante símbolos quesiempre han podido aplicarse. Lo nuevo que
surge parece extenderse siempre en la perpetuidad, indefinidamente,
masacré de sí mismo. Con el pensamiento no podemos abolir un orden
nuevo. Esto se aplica a todo lo que quieran, incluido el origen del
mundo.

De igual modo, ya no podemos dejar de pensar
con ese registro del yo que hemos adquirido en el transcurso de la
historia, aún cuandonos encontremos con las huellas de la especulación
del hombre sobre s mismo en pocas en que dicho registro como tal no
estaba promovido.

Nos parece entonces que Sócrates y
sus interlocutores deban poseer, como nosotros, una noción implícita de
esta función central; que el yo deba de ejercer en ellos una función
anlogía a la que ocupa en nuestras reflexiones teóricas, pero también
en la aprehensión espontánea que tenemos de nuestros pensamientos,
tendencias, deseos, de lo que es nuestro y de lo que no es nuestro, de
lo que admitimos como expresiones de nuestra personalidad o de lo que
rechazamos como parásito en ella. Nos es muy difícil pensar que toda
esta psicologa no es eterna.

Lo es? Vale, al menos, hacer la pregunta.

Hacerla
nos incita a examinar con mayor detenimiento si, en efecto, no existe
un momento en que esa noción del yo se deja aprehender en su estado
naciente. No hace falta ir tan lejos: los documentos an están bien
frescos. La cosa no se remonta mucho ms atrás de esa poca, todavía
reciente, en que se produjeron tantos progresos en nuestra vida que nos
causa gracia leer en el Protígoras, cuando alguien llega por la mañana
a lo de Sócrates: Hola! Entre, qué pasa?-Ha llegado Protágoras. Lo que
nos divierte es que todo sucede, y lo dice Platón como al azar, en una
negra oscuridad. Esto nunca nadie lo observó, porque sólo puede
interesar a personas que, como nosotros, desde hace escasos setenta y
cinco años están habituados a encender la luz eléctrica.

Fíjense
en la literatura. Dicen ustedes que eso es propio de la gente que
piensa, pero que la gente que no piensa siempre debera tener, de manera
más o menos espontánea, alguna noción de su yo. Qué saben ustedes de
eso? Ustedes, en todos los casos, están del lado de la gente que
piensa, o al menos vienen después de gente que pensó en ello.

Tratemos entonces de abrir la cuestión, antes que zanjarla con tanta facilidad.

La
clase de personas que definiremos, por notación convencional, como los
dentistas, están muy seguras del orden del mundo porque piensan que el
señor Descartes expuso en El Discurso del Método las leyes y los
procesos de la razón clara. Su pienso, luego soy es absolutamente
fundamental en lo tocante a la nueva subjetividad, no es sin embargo
tan sencillo como les parece a estos dentistas, y algunos creen tener
que reconocer en él un puro y simple escamoteo. Si es verdad, en
efecto, que la conciencia es transparente a sí misma, y se aprehende
como tal, resulta evidente que el yo (je) no por ello le es
transparente. No le es dado en forma diferente a un objeto. La
aprehensión de un objeto por la conciencia no le entrega al mismo
tiempo sus propiedades. Lo mismo sucede con el yo (je).

Si
este yo (je) nos es ofrecido como una suerte de dato inmediato en el
acto de reflexión en que la conciencia se aprehende transparente a sí
misma, nada indica que la totalidad de esa realidad y ya es mucho decir
que se desemboca en un juicio de existencia quede con ello agotada.

Las
consideraciones de los filósofos nos llevaron a una noción del yo cada
vez más puramente formal y, para decirlo todo, a una crítica de dicha
función. El progreso del pensamiento se desvió, cuando menos
provisionalmente, de la idea de que el yo fuese sustancia, como de un
mito que debe ser sometido a una estricta crtica científica.

Legtimamente
o no, poco importa, el pensamiento se embarcó en el intento de
considerarla como puro espejismo, con Locke, con Kante incluso con los
psicofísicas, que no tenían más que ir tras estos, claro que con otras
razones y otras premisas. Ellos consideraron con el mayor recelo la
función del yo, en la medida en que ésta perpeta de manera más o menos
implícita el sustancialismo implicado en la noción religiosa del alma,
en cuanto sustancia revestida, por lo menos, con las propiedades de la
inmortalidad.

