Obras de S. Freud: Inhibición, síntoma y angustia, CAPÍTULO XI: «Addenda»

XI. «Addenda»

En el curso de estas elucidaciones se rozaron diversos temas que fue preciso abandonar antes de tiempo y ahora deben reunirse para dispensarles la cuota de atención a que tienen derecho.


A. Modificación de opiniones anteriores

a. Resistencia y contrainvestidura

Es una pieza importante de la teoría de la represión {esfuerzo de desalojo} que esta no consiste en un proceso que se cumpla de una vez, sino que reclama un gasto permanente. Si este faltara, la moción reprimida, que recibe continuos aflujos desde sus fuentes, retomaría el mismo camino que fue esforzada a desalojar {abdrängen}, la represión quedaría despojada de su éxito o debería repetirse indefinidamente.  Así, la naturaleza continuada de la pulsión exige al yo asegurar su acción defensiva mediante un gasto permanente. Esta acción en resguardo de la represión es lo que en el empeño terapéutico registramos como resistencia. Y esta última presupone lo que he designado como contrainvestidura. En la neurosis obsesiva es palpable una contrainvestidura así. Se manifiesta como alteración del yo, como formación reactiva en el interior del yo, por refuerzo de la actitud opuesta a la orientación pulsional que ha de reprimirse (compasión, escrupulosidad de la conciencia moral, limpieza). Estas formaciones reactivas de la neurosis obsesiva son, por entero, exageraciones de rasgos de carácter normales, desarrollados en el curso del período de latencia. Más difícil resulta pesquisar la contrainvestidura en la histeria, donde, según nuestra expectativa teórica, es igualmente indispensable. También en ella es inequívoca la presencia de cierto grado de alteración del yo por formación reactiva, v en muchas circunstancias es tan notable que se impone a ja atención como el síntoma principal del cuadro. De ese modo se resuelve, verbigracia, el conflicto de ambivalencia de la histeria: el odio hacia una persona amada es sofrenado por una hiperternura hacia ella y un desmedido temor por su suerte. Empero, como diferencia respecto de la neurosis obsesiva debe destacarse que tales formaciones reactivas no muestran la naturaleza general de rasgos de carácter, sino que se limitan a relaciones muy especiales. Por ejemplo, la histérica que trata con excesiva ternura al hijo a quien en el fondo odia, no por ello será en el conjunto más amorosa que otras mujeres, ni siquiera más tierna con otros niños. La formación reactiva de la histeria retiene con firmeza un objeto determinado y no se eleva al carácter de una predisposición universal del yo. En cambio, lo característico de la neurosis obsesiva es justamente esta generalización, el aflojamiento de los vínculos de objeto, la facilidad para el desplazamiento en la elección de objeto.

Otra clase de contrainvestidura parece más acorde a la especificidad de la histeria. La moción pulsional reprimida puede ser activada (investida de nuevo) desde dos lados; en primer lugar, desde adentro, por un refuerzo de la pulsión a partir de sus fuentes internas de excitación, y, en segundo, desde afuera, por la percepción de un objeto que sería deseable para la pulsión. Ahora bien, la contrainvestidura histérica se dirige preferentemente hacia afuera contra una percepción peligrosa; cobra la forma de una particular vigilancia que evita, mediante limitaciones del yo, situaciones en que por fuerza emergería esa percepción y, en caso de que esta haya surgido no obstante, consigue sustraer de ella la atención. Autores franceses (Laforgue [1926] ) han designado recientemente esta operación de la histeria mediante el nombre particular de «escotomización». En las fobias, cuyo interés se concentra en distanciarse cada vez más de la percepción temida, esta técnica es aún más llamativa que en la histeria. La oposición en la orientación de la contrainvestidura entre histeria y fobias, por un lado, y neurosis obsesiva, por el otro, parece sustantiva, pero no es absoluta. Cabe suponer que existe un nexo más estrecho entre la represión y la contrainvestidura externa, así como entre la regresión y la contrainvestidura interna (alteración del yo por formación reactiva). La defensa contra la percepción peligrosa es, por lo demás, una tarea universal de las neurosis. Diversos mandamientos y prohibiciones de la neurosis obsesiva están destinados a servir a este mismo propósito.

