Obras de S. Freud: Análisis de la fobia de un niño de 5 años. Historial clínico y análisis VI (Epicrisis)

Epicrisis

En tres direcciones habré de examinar esta observación sobre el desarrollo y la solución de una fobia en un varoncito que aún no había cumplido cinco años: primero, para saber si refrenda la tesis que he formulado en Tres ensayos de teoría sexual (1905d); segundo, por su eventual contribución al entendimiento de esta forma tan frecuente de enfermedad, y tercero, por ver si de ella se puede extraer algo para el esclarecimiento de la vida anímica infantil y para la crítica de nuestros propósitos educativos.

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Mi impresión es que la imagen de la vida sexual infantil tal como surge de la observación del pequeño Hans armoniza muy bien con la pintura que he esbozado en mis Tres ensayos de teoría sexual según indagaciones psicoanalíticas realizadas en adultos. Pero antes de pasar al estudio circunstanciado de aquella armonía, me veo obligado a tramitar dos objeciones que se elevan contra la valorización de este análisis. La primera reza: el pequeño Hans no es un niño normal, sino, como lo enseña lo que después sucedió -a saber, que contrajo enfermedad-, un niño predispuesto a la neurosis, un pequeño «hereditario», y por eso no sería lícito trasferir a otros niños, normales, unas inferencias que quizá se le apliquen. Como esta objeción meramente restringe el valor de la observación, pero no lo cancela del todo, la trataré más adelante. El segundo y más riguroso veto aseverará que carece de todo valor objetivo este análisis realizado por un padre prisionero de mis opiniones teóricas y aquejado de mis prejuicios. Se dirá que un niño, desde luego, es sugestionable en alto grado, y quizá más por su padre que por cualquier otra persona: se lo deja imponer todo por amor de su padre, en agradecimiento de que se ocupe tanto de él; así, sus enunciados no tendrían ninguna fuerza probatoria, y sus producciones en materia de ocurrencias, fantasías y sueños seguirían naturalmente la orientación hacia la cual se lo ha esforzado por todos los medios. En suma, otra vez, se trataría sólo de «sugestión», con la única diferencia de que sería más fácil desenmascararla en el niño que en el adulto.

Cosa curiosa: recuerdo bien, cuando veintidós años atrás yo empecé a enzarzarme en la querella de las opiniones científicas, las burlas con que en esa época la generación más vieja de neurólogos y psiquiatras recibieron las tesis sobre la sugestión y sus efectos.  Desde entonces, la situación ha cambiado radicalmente; la renuencia se ha trocado en una buena voluntad demasiado solícita {entgegenkommend}, y ello no sólo por la influencia que en estos decenios no pudieron menos que ejercer los trabajos de Liébeault, Bernheim y sus discípulos, sino también porque entretanto se descubrió cuán grande ahorro de pensamiento aparejaba el empleo de la consigna «sugestión». Y bien, nadie sabe ni se cuida de saber qué es sugestión, a qué se debe y cuándo sobreviene; basta con que se pueda llamar «sugestión» a todo lo incómodo en lo psíquico.

Yo no comparto el punto de vista, que hoy goza de predilección, según el cual los enunciados de los niños serían por entero arbitrarios e inciertos. Arbitrariedad no la hay, absolutamente, en lo psíquico; y en cuanto a la incerteza en los enunciados infantiles, se debe al hiperpoder de su fantasía, lo mismo que la incerteza en los enunciados de los adultos deriva del hiperpoder de sus prejuicios. En lo demás, el niño no miente sin razón, y en general se inclina más que los grandes por el amor a la verdad. Se haría grave injusticia a nuestro pequeño Hans si se desestimaran en bloque sus indicaciones; antes bien, es posible distinguir con toda nitidez dónde falsea o se reserva cosas bajo la compulsión de una resistencia, dónde, indeciso él mismo, adhiere al parecer de su padre -y entonces no se lo debe considerar probatorio-, y dónde, liberado de la presión, comunica a borbotones lo que es su verdad interior y lo que hasta entonces sólo él ha sabido. Tampoco las indicaciones de los adultos ofrecen seguridades más grandes. Es lamentable que ninguna exposición de un psicoanálisis pueda reflejar las impresiones que uno recibe durante su ejecución, que el convencimiento definitivo nunca pueda agenciarse por la lectura, sino sólo por el vivenciar. Pero esta deficiencia aqueja en igual medida a los análisis de adultos.

Sus padres describen al pequeño Hans como alegre, sincero, y acaso devino así en virtud de la educación que ellos le dieron, consistente, en lo esencial, en omitir nuestros habituales pecados pedagógicos. Mientras pudo cultivar sus investigaciones, sin vislumbre alguna de los conflictos que pronto nacerían de ellas, se comunicaba sin reservas, y así las observaciones del período anterior a su fobia no están sometidas a dudas ni reparos. En la época de la enfermedad y en el curso del análisis, empiezan para él las incongruencias entre lo que dice y lo que piensa, fundadas en parte en que lo asedia un material inconciente que no sabe dominar de un golpe, y en parte debidas a que su relación con los padres lo disuade de ciertos contenidos.- Asevero que me mantengo imparcial si enuncio que tampoco estas dificultades son mayores que las de tantísimos análisis de adultos.

En el curso del análisis, es verdad, es preciso decirle muchas cosas que él mismo no sabe decir; hay que instilarle pensamientos de los que nada se ha mostrado en él todavía, y es inevitable que su atención se acomode a las direcciones desde las cuales el padre espera lo que viene. Esto debilita la fuerza probatoria, pero en todo análisis se procede de ese modo. Sucede que un psicoanálisis no es una indagación científica libre de tendencia, sino una intervención terapéutica; en sí no quiere probar nada, sino sólo cambiar algo. Siempre, en el psicoanálisis, el médico da al paciente las representaciones-expectativa con cuya ayuda pueda este discernir y asir lo inconciente. Unas veces lo hará con más abundancia y otras en medida más modesta; en efecto, unos casos requieren más auxilio, y otros lo precisan menos. Sin esa ayuda nadie sale del paso. Lo que uno puede liquidar por sí solo son perturbaciones leves, nunca una neurosis que se haya contrapuesto al yo como algo ajeno; para dominar esta se necesita del otro, y en la medida en que el otro pueda ayudar, en esa misma medida es curable la neurosis. Cuando la esencia de una neurosis consiste en extrañarse del «otro», como parece ser una característica de los estados reunidos bajo el título de «dementia praecox», tales estados son, precisamente por eso, incurables para nuestro empeño. Ahora bien, se concederá que el niño, a causa del escaso desarrollo de sus sistemas intelectuales, requiere una asistencia de particular intensidad. Sin embargo, lo que el médico comunica al paciente proviene a su vez de experiencias analíticas, y en realidad basta, desde el punto de vista probatorio, que por medio del gasto de esta intromisión médica se alcancen el nexo y la solución del material patógeno.

No obstante, aun en el curso del análisis, nuestro pequeño paciente ha mostrado independencia suficiente para poder absolverlo del veredicto de «sugestión». Como todos los niños, aplica a su material sus teorías sexuales infantiles, sin recibir incitación alguna para ello. Y considérese que tales teorías son enteramente ajenas al adulto; además, en este caso yo había omitido preparar al padre anticipándole que el camino al tema del nacimiento tenía que pasar para Hans a través del complejo de excreción. Lo que a raíz de mi negligencia se convirtió en una parte oscura del análisis proporcionó luego, al menos, un buen testimonio sobre el carácter genuino y autónomo del trabajo de pensamiento en Hans. De pronto pasó a ocuparse del «Lumpf» sin que el padre, supuesto sugeridor, atinara a comprender cómo había llegado ahí ni qué saldría de ello. Tampoco se le puede atribuir participación al padre en el desarrollo de las dos fantasías sobre el instalador, que proceden del «complejo de castración» tempranamente adquirido. Debo confesarlo: fue por interés teórico que le mantuve en secreto al padre la expectativa de este nexo, con el único fin de no menoscabar la fuerza probatoria de un documento de otro modo difícil de obtener.

Si se profundizara más en el detalle del análisis, se obtendrían nuevas y abundantes pruebas de la independencia en que nuestro Hans se mantenía respecto de la «sugestión». Pero interrumpo aquí la consideración del primer reparo. Sé que tampoco mediante este análisis he de convencer a quienes no quieren ser convencidos. Prosigo con la elaboración de este caso para aquellos lectores que ya han adquirido un convencimiento sobre la objetividad del material patógeno inconciente, pero no lo hago sin poner antes de relieve la grata certeza de que su número aumenta constantemente.

El primer rasgo imputable a la vida sexual en el pequeño Hans es un interés particularmente vivo por su «hace-pipí», como es llamado este órgano de acuerdo con una de sus dos funciones (en modo alguno la menos importante), aquella que es ineludible en la crianza de los niños. Este interés lo convierte en investigador; así descubre que basándose en la presencia o falta del hace-pipí uno puede distinguir lo vivo de lo inanimado. En todo ser vivo, que él aprecia como semejante a sí, presupone esta sustantiva parte del cuerpo; la estudia en los animales grandes, la conjetura en ambos progenitores, y la estatuye en su hermana recién nacida no dejándose disuadir por lo que ve con sus ojos. Decidirse a renunciar a ella en un ser semejante a él importaría, se podría decir, una sacudida demasiado violenta de su «cosmovisión»; sería como si se la arrancaran a él mismo. Por eso, una amenaza de la madre, cuyo contenido era nada menos que la pérdida del hace-pipí, probablemente fue esforzada hacia atrás {zurückdrüngen} con premura, y sólo en un período posterior podrá exteriorizar su efecto. La intromisión de la madre sobrevino porque él gustaba de procurarse sentimientos placenteros tocándose ese miembro; el pequeño ha iniciado la variedad de quehacer sexual autoerótico más corriente -y más normal-.

