Obras de S. Freud: Inhibición, síntoma y angustia, CAPÍTULO VII

VII

Si volvemos a las zoofobias infantiles, comprenderemos, empero, estos casos mejor que todos los otros. El yo debe proceder aquí contra una investidura de objeto libidinosa del ello (ya sea la del complejo de Edipo positivo o negativo), porque ha comprendido que ceder a ella aparejaría el peligro de la castración. Ya hemos elucidado esto, y ahora hallamos la ocasión de aclararnos una duda que nos quedó pendiente de aquel primer examen. En el caso del pequeño Hans (vale decir, el del complejo de Edipo positivo), ¿debemos suponer que la defensa del yo fue provocada por la moción tierna hacia la madre, o por la agresiva hacia el padre? En la práctica parecería indiferente, en particular porque las dos mociones se condicionan entre sí; pero esta cuestión presenta interés teórico porque sólo la corriente tierna hacia la madre puede considerarse erótica pura. La agresiva depende esencialmente de la pulsión de destrucción, y siempre hemos creído que en la neurosis el yo se defiende de exigencias de la libido, no de las otras pulsiones. De hecho vemos que tras la formación de la fobia la ligazón-madre tierna ha como desaparecido, ha sido radicalmente tramitada por la represión, mientras que la formación sintomática (formación sustitutiva) se ha consumado en torno de la moción agresiva. En el caso del «Hombre de los Lobos», las cosas son más simples; la moción reprimida es en efecto una moción erótica, la actitud femenina frente al padre, y en torno de ella se consuma también la formación de síntoma.

Es casi humillante que luego de un trabajo tan prolongado sigamos tropezando con dificultades para concebir hasta las constelaciones más fundamentales, pero nos hemos propuesto no simplificar ni callar nada. Si no podemos ver claro, al menos veamos mejor las oscuridades. Lo que aquí nos obstruye el camino es, evidentemente, una desigualdad en el desarrollo de nuestra doctrina de las pulsiones. Primero habíamos seguido las organizaciones de la libido desde el estadio oral, pasando por el sádico-anal, hasta el genital, y al hacerlo equiparábamos entre sí todos los componentes de la pulsión sexual, Después el sadismo se nos apareció como subrogado de otra pulsión, opuesta al Eros. La nueva concepción de los dos grupos de pulsiones parece hacer saltar la anterior construcción de fases sucesivas de la organización libidinal. Ahora bien, no tenemos necesidad de inventar el expediente que nos permita salir de esta dificultad. Hace mucho que se halla a nuestra disposición; helo aquí: casi nunca nos las habemos con mociones pulsionales puras, sino, todo el tiempo, con ligas de ambas pulsiones en diversas proporciones de mezcla. Por tanto, la investidura sádica de objeto se ha hecho también acreedora a que la tratemos como libidinosa, no nos vemos obligados a revisar las organizaciones de la libido, y la moción agresiva hacia el padre puede ser objeto de la represión a igual título que la moción tierna hacía la madre. A pesar de ello, apartamos como tema de ulteriores reflexiones la posibilidad de que la represión sea un proceso que mantiene un vínculo particular con la organización genital de la libido, y que el yo recurra a otros métodos de defensa cuando se ve precisado a resguardarse de la libido en otros estadios de la organización. Y continuamos: Un caso como el del pequeño Hans no nos permite decisión alguna; es verdad que en él se tramita mediante represión una moción agresiva, pero después que la organización genital ya se ha alcanzado.

Esta vez no perdamos de vista el vínculo con la angustia. Dijimos que tan pronto como discierne el peligro de castración, el yo da la señal de angustia e inhibe el proceso de investidura amenazador en el ello; lo hace de una manera que todavía no inteligimos, por medio de la instancia placer-displacer. Al mismo tiempo se consuma la formación de la fobia. La angustia de castración recibe otro objeto y una expresión desfigurada {dislocada}: ser mordido por el caballo (ser devorado por el lobo), en vez de ser castrado por el padre. La formación sustitutiva tiene dos manifiestas ventajas; la primera, que esquiva un conflicto de ambivalencia, pues el padre es simultáneamente un objeto amado; y la segunda, que permite al yo suspender el desarrollo de angustia. En efecto, la angustia de la fobia es facultativa, sólo emerge cuando su objeto es asunto {Gegenstand} de la percepción. Esto es enteramente correcto; en efecto, sólo entonces está presente la situación de peligro. Tampoco de un padre ausente se temería la castración. Sólo que no se puede remover al padre: aparece siempre, toda vez que quiere. Pero si se lo sustituye por el animal, no hace falta más que evitar la visión, vale decir la presencia de este, para quedar exento de peligro y de angustia. Por lo tanto, el pequeño Hans impone a su yo una limitación, produce la inhibición de salir para no encontrarse con caballos. El pequeño ruso se las arregla de manera aún más cómoda; apenas si constituye una renuncia para él no tomar más entre sus manos cierto libro de ilustraciones. Si no fuera porque su díscola hermana le ponía siempre ante los ojos la figura del lobo erguido de ese libro, habría tenido derecho a sentirse asegurado contra su angustia.

