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Estudio del psicoanálisis y psicología

Manejo residencial como tratamiento para niños difíciles



Manejo residencial como tratamiento para niños difíciles

¿Cómo decir algo nuevo sobre un tema bien conocido? Mi nombre
ha sido vinculado a esta frase, y quizás debiera, en primer término,
dar una explicación al respecto.
En el verano de 1949 iba caminando con Isa Benzie, productora de
la BBC, quien actualmente está jubilada y cuyo nombre me place
recordar, y ella estaba diciendo que yo podría dar una serie de
nueve charlas sobre cualquier tema que me agradara. Ella estaba,
evidentemente, tratando de hallar un slogan, pero yo lo ignoraba.
Le contesté que no tenía ningún interés en decirle a la gente qué
hacer. Por empezar, yo no lo sabía. Pero que me gustaría hablarles
a las madres sobre lo que hacen correctamente, por el simple hecho
de que cada una de ellas realiza con devoción la tarea a su cargo,
que consiste en cuidar un niño, o quizás mellizos. Dije que esto
sucede corrientemente, y que un niño que no sea atendido desde el
comienzo por una especialista constituye una excepción. Isa Benzie
halló la clave en cuestión de segundos, y exclamó: "¡Espléndido! La
Madre de Devoción Corriente." Y así fue.
Como imaginarán he sido un tanto ridiculizado debido a esta
frase, y hay muchas personas que suponen que soy sentimental
con respecto a las madres, que las idealizo, que no tomo en cuenta
a los padres, y que no puedo entender que algunas madres son
bastante terribles o realmente ineptas. Me veo obligado a soportar
estos pequeños inconvenientes porque no estoy avergonzado de la
connotación de estas palabras.
Existe otra crítica que proviene de aquellos que además me han
oído decir que el fracaso de las madres en actuar con devoción
corriente es uno de los factores en la etiología del autismo. Esto se
entiende como una acusación cuando uno realmente sigue la lógica
y se refiere a los efectos del fracaso de la madre de devoción
corriente. ¿Pero no es natural que, si lo que llamamos devoción es
realmente importante, su ausencia o un fracaso relativo en esta
área tenga consecuencias desfavorables? Retomaré el tema cuando
analice qué es lo que se entiende por culpa.
Considero que no puedo evitar decir cosas obvias. Es una
observación trivial que cuando digo devoción simplemente quiero
significar devoción. Supongamos que usted es el encargado de
acomodar las flores del altar de su iglesia al final de cada semana.
Si está a cargo de esa tarea, simplemente no la olvidará. Los
viernes, usted se asegura de que las flores estén allí para
acomodarlas; o, si tiene gripe, telefoneará a alguien o le enviará un
mensaje con el lechero, aunque no le agrade que sea otra persona
la que acomode las flores. Pero los domingos, cuando los fieles se
reúnen, el altar nunca está vacío o con flores marchitas en floreros
sucios que desmerezcan el santuario en vez de adornarlo. Y sin
embargo no puede decirse, espero, que usted esté ansioso y
preocupado desde el lunes hasta el jueves. El asunto está
simplemente adormecido en algún lugar de su mente, y se
despierta, y lo despierta a usted el viernes, o quizás el sábado.
De un modo similar, las mujeres no pasan el tiempo alborotadas
pensando que deberían estar cuidando un bebé. Juegan al golf,
tienen un trabajo que las absorbe, incurren naturalmente en todo
tipo de conductas masculinas tales como ser irresponsables, dar
todas las cosas por seguras o correr carreras de autos. Esto
equivale al período que va de lunes a viernes, en el ejemplo de las
flores del altar.
Luego, un día, descubren que se han convertido en anfitrionas de
un nuevo ser humano que ha decidido instalarse y que, como el
personaje interpretado por Robert Morley en El hombre que vino a
cenar, va incrementando sus demandas hasta un día lejano en que
vuelven a reinar la paz y la tranquilidad, y en que ellas pueden
volver a expresarse de un modo más directo. Durante este
prolongado viernes-sábado-domingo, han estado en una fase de
expresión a través de la identificación con lo que con suerte se
convierte en un bebé, y se vuelve autónomo, mordiendo la mano
que le dio de comer.