No es llamativo que mediante un
extraordinario malabarismo de la historia por haber abandonado un
instante lo subversivo de la aportación de Freud, lo cual, en cierta
tradición de elaboración del pensamiento puede pasar por un progreso,
se haya retornado ms ac de esta crítica filosófica, que no es reciente?

Para calificar el descubrimiento de Freud hemos usado el trmino revolución copernicana.

Esto
no implica que lo que no es copernicano sea absolutamente unívoco. Los
hombres no siempre creyeron que la Tierra era una especie de planicie
infinita, también le atribuyeron límites, formas diversas, a veces la
de un sombrero de mujer. Pero, en fin, pensaban que haba cosas que
estaban abajo, digamos en el centro, y que el resto del mundo se
edificaba encima. Pues bien, si no sabemos exactamente lo que un
contemporneo de Sócrates podía pensar acerca de su yo, as y todo haba
algo que tena que estar en el centro, y no parece que Scrates lo ponga
en duda. Probablemente no se trataba de algo hecho como el yo, que
comienza en una poca que podemos situar hacia mediados del iglo
diecisis, comienzos del diecisiete. Pero estaba en el centro, en la
base. En relacin con esta concepcin, el descubrimiento Freudiano tiene
exactamente el mismo sentido de descentramiento que aporta el
descubrimiento de Coprnico. Lo expresa muy bien la fulgurante frmula de
Rimbaud los poetas, que no saben lo que dicen, sin embargo siempre
dicen, como es sabido, las cosas antes que los dems: Je est un autre
(yo es otro).

No se dejen impresionar por esto, no se
pongan a propagar por doquier que yo es otro; cranme, no surte ningn
efecto. Y adems, no quiere decir nada. Porque primero hay que saber qu
quiere decir otro. Otro: no se babeen con este trmino. Uno de nuestros
colegas, de nuestros ex colegas, que tuvo algn trato con Les Temps
Modernes la revista del existencialismo, como le dicen, nos presentaba
como una gran audacia la idea de que para que alguien pueda hacerse
analizar tiene que ser capaz de aprehender al otro como tal. Tipo listo
se. Habramos podido preguntarle: Qu quiere decir usted con eso, el
otro? Su semejante, su prjimo, su ideal del yo (je), una palangana?
Todo eso, son otros.

El inconsciente escapa por
completo al crculo de certidumbres mediante las cuales el hombre se
reconoce como yo. Es fuera de este campo donde existe algo que posee
todo el derecho a expresarse por yo (je), y que demuestra este derecho
en la circunstancia de ver la luz expresndose a ttulo de yo (je). Lo
que en el anlisis viene a formularse como, hablando con propiedad, el
yo (je), es precisamente lo ms desconocido por el campo del yo.

Tal
es el registro donde lo que Freud nos ensea sobre el inconsciente puede
cobrar su alcance y su relieve. El hecho de haberlo expresado llamndolo
inconsciente lo arrastra a verdaderas contradiccines in adjecto ,
lo lleva a hablar de pensamientos l mis mo lo dice, sic venia verbo,
por lo que se disculpa todo el tiempo, pensamientos inconscientes. Todo
esto aparece enormemente complicado, porque desde la perspectiva de la
comunicacin, en la poca en que Freud comienza a expresarse, est
obligado a partir de la idea de que lo que pertenece al orden del yo
tambin pertenece al orden de la conciencia. Pero esto no es seguro. Si
l lo dice, es debido a cierto progreso en la elaboracin filosfica, que
por entonces formulaba la equivalencia yo = conciencia. Pero Freud,
cuanto ms avanza en su obra, menos consigue situar la conciencia, y
debe confesar que ella es, en definitiva, insituable. Todo se organiza
cada vez ms en una dialctica donde el yo (je) es distinto del yo.
Finalmente, Freud abandona la partida: tiene que haber ah, dice,
condiciones que se nos escapan, el futuro nos dir de qu se trata. Este
ao intentaremos vislumbrar de qu modo es posible situar la conciencia,
de una vez por todas, en la funcionalizacin Freudiana.

