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Estudio del psicoanálisis y psicología

LOS ORÍGENES DE LA TRANSFERENCIA (1952)


LOS ORÍGENES DE LA TRANSFERENCIA (1952)

 

En
su "Fragmento de análisis de un caso de histeria", Freud define la
transferencia de la siguiente manera: "¿Qué son las transferencias?

Reediciones
o productos ulteriores de los impulsos y fantasías que han de ser
despertados y hechos conscientes durante el desarrollo del análisis y
que entrañan, como singularidad característica de su especie, la
sustitución de una persona anterior por la persona del médico. O para
decirlo de otro modo: toda una serie de sucesos psíquicos anteriores
cobra vida de nuevo, pero ya no como pertenecientes al pasado, sino
como relación actual con la persona del médico".

En
una u otra forma, la transferencia actúa durante toda la vida e influye
en todas las relaciones humanas, pero me ocuparé sólo de las
manifestaciones de la transferencia en el psicoanálisis. Es
característico del procedimiento analítico el hecho de que, cuando
empieza a abrir caminos dentro del inconsciente del paciente, el pasado
de éste (en sus aspectos conscientes e inconscientes) progresivamente
se reactiva. En consecuencia, su necesidad de transferir experiencias,
relaciones de objeto y emociones primitivas se incrementa, y todo esto
viene a focalizarse sobre el analista; esto implica que el paciente
trata con los conflictos y las ansiedades que han sido reactivados
utilizando los mismos mecanismos de defensa que en situaciones
anteriores.

Resulta que, cuanto más profundamente
podamos penetrar en el inconsciente, más lejos en el pasado podremos
llevar el análisis y más grande será nuestra comprensión de la
transferencia. Por esto un breve resumen de mis conclusiones acerca de
las primerísimas fases de la evolución es pertinente.

La
primera forma de angustia es de naturaleza persecutoria. La actuación
interna del instinto de muerte -que, según Freud, está dirigida contra
el propio organismo- origina el miedo al aniquilamiento, y éste es la
causa primordial de la angustia persecutoria. Además, desde el
principio de la vida posnatal (no me ocupo aquí de los procesos
prenatales), los impulsos destructivos contra el objeto suscitan el
temor a la retaliación.

Estos sentimientos
persecutorios que provienen de fuentes internas son intensificados por
experiencias externas penosas, y en esta forma, desde los primeros días
de la vida, la frustración y el dolor suscitan en el lactante el
sentimiento de ser atacado por fuerzas hostiles. Las sensaciones
experimentadas por el bebé en el nacimiento y la dificultad de
adaptarse a condiciones enteramente nuevas originan así la angustia
persecutoria. La satisfacción y los cuidados prodigados después del
nacimiento, particularmente las primeras experiencias alimentarias, son
sentidos como proviniendo de fuerzas buenas. Cuando hablo de "fuerzas"
estoy empleando un término demasiado adulto para designar lo que el
recién nacido concibe oscuramente como objetos buenos o malos. El
lactante dirige sus sentimientos de gratificación y amor hacia el pecho
''bueno'' y sus impulsos destructivos y sentimientos de persecución
hacia lo que él siente como el pecho frustrador, es decir, "malo". En
este período los procesos de clivaje culminan; el amor y el odio, así
como los aspectos buenos y malos del pecho, son mantenidos bien
separados los unos de los otros. La relativa seguridad del lactante
descansa sobre la posibilidad de transformar el objeto bueno en un
objeto idealizado, como protección contra el objeto peligroso y
perseguidor. Estos procesos -es decir, el clivaje, la negación, la
omnipotencia, la idealización- predominan durante los tres o cuatro
primeros meses de la vida (lo que denominé “posición
esquizo-paranoide", 1946). Es así como, en una fase muy temprana, la
angustia persecutoria y su corolario, la idealización, influyen básic
amente en las relaciones objetales.