Ya una vez he adscrito a la fobia el carácter de una proyección, pues sustituye un peligro pulsional interior por un peligro de percepción exterior. Esto trae la ventaja de que uno puede protegerse del peligro exterior mediante la huida y la evitación de percibirlo, mientras que la huida no vale de nada frente al peligro interior.  Mi puntualización no era incorrecta, pero se quedaba en la superficie. La exigencia pulsional no es un peligro en sí misma; lo es sólo porque conlleva un auténtico peligro exterior, el de la castración. Por tanto, en la fobia, en el fondo sólo se ha sustituido un peligro exterior por otro. El hecho de que el yo pueda sustraerse de la angustia por medio de una evitación o de un síntoma-inhibición armoniza muy bien con la concepción de que esa angustia es sólo una señal-afecto, y de que nada ha cambiado en la situación económica.

La angustia de las zoofobias es, entonces, una reacción afectiva del yo frente al peligro; y el peligro frente al cual se emite la señal es el de la castración. He aquí la única diferencia respecto de la angustia realista que el yo exterioriza normalmente en situaciones de peligro: el contenido de la angustia permanece inconciente, y sólo deviene conciente en una desfiguración.

Según creo, hallaremos que la misma concepción es válida también para las fobias de adultos, a pesar de que en ellas el material que la neurosis procesa es mucho más rico y añade algunos factores a la formación de síntoma. En el fondo es lo mismo. El agorafóbico impone una limitación a su yo para sustraerse de un peligro pulsional. Este último es la tentación de ceder a sus concupiscencias eróticas, lo que le haría convocar, como en la infancia, el peligro de la castración o uno análogo. A guisa de ejemplo simple menciono el caso de un joven que se volvió agorafóbico porque temía ceder a los atractivos de prostitutas y recibir como castigo la sífilis.

Bien sé que muchos casos presentan una estructura más complicada y que en la fobia pueden confluir muchas otras mociones pulsionales reprimidas, pero sólo tienen carácter auxiliar y las más de las veces se han puesto con posterioridad {nachträglich} en conexión con el núcleo de la neurosis. La sintomatología de la agorafobia se complica por el hecho de que el yo no se conforma con una renuncia; hace algo más para quitar a la situación su carácter peligroso. Este agregado suele ser una regresión temporal a los años de la infancia (en el caso extremo, hasta el seno materno, hasta épocas en que uno estaba protegido de los peligros que hoy amenazan) y emerge como la condición bajo la cual se puede omitir la renuncia. Así, el agorafóbico puede andar por la calle sí una persona de su confianza lo acompaña como si fuera un niño pequeño. Acaso idéntico miramiento le permita salir solo, siempre que no se aleje de su casa más allá de cierto radio, ni entre en zonas que no conoce bien y donde la gente no lo conoce. En la elección de estas estipulaciones se evidencia el influjo de los factores infantiles que lo gobiernan a través de su neurosis. Enteramente unívoca, aunque falte esa regresión infantil, es la fobia a la soledad, que en el fondo quiere escapar a la tentación del onanismo solitario. La condición de esa regresión infantil es, desde luego, que se esté distanciado en el tiempo respecto de la infancia.

La fobia se establece por regla general después que en ciertas circunstancias -en la calle, en un viaje por ferrocarril, en la soledad- se vivenció un primer ataque de angustia. Así se proscribe la angustia, pero reaparece toda vez que no se puede observar la condición protectora. El mecanismo de la fobia presta buenos servicios como medio de defensa y exhibe una gran inclinación a la estabilidad. A menudo, aunque no necesariamente, sobreviene una continuación de la lucha defensiva, que ahora se dirige contra el síntoma.

