Histeroepilepsia
Histeroepilepsia (francés: hystéro-épilepsie; inglés:hystero-epilepsy ; italiano: isteroepilessia).
En la histeroepilepsia se observan ataques de convulsiones generales, igual que en la epilepsia.
Como síntomas precursores se presentan: la sensación de ahogo,
dificultades para tragar, dolor de cabeza y de estómago, vértigo y unas
particulares sensaciones de tirones en las extremidades. Los enfermos
caen al suelo dando un fuerte grito, y son aquejados por las
convulsiones; les sale espuma por la boca, los rasgos del rostro se les
desfiguran. Las convulsiones son al comienzo tónicas y luego de
naturaleza clónica. Por lo común, empero, el ataque no sobreviene de
manera tan repentina como en la epilepsia. Durante un breve lapso, los
enfermos procuran luchar contra las convulsiones, se cuidan de
provocarse lesiones graves al caer, esquivan situaciones peligrosas. El
epiléptico se cae hasta »sobre el fuego; esto no le
sucede al histérico. Mientras que el primero al comienzo del ataque se
pone pálido y después cianótico, el rostro del histérico conserva más o
menos el color normal. Lesiones de la lengua por mordeduras son raras
en la histeroepilepsia. En el ataque histeroepiléptico a menudo se
presenta el opistótonos completo, no así en el epiléptico. Y en el
curso de aquel, la conciencia desaparece por entero sólo en los casos
más graves. Tras el ataque, los histéricos se recuperan pronto las más
de las veces; no queda como secuela ninguna inclinación a dormir, ni
postración, como en los epilépticos . En
cambio, no es inusual que haya como secuela visiones de ratas, ratones,
serpientes, así como alucinaciones auditivas. En estos enfermos se
presentan, además de estos ataques, todos los síntomas de la histeria.
Es
de esperar que los lectores de este libro, ya recomendado calurosamente
por el profesor Forel en Zurich, hallarán en él todas aquellas
cualidades que movieron al traductor a verterlo en lengua alemana.
Comprobarán que la obra de Bernheim, de Nancy, constituye una
excelenteintroducción al estudio del hipnotismo, disciplina esta que el
médico ya no tiene permitido descuidar; que en muchos aspectos es
sugerente, y en algunos esclarecedora; y que es idónea para destruir la
creencia de que el problema de la hipnosis seguiría rodeado, como
asevera Meynert, de un «halo de absurdidad».
El logro
de Bernheim (y de sus colegas de Nancy, que trabajan en el mismo
sentido que él) consiste, justamente, en despojar las manifestaciones
del hipnotismo de su rareza, anudándolas a consabidos fenómenos de la
vida psicológica normal y del dormir. En la comprobación de los nexos
que unen los fenómenos hipnóticos con procesos habituales de la vigilia
y del dormir, en el descubrimiento de las leyes psicológicas válidas
para las dos series de fenómenos, se sitúa, a mí entender, el principal
valor de este libro. Así, el problema de la hipnosis es retrasladado
por entero al ámbito de la psicología, y se postula a la
«sugestión»como el núcleo y la clave del hipnotismo; además, en los
últimos capítulos la significatividad de la sugestión se rastrea en
ámbitos externos a la hipnosis. En la segunda parte del libro se
ofrecen pruebas de que la aplicación de la sugestión hipnótica brinda
al médico un potente método terapéutico -que, por añadidura, parece el
más adecuado para combatir ciertas perturbaciones nerviosas, el que
mejor respondería a su mecanismo-. Esto dota al libro de un significado
práctico totalmente extraordinario; y la insistencia en que la
hipnosis, así como la sugestión hipnótica, se puede aplicar a la
mayoría de las personas sanas, y no sólo a los histéricos y neurópatas
graves, es apropiada para difundir el interés por este método
terapéutico entre los médicos, más allá del círculo estrecho de los
neuropatólogos(76).