Los procesos
primarios de proyección e introyección, ligados inextricablemente a las
emociones y las angustias del lactante, inician la relación objetal;
por la proyección, es decir, por la desviación de la libido y de la
agresión hacia el pecho de la madre, se establece la base de la
relación de objeto; por la introyección del objeto, ante todo del
pecho, se crean las relaciones con los objetos internos. Mi utilización
del término "relaciones de objeto" se fundamenta sobre mi afirmación de
que el bebé tiene, desde el principio de su vida posnatal, una relación
con su madre (aunque se centralice sobre todo en su pecho), relación
impregnada de los elementos básicos de una relación objetal: amor,
odio, fantasías, angustia y defensas 1 .

Como lo
expliqué en detalle en otras oportunidades, la introyección del pecho
es el comienzo de la formación del superyó, que se extiende por varios
años. Tenemos motivos para suponer que el lactante introyecta el pecho
en sus distintos aspectos desde la primera experiencia alimentaria en
adelante. El núcleo del superyó es así el pecho de la madre, tanto
bueno como malo. Debido a la simultánea actuación de la introyección y
la proyección, las relaciones con los objetos externos y los internos
entran en interacción. El padre también, por desempeñar pronto su papel
en la vida del niño, viene a ser tempranamente una parte del mundo
interno del lactante. Una característica de la vida emocional del
lactante es que se den fluctuaciones rápidas entre el amor y el odio,
entre las situaciones internas y las externas, entre la percepción de
la realidad y sus fantasías a propósito de ella, y, por consiguiente,
un interjuego entre la ansiedad persecutoria y la idealización, ambas
referidas a los objetos internos y externos, siendo el objeto
idealizado un corolario del objeto perseguidor sumamente malo.

La
creciente capacidad de integración y síntesis del yo conduce cada vez
más, aun en estos primeros meses, a estados en los cuales el amor y el
odio, y correlativamente los aspectos buenos y malos de los objetos,
son sintetizados; y esto origina la segunda forma de angustia -la
angustia depresiva-, porque los impulsos y deseos agresivos del
lactante hacia el pecho malo (la madre) son sentidos ahora como
peligrosos también para el pecho bueno (la madre). Entre los tres y
seis meses estas emociones son reforzadas, porque en este período el
lactante percibe e introyecta cada vez más a su madre como persona. La
angustia depresiva se intensifica, porque el lactante siente que ha
destruido o que está destruyendo un objeto total con su voracidad y su
agresión incontrolables. Más aun, por la síntesis creciente de sus
emociones, experimenta que estos impulsos destructivos son dirigidos
hacia una persona amada . Procesos similares operan
en relación con el padre y otros miembros de la familia. Estas
angustias y las defensas correspondientes constituyen la ''posición
depresiva", que culmina más o menos a los seis meses y cuya esencia es
la angustia y la culpa relacionadas con la destrucción y la pérdida de
los objetos amados, internos y externos.

Es en este
período, y en relación con la posición depresiva, que se establece el
complejo de Edipo. La angustia y la culpa agregan motivaciones
poderosas hacia el comienzo del complejo de Edipo. En efecto, la
angustia y la culpa incrementan la necesidad de externalizar
(proyectar) figuras malas v de internalizar (introyectar) figuras
buenas, de ligar los deseos, el amor, los sentimientos de culpa y las
tendencias reparatorias a ciertos objetos, y el odio y la angustia a
otros; de encontrar en el mundo exterior representantes de las figuras
internas. Sin embargo, no es solamente la búsqueda de objetos nuevos lo
que domina las necesidades del lactante, sino también el hecho de
dirigirse hacia nuevas finalidades: alejarse del pecho hacia el pene,
es decir, de los deseos orales hacia los genitales. Muchos factores
contribuyen a esta evolución: el movimiento progresivo de la libido, la
integración creciente del yo, las capacidades físicas y mentales y la
mayor adaptación al mundo externo. Estas tendencias están ligadas al
proceso de formación de símbolos, que permite al bebé transferir de un
objeto a otro no sólo su interés, sino también emociones y fantasías,
angustia v culpa.

Los procesos que he descrito están
ligados a otro fenómeno fundamental que gobierna la vida mental. Creo
que la presión ejercida por las primerisimas situaciones de angustia es
uno de los factores que originan la compulsión a la repetición. Volveré
más tarde sobre esta hipótesis.

