try another color:
try another fontsize: 60% 70% 80% 90%
Estudio del psicoanálisis y psicología

La madre deprivada (1940)


La madre deprivada (1940)

Escrito en la época de la primera evacuación.

EL
CUIDADO INFANTIL tiene una significación muy especial para los padres
y, para comprender los problemas de las madres de niños evacuados,
primero resulta necesario reconocer que, en general, los sentimientos
concernientes a los niños no son los mismos que los sentimientos
especiales que experimentan los padres hacia sus propios hijos.

Lo
que da sentido a la vida para muchos hombres y mujeres es la
experiencia de la primera década de vida matrimonial, el período en que
se construye una familia, y en que los niños necesitan todavía esas
contribuciones a la personalidad y el carácter que los padres pueden
hacer. Esto es válido en general, pero sobre todo en el caso de quienes
se ocupan personalmente del manejo de su casa, sin servicio doméstico,
y de aquellos cuya posición económica, o nivel cultural, impone un
límite a la cantidad y cualidad de intereses y distracciones posibles.
Para tales progenitores, renunciar al contacto permanente con sus hijos
constituye sin duda una difícil prueba.

Una madre
dijo: "Renunciaríamos a nuestros hijos por tres meses, pero, si es por
más tiempo, quizás incluso tres años, ¿qué sentido tiene la vida?" Y
otra manifestó: "Todo lo que tengo ahora para cuidar es el gato, y mi
única distracción es el bar". Estos son pedidos de ayuda que no
deberían desoírse.

La mayoría de los relatos sobre
padres cuyos hijos han sido evacuados no parecen captar esta simple
verdad. Por ejemplo, se ha expresado la opinión de que las madres lo
pasan muy bien, pues están libres para flirtear, levantarse tarde, ir
al cine, o trabajar y ganar dinero, a tal punto que seguramente no
desean que sus hijos vuelvan.

Sin duda existen casos
que justifican tal criterio, pero éste no se aplica a la mayoría de las
madres; y cuando ese comentario resulta válido en la superficie, ello
no significa que sea necesariamente cierto en un sentido más profundo,
pues es bien sabido que una característica de los seres humanos es la
de mostrarse indiferentes ante la amenaza de un dolor que no se puede
tolerar.

Nadie sugeriría que dar a luz y criar un
niño es todo dulzura, pero la mayoría de la gente no espera que la vida
carezca de toda amargura; sólo piden que la parte amarga sea la que
ellos mismos han elegido.

A la madre urbana se le
pide, se le aconseja e incluso se la presiona para que renuncie a sus
hijos. A menudo se siente casi atropellada, pues no puede comprender
que la dureza de la exigencia surge de una realidad: el peligro de las
bombas. Una madre puede mostrarse sorprendentemente sensible a la
crítica; el sentimiento de culpa latente, relativo a la posesión de
hijos (o de cualquier cosa valiosa), es tan poderoso que la idea de la
evacuación tiende en primer lugar a hacerla sentir insegura y dispuesta
a hacer cualquier cosa que se le indique, sin tener en cuenta sus
propios sentimientos. Uno puede imaginársela diciendo: "Sí, por
supuesto, llévenselos, yo nunca fui digna de ellos; los bombardeos no
son el único peligro, yo misma no puedo proporcionarles el hogar que
deberían tener". Por supuesto no siente esto conscientemente, sólo se
siente confusa o aturdida.

Por ésta, y por otras
razones, el sometimiento inicial frente al proyecto no puede ser
duradero. Eventualmente las madres se recuperan del choque, y entonces
se necesita un largo proceso para que el sometimiento se transforme en
cooperación. A medida que pasa el tiempo la fantasía cambia, y lo real
se torna gradualmente claro y definido.

Si uno
intenta colocarse en el lugar de la madre, se plantea de inmediato esta
pregunta: ¿por qué, en realidad, se aleja a los niños del riesgo de los
ataques aéreos a un precio tan alto y causando tantas dificultades?
¿Por qué se pide a los padres que hagan semejante sacrificio?

Hay varias respuestas.

O
bien los padres mismos realmente desean alejar a sus hijos del peligro,
cualesquiera sean sus propios sentimientos, de modo que las autoridades
sólo actúan en nombre de los padres, o bien el estado atribuye más
valor al futuro que al presente, y ha decidido hacerse cargo del
cuidado y el maneo de los niños, sin tener para nada en cuenta los
sentimientos, deseos y necesidades de los padres.

Como es natural en una democracia, se ha tendido a considerar como válida la primera alternativa.

A
ello se debe que la evacuación haya sido voluntaria, y que se haya
permitido que fracasara hasta cierto punto. De hecho, hubo incluso
algún intento, aunque no muy entusiasta, por comprender el punto de
vista de la madre.