La causa del hipnotismo ha tenido
muy desfavorable recepción entre los hombres rectores de laciencia
médica alemana (si se prescinde de unas pocas autoridades como
Krafft-Ebing, Forel y otros). No obstante, es lícito formular el deseo
de que los médicos alemanes se ocupen del problema y del procedimiento
terapéutico, recordando el apotegma de que en ciencias naturales la
decisión última sobre aceptación y desestimación corresponde siempre a
la sola experiencia, y nunca a la autoridad sin una experiencia
mediadora. Las objeciones que hemos oído hasta ahora en Alemania al
estudio y empleo de la hipnosis sólo merecen respeto, efectivamente,
por el nombre de quienes las formularon, y no le fue difícil al
profesor Forel refutar en un opúsculo todo un conjunto de ellas [1889].
ver nota(77)
Un punto de vista como el imperante hasta
hace unos diez años en Alemania, que ponía en tela de juicio la
realidad de los fenómenos hipnóticos y pretendía explicar los
testimonios a ellos vinculados por la conjunción de credulidad -en el
observador- y simulación -en los sujetos de experimentación-, hoy ya se
ha vuelto imposible gracias a los trabajos de Heidenhain(78) y de
Charcot, para mencionar sólo los nombres más grandes entre quienes han
sustentado la objetiva realidad del hipnotismo. Lo notan, por otra
parte, los más tenaces opositores de la hipnosis, y por eso en sus
publicaciones, que siguen trasluciendo nítidamente la inclinación a
desconocerla, suelen intentar también hacerse cargo de su explicación,
con lo cual admiten la existencia de los fenómenos pertinentes.
Otro
punto de vista hostil a la hipnosis la desestima por peligrosa para la
salud mental del sujeto de experimentación, y la rotula de «psicosis
producida por vía experimental». Ahora bien, probar que la hipnosis
provoca en ciertos casos unos efectos nocivos no refuta su utilidad en
líneas generales, lo mismo que decesos aislados en la narcosis por
cloroformo no prohiben aplicar este con fines de anestesia quirúrgica.
Nótese bien, sin embargo, que esta comparación no se puede llevar más
allá. El mayor número de casos infortunados en la narcosis por
cloroformo lo registran aquellos cirujanos que más operaciones
realizan, mientras que la mayoría de los informes sobre efectos nocivos
de la hipnosis son de observadores que han trabajado muy poco con ella,
y todos los investigadores que disponen de una gran serie de
experimentos hipnóticos coinciden en juzgar inocuo este procedimiento.
Por tanto, si se quieren evitar los efectos nocivos de la hipnosis,
probablemente sólo sea preciso proceder con prudencia, con la
seguridad suficiente, y escoger con acierto los casos para hipnotizar.
Cabe añadir que poco se adelanta designando « representaciones
obsesivas» a las sugestiones y «psicosis experimental» a la hipnosis.
Es probable, en efecto, que las representaciones obsesivas hayan de
recibir más luz por su comparación con las sugestiones, que a la
inversa; y si alguien se arredra ante el sambenito de «psicosis», que
se pregunte si nuestro dormir natural tiene menos títulos para ese
rótulo, siempre que valiera la pena repartir términos técnicos fuera de
su ámbito genuino. No; desde este lado no amenaza peligro alguno a la
causa del hipnotismo, y apenas una serie más numerosa de médicos pueden
comunicar observaciones como las que se hallarán en la segunda parte
del libro de Bernheim, quedará comprobado que la hipnosis es un estado
inocuo, y que producirlo es una intervención «digna» del médico.
En
este libro se elucida además otro problema, que divide a los
partidarios del hipnotismo en dos campos enfrentados. Unos, como
portavoz de los cuales aparece aquí Bernheim, aseveran que todos los
fenómenos del hipnotismo tienen un mismo origen, a saber: proceden de
una sugestión, de una representación conciente, que es instilada en el
encéfalo del hipnotizado por un influjo exterior, y acogida en él como
si se hubiera generado espontáneamente. Según eso, todos los fenómenos
hipnóticos serían fenómenos psíquicos, efectos de sugestiones, Los
otros, en cambio, sostienen que el mecanismo de los fen6menos
hipn6ticos, o por lo menos de algunos, tiene como base unas
alteraciones fisiológicas, vale decir, desplazamientos de la
excitabilidad dentro del sistema nervioso sin participación de las
partes que trabajan con conciencia; por eso hablan de los fenómenos
físicos o fisiológicos de la hipnosis.
