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Estudio del psicoanálisis y psicología

La posición depresiva en el desarrollo emocional normal 1954


La posición depresiva en el desarrollo emocional normal 1954

Escrito leído ante la Sociedad Psicológica Británica,

Sección Médica, febrero de 1954, Brit. J. Med. Psychol., vol. XXVIII, 1955.

Esto
es un intento de dar una visión personal del concepto de Melanie Klein
de la posición depresiva. Para ser justo con Klein, deseo decir que no
fui analizado por ella ni conocí a nadie que lo fuese. Me sentí atraído
al estudio de su obra por el valor que la misma tenía en mi labor con
niños y recibí su enseñanza de ella entre 1935 y 1940 en la supervisión
de casos. La versión de la propia Melanie Klein se hallará en sus
escritos (1935, 1940).

La palabra «normal» que
aparece en el título es importante. El complejo de Edipo caracteriza al
desarrollo sano o normal de los niños, y la posición depresiva
constituye una fase normal del desarrollo de los niños sanos (y lo
mismo sucede con la dependencia absoluta, o narcisismo primario, que es
una fase normal del niño sano en el comienzo o cerca del comienzo de la
vida).

Lo que pondré de relieve es la posición depresiva en el desarrollo emocional en lo que tiene de logro positivo.

Uno
de los rasgos de la posición depresiva estriba en que es aplicable a
una zona de la psiquiatría clínica que se encuentra a medio camino
entre el lugar de origen de la psiconeurosis y el de la psicosis.

El
niño (o el adulto) que haya alcanzado la capacidad para las relaciones
interpersonales que caracteriza la salud del pequeño, y para el cual
sea posible el análisis corriente de las infinitas variaciones de las
relaciones humanas triangulares, habrá pasado y superado la posición
depresiva.

Por el contrario, el niño (o el adulto)
que se preocupe principalmente por los problemas innatos de la
integración de la responsabilidad así como con la iniciación de una
relación con el medio, todavía no habrá llegado a la posición depresiva
de su desarrollo personal.

Hablando en términos de
medio, el niño que da los primeros pasos se encuentra inserto en una
situación familiar, viviendo una vida instintiva dentro del marco de
las relaciones interpersonales. El bebé, por su parte, es sostenido por
una madre que se adapta a las necesidades del yo. Entre uno y otro se
halla el niño pequeño que está llegando a la posición depresiva. Este
niño pequeño es sostenido por la madre, la cual seguirá sosteniéndole
durante una fase de su vida. Se observará que el factor tiempo acaba de
entrar en escena. La madre sostiene la situación de tal manera que el
pequeño tenga oportunidad de preelaborar las consecuencias de las
experiencias instintivas; como veremos, la preelaboración es comparable
desde todo punto de vista con el proceso digestivo y es comparablemente
compleja.

La madre sostiene la situación, y lo hace
una y otra vez, en un crítico período de la vida del pequeño. La
consecuencia es que es posible hacer algo sobre algo. La técnica de la
madre permite al pequeño resolver el amor y el odio que en él
coexisten, interrelacionarlos y someterlos gradualmente a un control
procedente de dentro de una forma sana ( 1 ).

Piensen
en un niño a la edad del destete. El momento en que el destete se lleva
a cabo varía según el patrón cultural, pero para mí la edad del destete
es aquella en la que el pequeño empieza a ser capaz de jugar a dejar
caer cosas. El juego de dejar caer cosas empieza en algún momento
situado cerca de los cinco meses, constituyendo un rasgo regular hasta
el año o año y medio de edad. Así, pues, pensemos en un niño pequeño
que haya desarrollado el arte de dejar caer cosas, digamos a los
diecinueve meses de edad (véase Freud, 1920, y también el capítulo 2 de
la segunda parte).

La posición depresiva constituye
un logro perteneciente a la edad del destete. Si todo marcha bien, la
posición depresiva se alcanza y se instaura cerca de la segunda mitad
del primer año. A menudo tarda mucho más en instaurarse, incluso dentro
de un desarrollo más o menos sano. Sabemos también que en muchos niños
y adultos sometidos a análisis, el acercamiento a la posición depresiva
constituye un rasgo importante del análisis, un rasgo que indica
progreso y al mismo tiempo entraña un fallo anterior en esta fase del
desarrollo. No hace falta determinar una edad concreta. Tal vez haya
niños que alcancen la posición depresiva antes de los seis meses, o
quizás antes incluso. Semejante logro sería un indicio favorable, pero
no implicaría la instauración de dicha posición. Si me encuentro con un
analista que tiene demasiadas pretensiones acerca de la posición
depresiva en el desarrollo propio de los primeros seis meses, me siento
inclinado a comentar que es una lástima echar a perder un concepto tan
valioso sólo porque sea difícil creer en él.

El
motivo por el cual no busco esta fase durante los primeros seis meses
no estriba en que piense que la primera infancia transcurre sin
incidentes. ¡Lejos de ello! Es mucho lo que depende del mismísimo
comienzo, incluso de antes del nacimiento; pero dudo que sea algo de
tanta complejidad como la de la posición depresiva, como por ejemplo la
retención de una angustia y una esperanza durante un período de tiempo.
Sin embargo, si se llega a demostrar que el bebé puede alcanzar la
posición depresiva durante la primera semana de vida, no me inquietaré
por ello. Mientras tanto, la posición depresiva sigue siendo algo que
corresponde a los seis primeros meses o al primer año y que constituye
una creciente prueba del desarrollo personal, desarrollo que depende de
un medio ambiente sensible y continuado.

