try another color:
try another fontsize: 60% 70% 80% 90%
Estudio del psicoanálisis y psicología

La psicología de la locura: una contribución psicoanalítica, 1965



La psicología de la locura: una contribución psicoanalítica, 1965

Trabajo preparado para la Sociedad Psicoanalítica Británica,
octubre de 1965.
L'La práctica del psicoanálisis durante treinta y cinco años no
puede sino dejar sus huellas. En mi caso, hubo cambios en mi
formulación teórica que traté de enunciar a medida que se iban
consolidando en mí. Con frecuencia, lo que yo descubría ya había
sido descubierto, y hasta mejor enunciado, por Freud o por otros
psicoanalistas, o por poetas y filósofos, lo cual no me ha disuadido
de continuar escribiendo (y de leer ante algún público, cuando
dicho público existe) la última criatura de mi cerebro.
En este momento estoy enfrascado en la idea de que la teoría
psicoanalítica tiene algo que aportar con respecto a la teoría de la
locura, o sea, la locura que se presenta clínicamente ya sea bajo la
forma del miedo a la locura, o como alguna otra especie de
manifestación insana. Trataré de enunciar esto, aunque termine
comprobando que sólo estoy enunciando algo que es
(psicoanalíticamente) obvio.
Nosotros tenemos la única formulación realmente útil que existe
sobre la forma en que el ser humano se desarrolla
psicológicamente desde el ser inmaduro y absolutamente
dependiente que es al comienzo hasta el adulto maduro y
relativamente independiente. La teoría es demasiado compleja y
resulta difícil enunciarla de modo sucinto, y sabemos que hay
grandes lagunas en nuestra comprensión. No obstante, la teoría
existe, y con ella el psicoanálisis ha hecho una contribución que
goza de aceptación general, aunque habitualmente no es
reconocida.
A menudo se ha dicho, con referencia a la teoría psicoanalítica, que
en el desarrollo del niño normal hay un período de psiconeurosis.
Sería más correcto sostener que en el apogeo de la fase del
complejo de Edipo, antes de que se inicie el período de latencia, es
previsible que se presenten toda clase de síntomas en forma
transitoria. En rigor, a esta edad la normalidad puede describirse
en función de esa sintomatología, de modo tal que la anormalidad
se asocia con la ausencia de algún tipo de síntoma o la canalización
de la sintomatología en una dirección única. En esta fase no son las
defensas mismas las que constituyen la anormalidad, sino su
rigidez. Las defensas en sí no son anormales, y el individuo las
organiza a medida que emerge de la dependencia hacia una
existencia independiente, basada en el sentimiento de identidad.
Esto pasa a primer plano de una manera nueva y significativa en la
adolescencia.
Es en esta fase cuando la provisión cultural, tal cual se manifiesta
esta en el ambiente inmediato del niño o en las pautas familiares,
altera la sintomatología, aunque desde luego no produce las
mociones y angustias subyacentes. Lo que en este contexto se
llaman "síntomas" no tendría que ser denominado así en la
descripción de un niño, ya que la palabra síntoma connota
patología. Cabe mencionar dos cuestiones colaterales. Una de ellas,
muy interesante, es expuesta por Erik Erikson, quien muestra que
una comunidad puede moldear lo que aquí llamamos
sintomatología en direcciones que a la larga resultan valoradas
positivamente por dicha comunidad (1). La segunda tiene que ver
con el efecto de una ruptura del ambiente inmediato del niño en
esta etapa, que lo vuelve incapaz de desplegar toda la variedad de
síntomas apropiados, o lo obliga a adecuarse a algún aspecto del
medio o a identificarse con él, perdiendo así experiencia personal.
A este amplio ámbito de manifestaciones pertenecientes al período
de prelatencia es aplicable la temática de la sintomatología
perversa polimorfa de la niñez, descrita por Paula Heimann (2);
manifestaciones que denominaríamos síntomas si se presentaran
clínicamente cuando el individuo ya ha alcanzado la edad en que,
según se presume, es un adulto. Es comprensible que surgiera la
idea de que, según la teoría psicoanalítica, todos los niños son
psiconeuróticos, pero un examen más atento revela que esto no
forma parte de la teoría. No obstante, podemos diagnosticar
enfermedad en niños de esta edad, y a esa enfermedad habría que
llamarla psiconeurótica porque no es psicótica; y comprobamos
que la base de nuestro diagnóstico no es la observación de la
sintomatología sino una evaluación cuidadosa de la organización
defensiva, en especial su rigidez generalizada o localizada.