Sucede que existe este útil período de nueve meses durante el cual
hay tiempo para que la mujer realice un pasaje gradual de un tipo
de egoísmo al otro. El mismo fenómeno puede ser observado en el
padre; también ocurre con la gente que decide adoptar un bebé, se
convence de la idea de adoptar, se exalta, y llega a un punto en el
que el bebé debe materializarse; desafortunadamente para los que
adoptan, a veces surge una decepción en este momento, y cuando
encuentran al bebé, ya no están tan seguros de desearlo.
Quiero hacer hincapié en la importancia de este período de
preparación. Cuando era estudiante de medicina, tenía un amigo
que era poeta. Varios de nosotros -él incluido- compartíamos un
excelente alojamiento en los suburbios de North Kensington. Así
es como encontramos el alojamiento:
Mi amigo el poeta, que era muy alto y perezoso y fumaba sin cesar,
iba caminando por un barrio cuando vio una casa que parecía
agradable. Tocó el timbre. Una mujer le abrió la puerta, y a él le
gustó la expresión de su rostro. Entonces, le dijo: "Quisiera
alojarme aquí." Ella dijo: "Tengo un cuarto libre. ¿Cuándo vendrá
usted?" El respondió: "Ya estoy aquí." Entonces entró en la casa y,
cuando la mujer le mostró el cuarto, dijo: "Estoy enfermo, así que
me acostaré ya mismo. ¿A qué hora sirven el té?" Y se acostó y
permaneció en cama durante seis meses. En pocos días, todos
estábamos cómodamente instalados en la casa, pero el poeta era el
favorito de la dueña.
Pero la naturaleza ha decretado que los bebés no eligen a sus
madres. Simplemente llegan, y las madres tienen tiempo para
reubicarse, para descubrir que, por unos meses, su Oriente no está
en el este sino en el centro (¿o tal vez un poco descentrado?).
Yo sugiero, como ustedes saben, y supongo que todo el mundo
está de acuerdo, que corrientemente la mujer entra en una fase (de
la que corrientemente se recupera durante las semanas y los meses
que siguen al nacimiento del bebé) en la cual, en gran medida, ella
es el bebé y el bebé es ella. No hay nada místico en esto. Después
de todo, ella fue un bebé alguna vez, y tiene en sí el recuerdo de
haber sido un bebé; también tiene recuerdos de haber sido
cuidada, y estos recuerdos la ayudan o interfieren en sus propias
experiencias como madre.
Creo que, para el momento en que el bebé está maduro para el
nacimiento, la madre, si ha sido bien cuidada por su compañero o
por el Estado, o por ambos, está preparada para una experiencia en
la cual sabe perfectamente bien cuáles son las necesidades del
bebé. Ustedes comprenderán que no me refiero simplemente a su
capacidad de saber si el bebé está o no hambriento, o algo por el
estilo; me refiero a una cantidad de cosas sutiles, cosas que sólo mi
amigo el poeta podría expresar con las palabras apropiadas. Por mi
parte, me conformo con utilizar la palabra sostén y con extender su
significado a todo lo que la madre es y hace en este período.
Considero que se trata de un período crítico, pero apenas me
atrevo a decirlo porque sería una pena que una mujer mostrase
afectación justamente en un momento en el que tiende
naturalmente a comportarse en forma espontánea. Esto es lo que
ella no puede aprender de los libros. Ni siquiera Spock le resulta
útil precisamente en este momento, en el que siente que el bebé
necesita ser tomado en brazos, o acostado, ser dejado solo o
cambiado de posición en la cuna, o cuando ella sabe que lo esencial
es la más simple de todas las experiencias, aquella basada en el
contacto en ausencia de actividad, en la cual existe un espacio para
el sentimiento de unidad entre dos personas que en realidad son
dos y no una sola. Estas cosas le dan al bebé la oportunidad de ser,
a partir de la cual puede surgir a continuación todo lo que tiene
que ver con la acción y con la interacción. Aquí está la base para lo
que gradualmente se convierte, para el niño, en la experiencia de
ser.