Algunas de mis
conclusiones acerca de los primeros estadíos de la infancia son una
continuación de los descubrimientos de Freud; en ciertos puntos, sin
embargo, surgen divergencias, y uno de éstos importa mucho para mi
tema. Me refiero a la afirmación de que las relaciones de objeto operan
desde el comienzo de la vida posnatal.

Hace muchos
años que sostengo la opinión de que el autoerotismo y el narcisismo son
en el bebé contemporáneos de la primera relación con objetos -externos
e internalizados-. Volveré a expresar mi hipótesis: el autoerotismo y
el narcisismo incluyen el amor por, y la relación con, el objeto bueno
internalizado que, en la fantasía forma parte del propio cuerpo amado y
del propio si-mismo. Es hacia este objeto internalizado que, en la
gratificación autoerótica y en los estadíos narcisistas, se produce el
retraimiento. Paralelamente, desde el nacimiento en adelante, está
presente una relación con objetos, con la madre (su pecho). Esta
hipótesis contradice el concepto de Freud de estadíos autoerótico y
narcisista, que prescindirían de una relación objetal. Sin embargo, la
diferencia entre la opinión de Freud y la mía es menos grande de lo que
parece a primera vista, ya que las afirmaciones de Freud sobre este
punto no son inequívocas. En varios pasajes expresó en forma explícita
e implícita opiniones que sugerían la relación con un objeto, el pecho
materno, precediendo al autoerotismo y al narcisismo. Un ejemplo
bastará: en el primero de sus dos artículos de enciclopedia, Freud
(1923a) escribe: ''El instinto parcial oral encuentra al principio su
satisfacción en ocasión del apaciguamiento de la necesidad de
alimentación, y su objeto en el pecho materno. Luego se independiza, y
al mismo tiempo se hace autoerótico , esto es, encuentra su objeto en el propio cuerpo''.

La
utilización que hace Freud de la palabra "objeto" es aquí algo distinta
de la mía, porque se refiere al objeto de una finalidad instintiva,
mientras que yo implico, además de esto, una relación objetal que
incluye las emociones, fantasías, angustias y defensas del bebé. Sin
embargo, en la frase citada habla claramente del ligamen libidinal a un
objeto, el pecho materno, que precede al autoerotismo y el narcisismo.

Deseo recordarles también los descubrimientos de Freud acerca de las identificaciones tempranas. En El yo y el ello 2
, hablando de las catexias de objeto abandonadas, escribe: “Los efectos
de las primeras identificaciones realizadas en la mas temprana edad son
siempre generales y duraderos. Esto nos lleva a la génesis del ideal
del yo''.

Freud define entonces la primera y mas
importante identificación que yace escondida detrás del ideal del yo
como la identificación con el padre, o con los padres, y la ubica, como
dice, “en la prehistoria de cada persona". Estas formulaciones están
muy cerca de lo que describí como los primeros objetos introyectados ya
que por definición, las identificaciones son el resultado de la
introyección. Por la afirmación que acabo de examinar, y por el párrafo
citado del artículo de enciclopedia, se puede deducir que Freud, aunque
no haya seguido más lejos esta línea de pensamiento, supuso que, en la
primerísima infancia, intervienen tanto un objeto como procesos
introyectivos.

Es decir que, en lo que se refiere al
autoerotismo y al narcisismo, nos topamos con una contradicción en las
opiniones de Freud. Tales contradicciones, que también existen acerca
de cierto número de puntos de la teoría, muestran a mi criterio que
Freud no ha llegado a una decisión final acerca de estos temas
particulares. Lo reconoció explícitamente, respecto de la teoría de la
angustia, en Inhibición, síntoma y angustia (1926, cap. 8).

Su
conciencia de que mucho acerca de los estadíos tempranos del desarrollo
todavía era desconocido u oscuro para él, se ejemplifica cuando habla
(1931) de los primeros años de la vida de la niña como “...nebulosos y
perdidos en las tinieblas del pasado".

