Obras de S. Freud: Presentación autobiográfica. (1925 [1924])

Nota introductoria:
Como explica Freud en el «Posfacio», la traducción de esta obra al inglés, publicada en Estados Unidos (Nueva York: Brentano, 1927), fue incluida en el mismo volumen que ¿Pueden los legos ejercer el análisis? ( 1926e), pero ni en la tapa ni en la portada de este último se mencionaba la Presentación autobiográfica. Cuando, ocho años más tarde, otro editor norteamericano quiso volver a publicarla, le sugirió a Freud que la revisase y actualizase. Así fue como el material agregado apareció en inglés antes que en alemán. En Gesammelte Schriften, 11, sólo se da, por supuesto, el texto de la primera edición; en Gesammelte Werke, 14, volumen publicado en 1948, se ofrece una reproducción fotostática de aquella versión junto con las nuevas notas agregadas en la segunda edición; pero desgraciadamente se pasó por alto el gran número de cambios y agregados hechos en el cuerpo principal del trabajo. Por consiguiente, estos no figuran en las Gesammelte Werke, aunque sí se los hallará, naturalmente, en las ediciones del libro que se hicieron por separado (1936 y 1946). En la traducción que sigue damos cuenta de ellos.

Según Ernest Jones (1957, pág. 123), la parte fundamental del escrito fue redactada en agosto y setiembre de

1924, y apareció en febrero de 1925; el «Posfacio» fue terminado en mayo de 1935.

Suele hacerse referencia a esta obra, equivocadamente, como la «autobiografía» de Freud. El título de la serie para la cual fue originalmente escrita -Die Medizin der Gegenwart in Selbstdarstellungen {La medicina actual a través de presentaciones autobiográficas}, que apareció en cuatro volúmenes entre los años 1923 y 1925, incluyendo colaboraciones de alrededor de veintisiete importantes personalidades médicas- muestra bien a las claras que sus directores pretendían ofrecer un relato de la historia reciente de la medicina hecho por la pluma de quienes tuvieron un destacado papel en ella. Así pues, el estudio de Freud es, en esencia, una descripción de su participación personal en el desarrollo del psicoanálisis. Como él mismo señala en el primer párrafo, inevitablemente debía volver a recorrer el trayecto ya atravesado en su «Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico» (1914d) diez años atrás. Sin embargo, la comparación entre ambas obras indica que la presente fue redactada en un talante muy distinto. Las polémicas que agriaron el trabajo anterior habían perdido significación, y ahora Freud estaba en condiciones de trazar en forma serena y totalmente objetiva la evolución de sus ideas científicas.

Quienes deseen conocer su vida privada deben remitirse, una vez más, a los tres volúmenes de la biografía de Jones.

James Strachey

I

Muchos de los colaboradores de esta serie de «Presentaciones autobiográficas» comienzan con algunas reflexiones acerca de la peculiaridad y las dificultades de la tarea encomendada. Me creo autorizado a decir que la mía se vuelve aún más difícil por haber publicado ya, en varias oportunidades, elaboraciones como la que aquí se me pide, y porque la naturaleza misma del tema me obligó a explayarme en ellas sobre mi papel personal en una medida mayor que la que parece corriente o necesaria.

La primera presentación del desarrollo y el contenido del psicoanálisis fue la que expuse en 1909, en cinco conferencias pronunciadas en la Clark Uníversity de Worcester, Massachusetts, donde fui invitado a los festejos por el vigésimo aniversario de la fundación de ese instituto. No hace mucho cedí a la tentación de escribir una colaboración sobre el mismo asunto para una obra colectiva compilada en Estados Unidos; se debió a que esa publicación, referida a los comienzos del siglo xx, había reconocido la importancia del psicoanálisis concediéndole un capítulo especial.  Entre ambos escritos se sitúa «Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico» (1914d), que en verdad brinda todo lo esencial que tendría para comunicar en este lugar. Puesto que no puedo contradecirme ni me gustaría repetirme sin cambio alguno, me veo obligado a procurar ahora una combinación diversa entre exposición subjetiva y objetiva, entre interés biográfico e histórico.

Nací el 6 de mayo de 1856 en Freiberg, Moravia, un pequeño poblado de lo que hoy es Checoslovaquia. Mis padres eran judíos, y yo lo he seguido siendo. Acerca de mi familia paterna creo saber que durante una larga época vivió junto al Rin (en Colonia), y en el siglo xiv o en el xv huyó hacia el este a causa de una persecución a los judíos, y luego, en el curso del siglo xix, emprendió la migración de regreso desde Lituania, pasando por Galítzia, hasta instalarse en la Austria alemana. A la edad de cuatro años llegué a Viena, donde realicé todos mis estudios. En el «Gymnasium» fui el primero de la clase durante siete años; tenía una posición de preferencia, y apenas sí alguna vez se me tomó examen. Aunque vivíamos en condiciones muy modestas, mi padre me exhortó a guiarme exclusivamente por mis inclinaciones en la elección de una carrera. En aquellos años no había sentido una particular preferencia por la posición y la actividad del médico; por lo demás, tampoco la sentí más tarde.  Más bien me movía una suerte de apetito de saber, pero dirigido más a la condición humana que a los objetos naturales; tampoco había discernido el valor de la observación como medio principal para satisfacer ese apetito. Mi temprano ahondamiento en la historia bíblica apenas hube aprendido el arte de leer tuvo, como lo advertí mucho después, un efecto duradero sobre la orientación de mi interés. Bajo el poderoso influjo de mi amistad con un compañero de escuela algo mayor, que ha llegado a ser un conocido político, nació en mí el deseo de estudiar derecho, como él, y lanzarme a la actividad pública. Entretanto, la doctrina de Darwin, reciente en aquel tiempo, me atrajo poderosamente porque prometía un extraordinario avance en la comprensión del universo, y sé que la lectura en una conferencia popular (por el profesor Carl Brühl) del hermoso ensayo de Goethe «Die Natur», que escuché poco antes de mi examen final de bachillerato, me decidió a inscribirme en medicina.

La universidad, a la que ingresé en 1873, me deparó al comienzo algunos sensibles desengaños. Sobre todo me dolió la insinuación de que debería sentirme inferior y extranjero por ser judío. Desautoricé lo primero con total decisión, Nunca he concebido que debiera avergonzarme por mi linaje o, como se empezaba a decir, por mi raza; y renuncié sin lamentarlo mucho a la nacionalidad que se me rehusaba. Creía que aun sin esa afiliación habría en el marco de la humanidad un lugarcito para un celoso trabajador científico. Ahora bien, estas primeras impresiones que recibí en la universidad tuvieron una consecuencia importante para mi tarea posterior, y fue la de familiarizarme desde temprano con el destino de encontrarme en la oposición y ser proscrito por la «compacta mayoría». Así se preparaba en mí cierta independencia de juicio.

Además, en mis primeros años de universidad hube de hacer la experiencia de que la peculiaridad y estrechez de mis dotes me denegaban cualquier éxito en muchas de las disciplinas científicas sobre las que me había precipitado en mi ardor juvenil. Así aprendí a discernir la verdad de la admonición de Mefistófeles:

«En vano rondará usted de ciencia en ciencia,
cada quien sólo aprende lo que puede aprender».

Al fin, en el laboratorio de fisiología de Ernst Brücke hallé sosiego y satisfacción plena, así como las personas a quienes podía respetar y tomar como modelos: el propio maestro Brücke y sus asistentes Sigmund Exner y Ernst Fleischl von Marxow, el último de los cuales, una personalidad brillante, me concedió el título de amigo.  Brücke me propuso una tarea referida a la histología del sistema nervioso que pude solucionar a su satisfacción y proseguir por mi cuenta. Entre 1876 y 1882 trabajé, con breves interrupciones, en ese instituto, y era opinión general que se me designaría asistente tan pronto ese puesto quedara vacante.  No me atraían las disciplinas realmente médicas, con excepción de la psiquiatría. Fui muy negligente en la prosecución de mis estudios médicos, y sólo en 1881, o sea con bastante demora, me doctoré en medicina.

El giro sobrevino en 1882, cuando mi veneradísimo maestro corrigió la generosa imprevisión de mi padre advirtiéndome, con severidad, que dada mi mala situación material debía abandonar la carrera teórica. Seguí su consejo, abandoné el laboratorio de fisiología e ingresé como aspirante en el Hospital General.  Pasado cierto tiempo fui promovido a Sekundararzt {médico interno} y presté servicios en diversas secciones; entre ellas, durante más de seis meses, junto a Meynert, cuya obra y personalidad ya me habían cautivado en mi época de estudiante.

Pero en cierto sentido permanecí fiel a la orientación de trabajo que primero había emprendido. Brücke me había indicado como objeto de investigación la médula espinal de uno de los peces inferiores (Ammocoetes Petromyzon), y ahora pasaba al sistema nervioso central del ser humano, sobre cuya compleja estructura de fibras acababa de echar luz el descubrimiento de Flechsig acerca de la no simultaneidad en la formación de las vainas medulares. Y el hecho de que al comienzo escogiera como único objeto de estudio la medulla oblongata era una repercusión de mis primeros pasos. En total oposición a la naturaleza difusa de mis estudios en los primeros años de universidad, desarrollé por entonces la inclinación a concentrar mi trabajo exclusivamente en un tema o problema. Esta inclinación perduró en mí, y más tarde me valió el reproche de unilateralidad.

Me convertí en un trabajador tan celoso en el Instituto de Anatomía del Cerebro como antes lo había sido en el de fisiología. En esos años de hospital publiqué algunos pequeños trabajos sobre el trayecto de las fibras y su origen nuclear en la medulla oblongata, que recibieron alguna atención de parte de Edinger.  Un día, Meynert, quien me había abierto las puertas del laboratorio aunque yo no prestara servicios junto a él, me propuso que me consagrase de manera definitiva a la anatomía del encéfalo, con la promesa de que me traspasaría su cátedra universitaria, pues se sentía demasiado viejo para manejar los nuevos métodos. Me negué, aterrado por la magnitud de la tarea; y acaso había colegido ya que ese hombre genial no me tenía ninguna simpatía.

Pero desde el punto de vista práctico, la anatomía del encéfalo no significaba progreso alguno respecto de la fisiología. Tuve en cuenta las exigencias económicas e inicié el estudio de las enfermedades nerviosas. Por esa época, esta disciplina especializada se cultivaba muy poco en Viena; el material se hallaba disperso por diversas secciones hospitalarias, no había buenas oportunidades para formarse y uno debía ser su propio maestro. Ni siquiera Nothnagel (que había sido designado hacía poco merced a su libro sobre la localización encefálica)  distinguía a la neuropatología de otros ámbitos de la medicina. En la lejanía destellaba el gran nombre de Charcot, y así concebí el plan de obtener el puesto de Dozent en enfermedades nerviosas, a fin de poder después completar mi formación en París.

En los años siguientes, mientras seguía prestando servícios como médico interno, publiqué varios estudios casuísticos sobre enfermedades orgánicas del sistema nervioso. Poco a poco me familiaricé con este campo; me las ingenié para localizar un foco en la medulla oblongata con exactitud tal que el especialista en anatomía patológica nada tenía que agregar, y fui el primero en Viena en enviar a la autopsia un caso con el diagnóstico de polineuritis aguda. La fama de mis diagnósticos, corroborados por la autopsia, me atrajo la demanda de unos médicos norteamericanos, ante quienes leí, en una suerte de pidgin-English, un curso sobre los pacientes de mi departamento. Acerca de las neurosis, yo no sabía nada. Cierta vez que presenté ante mi auditorio a un neurótico que padecía de dolor de cabeza permanente como un caso de meningitis crónica circunscrita, todos ellos se apartaron de mí, con justificada indignación crítica, y así tocó a su fin esa mi prematura actividad docente. Nótese en mí descargo que en ese tiempo, en Viena, aun autoridades mayores que yo solían diagnosticar la neurastenia como tumor cerebral.

A comienzos de 1885 recibí el cargo de docente adscrito en neuropatología en mérito a mis trabajos histológicos y clínicos. Poco después, tras una cálida recomendación de Brücke, se me adjudicó una beca de viaje de considerable valor.  El otoño de ese mismo año viajé a París.