Todo esto es sumamente sutil, pero su continua reiteración
constituye la base de la capacidad de sentirse real del bebé. Con
esta capacidad el bebé puede enfrentar al mundo, o, mejor dicho,
puede avanzar en los procesos madurativos que hereda. Cuando
se dan estas condiciones, como generalmente ocurre, el bebé puede
desarrollar la capacidad de experimentar sentimientos que hasta
cierto punto se corresponden con los de una madre identificada
con su bebé, o, mejor dicho, intensamente dedicada a su bebé y a
todo lo que sea el cuidado de su bebé. A los tres o cuatro meses, el
bebé es a veces capaz de demostrar que sabe lo que significa ser
una madre, es decir, lo que significa ser una madre en estado de
consagración a algo que no es precisamente ella misma.
Es preciso recordar que lo que aparece inicialmente a una edad
temprana requiere largo tiempo para establecerse como
mecanismo más o menos fijo dentro de los procesos mentales del
niño.
Como es de esperar, lo que estuvo presente alguna vez puede
ciertamente perderse. Pero lo que considero importante aquí es
que lo más complejo sólo puede surgir a partir de lo más simple, y
en un individuo sano, la complejidad de la mente y la
personalidad se desarrolla de modo y con un crecimiento
uniforme, siempre de lo simple a lo complejo.
Con el tiempo, el bebé comienza a necesitar que su madre falle en
adaptarse, siendo esta falla también un proceso gradual que no
puede aprenderse en los libros. Sería molesto para un niño seguir
experimentando omnipotencia cuando ya está en condiciones de
tolerar frustraciones y fallas relativas del ambiente. ¡Se puede
obtener bastante satisfacción de la rabia!, siempre que ésta no se
convierta en desesperación.
Cualquier padre sabe a qué me refiero cuando digo que aunque
haya sometido a su bebé a las frustraciones más terribles, nunca lo
ha decepcionado, o sea, que el apoyo de su yo al yo del bebé ha
sido confiable. El bebé nunca se despertó llorando y encontró que
no había nadie que lo escuchara. Cuando comenzó a hablar,
tampoco se lo quiso distraer con mentiras.
Pero, por supuesto, todo esto implica no solamente que la madre
fue capaz de preocuparse por el cuidado de su hijo, sino que
además tuvo suerte. No necesito enumerar las cosas que pueden
ocurrir hasta en las familias mejor organizadas. De todos modos,
mencionaré tres ejemplos para ilustrar tres tipos de problemas. El
primero es puramente fortuito: una madre se enferma y muere, y
no puede evitar faltarle a su hijo precisamente del modo en que
odia hacerlo. O vuelve a quedar embarazada en un plazo menor
que el que había considerado apropiado. Hasta cierto punto se la
podría considerar responsable de esta complicación, pero estas
cosas no son tan simples ni tan fáciles de controlar. O una madre se
deprime y siente que no le está dando a su hijo lo que éste necesita,
pero no puede evitar tal estado de ánimo, que bien puede ser una
reacción ante algo que ha irrumpido en su vida privada. En este
caso, si bien es cierto que está causando problemas, nadie podría
culparla.
En otras palabras, por muy diversas razones algunos niños son
defraudados cuando aún no están capacitados para evitar que su
personalidad resulte dañada o mutilada a causa de ello.
En este punto, debo retomar la idea de la culpa. Es necesario que
seamos capaces de considerar el crecimiento y el desarrollo
humanos con todas sus complejidades internas o personales para
el niño, y que podamos decir: aquí ha fallado el factor de la madre
de devoción corriente, sin culpar a nadie. Por mi parte, no tengo
ningún interés en adjudicar culpas. Las madres y los padres se
culpan a sí mismos, pero ésta es otra cuestión, y efectivamente se
sienten culpables de cualquier cosa, de tener un hijo mogólico, por
ejemplo, de lo cual ciertamente no se los puede hacer responsables.
Pero debemos ser capaces de examinar la etiología y de afirmar, si
es necesario, que algunas de las alteraciones que encontramos en el
desarrollo se deben a una falla del factor "madre de devoción
corriente" en un determinado punto o etapa. Esto no tiene nada
que ver con la responsabilidad moral. Es otra cuestión. De todos
modos, ¿cuán bueno hubiese sido yo como madre?