Ya tenemos en claro desde antes que la resistencia, que debemos superar en el análisis, es operada por el yo, que se afirma en sus contrainvestiduras. Es difícil para el yo dirigir su atención a percepciones y representaciones de cuya evitación había hecho hasta entonces un precepto, o reconocer como suyas unas mociones que constituyen lo más totalmente opuesto a lo que le es familiar como propio. Nuestro combate contra las resistencias en el análisis se basa en esa concepción de ellas. Hacemos conciente la resistencia toda vez que, como es tan frecuente que ocurra, ella misma es inconciente a raíz de su nexo con lo reprimido; si ha devenido conciente, o después que lo ha hecho, le contraponemos argumentos lógicos, y prometemos al yo ventajas y premios si abandona la resistencia. En cuanto a la resistencia del yo, entonces, no hay nada que poner en duda o rectificar. En cambio, es cuestionable que ella sola recubra el estado de cosas que nos sale al paso en el análisis. Hacemos la experiencia de que el yo sigue hallando dificultades para deshacer las represiones aun después que se formó el designio de resignar sus resistencias, y llamamos «reelaboración» {«Durcharbeiten»} a la fase de trabajoso empeño que sigue a ese loable designio. Ahora parece indicado reconocer el factor dinámico que vuelve necesaria y comprensible esa reelaboración. Difícilmente sea otro que este: tras cancelar la resistencia yoica, es preciso superar todavía el poder de la compulsión de repetición, la atracción de los arquetipos inconcientes sobre el proceso pulsional reprimido; y nada habría que objetar si se quisiese designar ese factor como resistencia de lo inconciente. Que no nos aflijan estas correcciones; bienvenidas sean si nos hacen avanzar en nuestra comprensión; y no son motivo alguno de vergüenza cuando no refutan lo anterior, sino lo enriquecen, llegado el caso restringen una generalidad o amplían una concepción demasiado estrecha.

No cabe suponer que mediante esa corrección hayamos obtenido un panorama completo de las clases de resistencias con que nos topamos en el análisis. Antes bien, notamos, en una ulterior profundización, que debemos librar combate contra cinco clases de resistencia que provienen de tres lados, a saber: del yo, del ello y del superyó, demostrando ser el yo la fuente de tres formas de ella, diversas por su dinámica. La primera de estas tres resistencias yoicas es la resistencia de represión, ya tratada, y acerca de la cual hay poquísimo de nuevo para decir. De ella se separa la resistencia de trasferencia, de naturaleza idéntica, pero que en el análisis crea fenómenos diversos y mucho más nítidos, pues consigue establecer un vínculo con la situación analítica o con la persona del analista y, así, reanimar como si fuera fresca una represión que meramente debía ser recordada.  Es también una resistencia yoica, pero de muy diversa naturaleza, la que parte de la ganancia de la enfermedad y se basa en la integración {Einbeziehung) del síntoma en el yo. Corresponde a la renuencia a renunciar a una satisfacción o a un aligeramiento. En cuanto a la cuarta clase de resistencia, la del ello, acabamos de hacerla responsable de la necesidad de la reelaboración. La quinta resistencia, la del superyó, discernida en último término y que es la más oscura pero no siempre la más débil, parece brotar de la conciencia de culpa o necesidad de castigo; se opone a todo éxito y, por tanto, también a la curación mediante el análisis.

b. Angustia por trasmudación de libido

La concepción de la angustia sustentada en este ensayo se distancia un poco de la que me parecía justificada hasta ahora. Antes yo consideraba la angustia como una reacción general del yo bajo las condiciones del displacer, en cada caso procuraba dar razón de su emergencia en términos económicos y, apoyado en la indagación de las neurosis actuales, suponía que una libido (excitación sexual) desautorizada por el yo o no aplicada hallaba una descarga directa en la forma de angustia. Es innegable que estas diversas determinaciones no se compadecen bien o, al menos, no se siguen necesariamente una de la otra. Además, surgió la apariencia de un vínculo particularmente estrecho entre angustia y libido, que, a su vez, no armonizaba con el carácter general de la angustia como reacción de displacer.

El veto a esta concepción partió de la tendencia a hacer del yo el único almácigo de la angustia; era, por tanto, una de las consecuencias de la articulación del aparato anímico intentada en El yo y el ello. Para la concepción anterior era natural considerar a la libido de la moción pulsional reprimida como la fuente de la angustia; de acuerdo con la nueva, en cambio, más bien debía de ser el yo el responsable de esa angustia. Por lo tanto: . angustia yoica o angustia pulsional (del ello). Puesto que el yo trabaja con energía desexualizada, en la nueva concepción se aflojó también el nexo íntimo entre angustia y libido. Espero que conseguiré al menos aclarar la contradicción, dibujar con exactitud los contornos de la incertidumbre.

