Senoras y senores:
De la labor hasta aqui realizada podemos deducir que los actos fallidos tienen un sentido, conclusion que tomaremos como base de nuestras subsiguientes investigaciones. Haremos resaltar una vez mas que no afirmamos, ni para los fines que perseguimos nos es necesario afirmar, que todo acto fallido sea significativo, aunque considerariamos muy probable esta hipotesis. Pero nos basta con hallar que tal sentido aparece con relativa frecuencia en las diferentes clases de actos fallidos. Ademas, estas diversas clases ofrecen, por lo que respecta a este punto de vista, grandes diferencias. En las equivocaciones orales, escritas, etc., pueden aparecer casos de motivacion puramente fisiologica, cosa, en cambio, poco probable en aquellas otras variantes de la funcion fallida que se basan en el olvido (olvido de nombres y propositos, imposibilidad de encontrar objetos que uno mismo ha guardado, etc.). Sin embargo, existe un caso de perdida en el que parece no intervenir intencion alguna. Los errores que cometemos en nuestra vida cotidiana no pueden ser juzgados conforme a estos puntos de vista mas que hasta cierto limite. Os ruego conserveis en vuestra memoria estas limitaciones para recordarlas cuando mas adelante expliquemos como los actos fallidos son actos psiquicos resultantes de la interferencia de dos intenciones.
Es este el primer resultado del psicoanalisis. La Psicologia no ha sospechado jamas, hasta el momento, tales interferencias ni la posibilidad de que las mismas produjeran fenomenos de este genero. Asi, pues, el psicoanalisis ha extendido considerablemente la amplitud del mundo de los fenomenos psiquicos y ha conquistado para la Psicologia dominios que anteriormente no formaban parte de ella.
Detengamonos todavia unos instantes en la afirmacion de que los actos fallidos son <actos psiquicos> y veamos si la misma expresa algo mas de lo que ya anteriormente dijimos, o sea que dichos actos poseen un sentido.
A mi juicio, no tenemos necesidad ninguna de ampliar el alcance de tal afirmacion, pues ya nos parece de por si harto indeterminada y susceptible de equivocadas interpretaciones. Todo lo que puede observarse en la vida animica habra de designarse eventualmente con el nombre de fenomeno psiquico. Mas para fijar de un modo definitivo esta calificacion habremos de investigar si la manifestacion psiquica dada es un efecto directo de influencias somaticas organicas y materiales, caso en el cual caera fuera de la investigacion psicologica, o si, por el contrario, se deriva directamente de otros procesos animicos, mas alla de los cuales comienza la serie de las influencias organicas. A esta ultima circunstancia es a la que nos atenemos para calificar a un fenomeno de proceso psiquico y, por tanto, es mas apropiado dar a nuestro principio la forma siguiente: el fenomeno es significativo y posee un `sentido', entendiendo por `sentido', un `significado', una `intencion', una `tendencia' y una `localizacion en un contexto psiquico continuo'.
Hay otros muchos fenomenos que se aproximan a los actos fallidos, pero a los que no conviene ya esta denominacion, y son los que llamamos actos casuales y sintomaticos (Zufalls-und Symptomhandlungen). Tambien estos actos se muestran, como los fallidos, inmotivados y faltos de trascendencia, apareciendo, ademas, claramente superfluos. Pero lo que en rigor los distingue de los actos fallidos propiamente dichos es la ausencia de otra intencion distinta a aquella con la que tropiezan y que por ellos queda perturbada.
Se confunden, por ultimo, con los gestos y movimientos encaminados a la expresion de las emociones. A estos actos casuales pertenecen todos aquellos pequenos actos, en apariencia carentes de objeto, que solemos realizar, tales como andar en nuestros propios vestidos o en determinadas partes del cuerpo, juguetear con los objetos que se hallan al alcance de nuestras manos, tararear o silbar automaticamente una melodia, etc. El psicoanalisis afirma que todos estos actos poseen un sentido y pueden interpretarse del mismo modo que los actos fallidos, esto es, como pequenos indicios reveladores de otros procesos psiquicos mas importantes. Habremos, pues, de concederles la categoria de actos psiquicos completos.
A pesar del interes que el examen de esta nueva ampliacion del campo de los fenomenos psiquicos no dejaria de presentar, prefiero no detenerme en el y reanudar el analisis de los actos fallidos, los cuales nos plantean con mucha mayor precision los problemas mas importantes del psicoanalisis.
Entre las interrogaciones que hemos formulado a proposito de las funciones fallidas, las mas interesantes -que, por cierto, no hemos resuelto aun- son las siguientes: hemos dicho que los actos fallidos resultan de la interferencia de dos intenciones diferentes, una de las cuales puede calificarse de perturbada y la otra de perturbadora. Las intenciones perturbadas no plantean ningun problema. En cambio, por lo que respecta a las perturbadoras, quisieramos saber de que genero son tales intenciones capaces de perturbar otras y cual es la relacion que con estas ultimas las enlaza.
Permitid que escoja de nuevo la equivocacion oral como representativa de toda la especie de los actos fallidos y que responda en primer lugar a la segunda de las interrogaciones planteadas.
En la equivocacion oral puede haber, entre la intencion perturbadora y la perturbada, una relacion de contenido, y en tal caso la primera contendra una contradiccion, una rectificacion o un complemento de la segunda; pero puede tambien suceder que no exista relacion alguna entre los contenidos de ambas tendencias, y entonces el problema se hace mas oscuro e interesante.
Los casos que ya conocemos y otros analogos nos permiten comprender sin dificultad la primera de estas relaciones.
