Obras de S. Freud: Inhibición, síntoma y angustia, CAPÍTULO X

X

La angustia es la reacción frente al peligro. Y por cierto que no cabe desechar la idea de que si el afecto de angustia ha podido conquistarse una posición excepcional dentro de la economía anímica, ello tiene mucho que ver con la naturaleza del peligro. Ahora bien, los peligros son comunes a los seres humanos, los mismos para todos los individuos; lo que nos hace falta y no tenemos, es un factor que nos permita entender cómo se seleccionan los individuos capaces de someter el afecto de angustia, a pesar de su particularidad, a la fábrica normal del alma, y quiénes están destinados a fracasar en esa tarea. Veo frente a mí dos intentos por descubrir un factor de esa índole; es comprensible que cualquiera que se emprenda en ese sentido encuentre una acogida simpática, pues promete socorro en un trance peliagudo. Esos dos intentos se complementan entre sí, pues abordan el problema por extremos contrapuestos. El primero fue hecho hace más de diez años por Alfred Adler; reducido a su núcleo más íntimo, asevera que fracasan en la tarea planteada por el peligro aquellos seres humanos a quienes la inferioridad de sus órganos depara dificultades demasiado grandes. Si fuera cierto el apotegma «Símplex sigillum veri» {«La simplicidad es el sello de la verdad»}, habría que saludar como salvadora tal solución. No obstante, la crítica del decenio trascurrido demostró la total insuficiencia de esta explicación, que por lo demás pasa por alto toda la riqueza de las circunstancias descubiertas por el psicoanálisis.

El segundo intento fue emprendido por Otto Rank en 1923, en su libro El trauma del nacimiento. Sería injusto equipararlo con el ensayo de Adler en otro punto que el aquí destacado, puesto que se mantiene en el terreno del psicoanálisis, cuyas ilaciones de pensamiento prosigue, y debe reconocérselo como un legítimo empeño por solucionar problemas analíticos. Dentro de la relación dada entre individuo y peligro, Rank quita el acento a la endeblez de órgano del individuo para ponerlo sobre la intensidad variable del peligro. El proceso del nacimiento es la primera situación de peligro, y la subversión económica que produce se convierte en el arquetipo de la reacción de angustia. En un pasaje anterior perseguimos la línea de desarrollo que conecta esta primera situación de peligro y condición de angustia con las posteriores, y vimos entonces que todas estas conservan algo en común, pues en cierto sentido significan una separación de la madre: primero sólo en el aspecto biológico, después en el sentido de una directa pérdida de objeto y, luego, en el de una separación mediada por caminos indirectos. El descubrimiento de este vasto nexo es un mérito indiscutible de la construcción de Rank. Ahora bien, el trauma del nacimiento afecta a los diversos individuos con intensidad variable, y junto con la intensidad del trauma varía la reacción de angustia: en opinión de Rank, de estas magnitudes iniciales del desarrollo de angustia depende que el individuo logre alguna vez dominarlo; depende, pues, que se vuelva neurótico o normal.

Nuestra tarea no consiste en emprender la crítica detallada de las tesis de Rank, sino, meramente, en examinarlas para ver si son aplicables a la solución de nuestro problema. La fórmula de Rank, a saber, que se vuelve neurótico quien nunca logra abreaccionar por completo su trauma del nacimiento a causa de la intensidad que tuvo, es en grado sumo cuestionable desde el punto de vista teórico. No se sabe bien qué se quiere significar con «abreacción» del trauma. Si se lo entiende al pie de la letra, se llega a la insostenible conclusión de que el neurótico se aproxima tanto más a su curación cuanto mayores sean la frecuencia y la intensidad con que reproduzca el afecto de angustia. A causa de esta contradicción con la realidad, yo había resignado ya en su tiempo la teoría de la abreacción, que desempeñaba un papel tan importante en la catarsis. La insistencia en la intensidad variable del trauma del nacimiento no deja espacio alguno a los justificados títulos etiológicos de la constitución hereditaria. Esa intensidad es por cierto un factor orgánico que respecto de la constitución se comporta como una contingencia, y a su vez depende de múltiples influjos, que han de llamarse también contingentes (por ejemplo, el de la oportuna asistencia en el parto). La doctrina de Rank ha dejado fuera de cuenta tanto factores constitucionales como filogenéticos. Pero si se quisiera dar cabida a la significatividad de la constitución, introduciendo, por ejemplo, la variante de que interesaría más bien la amplitud con que el individuo reacciona frente a la intensidad variable del trauma del nacimiento, se quitaría a la teoría su valor y se limitaría a un papel colateral el factor que se acaba de introducir. Por consiguiente, lo que decide sobre el desenlace en la neurosis se sitúa en otro ámbito, que sigue siendo desconocido para nosotros.