Nos es
posible enunciar las condiciones previas para el logro de la posición
depresiva. Tenemos mucha experiencia práctica a la que recurrir debido
a las veces que hemos visto cómo los pacientes, de todas las edades,
alcanzan esta fase del desarrollo emocional bajo las condiciones de un
análisis que va por buen camino. Para poder llegar a la posición
depresiva es necesario haber superado las primeras fases, ya sea en la
vida real, ya en el análisis, o en ambos. Para alcanzar dicha posición
el bebé debe estar ya instaurado en calidad de persona completa
relacionada con otras personas completas. En este contexto cuento con
el pecho como persona completa, ya que, a medida que el bebé va
convirtiéndose en persona completa, percibe como tal el pecho de la
madre, su cuerpo, etc.

Si damos por sentado todo lo
que haya sucedido antes, podemos decir, al hablar de un bebé completo
que se relaciona con una madre completa, que el camino ya está
preparado para la consecución de la posición depresiva. En el caso de
que no sea posible dar por sentados estos factores, entonces nada de lo
que pueda decir acerca de la posición depresiva tendrá valor. El niño
se las arregla sin ella, como hacen muchos. De hecho, en los tipos
esquizoides a veces la posición depresiva no es significativa, por lo
que es necesario recurrir a la explotación de la recreación a falta de
lo que se denomina «reparación y restitución». Sé de analistas que
buscaban la posición depresiva en pacientes que carecían de las
condiciones previas. Es, por supuesto, bastante patético ser testigo de
un fracaso; y la conclusión resultante en el sentido de que la posición
depresiva es un falso concepto no resulta demasiado convincente. A la
inversa, hay analistas que tratan de demostrar la posición depresiva
cuando no es esto lo principal en el análisis de pacientes que ya la
han alcanzado al lograr su condición unitaria en la infancia.

Si
en el desarrollo de un bebé podemos dar por sentado que éste se siente
persona completa, también podemos dar por sentado que el bebé vive en
el cuerpo. Este detalle es importante, pero no puedo desarrollar el
tema aquí.

Así, pues, aquí tenemos una persona, un
bebé humano completo, y una madre que sostiene la situación y permite
al niño preelaborar ciertos procesos que describiré posteriormente.

Primero, sin embargo, debo hacer algunas observaciones acerca del término «posición depresiva».

El
término «posición depresiva» no es adecuado para un proceso normal,
pero nadie ha sido capaz de inventar uno mejor. Mi propia sugerencia
consiste en que debería denominarse la fase de la inquietud, pues creo
que el término explica fácilmente el concepto. La misma Melanie Klein
utiliza la palabra «inquietud» en sus propias descripciones. No
obstante, este término descriptivo no abarca la totalidad del concepto,
por lo que me temo que el nombre original seguirá vigente.

A
menudo se ha señalado que para la descripción de un proceso normal no
debería emplearse un término que entraña enfermedad. El término
posición depresiva parece implicar que los niños sanos pasan por una
etapa de depresión o enfermedad anímica. De hecho no es esto lo que se
quiere decir.

Cuando Spitz (1946) descubre y describe
la depresión en niños que se ven privados de los buenos cuidados de
costumbre, tiene razón al decir que esto no es un ejemplo de la
posición depresiva; en realidad no tiene nada que ver con ella. Los
bebés descritos por Spitz están despersonalizados y se sienten
impotentes acerca de los contactos externos Y en esencia carecen de las
condiciones previas para el logro de la posición depresiva.

El
concepto de posición depresiva dentro del desarrollo normal no implica
que los niños se depriman normalmente. La depresión, por muy común que
sea, es un síntoma de enfermedad e indica un estado anímico y entraña
unos complejos que podrían hacerse inconscientes. Los procesos
inconscientes tienen que ver con los sentimientos de culpabilidad y
éstos corresponden al elemento destructivo inherente al amor. La
depresión, en tanto que trastorno afectivo, no es inanalizable ni un
fenómeno normal.

Entonces, ¿qué es esto que llamamos «posición depresiva»?

Existe
una forma útil de enfocar el problema que empieza con la palabra
«cruel». Al principio, el pequeño es cruel (desde nuestro punto de
vista); carece todavía de la inquietud acerca de los resultados del
amor instintivo ( 2 ). Originariamente, este amor es una forma de
impulso, de gesto, de contacto, de relación, y produce en el pequeño la
satisfacción de la autoexpresión, liberándole de la tensión instintiva;
es más, hace que el objeto se coloque fuera del ser.

Hay
que tener presente que el pequeño no se siente cruel, pero al mirar
hacia atrás (cosa que sucede en las regresiones) el individuo puede
decir: «¡Qué cruel era entonces!». Se trata de una fase de
precompasión.

En un momento u otro del desarrollo de
todo ser humano normal se pasa de la precompasión a la compasión. Nadie
lo pone en duda. Lo único que cabe preguntarse es cuándo, cómo y en qué
condiciones sucede esto. El concepto de la posición depresiva
constituye un intento de contestar a estas tres preguntas. De acuerdo
con este concepto, el paso de la crueldad a la compasión se produce
gradualmente, bajo ciertas condiciones definidas de maternalización,
durante el período comprendido entre los cinco y los doce meses, y su
instauración no es necesariamente definitiva hasta una fecha muy
posterior. Además, en el análisis es posible comprobar que el citado
cambio no se ha producido jamás.

La posición
depresiva, pues, es una cuestión compleja, un elemento inherente a un
fenómeno no controvertible: el de que cada individuo surge de la
precompasión para meterse en la compasión o inquietud.

La función del medio ambiente

Nos
hallamos examinando la psicología de la fase inmediatamente posterior a
la consecución del estado unitario por parte del nuevo ser humano. Que
quede entendido que deliberadamente omito todo cuanto precede a la
consecución del citado estado. Sin embargo, quiero hacer la observación
de que cuanto más se retrocede, más se ve que es cierto que no tiene
sentido hablar del individuo sin postular al mismo tiempo una
adaptación suficiente del medio a las necesidades del individuo.