De un modo que Alfred Adler (1908) ha designado muy correctamente como «entrelazamiento pulsional», el placer en el miembro sexual propio se enlaza Con el placer de ver, en sus plasmaciones activa y pasiva. El pequeño procura ver el hace-pipí de otras personas, desarrolla una curiosidad sexual, y gusta de mostrar el propio. Uno de sus sueños del primer período de la represión tiene por contenido el deseo de que una de sus amiguitas lo asista para hacer pipí, vale decir, partícipe de esa visión. El sueño atestigua, pues, que ese deseo permanecía sin reprimir hasta entonces, así como ulteriores comunicaciones corroboran que Hans solía encontrarle satisfacción. La orientación activa del placer de ver sexual pronto se conecta en él con un motivo determinado. Cuando repetidas veces deja traslucir, tanto al padre como a la madre, su queja de no haber visto todavía nunca el hace-pipí de ellos, es probable que lo haga esforzado por la necesidad de comparar. El yo sigue siendo el criterio con el cual uno mide al mundo; por una comparación permanente con la persona propia se aprende a comprenderlo. Hans ha observado que los animales grandes tienen un hace-pipí tanto más grande que el suyo; por eso conjetura igual proporción también respecto de sus progenitores, y le gustaría convencerse de que así es. La mamá, opina él, tiene sin duda un hace-pipí «como el de un caballo». Y luego se apresta el consuelo de que el hace-pipí crecerá con él; es como si el deseo del niño de ser grande se volcara sobre el genital.

Por tanto, dentro de la constitución sexual del pequeño Hans, la zona genital es, entre las zonas erógenas, la teñida desde el principio con el placer más intenso. Además de esta, se atestigua en él sólo el placer excrementicio, anudado a los orificios de descarga de la orina y las heces. Si en su última fantasía de dicha, con la cual queda superada su condición de enfermo, tiene unos hijos a quienes lleva al inodoro, los hace hacer pipí y les limpia el trasero (en suma, «hace con ellos todo lo que se hace con los hijos», parece irrefutable suponer que durante su propia crianza estos mismos desempeños fueron para él una fuente de la sensación de placer. A este placer de zonas erógenas lo adquirió con asistencia de la persona que lo cuidaba, la madre, y eso conduce ya a la elección de objeto; pero sigue siendo posible que en épocas todavía anteriores tuviera el hábito de procurarse ese placer por vía autoerótica, que se incluyera entre aquellos niños que gustan de retener las excreciones hasta que su deposición pueda depararles un estímulo voluptuoso. Sólo digo que es posible, pues en el análisis no quedó en claro; el «hacer barullo con las piernas» (patalear), del que luego tenía tanto miedo, apunta en esta dirección. Pero estas fuentes de placer no poseen en él, como es tan frecuente en otros niños, una acentuación llamativa.

Adquirió pronto los hábitos de limpieza: ni el mojar la cama ni la incontinencia cotidiana desempeñaron papel alguno en sus primeros años; nada se le observó de la inclinación a jugar con los excrementos, tan odiosa para el adulto y que suele reaflorar al término de los procesos psíquicos de involución.

Destaquemos, desde ahora, que en el curso de su fobia es inequívoca la represión de estos dos componentes del quehacer sexual, bien marcados en Hans. Le da vergüenza orinar delante de otros, se acusa de pasarse el dedo por el hace-pipí, se empeña en resignar también el onanismo, y le produce asco el «Lumpf», el «pipí» y todo cuanto los recuerde. En la fantasía de cuidar a los hijos vuelve a revocar esta última represión.

Una constitución sexual como la de nuestro pequeño Hans no parece contener la predisposición al desarrollo de perversiones o su negativo (circunscribámonos aquí a la histeria).  Por lo que yo tengo averiguado (realmente se impone aquí todavía la reserva), la constitución innata de los histéricos -en los perversos esto se comprende casi de suyo- se singulariza por el relegamiento de la zona genital frente a otras zonas erógenas. Una «aberración» particular debe ser excluida expresamente de esta regla. En quienes después serán homosexuales hallamos la misma preponderancia infantil de la zona genital, en especial del pene. Más aún: esta elevada estimación por el miembro masculino se convierte en destino para ellos. Escogen a la mujer como objeto sexual en su infancia mientras presuponen en ella la existencia de esta parte del cuerpo que reputan indispensable; cuando se convencen de que la mujer los ha engañado en este punto, ella se les vuelve inaceptable como objeto sexual. No pueden prescindir del pene en la persona destinada a estimularlos para el comercio sexual, y en el mejor de los casos fijan su libido en la «mujer con pene», el jovencito de femenina apariencia. Los homosexuales son, entonces, personas a quienes el significado erógeno de su genital propio les ha impedido renunciar en su objeto sexual a esta semejanza con la persona propia. En el desarrollo desde el autoerotismo al amor de objeto han permanecido fijados en un lugar más próximo al primero.

Es de todo punto inadmisible distinguir una pulsión homosexual particular; lo que define a los homosexuales no es una particularidad de la vida pulsional, sino de la elección de objeto. Aquí remito a lo que he expuesto en Tres ensayos de teoría sexual, a saber, que erróneamente nos hemos representado demasiado íntima la unión entre pulsión y objeto en la vida sexual.  El homosexual, con su pulsionar -quizá normal-, nunca llega a desprenderse de un objeto singularizado por una determinada condición; en su infancia, como da por sentado que esa condición se cumple dondequiera, puede comportarse como nuestro pequeño Hans, cuya ternura no distingue entre varoncitos y nenas, y quien en una ocasión pudo declarar a su amigo Fritzl como «su nenita más querida». Hans es homosexual, como todos los niños pueden serlo, en total armonía con el hecho, que no debe perderse de vista, de que él sólo tiene noticia de una variedad de genital, un genital como el suyo.

El ulterior desarrollo de nuestro pequeño erótico no desemboca, empero, en la homosexualidad, sino en una masculinidad enérgica, de comportamiento polígamo, que sabe conducirse de manera diversa según los cambiantes objetos femeninos: unas veces, osada, conquista, y otras se consume, vergonzosa y añorante. En una época de pobreza en materia de otros objetos de amor, esta inclinación retrocede a la madre, desde quien se había vuelto a otros, para malograrse junto a la madre en la neurosis. Sólo entonces nos enteramos de la intensidad que había desarrollado ese amor a la madre, y de los destinos que recorriera. La meta sexual que él buscaba en sus compañeritas de juego, acostarse con ellas, procedía ya de la madre; se vierte en unas palabras que podría conservar aun en la vida madura, si bien mediando un enriquecimiento en su contenido.  El muchacho había hallado, por el camino corriente -a partir de su crianza-, la senda del amor de objeto; y una nueva vivencia de placer se había vuelto determinante para él: dormir al lado de la madre; aquí destacaríamos el placer de tocar la piel, constitucional en todos nosotros, que según la nomenclatura de Moll (que nos parece artificial) deberíamos designar como satisfacción de la pulsíón de contrectación.

En sus lazos con su padre y su madre, Hans confirma de la manera más flagrante y palpable todo cuanto yo he afirmado, en La interpretación de los sueños y en Tres ensayos de teoría sexual, sobre los vínculos sexuales de los hijos con sus progenitores. El es realmente un pequeño Edipo que querría tener a su padre «fuera» {«weg»}, eliminado, para poder estar solo con la bella madre, dormir con ella. Este deseo nació en aquella residencia veraniega, cuando las alternancias de ausencia y presencia del padre le señalaron la condición a la que se ligaba la ansiada intimidad con la madre. Entonces se contentó con la versión de que ojalá el padre «partiera de viaje» {«wegfahren»}, a lo cual más tarde, merced a una impresión accidental provocada por otra partida,  pudo anudarse de inmediato la angustia de ser mordido por un caballo blanco. Luego, por vez primera probablemente en Viena, donde ya no se podía contar con la partida de viaje del padre, se elevó hasta el contenido de que ojalá el padre estuviera fuera de manera permanente, estuviera «muerto». La angustia ante el padre, surgida de ese deseo de muerte contra él -una angustia, entonces, de motivación normal-, constituyó el máximo obstáculo del análisis hasta que fue eliminada en la declaración en mi consultorio.