La sugerencia de Rank, según la cual, como yo mismo lo afirmara antes, el afecto de angustia era una consecuencia del proceso del nacimiento y una repetición de la situación por cuya vivencia se atravesó entonces, obligó a reexaminar el problema de la angustia. Yo no podía seguirle en su tesis del nacimiento como trauma, del estado de angustia como reacción de descarga frente a él, y de cada nuevo afecto de angustia como un ensayo de «abreaccionar» el trauma de manera cada vez más acabada. Así nos vimos precisados a remontarnos de la reacción de angustia a la situación de peligro que estaba tras ella. Al introducirse este factor surgieron nuevos puntos de vista que debían ser considerados. El nacimiento pasó a ser el arquetipo de todas las situaciones posteriores de peligro, planteadas bajo las nuevas condiciones del cambio en la forma de existencia y el progreso en el desarrollo psíquico. Pero al mismo tiempo su significado se limitó a este carácter de referencia arquetípica al peligro. La angustia sentida a raíz del nacimiento pasó a ser el arquetipo de un afecto de angustia que debía compartir los destinos de otros afectos. O se reproducía en situaciones análogas a las originarias, como una forma de reacción inadecuada al fin, después de haber sido adecuado en la primera situación de peligro, o el yo adquiría poder sobre este afecto y él mismo lo reproducía, se servía de él como alerta frente al peligro y como medio para convocar la intervención del mecanismo de placer-displacer. El valor biológico del afecto de angustia obtenía su reconocimiento al admitirse que la angustia era la reacción general frente a la situación de peligro; se refirmaba el papel del yo como almácigo de la angustia al adjudicársele la función de producir el afecto de angustia de acuerdo con sus necesidades. Así se atribuían dos modalidades al origen de la angustia en la vida posterior: una involuntaria, automática, económicamente justificada en cada caso, cuando se había producido una situación de peligro análoga a la del nacimiento ; la otra, generada por el yo cuando una situación así amenazaba solamente, y a fin de movilizar su evitación. En este segundo caso, el yo se sometía a la angustia como si fuera a una vacuna, a fin de sustraerse, mediante un estallido morigerado de la enfermedad, de un ataque no morigerado. El yo se representa por así decir vívidamente la situación de peligro, con la inequívoca tendencia de limitar ese vivenciar penoso a una indicación, una señal. Ya hemos expuesto en detalle el modo en que las diversas situaciones de peligro se desarrollan unas tras otras en ese proceso, y, no obstante, permanecen genéticamente conectadas entre sí. Quizá logremos avanzar un poco más en nuestra comprensión de la angustia si abordamos el problema de la relación entre angustia neurótica y angustia realista.

Ahora ha perdido interés para nosotros la transposición directa de la libido en angustia, antes sustentada. Pero si la tomamos en consideración, debemos diferenciar varios casos. No entra en cuenta respecto de la angustia que el yo provoca como señal; tampoco, por consiguiente, en todas las situaciones de peligro que mueven al yo a introducir una represión. La investidura libidinosa de la moción pulsional reprimida experimenta, como se lo ve de la manera más nítida en el caso de la histeria de conversión, una aplicación diversa de su trasposición en angustia y su descarga como tal. En cambio, en nuestro posterior examen de la situación de peligro tropezaremos con aquel caso del desarrollo de angustia sobre el cual probablemente sea preciso formular un juicio diferente.

c. Represión y defensa

En conexión con las elucidaciones acerca del problema de la angustia he retomado un concepto -o, dicho más modestamente, una expresión- del que me serví con exclusividad al comienzo de mis estudios, hace treinta años, y luego había abandonado. Me refiero al término «proceso defensivo» {«Abwehrvorgang»}. Después lo sustituí por el de «represión» {esfuerzo de desalojo}, pero el nexo entre ambos permaneció indeterminado. Ahora opino que significará una segura ventaja recurrir al viejo concepto de la «defensa» estipulando que se lo debe utilizar como la designación general de todas las técnicas de que el yo se vale en sus conflictos que eventualmente llevan a la neurosis, mientras que «represión» sigue siendo el nombre de uno de estos métodos de defensa en particular, con el cual nos familiarizamos más al comienzo, a consecuencia de la orientación de nuestras indagaciones.