Conviene recordar que los niños
son objeto de cuidados no sólo para que lo pasen bien, sino también
para ayudarlos a crecer. Algunos de ellos se convertirán a su vez en
progenitores. Resulta razonable afirmar que los padres son tan
importantes como los niños, y que es sentimental suponer que los
sentimientos de los padres deben sacrificarse necesariamente por el
bienestar y la felicidad de los hijos. Nada puede compensar a un
progenitor corriente por la pérdida de contacto con un hijo, y de
responsabilidad por el desarrollo corporal e intelectual de aquél.

Se
afirma que la vastedad del problema y de la organización requerida para
efectuar la evacuación en masa es lo que limita la participación de los
padres en cosas tales como la elección de ubicación. La mayoría de los
padres pueden aceptar este argumento. Con todo, el propósito de mi
artículo es el de señalar que por mucho que las autoridades intenten
establecer reglas y normas de aplicación general, la evacuación sigue
siendo una cuestión que involucra un millón de problemas humanos
individuales, todos distintos entre sí, y todos de vital importancia
para alguien. Por ejemplo, una madre puede conocer muy bien los
problemas de la evacuación, y estar al tanto de sus múltiples
dificultades, pero ese conocimiento no la ayudará a tolerar la pérdida
de contacto con su propio hijo.

Los niños cambian
rápidamente. Al cabo de los años que esta guerra puede durar, muchos ya
no serán niños y todos los bebés de hoy habrán salido de la etapa de
rápido desarrollo emocional para pasar a la de desarrollo intelectual y
de ocio emocional. No tiene sentido hablar de postergar el momento de
llegar a conocer a un niño, sobre todo si es pequeño.

Además,
las madres saben una cosa que quienes no están cerca del niño tienden a
olvidar: el tiempo mismo es muy distinto según la edad a que se tenga
la experiencia de él. Un día feriado que puede pasar casi desapercibido
para los adultos, puede parecer a los niños un enorme trozo de vida, y
es casi imposible hacer sentir a un adulto la enormidad de tiempo que
tres años significan para un niño evacuado. Realmente es una gran
proporción de lo que el niño conoce de la vida, equivalente quizás a
veinticinco años de vida para un adulto de 40 ó 50 años. El
reconocimiento de este hecho torna a una mujer aún más ansiosa ante la
posibilidad de perder su oportunidad de ser madre.

Por
lo tanto, la investigación de todos los detalles del problema de la
evacuación pone de manifiesto problemas individuales que son
importantes, incluso urgentes, a su manera.

Partiendo
ahora de la base de que los deseos de los padres están representados
por las autoridades que actúan así en nombre de aquellos, resulta
posible comprender cuáles son las complicaciones que posiblemente
sobrevendrán.

Mucha gente, incluyendo a los mismos
padres, cree que todo estaría bien si se cuidara eficazmente de sus
hijos; que éstos, sí estuvieran bastante desarrollados emocionalmente
como para soportar la separación, podrían en realidad beneficiarse con
el cambio; sin duda los niños harían la experiencia de vivir en un
hogar distinto, ampliarían sus intereses, y quizás tendrían un contacto
con la vida de campo de la que suelen privarse los niños urbanos e
incluso los suburbanos.

No tiene sentido negar, sin
embargo, que la situación es compleja y que de ningún modo puede
confiarse en que los padres se sientan seguros en cuanto al bienestar
de sus hijos.

Hay una historia antigua y conocida,
pero que rara vez deja de perturbar y sorprender a quienes tienen a su
cargo niños ajenos. Los padres suelen quejarse por el tratamiento que
sus hijos reciben mientras están lejos del hogar, y creen todo lo que
un niño puede inventar en cuanto a malos tratos y, sobre todo, a mala
alimentación.

El hecho de que un niño regrese al
hogar al salir de una institución para convalecientes en óptimo estado
de salud, no impide que la madre presente una queja en el sentido de
que su niño ha sido descuidado. Cuando se investigan tales quejas, rara
vez permiten descubrir fallas reales; quejas similares en el caso de
los hogares a los que se envía a los niños evacuados son de esperar, y
resultan bastante naturales si se tienen en cuenta las dudas y los
temores de las madres. Debe esperarse que una madre sienta antipatía
por toda persona que descuide a su hijo, pero es igualmente razonable
esperar que experimente esa misma antipatía por quien cuida de su hijo
mejor que ella misma, pues ese tipo de cuidado despierta su envidia o
sus celos. Es su hijo y, simplemente, quiere ser la madre de su propio
hijo.