Ahora bien, nuestro Hans no es en verdad un malvado, ni siquiera un niño en quien sigan desplegándose, desinhibidas, las inclinaciones crueles y violentas de la naturaleza humana. Al contrario, su índole es de una ternura y bonhomía fuera de lo corriente; el padre ha apuntado que la mudanza de la inclinación agresiva en compasión se consumó muy temprano en él. Largo tiempo antes de la fobia, se intranquilizaba cuando veía que les pegaban a los caballos de calesita, y no permanecía indiferente cuando alguien lloraba en su presencia. En un lugar del análisis, y dentro de cierto nexo, sale a la luz un fragmento de sadismo sofocado en él; pero estaba sofocado, y luego habremos de colegir, desde su nexo, aquello de lo cual hacía las veces y que estaba destinado a sustituir. Además, Hans ama a ese mismo padre por quien alimenta deseos de muerte; y al par que su inteligencia objeta esta contradicción, no puede evitar el dar testimonio de su existencia pegándole al padre y besando enseguida el lugar donde le pegó. Y guardémonos de hallar chocante esta contradicción; de tales pares de opuestos se compone la vida de sentimientos de todos los hombres; más todavía: acaso nunca se llegara a la represión y a la neurosis si no fuera así. Estos opuestos de sentimiento, que al adulto por lo común sólo le devienen concientes de manera simultánea en la cima de la pasión amorosa, y de ordinario se suelen sofocar recíprocamente hasta que uno de ellos consigue mantener encubierto al otro, hallan durante todo un lapso en la vida anímica del niño un espacio de pacífica convivencia.

Para el desarrollo psicosexual de nuestro joven revistió la máxima significación el nacimiento de una hermanita cuando él tenía 3½ años de edad. Este suceso exacerbó sus vínculos con los padres, propuso a su pensar unas tareas insolubles, y su condición de espectador de los cuidados de la crianza le reanimó, luego, las huellas mnémicas de sus propias vivencias de placer, las más tempranas. También este influjo es típico; en un número inesperadamente grande de biografías y de historiales clínicos es preciso tomar como punto de partida ese reavivamiento del placer y del apetito de saber sexuales anudado al nacimiento del siguiente hijo. La conducta de Hans hacia la recién venida es la descrita en La interpretación de los sueños. Pocos días después, en medio de un estado febril, deja traslucir cuán poco de acuerdo está con ese aumento de su familia. Aquí lo que precede en el tiempo es la hostilidad, aunque pueda sucederla la ternura.  La angustia de que venga un hijo más tiene desde entonces un sitio en su pensar conciente. En la neurosis, la hostilidad ya sofocada es subrogada por una angustia particular: la angustia a la bañera; en el análisis expresa sin disfraz su deseo de muerte contra la hermana, y no en meras alusiones que el padre tuviera que completar. Este deseo no se le aparece tan enojoso a su autocrítica como el análogo contra el padre; pero es evidente que ha tratado a ambas personas de igual modo en lo inconciente porque las dos le quitan a la mami, lo perturban en su estar solo con ella.

Este suceso, y los avivamientos enlazados con él, imprimieron además una dirección nueva a su desear. En su fantasía triunfante del final, extrae la suma de todas sus mociones eróticas de deseo, las que provienen de la fase autoerótica y las entramadas con el amor de objeto. Está casado con su bella madre y tiene innumerables hijos a quienes puede cuidar a su manera.

2

Un día, por la calle, Hans enferma de angustia: aún no puede decir de qué tiene miedo, pero al comienzo de su estado de angustia deja traslucir al padre el motivo de su condición de enfermo, la ganancia de la enfermedad.  Quiere permanecer junto a la madre, hacerse cumplidos con ella; acaso, como opina el padre, contribuya a esta añoranza el recuerdo de haber estado separado de ella cuando vino la niña. Pronto se revela que esta angustia ya no puede retraducirse en añoranza: también tiene miedo cuando la madre va con él. Entretanto recogemos indicios de aquello en lo cual se ha fijado la libido devenida angustia. Exterioriza el miedo, totalmente especializado, de que un caballo blanco lo morderá.

Llamamos «fobia» a un estado patológico como este, y podríamos incluir el caso de nuestro pequeño en la agorafobia si esta última afección no se singularizara por el hecho de que la compañía de cierta persona escogida al efecto, el médico en el caso extremo, vuelve fácilmente posible la operación en el espacio donde ella es de ordinario imposible. La fobia de Hans no obedece a tal condición, pronto prescinde del espacio y toma, cada vez con mayor claridad, al caballo como objeto; en los primeros días exterioriza, en el apogeo del estado de angustia, el temor: «El caballo entrará en la pieza», que tanto me facilitó entender su angustia.

La posición de las «fobias» dentro del sistema de las neurosis sigue indeterminada hasta hoy. Parece seguro que corresponde ver en ellas meros síndromes que pueden pertenecer a diversas neurosis, y no hace falta adjudicarles el valor de unos procesos patológicos particulares. Para fobias como la de nuestro pequeño paciente, sin duda el tipo más común, no considero inadecuada la designación «histeria de angustia»; se la propuse al doctor W. Stekel cuando emprendió la exposición de los estados neuróticos de angustia (1908), y espero que adquiera carta de ciudadanía. Ella se justifica por el pleno acuerdo entre el mecanismo psíquico de estas fobias y el de la histeria, salvo en un punto, pero un punto decisivo y apto para establecer la separación. Y es este: la libido desprendida del material patógeno en virtud de la represión no es convertida, no es aplicada, saliendo de lo anímico, en una inervación corporal, sino que se libera como angustia. En los casos clínicos reales, la «histeria de angustia» puede contaminarse en variable medida con la «histeria de conversión». Hay, por cierto, una histeria de conversión pura, sin ninguna angustia, así como una mera histeria de angustia que se exterioriza en sensaciones de angustia y fobias, sin suplemento de conversión; un caso de esta última variedad es el de nuestro pequeño Hans.

Las histerias de angustia son las más frecuentes entre las psiconeurosis, pero sobre todo son las que aparecen más temprano en la vida: son, directamente, las neurosis de la época infantil. Por ejemplo, si una madre refiere que su hijo es muy «nervioso», en nueve sobre diez casos se puede dar por sentado que el niño tiene alguna clase de angustia o muchos fenómenos angustiosos al mismo tiempo. Por desgracia, todavía no se ha estudiado suficientemente el mecanismo más fino de la contracción de estas enfermedades tan significativas; aún no se ha establecido si la histeria de angustia, a diferencia de la histeria de conversión y de otras neurosis, tiene su condición única en factores constitucionales o en el vivenciar accidental, o en qué unión de ambos se encuentra.  A mi parecer, es aquella contracción de neurosis que menos títulos reclama a una constitución particular y, en consonancia con ello, puede ser adquirida en la mencionada época de la vida con la mayor facilidad.

Es sencillo poner de relieve un carácter esencial de las histerias de angustia. Se desarrollan cada vez más como una «fobia» y, al final, el enfermo puede quedar liberado de angustia, pero sólo a costa de unas inhibiciones y limitaciones a que se ha visto forzado a someterse. En la histeria de angustia hay un trabajo psíquico, que es incesante desde el comienzo de ella, para volver a ligar psíquicamente la angustia liberada. Pero ese trabajo no puede conseguir la reversión de la angustia a libido ni anudarse a los mismos complejos de los cuales proviene la libido. No le queda más alternativa que bloquear cada una de las ocasiones posibles para el desarrollo de angustia mediante unos parapetos {Vorbau} psíquicos de la índole de una precaución, una inhibición, una prohibición; y son estas construcciones protectoras las que se nos aparecen como fobias y constituyen para nuestra percepción la esencia de la enfermedad.

Es lícito decir que el tratamiento de la histeria de angustia ha sido hasta ahora puramente negativo. La experiencia ha enseñado que es imposible, y aun peligroso en ciertas circunstancias, procurar la curación de la fobia de manera violenta, poniendo al enfermo en una situación en la que no pueda menos que atravesar por el desprendimiento de angustia después que uno le sustrajo su cobertura. Así sólo se consigue que en el aprieto busque protección donde él crea hallarla, y que se le testimonie inútil desprecio a causa de su «inconcebible cobardía».

Para los padres de nuestro pequeño paciente fue cosa establecida, desde el comienzo de la enfermedad, que no era lícito burlarse de él ni maltratarlo, sino que se debía buscar el acceso hasta sus deseos reprimidos por un camino psicoanalítico. El éxito coronó el extraordinario empeño de su padre, cuyas comunicaciones nos darán oportunidad para penetrar en la ensambladura de una fobia así, y para seguir el camino del análisis emprendido a raíz de ella.

No me parece improbable que, debido a su extensión y prolijidad, el análisis se haya vuelto algo oscuro para el lector. Por eso repetiré, abreviando, su trayectoria, con omisión de todos los detalles accesorios perturbadores y poniendo de relieve los resultados que se pueden discernir paso a paso.

Nos enteramos, ante todo, de que el estallido del estado de angustia no fue tan repentino como parecía a primera vista. Días antes el niño había despertado de un sueño de angustia cuyo contenido era que la mamá había partido y ahora no tenía ninguna mamá para hacer cumplidos. Ya este sueño apunta a un proceso represivo de seria intensidad. Su esclarecimiento no puede ser, como en tantos otros sueños de angustia, que el niño sintió angustia en el sueño desde alguna fuente somática y entonces la aprovechó para cumplir un deseo de lo inconciente, un deseo intensamente reprimido de ordinario sino que este es un genuino sueño de castigo y represión, en el cual, además, fracasa la función del sueño, puesto que el niño despierta con angustia de su dormir. El proceso habido en lo inconciente se puede reconstruir con facilidad. El niño ha soñado sobre ternuras con su madre, sobre dormir con ella; todo placer se ha mudado en angustia y todo contenido de representación se ha mudado en su contrario. La represión ha obtenido la victoria sobre el mecanismo del sueño.