Para que se justifique aun una mera innovación terminológica, debe ser la expresión de un nuevo modo de abordaje o de una ampliación de nuestras intelecciones. Pues bien; volver a utilizar el concepto de defensa y limitar el concepto de represión da razón de un hecho hace tiempo notorio, pero que ha cobrado significatividad en virtud de algunos descubrimientos más recientes. Fue en la histeria donde hicimos nuestras primeras experiencias sobre represión y formación de síntoma; vimos que el contenido perceptivo de vivencias excitantes, el contenido de representación de formaciones patógenas de pensamiento, son olvidados y excluidos de la reproducción en la memoria, y por eso discernimos en el apartamiento de la conciencia un carácter principal de la represión histérica. Más tarde estudiamos la neurosis obsesiva y hallamos que en esta afección los procesos patógenos no son olvidados. Permanecen concientes, mas son «aislados» de una manera todavía irrepresentable, de suerte que se alcanza más o menos el mismo resultado que mediante la amnesia histérica. Pero la diferencia es lo bastante grande para justificar nuestra opinión de que el proceso mediante el cual la neurosis obsesiva elimina una exigencia pulsional no puede ser el mismo que en la histeria. Posteriores indagaciones nos enseñaron que en la neurosis obsesiva se llega, bajo el influjo de la revuelta del yo, a la meta de una regresión de las mociones pulsionales a una fase anterior de la libido, que por cierto no vuelve superflua una represión, pero manifiestamente opera en el mismo sentido que esta. Hemos visto, por lo demás, que la contrainvestidura -cuya existencia es de suponer también en la histeria- desempeña en la neurosis obsesiva un papel muy considerable como alteración reactiva del yo; así prestamos atención a un procedimiento de «aislamiento», cuya técnica no podemos indicar todavía, que se procura una expresión sintomática directa, y también al procedimiento de la «anulación de lo acontecido», que ha de llamarse mágico y acerca de cuya tendencia defensiva no pueden caber dudas, pero que ya no tiene semejanza con el proceso de la «represión». Estas experiencias son base suficiente para reintroducir el viejo concepto de la defensa, apto para abarcar todos estos procesos de idéntica tendencia -protección del yo frente a exigencias pulsionales-, y subsumirle la represión como un caso especial. El valor de esta terminología se acrecienta si se piensa en la posibilidad de que una profundización de nuestros estudios pueda dar como resultado una estrecha copertenencia entre formas particulares de la defensa y afecciones determinadas, por ejemplo, entre represión e histeria. Además, nuestra expectativa se dirige a la posibilidad de otra significativa relación de dependencia. No es difícil que el aparato psíquico, antes de la separación tajante entre yo y ello, antes de la conformación de un superyó, ejerza métodos de defensa distintos de los que emplea luego de alcanzados esos grados de organización.

B. Complemento sobre la angustia

El afecto de angustia exhibe algunos rasgos cuya indagación promete un mayor esclarecimiento. La angustia tiene un inequívoco vínculo con la expectativa; es angustia ante algo. Lleva adherido un carácter de indeterminación y ausencia de objeto; y hasta el uso lingüístico correcto le cambia el nombre cuando ha hallado un objeto, sustituyéndolo por el de miedo {Furcht}. Por otra parte, además de su vínculo con el peligro, la angustia tiene otro con la neurosis, en cuyo esclarecimiento hace tiempo que estamos empeñados. Surge la pregunta: ¿Por qué no todas las reacciones de angustia son neuróticas, por qué admitimos a tantas de ellas como normales? Y también se hace necesaria una apreciación a fondo de la diferencia entre angustia realista y angustia neurótica.

Principiemos por esta última tarea. Nuestro progreso consistió en remontarnos desde la reacción de angustia hasta la situación de peligro. Emprendamos esa misma alteración en el problema de la angustia realista; así nos resultará fácil solucionarlo. Peligro realista es uno del que tomamos noticia, y angustia realista es la que sentimos frente a un peligro notorio de esa clase. La angustia neurótica lo es ante un peligro del que no tenemos noticia. Por tanto, es preciso buscar primero el peligro neurótico; el análisis nos ha enseñado que es un peligro pulsional. Tan pronto como llevamos a la conciencia este peligro desconocido para el yo, borramos la diferencia entre angustia realista y angustia neurótica, y podemos tratar a esta como a aquella.

En el peligro realista desarrollamos dos reacciones: la afectiva, el estallido de angustia, y la acción protectora. Previsiblemente lo mismo ocurrirá con el peligro pulsional. Conocemos el caso de una cooperación adecuada a fines de ambas reacciones, en que una da la señal para la entrada de la otra, pero también el caso inadecuado al fin, el de la parálisis por angustia, en que una se extiende a expensas de la otra.

Hay casos que presentan contaminados los caracteres de la angustia realista y de la neurótica. El peligro es notorio y real (objetivo}, pero la angustia ante él es desmedida, más grande de lo que tendría derecho a ser a juicio nuestro. En este «plus» se delata el elemento neurótico. Sin embargo, tales casos no aportan en principio nada nuevo. El análisis muestra que al peligro realista notorio se anuda un peligro pulsional no discernido.