En
la fase más precoz se llega incluso a la posición en la que sólo el
observador es capaz de distinguir el individuo del medio (narcisismo
primario); el individuo no quede hacerlo, por lo que es conveniente
hablar de una organización medio-individuo más que de un individuo a
secas.

Una vez alcanzado el estado de unidad, el
desarrollo ulterior sigue dependiendo de la estabilidad ;y sencillez
segura del medio.

La madre tiene que ser capaz de
combinar dos funciones y de persistir con ellas, de manera que el
pequeño puede gozar de la oportunidad de utilizar este marco
especializado. La madre se ha estado adaptando a las necesidades del
pequeño mediante su técnica para el cuidado del mismo (véase A. Freud,
1953), y el pequeño ha llegado a identificar esta técnica con la madre,
como parte de ella, al igual que su rostro, su oreja, el collar que
lleva al cuello y sus actitudes variables (que son afectadas por la
prisa, la pereza, la angustia, la preocupación, la excitación, etc.).
La madre ha sido amada por el pequeño como la persona que incorpora
todo esto. Aquí podemos hablar del afecto o cariño, y son estas
cualidades de la madre las que son incorporadas en el objeto que tantos
niños manosean y abrazan.

Al mismo tiempo, la madre
ha recibido una serie de asaltos durante las fases de tensión
instintiva. Como se verá, hago una distinción en las funciones de la
madre según el bebé esté quieto o excitado. La madre tiene dos
funciones que corresponden a los estados de tranquilidad y de
excitación del pequeño.

Al final todo queda dispuesto
para que en la mente del pequeño se junten estas dos funciones de la
madre. Es precisamente aquí donde cabe que surjan grandes dificultades.
Melanie Klein las estudió en sus trabajos, que en ningún otro campo
fueron tan ricos y productivos.

El bebé humano no
puede aceptar que su madre, tan valorada en las fases de tranquilidad,
sea la misma persona que será y ha sido cruelmente atacada en las fases
de excitación.

El pequeño, al ser una persona
completa, es capaz de identificarse con la madre, pero para él todavía
no hay una clara distinción entre lo que se pretende y lo que realmente
sucede. Las funciones y sus elaboraciones imaginativas todavía no están
claramente separadas en hechos y fantasías. Resulta pasmoso ver lo que
debe hacer el bebé más o menos en esta época. Veamos qué sucede si la
madre «tranquila» sostiene la situación a tiempo, de manera que el bebé
puede experimentar relaciones «excitadas» y enfrentarse a sus
consecuencias.

Hablando del modo más sencillo
posible, el bebé excitado, que a duras penas sabe lo que está
sucediendo, se deja llevar por los crudos instintos e ideas que
corresponden a los mismos.

(Debemos dar por sentado
que se le ha alimentado satisfactoriamente, o bien que ha vivido otra
experiencia instintiva igualmente satisfactoria.)

Llega
el momento en que el pequeño debe ver que la misma madre ofrece dos
posibilidades de uso completamente distintas. Ha surgido un nuevo tipo
de necesidad basado en el impulso y en la tensión instintiva, una
necesidad que busca alivio y que entraña un punto culminante u orgasmo.
Allí donde exista una experiencia orgásmica debe existir necesariamente
un aumento del dolor ante la frustración. Tan pronto como la excitación
haya empezado y la tensión haya subido, el riesgo habrá hecho su
aparición.

Pienso que tenemos que hacernos cargo de
que es mucho lo que hay que experimentar antes de alcanzar el pleno
significado de lo que esto implica ( 3 ).

Como he
dicho, son dos las cosas que suceden. Una consiste en la percepción de
la identidad de los dos objetos: la madre de las fases tranquilas y la
madre utilizada e incluso atacada en el clímax instintivo. La otra
estriba en el comienzo del reconocimiento de la existencia de ideas,
fantasía, elaboración imaginativa de la función, la aceptación de ideas
y de fantasías relacionadas con hechos pero que no deben confundirse
con éstos.

Tal progresión compleja del desarrollo
emocional del individuo no es posible sin la ayuda de un medio ambiente
suficientemente bueno, representado aquí por la supervivencia de la
madre. Hasta que el niño haya recogido material mnémico no habrá lugar
para la desaparición de la madre ( 4 ).

Según yo la
veo, la teoría de Klein postula que el individuo humano no puede
aceptar el crudo hecho de la relación excitada o instintiva, incluso el
asalto a ella, con la madre «tranquila». La integración, en la mente
del pequeño, de la escisión de ambos medios, el de los cuidados y el
excitante (es decir, los dos aspectos de la madre) no puede hacerse
salvo por medio de una maternalización suficiente y la supervivencia de
la madre durante un período de tiempo.

Pensemos ahora
en un día en que, con la madre a cargo de la situación, el bebé, en
algún momento del día, ha vivido una experiencia instintiva. En
beneficio de la sencillez, daré por sentado que tal experiencia es la
de la nutrición, toda vez que en realidad ésta es la base de toda la
cuestión. Se produce un ataque cruel y de índole caníbal que se
manifiesta parcialmente en el comportamiento físico del bebé y que en
parte corresponde a la elaboración imaginativa que de la función física
hace el propio bebé. Éste ata cabos y empieza a ver que la respuesta es
una y no dos. La madre de la relación dependiente (anaclítica) es,
asimismo, el objeto del amor instintivo (biológicamente impulsado).

El
bebé se siente engañado por la misma nutrición; la tensión instintiva
desaparece y el bebé se siente a la vez satisfecho y engañado. Con
demasiada facilidad se cree que al ser alimentado el pequeño se siente
satisfecho y con ganas de dormir. A menudo el engaño va seguido por la
aflicción, especialmente si la satisfacción física despoja al niño de
su gusto con demasiada rapidez.