Ingresé como élève {alumno} en la Salpêtrière, y al comienzo, siendo yo uno de tantos visitantes extranjeros, se hizo poco caso de mí. Un día oí a Charcot lamentar que el traductor de sus conferencias al alemán no hubiera dado señales de vida después de la guerra; siguió diciendo que le gustaría que alguien tomara a su cargo la versión alemana de su nueva serie de conferencias. Yo me ofrecí por escrito a hacerlo; todavía recuerdo que en mi carta le decía que estaba aquejado solamente de «l’aphasie motrice», pero no de «l’aphasie sensorielle du français». Charcot me aceptó, me introdujo en su círculo privado y a partir de entonces tuve participación plena en todo cuanto ocurría en la Clínica.

Mientras esto escribo, recibo numerosos ensayos y artículos periodísticos de Francia que atestiguan una fuerte renuencia a aceptar el psicoanálisis y suelen sustentar las más peregrinas tesis acerca de mi relación con la escuela francesa. Por ejemplo, leo que aproveché mi estadía en París para familiarizarme con las doctrinas de Pierre Janet, y emprender luego la huida con el fruto de mi robo. Por eso quiero dejar expresamente consignado que el nombre de Janet nunca se mencionó durante mi permanencia en la Salpêtrière.

De todo lo que vi junto a Charcot, lo que me causó la máxima impresión fueron sus últimas indagaciones acerca de la histeria, que, en parte, se desarrollaban todavía ante mis ojos. Me refiero a la demostración del carácter genuino y acorde a ley de los fenómenos histéricos («Introite et hic dii sunt»), la frecuente aparición de la histeria en varones, la producción de parálisis y contracturas histéricas mediante sugestión hipnótica, la conclusión de que estos productos artificiales mostraban los mismos caracteres, hasta en los detalles, que los accidentes espontáneos, a menudo provocados por traumas. Muchas de las demostraciones de Charcot me provocaron al principio, lo mismo que a otros visitantes, extrañeza y ánimo polémico, que procurábamos fundamentar invocando alguna de las teorías dominantes. El tramitaba esos reparos de manera amistosa y paciente, pero también con mucha decisión; en una de esas discusiones pronunció la frase «(Ça n’empêche pas d’exister», que me quedó grabada de manera inolvidable.

Es bien sabido que hoy no permanece en pie todo lo que Charcot nos enseñó entonces. Una parte se ha vuelto incierta, y otra no resistió, evidentemente, la prueba del tiempo. Pero es bastante lo que ha quedado y merece valorarse como patrimonio duradero de la ciencia. Antes de abandonar París, convine con el maestro el plan de un trabajo comparativo de las parálisis histéricas con las orgánicas. Yo quería desarrollar la tesis de que, en la histeria, parálisis y anestesias de partes del cuerpo se deslindan guardando correspondencia con las representaciones comunes (no anatómicas) que los seres humanos tienen de estas últimas. El estuvo de acuerdo, pero fácilmente se echaba de ver que en el fondo no tenía particular preferencia por ahondar en la psicología de la neurosis.  Es que venía de la anatomía patológica.

Antes de regresar a Viena me detuve por unas semanas en Berlín para obtener algunos conocimientos acerca de las enfermedades comunes de la infancia. Kassowitz, quien dirigía en Viena un sanatorio público de enfermedades infantiles, me había prometido abrir en él un departamento para las enfermedades nerviosas de los niños. En Berlín, hallé amistosa acogida y estímulo de parte de Baginsky.  En el curso de los años siguientes publiqué, desde el instituto de Kassowitz, varios trabajos de mayor aliento sobre las parálisis encefálicas unilaterales y bilaterales de los niños.  Por eso años después, en 1897, Nothnagel me encargó la elaboración del tema correspondiente para su gran Handbuch der allgemeinen und spezellen Therapie.

En el otoño de 1886 me instalé en Viena como médico y contraje matrimonio con la muchacha que durante más de cuatro años me había estado esperando en una ciudad distante. Puedo contar aquí, retrospectivamente, de qué manera fue culpa de mi novia que yo no alcanzara fama ya en esos años de mi juventud.  Un interés colateral pero profundo me había movido en 1884 a solicitar a la casa Merck cocaína, alcaloide poco conocido en esa época, y a estudiar sus efectos fisiológicos. En medio de ese trabajo se me abrió la posibilidad de hacer un viaje para volver a ver a mi prometida, de quien había estado separado durante dos años. Concluí apresuradamente la investigación, y consigné en mi escrito [1884e] la predicción de que pronto se descubrirían otras aplicaciones de ese recurso. Al mismo tiempo sugerí a mi amigo, el médico oculista L. Königstein, que examinase si las propiedades anestésicas de la cocaína no podían aplicarse al ojo enfermo. Cuando regresé de mis vacaciones me encontré con que no él, sino otro amigo, Carl Koller (ahora en Nueva York), a quien también le hablara yo acerca de la cocaína, había realizado los experimentos decisivos con el ojo animal, presentándolos en el Congreso de Oftalmología de Heidelberg. Así, Koller es considerado con derecho el descubridor de la anestesia local mediante cocaína, que tanta importancia ha adquirido para la cirugía menor; pero no guardé rencor a mi novia por la interrupción de entonces.

Vuelvo al año 1886, en que me instalé en Viena como especialista en enfermedades nerviosas. Tenía la obligación de dar cuenta ante la GeselIschaft der Ärzte {Sociedad de Medicina} de lo que había visto y aprendido junto a Charcot. Sólo que encontré mala acogida. Personalidades rectoras como su presidente, el médico internista Bamberger, declararon increíble lo que yo refería. Meynert me desafió a buscar en Viena y presentar ante la Sociedad casos como los que yo había descrito. Lo intenté, pero los médicos jefes en cuyo departamento los hallé me rehusaron su autorización para observar esos casos o trabajar con ellos. Uno de esos médicos, un viejo cirujano, me espetó directamente: «Pero, colega, ¿cómo puede usted decir tales disparates? «Hysteron» (¡sic!) significa «útero». ¿Cómo podría ser histérico un varón?». En vano objeté que sólo necesitaba disponer del caso, y no que se aprobase mi diagnóstico. Por fin descubrí, fuera del hospital, un caso de hemianestesia histérica clásica en un varón, a quien presenté ante la Sociedad de Medicina [ 1886d]. Esta vez se me aplaudió, pero no se mostró ulterior interés en mí. Me quedó, inconmovible, la impresión de que las grandes autoridades rechazarían mis novedades; así, con la histeria masculina y la producción sugestiva de parálisis histéricas me vi empujado a la oposición. Poco después se me cerró el acceso al laboratorio de anatomía cerebral y durante un semestre no tuve dónde dictar mi curso; entonces me retiré de la vida académica y de la Sociedad de Medicina. Hace ya una generación que no la visito.

Si uno quería vivir del tratamiento de enfermos nerviosos, era evidente que debía ser capaz de prestarles alguna asistencia. Mi arsenal terapéutico comprendía sólo dos armas, la electroterapia y la hipnosis, puesto que enviarlos tras una sola consulta a un instituto de cura de aguas no significaría un ingreso suficiente. En cuanto a la electroterapia, me confié al manual de W. Erb [ 1882 ], que ofrecía detallados preceptos para el tratamiento de todos los síntomas de padecimiento nervioso. Por desdicha, pronto averiguaría que la obediencia a esos preceptos nunca servía de nada, y lo que yo había juzgado decantación de tina observación exacta era una construcción fantástica. La intelección de que la obra del autor más destacado de la neuropatología alemana no tenía más relación con la realidad que alguno de los libros de sueños «egipcios» que se vendían en nuestras librerías populares era dolorosa, pero sirvió para minar otro poco la fe en la autoridad, de la que yo no estaba todavía exento. Así dejé de lado el aparato eléctrico, aun antes que Moebius pronunciara la palabra salvadora: los éxitos del tratamiento eléctrico en enfermos nerviosos -sostuvo-, cuando los había, no eran más que un efecto de la sugestión médica.

Con la hipnosis las cosas andaban mejor. Siendo todavía estudiante había asistido a una demostración pública del «magnetiseur» Hansen, y noté que uno de los sujetos adquiría una palidez mortal, como sí hubiera caído en un estado de rigidez cataléptica, y la conservó durante toda su experiencia. Ello afirmó mi convencimiento de que los fenómenos hipnóticos eran genuinos. Poco después esta concepción halló en Heidenhain su sostenedor científico, lo que no impidió que los profesores de psiquiatría siguieran declarando, durante mucho tiempo aún, que la hipnosis era cosa de charlatanes y, además, peligrosa, y mirando con menosprecio a los hipnotizadores. En París yo había visto que se utilizaba sin reparos la hipnosis como método para crear y volver a cancelar síntomas en los enfermos. Luego nos llegó la noticia de que en Nancy había nacido una escuela que se valía de la sugestión, con o sin hipnosis, en gran escala y con notable éxito para fines terapéuticos. Así fue como de manera enteramente natural, en los primeros años de mi actividad médica, y sin tomar en cuenta métodos terapéuticos más contingentes y no sistemáticos, la sugestión hipnótica se convirtió en mi medio principal de trabajo.

Ello implicaba renunciar al tratamiento de las enfermedades nerviosas orgánicas, pero no era un inconveniente grave. En efecto, por una parte la terapia de esos estados no ofrecía una perspectiva promisoria, y por la otra era ínfimo, para la práctica de un médico particular en una ciudad, el número de quienes las padecían comparado con la multitud de neuróticos, multiplicada además por el hecho de que deambulaban de médico en médico sin curarse. Aparte de ello, trabajar con la hipnosis era realmente seductor. Uno tenía por vez primera el sentimiento de haber superado su impotencia, la fama de taumaturgo era muy halagüeña.

Más tarde descubriría los defectos de -ese procedimiento. Por el momento sólo tenía dos motivos de queja: el primero, que no se conseguía hipnotizar a todos los enfermos; el segundo, que no era posible poner al individuo en un estado de hipnosis tan profunda como se habría deseado. Con el propósito de perfeccionar mi técnica hipnótica viajé en el verano de 1889 a Nancy, donde me quedé varias semanas. Presencié el conmovedor espectáculo del viejo Liébeault dedicado a las pobres mujeres y niños de la población trabajadora; fui testigo de los asombrosos experimentos de Bernheim con sus pacientes de hospital, y recogí las más fuertes impresiones acerca de la posibilidad de que existieran unos potentes procesos anímicos que, empero, permanecerían ocultos para la conciencia del ser humano. Pensando que sería instructivo, había convencido a una de mis pacientes para que me siguiera a Nancy. Era una histérica destacada de dotes geniales, que me había sido encomendada porque nadie sabía qué hacer con ella. Mediante influjo hipnótico yo le había posibilitado una existencia humana, y pude rescatarla poco a poco de sus estados miserables. Pero cada vez se producía, trascurrido cierto tiempo, una recaída, hecho que en mi ignorancia de entonces yo atribuía a que su hipnosis nunca había alcanzado el grado de sonambulismo con amnesia. Pues bien; Bernheim intentó con ella varias veces, pero no obtuvo más. Me confesó llanamente que él alcanzaba los grandes éxitos terapéuticos mediante la sugestión sólo en su práctica hospitalaria, no con sus pacientes privados. Mantuve con él varios diálogos incitantes, y me comprometí a traducir al alemán sus dos obras acerca de la sugestión y sus efectos terapéuticos.

En el lapso de 1886 a 1891 realicé pocos trabajos científicos y apenas si publiqué algo. Me había empeñado en desenvolverme en mi nueva profesión y en asegurar mi existencia material, así como la de mi familia, que crecía con rapidez. En 1891 apareció el primero de los trabajos sobre las parálisis cerebrales de los niños, redactado en colaboración con mi amigo y asistente, el doctor Oskar Rie.  Ese mismo año, un encargo de colaboración para un manual de medicina me movió a elucidar la doctrina de la afasia, en ese tiempo dominada por los puntos de vista de Wernicke y Lichtheim, que se centraban puramente en la localización. El fruto de ese empeño fue un pequeño libro crítico-especulativo, La concepción de las afasias [1891b].

Ahora tengo que exponer los caminos por los cuales la investigación científica volvió a convertirse en el interés principal de mi vida.

II

Para complementar mi anterior exposición, debo consignar que desde el comienzo mismo practiqué la hipnosis con otro fin además de la sugestión hipnótica. Me servía de ella para explorar al enfermo con relación a la historia genética de su síntoma, que a menudo él no podía comunicar en el estado de vigilia o sólo podía hacerlo de manera muy incompleta. Este proceder no sólo parecía más eficaz que la orden o la prohibición meramente sugestivas; satisfacía también el apetito de saber del médico, quien por cierto tenía derecho a averiguar algo acerca del origen del fenómeno que se empeñaba en cancelar mediante el monótono procedimiento sugestivo.