Ahora bien, los comienzos de esta situación psicológica se remontan todavía más atrás. Ya en el verano hubo parecidos talantes de añoranza y angustia, en los que exteriorizó cosas de ese tenor, y que entonces le aportaron la ventaja de ser tomado por la madre en la cama. Desde esta época, más o menos, tendríamos derecho a suponer la existencia en Hans de una excitación sexual acrecentada, cuyo objeto es la madre, cuya intensidad se exterioriza en dos intentos de seducir a esta -el último fue muy poco anterior al estallido de la angustia-, y que, junto a ello, se aligera cada anochecer en una satisfacción masturbatoria. Que luego el vuelco de esta excitación se haya consumado de manera espontánea, o a consecuencia del rechazo de la madre, o por el despertar contingente de impresiones anteriores a raíz del «ocasionamiento» de la enfermedad, que averiguaremos después: he ahí algo no resuelto, pero también indiferente, pues esos tres diversos casos no pueden concebirse como unos opuestos. El hecho es el vuelco de la excitación sexual en angustia.

Ya nos hemos enterado de la conducta del niño en el primer período de la angustia, y también del primer contenido que él dio a su angustia; rezaba: «Un caballo me morderá». Ahora bien, aquí sobreviene la primera injerencia de la terapia. Los padres señalan que la angustia sería consecuencia de la masturbación, y lo orientan para deshabituarlo de ella. Yo pongo cuidado en que se destaque con energía ante él la ternura hacia la madre, que él querría permutar por la angustia a los caballos. Una ínfima mejoría tras este primer influjo se arruina pronto durante un período de enfermedad física. El estado permanece inmutable. Poco después, Hans halla que el miedo a que lo muerda un caballo deriva de la reminiscencia de una impresión de Gmunden. Un padre advirtió entonces a su hija, que partía de viaje: «No le pases el dedo al caballo; de lo contrario te morderá». El texto con que Hans viste la advertencia del padre recuerda a la versión textual de la advertencia contra el onanismo (no pasar el dedo). Así, al comienzo parece que los padres tienen razón cuando dicen que Hans se aterra de su satisfacción onanista. Sin embargo, la trama es todavía laxa y el caballo parece haber entrado por casualidad en su papel terrorífico.

Yo había exteriorizado la conjetura de que su deseo reprimido podría rezar ahora: «Yo quiero a toda costa ver el hace-pipí de la madre». Como su comportamiento hacia una doméstica recién contratada está en armonía con ello, el padre le imparte el primer esclarecimiento: las señoras no tienen ningún hace-pipí. El reacciona a este primer auxilio comunicando una fantasía: ha visto cómo la mamá le enseñaba su hace-pipí. Esta fantasía, y una acotación suya expresada en la plática, a saber, que su hace-pipí ya estaba crecido, permiten una primera visión de sus ilaciones inconcientes de pensamiento. El estaba realmente bajo la impresión, de efecto retardado {nachträglich}, de la amenaza de castración de la madre, ocurrida 1¼ año antes, puesto que la fantasía de que la madre hace lo mismo, la habitual «retorsión» de los niños inculpados, está destinada a servirle de aligeramiento; es una fantasía de protección y defensa. No obstante, no podemos sino decirnos que fueron los padres quienes, a partir del material patógeno eficaz en Hans, recogieron el tema de su quehacer con el hace-pipí. En esto él les ha obedecido, pero sin intervenir con aportes espontáneos dentro del análisis. Y no se observa un éxito terapéutico. El análisis está muy lejos de los caballos, y la comunicación de que las señoras no tienen ningún hace-pipí es más bien apta, por su contenido, para acrecentar la inquietud por la conservación de su propio hace-pipí.

Pero nosotros no aspiramos al éxito terapéutico en primer lugar; queremos poner al enfermo en condiciones de asir concientemente sus mociones inconcientes de deseo. Lo conseguimos en tanto, fundados en las indicaciones que él nos hace, y por medio de nuestro arte interpretativo, llevamos el complejo inconciente ante su conciencia con nuestras palabras. El fragmento de semejanza entre lo que él ha escuchado y lo que busca, eso que quiere irrumpir por sí mismo hasta su conciencia desafiando todas las resistencias, lo habilita para descubrir lo inconciente. El médico se le anticipa un trecho en el entendimiento; el paciente lo alcanza por sus propios caminos, hasta que se encuentran en la meta marcada. Los principiantes en el psicoanálisis suelen fusionar estos dos momentos y consideran que el punto temporal en que ellos toman noticia de un complejo inconciente del enfermo es también aquel en que el enfermo lo aprehende. Esperan demasiado cuando quieren sanar al enfermo comunicándole ese discernimiento, siendo que en verdad él sólo puede aplicar lo comunicado para descubrir el complejo inconciente ahí donde está anclado en su inconciente.  Pues bien, un primer éxito de esta índole obtuvimos en Hans. Ahora, tras haber dominado parcialmente el complejo de castración, es capaz de comunicar sus deseos hacia su madre, y lo hace, en forma todavía desfigurada, por medio de la fantasía de las dos jirafas, una de las cuales grita infructuosamente porque él toma posesión de la otra. Figura esa toma de posesión con la imagen de sentarse encima. El padre discierne en esta fantasía una reproducción de una escena que se ha desarrollado a las mañanas en el dormitorio entre los padres y el niño, y no omite quitarle al deseo la desfiguración aún adherida a él. El padre y la madre son las dos jirafas. La vestidura en la fantasía de las jirafas está suficientemente determinada por la visita a estos grandes animales en Schonbrunn pocos días antes, por el dibujo de una jirafa que el padre ha conservado de una época anterior, y quizá también por una comparación inconciente anudada al cuello largo y rígido de la jirafa.  Notamos que la jirafa, como animal grande e interesante por su hace-pipí, habría podido ser una competidora de los caballos en su papel angustiante; además, que ambos, padre y madre, son presentados como jirafas, lo cual proporciona un indicio, no aprovechado por el momento, para la interpretación de los caballos de la angustia.

Dos fantasías menores, presentadas por Hans inmediatamente después de la invención de las jirafas, a. saber, que en el zoológico se mete en un recinto prohibido, y que hace añicos una ventanilla en el ferrocarril metropolitano, fantasías ambas en que se destaca lo punible de la acción y el padre aparece como cómplice, se sustraen por desgracia a la interpretación del padre. Por eso su comunicación no es de ninguna utilidad para Hans. Pero lo que así ha permanecido incomprendido regresa; como un espíritu no redimido, no se apacigua hasta recibir la solución y la redención.

No nos depara dificultad alguna entender estas dos fantasías de delito. Pertenecen al complejo de tomar posesión de la madre. En el niño pugna como una vislumbre de algo que él podría hacer con la madre, algo con lo cual se consumaría la toma de posesión, y para eso inasible él encuentra ciertas subrogaciones figurales que tienen en común lo violento, lo prohibido, y cuyo contenido nos parece concordar asombrosamente bien con la efectividad {Wirkfichkeit} oculta. Sólo podemos decir que son fantasías simbólicas de coito, y en modo alguno es cosa accesoria la complicidad del padre: «Me gustaría hacer algo con la mamá, algo prohibido, no sé qué, pero sé que tú lo haces».

La fantasía de las jirafas me había reforzado en un convencimiento ya iniciado en mí a raíz de la manifestación del pequeño Hans: «El caballo entrará en la pieza», y me pareció el momento justo para comunicarle un elemento de sus mociones inconcientes, que era esencial postular: él sentía angustia ante el padre a causa de sus deseos celosos y hostiles contra este. Con ello le había interpretado parcialmente la angustia frente a los caballos; el padre debía de ser el caballo a quien, con buen fundamento interior, le tenía miedo. Ciertos detalles, lo negro en la boca y lo que llevaban ante los ojos (bigote y gafas como privilegios del varón adulto), por los cuales Hans exteriorizaba angustia, me parecieron directamente trasladados del padre al caballo.

Con este esclarecimientos yo había eliminado en Hans la más eficaz resistencia a hacerse concientes los pensamientos inconcientes, siendo que su propio padre era quien desempeñaba el papel de médico ante él. A partir de ese momento quedó atrás lo peor de su estado, el material fluyó con abundancia, el pequeño paciente mostró coraje para comunicar los detalles de su fobia y pronto pasó a intervenir de manera autónoma en el decurso del análisis.

Sólo ahora nos enteramos de los objetos e impresiones ante los cuales Hans tiene angustia. No sólo ante caballos que lo muerdan -de esto pronto no se hablará más-, sino ante carruajes, carros mudanceros y diligencias, cuyo rasgo común, según se averiguó enseguida, era su carga pesada-, además, ante caballos que se ponen en movimiento, caballos de aspecto grande y pesado, caballos que viajan rápido. El propio Hans proporciona el sentido de estas estipulaciones; le angustia que los caballos se tumben y convierte en contenido de su fobia a todo cuanto parezca facilitar este tumbarse los caballos.