Avanzaremos otro paso no contentándonos tampoco con la reconducción de la angustia al peligro. ¿Cuál es el núcleo, la significatividad, de la situación de peligro? Evidentemente, la apreciación de nuestras fuerzas en comparación con su magnitud, la admisión de nuestro desvalimiento frente a él, desvalimiento material en el caso del peligro realista, y psíquico en el del peligro pulsional. En esto, nuestro juicio es guiado por experiencias efectivamente hechas; que su estimación sea errónea es indiferente para el resultado. Llamemos traumática a una situación de desvalimiento vivenciada; tenemos entonces buenas razones para diferenciar la situación traumática de la situación de peligro.

Ahora bien, constituye un importante progreso en nuestra autopreservación no aguardar {abwarten} a que sobrevenga una de esas situaciones traumáticas de desvalimiento, sino preverla, estar esperándola {erwarten}. Llámese situación de peligro a aquella en que se contiene la condición de esa expectativa; en ella se da la señal de angustia. Esto quiere decir: yo tengo la expectativa de que se produzca una situación de desvalimiento, o la situación, presente me recuerda a una de las vivencias traumáticas que antes experimenté. Por eso anticipo ese trauma, quiero comportarme como si ya estuviera ahí, mientras es todavía tiempo de extrañarse de él. La angustia es entonces, por una parte, expectativa del trauma, y por la otra, una repetición amenguada de él. Estos dos caracteres que nos han saltado a la vista en la angustia tienen, a su vez, diverso origen. Su vínculo con la expectativa atañe a la situación de peligro; su indeterminación y ausencia de objeto, a la situación traumática del desvalimiento que es anticipada en la situación de peligro.

De acuerdo con el desarrollo de la serie angustia-peligro-desvalimiento (trauma), podemos resumir: La situación de peligro es la situación de desvalimiento discernida, recordada, esperada. La angustia es la reacción originaria frente al desvalimiento en el trauma, que más tarde es reproducida como señal de socorro en la situación de peligro. El yo, que ha vivenciado pasivamente el trauma, repite {wiederbolen} ahora de manera activa una reproducción {Reproduktion} morigerada de este, con la esperanza de poder guiar de manera autónoma su decurso. Sabemos que el niño adopta igual comportamiento frente a todas las vivencias penosas para él, reproduciéndolas en el juego; con esta modalidad de tránsito de la pasividad a la actividad procura dominar psíquicamente sus impresiones vitales.  Si la «abreacción» del trauma se entendiera en este sentido no habría nada más que objetar. Empero, lo decisivo es el primer desplazamiento de la reacción de angustia desde su origen en la situación de desvalimiento hasta su expectativa, la situación de peligro. Y de ahí se siguen los ulteriores desplazamientos del peligro a la condición del peligro, así como la pérdida de objeto y sus ya mencionadas modificaciones.

«Malcriar» al niño pequeño tiene la indeseada consecuencia de acrecentar, por encima de todos los demás, el peligro de la pérdida de objeto -siendo este la protección frente a todas las situaciones de desvalimiento- Favorece entonces que el individuo se quede en la infancia, de la que son característicos el desvalimiento motor y el psíquico.

Hasta ahora no hemos tenido ocasión ninguna de considerar a la angustia realista de otro modo que a la neurótica. Conocemos la diferencia; el peligro realista amenaza desde un objeto externo, el neurótico desde una exigencia pulsional. En la medida en que esta exigencia pulsional es algo real {Real}, puede reconocerse también a la angustia neurótica un fundamento real. Hemos comprendido que la apariencia de un vínculo particularmente íntimo entre angustia y neurosis se reconduce al hecho de que el yo se defiende, con auxilio de la reacción de angustia, del peligro pulsional del mismo modo que del peligro realista externo, pero esta orientación de la actividad defensiva desemboca en la neurosis a consecuencia de una imperfección del aparato anímico.

Hemos adquirido también la convicción de que la exigencia pulsional a menudo sólo se convierte en un peligro (interno) porque su satisfacción conllevaría un peligro externo, vale decir, porque ese peligro interno representa {repräsentieren} uno externo.