En casi todos los casos en los que la equivocacion nos hace decir lo contrario de lo que queriamos, la intencion perturbadora es, en efecto, opuesta a la perturbada, y el acto fallido representa el conflicto entre las dos tendencias inconciliables. Asi, el sentido de la equivocacion del presidente de la Camara puede traducirse en la frase siguiente: <Declaro abierta la sesion, aunque preferiria suspenderla.> Un diario, acusado de haberse vendido a una fraccion politica, se defendio en un articulo que terminaba con las palabras que siguen:
<Nuestros lectores son testigos de que hemos defendido siempre el bien general de la manera mas desinteresada.> Pero el redactor a quien se confio esta defensa escribio: <de la manera mas interesada>, equivocacion que, a mi juicio, revela su verdadero pensamiento: <No tengo mas remedio que escribir lo que me han encargado, pero se que la verdad es muy distinta.> Un diputado que se proponia declarar la necesidad de decir al emperador toda la verdad, sin consideraciones (ruckhaltlos), advirtio en su interior una voz que le aconsejaba no llevar tan lejos su audacia y cometio una equivocacion en la que el <sin consideraciones> (ruckhaltlos), quedo transformado en <sin columna vertebral> (ruckgratlos), o sea <doblando el espinazo> [*].
En los casos que ya conoceis y que nos producen la impresion de contracciones y abreviaciones, se trata de rectificaciones, agregaciones o continuaciones con las que una segunda tendencia logra manifestarse al lado de la primera. <Se han producido hechos (zum Vorschein gekommen) que yo calificaria de cochinerias (Schweinereien); resultado: <zum Vorschwein gekommen>. <Las personas que comprenden estas cuestiones pueden contarse por los dedos de una mano; pero no, no existe, a decir verdad, mas que una sola persona que las comprenda>; resultado: <Las personas que las comprenden pueden ser contadas con un solo dedo.> O tambien: <Mi marido puede comer y beber lo que el quiera; pero como en el mando yo_, podra comer y beber lo que yo quiera.> Como se ve, en todos estos casos la equivocacion se deriva directamente del contenido mismo de la intencion perturbada o se halla en conexion con ella.
Otro genero de relacion que descubrimos entre las dos intenciones interferentes nos parece un tanto extrano. Si la intencion perturbadora no tiene nada que ver con el contenido de la perturbada, ?que origen habremos de atribuirle y como nos explicaremos que surja como perturbacion de otra intencion determinada? La observacion -unico medio de hallar respuesta a estas interrogaciones- nos permite darnos cuenta de que la perturbacion proviene de una serie de ideas que habia preocupado al sujeto poco tiempo antes y que interviene en el discurso de esta manera particular, independientemente de que haya hallado o no expresion en el mismo. Tratese, pues, de un verdadero eco, pero que no es producido siempre o necesariamente por las palabras anteriormente pronunciadas. Tampoco falta aqui un enlace asociativo entre el elemento perturbado y el perturbador pero en lugar de residir en el contenido es puramente artificial y su constitucion resulta a veces muy forzada.
Expondre un ejemplo de este genero, muy sencillo y observado por mi directamente. Durante una excursion por los Dolomitas encontre a dos senoras que vestian trajes de turismo. Fui acompanandolas un trozo de camino y conversamos de los placeres y molestias de las excursiones a pie. una de las senoras confeso que este ejercicio tenia su lado incomodo. <Es cierto- dijo -que no resulta nada agradable sentir sobre el cuerpo, despues de haber estado andando el dia entero, la blusa y la camisa empapadas en sudor.> En medio de esta frase tuvo una pequena vacilacion, que vencio en el acto. Luego continuo y quiso decir: <Pero cuando se llega a casa y puede uno cambiarse de ropa_>, mas en vez de la palabra <Hause> (casa) se equivoco y pronuncio la palabra Hose (calzones). La senora habia tenido claramente el proposito de hacer una mas completa enumeracion de las prendas interiores, diciendo blusa, camisa y pantalones, y por razones de conveniencia social habia retenido el ultimo nombre. Pero en la frase de contenido independiente que a continuacion pronuncio se abrio paso, contra su voluntad, la palabra inhibida, surgiendo en forma de desfiguracion de la palabra Hause.
Podemos ahora abordar la interrogacion principal cuyo examen hemos eludido por tanto tiempo, o sea la de cuales son las intenciones que se manifiestan, de una manera tan extraordinaria, como perturbaciones de otras. Tratase evidentemente de intenciones muy distintas, pero en las que intentaremos descubrir algunos caracteres comunes. Si examinamos con este proposito una serie de ejemplos, veremos que los mismos pueden dividirse en tres grupos. En el primero reuniremos aquellos casos en los que la tendencia perturbadora es conocida por el sujeto de la equivocacion y se le ha revelado ademas con anterioridad a la misma. Asi, en el ejemplo <Vorschwein> confiesa el sujeto no solo haber pensado que aquellos hechos merecian ser calificados de <cochinerias> (Schweinereien), sino tambien haber tenido la intencion -que despues reprimio- de manifestar verbalmente tal juicio peyorativo.
El segundo grupo comprendera aquellos casos en los que la persona que comete la equivocacion reconoce en la tendencia perturbadora una tendencia personal, mas ignora que la misma se hallaba ya en actividad en ella antes de la equivocacion. Acepta, pues, nuestra interpretacion de esta ultima, pero no se muestra sorprendida por ella. En otros actos fallidos encontraremos ejemplos de esta actitud mas facilmente que en las equivocaciones orales. Por ultimo, el tercer grupo entrana aquellos casos en los que el sujeto protesta con energia contra la interpretacion que le sugerimos, y no contento con negar la existencia de la intencion perturbadora antes de la equivocacion, afirma que tal intencion le es ajena en absoluto. Recordad el brindis del joven orador que propone hundir la prosperidad de su jefe y la respuesta un tanto grosera que hube de escuchar cuando revele al equivocado orador su intencion perturbadora. Sobre la manera de concebir este caso no hemos podido ponernos todavia de acuerdo. Por lo que a mi concierne, la protesta del sujeto de la equivocacion no me inquieta en absoluto ni me impide mantener mi interpretacion; pero vosotros, impresionados por la resistencia del interesado, os preguntais, sin duda, si no hariamos mejor en renunciar a buscar la interpretacion de los casos de este genero y considerarlos actos puramente fisiologicos en el sentido prepsicoanalitico. Sospecho que es lo que os lleva a pensar asi. Mi interpretacion representa la hipotesis de que la persona que habla puede manifestar intenciones que ella misma ignora, pero que yo puedo descubrir guiandome por determinados indicios, y vacilais en aceptar esta suposicion tan singular y tan prenada de consecuencias. Comprendo vuestras dudas; mas he de indicaros que si quereis permanecer consecuentes con vuestra concepcion de los actos fallidos, fundada en tan numerosos ejemplos, no debeis vacilar en aceptar esta ultima hipotesis, por desconcertante que os parezca. Si esto es imposible, no os queda otro camino que renunciar tambien a la comprension, tan penosamente adquirida, de dichos actos.