Pero existe un motivo especial por el que creo que debemos ser
capaces de adjudicar importancia etiológica (no culpa), y es que
éste es el único modo en que podemos reconocer el valor positivo
del factor "madre de devoción corriente": la necesidad vital para
cada bebé de que alguien facilite las primeras etapas de los ä
procesos de crecimiento psicológico, o psicosomático, o, mejor
dicho, el crecimiento de la más inmadura y absolutamente
dependiente personalidad humana.
En otras palabras, no creo en la historia de Rómulo y Remo, por
más respeto que me merezcan las lobas. Fue un ser humano quien
halló y cuidó a los fundadores de Roma, si hemos de admitir que
hay algo de cierto en este mito. No quiero decir con esto que
nosotros como hombres y mujeres les debemos algo a las mujeres
que hicieron eso por cada uno de R nosotros. No les debemos
nada. Pero estamos obligados a aceptar racionalmente el hecho de
que, en un principio, éramos absolutamente dependientes (en lo
psicológico), y que absolutamente significa absolutamente. Por
fortuna, nos encontramos con la devoción corriente.
¿Es posible decir algo acerca de los motivos por los cuales es
necesario que una madre sea capaz de realizar en un comienzo esta
íntima adaptación a las necesidades de su hijo? (Nota)
Es fácil decir bastante acerca de las necesidades más obvias,
aunque más complicadas, de los niños mayores y de aquellos que
han tenido éxito en la evolución desde la relación exclusiva con sus
madres hasta las relaciones triangulares. Es evidente que los niños
necesitan un entorno estable dentro del cual resolver sus conflictos
de amor y odio y sus dos tendencias principales, una basada en
una orientación hacia el progenitor del mismo sexo, y la otra
basada en una orientación hacia el progenitor del sexo opuesto. En
este sentido puede hablarse de contiendas homo y heterosexuales
en las relaciones objetales.
Ustedes querrán, de todos modos, que intente explicar las
necesidades del niño en esta temprana etapa en la cual casi
siempre existe una figura materna que está en condiciones de no
tener muchas otras preocupaciones en un período en el cual la
dependencia del bebé es absoluta. He escrito bastante sobre este
tema, y no puedo hacer más que resumirlo si tengo que explicarlo
en pocas palabras. Quiero destacar que en estas primeras semanas
de vida, tan importantes, las etapas iniciales de los procesos
madurativos tienen su primera oportunidad de convertirse en
experiencias para el bebé. Cuando el entorno facilitador es
suficientemente bueno, debiendo ser éste humano y personal, las
tendencias heredadas del bebé hacia el crecimiento alcanzan sus
primeros logros importantes. Podemos dar ciertas denominaciones
a estos logros. El principal es la integración. Todas las partículas de
sensación y de actividad que conforman aquello que conocemos
como un determinado bebé comienzan a unirse de manera tal que
existen momentos de integración en los cuales el bebé es una
unidad, aunque, por supuesto, una unidad altamente dependiente.
Decimos que el apoyo del yo de la madre facilita la organización
del yo del bebé. A la larga, el bebé se vuelve capaz de afirmar su
propia individualidad y hasta de experimentar un sentido de
identidad. Todo esto aparenta ser muy simple cuando funciona
bien, y se basa en la relación más temprana, en la cual el bebé y la
madre están de acuerdo. No hay nada místico en esto. La madre
tiene con el bebé un tipo de identificación muy compleja, por
cuanto se siente muy identificada con él pero, indudablemente,
sigue siendo adulta. El bebé, por otra parte, tiene una identidad
con la madre en los tranquilos momentos de contacto que, más que
logros del bebé, son logros de la relación que la madre hace
posible. Desde el punto de vista del bebé no existe nada más que el
bebé y, en consecuencia, al comienzo la madre es parte de él. En
otras palabras, aquí se produce algo que la gente denomina
identificación primaria. Esto. es el comienzo de todo, y le da un
sentido a palabras tan simples como ser.