Ahora bien, llegué a este otro procedimiento de la siguiente manera. Cuando aún trabajaba en el laboratorio de Brücke, trabé conocimiento con el doctor Josef Breuer, uno de los más prestigiosos médicos de familia de Viena, pero que tenía además un pasado científico, pues había publicado varios trabajos de valor permanente acerca de la fisiología de la respiración y del órgano del equilibrio. Era un hombre de inteligencia sobresaliente, catorce años mayor que yo; nuestras relaciones pronto se hicieron íntimas, se convirtió en mi amigo y auxiliador en difíciles circunstancias de mi vida. Habíamos tomado el hábito de comunicarnos todos nuestros intereses científicos. Desde luego, yo era el que ganaba en esa relación. El desarrollo del psicoanálisis me costó después su amistad. No me resultó fácil pagar ese precio, pero era inevitable.

Ya antes de que yo viajara a París, Breuer me había informado acerca de un caso de histeria tratado por él entre 1880 y 1882 de un modo particular, que le permitió echar una profunda mirada sobre la causación y la significatividad de los síntomas histéricos. Vale decir, ello acontecía en una época en que los trabajos de Janet eran todavía cosa del futuro. En repetidas ocasiones me leyó fragmentos del historial clínico, y yo tuve la impresión de que contribuían a la comprensión de la neurosis más que cualesquiera otros trabajos anteriores. En mi fuero interno me resolví a dar noticia a Charcot de estos hallazgos cuando fuera a París, y así lo hice. Pero el maestro no demostró interés alguno ante mis primeras referencias, de suerte que nunca volví sobre el asunto y aun yo mismo lo abandoné.

De regreso en Viena, volví sobre la observación de Breuer y le pedí me refiriera más acerca de ella. La paciente había sido una muchacha de cultura y dotes poco comunes, que había enfermado mientras cuidaba a su padre tiernamente amado. Cuando Breuer la tomó a su cargo, presentaba un variado cuadro de parálisis con contracturas, inhibiciones y estados de confusión psíquica. Una observación casual permitió al médico discernir que era posible liberarla de esa perturbación de la conciencia si se la movía a expresar con palabras la fantasía afectiva que en ese momento la dominaba. De esta experiencia, Breuer obtuvo un método de tratamiento. La ponía en estado de hipnosis profunda y hacía que le contara cada vez lo que oprimía su ánimo. Tras superar de esa manera los ataques de confusión depresiva, aplicó el mismo procedimiento a cancelar sus inhibiciones y perturbaciones corporales. En estado de vigilia, la muchacha no sabía más que otros enfermos acerca del modo en que se habían generado sus síntomas, y no hallaba lazo alguno entre ellos e impresiones cualesquiera de su vida. En la hipnosis descubría enseguida la conexión buscada. Resultó que todos sus síntomas se remontaban a vivencias impresionantes que tuvo mientras cuidaba a su padre enfermo; vale decir, tenían un sentido y correspondían a restos o reminiscencias de esas situaciones afectivas. Habitualmente las cosas ocurrían del siguiente modo: junto al lecho de enfermo de su padre había debido sofocar un pensamiento o impulso; en remplazo de este, como su subrogado, aparecía más tarde el síntoma. Pero, por regla general, este último no era el precipitado de una única escena «traumática», sino el resultado de la sumación de numerosas situaciones semejantes. Cuando la enferma volvía a recordar alucinatoriamente en la hipnosis una de esas situaciones y llevaba a cabo con posterioridad {nachträglich} y en medio de un libre despliegue afectivo el acto sofocado en aquel momento, el síntoma era removido y no volvía a aparecer. Breuer consiguió liberar a su enferma de todos sus síntomas por medio de este procedimiento, merced a un trabajo prolongado y arduo.

La enferma se restableció y quedó sana en lo sucesivo, y aun se volvió capaz de significativos logros. Pero respecto del final del tratamiento hipnótico había un punto oscuro que Breuer nunca me iluminó; tampoco podía yo comprender por qué había mantenido tanto tiempo en secreto su conocimiento, inestimable a mí parecer, en vez de enriquecer con él a la ciencia. Ahora bien, se planteaba esta pregunta inmediata: ¿era lícito generalizar lo que se había hallado en un solo caso clínico? Las constelaciones descubiertas por Breuer me parecían de naturaleza tan fundamental que yo no podía creer que estuvieran ausentes en un caso cualquiera de histeria después que se las había pesquisado en uno solo. Empero, únicamente la experiencia podía zanjar este punto. Por eso empecé a repetir las indagaciones de Breuer con mis pacientes, y terminé por no hacer otra cosa, en particular luego de que mi visita a Bernheim en 1889 me demostró las restricciones de la operatividad de la sugestión hipnótica. A lo largo de varios años no hice más que hallar corroboraciones en todos los casos de histeria accesibles a ese tratamiento; y cuando ya disponía, además, de un considerable material de observaciones análogas a la de Breuer, le propuse una publicación en común, a lo cual se mostró al comienzo muy renuente. Por fin cedió, sobre todo porque entretanto los trabajos de Janet habían anticipado una parte de sus conclusiones: la reconducción de síntomas histéricos a impresiones vitales y su cancelación por medio de reproducción hipnótica in statu nascendi. En 1893 publicamos una comunicación preliminar, «Sobre el mecanismo psíquico de fenómenos histéricos», a la que siguió, en 1895, nuestro libro Estudios sobre la histeria.

Sí lo expuesto hasta aquí ha despertado en el lector la expectativa de que los Estudios sobre la histeria serían propiedad intelectual de Breuer en todo lo esencial de su contenido material, eso es justamente lo que yo siempre he sostenido y quiero enunciar otra vez aquí. En la teoría ensayada por el libro yo colaboré en una medida que hoy ya no es determinable.  Esa teoría es modesta y no va mucho más allá de la expresión inmediata de las observaciones. No pretende dilucidar la naturaleza de la histeria, sino meramente iluminar la génesis de sus síntomas. A ese fin destaca el valor de la vida afectiva, la importancia del distingo entre actos anímicos inconcientes y concientes (mejor: susceptibles de conciencia), e introduce un factor dinámico, pues atribuye el nacimiento del síntoma a la sobrestasis de un afecto, y uno económico, pues considera ese mismo síntoma como el resultado de la trasposición {Umsetzung} de un volumen de energía no empleado de otro modo (la llamada conversión). Bruce llamó catártico a nuestro procedimiento; se indicaba que su propósito terapéutico era guiar el monto de afecto aplicado a la conservación del síntoma -y que había caído en vías falsas, quedando ahí por así decir estrangulado- por los caminos normales, donde pudiera alcanzar la descarga (abreacción). El éxito práctico del método catártico era notable. Los defectos que se le notaron más tarde eran los de cualquier tratamiento hipnótico. Todavía hoy cierto número de psicoterapeutas siguen empleando la catarsis en el sentido de Breuer, y suelen alabarla. En manos de Simmel [1918] ha vuelto a acreditarse como procedimiento terapéutico breve durante la reciente Guerra Mundial, en el tratamiento de los neuróticos de guerra del ejército alemán. En la teoría de la catarsis no se habla mucho de sexualidad. En las historias clínicas que yo aporté a los Estudios, factores provenientes de la vida sexual desempeñan cierto papel, pero casi no se los valora de otro modo que a las demás excitaciones afectivas. Acerca de su primera paciente, que se ha hecho famosa, Breuer refirió que lo sexual se encontraba asombrosamente no desarrollado en ella.  A partir de los Estudios sobre la histeria no se habría podido colegir con facilidad el valor de la sexualidad para la etiología de las neurosis.

En cuanto al tramo de desarrollo siguiente, el paso de la catarsis al psicoanálisis propiamente dicho, ya lo he descrito varías veces y tan en detalle que me será difícil presentar aquí algo nuevo. El suceso que inició esa época fue el retiro de Breuer de nuestra comunidad de trabajo, a raíz del cual yo debí administrar solo su herencia. Ya desde temprano habían surgido diferencias de opinión entre nosotros, pero en modo alguno podían fundamentar una desavenencia. En cuanto a saber cuándo un decurso anímico deviene patógeno, es decir, excluido de la tramitación normal, Breuer prefería una teoría por así decir fisiológica; opinaba que se sustraían del destino normal los procesos que se habían generado en estados anímicos extrahabituales -hipnoides-. Así se planteaba un nuevo problema, a saber, el del origen de tales estados hipnoides. En cambio, yo conjeturaba más bien un juego de fuerzas, el efecto de propósitos y tendencias tal como se los observa en la vida normal. Así se enfrentaron «histeria hipnoide» y «neurosis de defensa». Pero estas y parecidas oposiciones no le habrían hecho apartarse de la cosa si no se hubieran sumado otros factores. Uno de estos era, sin duda, que su labor como médico internista y de familias lo reclamaba mucho y no podía consagrar todas sus fuerzas, como yo lo hacía, al método catártico. Además, influía sobre él la acogida que había hallado nuestro libro tanto en Viena como en Alemania. Su confianza en sí mismo y su capacidad de resistencia no estaban a la misma altura que el resto de su organización espiritual. Por ejemplo, cuando los Estudios experimentaron un duro rechazo de parte de Strümpell, yo pude reírme de esa crítica ininteligente, pero él se ofendió y descorazonó. Sin embargo, lo que más contribuyó a su decisión fue que mis propios trabajos más vastos emprendían una orientación con la que en vano procuraba reconciliarse.

La teoría que habíamos intentado edificar en los Estudios era todavía muy incompleta; en particular, apenas habíamos rozado el problema de la etiología: la pregunta por el terreno en que nace el proceso patógeno. -Ahora bien, una experiencia en rápido aumento me demostraba que tras los fenómenos de la neurosis no ejercían una acción eficaz excitaciones afectivas cualesquiera, sino regularmente de naturaleza sexual: o conflictos sexuales actuales, o repercusiones de vivencias sexuales anteriores. Yo no estaba predispuesto a obtener ese resultado; mi expectativa no tuvo parte alguna en él, pues me había lanzado sin prevención ninguna a la indagación de los neuróticos. Mientras escribía en 1914 la «Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico», emergió en mí el recuerdo de algunas sentencias de Breuer, Charcot y Chrobak, a partir de las cuales yo habría podido obtener muy tempranamente ese conocimiento.  Pero en aquel momento yo no comprendí lo que esas autoridades querían decir; me habían dicho más de lo que ellas mismas sabían y estaban dispuestas a sustentar. Lo que de ellas escuché permaneció dormido en mí sin producir efecto alguno, hasta que se abrió paso, como un conocimiento en apariencia original, en oportunidad de las indagaciones catárticas. Tampoco sabía entonces que al reconducir la histeria a la sexualidad me remontaba a las épocas más antiguas de la medicina y retomaba el pensamiento de Platón. Me enteré de ello sólo más tarde, a través de un ensayo de Havelock Ellis.

Bajo el influjo de mi sorprendente descubrimiento, di un paso grávido en consecuencias. Fui más allá de la histeria y empecé a explorar la vida sexual de los llamados «neurasténicos», que solían acudir en gran número a mi consultorio. Es verdad que este experimento me costó mi clientela, pero me aportó convicciones que ni siquiera se han debilitado hoy, casi treinta años después. Uno debía vencer mucha mendacidad y muchos tapujos, pero tras conseguirlo hallaba que en todos estos enfermos existían graves desvirtuaciones {Missbrauch} de la función sexual. Dada la gran difusión de esas desvirtuaciones, por un lado, y de la neurastenia, por el otro, una frecuente coincidencia de ambas no tenía desde luego mucha fuerza probatoria, pero el asunto no paró en ese único hecho grueso. Una observación más fina me sugirió distinguir dos tipos básicamente diversos entre la abigarrada multiplicidad de cuadros patológicos abarcados bajo el nombre de «neurastenia»; podían presentarse mezclados en cualquier proporción, pero también eran observables en su forma pura. En uno de estos tipos, el fenómeno central era el ataque de angustia, junto con sus equivalentes: formas rudimentarias y síntomas sustitutivos crónicos; por eso lo llamé neurosis de angustia. Limité al otro tipo la designación de neurastenia.  Pues bien, era fácil comprobar que a cada uno de estos tipos correspondía una diversa anormalidad de la vida sexual como factor etiológico (coitus interruptus, excitación frustránea, abstinencia sexual, en un caso; masturbación excesiva y poluciones en demasía, en el otro). Respecto de algunos casos particularmente instructivos en que se había producido un sorprendente giro del cuadro patológico de un tipo al otro, se pudo demostrar que estaban basados en un cambio de vía correspondiente en el régimen sexual. Si era posible poner término a la desvirtuación y sustituirla por una actividad sexual normal, se obtenía como recompensa una notable mejoría del estado.