Con la extensión posterior de la teoría psicoanalítica debido a los
nuevos trabajos sobre la psicología del yo y sobre el estadio de
dependencia absoluta del niño respecto de su madre; etc., hemos
llegado a una nueva temática: Alcanzamos diversas teorías que
conectan la práctica psicoanalítica con la terapia de la psicosis. En
este contexto se entiende por "psicosis" la enfermedad que tiene su
punto de origen en las etapas del desarrollo individual anteriores
al establecimiento de la pauta de la personalidad individual. Es
obvio que el auxilio del yo recibido de la figura o figuras
parentales es de suprema importancia en esta primerísima etapa
que, empero, puede describirse en función del, infante individual,
a menos que haya una deformación producida por una falla
ambiental o una anormalidad.
El psicoanálisis ha llegado ahora a ocuparse de la etiología de la
enfermedad que está dentro del territorio de la esquizofrenia
(adviértase que en este contexto es preciso saltar por encima de los
problemas que plantea la etiología de la tendencia antisocial y de
la depresión, cada una de las cuales exige un tratamiento por
separado).
Hay una enorme resistencia, en especial entre los psiquiatras que
no son de orientación psicoanalítica, a considerar que la
esquizofrenia es psicológica, vale decir, que al menos teóricamente
puede ser objeto de prevención y de curación. En cualquier caso,
los psiquiatras tienen sus propios problemas. Cada uno de ellos
debe atender una inmensa cantidad de casos graves, y está siempre
amenazado por la posibilidad de que se suicide alguno de, los
pacientes que se encuentran bajo su cuidado inmediato; además,
están los pesados fardos asociados con la responsabilidad por la
certificación acerca del estado del paciente, y con la prevención del
asesinato y el maltrato de niños, por ejemplo. Por otra parte, el
psiquiatra debe hacer frente a la presión social, ya que todos los
individuos que tienen que ser protegidos de sí mismos o aislados
de la sociedad quedan inevitablemente a su cuidado, yen
definitiva no puede negarse a atenderlos, Puede rehusarse a
atender. un caso, pero eso significará que tendrá que hacerlo algún
otro colega. No cabe esperar que la psiquiatría acoja con
beneplácito el estudio de un paciente psicótico individual, siendo
que dicho estudio parece mostrar que la etiología de la
enfermedad no depende totalmente de la herencia, aunque la
herencia y los factores constitucionales son a menudo importantes.
Sea como fuere, la tendencia imperante en el estudio psicoanalítico
de la psicosis apunta a la teoría de un origen psicológico.
Curiosamente, parecería que en la primerísima etapa de las
psicosis, o sea, cuando la dependencia es absoluta, no sólo opera el
factor hereditario sino también un factor ambiental. Dicho en otros
términos, las tensiones y sobrecargas internas propias de la vida e
inherentes al vivir y al crecer parecen encontrarse, típicamente, en
la normalidad relacionada con la psiconeurosis -que sería la
evidencia de una falla-, mientras que al profundizar en la etiología
del psicótico, uno se encuentra con dos tipos de factores externos:
la herencia (que para el psiquiatra es algo externo) y la distorsión
ambiental en la fase de dependencia absoluta del individuo. En
otras palabras, la psicosis está vinculada con las distorsiones en la
fase de formación de la pauta de la personalidad, en tanto que la
psiconeurosis corresponde a las dificultades experimentadas por
individuos cuyas pautas de personalidad pueden darse por
sentadas, en el sentido de que están constituidas y son
suficientemente sanas.