Entonces el pequeño
se queda con lo siguiente: una agresión no liberada debido a que en el
proceso nutritivo no se empleó suficiente erotismo muscular o impulso
primitivo (o movilidad); o con un sentimiento de «fracaso» al haber
desaparecido súbitamente una fuente del gusto por la vida, sin que el
pequeño sepa si va a volver. Todo esto aparece claramente en la
experiencia clínica analítica y cuando menos, no se contradice con la
observación directa de niños.

Sin embargo, no podemos
afrontar demasiadas complicaciones simultáneamente. Demos por sentado
que el bebé experimentó una descarga instintiva. La madre sostiene la
situación y el día sigue su curso, y el niño se da cuenta de que la
madre «tranquila» no sólo participó en la experiencia instintiva sino
que también sobrevivió a ella. Esto se repite un día tras otro y a la
larga hace que el niño se dé cuenta de la diferencia entre la realidad
y la fantasía, o entre la realidad externa y la interna.

Angustia depresiva

Seguidamente
debo describir una cuestión más completa. La experiencia instintiva da
al pequeño dos tipos de angustia. El primero es el que ya he descrito:
angustia acerca del objeto del amor instintivo. La madre no es la misma
después que antes. Si queremos podemos recurrir a las palabras para
describir lo que siente el pequeño y lo que dice: hay un agujero, donde
antes había un cuerpo rico y completo. Hay otras muchas maneras de
expresar esto, según la forma en que permitamos al niño tener unas
cuantas semanas más y tener unas ideas más complejas.

La
otra angustia corresponde al propio interior del pequeño. Éste ha
vivido una experiencia y no siente lo mismo que antes. Sería
perfectamente legítimo comparar esto con el cambio para mejorar o
empeorar que efectúa el adulto después de la experiencia sexual.
Recuerden que en todo momento la madre está sosteniendo la situación.
Ahora debemos estudiar detalladamente los fenómenos personales e
interiores del pequeño.

Sigamos utilizando la
experiencia nutritiva ( 5 ). El niño absorbe alimento, que será bueno o
malo según haya sido ingerido durante una experiencia instintiva
satisfactoria o durante una experiencia complicada por la ira excesiva
ante la frustración. Cierto grado de ira ante la frustración es, por
supuesto, parte esencial hasta de la experiencia satisfactoria.

Aquí
simplificaré en extremo el fenómeno interior, pero más adelante volveré
a realizar una valoración más fidedigna de la fantasía que se forja el
pequeño acerca del interior del self, con sus fuerzas contrapuestas y
sus sistemas de control.

Podemos hablar de las ideas
del pequeño acerca de su interior porque hemos postulado el hecho de
que el pequeño ha alcanzado su estado de unidad; el niño ya se ha hecho
una persona con una membrana limítrofe, con un interior y un exterior.

Para
nuestros fines presentes, este pequeño, después de ser alimentado,
aparte de sentir aprensión en torno al agujero imaginario en el cuerpo
de la madre, se ve también sumamente atrapado en la lucha que se
desarrolla dentro de su self, lucha en la que contienden lo que es
percibido como bueno, es decir, lo que es apoyo del self, y lo que se
percibe como malo, es decir, lo que resulta persecutorio para el self.

Se
ha creado un complejo estado de cosas en el interior, y al niño sólo le
cabe esperar el resultado, exactamente del mismo modo que, después de
comer, hay que esperar el resultado de la digestión.

Sin
duda se produce una diferenciación silenciosa que se desarrolla a su
propio ritmo. Totalmente aparte del control intelectual y con arreglo a
los patrones personales que gradualmente se van desarrollando, los
elementos de apoyo y persecutorios se interrelacionan hasta que se
alcanza cierto equilibrio, como resultado del cual el pequeño retiene o
elimina, de acuerdo con su necesidad interior. Junto con la
eliminación, el pequeño una vez más adquiere cierto control, ya que la
eliminación implica una vez más a las funciones corporales ( 6 ).

Pero
mientras en el proceso físico de la digestión vemos solamente la
eliminación del material inservible, en el proceso imaginativo la
eliminación posee un potencial bueno y malo a la vez.

Premeditadamente
no haré ninguna referencia a las experiencias anales y uretrales en
tanto que tipos de satisfacción por derecho propio, ya que lo hago en
otro lugar. En el presente contexto, las experiencias anales y
uretrales constituyen la parte eliminativa del proceso ingestivo y
digestivo global.

Durante todo el tiempo la madre se
halla sosteniendo la situación. Así, el día va avanzando, la digestión
física y también la correspondiente preelaboración van teniendo lugar
en la psique. Esta preelaboración lleva tiempo y lo único que puede
hacer el pequeño es esperar el resultado rindiéndose pasivamente a todo
cuanto sucede en el interior ( 7 ). En estado de salud, este mundo
interior personal se convierte en el núcleo infinitamente rico del
self.

Al finalizar este día, en la vida de cualquier
pequeño sano, a resultas del trabajo interior que haya hecho, puede
ofrecer bondad y maldad. La madre coge lo bueno y lo malo y se la
supone capaz de distinguir lo que se le ofrece de bueno y lo que se le
ofrece de malo. He aquí el primer acto de dar, sin el cual no existe un
verdadero acto de recibir. Todas estas cuestiones son muy prácticas en
el cuidado cotidiano de niños y, a decir verdad, en el análisis.