Tema de esta polémica es principalmente el «grand hypnotisme», los fenómenos
que Charcot ha descrito en histéricos hipnotizados. A diferencia de la
conducta de los hipnotizados normales, se sostiene que personas
histéricas muestran tres estadios en la hipnosis, cada uno de los
cuales se singulariza por un curiosísimo y particular signo distintivo
físico (como la colosal hiperexcitabilidad neuromuscular, la
contractura sonambúlica(79), etc.) Bien se advierte la significatividad
que para este campo de hechos posee la diferencia de concepción antes
indicada. Si los partidarios de la teoría de la sugestión están en lo
cierto, todas estas observaciones de la Salpètriére pierden valor, y
aun pasan a ser unos errores de observación. En tal caso la hipnosis de
los histéricos no tendría caracteres propios; el médico podría instilar
en sus hipnotizados la sintomatología que él quisiera; por el estudio
del grand hypnotisme no averiguaríamos qué
alteraciones de la sensibilidad dentro del sistema nervioso de los
histéricos se relevan entre sí frente a diversos tipos de intervención,
sino sólo qué propósitos sugirió Charcot a sus sujetos de
experimentación, de una manera inconciente para él mismo; y esto es
algo completamente indiferente para nuestra inteligencia tanto de la
hipnosis como de la histeria.
Es fácil inteligir cuál
sería el ulterior desarrollo de esta concepción, y cuán cómodo
entendimiento de la sintomatología histérica en general prometería. Si
la sugestión del médico ha falseado los fenómenos de la hipnosis
histérica, es muy posible que ella se haya inmiscuido en la observación
de la restante sintomatología histérica, a punto tal que para los
ataques, parálisis, contracturas, etc., histéricos, haya establecido
unas leyes que sólo se entramarían con la neurosis en virtud de la
sugestión y perderían su validez tan pronto como otro médico, en
diverso lugar, examinara al histérico. Es la conclusión que se debe
extraer en toda lógica, y que en efecto se ha extraído. Hückel(80)
expresa su convencimiento de que la primera trasferencia {Transfert} (trasferencia {Übertragung} de
la sensibilidad [de una parte del cuerpo] sobre la parte
correspondiente del lado opuesto) le fue sugerida al enfermo en cierta
oportunidad histórica, y que desde entonces los médicos siguieron
produciendo de continuo, por sugestión, este síntoma supuestamente
fisiológico.
Estoy persuadido de que en Alemania, donde
predomina todavía la tendencia a desconocer toda legalidad en los
fenómenos histéricos, esta concepción será muy bienvenida. Así
tendríamos un notabilísimo ejemplo de cómo un gran observador, por
descuidar el factor psíquico de la sugestión, se vio llevado, de manera
artificial y falsa, a crear un tipo [clínico] a partir de la total y
arbitraría maleabilidad de una neurosis.
Empero, no es
difícil demostrar pieza por pieza la objetividad de la sintomatología
histérica. La crítica de Bernheim acaso esté plenamente justificada
frente a indagaciones como las de Binet y Féré, y en todo caso se
valorizará por el hecho de que en cualquier indagación futura sobre
histeria e hipnotismo será indispensable poner conciente cuidado para
excluir el elemento sugestivo. Pero los principales puntos de la
sintomatología histérica ya no son sospechables de provenir de la
sugestión médica; informes de épocas pasadas y de países remotos,
compilados por Charcot y sus díscípulos, no dejan subsistir ninguna
duda: las particularidades de los ataques histéricos, zonas
histerógenas, anestesias, parálisis y contracturas, se han mostrado, en
todo tiempo y lugar, tal como lo hicieron en la Salpétriére en la época
en que Charcot realizó sus memorables indagaciones sobre la gran
neurosis. Y por lo que toca a la trasferencia, que parece
particularmente idónea para comprobar el origen sugestivo de los
síntomas histéricos, es sin ninguna duda un proceso genuino. Se la
observa en casos de histeria que no han sufrido
influjo: a menudo se tiene oportunidad de ver enfermos cuya
hemianestesia, típica en los demás aspectos, deja incólume un órgano o
una extremidad, parte del cuerpo esta que ha permanecido sensible del
lado insensible, en tanto que la parte correspondiente del otro lado se
ha vuelto anestésíca.
Además,
la trasferencia es un fenómeno inteligible en términos fisiológicos;
como lo han mostrado indagaciones llevadas a cabo en Alemania y en
Francia, no es sino la exageración de un nexo normalmente presente
entre partes simétricas, y por eso es posible provocar su rudimentario
esbozo en personas normales. Muchos otros síntomas histéricos de la
sensibilidad tienen también su raíz en nexos fisiológicos normales,
como lo han probado las brillantes indagaciones de Urbantschitsch. No
es este el lugar para justificar en detalle la sintomatología
histérica, pero es lícito admitir la tesis de que ella es en lo
esencial de naturaleza real, objetiva, y no está falseada por la
sugestión del observador. Con esto no se contradice que las
manifestaciones histéricas obedezcan a un mecanismo psíquico, sino sólo
que este no es el mecanismo de la sugestión que el médico ejercería.