Así me vi llevado a discernir las neurosis, universalmente, como perturbaciones de la función sexual: las llamadas neurosis actuales, como expresión tóxica directa, y las psiconeurosis, como expresión psíquica de tales perturbaciones.

Esa formulación satisfacía mis escrúpulos médicos. Esperaba haber llenado una laguna de la medicina,. que para una función de tanta importancia biológica no quería considerar otros quebrantos que los provocados por una infección o una lesión anatómica grosera. También era propicio a la concepción médica el hecho de que la sexualidad no fuera un asunto meramente psíquico. Tenía su lado somático, se podía adscribirla a un quimismo particular y derivar la excitación sexual de la presencia de determinadas sustancias, si bien todavía desconocidas.  Y no podía dejar de tener su buen fundamento que las neurosis genuinas, espontáneas, presentaran tanta semejanza justamente con el grupo patológico de los fenómenos de intoxicación y abstinencia producidos por la administración o la privación de ciertas sustancias de efecto tóxico, o con el mal de Basedow, cuya dependencia del producto de la tiroides es notoria.

Más tarde no he tenido ninguna oportunidad de volver a las indagaciones sobre las neurosis actuales.  Esta parte de mi trabajo tampoco ha sido continuada por otros. Si hoy echo una mirada retrospectiva sobre mis resultados de entonces, puedo discernirlos como unas esquematizaciones iniciales y burdas de una relación de las cosas probablemente mucho más complicada. Pero en su. conjunto siguen pareciéndome correctos todavía hoy. De buena gana habría vuelto a someter al examen psicoanalítico casos de neurastenia juvenil pura; por desgracia, no ha podido ser. Para salir al paso de malentendídos, quiero destacar que estoy muy lejos de desconocer la existencia del conflicto psíquico y de los complejos neuróticos en la neurastenia. Mi tesis se limita a aseverar que los síntomas de estos enfermos no están determinados psíquicamente ni el análisis puede resolverlos, sino que se los debe concebir como consecuencias tóxicas directas del quimismo sexual.

Tras haber obtenido, en los años que siguieron a la publicación de los Estudios, esos puntos de vista acerca del papel etiológico de la sexualidad en las neurosis, di algunas conferencias en sociedades médicas, pero sólo hallé incredulidad y contradicción. Breuer aún intentó en ocasiones favorecerme arrojando en el platillo de la balanza todo el peso de su gran prestigio personal; pero no consiguió nada, y fácilmente se echaba de ver que el reconocimiento de la etiología sexual contrariaba también sus inclinaciones. Habría podido aplastarme o desorientarme aduciendo el caso de su primera paciente, en quien, presuntamente, los factores sexuales no habían desempeñado ningún papel. Pero nunca lo hizo; durante mucho tiempo no lo comprendí, pero al fin atiné a interpretar rectamente ese caso y a reconstruir, basándome en algunos indicios que él me había dado al comienzo, el desenlace de su tratamiento. Después que el trabajo catártico pareció finiquitado, sobrevino de pronto a la muchacha un estado de «amor de trasferencia», que él omitió vincular a su enfermedad, por lo cual se apartó de ella estupefacto.  Le resultaba penoso, evidentemente, que se le recordase su aparente torpeza. En su comportamiento hacia mí osciló durante un tiempo entre el reconocimiento y la crítica acerba; luego se sumaron unas contingencias de esas que nunca faltan en situaciones ya tirantes, y rompimos relaciones.

Y bien; mi estudio de las formas de la neurosis común tuvo otra consecuencia, a saber, que modifiqué la técnica de la catarsis. Abandoné la hipnosis y procuré sustituirla por otro método, pues quería superar la limitación del tratamiento a estados histeriformes. Pero, además de ello, mi experiencia creciente me había sugerido dos graves reparos al empleo de la hipnosis, aun al servicio de la catarsis. El primero: que hasta los mejores resultados quedaban de pronto como borrados cuando se enturbiaba la relación personal con el paciente. Es verdad que se restablecían cuando se hallaba el camino de la reconciliación, pero uno quedaba advertido de que el vínculo afectivo personal era más poderoso que cualquier trabajo catártico, y ese factor, justamente, no podía ser gobernado. Un buen día hice una experiencia que me mostró bajo una luz brillante lo que venía conjeturando desde tiempo atrás. Me encontraba con una de mis pacientes más dóciles, en quien la hipnosis había posibilitado notabilísimos artilugios; acababa deliberarla de su padecer reconduciendo un ataque de dolor a su ocasionamiento, y hete aquí que al despertar me echó los brazos al cuello. El inesperado ingreso de una persona de servicio nos eximió de una penosa explicación, pero a partir de entonces, en tácito acuerdo, renunciamos a proseguir el tratamiento hipnótico. Me mantuve lo bastante sereno como para no atribuir este accidente a mi irresistible atractivo personal, y creí haber aprehendido la naturaleza del elemento místico que operaba tras la hipnosis. Para eliminarlo o, al menos, aislarlo, debía abandonar esta última.

Empero, la hipnosis había prestado extraordinarios servicios al tratamiento catártico, ampliando el campo de conciencia de los pacientes y poniendo a disposición de ellos un saber que no poseían en la vigilia. No parecía fácil sustituirla en esto. Perplejo, pues, vino en mi auxilio el recuerdo de un experimento que a menudo había presenciado junto a Bernheim. Cuando el sujeto despertaba del sonambulismo, parecía haber perdido todo recuerdo acerca de lo sucedido durante ese estado. Pero Bernheim le aseveraba que no obstante lo sabía, y cuando le exhortaba a recordarlo, cuando le aseguraba que lo sabía todo y no tenía más que decirlo, al tiempo que le ponía la mano sobre la frente, efectivamente reaparecían los recuerdos olvidados, al comienzo de manera sólo vacilante, y luego a borbotones y con plena claridad.  Me resolví a hacer lo mismo. En efecto, mis pacientes no podían menos que «saber» todo lo que de ordinario sólo la hipnosis les volvía asequible, y mi asegurar e impulsar {Antreiben}, acaso apoyado por la imposición de la mano, debía tener el poder de esforzar hasta la conciencia los hechos y nexos olvidados. Por cierto parecía más trabajoso que hipnotizar al enfermo, pero acaso sería más instructivo. Abandoné, pues, la hipnosis, y sólo conservé de ella la indicación de acostarse sobre un diván, tras el cual me sentaba, de suerte que yo veía al paciente, pero no era visto por él.

III

Mi expectativa se cumplió, me emancipé de la hipnosis, pero con el cambio de técnica también se modificó el aspecto del trabajo catártico. La hipnosis había ocultado un juego de fuerzas que ahora se revelaba y cuya aprehensión proporcionó a la teoría un fundamento más seguro.

¿A qué se debía que los enfermos hubieran olvidado tantos hechos del vivenciar externo e interno, y sólo pudieran recordarlos cuando se les aplicaba la técnica descrita? La observación respondió exhaustivamente a estas cuestiones. Todo lo olvidado había sido penoso de algún modo: produjo terror, dolor, o fue vergonzoso para las exigencias de la personalidad. Entonces era forzoso pensar que justamente por eso se lo olvidó, es decir, no permaneció conciente. Para volver a hacerlo conciente, era preciso vencer en el enfermo algo que se revolvía contra ello; uno debía gastar su propio esfuerzo deliberado {Anstrengung} a fin de esforzarlo {drängen} y constreñirlo. El esfuerzo requerido del médico era de diversa cuantía para los diferentes casos; aumentaba en proporción directa a la gravedad de lo que debía recordarse. El gasto de fuerza {Kraftaufwand} del médico era evidentemente la medida de una resistencia del enfermo. Pues bien: bastaba traducir en palabras lo que uno mismo había registrado para quedar en posesión de la teoría de la represión {Verdrängung, «esfuerzo de desalojo»}.

Así resultaba fácil reconstruir el proceso patógeno. Atengámonos al ejemplo más simple: en la vida anímica había emergido cierta aspiración, contrariada empero por otras, poderosas. De acuerdo con nuestra expectativa, el conflicto anímico así generado seguiría esta trayectoria: las dos magnitudes dinámicas -para nuestros fines, llamémoslas «pulsión» y «resistencia»- lucharían entre sí durante un tiempo, con intensísima participación de la conciencia, hasta que la pulsión resultara rechazada y a su aspiración se le sustrajera la investidura energética. Esa sería la tramitación normal. Ahora bien, en la neurosis -y por razones todavía desconocidas- el conflicto había hallado otro desenlace. El yo se retiró de la moción pulsional chocante, por así decir tras el primer encontronazo, bloqueándole el acceso a la conciencia y a la descarga motriz directa; pero de esa manera, aquella conservó su plena investidura energética. Llamé represión a este proceso; era una novedad, nunca se había discernido en la vida anímica nada que se le pareciese. Evidentemente se trataba de un mecanismo de defensa primario, comparable a un intento de huida; era sólo un precursor de la posterior tramitación normal por el juicio {normalen Urteilserledigung}. Con el primer acto de la represión se anudaban ulteriores consecuencias. En primer lugar, el yo debía protegerse del esfuerzo de asalto {Andrang}, siempre pronto, de la moción reprimida {esforzada al desalojo} mediante un gasto permanente, una contrainvestidura, empobreciéndose de ese modo; por otra parte, lo reprimido, que ahora era inconciente, podía procurarse una descarga y una satisfacción sustitutiva por ciertos rodeos, haciendo fracasar de tal suerte el propósito de la represión. En la histeria de conversión, este rodeo llevaba a la inervación corporal; la moción reprimida irrumpía por algún lugar y se procuraba síntomas, que, por tanto, eran unos resultados de compromiso, por cierto satisfacciones sustitutivas, pero desfiguradas y desviadas de su meta por la resistencia del yo.

La doctrina de la represión se convirtió en el pilar fundamental para el entendimiento de las neurosis. La tarea terapéutica debió entonces concebirse de otro modo; su meta ya no era la «abreacción» del afecto atascado en vías falsas, sino el descubrimiento de las represiones y su relevo por operaciones del juicio que podían desembocar en la aceptación o en la desestimación (Verwerfung} de lo rechazado en aquel momento. Di razón de este nuevo estado de la causa designando al procedimiento de indagación y terapia no ya catarsis, sino psicoanálisis.

Se puede partir de la represión como de un centro, y poner en conexión con ella todas las piezas de la doctrina psicoanalítica. Pero antes quiero hacer una observación de contenido polémico. En opinión de Janet, la histérica era una pobre persona que a consecuencia de una endeblez constitucional no podía mantener la coherencia de sus actos anímicos. Por eso sucumbía a la escisión anímica y al estrechamiento de la conciencia. Sin embargo, de acuerdo con los resultados de las indagaciones psicoanalíticas esos fenómenos eran producto de factores dinámicos, del conflicto anímico y la represión consumada. Opino que esta diferencia tiene suficiente alcance, y debiera poner fin a la habladuría siempre repetida de que todo lo valioso del psicoanálisis se limitaría a un préstamo tomado a las ideas de Janet. Mi exposición tiene que haber mostrado al lector que el psicoanálisis es completamente independiente de los descubrimientos de Janet en el sentido histórico, como también que en cuanto a su contenido diverge de ellos y los rebasa con mucho. Aun partiendo de los trabajos de Janet, nadie habría llegado a las conclusiones que han otorgado al psicoanálisis tanta importancia para las ciencias del espíritu y lo han hecho objeto del interés más universal. En cuanto a Janet mismo, siempre lo he tratado con respeto porque sus descubrimientos coincidían en todo un trecho con los de Breuer, quien los había obtenido antes aunque los publicara después. Pero cuando el psicoanálisis pasó a ser tema de discusión también en Francia, Janet se portó mal, mostró escaso conocimiento del asunto y usó argumentos nada lindos. Por último, se ha puesto en ridículo ante mis ojos y él mismo ha desvalorizado su obra proclamando que al hablar de actos anímicos «inconcientes» no quiso decir nada, sino que fue meramente «une façon de parler».