Lo que acabamos de averiguar acerca de la angustia en el caso de las fobias es aplicable también a la neurosis obsesiva. No es difícil reducir su situación a la de la fobia. El motor de toda la posterior formación de síntoma es aquí, evidentemente, la angustia del yo frente a su superyó. La hostilidad del superyó es la situación de peligro de la cual el yo se ve precisado a sustraerse. Aquí falta todo asomo de proyección; el peligro está enteramente interiorizado. Pero si nos preguntamos por lo que el yo teme del superyó, se impone la concepción de que el castigo de este es un eco del castigo de castración. Así como el superyó es el padre que devino apersonal, la angustia frente a la castración con que este amenaza se ha trasmudado en una angustia social indeterminada o en una angustia de la conciencia moral.  Pero esa angustia está encubierta; el yo se sustrae de ella ejecutando, obediente, los mandamientos, preceptos y acciones expiatorias que le son impuestos. Tan pronto como esto último le es impedido, emerge un malestar en extremo penoso, en el que nosotros podemos ver el equivalente de la angustia y que los enfermos mismos equiparan a ella. He aquí, entonces, nuestra conclusión: La angustia es la reacción frente a la situación de peligro; se la ahorra si el yo hace algo para evitar la situación o sustraerse de ella. Ahora se podría decir que los síntomas son creados para evitar el desarrollo de angustia, pero ello no nos procura una mirada muy honda. Es más correcto decir que los síntomas son creados para evitar la situación de peligro que es señalada mediante el desarrollo de angustia. Pues bien, en los casos considerados hasta ahora ese peligro era el de la castración o algo derivado de ella.

Si la angustia es la reacción del yo frente al peligro, parece evidente que la neurosis traumática, tan a menudo secuela de un peligro mortal, ha de concebirse como una consecuencia directa de la angustia de supervivencia o de muerte {Lebensoder Todesangst}, dejando de lado los vasallajes del yo y la castración. Es lo que han hecho la mayoría de los observadores de las neurosis traumáticas de la última guerra: se proclamó triunfalmente que se había aportado la prueba de que una amenaza a la pulsión de autoconservación podía producir una neurosis sin participación alguna de la sexualidad y sin miramiento por las complicadas hipótesis del psicoanálisis. De hecho es en extremo lamentable que no se haya presentado ni un solo análisis utilizable de neurosis traumática. Y ello no por una supuesta contradicción al valor etiológico de la sexualidad -pues hace ya tiempo la canceló la introducción del narcisismo, que puso en una misma serie la investidura libidinosa del yo y las investiduras de objeto, y destacó la naturaleza libidinosa de la pulsión de autoconservación-, sino porque la falta de esos análisis nos ha hecho perder la más preciosa oportunidad de obtener informaciones decisivas acerca del nexo entre angustia y formación de síntoma. Después de todo lo que sabemos acerca de la estructura de las neurosis más simples de la vida cotidiana, es harto improbable que una neurosis sobrevenga sólo por el hecho objetivo de un peligro mortal, sin que participen los estratos inconcientes más profundos del aparato anímico. Ahora bien, en lo inconciente no hay nada que pueda dar contenido a nuestro concepto de la aniquilación de la vida. La castración se vuelve por así decir representable por medio de la experiencia cotidiana de la separación respecto del contenido de los intestinos y la pérdida del pecho materno vivenciada a raíz del destete; empero, nunca se ha experimentado nada semejante a la muerte, o bien, como es el caso del desmayo, no ha dejado tras sí ninguna huella registrable. Por eso me atengo a la conjetura de que la angustia de muerte debe concebirse como un análogo de la angustia de castración, y que la situación frente a la cual el yo reacciona es la de ser abandonado por el superyó protector -los poderes del destino-, con lo que expiraría ese su seguro para todos los peligros. Además, cuenta el hecho de que a raíz de las vivencias que llevan a la neurosis traumática es quebrada la protección contra los estímulos exteriores y en el aparato anímico ingresan volúmenes hipertróficos de excitación, de suerte que aquí estamos ante una segunda posibilidad: la de que la angustia no se limite a ser una señalafecto, sino que sea también producida como algo nuevo a partir de las condiciones económicas de la situación.

Mediante esta última puntualización, a saber, que el yo se pondría sobre aviso de la castración a través de pérdidas de objeto repetidas con regularidad, hemos obtenido una nueva concepción de la angustia. Sí hasta ahora la considerábamos una señal-afecto del peligro, nos parece que se trata tan a menudo del peligro de la castración como de la reacción frente a una pérdida, una separación. A pesar de lo mucho que enseguida puede aducirse contra esta conclusión, tiene que saltarnos a la vista una notabilísima concordancia. La primera vivencia de angustia, al menos del ser humano, es la del nacimiento, y este objetivamente significa la separación de la madre, podría compararse a una castración de la madre (de acuerdo con la ecuación hijo = pene). Sería muy satisfactorio que la angustia se repitiera como símbolo de una separación a raíz de cada separación posterior; pero algo obsta, por desdicha, para sacar partido de esa concordancia: el nacimiento no es vivenciado subjetivamente como una separación de la madre, pues esta es ignorada como objeto por el feto enteramente narcisista. He aquí otro reparo: las reacciones afectivas frente a una separación nos resultan familiares y las sentimos como dolor y duelo, no como angustia. Por otra parte, recordemos que en nuestro examen del duelo no pudimos llegar a comprender por qué es tan doloroso.

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