Obras de Viktor Frankl: EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO. Primera parte (Tercera fase: después de la liberación)

Primera Parte: un psicólogo en el campo de concentración.

TERCERA FASE: DESPUÉS DE LA LIBERACIÓN
Y ahora, en el último capítulo dedicado a la psicología de un
campo de concentración, analicemos la psicología del prisionero
que ha sido liberado. Para describir las experiencias de la
liberación, que han de ser personales por fuerza, reanudaremos el
hilo en aquella parte de nuestro relato que hablaba de la mañana
en que, tras varios días de gran tensión, se izó la bandera blanca
a la entrada del campo. Al estado de ansiedad interior siguió una
relajación total. Pero se equivocaría quien pensase que nos
volvimos locos de alegría. ¿Qué sucedió, entonces?
Con torpes pasos, los prisioneros nos arrastramos hasta las
puertas del campo. Tímidamente miramos a nuestro derredor y
nos mirábamos los unos a los otros interrogándonos.
Seguidamente, nos aventuramos a dar unos cuantos pasos fuera
del campo y esta vez nadie nos impartía órdenes a gritos, ni
teníamos que apresurarnos en evitación de un golpe o un
puntapié. ¡Oh, no! ¡Esta vez los guardias nos ofrecían cigarrillos!
Al principio a duras penas podíamos reconocerlos, ya que se
habían dado mucha prisa en cambiarse de ropa y vestían de
civiles. Caminábamos despacio por la carretera que partía del
campo. Pronto sentimos dolor en las piernas y temimos caernos,
pero nos repusimos, queríamos ver los alrededores del campo con
los ojos de los hombres libres, por vez primera. «¡Somos libres!»,
nos decíamos una y otra vez y aún así no podíamos creerlo.
Habíamos repetido tantas veces esta palabra durante los años
que soñamos con ella, que ya había perdido su significado. Su
realidad no penetraba en nuestra conciencia; no podíamos
aprehender el hecho de que la libertad nos perteneciera.
Llegamos a los prados cubiertos de flores. Las
contemplábamos y nos dábamos cuenta de que estaban allí, pero
no despertaban en nosotros ningún sentimiento. El primer
destello de alegría se produjo cuando vimos un gallo con su cola
de plumas multicolores. Pero no fue más que un destello: todavía
no pertenecíamos a este mundo.
Por la tarde y cuando otra vez nos encontramos en nuestro
barracón, un hombre le dijo en secreto a otro: «¿Dime, estuviste
hoy contento?»
Y el otro le contestó un tanto avergonzado, pues no sabía que
los demás sentíamos de igual modo: «Para ser franco: no.»
Literalmente hablando, habíamos perdido la capacidad de
alegrarnos y teníamos que volverla a aprender, lentamente.
Desde el punto de vista psicológico, lo que les sucedía a los
prisioneros liberados podría denominarse «despersonalización».
Todo parecía irreal, improbable, como un sueño. No podíamos
creer que fuera verdad. ¡Cuántas veces, en los pasados años, nos
habían engañado los sueños! Habíamos soñado con que llegaba el
día de la liberación, con que nos habían liberado ya, habíamos
vuelto a casa, saludado a los amigos, abrazado a la esposa, nos
habíamos sentado a la mesa y empezado a contar todo lo que
habíamos pasado, incluso que muy a menudo habíamos
contemplado, en nuestros sueños, el día de nuestra liberación. Y
entonces un silbato traspasaba nuestros oídos —la señal de
levantarnos— y todos nuestros sueños se venían abajo. Y ahora el
sueño se había hecho realidad. ¿Pero podíamos creer de verdad
en él?
El cuerpo tiene menos inhibiciones que la mente, así que
desde el primer momento hizo buen uso de la libertad recién
adquirida y empezó a comer vorazmente, durante horas y días
enteros, incluso en mitad de la noche. Sorprende pensar las
ingentes cantidades que se pueden comer. Y cuando a uno de los
prisioneros le invitaba algún granjero de la vecindad, comía y
comía y bebía café, lo cual le soltaba la lengua y entonces
hablaba y hablaba horas enteras. La presión que durante años
había oprimido su mente desaparecía al fin. Oyéndole hablar se
tenía la impresión de que tenía que hablar, de que su deseo de
hablar era irresistible. Supe de personas que habían sufrido una
presión muy intensa durante un corto período de tiempo (por
ejemplo pasar un interrogatorio de la Gestapo) y experimentaron
idénticas reacciones. Pasaron muchos días antes de que no sólo
se soltara la lengua, sino también algo que estaba dentro de
todos nosotros; y, de pronto, aquel sentimiento se abrió por entre
las extrañas cadenas que lo habían constreñido.
Un día, poco después de nuestra liberación, yo paseaba por la
campiña florida, camino del pueblo más próximo. Las alondras se
elevaban hasta el cielo y yo podía oír sus gozosos cantos; no
había nada más que la tierra y el cielo y el júbilo de las alondras,
y la libertad del espacio. Me detuve, miré en derredor, después al
cielo, y finalmente caí de rodillas. En aquel momento yo sabía
muy poco de mí o del mundo, sólo tenía en la cabeza una frase,
siempre la misma: «Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor y
él me contestó desde el espacio en libertad.»
No recuerdo cuanto tiempo permanecí allí, de rodillas,
repitiendo una y otra vez mi jaculatoria. Pero yo sé que aquel día,
en aquel momento, mi vida empezó otra vez. Fui avanzando,
paso a paso, hasta volverme de nuevo un ser humano.

