Obras de S. Freud: Inhibición, síntoma y angustia, CAPÍTULO III

III

Para volver al problema del yo: La apariencia de contradicción se debe a que tomamos demasiado rígidamente unas abstracciones y destacamos, de lo que es en sí un estado de cosas complejo, ora un aspecto, ora sólo el otro. La separación del yo respecto del ello parece justificada; determinadas constelaciones nos la imponen. Pero, por otra parte, el yo es idéntico al ello, no es más que un sector del ello diferenciado en particular. Si conceptualmente contraponemos ese fragmento al todo, o si se ha producido una efectiva bipartición entre ambos, se nos hará manifiesta la endeblez del yo. Pero si el yo permanece ligado con el ello, no es separable del ello, entonces muestra su fortaleza. Parecido es el nexo del yo con el superyó; en muchas situaciones se nos confunden, las más de las veces sólo podemos distinguirlos cuando se ha producido una tensión, un conflicto entre ambos. Y en el caso de la represión se vuelve decisivo el hecho de que el yo es una organización, pero el ello no lo es; el yo es justamente el sector organizado del ello. Sería por completo injustificado representarse al yo y al ello como dos ejércitos diferentes, en que el yo procurara sofocar una parte del ello mediante la represión {desalojo}, y el resto del ello acudiera en socorro de la parte atacada y midiera sus fuerzas con las del yo. Puede que así suceda a menudo, pero ciertamente no constituye la situación inicial de la represión; como regla general, la moción pulsional por reprimir permanece aislada. Si el acto de la represión nos ha mostrado la fortaleza del yo, al mismo tiempo atestigua su impotencia y el carácter no influible de la moción pulsional singular del ello. En efecto, el proceso que por obra de la represión ha devenido síntoma afirma ahora su existencia fuera de la organización yoica y con independencia de ella. Y no sólo él: también todos sus retoños gozan del mismo privilegio, se diría que de «extraterritorialidad»; cada vez que se encuentren por vía asociativa con sectores de la organización yoica cabe la posibilidad de que los atraigan y, con esta ganancia, se extiendan a expensas del yo. Una comparación que nos es familiar desde hace mucho tiempo considera al síntoma como un cuerpo extraño que alimenta sin cesar fenómenos de estímulo, y de reacción dentro del tejido en que está inserto.  Sin duda, la lucha defensiva contra la moción pulsional desagradable se termina a veces mediante la formación de síntoma; hasta donde podemos verlo, es lo que ocurre sobre todo en la conversión histérica. Pero por regla general la trayectoria es otra: al primer acto de la represión sigue un epílogo escénico {Nachspiel} prolongado, o que no se termina nunca; la lucha contra la moción pulsional encuentra su continuación en la lucha contra el síntoma.