Detengamonos aun un instante en lo que enlaza a los tres grupos que acabamos de establecer; esto es, en aquello que es comun a los tres mecanismos de la equivocacion oral. Afortunadamente, nos hallamos en presencia de un hecho irrefutable. En los dos primeros grupos, la tendencia perturbadora es reconocida por el mismo sujeto, y, ademas, en el primero de ellos, dicha tendencia se revela inmediatamente antes de la equivocacion. Pero lo mismo en el primer grupo que en el segundo, la tendencia de que se trata se encuentra rechazada, y como la persona que habla se ha decidido a no dejarla surgir en su discurso, incurre en la equivocacion; esto es, la tendencia rechazada se manifiesta a pesar del sujeto, sea modificando la expresion de la intencion por el aceptada, sea confundiendose con ella o tomando su puesto. Tal es el mecanismo de la equivocacion oral.
Mi punto de vista me permite explicar por el mismo mecanismo los casos del tercer grupo. Para ello no tendre mas que admitir que los tres grupos que hemos establecido se diferencian entre si por el distinto grado de repulsa de la intencion perturbadora. En el primero, esta intencion existe y es percibida por el sujeto antes de hablar, siendo entonces cuando se produce la repulsa, de la cual la intencion se venga con el lapsus. En el segundo, la repulsa es mas adecuada, y la intencion resulta ya imperceptible antes de comenzar el discurso, siendo sorprendente que una tal represion, harto profunda, no impida, sin embargo, a la intencion intervenir en la produccion del lapsus. Pero esta circunstancia nos facilita, en cambio, singularmente, la explicacion del proceso que se desarrolla en el tercer grupo y nos da valor para admitir que en el acto fallido pueda manifestarse una tendencia rechazada desde largo tiempo atras, de manera que el sujeto la ignora totalmente y obra con absoluta sinceridad al negar su existencia. Pero, incluso dejando a un lado el problema relativo al tercer grupo, no podeis menos de aceptar la conclusion que se deduce de la observacion de los casos anteriores, o sea la de que la supresion de la intencion de decir alguna cosa constituye la condicion indispensable de la equivocacion oral.
Podemos afirmar ahora que hemos realizado nuevos progresos en la comprension de las funciones fallidas. Sabemos no solo que son actos psiquicos poseedores de un sentido y una intencion y resultantes de la interferencia de dos intenciones diferentes, sino tambien que una de estas intenciones tiene que haber sufrido antes del discurso cierta repulsa para poder manifestarse por la perturbacion de la otra. Antes de llegar a ser perturbadora, tiene que haber sido a su vez perturbada. Claro es que con esto no logramos todavia una explicacion completa de los fenomenos que calificamos de funciones fallidas, pues vemos en el acto surgir otras interrogaciones y presentimos, en general, que cuanto mas avanzamos en nuestra comprension de tales fenomenos, mas numerosos seran los problemas que ante nosotros se presentan. Podemos preguntar, por ejemplo, por que ha de ser tan complicado el proceso de su genesis. Cuando alguien tiene la intencion de rechazar determinada tendencia, en lugar de dejarla manifestarse libremente, debiamos encontrarnos en presencia de uno de los dos casos siguientes: o la repulsa queda conseguida, y entonces nada de la tendencia perturbadora podra surgir al exterior, o, por el contrario, fracasa, y entonces la tendencia de que se trate lograra manifestarse franca y completamente. Pero las funciones fallidas son resultado de transacciones en las que cada una de las dos intenciones se impone en parte y en parte fracasa, resultando asi que la intencion amenazada no queda suprimida por completo, pero tampoco logra -salvo en casos aislados- manifestarse sin modificacion alguna. Podemos, pues, suponer que la genesis de tales efectos de interferencia o transaccion exige determinadas condiciones particulares, pero no tenemos la mas pequena idea de la naturaleza de las mismas, ni creo tampoco que un estudio mas penetrante y detenido de los actos fallidos logre darnosla a conocer. A mi juicio, ha de sernos de mayor utilidad explorar previamente otras oscuras regiones de la vida psiquica, pues en las analogias que esta exploracion nos revele hallaremos valor para formular las hipotesis susceptibles de conducirnos a una explicacion mas completa de los actos fallidos. Pero aun hay otra cosa: el laborar guiandose por pequenos indicios, como aqui lo hacemos, trae consigo determinados peligros. Precisamente existe una enfermedad psiquica, llamada paranoia combinatoria, en la que los pequenos indicios son utilizados de una manera ilimitada, y claro es que no puede afirmarse que las conclusiones basadas en tales fundamentos presenten una garantia de exactitud. De estos peligros no podremos, por tanto, preservarnos, sino dando a nuestras observaciones la mas amplia base posible, esto es, comprobando que las impresiones que hemos recibido en el estudio de los actos fallidos se repiten al investigar otros diversos dominios de la vida animica.
Vamos, pues, a abandonar aqui el analisis de los actos fallidos. Mas quiero haceros previamente una advertencia. Conservad en vuestra memoria, a titulo de modelo, el metodo seguido en el estudio de estos fenomenos, metodo que habra ya revelado a vuestros ojos cuales son las intenciones de nuestra psicologia. No queremos limitarnos a describir y clasificar los fenomenos; queremos tambien concebirlos como indicios de un mecanismo que funciona en nuestra alma y como la manifestacion de tendencias que aspiran a un fin definido y laboran unas veces en la misma direccion y otras en direcciones opuestas. Intentamos, pues, formarnos una concepcion dinamica de los fenomenos psiquicos, concepcion en la cual los fenomenos observados pasan a segundo termino, ocupando el primero las tendencias de las que se los supone indicios.