El desahogo.

El camino que partía de la aguda tensión espiritual de los
últimos días pasados en el campo (de la guerra de nervios a la
paz mental) no estaba exento de obstáculos. Sería un error
pensar que el prisionero liberado no tenía ya necesidad de ningún
cuidado. Debemos considerar que un hombre que ha vivido bajo
una presión mental tan tremenda y durante tanto tiempo, corre
también peligro después de la liberación, sobre todo habiendo
cesado la tensión tan de repente. Dicho peligro (desde el punto de
vista de la higiene psicológica) es la contrapartida psicológica de
la aeroembolia. Lo mismo que la salud física de los que trabajan
en cámaras de inmersión correría peligro si, de repente,
abandonaran la cámara (donde se encuentran bajo una tremenda
presión atmosférica), así también el hombre que ha sido liberado
repentinamente de la presión espiritual puede sufrir daño en su
salud psíquica.
Durante esta fase psicológica se observaba que las personas
de naturaleza más primitiva no podían escapar a las influencias de
la brutalidad que les había rodeado mientras vivieron en el
campo. Ahora, al verse libres, pensaban que podían hacer uso de
su libertad licenciosamente y sin sujetarse a ninguna norma. Lo
único que había cambiado para ellos era que en vez de ser
oprimidos eran opresores. Se convirtieron en instigadores y no
objetores, de la fuerza y de la injusticia. Justificaban su conducta
en sus propias y terribles experiencias y ello solía ponerse de
manifiesto en situaciones aparentemente inofensivas. En una
ocasión paseaba yo con un amigo camino del campo de
concentración, cuando de pronto llegamos a un sembrado de
espigas verdes. Automáticamente yo las evité, pero él me agarró
del brazo y me arrastró hacia el sembrado. Yo balbucí algo
referente a no tronchar las tiernas espigas. Se enfadó mucho
conmigo, me lanzó una mirada airada y me gritó:
«¡No me digas! ¿No nos han quitado bastante ellos a nosotros?
Mi mujer y mi hijo han muerto en la cámara de gas —por no
mencionar las demás cosas— y tú me vas a prohibir que tronche
unas pocas espigas de trigo?»
Sólo muy lentamente se podía devolver a aquellos hombres a
la verdad lisa y llana de que nadie tenía derecho a obrar mal, ni
aun cuando a él le hubieran hecho daño. Tendríamos que luchar
para hacerles volver a esa verdad, o las consecuencias serían aún
peores que la pérdida de unos cuantos cientos de granos de trigo.
Todavía puedo ver a aquel prisionero que, enrollándose las
mangas de la camisa, metió su mano derecha bajo mi nariz y
gritó: «¡Qué me corten la mano si no me la tiño con sangre el día
que vuelva a casa!» Quiero recalcar que quien decía estas
palabras no era un mal tipo: fue el mejor de los camaradas en el
campo y también después.
Aparte de la deformidad moral resultante del repentino
aflojamiento de la tensión espiritual, otras dos experiencias
mentales amenazaban con dañar el carácter del prisionero
liberado: la amargura y la desilusión que sentía al volver a su
antigua vida.
La amargura tenía su origen en todas aquellas cosas contra las