No conozco la
opinión de Anna Freud acerca de este aspecto de la obra de Freud. Pero,
en lo que concierne al problema del autoerotismo y del narcisismo,
parece solamente haber tomado en cuenta la conclusión de Freud de que
un estadío autoerótico y narcisista precede a las relaciones de objeto,
y no haber dado importancia a las otras posibilidades implicadas en
algunas de las afirmaciones de Freud, como las que acabo de citar. Es
uno de los motivos por los cuales la divergencia entre la concepción de
Anna Freud sobre la primera infancia y la mía, es mucho más grande que
la divergencia entre las opiniones de Freud, tomadas en conjunto, y las
mías.

Digo esto porque me parece esencial dejar en
claro la extensión y la naturaleza de las diferencias entre las dos
escuelas de pensamiento analítico representadas por Anna Freud y por
mi. Tal esclarecimiento es necesario en el interés de la formación
psicoanalítica y también porque podría ayudar a plantear fructíferos
intercambios entre los psicoanalistas y contribuir así a un mayor
entendimiento general de los problemas fundamentales de la primera
infancia.

La hipótesis de que un estadío de varios
meses de duración antecede a las relaciones de objeto implica que
-excepto en cuanto a la libido que reviste el propio cuerpo del bebe-
impulsos, fantasías, angustias y defensas, o no están presentes o no se
relacionan con un objeto, es decir, que operarían in vacuo .
El análisis de niños muy pequeños me ha enseñado que no hay necesidad
instintiva, ni situación de angustia, ni proceso mental que no implique
objetos, internos o externos; en otras palabras, las relaciones de
objeto son el centro de la vida emocional. Más aun, el amor y el odio, las fantasías, las angustias y las defensas operan desde el principio y están ab initio inextricablemente ligadas a las relaciones de objeto. Esto me ha mostrado muchos fenómenos bajo una nueva luz.

Sacaré
ahora la conclusión sobre la cual descansa este trabajo: sostengo que
la transferencia se origina en los mismos procesos que determinan las
relaciones de objeto en los primeros estadíos. Por esto tenemos que
remontarnos una y otra vez en el análisis hacia las fluctuaciones entre
los objetos amados y odiados, internos v externos, que dominan la
primera infancia. Sólo podemos apreciar plenamente la interconexión
entre las transferencias positivas y negativas si exploramos el primer
interjuego entre el amor y el odio, el círculo vicioso de agresión,
angustias, sentimientos de culpa y agresión incrementada, y también los
aspectos diversos de los objetos hacia los cuales estas emociones y
angustias en conflicto se dirigen. Por otra parte, explorando estos
procesos primitivos me convencí de que el análisis de la transferencia
negativa que ha recibido relativamente poca atención 3 en la técnica
psicoanalítica, es una condición previa del análisis de los niveles más
profundos del psiquismo. El análisis de la transferencia negativa, como
el de la transferencia positiva y de la interconexión de ambas es, como
lo sostuve durante muchos años, un principio imprescindible para el
tratamiento de todo tipo de pacientes, tanto niños como adultos.
Fundamenté esta opinión en la mayoría de mis trabajos desde 1927 en
adelante.

Este enfoque, que ha hecho posible en el
pasado el psicoanálisis de niños muy pequeños, se ha revelado en los
últimos años muy fructífero para el análisis de pacientes
esquizofrénicos. Hasta 1920 más o menos se suponía que los pacientes
esquizofrénicos eran incapaces de establecer una transferencia, y por
lo tanto no podían ser psicoanalizados. Desde entonces el psicoanálisis
de los esquizofrénicos fue intentado mediante varias técnicas. Sin
embargo, el cambio de punto de vista más radical al respecto se ha
producido recientemente y está muy relacionado con el mayor
conocimiento de los mecanismos, angustias y defensas que operan en la
primera infancia. Desde que algunas de estas defensas, nacidas en las
primeras relaciones de objeto y dirigidas hacia el amor y el odio,
fueron descubiertas, el hecho de que los pacientes esquizofrénicos sean
capaces de desarrollar a la vez una transferencia positiva y una
transferencia negativa ha sido plenamente comprendido; este
descubrimiento se confirma si aplicamos de manera coherente al
tratamiento de los pacientes esquizofrénicos 4 el principio de que es
tan necesario analizar la transferencia negativa como la positiva, las
que, de hecho, no pueden ser analizadas una sin la otra.