La extrema complejidad de la teoría o teorías sobre el desarrollo de
la primera infancia ha llevado a la gente a formular un
interrogante que es semejante a éste: "¿Son todos los niños
neuróticos?". La nueva pregunta es: "¿Todo bebé está loco?". No es
posible responder, a esta pregunta en unas pocas palabras, pero en
primera instancia la respuesta tiene que ser sin duda negativa. La
teoría no hace suya la idea de que exista una fase de locura en el
desarrollo infantil. Sin embargo, hay que dejar abierta la
posibilidad de que se formule una teoría en la cual cierta
experiencia de la locura (cualquiera sea el significado atribuido a
ésta palabra) sea universal; esto implicaría que, por más que un
niño esté muy bien atendido en su muy temprana infancia, es
imposible suponer que no haya habido oportunidades de que su
personalidad, tal como está integrada en un momento dado,
sufriera una tensión excesiva. Debe concederse, no obstante, que
en líneas generales hay dos tipos de seres humanos: los que no
arrastran consigo una experiencia significativa de derrumbe o
quebrantamiento psíquico en su muy temprana infancia y los que
sí la arrastran, y por ende deben huir de dicha experiencia, flirtear
con ella, temerle y, hasta cierto punto, estar siempre preocupados
por esta amenaza. Cabe afirmar, verdaderamente, que esto nos es
justo.
Importa enunciar ese hecho:. el estudio psicoanalítico de la locura,
sea cual fuere el significado de ésta, se realiza principalmente
sobre la base del análisis de los llamados "casos fronterizos". No es
probable que los progresos en la comprensión de la psicosis
provengan del estudio directo de enfermos muy gravemente
quebrantados por la locura. Así pues, la labor actual de los
analistas está sujeta a la crítica de que lo que es válido para un caso
fronteriza puede río serlo para un caso de derrumbe de locura
organizada. De todos modos; por el momento es preciso trabajar
en lo que se pueda como desarrollo natural de la aplicación de la
técnica psicoanalítica a los aspectos más profundamente
perturbados de la personalidad de nuestros pacientes.
Parece improbable que haya alguna locura que corresponda
enteramente al presente. Esta manera de concebir la locura recibió
una importante corroboración de los trabajos sobre la parálisis
general progresiva. Esta enfermedades causada por una
perturbación orgánica del cerebro, pese a lo cual es posible hallar
en la psicología del paciente una enfermedad que le pertenece
específicamente a él y a su carácter y personalidad, cuyos detalles
derivan de su historia temprana. Así también un tumor cerebral
puede producir una enfermedad psíquica, que es como si estuviera
latente en el individuo pero sólo pudo volverse manifiesta a raíz
de la enfermedad orgánica.
Caso clínico: Un chico al que atiendo fue llevado al hospital
porque en la escuela los demás niños habían empezado a
intimidarlo. El desarrollo de esta tendencia a ser intimidado fue en
él gradual y constante, y precisamente ese desarrollo constante
hizo pensar en que tal vez existiera una causa física de
enfermedad. Pocos meses después del momento, indefinido, en
que comenzó el problema, ya era una persona que provocaba
persecución y castigos. Padecía de un quiste en la "silla turca" y a
medida que éste fue aumentando de tamaño y dando origen
agresión intercraneal con papiledema, se convirtió en un caso
paranoide cabal. Extirpado el quiste, poco a poco volvió a ser como
era antes de la enfermedad, ajeno ,a toda tendencia paranoide. El
quiste no pudo empero ser totalmente extirpado, y después de
unos años la enfermedad retornó junto con un nuevo aumento de
tamaño de aquél.
En la actualidad, Ronald Laing y sus colaboradores están
haciéndonos observar que la esquizofrenia puede ser el estado
normal en un sujeto que ha crecido o está creciendo dentro de un
ambiente dominado por personas con rasgos esquizofrénicos. El
material clínico de Laing es muy convincente, aunque hasta ahora
no ha hecho extensiva la argumentación lógica por él utilizada a
un examen de la misma cuestión en términos de la relación
parento-filial tal corno se da en el período de dependencia absoluta
o casi absoluta. Si ampliara su obra en esta dirección, estaría
próximo a una elucidación significativa' de la etiología de la
esquizofrenia. Entretanto, está haciendo observaciones
importantes sobre ciertos pacientes esquizofrénicos, y su labor
puede ser aplicada ya al campo del manejo-tratamiento de algunos
enfermos mentales a quienes se rotula de esquizofrénicos.