El
niño que recibe la bendición de una madre que sobrevive, de una madre
que sabe reconocer un gesto obsequioso cuando le es ofrecido, se halla
ahora en condiciones de hacer algo con respecto al agujero antes
citado, el que hay en el pecho o en el cuerpo de la madre y que ha sido
hecho imaginativamente en el momento instintivo originario. Aquí
podemos emplear las palabras “reparación” y “restitución”, palabras que
tanto significan en el marco apropiado, pero que fácilmente quedan
reducidas a meras fórmulas si se utilizan con demasiada desaprensión.
El gesto obsequioso puede alcanzar el agujero si la madre desempeña su
papel.

Podrán ver por qué he insistido en la importancia de que la madre sostenga una situación en el tiempo.

Ahora se ha organizado un círculo benigno. Entre las complicaciones podemos organizar las siguientes:

Una relación entre el pequeño y la madre que se ve complicada por la experiencia instintiva.

Una tenue percepción del efecto (el agujero).

Una preelaboración interior: la clasificación de los resultados de la experiencia.

Una capacidad para dar, debida a la clasificación de lo bueno y de lo malo que hay dentro.

Reparación.

El
resultado del refuerzo que día tras día va recibiendo el círculo
benigno estriba en que el pequeño se hace capaz de tolerar el agujero
(el resultado del amor instintivo). He aquí, pues, el principio del
sentimiento de culpabilidad. Ésta es la única culpabilidad verdadera,
ya que la impuesta es falsa para el self. La culpabilidad empieza al
unir a las dos madres, al unir el amor tranquilo y el excitado, el amor
y el odio. Es un sentimiento que va creciendo gradualmente hasta
convertirse en una fuente, sana y normal, de actividad en las
relaciones. Se trata de una fuente de potencia y de aportación social,
así como de ejecución artística (pero no del arte propiamente dicho,
cuyas raíces se hallan a un nivel más profundo).

La
grandísima importancia de la posición depresiva es, por lo tanto,
evidente, y la aportación kleiniana al psicoanálisis constituye en este
aspecto una verdadera aportación a la sociedad, así como al cuidado y
educación de los niños. El niño sano posee una fuente personal de
sentimiento de culpabilidad y no es necesario enseñarle a sentirse
culpable o inquieto. Por supuesto, cierto número de niños no gozan de
este estado de salud, no han alcanzado la posición depresiva y es
necesario enseñarles el sentido de lo que está bien y lo que está mal.
Esto es el corolario de la primera afirmación. Pero, cuando menos en
teoría, cada niño cuenta con el potencial para el desarrollo del
sentimiento de culpabilidad. Clínicamente, vemos niños que carecen de
tal sentimiento, pero no existe ningún niño humano que sea incapaz de
encontrar un sentimiento personal de culpabilidad si se le da la
oportunidad, antes de que sea demasiado tarde, para la consecución de
la posición depresiva. En los casos límite vemos realmente cómo esto
tiene lugar fuera del análisis; por ejemplo, en la observación de niños
antisociales a los que se cuida en las escuelas para niños llamados
«inadaptados».

En el funcionamiento del círculo
benigno, la inquietud se hace tolerable para el pequeño al darse éste
cuenta gradualmente de que es posible hacer algo con respecto al
agujero y de los diversos efectos del impulso del ello en el cuerpo de
la madre. Así, el instinto se hace más libre y es posible correr más
riesgos. Se genera una mayor cantidad de culpabilidad, pero asimismo se
intensifica la experiencia instintiva con su elaboración imaginativa,
de manera que se produce un mundo interior más rico, seguido a su vez
por un mayor potencial de reparación.

Esto lo vemos
una y otra vez en el análisis, cuando se alcanza la posición depresiva
en el marco de la transferencia. Vemos una expresión de amor seguida
por la angustia en torno al analista y por temores hipocondríacos. O,
si no, vemos, más positivamente, una liberación del instinto y un
desarrollo que conduce a la riqueza de la personalidad, así como a un
aumento en la potencia o en el potencial general para la aportación
social.

Parece ser que al cabo de un tiempo el
individuo es capaz de edificar recuerdos de las experiencias que
percibiera como buenas, de tal manera que la experiencia de la madre
sosteniendo la situación pasa a formar parte del self, a ser asimilada
en el yo. De esta manera, la madre real se va haciendo paulatinamente
menos necesaria. El individuo adquiere un ambiente interior. De esta
manera el pequeño es capaz de encontrar nuevas experiencias
sostenedoras de la situación y con el tiempo puede hacerse cargo de la
función de ser la persona que sostiene la situación en beneficio de
otra persona, sin resentimiento.

Son notables algunas de las cosas que surgen de este concepto del círculo benigno de la posición depresiva:

1.
Cuando el círculo benigno se rompe, y la madre sostenedora de la
situación deja de ser un hecho, entonces el proceso se deshace; al
principio el resultado consiste en la inhibición de los instintos y en
un empobrecimiento personal generalizado, luego también se pierde la
capacidad para el sentimiento de culpabilidad. El sentimiento de
culpabilidad puede ser recuperado, pero sólo por medio de la
reinstauración de la existencia de una madre que sostiene la situación
y es lo suficientemente buena. Sin sentimiento de culpabilidad el niño
puede proseguir las satisfacciones sensuales de los instintos, pero
pierde la capacidad para los sentimientos afectuosos.

2.
Durante un largo tiempo el niño pequeño necesita de alguien que no sólo
sea amado sino que además acepte la potencia (se trate de un chico o de
una chica) en términos de un dar que sea reparativo y restitutivo.
Dicho de otro modo, el niño pequeño debe seguir teniendo oportunidad de
dar en relación con la culpabilidad propia de la experiencia
instintiva, ya que ésta es la forma de crecer. Hay aquí dependencia de
alto nivel, pero no se trata de la dependencia absoluta de las primeras
fases.