Y, por otra parte, también el peligro exterior (realista) tiene que haber encontrado una interiorización si es que ha de volverse significativo para el yo; por fuerza es discernido en su vínculo con una situación vivenciada de desvalimiento.  Un discernimiento instintivo de peligros que amenacen de afuera no parece innato en el hombre, o lo tiene sólo en medida muy limitada. Los niños pequeños hacen incesantemente cosas que aparejan riesgo de muerte, y por eso mismo no pueden prescindir del objeto protector. En el nexo con la situación traumática, frente a la cual uno está desvalido, coinciden peligro externo e interno, peligro realista y exigencia pulsional. Sea que el yo vivencie en un caso un dolor que no cesa, en otro una estasis de necesidad que no puede hallar satisfacción, la situación económica es, en ambos, la misma, y el desvalimiento motor encuentra su expresión en el desvalimiento psíquico.

Las enigmáticas fobias de la primera infancia merecen ser citadas de nuevo en este lugar. Algunas de ellas -soledad, oscuridad, personas extrañas- podrían comprenderse como reacciones frente al peligro de la pérdida del objeto; respecto de otras -animales pequeños, truenos, etc.- se ofrece quizás el expediente de que serían los restos mutilados de una preparación congénita para los peligros realistas, tan nítidamente conformada en otros animales. En el caso del ser humano, lo -único acorde al fin es la parte de esta herencia arcaica que se refiere a la pérdida del objeto. Cuando tales fobias infantiles se fijan, se vuelven más intensas y perduran hasta una época posterior, el análisis demuestra que su contenido se ha puesto en conexión con exigencias libidinales, ha devenido también la subrogación de peligros internos.

C. Angustia, dolor y duelo

Es tan poco lo que hay sobre la psicología de los procesos de sentimiento que las siguientes, tímidas, puntualizaciones tienen derecho a reclamar la mayor indulgencia. El problema se nos plantea en este punto: deberíamos decir que la angustia nace como reacción frente al peligro de la pérdida del objeto. Ahora bien, ya tenemos noticia de una reacción así frente a la pérdida del objeto; es el duelo. Entonces, ¿cuándo sobreviene uno y cuándo la otra? En el duelo, del cual yo, nos hemos ocupado antes, ha quedado un rasgo completamente sin entender: su carácter particularmente doliente.  Y a pesar de todo, nos parece evidente que la separación del objeto deba ser dolorosa. Pero entonces el problema se nos complica más: ¿Cuándo la separación del objeto provoca angustia, cuándo duelo y cuándo quizá sólo dolor?

Digamos enseguida que no hay perspectiva alguna de responder estas preguntas. Nos conformaremos con hallar algunos deslindes y algunas indicaciones.

Tomemos de nuevo como punto de partida una situación que creemos comprender: la del lactante que, en lugar de avistar a su madre, avista a una persona extraña. Muestra entonces angustia, que hemos referido al peligro de la pérdida del objeto. Pero ella es sin duda más compleja y merece un examen más a fondo. La angustia del lactante no ofrece por cierto duda alguna, pero la expresión del rostro y la reacción de llanto hacen suponer que, además, siente dolor. Parece que en él marchara conjugado algo que luego se dividirá. Aún no puede diferenciar la ausencia temporaria de la pérdida duradera; cuando no ha visto a la madre una vez, se comporta como si nunca más hubiera de verla, y hacen falta repetidas experiencias consoladoras hasta que aprenda que a una desaparición de la madre suele seguirle su reaparición. La madre hace madurar ese discernimiento {Erkenntnis}, tan importante para él, ejecutando el familiar juego de ocultar su rostro ante el niño y volverlo a descubrir, para su alegría.  De este modo puede sentir, por así decir, una añoranza no acompañada de desesperación.

La situación en que echa de menos a la madre es para él, a consecuencia de su malentendido, no una situación de peligro, sino traumática o, mejor dicho, es una situación traumática cuando registra en ese momento una necesidad que la madre debe satisfacer; se muda en situación de peligro cuando esa necesidad no es actual. La primera condición de angustia que el yo mismo introduce es, por lo tanto, la de la pérdida de percepción, que se equipara a la de la pérdida del objeto. Todavía no cuenta una pérdida de amor. Más tarde la experiencia enseña que el objeto permanece presente, pero puede ponerse malo para el niño, y entonces la pérdida de amor por parte del objeto se convierte en un nuevo peligro y nueva condición de angustia más permanentes.

La situación traumática de la ausencia de la madre diverge en un punto decisivo de la situación traumática del nacimiento. En ese momento no existía objeto alguno que pudiera echarse de menos. La angustia era la única reacción que podía producirse. Desde entonces, repetidas situaciones de satisfacción han creado el objeto de la madre, que ahora, en caso de despertarse la necesidad, experimenta una investidura intensiva, que ha de llamarse «añorante». A esta novedad es preciso referir la reacción del dolor. El dolor es, por tanto, la genuina reacción frente a la pérdida del objeto; la angustia lo es frente al peligro que esa pérdida conlleva, y en ulterior desplazamiento, al peligro de la pérdida misma del objeto.