Con
Freud irrumpe una nueva perspectiva que revoluciona el estudio de la
subjetividad y muestra, precisamente, que el sujeto no se confunde con
el individuo. Esta distincin, que les present primeramente en el plano
subjetivo, es tambin y quiz se trate del paso ms decisivo desde el
punto de vista cientfico asequible en el plano objetivo.

Si
se considera, a la manera de los conductistas, lo que en el animal
humano, en el individuo en cuanto organismo, se propone objetivamente,
salen a luz cierto nmero de propiedades, desplazamientos, determinadas
maniobras y relaciones, y de la organizacin de estas conductas se
infiere la mayor o menor amplitud de los rodeos de que es capaz el
individuo para obtener cosas que por definicin son planteadas como sus
metas. Con ello nos hacemos una idea de la dimensin de sus relaciones
con el mundo exterior, medimos el grado de su inteligencia, fijamos en
suma el nivel, el estiaje con el que evaluar el perfeccinamiento, o la
aret de su especie. Pues bien, Freud nos aporta lo siguiente: las
elaboraciones del sujeto en cuestin de ningn modo son situables sobre
un eje donde, a medida que fueran ms elevadas, se confundiran cada vez
ms con la inteligencia, la excelencia, la perfeccin del individuo.

Freud nos dice: el sujeto no es su inteligencia, no est sobre el mismo eje, es excntrico.

El
sujeto como tal, funcionando en tanto que sujeto, es otra cosa y no un
organismo que se adapta. Es otra cosa, y para quien sabe orla, toda su
conducta habla desde otra parte, no desde ese eje que podemos captar
cuando lo consideramos como funcin en un individuo, es decir, con un
cierto nmero de intereses concebidos sobre la aret individual.

Por
ahora nos atendremos a esta metfora tpica: el sujeto est descentrado
con respecto al individuo. Yo es otro quiere decir eso.

En
cierto modo esto estaba ya al margen de la intuicin cartesiana
fundamental. Si para leer a Descartes se quitan las gafas del dentista,
percibirn los enigmas que nos propone, en particular el de cierto Dios
engaoso. Cuando se aborda la nocin del yo, no es posible dejar de
concluir al mismo tiempo que en alguna parte hay error. El Dios engaoso
es, a fin de cuentas, la reintegracin de aquello de lo que haba
rechazo, ectopia.

Hacia la misma poca, uno de esos
espritus frvolos aficionados a ejercicios de saln donde a veces
comienzan cosas muy sorprendentes, pequeas recreaciones hacen surgir de
cuando en cuando un orden nuevo de fenmenos, un tipo muy curioso, que
responde muy poco a la nocin corriente de lo clsico, La Rochefoucauld
para nombrarlo, tuvo de pronto el antojo de ensearnos algo singular que
no haba merecido bastante atencin, y que l llama amor propio. Es
curioso que se haya considerado esto tan escandaloso, porque, qu dijo
La Rochefoucauld? Hizo hincapi en que hasta nuestras actividades
aparentemente ms desinteresadas se hacen por afn de gloria, incluso el
amor-pasin o el ms secreto ejercicio de la virtud.

Qu
dijo, exactamente? Dijo que lo hacamos por nuestro placer? Cuestin sta
muy importante porque en Freud todo va a girar alrededor de ella. Si La
Rochefoucauld slo hubiera dicho eso, no habra hecho ms que repetir lo
que se vena enseando en las escuelas desde siempre; nada es nunca desde
siempre, pero pueden advertir la funcin que en esta ocasin cumple desde
siempre. Era as desde Scrates: el placer es la bsqueda del propio bien.
Aunque se crea otra cosa, se persigue el propio bien, se busca el
propio bien. El problema est nicamente en saber si tal animal humano,
captado como hace un momento en su comportamiento, es lo bastante
inteligente para aprehender su verdadero bien: si comprende dnde est
ese bien, obtiene el placer que de l siempre resulta. El seor Bentham
llev esta teora hasta sus ltimas consecuencias.