En mi artículo "La psicosis y el cuidado del niño", que produje en
1952, me sorprendí a mí mismo al afirmar que la esquizofrenia es
una enfermedad generada por una deficiencia ambiental, o sea,
una enfermedad que depende más que la psiconeurosis de
determinadas anormalidades del ambiente. Cierto es que hay
asimismo poderosos factores. hereditarios en algunos casos de
esquizofrenia, pero debe recordarse que desde una perspectiva
puramente psicológica los factores heredados son ambientales, o
sea, externos a la vida y la experiencia de la psique individual. En
dicho artículo yo me aproximaba más a una enunciación sobre la
locura de lo que pretendo hacer aquí y ahora.
En mi enfoque de esta temática central pero muy simple, deseo
incorporar también la ideé del miedo a la locura. Este miedo es
algo que domina la vida de muchos de nuestros pacientes. Sobre
este tema, he escrito algo que puede considerarse como un axioma:
la locura temida es una locura que ya ha sido experienciada. En mi
opinión, este enunciado contiene una verdad importante, pero no
es del todo verdadero. Es preciso modificarlo, lo cual me llevará al
punto central del presente trabajo.
Prosiguiendo con el tema en estos términos, diré que una
proporción significativamente grande de personas -algunas de las
cuales están bajo atención analítica o psiquiátrica- viven en estado
de miedo que puede reconducirse a un miedo a la locura: Tal vez
cobre la forma de un miedo a la incontinencia, o a gritar, en
público, o tal vez el individuo, sienta pánico -o miedo al pánico,
que es peor aún-; puede experimentar asimismo la sensación de
una catástrofe inminente, así como otros diversos miedos graves,
cada uno de los cuales contiene un elemento ajeno a la lógica. Por
ejemplo, un paciente puede estar dominado por un miedo a
morirse que nada tiene que ver con el miedo a la muerte, sino que
es exclusivamente un miedo a morirse sin que en ese momento
haya nadie presente, o sea, nadie preocupado por él de un modo
directamente derivado de las primerísimas relaciones parentofiliales.
Estos pacientes pueden organizar su vida de manera de no
quedar nunca a solas.
Al tratar de recibir lo que estos pacientes quieren comunicarnos
cuando le damos una oportunidad (como lo hacemos
especialmente en el psicoanálisis), nos encontramos con un miedo
a una locura que vendrá. Es valioso para nosotros, aun cuando no
lo sea de hecho para el paciente, saber que el miedo no es a una
locura que vendrá sino a una locura que ya ha sido experienciada.
Es el miedo a un retorno de la locura. Cabría esperar que una
interpretación de acuerdo con estos lineamentos mejoraría la
situación, pero en verdad es improbable que cause algún alivio en
el paciente, salvo en la medida en que a éste pueda aliviarlo la
comprensión intelectual de lo que probablemente sobrevendrá en
el curso ulterior del análisis. La razón de que no obtenga alivio es
que a él le interesa recordar la locura experienciada. De hecho,
puede insumir mucho tiempo recordar y revivir ejemplos de
locura, que son como recuerdos encubridores. El paciente tiene
necesidad de recordar la locura original, pero ocurre que ésta
corresponde a una etapa muy temprana, antes de que se hubieran
organizado en el yo los procesos intelectuales capaces de abstraer
las experiencias catalogadas y presentarlas a la memoria consciente
para su uso. En otras palabras, la locura que tiente que ser
recordada sólo puede serlo reviviéndola.
Como es natural, cuando un paciente intenta revivir la locura se
presentan enormes dificultades, una de las cuales es encontrar un
analista que comprenda lo que está pasando. En el estado actual de
nuestros conocimientos, es muy difícil para un analista recordar,
:ante esta clase, de experiencia, que la finalidad del paciente es
llegar hasta la locura, o sea, enloquecer dentro del -encuadre.
analítico; y que eso es para él lo más próximo al recordar. A fin de
organizar el encuadre para ello, a veces el paciente tiene que
enloquecer de una manera más superficial, o sea, tiene que
organizar lo que la Dra. Little denomina una "transferencia
delirante", y el analista debe aceptar esa transferencia delusional y
entender cómo opera.