que se rebelaba cuando volvía a su ciudad. Cuando, a su regreso,
aquel hombre veía que en muchos lugares se le recibía sólo con
un encogimiento de hombros y unas cuantas frases gastadas,
solía amargarse preguntándose por qué había tenido que pasar
por todo aquello. Cuando por doquier oía casi las mismas
palabras: «No sabíamos nada» y «nosotros también sufrimos», se
hacía siempre la misma pregunta. ¿Es que no tienen nada mejor
que decirme?
La experiencia de la desilusión es algo distinta. En este caso
no era ya el amigo (cuya superficialidad y falta de sentimientos
disgustaban tanto al exclaustrado que finalmente se sentía como
si se arrastrara por un agujero sin ver ni oír a ningún ser
humano) que le parecía cruel, sino su propio sino. El hombre que
durante años había creído alcanzar el límite absoluto del
sufrimiento se encontraba ahora con que el sufrimiento no tenía
límites y con que todavía podía sufrir más y más intensamente.
Cuando hablábamos de los intentos de infundir en el prisionero
ánimo para superar su situación, decíamos que había que
mostrarle algo que le hiciera pensar en el porvenir. Había que
recordarle que la vida todavía le estaba esperando, que un ser
humano aguardaba a que él regresara. Pero, ¿y después de la
liberación? Algunos se encontraron con que nadie les esperaba.
Desgraciado de aquel que halló que la persona cuyo solo
recuerdo le había dado valor en el campo ¡ya no vivía!
¡Desdichado de aquel que, cuando finalmente llegó el día de sus
sueños, encontró todo distinto a como lo había añorado! Quizás
abordó un trolebús y viajó hasta la casa que durante años había
tenido en su mente, quizá llamó al timbre, al igual que lo había
soñado en miles de sueños, para encontrarse con que la persona
que tendría que abrirle la puerta no estaba allí, ni nunca volvería.
Allá en el campo, todos nos habíamos confesado unos a otros
que no podía haber en la tierra felicidad que nos compensara por
todo lo que habíamos sufrido. No esperábamos encontrar la
felicidad, no era esto lo que infundía valor y confería significado a
nuestro sufrimiento, a nuestros sacrificios, a nuestra agonía.
Ahora bien, tampoco estábamos preparados para la infelicidad.
Esta desilusión que aguardaba a un número no desdeñable de
prisioneros resultó ser una experiencia muy dura de sobrellevar y
también muy difícil de tratar desde el punto de vista del
psiquiatra; aunque tampoco tendría que desalentarle; muy al
contrario, debiera ser un acicate y un estímulo más.
Pero para todos y cada uno de los prisioneros liberados llegó el
día en que, volviendo la vista atrás a aquella experiencia del
campo, fueron incapaces de comprender cómo habían podido
soportarlo. Y si llegó por fin el día de su liberación y todo les
pareció como un bello sueño, también llegó el día en que todas
las experiencias del campo no fueron para ellos nada más que
una pesadilla.
La experiencia final para el hombre que vuelve a su hogar es
la maravillosa sensación de que, después de todo lo que ha
sufrido, ya no hay nada a lo que tenga que temer, excepto a su
Dios.

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