Pero
La Rochefoucauld pone otra cosa de relieve: que al embarcarnos en
acciones consideradas como desinteresadas, nos figuramos liberarnos del
placer inmediato y buscar un bien de orden superior, pero nos engaamos.
Esto es lo nuevo. No se trata de una teora general como la de que el
egosmo engloba todas las funciones humanas. Esto ya lo dice la teora
fsica del amor en santo Toms: el sujeto, en el amor, busca su propio
bien. Santo Toms, que slo deca lo que se vena diciendo desde haca
siglos, fue contradicho, por otra parte, por un tal Guillaume de
Saint-Amour, quien haca notar que el amor deba de ser otra cosa que la
bsqueda del propio bien. Lo escandaloso en La Rochefoucauld no es que
considere el amor propio como el fundamento de todos los
comportamientos humanos, sino que es engaoso, inautntico. Hay un
hedonismo propio del ego , y es esto precisamente lo
que nos embarca, es decir nos frustra a la vez de nuestro placer
inmediato y de las satisfaccines que podramos extraer de nuestra
superioridad con respecto a dicho placer. Separacin de plano, relieve
por primera vez introducido y que comienza a abrirnos, por obra de una
cierta diplopa, a algo que se mostrar como una separacin de plano real.

Esta concepcin se inscribe en una tradicin paralela a
la de los filsofos, la tradicin de los moralistas. No son stas personas
que se especializan en la moral, sino que introducen una perspectiva
llamada de verdad en la observacin de los comportamientos morales o de
las costumbres. Esta tradicin culmina en la genealoga de la moral, de
Nietzsche, que permanece toda ella en la perspectiva, de algn modo
negativa, segn la cual el comportamiento humano est como tal,
entrampado. En este hueco, en este tazn viene a verterse la verdad
Freudiana. Estn ustedes entrampados, no cabe duda, pero la verdad est
en otra parte. Y Freud nos dice dnde.

Lo que irrumpe
en ese momento, con ruido atronador, es el instinto sexual, la libido.
Pero, qu es el instinto sexual? Qu es la libido? Qu es el proceso
primario? Creen ustedes saberlo (yo tambin), lo cual no significa que
estemos tan seguros como parece. Habr que volver a ver esto de cerca, y
es lo que trataremos de hacer este ao.

A qu hemos
llegado hoy? A una cacofona terica, a una impresionante revolucin de
posicin. Y por qu? Antes que nada, porque la obra metapsicolgica de
Freud posterior a 1920 fue leda de travs, interpretada en forma
delirante por la primera y la segunda generacin despus de Freud; esos
ineptos.

Por qu decidi Freud introducir estas nuevas
nociones metapsicolgicas, denominadas tpicas, que se llaman yo, supery
y ello? En la experiencia iniciada tras su descubrimiento se produjo un
viraje, una crisis concreta. En una palabra, el nuevo yo (je), con el
que se tena que dialogar, al cabo de cierto tiempo se neg a responder.

Esta
crisis se muestra claramente expresada en los testigos histricos de los
aos 1910 a 1920. En la poca de las primeras revelaciones analticas, los
sujetos se curaban de forma ms o menos milagrosa, lo cual nos resulta
tambin perceptible cuando leemos las observaciones de Freud, con sus
interpretaciones fulgurantes y las explicaciones de nunca acabar. Pues
bien: es un hecho que esto funcion cada vez menos, que se fue
debilitando con el correr del tiempo.

Lo cual hace
pensar que hay alguna realidad en lo que les estoy explicando, esto es,
en la existencia de la subjetividad como tal, y sus modificaciones en
el transcurso del tiempo segn una causalidad, una dialctica propia que
va de subjetividad a subjetividad, y que tal vez escapa a cualquier
especie de condicionamiento individual. En esas unidades convencionales
que llamamos subjetividades en razn de particularidades individuales,
qu sucede, qu se cierra, qu resiste?

Fue precisamente
en 1920, es decir, justo despus del viraje del que acabo de hablarles
la crisis de la tcnica analtica cuando Freud decidi introducir sus
nuevas nociones metapsicolgicas. Y si se lee con atencin lo que escribi
a partir de 1920, se a dvierte que hay un estrecho lazo entre esa
crisis de la tcnica que haba que superar y la fabricacin de estas
nuevas nociones. Pero para eso hay que leer sus escritos, y en orden,
es preferible. El hecho de que Ms all del principio del placer fue
escrito antes que Psicologa de las masas y anlisis del yo, y antes que
El yo y el ello, es algo que debera suscitar ciertas preguntas: nadie
nunca se las ha hecho.