No avanzaremos mas en el estudio de los actos fallidos; pero podemos emprender aun una rapida excursion por sus dominios, excursion en la cual encontraremos cosas que ya conocemos y descubriremos otras nuevas. Durante ella nos seguiremos ateniendo a la division en tres grupos que hemos establecido al principio de nuestras investigaciones, o sea: 1o., la equivocacion oral y sus subgrupos (equivocacion en la escritura, en la lectura y falsa audicion); 2o., el olvido, con sus subdivisiones correspondientes al objeto olvidado (nombres propios, palabras extranjeras, propositos e impresiones); 3o., los actos de termino erroneo, la imposibilidad de encontrar un objeto que sabemos haber colocado en un lugar determinado y los casos de perdida definitiva. Los errores no nos interesan mas que en tanto en cuanto tienen una conexion con el olvido o con los actos de termino erroneo.
A pesar de haber tratado detenidamente de la equivocacion oral, aun nos queda algo que anadir sobre ella. Con esta funcion fallida aparecen enlazados otros pequenos fenomenos afectivos, que no estan por completo desprovistos de interes. No se suele reconocer gustosamente haber cometido una equivocacion, y a veces sucede que no se da uno cuenta de los propios lapsus, mientras que raramente se nos escapan los de los demas. Observese tambien que la equivocacion oral es hasta cierto punto contagiosa, y que no es facil hablar de equivocaciones sin comenzar a cometerlas por cuenta propia. Las equivocaciones mas insignificantes, precisamente aquellas tras de las cuales no se oculta proceso psiquico ninguno, responden a razones nada dificiles de descubrir. Cuando a consecuencia de cualquier perturbacion sobrevenida en el momento de pronunciar una palabra dada emite alguien brevemente una vocal larga, no deja nunca de alargar, en cambio, la vocal breve inmediata, cometiendo asi un nuevo lapsus destinado a compensar el primero. Del mismo modo, cuando alguien pronuncia impropia o descuidadamente un diptongo, intentara corregirse pronunciando el siguiente como hubiera debido pronunciar el primero, cometiendo asi una nueva equivocacion compensadora. Diriase que el orador tiende a mostrar a su oyente que conoce a fondo su lengua materna y no quiere que se le tache de descuidar la pronunciacion. La segunda deformacion, compensadora, tiene precisamente por objeto atraer la atencion del oyente sobre la primera y mostrarle que el sujeto se ha dado cuenta del error cometido. Las equivocaciones mas simples, frecuentes e insignificantes, consisten en contracciones y anticipaciones que se manifiestan en partes poco aparentes del discurso. Asi, en una frase poco larga suele cometerse la equivocacion de pronunciar anticipadamente la ultima palabra de las que se pensaban decir, error que da la impresion de cierta impaciencia por acabar la frase y testimonia, en general, cierta repugnancia del sujeto a comunicar el contenido de su pensamiento o simplemente a hablar. Llegamos de este modo a los casos limites, en los que desaparecen las diferencias entre la concepcion psicoanalitica de la equivocacion oral y su concepcion fisiologica ordinaria. En estos casos existe, a nuestro juicio, una tendencia que perturba la intencion que ha de ser expuesta en el discurso, pero que se limita a dar fe de su existencia sin revelar sus particulares intenciones. La perturbacion que provoca sigue entonces determinadas influencias tonales o afinidades asociativas y podemos suponerla encaminada a desviar la atencion de aquello que realmente quiere el sujeto decir. Pero ni esta perturbacion de la atencion ni estas afinidades asociativas bastan para caracterizar la naturaleza del proceso, aunque si testimonian de la existencia de una intencion perturbadora. Lo que no podemos lograr en estos casos es formarnos una idea de la naturaleza de dicha intencion observando sus efectos, como lo conseguimos en otras formas mas acentuadas de la equivocacion oral.
Los errores en la escritura que ahora abordamos presentan tal analogia con las equivocaciones orales, que no pueden proporcionarnos nuevos puntos de vista. Sin embargo, quiza nos sea provechoso espigar un poco en este campo. Las pequenas equivocaciones, tan frecuentes en la escritura, las contracciones y anticipaciones testimonian manifiestamente nuestra poca gana de escribir y nuestra impaciencia por terminar. Otros efectos mas pronunciados permiten ya reconocer la naturaleza y la intencion de la tendencia perturbadora. En general, cuando en una carta hallamos un lapsus calami podemos deducir que la persona que la ha escrito no se hallaba por completo en su estado normal; pero no siempre nos es dado establecer que es lo que le sucedia. Analogamente a las equivocaciones orales, las cometidas en la escritura son rara vez advertidas por el sujeto. A este respecto resulta muy interesante observar los siguientes hechos: hay personas que tienen la costumbre de releer antes de expedirlas las cartas que han escrito. Otras no tienen esta costumbre; pero cuando alguna vez lo hacen por casualidad hallan siempre alguna grave equivocacion que corregir. ?Como explicar este hecho? Diriase que estas personas obran como si supieran que han cometido alguna equivocacion al escribir. ?Deberemos creerlo asi realmente?