No es difícil imaginar lo que ocurre. Un niño
regresa al hogar de vacaciones y pronto capta una atmósfera, de tensión
en cuanto se le pregunta sobre algún detalle. "¿Te daba la señora
fulana de tal un vaso de leche antes de dormirte?" El niño puede sentir
alivio al contestar que no y complacer así a su madre sin tener que
mentir. El niño se ve envuelto en un conflicto de lealtades, y se
siente desconcertado. ¿Qué es mejor, estar en casa o lejos de ella? En
algunos casos, la defensa contra ese mismo conflicto ha sido preparada
mediante un rechazo de la comida en el hogar, en el campo, durante los
primeros y los últimos días de su estada allí. Si la madre muestra
considerable alivio, el niño siente la tentación de agregar unos pocos
detalles fabricados por su imaginación.

La madre
comienza entonces a sentir realmente que ha habido un cierto descuido,
y presiona al niño para obtener más información. Ahora la tensión crece
cada vez más, y el niño prácticamente no se atreve a examinar sus
propias afirmaciones. Es menos peligroso aferrarse a unos pocos
detalles y repetirlos cada vez que surge el tema. Y así la desconfianza
de la madre aumenta hasta que termina por presentar una queja.

Esta
difícil situación tiene dos fuentes de origen; el niño siente que sería
desleal contar que ha estado alegre y bien alimentado, y la madre
abriga la esperanza de que su competidora no pueda ni siquiera
compararse con ella. Hay momentos en que resulta fácil establecer un
círculo vicioso de desconfianza por parte del progenitor real y de
resentimiento por parte de la madre circunstancial. Cuando pasa ese
momento, queda abierto el camino para la amistad y la comprensión entre
esas rivales en potencia.

Todo esto quizás le parezca
muy absurdo a un observador, que puede darse el lujo de ser razonable,
pero la lógica (o el razonamiento que niega la existencia o la
importancia de los sentimientos y conflictos inconscientes) no basta
cuando una madre debe separarse de su hijo. Aunque una madre deprivada
desee realmente cooperar con el proyecto, tales sentimientos y
conflictos inconscientes deben tenerse en cuenta.

Entre
un momento de desconfianza y otro, las madres tienden con igual
facilidad a sobreestimar la bondad y la responsabilidad de los hogares
circunstanciales, y a creer que sus hijos están a salvo y bien cuidados
sin conocer los hechos reales. Así trabaja la naturaleza humana.
Probablemente nada despierte tanto los celos maternos como el cuidado
excepcional. Puede ocultar sus celos incluso de sí misma, pero así como
tiene razones para preocuparse por la posibilidad de que descuiden a su
hijo, tiene iguales motivos de preocupación en el sentido de que su
hijo se acostumbre a situaciones que no pueden mantenerse a su regreso.
Ello ocurre sobre todo cuando esa situación es sólo un poco mejor que
la hogareña, pues si su hogar temporario es un castillo, toda la
experiencia ingresa al mundo de los sueños.

El siguiente incidente revela la forma en que las pequeñas cosas pueden magnificarse.

Una
madre se quejó de una madre circunstancial, y resultó que la queja
consistía tan sólo en que esta última era generosa y propietaria de una
confitería, mientras que la madre verdadera no sólo carecía de los
medios para comprar al niño muchas golosinas, sino que también se las
limitaba por temor a que se le arruinara la dentadura.

Estos
problemas no son distintos de los de la vida diaria. Cuando un pariente
o un amigo se muestra muy generoso con un niño, la madre sufre al verse
obligada a adoptar un papel estricto e incluso cruel, y la situación
hogareña suele aliviarse cuando el niño encuentra una actitud firme en
otra parte.

Es obvio que no resulta prudente enterar
a una madre de la maravillosa comida que el niño recibe en otro lado, y
de todas las otras ventajas especiales que el hogar temporario puede
tener con respecto al verdadero. Tampoco tiene sentido decir (sobre
todo cuando es cierto) que el niño es más feliz fuera del hogar. De
hecho, puede haber mucho de oculta sensación de triunfo en tales
comentarios.

Con todo, los padres esperan y, sin
duda, deben recibir informes, escritos sin intención de triunfo y con
el objeto de permitirles seguir compartiendo la responsabilidad por el
bienestar de sus hijos. Si no se mantiene el contacto, la imaginación
comienza a suplir los detalles sobre una base fantástica.