No es raro que sólo tras un trecho de empeño psicoanalítico uno se entere del genuino contenido de una fobia, del texto correcto de un impulso obsesivo, etc. La represión no sólo alcanzó los complejos inconcientes; ella no cesa, y se dirige también de continuo contra sus retoños, impidiendo al enfermo percibir sus productos patológicos como tales. Esto nos pone, como médicos, en la rara situación de tener que ayudar a la enfermedad para conseguir que se le preste atención, pero únicamente quien desconozca por completo la índole del psicoanálisis destacará esta fase del empeño y supondrá que a causa de ella el análisis inferiría un daño. La verdad es que no se puede ahorcar a nadie si antes no se lo ha atrapado, y que es menester algún trabajo para echar mano a las formaciones patológicas que uno quiere destruir.

Ya en las glosas con que he acompañado al historial clínico señalé que es muy instructivo ahondar de tal suerte en los detalles de una fobia y recoger la impresión cierta de que la referencia de la angustia a sus objetos se establece secundariamente. De ahí la naturaleza de las fobias, tan curiosamente difusa y, por otro lado, de tan riguroso condicionamiento.  Es manifiesto que nuestro pequeño paciente ha reunido el material para estas soluciones especiales a partir de las impresiones que día tras día puede tener ante sus ojos a consecuencia de la ubicación de su vivienda, frente a la Aduana. Por lo demás, en este contexto deja traslucir una moción, ahora inhibida por la angustia, de jugar, como lo hacen los chicos de la calle, con la carga de los carruajes, con equipajes, toneles y cestas.

En este estadio del análisis él redescubre la vivencia, en sí no sustantiva, que antecedió al estallido de la enfermedad y que es lícito considerar como su ocasionamiento. Iba de paseo con la mamá y vio a un caballo de diligencia tumbarse y patalear. Esto le causó una gran impresión. Se aterrorizó mucho, creyó que el caballo estaba muerto; a partir de entonces, todos los caballos se tumbarían. El padre le señala que a raíz del caballo caído no pudo menos que pensar en él, en el padre, y desear que se cayese y quedase muerto. Hans no se revuelve contra esta interpretación; un rato después la acepta mediante un juego que él escenifica: muerde al padre -la identificación del padre con el caballo temido- y desde entonces se conduce frente a su padre sin trabas ni miedo, y aun con un poco de arrogancia. Empero, la angustia ante los caballos perdura, y todavía no está claro el encadenamiento a consecuencia del cual el caballo que cae remueve sus deseos inconcientes.

Resumamos lo obtenido hasta aquí: tras la angustia primero exteriorizada, la de que el caballo lo morderá, se ha descubierto en un plano más hondo la angustia de que los caballos se tumbarán, y ambos, el caballo que muerde y el que se cae, son el padre que habrá de castigarlo por alimentar él tan malos deseos contra este. De la madre, entretanto, nos hemos apartado en el análisis.

En este punto, de manera totalmente inesperada, y por cierto sin contribución del padre, Hans empieza a ocuparse del «complejo del Lumpf» y a mostrar asco ante cosas que le recuerdan la evacuación del intestino. El padre, que ahí lo acompaña sólo a regañadientes, prosigue en medio de ello el análisis por donde él quería conducirlo, y lleva a Hans hasta el recuerdo de una vivencia en Gmunden, cuya impresión se escondía tras aquel caballo de diligencia que se cayó. Fritzl, su compañero de juegos preferido, quizá también su competidor frente a las numerosas compañeritas, había tropezado con una piedra en el juego del caballo, se había tumbado, y el pie le sangró. A este accidente le había hecho acordar la vivencia con el caballo de diligencia caído. Es notable que Hans, en ese tiempo ocupado en otras cosas, primero desconociera ese tumbo de Fritzl, que establece el nexo y sólo lo admitiera en un estadio posterior del análisis. Sin embargo, para nosotros quizá sea interesante destacar cómo la mudanza de libido en angustia se ha proyectado sobre el objeto principal de la fobia, el caballo. Los caballos eran para él los animales grandes más interesantes, y el juego al caballo, el preferido con sus compañeritos. La conjetura de que el padre le hubiera servido primero de caballo es corroborada mediante una inquisición al padre, y así, a raíz del accidente en Gmunden, fue posible que la persona del padre sustituyera a la de Fritzl.

Ahora bien, fue tras el ímpetu subvirtiente represivo {Verdrängungsumschwung} cuando él se vio precisado a tener miedo a los caballos, a los cuales antes anudaba tanto placer.

Pero ya dijimos que debemos a la intervención del padre este último y sustantivo esclarecimiento sobre la eficacia de la ocasión de la enfermedad. Hans persevera en sus intereses por el Lumpf, y al fin tenemos que seguirlo hasta allí. Nos enteramos de que antes solía imponérsele a la madre como acompañante en el baño, y lo repitió con la subrogada de esta en aquel tiempo, su amiga Berta, hasta que ello fue notorio y se lo prohibieron. El placer de ser espectador de los desempeños de una persona amada corresponde también a un «entrelazamiento pulsional», de lo cual ya hemos anotado un ejemplo en Hans. Al fin, también el padre entra en el simbolismo del Lumpf, y reconoce una analogía entre un carro muy cargado y un cuerpo cargado de excrementos, y el modo en que el carro sale fuera del portón y aquel en que las heces abandonan el vientre, etc.

Anotemos que la posición de Hans dentro del análisis ha variado esencialmente respecto de estadios anteriores. Si antes el padre podía predecirle lo que vendría, hasta que Hans, siguiendo esa indicación, se le reunía desde retaguardia, ahora él se anticipa con paso seguro y el padre lo sigue con trabajo. Hans presenta, como separada de toda mediación, una nueva fantasía: El mecánico o instalador ha destornillado la bañera dentro de la cual Hans se encuentra, y luego le ha metido en la panza su gran taladro [pág. 551. A partir de aquí, nuestro entendimiento se rezaga respecto del material. Sólo después podemos colegir que esta es la refundición, desfigurada por la angustia, de una fantasía de procreación. La bañera grande, en cuyo interior Hans está sentado en el agua, es el seno materno; el «taladro» {«Bohrer»}, que ya el padre reconoce como un gran pene, debe su mención al serparido {Geborenwerden}. Sonaría muy asombroso, desde luego, si diéramos esta interpretación a la fantasía: «Con tu gran pene me has «taladrado» {«gebohrt»} (hecho nacer {zur Geburt gebracht}) y metido dentro del seno materno». Pero provisionalmente la fantasía escapa a la interpretación y sólo sirve a Hans como anudamiento para proseguir sus comunicaciones.

Hans muestra una angustia, también compuesta, a ser bañado en la bañera grande. Una parte se nos escapa todavía; la otra se esclarece pronto por una referencia al baño de la hermanita. Hans admite el deseo de que la madre deje caer a la pequeña en el baño, para que se muera; su propia angustia al baño era una angustia a la retribución por este mal deseo, al castigo que le aparejaría. Abandona ahora el tema del Lumpf, y pasa inmediatamente al de la hermanita. Nosotros podemos vislumbrar qué significa esa secuencia: no otra cosa, sino que la propia pequeña Hanna es un Lumpf, todos los niños son Lumpf y son paridos como Lumpf. Ahora comprendemos que todos los carros mudanceros, diligencias y carros de carga sean sólo carruajes de cesta de cigüeña, que le interesen sólo como subrogaciones simbólicas de la gravidez, y que en el tumbarse los caballos pesados, o con pesada carga, no pueda ver sino … un alumbramiento, un parto {niederkommen}. Por tanto, el caballo que cae no era sólo el padre que muere; también, la madre en el parto.

Y ahora Hans nos depara la sorpresa para la cual, de hecho, no estábamos preparados. Ha notado la gravidez de la madre, que culminó con el nacimiento de la pequeña cuando él tenía 3½ años, y, al menos después del alumbramiento, se ha construido el correcto estado de cosas, quizá sin poderlo exteriorizar; en aquel momento sólo se observó que apenas producido el parto tuvo un comportamiento harto escéptico frente a todos los signos destinados a indicar la presencia de la cigüeña. Pero que en lo inconciente, y en total oposición a sus dichos ofíciales, ha sabido de dónde vino la niña y dónde moraba antes, he ahí algo evidenciado fuera de toda duda por este análisis; es quizá su pieza más inconmovible.

La prueba convincente de esto nos la proporciona la fantasía, mantenida con obstinación y adornada con tantos detalles, sobre cómo Hanna ya estuvo con ellos en Gmunden el verano anterior a su nacimiento, cómo viajó y era entonces capaz de logros mucho mayores que un año después, cuando ya había nacido. La desenvoltura con que Hans presenta esta fantasía, las innumerables y locas mentiras que le entreteje, en modo alguno carecen de sentido; todo eso está destinado a servirle de venganza sobre el padre, a quien guarda inquina por engañarle con el cuento de la cigüeña. Es como si quisiera decir: «Si me has supuesto tan tonto instándome a creer que la cigüeña trajo a Hanna, yo puedo pedirte que tengas por verdaderos mis inventos». Y en un nexo trasparente con ese acto de venganza del pequeño investigador sobre su padre se alinea la fantasía de embromar y pegar a los caballos. También ella es de articulación doble; por un lado se apuntala en lo que acaba de hacer, embromarlo al padre, y por el otro devuelve aquellas oscuras concupiscencias sádicas contra la madre que se habían exteriorizado en las fantasías, no comprendidas al comienzo por nosotros, del obrar prohibido. Además, concientemente confiesa el placer de pegarle a la mami.