A la importancia practica de las equivocaciones en la escritura aparece ligado un interesante problema. Recordais, sin duda, el caso de aquel asesino que, haciendose pasar por bacteriologo, se procuraba en los Institutos cientificos cultivos de microbios patogenos grandemente peligrosos y utilizaba tales cultivos para suprimir por este metodo ultramoderno a aquellas personas cuya desaparicion le interesaba. Un dia, este criminal envio a la Direccion de uno de dichos Institutos una carta, en la cual se quejaba de la ineficiencia de los cultivos que le habian sido enviados; pero cometio un lapsus calami, y en lugar de las palabras <en mis ensayos con ratones y conejos de Indias>, escribio <en mis ensayos sobre personas humanas>. Este error extrano a los medicos del Instituto de referencia pero no supieron deducir de el, que yo sepa, consecuencia alguna. Ahora bien. ?no creeis que los medicos hubieran obrado acertadamente considerando este error como una confesion e iniciando una investigacion que habria evitado a tiempo los criminales designios del asesino? ?No encontrais que en este caso la ignorancia de nuestra concepcion de las funciones fallidas ha motivado una omision infinitamente lamentable? Por mi parte estoy seguro de que tal equivocacion me hubiera parecido harto sospechosa; pero su aprovechamiento en calidad de confesion tropieza con obstaculos de extrema importancia. La cosa no es tan sencilla como parece. La equivocacion en la escritura constituye un indicio incontestable, mas no basta por si sola para justificar la iniciacion de un proceso criminal. Cierto es que este lapsus testimonia de que el sujeto abrigaba la idea de infectar a sus semejantes, pero no nos permite decidir si se trata de un proyecto malvado o de una fantasia sin ningun alcance practico. Es incluso posible que el hombre que ha cometido tal equivocacion al escribir encuentre los mejores argumentos subjetivos para negar semejante fantasia y rechazarla como totalmente ajena a el. Mas adelante comprendereis mejor las posibilidades de este genero, cuando tratemos de la diferencia que existe entre la realidad psiquica y la realidad material. Mas todo esto no obsta para que se trate, en este caso, de un acto fallido que ulteriormente adquirio insospechadamente importancia.
En los errores de lectura nos encontramos en presencia de una situacion psiquica totalmente diferente a la de las equivocaciones orales o escritas. Una de las dos tendencias concurrentes queda reemplazada en este caso por una excitacion sensorial, circunstancia que la hace, quiza, menos resistente. Aquello que tenemos que leer no es una emanacion de nuestra vida psiquica, como lo son las cosas que nos proponemos escribir. Por esta razon, los errores en la lectura consisten casi siempre en una sustitucion completa. La palabra que habriamos de leer queda reemplazada por otra, sin que exista necesariamente una relacion de contenido entre el texto y el efecto del error, pues la sustitucion se verifica generalmente en virtud de una simple semejanza entre las dos palabras. El ejemplo de Lichtenberg de leer Agamenon en lugar de angenommen (aceptado) es el mejor de todo este grupo. Si se quiere descubrir la tendencia perturbadora causa del error, debe dejarse por completo a un lado el texto falsamente leido e iniciar el examen analitico con las dos interrogaciones siguientes: 1.o ?Cual es la primera idea que acude al espiritu del sujeto y que se aproxima mas al error cometido? 2.o ?En que circunstancias ha sido cometido tal error? A veces, el conocimiento de la situacion basta para explicar el error. Ejemplo: un individuo que experimento cierta necesidad natural hallandose paseando por las calles de una ciudad extranjera, vio en un primer piso de una casa una gran muestra con la inscripcion Closethaus (W. C.) y tuvo tiempo de asombrarse de que la muestra estuviese en un primer piso, antes de observar que lo que en ella debia leerse no era lo que el habia leido, sino Corsethaus (Corseteria). En otros casos, la equivocacion en la lectura, precisa, por ser independiente del contenido del texto, de un penetrante analisis, que no podra llevarse a cabo acertadamente mas que hallandose muy ejercitado en la tecnica psicoanalitica y teniendo completa confianza en ella. Pero la mayoria de las veces es mas facil obtener la explicacion de un error en la lectura. Como en el ejemplo antes citado de Lichtenberg, la palabra sustituida revela sin dificultad el circulo de ideas que constituye la fuente de la perturbacion. En estos tiempos de guerra, por ejemplo, solemos leer con frecuencia aquellos nombres de ciudades y de generales o aquellas expresiones militares que oimos constantemente cada vez que nos encontramos ante palabras que con estas tienen determinada semejanza. Lo que nos interesa y preocupa nuestro pensamiento sustituye asi en la lectura a lo que nos es indiferente, y los reflejos de nuestras ideas perturban nuestras nuevas percepciones.
Las equivocaciones en la lectura nos ofrecen tambien abundantes ejemplos, en los que la tendencia perturbadora es despertada por el mismo texto de nuestra lectura, el cual queda entonces transformado, la mayor parte de las veces, por dicha tendencia en su contrario. Tratase casi siempre en estos casos de textos cuyo contenido nos causa displacer, y el analisis nos revela que debemos hacer responsable de nuestra equivocacion en su lectura al intenso deseo de rechazar lo que en ellos se afirma.
En las falsas lecturas que mencionamos en primer lugar, y que son las mas frecuentes, no desempenan sino un papel muy secundario aquellos dos factores a los que en el mecanismo de las funciones fallidas tuvimos que atribuir maxima importancia. Nos referimos al conflicto entre dos tendencias y a la repulsa de una de ellas, repulsa de la que la misma se resarce por el efecto del acto fallido. No es que las equivocaciones en la lectura presenten caracteres opuestos a los de estos factores; pero la influencia del contenido ideologico que conduce al error de lectura es mucho mas patente que la represion que dicho contenido hubo de sufrir anteriormente.
En las diversas modalidades del acto fallido provocado por el olvido es donde estos dos factores aparecen con mayor precision. El olvido de propositos es un fenomeno cuya interpretacion no presenta dificultad ninguna, hasta el punto de que, como ya hemos visto, no es rechazada siquiera por los profanos. La tendencia que perturba un proposito consiste siempre en una intencion contraria al mismo; esto es, en una volicion opuesta, cuya unica singularidad es la de escoger este medio disimulado de manifestarse en lugar de surgir francamente. Pero la existencia de esta volicion contraria es incontestable, y algunas veces conseguimos tambien descubrir parte de las razones que la obligan a disimularse, medio por el cual alcanza siempre, con el acto fallido, el fin hacia el que tendia, mientras que, presentandose como una franca contradiccion, hubiera sido seguramente rechazada. Cuando en el intervalo que separa la concepcion de un proposito de su ejecucion se produce un cambio importante de la situacion psiquica, que hace imposible dicha ejecucion, no podremos calificar ya de acto fallido el olvido del proposito de que se trate. Este olvido no nos admira ya, pues nos damos cuenta de que hubiera sido superfluo recordar el proposito, dado que la nueva situacion psiquica ha hecho imposible su realizacion. El olvido de un proyecto no puede ser considerado como un acto fallido mas que en los casos en que no podemos creer en un cambio de dicha situacion.