En
un estudio más detallado de la madre deprivada, es necesario ir más
allá de lo que cabe esperar que ella sepa sobre sí misma. Algo
importante que se debe tener en cuenta es que una madre no sólo desea
tener hijos, sino que los necesita. Cuando comienza a formar una
familia, la madre organiza sus ansiedades, as¡ como sus intereses, a
fin de poder movilizar todo lo posible su impulso emocional con vistas
a ese fin. Considera valioso el verse permanentemente molestada por las
ruidosas necesidades de sus hijos, y esto es cierto aunque se queje
abiertamente de que sus lazos familiares son una molestia.

Quizás
nunca haya pensado en este aspecto de su experiencia maternal hasta
que, cuando los chicos ya no están, se encuentra por primera vez
poseedora de una cocina tranquila, al mando de un navío sin
tripulación. Aunque su personalidad tenga la flexibilidad suficiente
como para permitirle adaptarse a esa nueva situación, este
desplazamiento de sus intereses requiere tiempo.

Quizás
se tome unas breves vacaciones de sus hijos sin necesidad de
reorganizar sus intereses vitales; pero hay un período más allá del
cual no puede ir sin tener algo o alguien que le parezca digno de
cuidar, e incluso de muchos sacrificios; también comienza a buscar
alguna otra manera de ejercer poder en forma útil.

En
las situaciones corrientes, la madre se acostumbra gradualmente a
intereses nuevos a medida que los hijos crecen,, pero en la época
actual de guerra se pide a las madres que pasen por este difícil
proceso en unas pocas semanas. No es de extrañar que a menudo fracasen
y lleguen a deprimirse o bien insistan absurdamente en el retorno de
sus hijos.

Este mismo problema presenta otro aspecto.
Las madres pueden tener una dificultad similar para recibir a sus
chicos de vuelta, después de haber reorganizado sus intereses y
ansiedades para hacer frente a la experiencia de la paz y la
tranquilidad hogareña. También aquí es necesario tener en cuenta el
factor tiempo. Esta segunda reorganización puede resultar más difícil
que la primera, porque después del regreso de los chicos, habrá un
período, por breve que sea, en el que la madre deberá fingir ante sus
hijos que está preparada para ellos, y que los necesita tanto como
antes de su alejamiento; y tendrá que fingir porque, al principio, no
se sentirá en condiciones de recibirlos. Necesita tiempo para adaptar
sus pensamientos, así como los arreglos exteriores en el hogar, a su
regreso.

En primer lugar, los niños realmente han
cambiado, son mayores y han tenido nuevas experiencias; y también ella
ha tenido toda clase de ideas sobre ellos mientras estuvieron lejos, y
necesita vivir con ellos algún tiempo antes de poder llegar a
conocerlos tal como realmente son.

Ese temor a tener
que hacer una adaptación profunda y penosa, con el riesgo de fracasar
en el intento, impulsa a las madres a arrancar a sus hijos de los
hogares circunstanciales, cualesquiera sean los sentimientos de quienes
han hecho todo lo posible por el bien de esos niños. Es como si las
madres estuvieran en un juego en el que hubieran sido robadas, y en el
que su claro deber consiste en rescatar a los niños de manos de una
bruja; como salvadoras vuelven a sentirse seguras de la existencia y de
la fuerza de su propio amor.

También habría que
describir las actitudes especiales de madres más anormales. Hay un tipo
de madre que piensa que su hijo sólo es bueno cuando ella lo controla
personalmente. Incapaz de reconocer las cualidades positivas innatas
del niño, previene a los futuros padres circunstanciales en cuanto a
las posibles dificultades, y queda atónita cuando se entera de que el
niño se comporta normalmente. Hay otro tipo de madre que habla mal de
su hijo, tal como un artista se muestra despectivo para con su obra y
es, por lo tanto, la persona menos indicada en el mundo para venderla.
Esa madre, como el artista, teme tanto el elogio como la crítica, y
evita esta última mediante la propia subestimación de su obra.

Resumen

Dentro
de los límites de este artículo, he tratado de mostrar que cuando un
niño es alejado de sus padres surgen sentimientos muy intensos.

Quienes
se ocupan de los problemas relativos a la evacuación de niños deben
tener en cuenta los problemas de las madres tanto como los de las
madres circunstanciales, si aspiran a comprender las consecuencias de
lo que hacen.

Cuidar de niños ajenos puede ser una
tarea difícil y exigente, y puede vivirse como una tarea de guerra.
Pero el simple hecho de verse privada de los propios hijos es una tarea
de guerra muy poco satisfactoria, que no puede atraer a ningún
progenitor, y que sólo puede tolerarse si se aprecia debidamente las
posibilidades de peligro.

Por esa razón es necesario hacer un verdadero esfuerzo por descubrir cómo se siente una madre privada de su hijo.

Notas:

(1) Deprivada debe entenderse como privada del afecto y contacto de sus hijos.