Ahora ya no tenemos muchos enigmas por delante. Una oscura fantasía de perder el tren parece ser preanuncio de la posterior colocación del padre junto a la abuela en Lainz, puesto que se refiere a un viaje a Lainz en el cual aparece la abuela. Otra fantasía, en la que un muchacho entrega al guarda 50.000 florines para que lo deje viajar con el carrito, suena casi como un plan para comprarle la madre al padre, pues la fuerza de este último reside en parte en su riqueza. Luego confiesa el deseo de eliminar al padre, así como el fundamento de ese deseo -le perturba su intimidad con la madre-, con una franqueza de que no había hecho gala hasta ese momento. No tenemos derecho a asombrarnos de que las mismas mociones de deseo se presenten repetidas veces en el curso del análisis; en efecto, la monotonía nace de las interpretaciones anudadas; para Hans no son meras repeticiones, sino desarrollos que progresan de la indicación tímida a la claridad con plena conciencia y exenta de cualquier desfiguración.

Lo que resta son unas confirmaciones, originadas en Hans, de los resultados analíticos ya certificados para nuestra interpretación. En una acción sintomática que él apenas disfraza ante la sirvienta, no ante el padre, muestra cómo se representa un nacimiento; pero si la consideramos con mayor detalle, muestra aún más, señala algo que en el análisis ya no obtendrá expresión en el lenguaje. A través de un agujero redondo en el cuerpo de goma de una muñeca introduce un cuchillito que pertenece a la mama, y luego lo deja caer separándole las piernas. El esclarecimiento que los padres le dieron subsiguientemente, a saber, que los niños en verdad crecen en el vientre de la madre y son sacados como un Lumpf, llega demasiado tarde; nada nuevo puede decirle. Mediante otra acción sintomática, que se produce como por azar, admite haberle deseado la muerte al padre: hace tumbarse un caballo con el que juega, vale decir lo voltea, en el momento en que el padre le habla de ese deseo de muerte. Con palabras, refrenda que los carros con carga pesada le representaban la gravidez de la madre, y que el tumbarse del caballo era como si uno tuviera un hijo. La corroboración más preciosa dentro de este nexo, la prueba de que los hijos son «Lumpf» mediante la invención del nombre «Lodi» para su hijo preferido, llega sólo con demora a nuestra noticia, pues nos enteramos de que desde mucho tiempo atrás jugaba con ese hijo-salchicha.

Ya hemos apreciado las dos fantasías conclusivas de Hans, aquellas con las cuales se da cima a su restablecimiento. Una, la del instalador que le coloca un hace-pipí nuevo y, como colige el padre, más grande, no es la mera repetición de la anterior que se ocupaba del instalador y la bañera; es una fantasía de deseo triunfante y contiene la superación de la angustia de castración. La segunda fantasía, que confiesa el deseo de estar casado con la madre y tener con ella muchos hijos, no agota meramente el contenido de aquellos complejos inconcientes que habían sido tocados y habían desarrollado angustia a la vista del caballo que caía: también corrige lo que en aquellos pensamientos era lisa y llanamente inaceptable, puesto que, en vez de matar al padre, lo vuelve inofensivo elevándolo a la condición de marido de la abuela. Mediante esta fantasía concluyen, con justo título, la enfermedad y el análisis.

Durante el análisis de un caso clínico no se puede obtener una impresión intuible sobre la estructura y el desarrollo de la neurosis. Ello incumbe a un trabajo de síntesis que se debe emprender después. Si en el caso de la fobia de nuestro pequeño Hans abordamos esa síntesis, la enlazaremos con el cuadro de su constitución, sus deseos sexuales rectores y sus vivencias hasta el nacimiento de la hermana, que hemos dado en páginas anteriores de este ensayo.

La llegada de esta hermana le aparejó muchas cosas que desde entonces no lo dejaron tranquilo. En primer lugar, un poco de privación; al comienzo, una separación temporaria de la madre, y luego, una disminución duradera de sus cuidados y atención, que tuvo que acostumbrarse a compartir con la hermana. En segundo lugar, una reanimación de sus vivencias placenteras en la crianza, provocada por todo lo que veía hacer a su madre con la hermanita. De ambos influjos resultó un acrecentamiento de su necesidad erética, que empezó a sufrir una falta de satisfacción. De la pérdida que la hermana le había acarreado se resarció mediante la fantasía de que él mismo tenía nenes, y mientras en Gmunden (en su segunda estadía) pudo jugar realmente con estos nenes, su ternura halló una derivación suficiente. Pero con el regreso a Viena quedó de nuevo solo, sujetó todas sus demandas a la madre y sufrió una nueva privación, pues a la edad de 4½ años fue desterrado del dormitorio de los padres. Su excitabilidad erótica acrecentada se exteriorizó entonces en fantasías que conjuraban, en su soledad, a sus compañeritos del verano, y en satisfacciones. autoeróticas por estimulación masturbatoria del genital.

En tercer lugar, empero, el nacimiento de la hermana le aportó la incitación para un trabajo de pensamiento que por una parte no se podía llevar hasta una solución, y por la otra lo enredaba en conflictos de sentimiento. Se le planteó el gran enigma: saber de dónde vienen los hijos, quizás el primer problema cuya solución reclama las fuerzas intelectuales del niño y del cual, es probable, el enigma de la Esfinge de Tebas sólo refleja una desfiguración. Hans rechaza el esclarecimiento ofrecido, a saber, que la cigüeña trajo a Hanna. Es que él lo había observado: meses antes del nacimiento de la pequeña, la madre tenía un gran vientre; luego se metió en cama, gimió durante el nacimiento y se levantó delgada. Infirió, pues, que Hanna había estado en el vientre de la madre y después salió como un «Lumpf». Por anudamiento con sus tempranas sensaciones de placer a raíz de la deposición de las heces, pudo representarse placentero, ese parto, y entonces, con una doble motivación, pudo desear tener hijos él mismo a fin de parirlos con placer y luego (con un placer de retribución, por así decir) cuidarlos. Nada había en todo ello que llevara a la duda o al conflicto.

Pero ahí había aún otra cosa, y ella no podía sino perturbarlo. El padre por fuerza tenía algo que ver con el nacimiento de la pequeña Hanna, pues aseveraba que Hanna él mismo, Hans, eran sus hijos. Pero no era él quien los había traído al mundo, sino la mamá. Ese padre le estorbaba estar junto a la madre. Presente el padre, Hans no podía dormir con la madre, y cuando esta quería tomar a Hans en la cama, el padre gritaba. Hans había experimentado qué bien le iba cuando el padre se ausentaba, y el deseo de eliminarlo estaba muy justificado. Ahora esa hostilidad recibía un refuerzo. El padre le había contado la mentira sobre la cigüeña, y así le imposibilitó pedirle esclarecimiento en estas materias. No sólo le impedía estar en la cama junto a la madre, sino que además le escatimaba el saber que él ansiaba. En ambos aspectos lo perjudicaba, evidentemente, en su propio beneficio.

El hecho de que se viera forzado a odiar como competidor a este mismo padre a quien había amado desde siempre y seguía amando, ese padre que era para él un modelo, su primer compañero de juegos y, al mismo tiempo, su cuidador desde los años tempranos, dio por resultado el primer conflicto de sentimientos, insoluble al comienzo. Dadz) el modo en que se había desarrollado la naturaleza de Hans, era fuerza que el amor prevaleciera provisionalmente y sofocara al odio, pero sin poderlo cancelar, puesto que el amor a la madre lo alimentaba de continuo.

Pero el padre no sólo sabía de dónde venían los hijos; también en la realidad ejecutaba aquello que Hans sólo podía vislumbrar oscuramente. Era preciso que algo tuviera que ver con ello el hace-pipí, cuya excitación acompañaba a todos estos pensamientos, y por cierto un hace-pipí grande, mayor de lo que Hans hallaba al suyo propio. Si uno seguía como a unos indicadores las sensaciones que ahí se ofrecían, debía de tratarse de una acción violenta perpetrada en la mamá, una rotura, una perforación, una penetración en un recinto clausurado; el niño podía sentir dentro de sí el impulso a ello. Pero aunque estaba en camino de postular la vagina a partir de las sensaciones de su pene, no podía resolver el enigma, pues no tenía noticia de que hubiera algo como aquello que el hace-pipí necesitaba; más bien le estorbaba la solución el convencimiento de que la mamá poseía un hace-pipí como él. El intento de solucionar qué había que hacer con la mamá para que tuviera hijos se hundió en lo inconciente, y los impulsos activos de ambas clases, el hostil hacia el padre y el sádico-tierno hacia la madre, permanecieron sin aplicarse: uno, a consecuencia del amor presente junto al odio, y el otro, en virtud del desconcierto resultante de las teorías sexuales infantiles.