Este dar se expresa en los juegos, pero al
principio los juegos constructivos requieren la presencia cercana de la
persona amada, aparentemente implicada si no realmente apreciable en el
verdadero logro constructivo del juego. Síntoma evidente de que no se
comprende a los niños pequeños (o a los que necesitan una experiencia
regresiva que les cure) es la costumbre de los adultos de dar sin más,
sin ver la importancia que tiene el que reciban también.

3.
Si los fenómenos interiores causan problemas, el niño (o el adulto) «se
moja» en la totalidad del mundo interior y funciona a un bajo nivel de
vitalidad. El estado anímico es de depresión. En mi descripción ésta es
la primera vez que he establecido una relación íntima entre la palabra
«depresión» y el concepto de posición depresiva.

Las
depresiones que surgen clínicamente ante el psiquiatra son,
principalmente, no del tipo relacionado con la «posición depresiva»,
sino que están más asociadas con la despersonalización o la pérdida de
esperanza en relación a las relaciones objetales; o con un sentimiento
de futilidad resultante del desarrollo de un falso self. Estos
fenómenos pertenecen al período anterior a la posición depresiva en el
desarrollo individual.

La defensa maníaca

Al
enfrentarse con el estado anímico depresivo específicamente asociado
con las angustias de la posición depresiva, se produce la tristemente
célebre huida de la depresión que llamamos defensa maníaca. En la
defensa maníaca se niega todo lo que es serio. La muerte se convierte
en una exageración de la vida, el silencio en ruido, no hay aflicción
ni inquietud, ni trabajo constructivo ni descanso placentero. Ésta es
la formación de reacción relativa a la depresión, cuyo concepto es
necesario examinar por sí mismo. Clínicamente, su presencia implica que
se ha alcanzado la posición depresiva y que perdida ésta, antes que
perderse, se mantiene latente aunque negada.

El
diagnóstico más común en una clínica pediátrica es lo que yo solía
llamar (en 1930, antes de conocer las ideas de Klein) «inquietud
angustiosa común»; se trata de un estado clínico cuyo rasgo principal
es la negación de la depresión. A veces, se pasa por alto la enfermedad
de un niño porque se esconde tras la rapidez y la inquietud o
desasosiego propios de una vida joven. En su calidad de enfermedad, el
desasosiego angustioso común corresponde al estado hipomaníaco de los
adultos, que acarrea muchos y diversos trastornos psicosomáticos.

El desasosiego maníaco debe diferenciarse del desasosiego persecutorio y de la elación de la manía.

Examen del mundo interior

Aunque
con excesiva brevedad, vamos a examinar más detenidamente los fenómenos
del mundo interior. Se trata de un tema realmente amplio.

Se
recordará que deliberadamente simplifiqué en demasía al tratar la
posición depresiva en términos de nutrición y del alimento ingerido por
el pequeño durante la misma. Pero no se trata simplemente de una
cuestión de alimentos o de leche. Lo que nos interesa son las
experiencias instintivas de toda clase y los objetos «buenos» y «malos»
resultan ser sentimientos buenos y malos resultantes de la vida
instintiva del individuo, elaborados imaginativamente. Es necesario
efectuar un planteamiento más complejo aun tratándose de una breve
presentación como la presente.

El mundo interior del individuo se edifica con arreglo a tres principios fundamentales:

A. La experiencia instintiva.

B. Las materias incorporadas, retenidas o eliminadas.

C. Relaciones o situaciones completas introyectadas mágicamente.

De
estos tipos, el primero es fundamental para todos los seres humanos, y
siempre lo será. El mundo es más o menos parecido entre los pequeños de
todas partes, aunque, por supuesto, los observadores pueden percibir
diferencias (pecho, biberón, leche, plátanos, jugo de coco, cerveza,
etc.), según las costumbres predominantes en la cultura respectiva. El
tercero es esencialmente personal y pertenece al individuo en el marco
real, incluyendo acontecimientos con la madre, la niñera, la tía en la
casa, cabaña, tienda, con la realidad que verdaderamente se presenta.

Deberíamos
incluir la angustia, el estado anímico, la falta de confianza de la
madre, así como su buena maternalización. El padre participa
indirectamente como marido y directamente como sustituto de la madre.

A
fin de enlazar el mundo interior de la posición depresiva con la obra
de C. G. Jung y los psicólogos analíticos sobre los arquetipos, debemos
confinarnos al estudio del primer grupo. Lo que en él sucede es propio
de I- humanidad en general y aporta la base para lo que es común en los
sueños, el arte, la religión y los mitos del mundo, independientemente
del tiempo. De esto está hecha la naturaleza humana, pero sólo en la
medida en que el individuo haya llegado al logro de la posición
depresiva. Sin embargo, esto no es la totalidad del mundo interior del
niño v en nuestra labor clínica no podemos descuidar los otros dos
grupos.

Sea del tipo que sea lo que encontremos de
organización arquetípica en el mundo interior, debemos recordar que los
cambios terapéuticos permanentes sólo pueden ser producidos por nuevas
experiencias instintivas, y de éstas sólo podemos disponer cuando se
producen en la neurosis transferencial de un análisis; mostrándole a un
paciente que una fantasía es lo mismo en él que en la mitología, no
lograremos cambiar los arquetipos.

Al examinar el mundo interior de un individuo que haya alcanzado la posición depresiva vemos:

Fuerzas que contienden (grupo A).

Objetos o material objetal, buenos y malos (grupo B).

Buen material percibido, introyectado para el enriquecimiento personal y la estabilización (grupo C).

Mal material percibido e introyectado para ser controlado (grupo C).

Cuando
decimos que en la terapia los cambios reales con respecto a los grupos
A y B se producen en la labor de la transferencia, sabemos que una
secuencia ordenada está implícita, aunque reconozcamos su infinita
complejidad en un caso real, incluso cuando el paciente es un niño de
corta edad.