Retrospectivamente
puede verse que estos adelantos substanciales en la técnica se apoyan,
en el plano de la teoría psicoanalítica, sobre el descubrimiento hecho
por Freud de los instintos de vida y de muerte, lo que ha constituido
un aporte básico a la comprensión del origen de la ambivalencia. Puesto
que los instintos de vida y de muerte, y por esto el amor y el odio,
están en la más estrecha interacción, la transferencia negativa y la
transferencia positiva están básicamente entrelazadas.

La
comprensión de las primeras relaciones de objeto y de los procesos que
implican ha influido básicamente en la técnica desde distintos puntos
de vista. Se sabe desde tiempo atrás que el psicoanalista, en la
situación de transferencia, puede sustituir a la madre, al padre o a
otras personas, y que también desempeña a veces en la mente del
paciente el papel del superyó, y otras veces el del ello o el yo.
Nuestro conocimiento actual nos permite penetrar los detalles
específicos de los diversos roles atribuidos por el paciente al
analista. De hecho hay muy pocas personas en la vida del bebé, pero las
siente como una multitud de objetos porque se le aparecen bajo aspectos
diversos. De la misma manera el analista puede, en un momento
determinado, representar una parte de la persona, del superyó, o de una
cualquiera de una amplia serie de figuras internalizadas. Asimismo, no
nos lleva muy lejos el hecho de darnos cuenta de que el analista
sustituye al padre o a la madre reales hasta que no entendamos qué
aspecto de los padres ha sido revivenciado. El retrato de los padres en
la mente del paciente ha sufrido una distorsión de grado variable a
través de los procesos infantiles de proyección e idealización, y, a
menudo, ha retenido mucho de su naturaleza fantástica. Al mismo tiempo,
en la mente del bebé toda experiencia externa se entrelaza con sus
fantasías, y, por otro lado, cada fantasía contiene elementos de la
experiencia real; es sólo analizando a fondo la situación de
transferencia que somos capaces de descubrir el pasado a la vez en sus
aspectos realistas y fantásticos. Es también el origen de estas
fluctuaciones en la primera infancia el que da cuenta de su intensidad
en la transferencia y de los cambios rápidos -a veces aun dentro de la
misma sesión- entre el padre y la madre, entre omnipotentes objetos
benévolos y peligrosos perseguidores, entre figuras internas y
externas. A veces el analista parece representar simultáneamente a
ambos padres, aliados en su hostilidad hacia el paciente, y la
transferencia negativa adquiere gran intensidad. Lo que se ha revivido
entonces, o lo que se ha vuelto manifiesto en la transferencia, es la
mezcla en la fantasía del paciente, de los padres como figura única, de
la “figura de los padres combinados", que he descrito en otra parte 5 .

Es ésta una de las formaciones de fantasía
características del complejo de Edipo en sus primeros estadíos, que, si
se mantiene activa, perjudica tanto las relaciones de objeto como el
desarrollo sexual. La fantasía de los padres combinados saca su fuerza
de otro elemento de la vida emocional temprana, de la poderosa envidia
asociada con los deseos orales frustrados. El análisis de tales
situaciones tempranas nos enseña que en la mente del bebé, cuando se ve
frustrado (o insatisfecho por causas internas), su frustración se
acopla con el sentimiento de que otro objeto (pronto representado por
el padre) recibe de la madre la gratificación y el amor codiciados y
que le son negados en ese momento. Aquí se halla una de las raíces de
la fantasía de que los padres están combinados en una eterna
gratificación mutua de naturaleza oral, anal y genital. Y esto es, a mi
criterio, el prototipo de las situaciones tanto de envidia como de
celos. Hay otro aspecto de la transferencia que cabe mencionar.