Sólo por este camino pude yo, apoyándome en los resultados del análisis, construir los complejos y mociones de deseo inconcientes cuya represión y cuyo despertar trajo a la luz la fobia del pequeño Hans. Sé que así se le exige mucho a la capacidad de pensamiento de un niño de 4 a 5 años, pero me dejo guiar por lo nuevo que hemos averiguado y no me considero atado por los prejuicios de nuestra ignorancia. Quizás aún se habría podido aprovechar la angustia al «hacer barullo con las patas» para llenar lagunas en nuestro procedimiento de prueba. Hans admitió, es cierto, que el patalear le recordaba a cuando lo compelían a interrumpir su juego para hacer Lumpf, de suerte que este elemento de la neurosis entró en relación con el problema de saber si la mamá tenía hijos de buen grado o sólo compelida, pero yo no tengo la impresión de que esto proporcionara el pleno esclarecimiento del «hacer barullo con las patas». El padre no pudo confirmar mi conjetura de que en el niño se moviera una reminiscencia sobre un comercio sexual entre los padres, observado por él en el dormitorio. Hemos de contentarnos, entonces, con lo que tenemos averiguado.

¿En virtud de qué influjo llegó la situación descrita en Hans al vuelco, a la mudanza, de la añoranza libidinosa en angustia? ¿En qué extremo sobrevino la represión? Difícil es decirlo, y sólo se lo podría decidir mediante la comparación con varios análisis parecidos. Hasta que no venga en nuestro auxilio una experiencia ulterior, considero materia discutible que el movimiento lo iniciara la incapacidad intelectual del niño para solucionar el difícil problema de la concepción de los hijos y para aplicar los impulsos agresivos desprendidos por el acercamiento a esa solución, o que el vuelco lo produjera una incapacidad somática, una intolerancia constitucional a la satisfacción masturbatoria ejercida de manera regular, a causa de la mera persistencia de la excitación sexual con una intensidad tan alta.

Las relaciones cronológicas nos impiden atribuir demasiado influjo a la ocasión para el estallido de la enfermedad, pues en Hans se observaban indicios de estados de angustia desde mucho tiempo atrás, antes que viera tumbarse en la calle al caballo de diligencia.

Sin embargo, la neurosis se anudó directamente a esa vivencia accidental y conservó su huella en la entronización del caballo como objeto de angustia. A esa vivencia, en sí y por sí, no le corresponde una «fuerza traumática»; sólo la anterior significación del caballo como asunto de predilección, y el interés y anudamiento a la vivencia de Gmunden, más apta para trauma, cuando Fritzl se tumbó en el juego al caballo, así como la ligera vía asociativa desde Fritzl hasta el padre, dotaron de eficacia tan grande a ese accidente observado por casualidad. Y aun es probable que tampoco esas referencias hubieran bastado sí esa misma impresión no se mostraba apta, merced a la flexibilidad y multivocidad de los enlaces asociativos, para tocar también el segundo de los complejos que en Hans acechaba en lo inconciente, el del parto de la madre grávida. Desde ahí quedaba expedito el camino para el retorno de lo reprimido, y se lo recorrió de tal manera que el material patógeno apareció refundido (trasladado) sobre el complejo del caballo, y los afectos concomitantes aparecieron uniformemente mudados en angustia.

Es notable que el contenido de representación de la fobia, ahora constituido, tuviera que consentir todavía una desfiguración y sustitución antes que la conciencia tomara noticia de él. El primer texto de la angustia exteriorizado por Hans fue: «El caballo me morderá»; proviene de otra escena de Gmunden, que por una parte remite a deseos hostiles contra el padre y, por la otra, recuerda a la amonestación contra el onanismo. Ahí se ha hecho valer un influjo desviante que quizá partiera de los progenitores; no estoy seguro de que el informe sobre Hans se redactara entonces con el cuidado suficiente para permitirnos decidir si él ha dado esa expresión a su angustia antes o sólo después de que la madre lo llamara al orden a causa de su masturbación. Por oposición a lo que se expone en el historial clínico, yo conjeturaría lo segundo. Por lo demás, es inequívoco que el complejo hostil contra el padre encubre dondequiera en Hans al concupiscente con la madre, así como en el análisis, también, este complejo fue el primero que se descubrió y tramitó.

En otros casos clínicos se hallaría mucho más para decir sobre la estructura de una neurosis, su desarrollo y extensión, pero el historial de nuestro pequeño Hans es muy breve; a poco de su comienzo es relevado por el historial de tratamiento. Y si luego, en el curso de este último. la fobia pareció seguir desarrollándose, si atrajo a su ámbito nuevos objetos y condiciones nuevas, el padre, que lo trataba, tuvo desde luego la suficiente perspicacia para ver en ello algo ya terminado que salía a la luz y no una neoproducción que pudiera cargarse en la cuenta del tratamiento mismo. En otros casos de terapia no siempre se puede contar con una penetración así.

Antes de dar por terminada esta síntesis, debo apreciar todavía otro punto de vista que nos situará en el centro de las dificultades con que tropezamos para la concepción de estados neuróticos. Vemos cómo nuestro pequeño paciente es aquejado por una importante oleada represiva, que recae, justamente, sobre sus componentes sexuales dominantes.  Se despoja del onanismo, rechaza de sí con asco cuanto recuerde a excrementos y a ser espectador de los desempeños excretorios. Pero no son estos componentes los incitados en la ocasión de la enfermedad (la visión del caballo que cae) ni los que ofrecen el material para los síntomas, para el contenido de la fobia.

Aquí tenemos la oportunidad, pues, de establecer un distingo de principio. Es probable que se obtenga un entendimiento más profundo del caso clínico si se atiende a aquellos otros componentes que cumplen las dos condiciones mencionadas en último término. Estos son, en Hans, unas mociones que habían sido sofocadas ya antes y, hasta donde nos enteramos, nunca pudieron exteriorizarse desinhibidas: sentimientos de hostilidad y celos hacia el padre, e impulsiones sádicas hacia la madre, correspondientes a unas vislumbres del coito. En estas sofocaciones tempranas acaso se sitúe la predisposición a contraer más tarde la enfermedad. Estas inclinaciones agresivas no hallan en Hans ninguna salida, y tan pronto como, en una época de privación y de acrecentada excitación sexual, quieren brotar reforzadas, se enciende aquella lucha que nosotros llamamos «fobia». En el curso de ese combate, una parte de las representaciones reprimidas penetran en la conciencia como contenido de la fobia, desfiguradas y endosadas a otro complejo; pero no hay duda de que es este un éxito bien lastimoso. El triunfo sigue siendo de la represión {esfuerzo de desalojo}, que con esta oportunidad rebasa sobre componentes diversos de aquellos que penetran. Esto no modifica en nada el hecho de que la esencia del estado patológico está ligada por entero a la naturaleza de los componentes pulsionales que se debía rechazar. Propósito y contenido de la fobia es una vasta limitación de la libertad de movimientos; ella es, pues, una potente reacción contra oscuros impulsos motores que, en particular, querían volverse contra la madre. El caballo fue siempre para el niño el modelo del placer de movimiento («Soy un potrillo», dice Hans en tanto da brincos, pero como este placer de movimiento incluye el impulso al coito, la neurosis lo limita, y el caballo es entronizado como imagen sensorial del terror. Parece que la neurosis no deja a las pulsiones reprimidas otra dignidad que la de brindar los pretextos para la angustia dentro de la conciencia. Ahora bien, por nítido que sea el triunfo de la desautorización de lo sexual en la fobia, el compromiso que está en la naturaleza de la enfermedad no consiente que lo reprimido quede sin obtener otra cosa. En efecto, la fobia al caballo es también un obstáculo para andar por la calle, y puede servir como medio para permanecer en casa junto a la madre amada. En esto, por consiguiente, ha triunfado la ternura hacia la madre; a raíz de su fobia, el amante se pega al objeto amado, pero es claro que ahora se ha puesto cuidado en que el amante permanezca inofensivo. En estos dos efectos se evidencia la naturaleza genuina de una contracción de neurosis.

Alfred Adler ha sostenido hace poco, en un trabajo rico en ideas del cual antes he tomado la designación de «entrelazamiento pulsional», que la angustia nace por la sofocación de la por él llamada «pulsión de agresión»; y, en una vasta síntesis, asigna a esta pulsión el papel principal en el acaecer, «en la vida y en la neurosis». Y si nosotros hemos llegado a la conclusión de que en nuestro caso de fobia la angustia se explicaría por la represión de aquellas inclinaciones agresivas, la hostil hacia el padre y la sádica hacia la madre, parece que habríamos aportado una brillante confirmación a la intuición de Adler. Sin embargo, yo no puedo adherir a esta última, que considero una generalización equivocada. No puedo decidirme a admitir una pulsión particular de agresión junto a las pulsiones sexuales y de autoconservación, con que estamos familiarizados, y en un mismo plano con ellas.  Me parece que Adler ha hipostasiado sin razón, en una pulsión particular, lo que es un carácter universal e insoslayable de todas las pulsiones, a saber, lo «pulsional» {«Triebhaft»}, lo esforzante {drángend} en ellas, lo que podemos describir como la aptitud para dar un envión a la motilidad. Y entonces, de las otras pulsiones no le restó más que su referencia a una meta, después que merced a la «pulsión de agresión» se les había quitado la referencia a los medios para alcanzar esa meta. A pesar de toda la incertidumbre y oscuridad de nuestra doctrina de las pulsiones, prefiero atenerme provisionalmente a la concepción habitual, que deja a cada pulsión su capacidad propia para devenir agresiva; así, en las dos pulsiones que en nuestro Hans llegaron a la represión, yo discerniría los componentes, de antiguo consabidos, de la libido sexual.