Ahora bien, mediante el estudio de las represiones patógenas y de otros fenómenos que más adelante mencionaremos, el psicoanálisis se vio compelido a tomar en serio el concepto de lo «inconciente». Para él, todo lo psíquico era en principio inconciente; la cualidad «conciencia» podía agregársele o faltar. Pero así se chocó con la contradicción de los filósofos, para quienes «conciente» y «psíquico» eran idénticos, y que aseveraban no poder representarse un absurdo como lo «anímico inconciente». Mas no había nada que hacer; era preciso encogerse de hombros y seguir adelante a pesar de esta idiosincrasia de los filósofos. No permitían otra opción las experiencias obtenidas en el material patológico, sobre el cual los filósofos no tenían noticia, en cuanto a la frecuencia y potencia de mociones de las que uno nada sabía y que debía inferir como a un hecho cualquiera del mundo exterior. Por otra parte, podía aducirse que no se hacía con la vida anímica propia sino lo que desde siempre se había hecho con la del prójimo. En efecto, se atribuyen a la otra persona actos psíquicos, por más que no se tuvo una conciencia inmediata de ellos y fue preciso colegirlos a partir de exteriorizaciones y acciones. Ahora bien, lo que es justo respecto de otro es preciso admitirlo también respecto de la persona propia. Si se quisiera proseguir este argumento y deducir que los actos propios ocultos pertenecen empero a una conciencia segunda, se estaría frente a la concepción de una conciencia de la que uno nada sabe, de una conciencia inconciente, lo que difícilmente constituya una ventaja sobre el supuesto de algo psíquico inconciente. Pero si se dijera, siguiendo a otros filósofos, que se aprecian, sí, los sucesos patológicos, pero que los actos que están en su base no debieran llamarse psíquicos, sino psicoides, la divergencia pararía en una infecunda disputa verbal en que la decisión más atinada sería, sin duda, conservar la expresión «psíquico inconciente». Y la pregunta por lo que eso inconciente es en sí no es más promisoria ni más inteligente que la otra, ya planteada antes, por lo que lo conciente es en sí.

Resultaría más difícil exponer de manera sucinta el modo en que el psicoanálisis llegó a articular todavía eso inconciente admitido por él, a descomponerlo en un preconciente y un inconciente propiamente dicho. Baste puntualizar que pareció legítimo completar las teorías, que son expresión directa de la experiencia, mediante hipótesis aptas para dominar el material y referidas a constelaciones que ya no podían ser asunto de una observación directa. No se suele proceder de otro modo en ciencias más antiguas. La articulación de lo inconciente se entrama con el intento de concebir al aparato psíquico como edificado a partir de cierto número de instancias o sistemas, de cuya recíproca relación se habla con expresiones espaciales, a pesar de lo cual no se busca referirla a la anatomía real del cerebro. (Es el punto de vista llamado tópico.) Estas representaciones y otras parecidas pertenecen a una superestructura especulativa del psicoanálisis; todas y cada una de sus piezas se sacrificarán o trocarán sin daño ni lamentaciones tan pronto como demuestren su insuficiencia. Prescindiendo de ellas, es mucho lo que resta para informar más próximo a la observación.

Ya consigné que la investigación de los ocasionamientos y bases de la neurosis llevaba, con frecuencia cada vez mayor, a discernir conflictos entre las mociones sexuales de la persona y las resistencias frente a la sexualidad. En la busca de las situaciones patógenas en que habían sobrevenido las represiones de la sexualidad, y de las que surgieron los síntomas como formaciones sustitutivas de lo reprimido, nos vimos llevados a épocas cada vez más tempranas de la vida del enfermo, hasta llegar, por fin, a su primera infancia. Resultó lo que poetas y conocedores del hombre habían afirmado siempre, a saber, que las impresiones de estos períodos iniciales de la vida, si bien las más de las veces caían bajo la amnesia, dejaban tras sí huellas indelebles en el desarrollo del individuo y, en particular, establecían la predisposición a contraer más tarde una neurosis. Ahora bien, como en esas vivencias infantiles se trataba siempre de excitaciones sexuales y de la reacción frente a estas, nos enfrentamos con el hecho de la sexualidad infantil, que, a su vez, significaba una novedad y una contradicción a vino de los más arraigados prejuicios de los seres humanos. En efecto, se consideraba «inocente» a la infancia, exenta de concupiscencias sexuales, y que la lucha contra el demonio «sensualidad» se entablaba sólo con el «Sturm und Drang» de la pubertad. Los quehaceres sexuales que no habían podido menos que percibirse ocasionalmente en niños eran considerados signos de degeneración, corrupción prematura o curiosos caprichos de la naturaleza. Pocas de las averiguaciones del psicoanálisis han suscitado una desautorización tan universal, un estallido de indignación tan grande, como el aserto de que la función sexual arranca desde el comienzo mismo de la vida y ya en la infancia se exterioriza en importantes fenómenos. Y no obstante, ningún otro descubrimiento analítico es susceptible de una prueba tan fácil y completa.

Antes de profundizar en la apreciación de la sexualidad infantil, debo mencionar un error en que caí durante un tiempo y que pronto se habría vuelto funesto para toda mi labor. Bajo el esforzar a que los sometía mi procedimiento técnico de aquella época, la mayoría de mis pacientes reproducían escenas de su infancia cuyo contenido era la seducción sexual por un adulto. En las mujeres, el papel del seductor se atribuía casi siempre al padre. Di crédito a estas comunicaciones y supuse, en consecuencia, que en esas vivencias de seducción sexual durante la infancia había descubierto las fuentes de las neurosis posteriores. Algunos casos en que vínculos de esa índole con el padre, un tío o un hermano mayor habían continuado hasta la época de la que se tiene recuerdo cierto me corroboraron en mi creencia. Si alguien sacude la cabeza con desconfianza ante mi credulidad, no podría yo decirle que anda del todo descaminado, pero aduciré que era la época en que acallaba mi crítica a fin de volverme imparcial y receptivo frente a las muchas novedades que diariamente me salían al paso. Cuando después hube de discernir que esas escenas de seducción no habían ocurrido nunca y eran sólo fantasías urdidas por mis pacientes, que quizá yo mismo les había instilado, quedé desconcertado un tiempo.  Mi confianza en mi técnica así como en sus resultados recibió un duro golpe; y no obstante, yo había obtenido esas escenas por un camino técnico que consideraba acertado, y su contenido presentaba un nexo inequívoco con los síntomas de los que había partido mi indagación. Cuando me sosegué, extraje de mi experiencia las conclusiones correctas, a saber, que los síntomas neuróticos no se anudaban de manera directa a vivencias efectivamente reales, sino a fantasías de deseo, y que para la neurosis valía más la realidad psíquica que la material. Tampoco creo hoy que yo instilara, «sugiriera», a mis pacientes aquellas fantasías de seducción. En ellas me topé por vez primera con el complejo de Edipo, destinado a cobrar más tarde una significación tan eminente, pero al que todavía no supe discernir en ese disfraz fantástico. Por lo demás, la seducción en la infancia conserva su parte en la etiología, aunque en escala más modesta. Empero, los seductores eran las más de las veces niños mayores.

Mi error había sido entonces como el de alguien que tomara por verdad histórica la leyenda de la monarquía romana según la refiere Tito Livio, en vez de considerarla como lo que es: una formación reactiva frente al recuerdo de épocas y circunstancias mezquinas, probablemente no siempre gloriosas. Aclarado el error, quedaba expedito el camino para el estudio de la vida sexual infantil. Así se llegó a aplicar el psicoanálisis a otro ámbito del saber, y a colegir a partir de sus datos un fragmento, desconocido hasta entonces, del acontecer biológico.

La función sexual estaba presente desde el comienzo; primero se apuntalaba en las otras funciones de importancia vital, y luego se independizaba de estas. Había recorrido un largo y complicado desarrollo antes de volverse notoria en la vida sexual normal del adulto. Se exteriorizaba primero como actividad de toda una serie de componentes pulsionales, dependientes de zonas erógenas del cuerpo y que en parte emergían en pares de opuestos (sadismo-masoquismo, pulsión de ver-pulsión de exhibición); partían cada uno por separado en procura de una ganancia de placer, y la mayoría de las veces hallaban su objeto en el cuerpo propio. Por consiguiente, al comienzo no estaban centrados y eran predominantemente autoeróticos. Más tarde aparecían síntesis en ellos; un primer estadio de organización estaba regido por los componentes orales, luego seguía una fase sádico-anal y sólo la tercera y última fase traía el primado de los genitales, con lo cual la función sexual entraba al servicio de la reproducción. En el curso de este desarrollo, muchos aportes pulsionales eran dejados de lado como inutilizables para este fin último o se les asignaba un empleo diverso; otros eran desviados de sus metas y trasportados a la organización genital. Llamé libido a la energía de las pulsiones sexuales -y sólo de ellas-. Ahora bien, debí reconocer que la libido no siempre recorre impecablemente el desarrollo descrito. A consecuencia de la hiperintensidad de ciertos componentes, o de vivencias prematuras de satisfacción, se producen fijaciones de la libido a ciertos lugares de la vía de desarrollo. Hacia estos lugares refluye luego la libido en caso de una represión posterior (regresión), y desde ellos, también, sobrevendrá la irrupción en el síntoma. Una intelección posterior agregó que la localización de los lugares de fijación es decisiva también para la elección de neurosis, o sea, la forma en que emerge la enfermedad más tarde contraída.

Paralelo a la organización de la libido marcha el proceso del hallazgo de objeto, al cual le está reservado un importante papel en la vida anímica. Tras el estadio del autoerotismo, el primer objeto de amor pasa a ser, para ambos sexos, la madre, cuyo órgano nutriente probablemente no era distinguido del cuerpo propio al comienzo. Después, pero todavía dentro de la primera infancia, se establece la relación del complejo de Edipo, en que el varoncito concentra sus deseos sexuales en la persona de la madre y desarrolla mociones hostiles hacia el padre en calidad de rival. De manera análoga adopta posición la niñita.  Todas las variaciones y derivaciones del complejo de Edipo adquieren significatividad; la constitución bisexual innata se hace valer y multiplica el número de las aspiraciones simultáneamente presentes. Debe trascurrir todo un lapso hasta que el niño adquiere claridad acerca de la diferencia entre los sexos; en ese tiempo, la investigación sexual se procura teorías sexuales típicas, que, en razón del carácter incompleto de la propia organización corporal, confunden lo’ verdadero con lo falso y no logran resolver los problemas de la vida sexual (el enigma de la esfinge: ¿De dónde vienen los niños?). La primera elección de objeto del niño es, por tanto, incestuosa. Todo el desarrollo aquí descrito es recorrido con rapidez. El carácter más notable de la vida sexual humana es su acometida en dos tiempos con una pausa intermedia. En el cuarto y quinto años de vida se alcanza una primera culminación, pero luego se disipa ese florecimiento temprano de la sexualidad, las aspiraciones hasta entonces vivas caen bajo la represión y sobreviene el período de latencia, que se extiende hasta la pubertad y en el cual se instituyen las formaciones reactivas de la moral, la vergüenza, el asco.  La doble acometida del desarrollo sexual parece exclusiva del ser humano entre todos los seres vivos, y es quizá la condición biológica de su predisposición a la neurosis. Con la pubertad vuelven a reanimarse las aspiraciones e investiduras de objeto de la temprana infancia, así como las ligazones de sentimiento del complejo de Edipo. En la vida sexual de la pubertad combaten entre sí las incitaciones de la primera infancia y las inhibiciones del período de latencia. Por otra parte, en el ápice del desarrollo sexual infantil se había establecido una suerte de organización genital; empero, sólo el genital masculino desempeñaba un papel en ella, pues el femenino no había sido descubierto (he llamado a esto el primado fálico). La oposición entre los sexos todavía no recibía en esa época los nombres de masculino o femenino, sino: en posesión de un pene o castrado. El complejo de castración que arranca de ahí adquiere grandísima significatividad para la formación del carácter y la neurosis.

En esta exposición abreviada de mis hallazgos acerca de la vida sexual humana he recopilado en aras de la inteligibilidad muchas cosas que surgieron en diversas épocas y hallaron acogida, como complementos o enmiendas, en las sucesivas ediciones de mis Tres ensayos de teoría sexual (1905d). Espero que de ella se infiera con facilidad la naturaleza de la tan a menudo destacada y objetada ampliación del concepto de sexualidad. Esta ampliación es doble. En primer lugar, la sexualidad es desasida de sus vínculos demasiado estrechos con los genitales y postulada como una función corporal más abarcadora, que aspira al placer y que sólo secundariamente entra al servicio de la reproducción; en segundo lugar, se incluyen entre las mociones sexuales todas aquellas meramente tiernas y amistosas para las cuales el lenguaje usual emplea la multívoca palabra «amor». Ahora bien, yo opino que estas ampliaciones no innovan sino restauran, pues significan cancelar, para el concepto en cuestión, unas restricciones inadecuadas a que nos habíamos dejado llevar.