Podríamos utilizar la palabra afrancesada existir y hablar sobre la
existencia, y podríamos transformar esto en una filosofía y
denominarla existencialismo, pero por un motivo u otro
preferimos comenzar con la palabra ser y seguir con la enunciación
yo soy. Lo importante es que yo soy no significa nada a no ser que,
en un comienzo, yo seas uno junto con otro ser humano que aún
no se ha diferenciado. Por esta razón, es más correcto hablar de ser
que utilizar los términos yo soy, que pertenecen a la siguiente
etapa.
Nunca se destacará lo bastante el hecho de que el ser es el
comienzo de todo, sin el cual el hacer y el ser objeto de carecen de
significado. Es posible inducir a un bebé a la alimentación y al
funcionamiento de todos los procesos vitales, pero el bebé no
siente estas cosas como experiencias a menos que esté basado en
un quantum de ser suficiente como para establecer el sí-mismo que
finalmente es una persona.
Lo opuesto a la integración es una falla en la integración, o la
desintegración a partir de un estado de integración. Esto es
intolerable. Es una de las angustias inconcebibles más básicas de la
infancia, que se evitan por medio del tipo de cuidado corriente que
de hecho casi todos los niños reciben de un ser humano adulto.
Enumeraré muy brevemente uno o dos procesos básicos de
crecimiento similares. No se puede dar por sentado que la psique
del niño se formará adecuadamente en conjunción con el soma, es
decir, con el cuerpo y su funcionamiento. La existencia
psicosomática es un logro, y aunque se basa en una tendencia
heredada hacia el crecimiento, no puede concretarse sin la activa
participación de un ser humano que sostenga y cuide al bebé. Una
falla en esta área está relacionada con todas las dificultades que
afectan a la salud física, las cuales se originan en realidad en la
inestabilidad de la estructura de la personalidad. Ustedes podrán
comprobar que la falla de estos procesos tempranos de crecimiento
nos conduce inmediatamente al tipo de sintomatología que
encontramos en los hospitales psiquiátricos, de manera que la
prevención de las enfermedades mentales debe comenzar con el
cuidado de los niños y con todo lo que hacen naturalmente las
madres que quieren tener un bebé a quien cuidar.
Otro aspecto que podría mencionar tiene que ver con los
comienzos de las relaciones objetales. Esto ya se aproxima a una
visión más compleja de la psicología. Sin embargo, ustedes
reconocerán el modo en que, cuando existe una buena relación
entre el bebé y la madre, comienzan a aparecer objetos que el bebé
puede usar en forma simbólica; no solamente el dedo para chupar
sino además algo para agarrar, que puede llegar a ser un juguete.
Una falla en este punto debe ser evaluada en términos de un
fracaso de la capacidad para las relaciones objetales.
Podrá observarse que, aunque al principio nos referíamos a cosas
muy simples, también nos referíamos a aspectos de vital
importancia, aspectos que conciernen al establecimiento de las
bases para la salud mental. Gran parte de la evolución tiene lugar
en etapas posteriores, pero sólo cuando existe un buen comienzo
todo lo que se realiza en las etapas posteriores puede ser efectivo.
A veces las madres se alarman al pensar que lo que están haciendo
tiene tanta importancia, y, en ese caso, es mejor no decírselo.
Saberlo las hace actuar con afectación, y entonces los resultados no
son tan buenos. No es posible aprender estas cosas, y la ansiedad
no es un sustituto para este tipo tan simple de amor, que es casi
físico. Ustedes me preguntarán, ¿por qué entonces preocuparse
por señalar todo esto? Pero quiero recalcar que alguien debe
preocuparse por estas cosas, porque de lo contrario nos olvidamos
de la importancia de estas relaciones tempranas e interferimos con
ellas fácilmente. Esto es algo que no debemos hacer jamás. Cuando
una madre simplemente tiene la capacidad de ser madre, nunca
debemos interferir. Ella no será capaz de luchar por sus derechos
porque no comprenderá. Todo lo que sabrá es que ha sido herida.
Pero la herida no es un hueso roto o un corte en el brazo. Es un
daño en la personalidad del bebé. Cuán frecuentemente sucede
que una madre se pase años de su vida intentando reparar esta
herida que en realidad fue causada por nosotros al interferir
innecesariamente en algo tan simple que parecía no tener
importancia.