Es el análisis del sadismo oral en la
transferencia lo que económicamente aminora el potencial persecutorio
en el mundo interior del paciente.

Tipos de defensa

Una
de las defensas contra la angustia depresiva consiste en una inhibición
relativa del mismo instinto, lo cual da una disminución cuantitativa de
todas las secuelas de las experiencias instintivas.

En el mundo interior se emplean otros mecanismos de defensa, como por ejemplo:

Un
control global cada vez mayor (estado anímico depresivo).
Compartimentación. Aislamiento de ciertos agrupamientos persecutorios.
Encapsulación. Introyección de un objeto idealizado.

Ocultación secreta de cosas buenas. Proyección mágica de lo bueno. Proyección mágica de lo malo. Eliminación. Negación.

Repasar
este terreno es como repasar toda la gama de juegos infantiles; de
hecho es precisamente lo mismo, ya que todo ello aparece en los juegos.
Es demasiado fácil para el individuo obtener un alivio temporal de la
encapsulación de un agrupamiento persecutorio mediante la proyección
del mismo. El resultado, sin embargo, es un estado ilusorio al que
llamamos «locura», a menos que casualmente la realidad externa provea
un ejemplo perfecto del material que vaya a ser proyectado.

Hay
que citar una complicación más. Ya se habrán dado cuenta de que esta
edificación del mundo interior a través de innumerables experiencias
instintivas ha empezado mucho antes del período que estamos examinando.
Mucho antes de cumplir los seis meses, el bebé humano va formándose
partiendo de las experiencias que constituyen la vida de la infancia,
instintiva y no instintiva, excitada y tranquila. Basándose en esto
puede aducirse que algunas de las cosas de que les estoy hablando
arrancan del nacimiento o del período prenatal. Esto, sin embargo, no
representa llevar la misma posición depresiva hacia atrás, hasta
alcanzar estos primeros meses, semanas y días, ya que la posición
depresiva depende del desarrollo de un sentido del tiempo, de una
apreciación de la diferencia entre la realidad y la fantasía, y sobre
todo del hecho de la integración del individuo. Es muy difícil tener en
cuenta todas estas cosas, ver a la madre que sostiene la situación y al
bebé que realmente se aprovecha de este hecho, excepto en el caso de un
bebé que sea lo bastante mayor como para jugar a dejar caer cosas.

(Vi
a un pequeño de doce semanas que metía un dedo en la boca de su madre
cada vez que ésta le amamantaba. El pequeño estaba siendo
magníficamente cuidado y en la actualidad es uno de los niños de diez
años más sano que conozco. Resulta tentador decir que tal vez se
hallaba en la posición depresiva; pero hay que tener en cuenta todos
los extraños procesos de identificación y, además, no es corriente que
esta clase de cosas ocurran ya a las doce semanas y, mucho menos aún,
antes de esa edad. Debemos también tener en cuenta la integración
aparente que procede de unos cuidados dignos de confianza más que de la
verdadera consecución de la integración en el marco de la dependencia.)

Si uno empieza a investigar, no la posición depresiva,
sino el origen de los perseguidores así como de las fuerzas de apoyo
dentro del yo, entonces uno debe ir mucho más allá, retroactivamente,
que hasta la segunda mitad del primer año. Pero uno debe también
remontarse a la no integración, a una falta de sensación de vivir en el
cuerpo, a una difuminación de la línea que divide la fantasía de la
realidad y sobre todo, uno debe remontarse a la dependencia de la madre
que en todo momento está sosteniendo al pequeño, y a la larga a lo que
puede denominarse doble dependencia, donde la dependencia es absoluta
debido a que no se percibe el medio.

Sin embargo,
puedo prescindir de la psicología sumamente compleja de la primera
formación del elemento benigno y persecutorio y atenerme a mi primera
intención, es decir, empezar por el punto en que el individuo se
convierte en un todo, en una unidad, tratando entonces las cuestiones
importantes que inherentemente siguen a esa fase en la salud.

Reacción ante la pérdida

La
obra de Melanie Klein ha venido a enriquecer la comprensión que Freud
nos dio acerca de la reacción ante la pérdida. Si en un individuo la
posición depresiva ha sido alcanzada y plenamente instaurada, entonces
la reacción ante la pérdida consiste en aflicción o tristeza. Allí
donde haya un cierto fracaso de la posición depresiva, el resultado de
la pérdida es la depresión. El duelo significa que el objeto perdido ha
sido mágicamente introyectado y (tal como Freud demostró) se halla ahí,
sujeto al odio. Supongo que lo que se quiere decir es que se le permite
el contacto con los elementos persecutorios interiores.
Incidentalmente, esto turba el equilibrio de fuerzas en el mundo
interior, de tal manera que los elementos persecutorios son
incrementados mientras disminuyen las fuerzas benignas o de apoyo. Hay
una situación de peligro y el mecanismo de defensa consistente en un
amortecimiento general produce un estado anímico de depresión. La
depresión constituye un mecanismo curativo; cubre el campo de batalla
con una especie de neblina, permitiendo una clasificación a ritmo
lento, dando tiempo a que todas las defensas posibles entren en liza y
dando asimismo tiempo a una preelaboración, de manera que a la larga
pueda producirse una recuperación espontánea. Clínicamente, la
depresión (de esta clase) tiende a levantarse, lo cual es una
observación psiquiátrica muy conocida.

En el sujeto
cuya posición depresiva se halla firmemente instaurada se acumulan lo
que he dado en llamar «introyecciones del grupo C», o recuerdos de
experiencias buenas y de objetos amados, las cuales permiten al sujeto
seguir adelante incluso sin apoyo del medio ambiente. El amor por la
representación interna de un objeto perdido puede atemperar el odio del
objeto amado introyectado que la pérdida entraña. El duelo se
experimenta y se preelabora, en ésta y otras formas, y la aflicción
puede sentirse como tal.