El desasimiento de la sexualidad respecto de los genitales tiene la ventaja de permitirnos considerar el quehacer sexual de los niños y de los perversos bajo los mismos puntos de vista que el del adulto normal, siendo que hasta entonces el primero había sido enteramente descuidado, en tanto que el otro se había admitido con indignación moral, pero sin inteligencia alguna. Para la concepción psicoanalítica, aun las perversiones más raras y repelentes se explican como exteriorización de pulsiones parciales sexuales que se han sustraído del primado genital y salen a la caza de la ganancia de placer como en las épocas primordiales del desarrollo libidinal, vale decir, de manera autónoma. La más importante de estas perversiones, la homosexualidad, apenas merece ese nombre. Se reconduce a la bisexualidad constitucional y al efecto postrero {Nachwirkung} del primado fálico; mediante el psicoanálisis se puede pesquisar en cada quien un fragmento de elección homosexual de objeto. Si se llamó a los niños «perversos polimorfos», no fue más que una descripción con expresiones usuales; no se entendió enunciar con ello una valoración moral. Tales juicios de valor son totalmente ajenos al psicoanálisis.

La otra de las supuestas ampliaciones se justifica por referencia a la indagación psicoanalítica, que muestra que todas esas mociones tiernas de sentimiento fueron originariamente aspiraciones sexuales en sentido pleno, luego «inhibidas en su meta» o «sublimadas». Y por otra parte, en este carácter influible y desviable de las pulsiones sexuales estriba su aplicabilidad a múltiples logros culturales, a los que prestan las más sustantivas contribuciones.

Las sorprendentes averiguaciones sobre la sexualidad del niño se consiguieron primero mediante el análisis de adultos, pero después, a partir de 1908 aproximadamente, observaciones directas las corroboraron en todos sus detalles y tanto como se quisiera.  En efecto, es tan fácil convencerse acerca de los quehaceres sexuales regulares de los niños que uno debe preguntarse, asombrado, cómo han conseguido los hombres pasar por alto este hecho y sostener durante tanto tiempo la leyenda, fruto del deseo, sobre la infancia asexual. Esto no puede menos que guardar estrecha relación con la amnesia de la mayoría de los adultos sobre su propia infancia.

IV

Las doctrinas de la resistencia y de la represión, de lo inconciente, del valor etiológico de la vida sexual y de la importancia de las vivencias infantiles son los principales componentes del edificio doctrinal del psicoanálisis. Lamento poder describir aquí sólo las piezas por separado, y no el modo en que se componen y encajan unas con otras. Es tiempo de que atendamos a los cambios que poco a poco se han producido en la técnica del procedimiento analítico.

La primera práctica de vencer la resistencia mediante el esforzar y asegurar, utilizada al comienzo, había sido indispensable para procurar al médico las primeras orientaciones en cuanto a lo que debía esperar. Pero a la larga resultaba demasiado penosa para ambas partes y no parecía a salvo de ciertos obvios reparos. Se la remplazó entonces por otro método, que en cierto sentido era su opuesto. En vez de impulsar {antreiben} al paciente a decir algo sobre un tema determinado, ahora se lo exhortaba a abandonarse a la «asociación» libre, o sea, a decir lo que se le pasase por la cabeza, previa abstención de toda representación-meta conciente. Sólo que debía comprometerse a comunicar efectivamente todo lo que se ofreciese a su percepción de sí y a no ceder a las objeciones críticas que pretendieran dejar de lado ciertas ocurrencias aduciendo cualquiera de estos motivos: que carecían de importancia suficiente, no venían al caso o eran un completo disparate. En cuanto al pedido de sinceridad en la comunicación, no hacía falta repetirlo de manera expresa, puesto que era la premisa de la cura analítica.

Acaso parezca sorprendente que este proceder de la asociación libre con observancia de la regla psicoanalítica fundamental rindiera lo que se esperaba de él: aportar a la conciencia el material reprimido y mantenido lejos de ella por medio de resistencias. Pero debe repararse en que la asociación libre no es efectivamente tal. El paciente permanece bajo el influjo de la situación analítica aunque no dirija su actividad de pensamiento a un tema determinado. Se tiene derecho a suponer que no se le ocurrirá otra cosa que lo relacionado con esta situación. Su resistencia a reproducir lo reprimido se exteriorizará ahora de dos maneras. En primer lugar, mediante aquellas objeciones críticas a las que está dirigida la regla psicoanalítica fundamental. Mas si por obediencia a la regla él supera esas coartaciones, la resistencia halla otra expresión. Conseguirá que al analizado nunca se le ocurra lo reprimido mismo, sino sólo algo que se le aproxima al modo de una alusión, y mientras mayor sea la resistencia, tanto más distanciada de lo que uno busca estará la ocurrencia sustitutiva comunicada. El analista, que escucha en una actitud de recogimiento, pero no tensa, y a quien su experiencia en general ha preparado para recibir lo que acuda, puede emplear de acuerdo con dos posibilidades el material que el paciente saca a luz. O logra, en caso de resistencia pequeña, colegir lo reprimido mismo a partir de las indicaciones, o, si la resistencia es más intensa, puede discernir en las ocurrencias que parecen distanciarse del tema la complexión de esa resistencia y comunicarla al paciente. Ahora bien, el descubrimiento de la resistencia es el primer paso para su superación. Así se obtiene en el marco del trabajo analítico un arte de interpretación cuyo exitoso manejo exige, por cierto, tacto y práctica, pero que no es difícil de aprender. El método de la asociación libre tiene grandes ventajas sobre el anterior, y no sólo la de resultar menos penoso. Expone al analizado a una mínima medida de compulsión, no pierde el contacto con el ahora objetivo {real}, ofrece amplias garantías de que no se pasará por alto ningún factor en la estructura de la neurosis y de que no se injertará en ella nada que provenga de la expectativa del analista. En lo esencial se deja librado al paciente determinar la marcha del análisis y el ordenamiento del material, lo que vuelve imposible la elaboración sistemática de cada uno de los síntomas y complejos. En cabal oposición al curso del tratamiento hipnótico o impulsionante, uno averigua lo que corresponde a épocas diversas y a diferentes pasos del tratamiento. Para un espectador -en la realidad no se permite que lo haya-, la cura analítica seria, por eso, enteramente impenetrable.

Otra ventaja del método es que en verdad no tiene por qué fallar nunca. En teoría siempre debe ser posible tener una ocurrencia, en tanto y en cuanto se abandone toda exigencia respecto de su índole. No obstante, el método falla con total regularidad en un caso, pero justamente su carácter aislado lo vuelve también interpretable.

Ahora abordo la descripción de un factor que agrega un rasgo esencial al cuadro del análisis y tiene derecho a reclamar para sí la máxima significación tanto en lo teórico como en lo técnico, En todo tratamiento analítico, y sin que el médico lo promueva en modo alguno, se establece un intenso vínculo de sentimiento del paciente con la persona del analista, vínculo que no halla explicación alguna por las circunstancias reales. Es de naturaleza positiva o negativa, varía desde el enamoramiento apasionado, plenamente sensual, hasta la expresión extrema de rebeldía, encono y odio. Esta «trasferencia» -tal se la llama de manera abreviada- pronto remplaza en el paciente al deseo de sanar y pasa a ser, mientras es tierna y moderada, soporte del influjo médico y genuino resorte impulsor del trabajo analítico en común. Más tarde, si se ha hecho apasionada o se ha trocado en hostilidad, se convierte en el principal instrumento de la resistencia. Y en ese caso puede paralizar la actividad de ocurrencias del paciente y poner en peligro el éxito del tratamiento. Pero sería un disparate querer evitarla; un análisis sin trasferencia es una imposibilidad. No se crea que la engendra el análisis y únicamente se presenta en él, pues este sólo la revela y aísla. La trasferencia es un fenómeno humano universal, decide sobre el éxito de cada intervención médica y aun gobierna en general los vínculos de una persona con su ambiente humano. Fácilmente se discierne en ella el mismo factor dinámico que los hipnotizadores llamaron «sugestionabilidad», portador del rapport hipnótico y cuya índole impredecible atrajo quejas también contra el método catártico. Donde esta inclinación a la trasferencia de sentimientos falta o se ha vuelto enteramente negativa, como en la dementia praecox y la paranoia, tampoco hay posibilidad alguna de ejercer una influencia psíquica sobre el enfermo.

Es del todo correcto que también el psicoanálisis, como otros métodos psicoterapéuticos, trabaja con el recurso de la sugestión. Pero la diferencia está en que no deja librada a ella -a la sugestión o la trasferencia- la decisión sobre el éxito terapéutico. Antes bien, la emplea para mover al enfermo a rendir un trabajo psíquico -la superación de sus resistencias trasferenciales- que significa una alteración permanente de su economía anímica. El analista torna conciente al enfermo de su trasferencia, y ella es resuelta cuando se lo convence de que en su conducta de trasferencia revivencia relaciones de sentimiento que descienden de sus más tempranas investiduras de objeto, provenientes del período reprimido de su infancia. Mediante esa vuelta {Wendung}, la trasferencia, que era el arma más poderosa de la resistencia, pasa a ser el mejor instrumento de la cura analítica. De todos modos, su manejo es la parte más difícil, así como la más importante, de la técnica analítica.

Con ayuda del procedimiento de la asociación libre y del arte interpretativo derivado de él, obtuvo el psicoanálisis un logro sin valor práctico en apariencia, pero destinado a alcanzar una posición y una vigencia enteramente novedosas dentro del edificio científico. Fue posible demostrar que los sueños poseen un sentido, y colegirlo. En la Antigüedad clásica, por cierto, se apreciaba mucho a los sueños como anuncios del futuro; pero la ciencia moderna no quiso saber nada del sueño, lo dejó librado a la superstición, lo declaró un acto meramente «corporal», como sí fuera un respingo de la vida anímica durmiente. Parecía imposible que alguien que hubiera realizado un trabajo científico serio se presentase como «intérprete de sueños». Pero si uno no hacía caso de ese anatema que pesaba sobre el sueño, lo trataba como a un síntoma neurótico no comprendido, como a una idea delirante u obsesiva, prescindía de su contenido aparente y sometía sus imágenes singulares a la asociación libre, llegaba a una conclusión diferente. Por medio de las numerosas ocurrencias del soñante se tomaba conocimiento de un producto del pensamiento que ya no podía llamarse absurdo ni confuso, que correspondía a una operación psíquica de pleno derecho y del cual el sueño manifiesto no era más que una traducción desfigurada, abreviada y mal entendida, casi siempre una traducción en imágenes visuales. Esos pensamientos oníricos latentes contenían el sentido del sueño; el contenido onírico manifiesto no era sino un espejismo, una fachada, a la que por cierto podía anudarse la asociación, pero no la interpretación.