Por ejemplo, una niña que asiste a la escuela trae al análisis la idea
de que le dan demasiada tarea para el hogar y se siente
sobreexigida. Lo trae como un material muy urgente, que
contribuye a hacerle sentir una agonía extremada; con fuertes
dolores de cabeza y horas enterasen que se la pasa gritando. Me ha
podido confesar que, en realidad, su maestra no le exige
demasiado, y también que no es tanta la tarea para el hogar. No es
siquiera posible que al interpretarle yo mencione la idea de una
maestra estricta que agobia a su alumna. En términos de la maestra
y la tarea para el hogar, lo que esta paciente me está diciendo es
que yo la agobio, y cualquier palabra que provenga, de mí, incluso
una interpretación correcta, es una persecución. La finalidad del
ejercicio es que sin llegar a enloquecer demasiado en el sentido
secundario de la palabra, esta paciente puede alcanzar la reexperiencia
de la locura original; o al menos llegar a una agonía
tan extrema que esté próxima a la locura original.
En un caso como éste, cualquier tentativa del analista por obrar
con cordura o con lógica destruye el único camino de regreso que
el paciente puede forjarse hacia esa locura que necesita recuperar
mediante la experiencia, ya que no puede recuperarla mediante el
recuerdo. Así pues, el analista tiene que ser capaz de tolerar
sesiones enteras, y aun largos períodos de análisis, durante los
cuales no es aplicable la lógica a ninguna descripción de la
transferencia. El paciente se halla, en estos casos, sometido a la
compulsión de llegara la locura, compulsión que surge a partir, de
cierto impulso básico de los pacientes a convertirse en normales.
Compulsión que es levemente más intensa que la necesidad de
apartarse de ella. De ahí que, fuera del tratamiento; no hay ningún
resultado natural. El individuo está atrapado para siempre. en un
conflicto, mantiene un delicado equilibrio entre el miedo a la
locura y la necesidad de estar loco. A veces es un alivio que
acontezca la tragedia y el paciente enloquezca, pues si se da cabida
a una recuperación natural, habrá "recordado" hasta cierto punto la
locura original. Sin embargo, esto nunca es del todo así, aunque
puede ser cierto en grado suficiente como para que el derrumbe dé
lugar a un alivio clínico. Se apreciará que si en un caso así se
pretende abordar el derrumbe con una urgencia psiquiátrica de
curar, la finalidad de aquél se pierde por completo, ya que al
derrumbarse el paciente perseguía un fin positivo y su colapso no
es tanto una enfermedad como un primer paso hacia la salud.
A esta altura es menester recordar las premisa básica de la teoría
psicoanalítica, según la cual las defensas se organizan en torno de
la angustia. Cuando tenemos ante nosotros a un enfermo, lo que
apreciamos clínicamente es la organización defensiva, y sabemos
bien que no podremos curarlo mediante el análisis de las defensas;
aunque gran parte de nuestra labor se dedique precisamente a eso.
La cura sólo sobreviene si el paciente puede llegar hasta la
angustia en torno de la cual se organizaron las defensas. Pueden
presentarse muchas versiones subsiguientes de esto mismo, y el
paciente llegará a ellas una tras otra, pero sólo curará si alcanza el
estado de derrumbe original.
Ahora es necesario tratar de explicar por qué está incorrectamente
enunciado el axioma según el cual el miedo a la locura es el miedo
a la locura que ya ha sido experienciada. Ante todo, hay un punto
sobre el cual tenernos que ser bien claros, y es que la frase "miedo a
la locura" por lo común remitiría al miedo que cualquiera podría o
debería tener al pensaren la locura; no sólo el horror de la
enfermedad misma; con todos los padecimientos psíquicos que
entraña sino también los efectos sociales que tiene el derrumbe
psíquico -que la comunidad teme, y por ende odia,- sobre el
individuo y aun sobre su familia. Tal es el significado obvio de las
palabras aquí empleadas; por lo cual se vuelve indispensable
acotar que, en este estudio en particular, se las utiliza de un modo
distinto: Empleamos esas mismas palabras para describir lo que
nos es dable descubrir sobre la motivación inconsciente de
pacientes que hace mucho que están en análisis, o que por uno u
otro medio (tal vez .por el paso del tiempo y el proceso de
crecimiento) han podido llegara soportar y superar angustias,
inconcebibles en su situación original.