Lo que Freud introdujo a
partir de 1920 son las nociones suplementarias entonces necesarias para
mantener el principio del descentramiento del sujeto. Pero lejos de
habrselo comprendido como deba, hubo una avalancha general, verdadera
liberacin de colegiales: Ah, el buen yo, otra vez con nosotros! Qu
alivio, volvemos a los caminos de la psicologa general! Cmo no volver a
ellos con regocijo cuando esta psicologa general no slo es asunto de
escuela o de comodidad mental, sino realmente la psicologa de todo el
mundo? Fue una alegra poder creer nuevamente que el yo es central. Y,
como su ms reciente manifestacin, tenemos las geniales elucubraciones
que en este momento nos llegan de ultramar.

El seor
Hartmann, querubn del psicoanlisis, nos anuncia la gran nueva, despus
de la cual podremos dormir tranquilos: la existencia del ego autnomo. A este ego que
desde el inicio del descubrimiento Freudiano siempre fue considerado
conflictivo, que incluso cuando se lo situ como una funcin vinculada a
la realidad nunca dej de ser tenido por algo que, al igual que sta, se
conquista en un drama, a ese ego de pronto nos lo
restituyen como un dato central. Qu necesidad interior satisface el
hecho de decir que en alguna parte tiene que haber un autonomous ego ?

conviccin
desborda la ingenuidad individual del sujeto que cree en s, que cree
que l es l, locura harto comn y que no es una locura completa porque
forma parte del orden de las creencias. Es evidente que todos tendemos
a creer que nosotros somos nosotros. Pero observen con atencin y vern
que no estamos tan seguros como parece. En muchas circunstancias, muy
precisas, dudamos, y sin sufrir por ello ninguna despersonalizacin. No
slo se nos quiere hacer volver a esa ingenua creencia; se trata de un
fenmeno, para ser exactos, sociolgico, que concierne al anlisis como
tcnica o, si lo prefieren, como ceremonial, como sacerdocio determinado
en un cierto contexto social.

Por qu reintroducir la realidad trascendente del autonomus ego?
Bien mirado, se trata de autonomous egos ms o menos iguales segn los
individuos. Volvemos aqu a una entificacin conforme a la cual no slo
los individuos en cuanto tales existen sino que adems algunos existen
ms que otros. Esto contamina, ms o menos implcitamente, las llamadas
nociones del yo fuerte y el yo dbil, que son otros tantos modos de
eludir los problemas planteados tanto por la comprensin de las neurosis
como por el manejo de la tcnica.

Todo esto lo veremos en el momento y lugar oportunos.

Proseguiremos,
pues, este ao, el examen y la crtica de la nocin del yo en la teora de
Freud, precisaremos su sentido en funcin del descubrimiento de Freud y
de la tcnica psicoanaltica, y al mismo tiempo, en forma paralela,
estudiaremos algunas de sus incidencias actuales, enlazadas a cierto
modo de concebir, en el anlisis, la relacin de individuo a individuo.

La
metapsicologa Freudiana no comienza en 1920. Est enteramente presente
al principio, vean lo que se recopil sobre los comienzos del
pensamiento de Freud, las cartas a Fliess y los escritos
metapsicolgicos de este perodo ,y contina al final de la Traumdeutung .
Est lo bastante presente entre 1910 y 1920 para que hayan reparado en
ello el ao pasado. A partir de 1920, se entra en lo que podemos llamar
el ltimo perodo metapsicolgico. En cuanto a este perodo, Ms all del
principio del placer es el texto primero, el trabajo-pivote. Es el ms
difcil. No resolveremos de entrada todos sus enigmas.

Pero
as fue: Freud lo aport primero, antes de elaborar su tpica. Y si para
abordarlo se espera hasta haber profundizado, haber credo profundizar,
en los trabajos del perodo que sigue, ser imposible no cometer los ms
grandes errores. As es como la mayora de los analistas, en lo que
respecta al famoso instinto de muerte, se dan por vencidos. Deseara que
alguien de buena voluntad, Lefebvre-Pontalis por ejemplo, hiciera una
primera lectura de Ms all del principio del placer.