El hecho de que el ser humano tenga en común con los otros mamíferos el proceso del nacimiento, mientras que parece corresponderle como privilegio sobre los animales una particular predisposición a la neurosis, difícilmente hable en favor de la doctrina de Rank. Empero, la principal objeción es que ella planea en el aire, en vez de apoyarse en una observación cierta. No existen buenas indagaciones que prueben si un parto difícil y prolongado coincide de manera inequívoca con el desarrollo de una neurosis, o si al menos los niños así nacidos presentan los fenómenos del estado de angustia de la primera infancia durante más tiempo o con mayor intensidad que otros niños. Aun si se considera que partos precipitados y fáciles para la madre pueden significar para el hijo traumas graves, no puede negarse que en los casos en que se producen comienzos de asfixia debieran poder discernirse con certeza las consecuencias aseveradas. Parece una ventaja de la etiología de Rank conceder prioridad a un factor susceptible de examen en el material de la experiencia; mientras no se haya emprendido efectivamente esa demostración, será imposible formular un juicio acerca de su valor.

En cambio, no puedo suscribir la opinión de que la doctrina de Rank contradiría el valor etiológico de las pulsiones sexuales, admitido hasta ahora en el psicoanálisis; en efecto, sólo se refiere a la relación del individuo con la situación de peligro, y deja abierto este buen expediente: quien no pudo dominar los peligros iníciales, deberá fracasar también en las situaciones de peligro sexual que luego se le planteen y así será esforzado a la neurosis.

Yo no creo, pues, que el intento de Rank nos haya proporcionado la respuesta a la pregunta por el fundamento de la neurosis, y opino que todavía no puede decidirse cuán grande es la contribución que, a pesar de todo, implica para su solución. Si las indagaciones sobre el influjo de un parto difícil sobre la predisposición a contraer neurosis hubieran de arrojar un resultado negativo, esa contribución debería considerarse escasa. Es muy de lamentar que siempre quede insatisfecha la necesidad de hallar una «causa última» unitaria y aprehensible de la condición neurótica {Nervosität}. El caso ideal, que probablemente los médicos sigan añorando todavía hoy, sería el del bacilo, que puede ser aislado y obtenerse de él un cultivo puro, y cuya inoculación en cualquier individuo produciría idéntica afección. O algo menos fantástico: la presentación de sustancias químicas cuya administración produjera o cancelara determinadas neurosis. Pero no parece probable que puedan obtenerse tales soluciones de] problema.

El psicoanálisis lleva a expedientes menos simples, poco satisfactorios. No tengo nada nuevo para agregar en este punto, sólo repetiré cosas hace mucho notorias. Cuando el yo consigue defenderse de una moción pulsional peligrosa, por ejemplo mediante el proceso de la represión, sin duda inhibe y daña esta parte del ello, pero simultáneamente le concede una porción de independencia y renuncia a una porción de su propia soberanía. Esto se desprende de la naturaleza de la represión, que en el fondo es un intento de huida. Ahora lo reprimido está «proscrito», excluido de la gran organización del yo, sólo sometido a las leyes que gobiernan el reino de lo inconciente. Pero las consecuencias de la limitación del yo se vuelven manifiestas si luego la situación de peligro se altera de suerte que el yo ya no tiene motivo alguno para defenderse de una moción pulsional nueva, análoga a la reprimida. El nuevo decurso pulsional se consuma bajo el influjo del automatismo -preferiría decir de la compulsión de repetición-; recorre el mismo camino que el decurso pulsional reprimido anteriormente, como si todavía persistiera la situación de peligro ya superada. Por lo tanto, el factor fijador a la represión es la compulsión de repetición del ello inconciente, que en el caso normal sólo es cancelada por la función libremente móvil del yo. En ocasiones el yo logra echar abajo las barreras de la represión {desalojo} que él mismo había erigido, recuperar su influencia sobre la moción pulsional y guiar el nuevo decurso pulsional en el sentido de la situación de peligro ahora alterada. Pero es un hecho que muy a menudo fracasa y no puede deshacer {rückgängig machen} sus represiones. Para el desenlace de esta lucha acaso sean decisivas unas relaciones cuantitativas. En muchos casos tenemos la impresión de que se decide de una manera compulsiva: la atracción regresiva {regressive Anziehung} de la moción reprimida y la intensidad de la represión son tan grandes que la moción nueva no puede más que obedecer a la compulsión de repetición. En otros casos percibimos la contribución de un diferente juego de fuerzas: la atracción del arquetipo reprimido es reforzada por la repulsión {Abstossung} ejercida por las dificultades reales, que se contraponen a un diverso decurso de la moción pulsional reciente.