Surgió entonces toda una serie de preguntas a la espera de respuesta; las más importantes: si había un motivo para la formación del sueño, cuáles eran las condiciones bajo las que ella podía consumarse, por qué caminos se cumplía el trasporte de los pensamientos oníricos, siempre provistos de sentido, hasta el sueño, a menudo carente de él; y otras por el estilo. En mi libro La interpretación de los sueños, publicado en 1900, intenté solucionar todos esos problemas. Sólo un brevísimo extracto de esa indagación puede hallar sitio aquí: Si uno examina los pensamientos oníricos latentes averiguados por el análisis del sueño, encuentra que uno de ellos se destaca nítidamente de los otros, razonables y familiares para el soñante. Estos otros son restos de la vida de vigilia (restos diurnos); en cambio, en aquel singularizado se discierne una moción de deseo a menudo muy chocante, ajena a la vida despierta del soñante, quien por lo mismo lo desmiente asombrado o indignado. Esa moción es el genuino formador del sueño, ella ha costeado la energía para la producción del sueño y se sirve de los restos diurnos como de un material; el sueño así engendrado representa una situación de satisfacción de esa moción, es su cumplimiento de deseo. Ese proceso no se habría vuelto posible de no favorecerlo algo en la naturaleza del estado del dormir. La premisa psíquica del dormir es el acomodamiento del yo al deseo de dormir y el quite de las investiduras de todos los intereses de la vida; y como al mismo tiempo se bloquean los accesos a la motilidad, el yo puede rebajar también el gasto [de energía] con que suele solventar de ordinario las represiones. La moción inconciente aprovecha este relajamiento nocturno de la represión para avanzar con el sueño hasta la conciencia. Empero, la resistencia de represión del yo no ha sido cancelada en el dormir, sino meramente rebajada. Un resto de ella permanece como censura onírica y ahora prohibe a la moción de deseo inconciente exteriorizarse en las formas que habrían sido las genuinamente adecuadas. A consecuencia de la severidad de la censura onírica, los pensamientos oníricos latentes se ven precisados a consentir variaciones y debilitamientos que vuelven irreconocible el sentido prohibido del sueño. Esa es la explicación de la desfiguración onírica, a la que el sueño manifiesto debe sus caracteres más llamativos. De ahí lo justificado de la tesis: El sueño es el cumplimiento (disfrazado) de un deseo (reprimido). Discernimos desde ya que el sueño está edificado como un síntoma neurótico, es una formación de compromiso entre la exigencia de una moción pulsional reprimida y la resistencia de un poder censurador situado en el interior del yo. Teniendo, pues, su misma génesis, es tan incomprensible como el síntoma y ha menester de interpretación lo mismo que este.

Es fácil descubrir la función general del soñar. Sirve para defenderse, mediante una suerte de apaciguamiento, de estímulos externos o internos que habrían reclamado el despertar; preserva así de perturbación al dormir. La defensa contra el estímulo externo se realiza reinterpretándolo y urdiéndolo dentro de alguna situación inofensiva; en cuanto al estímulo interno de la exigencia pulsional, el soñante le da curso y le consiente satisfacerse mediante la formación del sueño mientras los pensamientos oníricos latentes no se sustraigan a su domeñamiento por la censura. Pero si amenaza este último peligro y el sueño se vuelve demasiado nítido, el soñante interrumpe el sueño y despierta aterrorizado (sueño de angustia). El mismo fracaso de la función del sueño sobreviene cuando el estímulo externo se vuelve tan intenso que ya no es posible rechazarlo (sueño de despertar). He llamado trabajo del sueño al proceso que, mediando la cooperación de la censura onírica, trasporta los pensamientos latentes al contenido manifiesto del sueño. Consiste en un raro tratamiento del material de pensamientos preconcientes, en virtud del cual los componentes de estos últimos son condensados, sus acentos psíquicos son desplazados, el todo es traspuesto en imágenes visuales, dramatizado, y por fin completado mediante una elaboración secundaria que significa un malentendido. El trabajo del sueño es un notable paradigma de los procesos que operan en los estratos más profundos, inconcientes, de la vida anímica, y que se diferencian considerablemente de los procesos de pensamiento normales, familiares para nosotros. Trae a la luz, además, cierto número de rasgos arcaicos; por ejemplo, el empleo del simbolismo sexual, ahí prevaleciente, que luego ha sido reencontrado en otros ámbitos de la actividad espiritual.

Al ponerse la moción pulsional inconciente del sueño en conexión con un resto diurno, un interés no tramitado de la vida de vigilia, confiere un doble valor para el trabajo analítico al sueño que ha formado. En efecto, el sueño interpretado resulta ser por una parte el cumplimiento de un deseo reprimido, mientras que por la otra puede haber continuado la actividad de pensamiento preconciente del día y haberse llenado con un contenido cualquiera: acaso dará expresión a un designio, a una advertencia, a una reflexión o, también, a un cumplimiento de deseo. El análisis lo utiliza en ambas direcciones, tanto para tomar conocimiento de los procesos concientes como de los inconcientes del analizado. También saca partido de la circunstancia de que el sueño tiene acceso al material olvidado de la vida infantil, de suerte que la amnesia infantil es superada las más de las veces a raíz de la interpretación de sueños. El sueño desempeña en este punto una parte de la tarea que antes se encomendaba a la hipnosis. En cambio, jamás he sostenido la tesis que tan a menudo se me atribuye, según la cual la interpretación enseñaría que todos los sueños tienen contenido sexual o se remontan a fuerzas pulsionales sexuales. Es fácil ver que el hambre, la sed y el pujo de excreción producen sueños de satisfacción lo mismo que cualquier moción sexual reprimida o egoísta. En el caso de los niños pequeños se dispone de una cómoda prueba de la corrección de nuestra teoría del sueño. Aquí, donde los diversos sistemas psíquicos no están todavía tajantemente separados y las represiones aún no han sido plasmadas en profundidad, se toma a menudo conocimiento de sueños que no son otra cosa que cumplimientos desembozados de alguna moción de deseo que quedó pendiente del día. Bajo el influjo de necesidades imperativas, también el adulto puede producir esos sueños de tipo infantil.

Al igual que de la interpretación de los sueños, el análisis se sirve del estudio de las pequeñas operaciones fallidas y acciones sintomáticas, tan frecuentes en los seres humanos; les consagré una indagación, la Psicopatología de la vida cotidiana [1901b], que apareció como libro por primera vez en 1904. El contenido de esta muy leída obra es la demostración de que tales fenómenos no son algo contingente, y que rebasan cualquier explicación fisiológica: poseen pleno sentido, son interpretables, y a raíz de ellos es lícito inferir la presencia de mociones e intenciones refrenadas o reprimidas. Sin embargo, el sobresaliente valor tanto de la interpretación de los sueños como de este último estudio no reside en el apoyo que prestan al trabajo analítico, sino en otra propiedad suya. Hasta entonces el psicoanálisis sólo se había ocupado de resolver fenómenos patológicos, y para explicar estos a menudo había debido adoptar supuestos cuyo alcance era desproporcionado respecto de la importancia del material considerado. Y bien: el sueño, que abordó después, no era un síntoma patológico, sino un fenómeno de la vida anímica normal, puesto que podía producirse en cualquier hombre sano. Y si el sueño estaba edificado como un síntoma, si su explicación requería idénticos supuestos -el de la represión de mociones pulsionales, el de la formación sustitutiva y de compromiso, el de diversos sistemas psíquicos donde van colocados lo conciente y lo inconciente-, el psicoanálisis deja de ser una ciencia auxíliar de la psicopatología, y es más bien el esbozo de una ciencia del alma, nueva y más fundamental, que se vuelve indispensable también para entender lo normal. Es lícito, así, trasferir sus premisas y sus resultados a otros ámbitos del acontecer anímico y espiritual; se le ha abierto el camino hacia la vastedad, hacia un interés universal.

V

Suspendo la exposición del crecimiento interno del psicoanálisis, y me vuelvo a sus destinos externos. Las adquisiciones suyas que he comunicado hasta aquí fueron, a grandes rasgos, el fruto de mi trabajo; no obstante, también introduje en la trama logros posteriores, y no separé de los míos los aportes de mis discípulos y partidarios.

Tras mi separación de Breuer, por más de un decenio no tuve partidario alguno. Estaba totalmente aislado. En Viena se me hizo el vacío, en el extranjero no se me tenía en cuenta. La interpretación de los sueños, editado en 1900, apenas mereció reseñas en las publicaciones especializadas. En mi ensayo «Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico» [1914d] comuniqué, como ejemplo de la actitud de los círculos psiquiátricos de Viena, una conversación con un asistente que había escrito un libro contra mis doctrinas, pero no había leído La interpretación de los sueños. En la clínica donde trabajaba le habían dicho que no valía la pena. Esa persona, nombrada después profesor auxiliar, se ha permitido desmentir el contenido de ese diálogo e impugnar la fidelidad de mí recuerdo. Mantengo lo dicho en aquel informe mío.

Cuando comprendí el carácter necesario de mis choques, mi susceptibilidad amainó mucho. Poco a poco, por lo demás, tocó a su fin el aislamiento. Primero se reunió en Viena un pequeño círculo de discípulos a mi derredor; después de 1906 se supo que los psiquiatras de Zurich, E. Bleuler, su asistente C. G. Jung y otros, se interesaban vivamente por el psicoanálisis. Se anudaron relaciones personales, y en las Pascuas de 1908 los amigos de la joven ciencia se reunieron en Salzburgo, conviniendo la repetición regular de esos congresos privados y la edición de una revista que, bajo el título de Jahrbuch für psychoanalytische und psychopathologische Forschungen {Anuario de investigaciones psicoanalíticas y psicopatológicas}, tuvo por jefe de redacción a Jung. Los directores éramos Bleuler y yo; cesó su publicación al comenzar la [Primera] Guerra Mundial. De manera simultánea con la adhesión de los suizos, el interés por el psicoanálisis despertó en toda Alemania; fue objeto de numerosas expresiones bibliográficas y de viva discusión en congresos científicos. En ninguna parte la acogida fue amistosa ni de expectativa benévola. Tras tomar somerísimo conocimiento del psicoanálisis, la ciencia alemana se mostró unánime en su desestimación.

Tampoco hoy puedo saber, desde luego, cuál será el juicio definitivo de la posteridad acerca del valor del psicoanálisis para la psiquiatría, la psicología y las ciencias del espíritu en general. Pero opino que si la fase que hemos vivido halla alguna vez su historiógrafo, este admitirá que la conducta de sus representantes de esa época no fue gloriosa para la ciencia alemana. Al decir esto no me refiero al hecho de la desautorización ni a su índole terminante; ambas eran fácilmente comprensibles, no hacían sino responder a lo previsto y de ningún modo podían arrojar sombras sobre el carácter de los oponentes. Pero no tienen disculpa ninguna el desborde de petulancia y la rudeza y la falta de buen gusto y el inescrupuloso desprecio por la lógica en los ataques. Podría objetárseme que es pueril dar rienda suelta a tales susceptibilidades cuando han pasado ya quince años; y en efecto yo no lo haría si no tuviera algo más que agregar. Años después, en el curso de la Guerra Mundial, cuando un coro de enemigos lanzó contra la nación alemana el reproche de barbarie, aduciendo todo cuanto acabo de señalar, me resultó profundamente doloroso no poder contradecirlo por mi propia experiencia.

Uno de los opositores llegó a gloriarse de tapar la boca a sus pacientes cuando empezaban a hablar de cosas sexuales, y era evidente que con esa técnica se consideraba autorizado a formular juicios sobre el papel etiológico de la sexualidad en las neurosis. Prescindiendo de las resistencias afectivas, explicadas por la teoría psicoanalítica con tanta facilidad que no podían desorientarnos, me pareció que el principal obstáculo a la comprensión era la circunstancia de que los oponentes veían en el psicoanálisis un producto de mi fantasía especulativa y no querían creer que era fruto de un trabajo prolongado, paciente, sin presupuestos. Y como opinaban que el análisis no tenía nada que ver con la observación y la experiencia, se creían con derecho a desestimarlo en ausencia de una experiencia propia. Otros, que no se sentían tan seguros en esa convicción, repetían la clásica maniobra de la resistencia: no mirar por el microscopio a fin de no ver lo que habían impugnado. Es harto asombrosa la incorrección con que se conducen la mayoría de los seres humanos cuando en un asunto nuevo quedan librados a su propio juicio. Durante muchos años, y aún hoy, tuve que escuchar de críticos «benévolos» que el psicoanálisis tenía razón en esto y aquello pero en cierto punto empezaba su desmesura, su generalización indebida. En cuanto a esto, bien sé lo difícil que es decidir acerca de tal deslinde … y pocos días o semanas antes los críticos ignoraban por completo el asunto.

El anatema oficial pronunciado contra el psicoanálisis tuvo por consecuencia que los analistas se cohesionaran más. En el Congreso de Nuremberg, de 1910, se organizaron, a propuesta de S. Ferenczi, en una «Asociación Psicoanalítica Internacional», compuesta por grupos locales y dirigida por un presidente. Esta Asociación sobrevivió a la Guerra Mundial, hoy sigue existiendo y abarca los grupos locales de Austria, Alemania, Hungría, Suiza, Gran Bretaña, Holanda, Rusia e India, así como dos grupos en Estados Unidos.  Como primer presidente hice elegir a C. G. Jung, un paso bien desdichado, como después se vería. El psicoanálisis ganó entonces una segunda publicación, el Zentralblatt für Psychoanalyse {Periódico central de psicoanálisis}, a cargo de Adler y Stekel, y poco después una tercera, Imago, consagrada por sus fundadores, H. Sachs y O. Rank -ninguno de los dos es médico-, a las aplicaciones del análisis a las ciencias del espíritu. No mucho más tarde, Bleuler publicó su escrito (1910a) en defensa del psicoanálisis. Aunque era alentador que por fin la justicia y la lógica honesta tuvieran la palabra en la polémica, el trabajo de Bleuler no podía satisfacerme plenamente. Se empeñaba demasiado en presentarse como imparcial; no por azar nuestra ciencia debía justamente a ese autor la introducción del valioso concepto de la ambivalencia. En ensayos posteriores Bleuler ha adoptado una conducta tan desautorizadora frente al edificio doctrinal analítico, ha puesto en duda o ha desestimado piezas tan esenciales de él, que pude preguntarme, asombrado, qué quedaba de aquel reconocimiento.