Los casos de olvido de propositos son, en general, tan uniformes y transparentes, que no presentan ningun interes para nuestra investigacion. Sin embargo, el estudio de este acto fallido puede ensenarnos algo nuevo con relacion a dos importantes cuestiones. Hemos dicho que el olvido, y, por tanto, la no ejecucion de un proposito, testimonia de una volicion contraria hostil al mismo. Esto es cierto; pero, segun nuestras investigaciones, tal volicion contraria puede ser directa o indirecta. Para mostrar que es lo que entendemos al hablar de voluntad contraria indirecta expondremos unos cuantos ejemplos. Cuando una persona olvida recomendar un protegido suyo a una tercera persona, su olvido puede depender de que su protegido le tiene en realidad sin cuidado y que, por tanto, no tiene deseo ninguno de hacer la recomendacion que le ha de favorecer. Esta sera, por lo menos, la interpretacion que el demandante dara al olvido de su protector. Pero la situacion puede ser mas complicada. La repugnancia a realizar su proposito puede provenir en el protector de una causa distinta, relacionada no con el demandante, sino con aquella persona a la que se ha de hacer la recomendacion. Vemos, pues, que tambien en estos casos tropieza con graves obstaculos el aprovechamiento practico de nuestras interpretaciones. A pesar de acertar en su interpretacion del olvido, corre el protegido el peligro de caer en una exagerada desconfianza y mostrarse injusto para con su protector. Analogamente, cuando alguien olvida una cita a la que prometio y se propuso acudir, el fundamento mas frecuente de tal olvido debe buscarse en la escasa simpatia que el sujeto siente por la persona con la que ha quedado citado. Pero en estos casos puede tambien demostrar el analisis que la tendencia perturbadora no se refiere a dicha persona, sino al lugar en el que la cita debia realizarse, lugar que quisieramos evitar a causa de un penoso recuerdo a el ligado. Otro ejemplo. Cuando olvidamos expedir una carta, la tendencia perturbadora puede tener su origen en el contenido de la misma; pero puede tambien suceder que dicho contenido sea por completo inocente y provenga el olvido de algo que en la carta recuerde a otra anterior que ofrecio realmente motivos suficientes y directos para la aparicion de la tendencia perturbadora. Podremos decir entonces que la volicion contraria se ha transferido desde la carta anterior, en la cual se hallaba justificada, a la carta actual, en la que no tiene justificacion alguna. Vemos asi que debemos proceder con gran precaucion y prudencia hasta en las interpretaciones aparentemente mas exactas, pues aquello que desde el punto de vista psicologico presenta un solo significado, puede mostrarse susceptible de varias interpretaciones desde el punto de vista practico.
Fenomenos como estos que acabamos de describir han de pareceros harto extraordinarios, y quiza os pregunteis si la voluntad contraria indirecta no imprime al proceso un caracter patologico. Por el contrario, puedo aseguraros que este proceso aparece igualmente en plena y normal salud. Mas entendamonos: no quisiera que, interpretando mal mis palabras, las creyerais una confesion de la insuficiencia de nuestras interpretaciones analiticas. La indicada posibilidad de multiples interpretaciones del olvido de propositos subsiste solamente en tanto que no hemos emprendido el analisis del caso y mientras nuestras interpretaciones no se basen sino en hipotesis de orden general. Una vez realizado el analisis con el auxilio del sujeto, vemos siempre, con certeza mas que suficiente, si se trata de una voluntad contraria directa y cual es la procedencia de la misma.
Abordemos ahora otra cuestion diferente: Cuando en un gran numero de casos hemos comprobado que el olvido de un proposito obedece a una voluntad contraria, nos sentimos alentados para extender igual solucion a otra serie de casos en los que la persona analizada, en lugar de confirmar la voluntad contraria por nosotros deducida, la niega rotundamente. Pensad en los numerosos casos en los que se olvida devolver los libros prestados y pagar facturas o prestamos. En estas circunstancias habremos de atrevernos a afirmar al olvidadizo que su intencion latente es la de conservar tales libros o no satisfacer sus deudas. Claro es que lo negara indignado; pero seguramente no podra darnos otra distinta explicacion de su olvido. Diremos entonces que el sujeto tiene realmente las intenciones que le atribuimos, pero que no se da cuenta de ellas, siendo el olvido lo que a nosotros nos las ha revelado. Observareis que llegamos aqui a una situacion en la cual nos hemos encontrado ya una vez. Si queremos dar todo su desarrollo logico a nuestras interpretaciones de los actos fallidos, cuya exactitud hemos comprobado en tantos casos, habremos de admitir obligadamente que existen en el hombre tendencias susceptibles de actuar sin que el se de cuenta. Pero formulando este principio, nos situamos enfrente de todas las concepciones actualmente en vigor, tanto en la vida practica como en la ciencia psicologica.