Con
la demostración de que hay en la histeria unos fenómenos objetivos,
fisiológicos, queda salvada también la posibilidad de que el «gran»
hipnotismo histérico presente manifestaciones no debidas a la sugestión
del investigador. Que realmente existan, tendrá que verificarlo una
investigación futura orientada por este punto de vista. A la escuela de
la Salpêtrière incumbe, pues, demostrar que los tres estadios de la
hipnosis histérica aparecen también en un sujeto de experimentación
recién ingresado, con quien el investigador haya observado el más
cauteloso de los procedimientos; y no pasará mucho tiempo hasta que lo
haga. En efecto, la descripción del grand hypnotisme presenta,
desde ya, síntomas que son terminantemente refractarios a ser
concebidos como psíquicos. Me refiero al acrecentamiento neuromuscular
de la excitabilidad en el estadio letárgico. Quien haya visto cómo en
la letargía una presión suave sobre un músculo (sea del rostro o uno de
los tres músculos exteriores del oído, que en toda la vida nunca se
contraen) pone en tensión tónica a todo el haz muscular afectado por la
presión; o cómo una presión ejercida sobre un nervio situado
superficialmente revela la distribución terminal de ese nervio; quien
tal haya visto, pues, sólo podrá suponer que este resultado tiene que
derivar de fundamentos fisiológicos o de un adiestramiento conciente de
su meta, y excluirá de las causas posibles, con toda certeza, la
sugestión no deliberada. En efecto, la sugestión no puede producir algo
diverso de lo que constituye el contenido de la conciencia o ha sido
introducido en ella. Ahora bien, nuestra conciencia sólo sabe acerca
del resultado final de un movimiento; no sabe nada acerca de la acción
y ordenamiento de los músculos singulares, ni de la distribución
anatómica de los nervios de aquellos. En un trabajo de próxima
aparición(81) mostraré que la característica de las parálisis
histéricas se entrama en esta constelación, y que es esta la razón por
la cual la histeria no conoce ninguna parálisis de músculos singulares,
ninguna parálisis periférica ni parálisis facial de carácter central.
Bernheim no habría debido dejar de provocar el fenómeno de la hyperexcitabilité neuromusculaire por la vía de la sugestión, y esta omisión crea una gran laguna en la argumentación que él opone contra los tres estadios.
Existen
también fenómenos fisiológicos al menos en el gran hipnotismo
histérico. Pero en el pequeño hipnotismo normal, que, como
acertadamente lo destaca Bernheim, posee la mayor significatividad para
la inteligencia del problema, parece que todos los fenómenos
sobrevendrían por el camino de la sugestión, por un camino psíquico; y
aun el sueño hipnótico es como tal un resultado de la sugestión. El
dormir sobreviene a raíz de la sugestionabilidad normal del ser humano,
porque Bernheim ha despertado la expectativa del dormir. Empero, otras
veces el mecanismo del dormir hipnótico parece ser diverso. Todo el que
haya hipnotizado mucho habrá tropezado con personas a quienes es
difícil hacer dormir apalabrándolas, pero en cambio ello se vuelve
fácil si uno las hace fijarse(82) por algún tiempo. Más aún: ¿quién no
ha vivenciado la caída en dormir hipnótico de un enfermo a quien no se
proponía hipnotizar, y que ciertamente no tenía ninguna idea previa
sobre la hipnosis? Se hace acostar a un enfermo para practicarle un
examen de ojos o de laringe; ni el médico ni el enfermo tienen la
expectativa de que este se duerma; pero tan pronto como el reflejo
luminoso hiere sus ojos, se duerme y así queda hipnotizado, quizá por
primera vez en su vida. Y bien; en ese caso estuvo excluido todo
eslabón intermedio psíquico conciente. Es la misma conducta que muestra
nuestro dormir natural, que Bernheim, tan certeramente, propone
comparar con la hipnosis. Casi siempre producimos el dormir por
sugestión, por preparación psíquica y expectativa de él, pero a veces
nos sobreviene sin colaboración nuestra, a consecuencia del estado
fisiológico de la fatiga. Tampoco se puede hablar en verdad de
causación psíquica cuando se hace dormir a los niños acunándolos o se
hipnotiza animales mediante sujeción. De este modo hemos llegado al
punto de vista que sustentan Preyer y Binswanger en la ReaIenzyklopüdíe de
Eulenburg: en el hipnotismo existen fenómenos tanto fisiológicos como
psíquicos; la hipnosis puede producirse de una manera o de la otra. Y
aun en la descripción que el propio Bernheim. hace de sus hipnosis, hay
un factor objetivo, independiente de la sugestión. Si así no fuera,
sería preciso, como consecuentemente lo exige Jendrassik, que la
hipnosis tuviera rostros diversos según la individualidad del
experimentador; no se entendería que el acrecentamiento de la
sugestibilídad permita discernir una secuencia sujeta a ley, que la
musculatura siempre pueda ser influida sólo hacia la catalepsia, y
cosas semejantes.