Acostumbramos
hablar de la situación transferencial. Pero, ¿tenemos siempre presente
la importancia fundamental de este concepto? Según mi experiencia,
cuando desembrollamos los detalles de la transferencia es esencial
pensar en términos de situaciones totales transferidas del pasado al
presente, tanto como de emociones, defensas y relaciones objetales.

Durante
muchos años -y esto, en alguna medida, es cierto aun hoy- la
transferencia ha sido entendida en términos de referencias directas al
analista en el material del paciente. Mi concepto de la transferencia,
según el cual esto tiene su raíz en los estadíos más primitivos del
desarrollo y en los niveles profundos del inconsciente, es mucho más
amplio y entraña una técnica por la cual los elementos inconscientes de
la transferencia se deducen de la totalidad del material presentado.
Por ejemplo, los relatos de los pacientes acerca de su vida de cada
día, sus amistades, sus actividades, no sólo dan una comprensión del
funcionamiento de su yo, sino que revelan -si exploramos su contenido
inconsciente- las defensas contra las angustias despertadas en la
situación transferencial. Pues el paciente necesita tratar los
conflictos y las angustias reexperimentados hacia el analista con los
mismos métodos que usó en el pasado. Es decir, que se aparta del
analista en la misma forma en que intentó apartarse de sus objetos
primitivos; trata de clivar su relación con él, conservándolo como
figura, sea buena, sea mala; desvía algunos de los sentimientos y
actitudes experimentados hacia el analista hacia otra gente de su vida,
lo que forma parte de la exoactuación ( acting-out ) 6 .

De
acuerdo con mi tema, he examinado aquí sobre todo las experiencias,
situaciones y emociones más tempranas de donde surge la transferencia.
Sin embargo, sobre estos fundamentos se construyen las relaciones
objetales ulteriores y los desarrollos emocionales e intelectuales que
necesitan la atención del analista tanto como los más tempranos; es
decir, que nuestro campo de investigación cubre todo lo que yace entre
la situación actual y las primerísimas experiencias. De hecho, no es
posible tener acceso a las primeras emociones y relaciones de objeto si
no es por el examen de sus vicisitudes a la luz de desarrollos
ulteriores. Es sólo relacionando una y otra vez (y esto significa un
trabajo arduo y paciente) las experiencias ulteriores con las
anteriores y viceversa, es sólo explorando convenientemente su
interjuego, que el presente y el pasado pueden juntarse en la mente del
paciente. Es uno de los aspectos del proceso de integración que, a
medida que el análisis progresa, involucra la totalidad de la vida
psíquica del paciente. Cuando la angustia y la culpa disminuyen y
cuando el amor y el odio pueden integrarse mejor, los procesos de
clivaje -defensa fundamental contra la angustia- tanto como las
represiones se suavizan, mientras el yo crece en fuerza y cohesión; el
clivaje entre los objetos idealizados y perseguidores disminuye; los
aspectos fantásticos de los objetos pierden su fuerza. Todo esto
implica que la vida inconsciente de fantasía -separada menos
rígidamente de la parte consciente de la mente- puede ser mejor
utilizada en las actividades del yo, con el consiguiente
enriquecimiento general de la personalidad. Me refiero aquí a las
diferencias -en oposición con las semejanzas- entre la transferencia y
las primeras relaciones de objeto. Estas diferencias son la medida del
efecto curativo del tratamiento analítico.

Indiqué
más arriba que uno de los factores que suscitan la compulsión a la
repetición es el apremio que proviene de las primeras situaciones de
angustia. Cuando la angustia persecutoria y depresiva y la culpa
disminuyen, hay menor necesidad de repetir más y más veces las
experiencias fundamentales, y por consiguiente los patrones y las
modalidades primitivas del sentir se mantienen con menos terquedad.
Estos cambios fundamentales se producen mediante el análisis
consistente de la transferencia; están ligados con la profunda revisión
de las primeras relaciones de objeto y se reflejan tanto en la vida
corriente del paciente como en sus actitudes distorsionadas hacia el
analista.