El olvido de nombres propios y palabras extranjeras puede explicarse igualmente por una intencion contraria, orientada directa o indirectamente contra el nombre o la palabra de referencia. Ya en paginas anteriores os he citado varios ejemplos de repugnancia directa a ciertos nombres y palabras. Pero en este genero de olvidos la causacion indirecta es la mas frecuente y no puede ser establecida, la mayor parte de las veces, sino despues de un minucioso analisis. Asi, en la actual epoca de guerra, durante la cual nos estamos viendo obligados a renunciar a tantas de nuestras inclinaciones afectivas, ha sufrido una gran disminucion, a causa de las mas singulares asociaciones, nuestra facultad de recordar nombres propios. Recientemente me ha sucedido no poder reproducir el nombre de la inofensiva ciudad morava de Bisenz, y el analisis me demostro que no se trataba en absoluto de una hostilidad mia contra dicha ciudad y que el olvido era motivado por la semejanza de su nombre con el del palacio Bisenzi, de Orvieto, en el que repetidas veces habia yo pasado dias agradabilisimos. Como motivo de esta tendencia opuesta al recuerdo de un nombre hallamos aqui, por vez primera, un principio que mas tarde nos revelara toda su enorme importancia para la causacion de sintomas neuroticos. Tratase de la repugnancia de la memoria a evocar recuerdos que se hallan asociados con sensaciones displacientes y cuya evocacion habria de renovar tales sensaciones. En esta tendencia a evitar el displacer que pueden causar los recuerdos u otros actos psiquicos, en esta fuga psiquica ante el displacer, hemos de ver el ultimo motivo eficaz, no solamente del olvido de nombres, sino tambien en muchas otras funciones fallidas, tales como las torpezas o actos de termino erroneo, los errores, etc. El olvido de nombres parece quedar particularmente facilitado por factores psicofisiologicos y surge, por tanto, aun en aquellos casos en los que no interviene ningun motivo de displacer. En aquellos sujetos especialmente inclinados a olvidar los nombres, la investigacion analitica nos revela siempre que si determinados nombres escapan a la memoria de los mismos, no es tan solo porque les sean desagradables o les recuerden sucesos displacientes, sino tambien porque pertenecen, en su psiquismo, a otros ciclos de asociaciones con los cuales se hallan en relacion mas estrecha. Diriase que tales nombres son retenidos por estos ciclos y se niegan a obedecer a otras asociaciones circunstanciales. Recordando los artificios de que se sirve la mnemotecnia, observareis, no sin alguna sorpresa, que ciertos nombres quedan olvidados a consecuencia de las mismas asociaciones que se establecen intencionadamente para preservarlos del olvido. El olvido de nombres propios, los cuales poseen, naturalmente, un distinto valor psiquico para cada sujeto, constituye el caso mas tipico de este genero. Tomad, por ejemplo, el nombre de Teodoro. Para muchos de vosotros no presentara ningun significado particular. En cambio, para otros sera el nombre de su padre, de un hermano, de un amigo o hasta el suyo propio. La experiencia analitica os demostrara que los primeros no corren riesgo alguno de olvidar que cierta persona extrana a ellos se llama asi, mientras que los segundos mostraran siempre una tendencia a rehusar a un extrano un nombre que les parece reservado a sus relaciones intimas. Teniendo, ademas, en cuenta que a este obstaculo asociativo puede anadirse la accion del principio del displacer y la de un mecanismo indirecto, podreis haceros una idea exacta del grado de complicacion que presenta la causacion del olvido temporal de un nombre. Mas, sin embargo, un detenido analisis puede siempre desembrollar todos los hilos de esta complicada trama.
El olvido de impresiones y de sucesos vividos muestra con mas claridad, y de una manera mas exclusiva que el olvido de los nombres, la accion de la tendencia que intenta alejar del recuerdo todo aquello que puede sernos desagradable. Claro es que este olvido no puede ser incluido entre las funciones fallidas mas que en aquellos casos en los que, observando a la luz de nuestra experiencia cotidiana, nos parece sorprendente e injustificado; por ejemplo, cuando recae sobre impresiones demasiado recientes o importantes o sobre aquellas otras cuya ausencia determinaria una laguna en un conjunto del cual guardamos un recuerdo perfecto. Las causas del olvido, en general, y especialmente del de aquellos sucesos que, como los que vivimos en nuestros primeros anos infantiles, han tenido que dejar en nosotros una profundisima impresion, constituyen un problema de orden totalmente distinto, en el que la defensa contra las sensaciones de displacer desempena, desde luego, cierto papel, pero no resulta suficiente para explicar el fenomeno en su totalidad. Lo que, desde luego, constituye un hecho incontestable es que las impresiones displacientes son olvidadas con facilidad. Este fenomeno, comprobado por numerosos psicologos, causo al gran Darwin una impresion tan profunda, que se impuso la regla de anotar con particular cuidado las observaciones que parecian desfavorables a su teoria de que, como tuvo ocasion de confirmarlo repetidas veces, se resistian a imprimirse en su memoria.
Aquellos que oyen hablar por primera vez del olvido como medio de defensa contra los recuerdos displacientes, raramente dejan de formular la objecion de que, conforme a su propia experiencia, son mas bien los recuerdos desagradables (por ejemplo, los de ofensas o humillaciones) los que mas dificilmente se borran, tornando sin cesar contra el imperio de nuestra voluntad y torturandonos de continuo. El hecho es exacto, pero no asi la objecion en el fundada. Debemos acostumbrarnos a tener siempre en cuenta, pues es algo de capital importancia, el hecho de que la vida psiquica es un campo de batalla en el que luchan tendencias opuestas, o para emplear un lenguaje menos dinamico, un compuesto de contradicciones y de pares antinomicos. De este modo, la existencia de una tendencia determinada no excluye la de su contraria. En nuestro psiquismo hay lugar para ambas, y de lo que se trata unicamente es de conocer las relaciones que se establecen entre tales tendencias opuestas y los efectos que emanan de cada una de ellas.
La perdida de objetos y la imposibilidad de encontrar aquellos que sabemos haber colocado en algun lugar nos interesan particularmente a causa de las multiples interpretaciones de que son susceptibles como funciones fallidas y de la variedad de tendencias a las cuales obedecen. Lo que es comun a todos estos casos es la voluntad de perder, diferenciandose unos de otros en la razon y el objeto de la perdida. Perdemos un objeto cuando el mismo se ha estropeado por el mucho uso, cuando pensamos reemplazarlo por otro mejor, cuando ha cesado de agradarnos, cuando procede de una persona con la cual nos hemos disgustado o cuando ha llegado a nuestras manos en circunstancias desagradables que no queremos recordar. Identicos fines pueden atribuirse a los hechos de romper, deteriorar o dejar caer un objeto. Asimismo parece ser que en la vida social se ha demostrado que los hijos ilegitimos y aquellos que el padre se ve obligado a reconocer son mucho mas delicados y sujetos a enfermedades que los legitimos, resultado que no hay necesidad de atribuir a la grosera tactica de los <fabricantes de angeles>, pues se explica perfectamente por cierta negligencia en su cuidado y custodia. La conservacion de los objetos podria muy bien tener igual explicacion que, en este caso, la de los hijos.