Sin embargo, no podemos menos que
admitir, con Bernheim, que la división de los fenómenos hipnóticos en
fisiológicos y psíquicos deja una impresión de todo punto
insatisfactoria: hace falta con urgencia un eslabón entre ambas series.
Es que la hipnosis, se produzca ella de una manera o de la otra, es
siempre la misma y muestra idénticos fenómenos; la sintomatología
histérica apunta en muchos aspectos a un mecanismo psíquico, que empero
no necesita ser el de la sugestión; por último, la causa de la
sugestión lleva mucha ventaja a la causa de los nexos fisiológicos, en
la medida en que el modo de eficacia de la primera es indubitable y
comparativamente trasparente, mientras que no tenemos más noticia sobre
los influjos recíprocos de la excitabilidad nerviosa, a los cuales es
preciso reconducir los fenómenos fisiológicos. En las puntualizaciones
que siguen espero poder indicar la mediación buscada entre los
fenómenos psíquicos y fisiológicos.
Creo que el uso
oscilante y multívoco de la palabra «sugestión» crea el espejismo de
unas tajantes oposiciones que en realidad no existen. Conviene indagar
a qué es lícito llamar, en verdad, «sugestión». Por ella se entiende,
ciertamente, una variedad del influjo psíquico, y yo diría que la
sugestión se singulariza frente a otras modalidades del influjo
psíquico -la orden, la comunicación o enseñanza, y otras- por ser
despertada a raíz de ella, en un segundo cerebro, una representación
cuyo origen no se somete a examen, sino que se acoge como si se hubiera
generado espontáneamente en ese cerebro. He aquí ejemplos clásicos de
estas sugestiones:
El médico dice al hipnotizado: «Su
brazo le quedará como yo se lo ponga», y entonces sobreviene el
fenómeno de la catalepsia; o torna a levantarle el brazo cada vez que
lo dejó caer, y así le hace colegir al paciente que lo desea levantado.
Pero otras veces se habla de sugestiones cuando el mecanismo del
proceso es evidentemente otro. Por ejemplo, en muchos hipnotizados la
catalepsia sobreviene sin intimación alguna; el brazo levantado se
mantiene así sin más, o el hipnotizado conserva inmodificada, si no se
produce otra intervención, la postura que tenía cuando se durmió.
Bernheim llama «sugestión» también a este resultado, pues la postura se
sugiere a sí misma su conservación. Pero es evidente que el papel de la
incitación externa es menor en este caso que en el anterior, y es mayor
el papel del estado fisiológico del hipnotizado, que no deja surgir
ningún impulso a alterar la postura. El distingo entre una sugestión
psíquica directa y una indirecta -fisiológica- acaso se muestre con más
claridad en el ejemplo siguiente. Si digo a un hipnotizado: «Tu brazo
derecho está paralizado, no puedes moverlo», he ahí una sugestión
psíquica directa. En lugar de esto, Charcot da un ligero golpe sobre el
brazo del hipnotizado, o le dice: «Mira ese rostro abominable, dale de
palos»; y lo apalea, y el brazo le pende paralizado(85). En estos dos
últimos casos, la incitación externa produjo primero una sensación de
agotamiento doloroso en el brazo, la que a su turno, de manera autónoma
e independiente de la injerencia del médico , sugiere
la parálisis -siempre y cuando «sugerir» siga teniendo aplicación
aquí-. Con otras palabras: aquí no se trata tanto de sugestiones cuanto
de una incitación a autosugestiones, que, como
cualquiera advierte ' contienen un factor objetivo, independiente de la
voluntad del médico, y revelan un nexo entre diversos estados de
inervación o de excitación del sistema nervioso. Por vía de tales
autosugestiones se generan las parálisis histéricas espontáneas, y la
inclinación a ellas caracteriza a la histeria mejor de lo que lo haría
la sugestionabilidad por el médico; y aquella no parece correr paralela
con esta.