La prueba de que este es el modo en que se produce la fijación o la represión y en que se conserva la situación de peligro que ha dejado de ser actual se encuentra en el hecho de la terapia analítica, hecho modesto en sí mismo, pero de una importancia teórica difícil de sobrestimar. Cuando en el análisis prestamos al yo el auxilio que le permite cancelar sus represiones, él recupera su poder sobre el ello reprimido y puede hacer que las mociones pulsionales discurran como sí ya no existieran las antiguas situaciones de peligro. Lo que conseguimos entonces armoniza bien con el alcance ordinario de nuestra operación médica. En efecto, por regla general nuestra terapia debe contentarse con producir de manera más rápida y confiable, y con menor gasto, el desenlace bueno que en circunstancias favorables se habría producido espontáneamente.

Las consideraciones que llevamos hechas nos enseñan que son relaciones cuantitativas, no pesquisables de manera directa, sino aprehensibles sólo por la vía de la inferencia retrospectiva, las que deciden sí se retendrán las antiguas situaciones de peligro, si se conservarán las represiones del yo, si las neurosis de la infancia tendrán o no continuación. Entre los factores que han participado en la causación de las neurosis, que han creado las condiciones bajo las cuales se miden entre sí las fuerzas psíquicas, hay tres que cobran relieve para nuestro entendimiento: uno biológico, uno filogenético y uno puramente psicológico. El biológico es el prolongado desvalimiento y dependencia de la criatura humana. La existencia intrauterina del hombre se presenta abreviada con relación a la de la mayoría de los animales; es dado a luz más inacabado que estos. Ello refuerza el influjo del mundo exterior real, promueve prematuramente la diferenciación del yo respecto del ello, eleva la significatividad de los peligros del mundo exterior e incrementa enormemente el valor del único objeto que puede proteger de estos peligros y sustituir la vida intrauterina perdida. Así, este factor biológico produce las primeras situaciones de peligro y crea la necesidad de ser amado, de que el hombre no se librará más.

El segundo factor, el filogenético, ha sido dilucidado sólo por nosotros; un hecho muy notable del desarrollo libidinal nos forzó a admitirlo como hipótesis. Hallamos que la vida sexual del ser humano no experimenta un desarrollo continuo desde su comienzo hasta su maduración, como en la mayoría de los animales que le son próximos, sino que tras un primer florecimiento temprano, que llega hasta el quinto año, sufre tina interrupción enérgica, luego de la cual recomienza con la pubertad anudándose a los esbozos infantiles. Creemos que en las peripecias de la especie humana tiene que haber ocurrido algo importante que dejó como secuela, en calidad de precipitado histórico, esta interrupción del desarrollo sexual. La significatividad patógena de este factor se debe a que la mayoría de las exigencias pulsionales de esa sexualidad infantil son tratadas como peligros por el yo, quien se defiende de ellas como si fueran tales, de modo que las posteriores mociones sexuales de la pubertad, que debieran ser acordes con el yo, corren el riesgo de sucumbir a la atracción de los arquetipos infantiles y seguirlos a la represión. Nos topamos aquí con la etiología más directa de las neurosis. Es notable que el temprano contacto con las exigencias de la sexualidad ejerza sobre el yo un efecto parecido al prematuro contacto con el mundo exterior.

El tercer factor, o factor psicológico, se encuentra en una imperfección de nuestro aparato anímico, estrechamente relacionada con su diferenciación en un yo y un ello, vale decir que en último análisis se remonta también al influjo del mundo exterior. El miramiento por los peligros de la realidad fuerza al yo a ponerse a la defensiva ante ciertas mociones pulsionales del ello, a tratarlas como peligros. Empero, el yo no puede protegerse de peligros pulsionales internos de manera tan eficaz como de una porción de la realidad que le es ajena. Conectado íntimamente con el ello él mismo, sólo puede defenderse del peligro pulsional limitando su propia organización y aviniéndose a la formación de síntoma como sustituto del daño que infirió a la pulsión. Y si después se renueva el esfuerzo de asalto {Andrang} de la moción rechazada, surgen para el yo todas las dificultades que conocemos como padecimiento neurótico.

Provisionalmente, debo admitirlo, no hemos avanzado más en nuestra intelección de la esencia y la causación de las neurosis.

Continúa en Inhibición, síntoma y angustia, CAPÍTULO XI: «Addenda»