Tambien en otras muchas ocasiones se pierden objetos que conservan todo su valor, con la sola intencion de sacrificar algo a la suerte y evitar de esta manera otra perdida que se teme. El analisis demuestra que esta manera de conjurar la suerte es aun muy comun entre nosotros y que, por tanto, nuestras perdidas constituyen a veces un sacrificio voluntario. En otros casos pueden asimismo ser expresion de un desafio o una penitencia. Vemos, pues, que la tendencia a desembarazarnos de un objeto, perdiendolo, puede obedecer a numerosisimas y muy lejanas motivaciones.
Analogamente a los demas errores utilizamos tambien, a veces, los actos de termino erroneo o torpezas (Vergreifen) para realizar deseos que debiamos rechazar. En estos casos se disfraza la intencion bajo la forma de una feliz casualidad. Citaremos como ejemplo el caso de uno de nuestros amigos que, debiendo hacer una visita desagradable en los alrededores de la ciudad, se equivoco al cambiar de tren en una estacion intermedia y subio en uno que le reintegro al punto de partida. Suele tambien ocurrir que cuando, durante el curso de un viaje, deseamos hacer una parada incompatible con nuestras obligaciones, en un punto intermedio, perdemos un tren como por casualidad o equivocamos un transbordo, error que nos impone la detencion que deseabamos. Puedo relataros asimismo el caso de uno de mis enfermos al cual tenia yo prohibido que hablara a su querida por telefono, y que cada vez que me telefoneaba pedia <por error> un numero equivocado, y precisamente el de su querida. Otro caso interesante y que, revelandonos los preliminares del deterioro de un objeto, muestra palpablemente una importancia practica, es la siguiente observacion de un ingeniero:
<Hace algun tiempo trabajaba yo con varios colegas de la Escuela Superior en una serie de complicados experimentos sobre la elasticidad, labor de la que nos habiamos encargado voluntariamente, pero que empezaba a ocuparnos mas tiempo de lo que hubiesemos deseado. Yendo un dia hacia el laboratorio en compania de mi colega F., expreso este lo desagradable que era para el, aquel dia, verse obligado a perder tanto tiempo, teniendo mucho trabajo en su casa. Yo asentia a sus palabras y anadi en broma, haciendo alusion a un accidente sucedido la semana anterior: `Por fortuna es de esperar que la maquina falle otra vez y tengamos que interrumpir el experimento. Asi podremos marcharnos pronto.' En la distribucion del trabajo toco a F. regular la valvula de la prensa esto es, ir abriendola con prudencia para dejar pasar poco a poco el liquido presionador desde los acumuladores al cilindro de la prensa hidraulica. El director del experimento se hallaba observando el manometro, y cuando este marco la presion deseada, grito: `!Alto!' Al oir esta voz de mando, cogio F. la valvula y le dio vuelta con toda su fuerza hacia la izquierda (todas las valvulas, sin excepcion, se cierran hacia la derecha). Esta falsa maniobra hizo que la presion del acumulador actuara de golpe sobre la prensa, cosa para lo cual no estaba preparada la tuberia, e hiciera estallar una union de esta, accidente nada grave para la maquina, pero que nos obligo a abandonar el trabajo por aquel dia y regresar a nuestras casas.
Resulta, ademas, muy caracteristico el hecho de que algun tiempo despues, hablando de este incidente, no pudo F. recordar las palabras que le dije al dirigirnos juntos al laboratorio, palabras que yo recordaba con toda seguridad.>
Casos como este nos sugieren la sospecha de que si las manos de nuestros criados se transforman tantas veces en instrumentos destructores de los objetos que poseemos en nuestra casa, ello no obedece siempre a una inocente casualidad.
De igual manera podemos tambien preguntarnos si es por puro azar por lo que nos hacemos dano a nosotros mismos y ponemos en peligro nuestra personal integridad. El analisis de observaciones de este genero habra de darnos la solucion de estas interrogaciones.
Con lo que hasta aqui hemos dicho sobre las funciones fallidas no queda, desde luego, agotado el tema, pues aun habriamos de investigar y discutir numerosos puntos. Mas me consideraria satisfecho si con lo expuesto hubiera conseguido haceros renunciar a vuestras antiguas ideas sobre esta materia y disponeros a aceptar las nuevas.
Por lo demas, no siento ningun escrupulo en abandonar aqui el estudio de las funciones fallidas sin haber llegado a un completo esclarecimiento de las mismas, pues dicho estudio no habria de proporcionarnos la demostracion de todos nuestros principios y nada hay que nos obligue a limitar nuestras investigaciones haciendolas recaer unicamente sobre los materiales que las funciones fallidas nos proporcionan. El gran valor que los actos fallidos presentan para la consecucion de nuestros fines consiste en que, siendo grandemente frecuentes y no teniendo por condicion estado patologico ninguno, todos podemos observarlos con facilidad en nosotros mismos. Para terminar quiero unicamente recordaros una de vuestras interrogaciones, que he dejado hasta ahora sin respuesta: Dado que, como en numerosos ejemplos hemos podido comprobar, la concepcion vulgar de las funciones fallidas se aproxima a veces considerablemente a la que en estas lecciones hemos expuesto, conduciendose los hombres en muchas ocasiones como si adivinaran el sentido de las mismas, ?por que se considera tan generalmente a estos fenomenos como accidentales y faltos de todo sentido, rechazando con la mayor energia su concepcion psicoanalitica?
Teneis razon: es este un hecho harto singular y necesitado de explicacion. Mas en lugar de darosla, desde luego, prefiero iros exponiendo aquellos datos cuyo encadenamiento os llevara a deducir dicha explicacion por vosotros mismos y sin que preciseis para nada de mi ayuda.