Esta lucha defensiva secundaria nos muestra dos rostros de expresión contradictoria. Por una parte, el yo es constreñido por su naturaleza a emprender algo que tenemos que apreciar como intento de restablecimiento o de reconciliación. El yo es una organización, se basa en el libre comercio y en la posibilidad de influjo recíproco entre todos sus componentes; su energía desexualizada revela todavía su origen en su aspiración a la ligazón y la unificación, y esta compulsión a la síntesis aumenta a medida que el yo se desarrolla más vigoroso. Así se comprende que el yo intente, además, cancelar la ajenidad y el aislamiento del síntoma, aprovechando toda oportunidad para ligarlo de algún modo a sí e incorporarlo a su organización mediante tales lazos. Sabemos que un afán de ese tipo influye ya sobre el acto de la formación de síntoma. Ejemplo clásico son aquellos síntomas histéricos que se nos han vuelto trasparentes como un compromiso entre necesidad de satisfacción y necesidad de castigo. En cuanto cumplimientos de una exigencia del superyó, tales síntomas participan por principio del yo, mientras que por otra parte tienen la significatividad de unas posiciones {Positionen} de lo reprimido y unos puntos de intrusión de lo reprimido en la organización yoica; son, por así decir, estaciones fronterizas con investidura mezclada. Merecería una cuidadosa indagación averiguar si todos los síntomas histéricos primarios están edificados así. En la ulterior trayectoria, el yo se comporta como si se guiara por esta consideración: el síntoma ya está ahí y no puede ser eliminado; ahora se impone avenirse a esta situación y sacarle la máxima ventaja posible. Sobreviene una adaptación al fragmento del mundo interior que es ajeno al yo y está representado {repräsentieren} por el síntoma, adaptación como la que el yo suele llevar a cabo normalmente respecto del mundo exterior objetivo {real}. Nunca faltan ocasiones para ello. Puede ocurrir que la existencia del síntoma estorbe en alguna medida la capacidad de rendimiento, y así permita apaciguar una demanda del superyó o rechazar una exigencia del mundo exterior. Así el síntoma es encargado poco a poco de subrogar importantes intereses, cobra un valor para la afirmación de sí, se fusiona cada vez más con el yo, se vuelve cada vez más indispensable para este. Sólo en casos muy raros el proceso [físico] de enquistamiento de un cuerpo extraño puede repetir algo semejante. Podría exagerarse también el valor de esta adaptación secundaria al síntoma mediante el enunciado de que el yo se lo ha procurado únicamente para gozar de sus ventajas. Ello es tan correcto o tan falso como lo sería la opinión de que el mutilado de guerra se ha hecho cortar la pierna sólo para quedar exento de trabajar y para vivir de su pensión de invalidez.

Otras configuraciones de síntoma, las de la neurosis obsesiva y la paranoia, cobran un elevado valor para el yo, mas no por ofrecerle una ventaja, sino porque le deparan una satisfacción narcisista de que estaba privado. Las formaciones de sistemas de los neuróticos obsesivos halagan su amor propio con el espejismo de que ellos, como unos hombres particularmente puros o escrupulosos, serían mejores que otros; las formaciones delirantes de la paranoia abren al ingenio y a la fantasía de estos enfermos un campo de acción que no es fácil sustituirles.

De todos los nexos mencionados resulta lo que nos es familiar como ganancia (secundaría) de la enfermedad en el caso de la neurosis. Viene en auxilio del afán del yo por incorporarse el síntoma, y refuerza la fijación de este último. Y cuando después intentamos prestar asistencia analítica al yo en su lucha contra el síntoma, nos encontramos con que estas ligazones de reconciliación entre el yo y el síntoma actúan en el bando de las resistencias. No nos resulta fácil soltarlas.

Los dos procedimientos que el yo aplica contra el síntoma se encuentran efectivamente en contradicción recíproca. El otro procedimiento tiene un carácter menos amistoso, prosigue la línea de la represión. Pero parece que no sería lícito reprochar inconsecuencia al yo. El está dispuesto a la paz y querría incorporarse el síntoma, acogerlo dentro del conjunto {Ensemble} que él constituye. La perturbación parte del síntoma, que sigue escenificando su papel de correcto sustituto y retoño de la moción reprimida, cuya exigencia de satisfacción renueva una y otra vez, constriñendo al yo a dar en cada caso la señal de displacer y a ponerse a la defensiva.

La lucha defensiva secundaria contra el síntoma es variada en sus formas, se despliega en diferentes escenarios y se vale de múltiples medios. No podremos enunciar gran cosa acerca de ella sin tomar como asunto de indagación los casos singulares de formación de síntoma. Ello nos dará ocasión de entrar en el problema de la angustia, que hace tiempo sentimos como si acechara en el trasfondo. Es recomendable partir de los síntomas creados por la neurosis histérica; aún no estamos preparados para abordar la formación de síntoma en el caso de la neurosis obsesiva, la paranoia y otras neurosis.

Continúa en Inhibición, síntoma y angustia, CAPÍTULO IV