En segundo lugar, esa enunciación es errónea aun- dentro del
marco especial en que se la utiliza en este capítulo. No es
verdaderamente válido- decir, que el. paciente está tratando de
recordar la locura que sucedió ya y en torno de la cual se
organizaron las defensas. La razón reside en que en el sitio original
donde se organizaron las defensas la locura no fue experienciada,
ya que, por la naturaleza misma de lo que aquí se examina, el
individuo no estaba en condiciones de experimentarla. Surgió un
estado de cosas que implicó un derrumbe de las defensas, defensas
que eran apropiadas para la edad del individuo y el marco dentro
del cual se mueve. Aquí hay que tener en cuenta si hubo una
figura parental que ofreciera un soporte yoico, y si éste fue o no
confiable. En el caso más simple posible, hubo una fracción de'
segundo durante la cual se experienció la amenaza de la locura,
pero en este nivel la angustia es impensable- Su intensidad
desborda toda descripción y de inmediato se organizan nuevas
defensas, de modo tal, que en verdad, la locura no llega a
experienciarse. Pero, por otro lado, la locura es, potencialmente, un
hecho.
Trataré de ofrecer una analogía. Vi cómo plantaban enana
escudilla el bulbo de un jacinto y pensé: "Encerrado en ese bulbo
hay un aroma maravilloso". Por supuesto, sabía que no hay en el
bulbo ningún sitio en el que pudiera encerrarse un aroma. Si se
sometiera el bulbo a una disección no se obtendría la experiencia
del aroma de los jacintos, por más que se alcanzara el punto
apropiado. No obstante hay en el bulbo un aroma potencial que, a
la larga, cuando se abra la flor, se transformará en su fragancia
característica.
Esta no es más que una analogía, pero puede ofrecer una imagen
de lo que estoy procurando enunciar. Una parte importante de mi
tesis es que si la locura o derrumbe de las defensas originales
pudiera experienciarse, sería indescriptiblemente dolorosa. Lo más
cerca que podemos estar de eso nos lo brinda lo que conocernos
sobre la angustia psicótica, como
desintegración
sentimientos de irrealidad
falta de capacidad de relacionarse
despersonalización o falta de cohesión psicosomática
funcionamiento intelectual escindido
caída perpetua
terapia electroconvulsiva en la que el pánico es el sentimiento
generalizado, que puede incluir cualquiera de los elementos
anteriores.
Sin embargo, si observamos podremos apreciar que toda vez que
alcanzamos clínicamente estas cosas; sabemos que hay allí cierta
organización yoica capaz de sufrirlas, lo cual implica seguir
sufriendo como para percatarse del sufrimiento. Hay que suponer
que el núcleo de la locura tiene que ser mucho peor, por el hecho
de que al individuo le es imposible experienciarla; ya que por
definición carece de una organización yoica para contenerla y, por
tanto, experimentarla.
Quizás sea útil recurrir a un símbolo X, y decir que el bebé o niño
pequeño cuenta con una organización yoica apropiada a su estadio
de desarrollo, y entonces algo ocurre como reacción ante una
intrusión (un factor externo al que se le dio cabida a través de un
funcionamiento fallido del ambiente) y se genera ese estado de
cosas llamado X Este estado puede dar lugar a una reorganización
de las defensas, ya sea en una oportunidad o en muchas, o incluso
en oportunidades sucesivas que van creando una pauta. La
organización defensiva nos brinda el cuadro clínico y sobre esa
base formulamos el diagnóstico. A su vez, la organización
defensiva depende hasta cierto punto, en cuanto a sus
características, de una contribución del ambiente.
Lo absolutamente personal del individuo es X.
Llego así a un intento de reformulación de mi axioma original. El
sujeto que en el curso del tratamiento alcanza estos estados se
empeña repetidamente en alcanzar X, pero por supuesto sólo
puede aproximarse a ello tanto como se lo permita su nueva
fortaleza yoica sumada al soporte yoico que recibe en la
transferencia. La prosecución del análisis significa que el paciente
continuamente se afana en alcanzar nuevas experiencias en la
dirección de X, y por lo que he descrito estas experiencias no
pueden rememorarse corno recuerdos: deben ser vividas en la
relación transferencial, y clínicamente se presentan como locuras
localizadas. Al analista lo sorprende permanentemente comprobar
que el paciente es capaz de enloquecer más y más, durante unos
minutos o durante toda la hora, dentro del encuadre del
tratamiento, y a veces su locura desborda los limites de la sesión.