También acerca del dolor es muy poco lo que sabemos. He aquí el único contenido seguro: el hecho de que el dolor -en primer término y por regla general- nace cuando un estímulo que ataca en la periferia perfora los dispositivos de la protección antiestímulo y entonces actúa como un estímulo pulsional continuado, frente al cual permanecen impotentes las acciones musculares, en otro caso eficaces, que sustraerían del estímulo el lugar estimulado.  En nada varía la situación cuando el estímulo no parte de un lugar de la piel, sino de un órgano interno; no ocurre otra cosa que el remplazo de la periferia externa por una parte de la interna. Es evidente que el niño tiene ocasión de hacer esas vivencias de dolor, que son independientes de sus vivencias de necesidad. Ahora bien, esta condición genética del dolor parece tener muy poca semejanza con una pérdida del objeto; es indudable que en la situación de añoranza del niño falta por completo el factor, esencial para el dolor, de la estimulación periférica. Empero, no dejará de tener su sentido que el lenguaje haya creado el concepto del dolor interior, anímico, equiparando enteramente las sensaciones de la pérdida del objeto al dolor corporal.

A raíz de] dolor corporal se genera una investidura elevada, que ha de llamarse narcisista, del lugar doliente del cuerpo; esa investidura aumenta cada vez más y ejerce sobre el yo un efecto de vaciamiento, por así decir.  Es sabido que con motivo de dolores en órganos internos recibimos representaciones espaciales y otras de partes del cuerpo que no suelen estar subrogadas en el representar conciente. También el notable hecho de que aun los dolores corporales más intensos no se producen (no es lícito decir aquí: permanecen inconcientes) si un interés de otra índole provoca distracción psíquica halla su explicación en el hecho de la concentración de la investidura en la agencia representante psíquica del lugar doliente del cuerpo. Pues bien; en este punto parece residir la analogía que ha permitido aquella trasferencia de la sensación dolorosa al ámbito anímico. ¡La intensiva investidura de añoranza, en continuo crecimiento a consecuencia de su carácter irrestañable, del objeto ausente (perdido) crea las mismas condiciones económicas que la investidura de dolor del lugar lastimado del cuerpo y hace posible prescindir del condicionamiento periférico del dolor corporal! El paso del dolor corporal al dolor anímico corresponde a la mudanza de investidura narcisista en investidura de objeto. La representación-objeto, que recibe de la necesidad una elevada investidura, desempeña el papel del lugar del cuerpo investido por el incremento de estímulo. La continuidad del proceso de investidura y su carácter no inhibible producen idéntico estado de desvalimiento psíquico. Si la sensación de displacer que entonces nace lleva el carácter específico del dolor (no susceptible de otra descripción), en lugar de exteriorizarse en la forma de reacción de la angustia, cabe responsabilizar de ello a un factor que ha sido poco tenido en cuenta hasta ahora en la explicación: el elevado nivel de las proporciones de investidura y ligazón con que se consuman estos procesos que llevan a la sensación de displacer.

Tenemos noticia, además, de otra reacción de sentimiento frente a la pérdida del objeto: el duelo. Pero su explicación ya no depara más dificultades. El duelo se genera bajo el influjo del examen de realidad, que exige categóricamente separarse del objeto porque él ya no existe más.  Debe entonces realizar el trabajo de llevar a cabo ese retiro del objeto en todas las situaciones en que el objeto {Objekt} fue asunto {Gegenstand} de una investidura elevada. El carácter doliente de esta separación armoniza con la explicación que acabamos de dar, a saber, la elevada e incumplible investidura de añoranza del objeto en el curso de la reproducción de las situaciones en que debe ser desasida la ligazón con el objeto.

Apéndice A.
«Represión» y «defensa»

[La historia del uso de estos dos términos, tal como la traza Freud, es quizás un poco imprecisa o en todo caso exige cierta ampliación. Ambos fueron utilizados con mucha liberalidad durante el período de Breuer. «Represión» («Verdrängung») aparece por primera vez en la «Comunicación preliminar» (1893a), AE, 2, pág. 36, y «defensa» («Abtvehr») en «Las neuropsicosis de defensa» (1894a). En los Estudios sobre la histeria (1895d), «represión» se encuentra una docena de veces y «defensa» algunas más; no obstante, parece haberse establecido entre ellos una diferenciación, describiendo con «represión» el proceso efectivo y con «defensa» su motivación. Pero en el prólogo a la primera edición de los Estudios los autores aparentemente equiparan los dos conceptos, pues sostienen que «la sexualidad desempeña un papel principal [ … ] como motivo de la «defensa», de la represión de representaciones fuera de la conciencia» (AE, 2, pág. 23). Y de manera todavía más explícita, al comienzo de su segundo trabajo sobre las neuropsicosis de defensa (1896b), AE, 3, pág. 163, Freud habla del «proceso psíquico de la «defensa» o la «represión»».