3

Antes de pasar a las elucidaciones, previsiblemente breves, sobre lo que de la fobia del pequeño Hans se pueda extraer de universalmente válido para la vida y la educación infantiles, no puedo menos que toparme con la objeción, que traemos tan pospuesta, según la cual Hans sería un neurótico, un «hereditario», un «dégéneré», y no un niño normal del que pudieran trasferirse conclusiones a otros niños. Ya me viene dando pena pensar cómo maltratarán a nuestro pequeño Hans todos los conocedores del «hombre normal» cuando se enteren de que en su caso se puede demostrar, de hecho, un lastre hereditario. A su bella madre, que en un conflicto de su juventud había contraído neurosis, hube yo de atenderla en aquella época, y de ahí nacieron mis vínculos con los padres de Hans. Sólo con una gran timidez me animo a alegar algo en su favor.

En primer lugar, que Hans no es lo que en rigor uno se imaginaría por un niño degenerado, destinado por herencia a la nerviosidad, sino más bien un mocito de buena conformación corporal, alegre, amable e intelectualmente despierto, en quien no sólo su propio padre puede tener a un amigo. No cabe ninguna duda en cuanto a su temprana madurez sexual, pero aquí nos falta mucho material comparativo para establecer un juicio correcto. Por un muestreo de fuente norteamericana por ejemplo, he podido ver que una elección de objeto y unas sensaciones amorosas igualmente tempranas no son tan raras en niños varones; y lo mismo se sabe de la historia infantil de quienes después son reconocidos como «grandes» hombres, de suerte que uno opinaría que la temprana madurez sexual es un correlato infaltable de los intelectuales, y por eso en niños dotados se la hallará con mayor frecuencia de lo que se esperaría.

Además, en mi confesada parcialidad en favor del pequeño Hans hago valer que no es el único niño aquejado de fobias en algún momento de su infancia. Como es sabido, tales enfermedades son extraordinariamente frecuentes, aun en niños cuya educación no deja nada que desear en materia de rigor. Tales niños se vuelven después neuróticos, o bien permanecen sanos. Sus fobias son acalladas a gritos en la crianza, porque son inasequibles al tratamiento y por cierto muy incómodas. Luego ceden, en el curso de meses o de años; se curan en apariencia. En cuanto a las alteraciones psíquicas que su curación comporte, a las alteraciones de carácter enlazadas con ella, nadie posee una intelección. Pero si después uno torna bajo tratamiento psicoanalítico a un neurótico adulto que, se supone, sólo en la madurez ha contraído su enfermedad manifiesta, por regla general se averigua que su neurosis se anuda a aquella angustia infantil, es su continuación; y, por tanto, a lo largo de su vida, desde aquellos conflictos de la infancia, se tejió un trabajo psíquico continuo, pero también imperturbado, sin que importe que el primer síntoma haya subsistido o se retirara esforzado por las circunstancias. Opino, pues, que nuestro pequeño Hans no estuvo quizá más enfermo que tantos otros niños a quienes no se pone el marbete de «degenerados»; pero como él fue educado sin amedrentamiento, con el mayor respeto y la menor compulsión posibles, su angustia salió a la luz con más osadía. Le faltaron los motivos de la mala conciencia y del temor al castigo, que de ordinario contribuyen a empequeñecer esa angustia. Me está por parecer que hacemos demasiado caso a los síntomas, y muy poco a aquello de lo cual surgen. En la educación de los niños pretendemos que todo esté en paz, no vivenciar dificultad alguna; en suma, queremos un «niño bien criado», y nos cuidamos poco de que este curso evolutivo sea provechoso también para él. Yo podría imaginarme, entonces, que fue benéfico para nuestro Hans haber producido esa fobia, porque ella orientó la atención de los padres hacia las inevitables dificultades que depara la superación de los componentes pulsionales en la educación del niño para la cultura, y porque esta perturbación suya le valió la asistencia del padre. Y quizás aventaje a otros por no llevar ya dentro de sí aquel germen de complejos reprimidos que por fuerza ha de significar siempre algo para la vida posterior, y que apareja sin duda, en alguna medida, deformación del carácter, si no la predisposición a contraer después una neurosis. Yo me inclino a pensar así, pero no sé si muchos compartirán mi juicio, y tampoco sé si la experiencia me dará la razón.

¿Debo preguntar ahora en qué ha perjudicado a Hans la aparición a plena luz de estos complejos, no sólo reprimidos por los niños, sino temidos por los padres? ¿Acaso el pequeño se ha tomado en serio sus reclamos sobre la madre, o sus malos propósitos hacia el padre han cedido sitio a las vías de hecho? Sin duda lo temerán muchos que desconocen la naturaleza del psicoanálisis y opinan que uno reforzaría las pulsiones malas haciéndolas concientes. Tales sabios son consecuentes cuando desaconsejan, por el amor de Dios, ocuparse de las cosas malas que se esconden tras las neurosis. Pero lo cierto es que al hacerlo olvidan que son médicos, y caen en un fatal parecido con Dogberry, cuando aconsejó al guardián que evitara todo contacto con cualquier ladrón o delincuente a quien sorprendieran: la gente honrada no debe tratar con semejante canalla.

Las únicas consecuencias del análisis son, más bien, que Hans ha sanado, ya no teme a los caballos, y mantiene un trato más familiar con su padre, como este lo comunica complacido. Y lo que el padre pueda perder en respeto, lo recupera en confianza: «He creído que lo sabes todo por que has sabido lo del caballo» [pág. 831. El análisis, en efecto, no deshace el resultado de la represión: las pulsiones qué fueron entonces sofocadas siguen siendo las sofocadas; pero alcanza ese resultado por otro camino: sustituye el proceso de la represión, que es automático y excesivo, por el «dominio» {«Bewältigung»}, mesurado y dirigido a una meta, con auxilio de las instancias anímicas superiores; en una palabra: sustituye la represión por el juicio adverso {Verurteilung}. Parece brindarnos la prueba, acariciada desde hace tanto tiempo, de que la conciencia posee una función biológica y de que su entrada en escena aporta una sustantiva ventaja.

De haber estado en mis manos, me habría atrevido a brindar al niño otro esclarecimiento que sus padres le mantuvieron en reserva. Le habría confirmado sus vislumbres pulsionales contándole sobre la existencia de la vagina y del coito, reduciendo así otro poco el resto no solucionado y poniendo fin a su esfuerzo de preguntar. Estoy seguro de que a consecuencia de ese esclarecimiento no habría perdido el amor por la madre ni su ser infantil, y habría inteligido que debía por ahora cesar sus afanes en cuanto a esas cosas importantes, y aun imponentes, hasta que se cumpliera su deseo de ser grande. Pero el experimento pedagógico no fue llevado tan lejos.

Que no es lícito trazar una frontera definida entre niños y adultos «nerviosos» y «normales»; que «enfermedad» es un concepto sumatorio puramente práctico; que predisposición y vivenciar tienen que conjugarse para hacer que se rebase el umbral y se alcance esa sumación; que, en consecuencia, muchos individuos pasan continuamente de la clase de los sanos a la de los enfermos nerviosos, y otros en número menor recorren el camino inverso: he ahí cosas que se han dicho con frecuencia y han hallado tanto eco que por cierto no soy el único en sostenerlas. Que la educación del niño pueda ejercer un poderoso influjo, favorable o desfavorable, sobre la predisposición patológica pertinente para aquella sumación es, al menos, muy probable, pero todavía aparece enteramente problemático saber a qué debe aspirar la educación y dónde tiene que intervenir. Hasta hoy, ella se ha propuesto siempre por única tarea el gobierno -a menudo es más correcto decir la sofocación- de las pulsiones; el resultado no ha sido satisfactorio: donde se lo alcanzaba, era en beneficio de un pequeño número de hombres privilegiados a quienes no se les demandaba esa sofocación de lo pulsional. No se inquiría tampoco por qué camino se alcanzaba la sofocación de las incómodas pulsiones, ni los sacrificios que ello costaba. Si se sustituye esta tarea por otra, la tarea de volver al individuo capaz para la cultura y socialmente útil con el mínimo menoscabo de su actividad, los esclarecimientos obtenidos por el psicoanálisis acerca del origen de los complejos patógenos y del núcleo de toda neurosis poseerán genuinos títulos para que el pedagogo los considere unas señales inapreciables en su comportamiento frente al niño. Dejo a otros comprobar y decidir qué consecuencias prácticas derivarán de ellas, y si la experiencia puede llegar a justificar su aplicación dentro de nuestras circunstancias sociales.

No puedo despedirme de la fobia de nuestro pequeño paciente sin declarar la conjetura que para mí confiere un valor particular a este análisis coronado por el restablecimiento. De él, en rigor, yo no he aprendido nada nuevo que no hubiera podido colegir antes, con frecuencia de manera menos nítida y más indirecta, en otros pacientes tratados en su edad adulta. Y como las neurosis de esos otros enfermos siempre se pudieron reconducir a los mismos complejos infantiles que se descubrieron tras la fobia de Hans, estoy tentado de reclamar para esta neurosis infantil un significado típico y paradigmático, como si la multiplicidad de los fenómenos de la represión neurótica y la riqueza del material patógeno no obstaran para derivarlos de muy pocos procesos relativos a idénticos complejos de representación.