El juego del niño
consistente en arrojar cosas a lo lejos, que ya he enfatizado, es
indicio de su creciente habilidad para dominar la pérdida y, por
consiguiente, una indicación para el destete. Este juego indica cierto
grado de introyección perteneciente al grupo C.

El concepto del «Pecho Bueno»

Finalmente, consideremos el término «pecho bueno».

Externamente,
el pecho bueno es aquel que, habiendo sido comido, espera ser
reconstruido. Dicho de otro modo, resulta no ser nada más ni nada menos
que la madre que sostiene la situación del modo que he descrito.

En
la medida en que el pecho bueno es un fenómeno interior (dando por
sentado que el individuo haya alcanzado la posición depresiva) debemos
aplicar nuestro principio de los tres agrupamientos a fin de comprender
el concepto.

Grupo A. No hay en este grupo lugar para
el empleo del término «pecho bueno». En su lugar nos referimos a una
experiencia arquetípica o a una experiencia instintiva satisfactoria.

Grupo
B. No hay aquí ningún pecho bueno reconocible va que, si es bueno,
habría sido comido y esperamos que gozado. No habrá ningún material
relacionado con el pecho y que pueda ser reconocido como tal. El niño a
medida que se hace mayor abandona este material y elimina lo que no le
es necesario o lo que percibe como malo.

Grupo C. Aquí podemos aplicar por fin el término «pecho interior bueno».

Los
recuerdos de las buenas experiencias sostenedoras de la situación
ayudan al niño a navegar con la marea durante los breves períodos en
los que la madre falla; asimismo, aportan la base primero para el
«objeto transicional» y luego para la conocida sucesión de sustitutos
del pecho y de la madre.

Quisiera añadir una
advertencia en el sentido de que la introyección de un pecho bueno es a
veces sumamente patológica, una organización de defensa. Entonces el
pecho es un pecho (madre) idealizado y esta idealización indica una
falta de esperanza con respecto al caos interior y a la crueldad del
instinto. Un pecho bueno basado en unos recuerdos seleccionados o en la
necesidad materna de ser buena aporta confianza. Semejante pecho
idealizado e introyectado domina la escena v todo parece ir bien para
el paciente. Pero no así para los amigos del paciente sin embargo, ya
que semejante pecho bueno e introyectado debe ser proclamado y el
paciente se convierte en abogado del «pecho bueno».

Los
analistas se encaran con este difícil problema: ¿debemos nosotros
mismos ser reconocibles en nuestros pacientes? Siempre lo somos. Pero
lo deploramos. Odiamos vernos convertidos en pechos buenos
interiorizados, en los demás, y oír que nos proclaman aquellos cuyo
propio caos interior se ve precariamente sostenido gracias a la
introyección de un analista idealizado.

¿Qué es lo que queremos? Pues queremos que nos coman, no que nos introyecten mágicamente.

No
busquen masoquismo en ello. Ser comido es el deseo, mejor dicho, la
necesidad de una madre durante una fase muy precoz del cuidado de su
niño. Esto significa que quienquiera que no se vea atacado de modo
canibalesco tiende a sentirse fuera de las actividades reparadoras y
restitutivas de la gente, es decir, fuera de la sociedad.

Si,
y solamente si, hemos sido comidos, gastados, robados, podemos soportar
en menor grado ser igualmente introyectados mágicamente y ser colocados
en el depósito de reserva del mundo interior de alguien.

En
resumen, la posición depresiva, que puede estar en buen camino bajo
condiciones favorables entre los seis y los nueve meses, con mucha
frecuencia no se alcanza hasta que el sujeto se somete a análisis. Con
respecto a las personas de tipo más esquizoide, así como a los
internados en los hospitales psiquiátricos -personas que nunca han
alcanzado una verdadera autoexpresión o personalidad-, la posición
depresiva no es lo que importa; para ellas queda como algo semejante al
color para los que padecen daltonismo. En contraste, para todo el grupo
de maníacos depresivos, entre los que se incluye la mayoría de las
personas llamadas normales, el tema de la posición depresiva en el
desarrollo normal no puede soslayarse; es y sigue siendo el problema de
1a vida, salvo en la medida en que sea alcanzada. En las personas
completamente sanas se da por sentada y es incorporada a la vida activa
en sociedad. El niño, sano por haber alcanzado la posición depresiva,
puede proseguir adelante para enfrentarse al problema del triángulo en
las relaciones interpersonales, el clásico complejo de Edipo.

(1)
Es aquí donde se encontrará el origen de la capacidad para la
ambivalencia. El término «ambivalencia» en su empleo popular significa
que el odio reprimido ha deformado los elementos positivos de una
relación. Esto, sin embargo, no debe oscurecer el concepto de una
capacidad para la ambivalencia como logro del desarrollo emocional.

(2)
Tengan aquí en cuenta algo que debo omitir: una agresión que no es
inherente y que es propia de toda clase de casualidades de persecución
adversa que aquejan a algunos niños pero no a la mayoría.

(3)
No debe olvidarse que estoy hablando clínicamente y que estoy
describiendo tanto situaciones de la infancia real como situaciones
analíticas.

(4) Sin duda, existen otras raíces precoces de la apreciación de la fantasía, pero me veo obligado a omitirlas.

(5)
Doy por sentado que la experiencia instintiva se hallaba en la línea de
los procesos del yo, de lo contrario tendría que comentar las
reacciones del pequeño ante los ataques procedentes del medio ambiente,
representadas por la tensión instintiva y por la actividad reactiva.

(6) Esto concuerda con una tendencia principal observable en la obra de Fairbairn (1952).

(7) Esta idea se corresponde con las ideas propuestas por A. Freud (1952).