Después del período de Breuer, o sea, a partir de 1897, el uso de «defensa» fue haciéndose menos frecuente, aunque no desapareció del todo; figura varias veces, por ejemplo, en el capítulo VII de la primera edición de Psicopatología de la vida cotidiana (1901b) y en el capítulo VII, sección 7, de El chiste y su relación con lo inconciente (1905c). Pero ya «represión» había comenzado a predominar, y aparece en forma casi exclusiva en el historial clínico de «Dora» (1905e) y en los Tres ensayos de teoría sexual (1905d). Poco después, en «Mis tesis sobre el papel de la sexualidad en la etiología de las neurosis» (1906a), escrito en junio de 1905, Freud llamó expresamente la atención sobre el cambio terminológico. En una reseña histórica de sus concepciones, al ocuparse del período inmediatamente posterior al de Breuer, aprovechó para escribir lo siguiente: « … la «represión» (como empecé a decir en lugar de «defensa») … » (AE, 7, pág, 268).

La leve imprecisión ya manifiesta en esta frase se hizo más marcada aún en otra parecida de la «Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico» (1914d), donde, al referirse nuevamente a las postrimerías del período de Breuer, consignaba Freud: « … [yo] concebía la escisión psíquica misma como resultado de un proceso de repulsión al que llamé entonces «defensa» y, más tarde, «represión»» (AE, 14, págs. 10-1).

El predominio de «represión» fue aún mayor luego de 1905, hasta que en el análisis del «Hombre de las Ratas» (1909d), verbigracia, Freud nos dice que hay dos clases de represión, una de las cuales se aplica en la histeria y la otra en la neurosis obsesiva (AE, 10, pág. 154). Este es un ejemplo particularmente claro en el cual, si nos atenemos al esquema propuesto en la presente obra, deberíamos decir «dos clases de defensa».

Pero no pasó mucho tiempo sin que comenzara a verse nítidamente la utilidad de «defensa» como término más amplio que «represión»; esto ocurre, en particular, en los trabajos metapsicológicos. Así, los «destinos» de las pulsiones, sólo uno de los cuales es la «represión», fueron considerados como «modos de defensa» contra ellas (cf. «Pulsiones y destinos de pulsión (1915c), AE, 14, págs. 122 y 127, y «La represión» (1915d); y de la «proyección» se nos dice que es un «mecanismo de defensa» o «medio de la defensa» (cf. «Lo inconciente» (1915e), AE, 14, pág. 181, y «Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños» (1917d). Sin embargo, pasarían otros diez años (hasta la presente obra) antes de que Freud reconociera explícitamente la conveniencia de establecer un distingo en el uso de ambos términos.]

Apéndice B.
Escritos de Freud que versan predominantemente o en gran parte sobre la angustia

[El tema de la angustia aparece en un gran número (tal vez en la mayoría) de los escritos de Freud, pese a lo cual posiblemente resulte útil una lista como la que ofrecemos a continuación. La fecha que aparece a la izquierda es la del año de redacción; la que figura luego de cada uno de los títulos corresponde al año de publicación y remite al ordenamiento adoptado en la bibliografía del final del volumen. Los manuscritos que se dan entre corchetes fueron publicados póstumamente.]

[1893 Manuscrito B. «La etiología de las neurosis», sección II (1950a).]

[1894 Manuscrito E. «¿Cómo se genera la angustia?»  (1950a).]

[1894 Manuscrito F. «Recopilación III», nº 1 (1950a).]

1894 «Obsesiones y fobias», sección 11 (1895c).

1894 «Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de «neurosis de angustia»» ( 1895b).

[¿1895? Manuscrito J (1950a).]

1895 «A propósito de las críticas a la «neurosis de angustia»» (1895f).

1909 «Análisis de la fobia de un niño de cinco años» ( 1909b).

1910 «Sobre el psicoanálisis «silvestre»» (1910k).

1914 «De la historia de una neurosis infantil» (1918b).

1916-17 Conferencias de introducción al psicoanálisis, 25º conferencia (1916-17).

1925 Inhibición, síntoma y angustia (1926d).

1932 Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, 32º conferencia (primera parte) (1933a]