Se requiere de considerable experiencia y coraje para saber dónde
está parado uno en esas circunstancias, y apreciar el valor que
tiene para el paciente acercarse cada vez más a la X que le
pertenece únicamente a él. Pero si el analista no es capaz de
contemplar las cosas de este modo, sino que por temor, o por
.ignorancia; o por los inconvenientes que le trae tener entre manos
a un paciente tan enfermo,. tiende a-desperdiciar estos sucesos del
tratamiento, no podrá curar al paciente. Continuamente procurará
modificar la transferencia delirante, o llevar al paciente de un
modo u otro hacia la cordura, en vez de posibilitar que la locura se
convierta en una experiencia manejable a partir de la cual el sujeto
pueda' tener una recuperación espontánea. Vistas así las cosas, la
psiquiatría basada en la satisfacción de necesidades sociales y en el
tratamiento de gran cantidad de pacientes se halla, en la
actualidad, en una fase en la que está batallando contra un
enemigo equivocado, como lo pone de relieve la obra de Ronald
Laing y sus colaboradores. No importa que a veces discrepemos
con su teoría, o con la forma en que la exponen; de todas maneras,
la tesis que sostengo en este artículo me fuerza a acoger con
beneplácito muchas de las enunciaciones de estos profesionales
que trabajan en el mismo campo.
Es lamentable que la teoría que aquí propongo, por más que sea
correcta, no pueda por cierto dar origen a un progreso
psicoterapéutico inmediato. Quienes se encuentran con esta
problemática en su práctica psicoanalítica no hallarán en este
detalle de teoría una posibilidad de mejorar su labor mañana
mismo. A lo sumo, en verdad, podrá darles cierta comprensión y
desde luego conducirlos a mayores profundidades. Sin embargo,
hay algunos casos en que el paciente sigue tratando de obtener
ayuda de nosotros sin que podamos alcanzar un punto final
satisfactorio, y por supuesto esos casos son de diversa especie;
sugiero que una de esas especies puede comprenderse mejor sobre
la base de la tesis que expongo, y la ventaja reside en que si el
analista comprende lo que está pasando, puede soportar las
considerables tensiones propias de este tipo de tarea.
Desgraciadamente, sólo hay un modo de eludir dichas tensiones, y
es merced a un mejor diagnóstico que permita evitar tomar
aquellos casos que, inevitablemente, nos obligarán a sumergirnos
en esas aguas profundas. Entonces, si de hecho encontramos un
método por el; cual pueda evitarse tomar en tratamiento estos
casos, debemos ser sinceros y admitir sin ambages que, incluso en
nuestra teoría, necesitamos la ayuda de la psiquiatría, a la que en
algún sentido despreciamos porque no se basa en la psicología, o
sea, por sus tratamientos físicos.
Sé me ha ocurrido, aunque puedo estar equivocado, que la
aceptación general de esa idea que estoy promulgando, en caso de
llegar hasta la literatura que lee el público inteligente, brindaría
algún alivio. Aunque es imposible hacer pronósticos, me parece
que el miedo al derrumbe está muy generalizado, y si se aceptase
la idea de que el derrumbe al que se teme es un derrumbe que ya
hizo lo peor, existiría al menos la posibilidad de limar los filosos
bordes de ese miedo.
Notas:
(1) Erik H. Erikson, Childhood and Society, Nueva York, Norton, 1950. [Trad. cast.: Infancia y
sociedad, Buenos Aires, Hormé, 1959.]
(2) Paula Heimann, "A Contribution to the Re-evaluation of the Oedipus Complex: The Early
Stages°, International Journal of Psycho-Analysis, vol. 33, 1952; también en Melanie Klein y otros,
New Directions in PsychoAnalysis, Londres, Karnac Books, 1977. [Trad. cast.: Nuevas direcciones en
psicoanálisis, Buenos Aries, Paidós, 1965.]