No necesito insistir en que también Bernheim
trabaja generosamente con estas sugestiones indirectas, es decir, con
incitaciones a la autosugestión. Su procedimiento para hacer dormir,
tal como lo describe en las primeras páginas de este libro, es en lo
esencial un procedimiento mixto: la sugestión fuerza unas puertas que
de todos modos se abrirían poco a poco por sí mismas para la
autosugestión.
Las sugestiones indirectas, en las
cuales entre la incitación de afuera y el resultado se interpolan una
serie de eslabones intermedios oriundos de la actividad propia de la
persona sugerida, siguen siendo unos procesos psíquicos, pese a lo cual
ya no reciben la plena luz de la conciencia, que sí cae sobre las
sugestiones directas. Es que estamos mucho más habituados a prestar
atención a las percepciones externas que a los procesos internos. Las
sugestiones indirectas o autosugestiones han de llamarse, según eso,
unos fenómenos tanto fisiológicos como psíquicos, y la designación
«sugerir» tiene el mismo significado que el despertar recíproco de
estados psíquicos siguiendo las leyes de la asociación. El cerrar los
ojos hace dormir porque se enlaza con la representación del dormir como
uno de sus fenómenos concomitantes más frecuentes; un sector de los
fenómenos del dormir sugiere los otros que componen la manifestación
total. Este enlace reside en la complexión del sistema nervioso, no
depende del libre albedrío del médico; no puede subsistir sin- apoyarse
en unas alteraciones dentro de la excitabilidad de las partes
encefálicas en cuestión, dentro de la inervacíón de los centros
vasomotores, etc., e igualmente ofrece una faz psicológica tanto como
una fisiológica.
Como todo encadenamiento de estados
del sistema nervioso, este también admite un decurso en dirección
diversa. La representación del dormir puede engendrar los sentimientos
de fatiga en los ojos y músculos, y el correspondiente estado de los
centros vasomotores; otras veces, el estado de la musculatura o una
injerencia sobre los nervios vasomotores pueden por sí solos despertar
al durmiente, etc. Sólo cabe decir que sería tan unilateral considerar
únicamente el lado psicológico del proceso, como pretender imputar a la
meta inervación vasomotora los fenómenos de la hipnosis.
Ahora
bien, ¿qué se ha hecho de la oposición entre los fenómenos psíquicos y
los fisiológicos de la hipnosis? Tenía significado mientras por
«sugestión» se entendía el influjo psíquico directo del médico, que
imponía al hipnotizado la sintomatología que se le antojaba; pero
pierde ese significado tan pronto se discierne que tampoco la sugestión
hace otra cosa que desencadenar series de fenómenos cuyo fundamento son
las peculiaridades funcionales del sistema nervioso hipnotizado, y que
en la hipnosis entran en vigencia otras propiedades del sistema
nervioso además de la sugestionabilidad. Cabría preguntar, aún, si
todos los fenómenos de la hipnosis tienen que pasar dondequiera por
un ámbito psíquico; en otras palabras, pues es el único sentido que
puede tener esta pregunta: si las alteraciones de excitabilidad en la
hipnosis afectan siempre al ámbito de la corteza cerebral solamente.
Esta reformulación del problema parece decidir ya la respuesta. No es
lícito contraponer la corteza cerebral al resto del sistema nervioso,
como allí se hace; es improbable que una alteración funcional tan
profunda de la corteza cerebral no esté acompañada por unas
alteraciones sustantivas en la excitabilidad de las otras partes del
cerebro. No poseemos criterio alguno que permitiera separar con
exactitud un proceso psíquico de uno fisiológico, un acto en la corteza
cerebral de un acto en las masas subcorticales; en efecto, la
«conciencia» , sea ella lo que fuere, no corresponde
a toda actividad de la corteza cerebral, ni siempre en la misma medida
a cada una separadamente; no es algo ligado a una localidad dentro del
sistema nervioso. Creo, entonces, que es preciso desautorizar de plano
la pregunta sobre si la hipnosis muestra fenómenos psíquicos o
fisiológicos, y someter la decisión a una indagación especial para cada
fenómeno singular.
En esta medida, me considero
autorizado a decir que la obra de Bernheim, si por un lado rebasa el
campo de la hipnosis, por el otro deja sin tocar una parte del tema.
Pero en cuanto a lo instructiva y significativa que resulta su
exposición del hipnotismo desde el punto de vista de la sugestión,
espero que habrán de reconocerlo también sus lectores alemanes.