Y a. pesar de ello, no sólo se ha pronunciado después con el mayor ardor en favor de la «psicología de lo profundo», sino que ha basado en ella su exposición de largo aliento sobre las esquizofrenias [Bleuler, 1911]. Por otra parte, Bleuler no permaneció mucho tiempo dentro de la Asociación Psicoanalítica Internacional; la abandonó a raíz de desinteligencias con Jung, y el Burghölzli se perdió para el análisis.

La contradicción oficial no pudo detener la difusión del psicoanálisis en Alemania ni en los demás países. En otro trabajo (1914d) he seguido las etapas de su progreso, mencionando también a los hombres que se destacaron como sus sostenedores. En 1909, Jung y yo fuimos invitados a Estados Unidos por G. Stanley Hall para dictar durante una semana conferencias (en lengua alemana) en la Clark University, de Worcester, Massachusetts al celebrarse el vigésimo aniversario de la fundación de este instituto, del cual aquel era el presidente. Hall era un psicólogo y pedagogo que gozaba de un justo prestigio y. que ya desde hacía años había incorporado el psicoanálisis a sus cursos; tenía algo del «gran elector» en cuyas manos estaba el imponer y deponer autoridades. Allí nos encontramos también con James J. Putnam, el neurólogo de Harvard, quien a pesar de su avanzada edad se entusiasmó con el psicoanálisis y, con toda la gravitación de su personalidad universalmente respetada, salió en defensa de su valor cultural y de la pureza de sus propósitos. Lo único que nos disgustó en este hombre sobresaliente, que se orientaba de manera predominante hacía la ética como reacción frente a una disposición neurótica obsesiva, fue la propuesta de uncir el psicoanálisis a un sistema filosófico determinado y ponerlo al servicio de afanes morales.  También una entrevista con el filósofo William James me dejó una impresión indeleble. No puedo olvidar una pequeña escena: en el curso de un paseo, se detuvo de pronto, me entregó su bolso de mano y me rogó que me adelantara, pues me alcanzaría tan pronto se le pasase el inminente ataque de angina pectoris. Murió del corazón un año después; desde entonces he deseado para mí una impavidez como la suya frente a la muerte próxima.

Por esa época yo tenía sólo 53 años, me sentía joven y sano, y la breve estadía en el Nuevo Mundo me resultó benéfica para mi sentimiento de mí mismo {Selbstgefühl; también, «autoestima»}; si en Europa me sentía como despreciado, allá me vi aceptado por los mejores como uno de sus pares. Cuando en Worcester subí a la cátedra para dar mis Cinco conferencias sobre psicoanálisis [1910a], me pareció la realización de un increíble sueño diurno. El psicoanálisis ya no era, pues, un producto delirante; se había convertido en un valioso fragmento de la realidad. Por lo demás nunca perdió terreno tras nuestra visita, es enormemente popular entre los legos, y muchos psiquiatras oficiales lo aceptan como una pieza importante de la instrucción médica. Por desgracia, también lo han diluido mucho. Numerosos abusos, que nada tienen que ver con él, se cubren con su nombre, y se carece de oportunidades para obtener una formación básica en su técnica y su teoría. Además, en Estados Unidos entra en colisión con el behaviorismo, que en su ingenuidad se vanagloria de haber removido enteramente el problema psicológico.

Entre 1911 y 1913, se consumaron en Europa dos movimientos escisionistas del psicoanálisis, iniciados por personas que hasta entonces habían desempeñado un papel notable en la joven ciencia: Alfred Adler y C. G. Jung. Ambos parecían muy peligrosos, y rápidamente ganaron muchos partidarios. Pero no debían su fuerza a su propia gravitación, sino al atractivo que ofrecía el poder liberarse de las conclusiones del psicoanálisis que se sentían como chocantes, aunque ya no se desmintiera su material fáctico. Jung intentó una reinterpretación de los hechos analíticos con una perspectiva abstracta, apersonal y ahistórica, mediante la que esperaba ahorrarse la consideración de la sexualidad infantil y del complejo de Edipo, así como la necesidad del análisis de la infancia. Adler pareció distanciarse todavía más del psicoanálisis; desestimó por completo la significación de la sexualidad, recondujo la formación del carácter y la de las neurosis exclusivamente al afán de poder de los seres humanos y a su necesidad de compensar inferioridades constitucionales, y desechó todos los nuevos logros psicológicos del psicoanálisis. Empero, lo desestimado por él se conquistó un lugar en su sistema cerrado bajo nombres diferentes; su «protesta masculina» no es otra cosa que la represión, erróneamente sexualizada. La crítica trató con gran suavidad a ambos heréticos; yo sólo pude lograr que Adler y Jung renunciaran a llamar «psicoanálisis» a sus doctrinas. Hoy, trascurrido un decenio, puede comprobarse que los dos intentos han pasado sin ocasionar daño alguno al psicoanálisis.

Si una comunidad se basa en el acuerdo acerca de ciertos puntos cardinales, es natural excluir de ella a quienes abandonan ese terreno común. Pero a menudo se ha achacado a mi intolerancia la separación de ex discípulos, o se la ha considerado expresión de una fatalidad que pesaría sobre mí. Baste señalar, para refutarlo, que frente a quienes me abandonaron, como Jung, Adler, Stekel y otros pocos, hay gran número de personas, como Abraham, Eitingon, Ferenczi, Rank, Jones, Brill, Sachs, el padre Pfister, Van Ernden, Reik y otros, que desde hace unos quince años me prestan fiel colaboración y en su mayoría mantienen conmigo una amistad imperturbada. Y sólo he mencionado a los más antiguos de mis discípulos, que ya se han labrado un nombre famoso en la literatura psicoanalítica; pero la omisión de otros no implica relegamiento alguno, pues justamente entre los jóvenes y los que se sumaron más tarde hay talentos en los que cabe depositar grandes esperanzas. Pues bien: tengo derecho a juzgar que un hombre intolerante y dominado por la creencia en su infalibilidad nunca habría retenido en su derredor a un grupo tan grande de personas de valía intelectual, menos aún si, como es mi caso, no dispusiera de señuelos prácticos.

La Guerra Mundial, que destruyó tantas otras organizaciones, nada pudo contra nuestra Asociación Internacional. La primera reunión, una vez terminada aquella, se realizó en 1920 en La Haya, en suelo neutral. Fue conmovedora la hospitalidad con que se acogió en Holanda a quienes venían de la Europa Central, empobrecida y hambreada; y además, que yo sepa, fue la primera vez que en un mundo destruido ingleses y alemanes se sentaron amistosamente en torno de una misma mesa llevados por intereses científicos. Más aún: la guerra había acrecentado el interés por el psicoanálisis tanto en Alemania como en los países del Oeste. La observación de los neuróticos de guerra había terminado por abrir los ojos a los médicos acerca de la significación de la psicogénesis para las perturbaciones neuróticas, y algunas de nuestras concepciones psicológicas, como la «ganancia de la enfermedad», el «refugio en la enfermedad», se hicieron rápidamente populares. Al último congreso que se reunió antes de la caída, el de 1918 en Budapest, los gobiernos coligados de las potencias centrales habían enviado representantes oficiales que prometieron instituir dispensarios psicoanalíticos para el tratamiento de los neuróticos de guerra. Nunca se lo concretó. También los ambiciosos planes de uno de nuestros mejores miembros, el doctor Anton von Freund, quien se proponía crear en Budapest un centro para el estudio de la doctrina y la terapia analíticas, fracasaron a raíz de los cambios políticos sobrevenidos poco después, así como por la muerte de ese hombre irremplazable.  Una parte de sus iniciativas fueron concretadas más tarde por Max Eitingon, quien creó en 1920 en Berlín una policlínica psicoanalítica. Durante el breve gobierno bolchevique de Hungría, Ferenczi pudo desplegar incluso una exitosa actividad docente como representante oficial del psicoanálisis en la universidad. Tras la guerra, nuestros opositores dieron en proclamar que la experiencia había proporcionado un argumento decisivo contra la corrección de las aseveraciones analíticas. Las neurosis de guerra -adujeron- habían probado la superfluidad de los factores sexuales en la etiología de las afecciones neuróticas. Pero fue un triunfo efímero y apresurado. En efecto, por un lado, nadie había podido llevar a cabo el análisis radical de un caso de neurosis de guerra; en consecuencia, no se sabía nada de cierto acerca de su motivación y no era lícito extraer inferencia alguna de esa ignorancia. Pero, por otro lado, hacía tiempo que el psicoanálisis había ganado el concepto del narcisismo y de la neurosis narcisista, cuyo contenido era la adhesión de la libido al yo propio, y no a un objeto.  Vale decir: solía reprocharse al psicoanálisis la extensión indebida del concepto de sexualidad, pero, cuando resultaba cómodo para la polémica, se olvidaba ese crimen y se lo, volvía a enfrentar con la sexualidad en el sentido estrecho.

Para mí, la historia del psicoanálisis se descompone en dos tramos, prescindiendo de la prehistoria catártica. En el primero, que se extendió desde 1895-96 hasta 1906 o 1907, yo estaba solo y debía hacer por mí mismo todo el trabajo. En el segundo tramo, desde los años mencionados en último término hasta hoy, fueron adquiriendo cada vez mayor significación las contribuciones de mis discípulos y colaboradores, de suerte que ahora, cuando una grave enfermedad me anuncia el final, puedo pensar con calma interior en el cese de mi labor.  Pero por ese mismo motivo queda excluido que en esta Presentación autobiográfica trate acerca de los progresos del psicoanálisis en su segunda época con la misma prolijidad que acerca de su lenta edificación durante la primera, llenada por mi sola actividad. Unicamenteme siento autorizado a mencionar aquí los nuevos logros en los que aún tuve participación destacada, o sea, sobre todo, los referidos al ámbito del narcisismo, de la doctrina de las pulsiones y de la aplicación del psicoanálisis a las psicosis.

Debo agregar que al paso que se acumulaba la experiencia el complejo de Edipo se perfilaba cada vez con mayor nitidez como el núcleo de la neurosis. Era tanto el punto culminante de la vida sexual infantil como el punto nodal desde el que partían todos los desarrollos posteriores. Ahora bien, de ese modo se disípó la expectativa de descubrir mediante el análisis un factor específico para la neurosis. Uno debió decirse, como ya había atinado a enunciarlo con justeza Jung en sus comienzos analíticos, que la neurosis no tenía un contenido particular, exclusivo de ella, y que los neuróticos fracasaban en las mismas cosas que son dominadas exitosamente por las personas normales. Esta intelección en modo alguno significó un desengaño. Concordaba de manera óptima con aquella otra según la cual la psicología profunda descubierta por el psicoanálisis era justamente la psicología de la vida anímica normal. Habíamos llegado al mismo resultado que los químicos: las grandes diferencias cualitativas entre los productos se reconducían a variaciones cuantitativas en las proporciones de combinación entre los mismos elementos.

En el complejo de Edipo la libido se mostraba ligada a la representación de la persona de los progenitores. Pero antes había existido una época sin ningún objeto de esa índole. De ahí resultó la concepción, básica para una teoría de la libido, de un estado en que ella llena al yo propio, lo ha tomado como objeto. Podía llamárselo «narcisismo» o amor de sí mismo. Reflexionando a partir de esto, se concluyó que en verdad él nunca es cancelado del todo; durante la vida entera el yo sigue siendo el gran reservorio de libido del cual son emitidas investiduras de objeto y al cual la libido puede refluir desde los objetos.  Por tanto, libido narcisista se traspone de continuo en libido de objeto, y a la inversa. Un ejemplo notable del alcance que puede adquirir esa trasposición es el enamoramiento sexual o sublimado, que llega hasta el autosacrificio. Mientras que, hasta entonces, en el proceso represivo sólo se había prestado atención a lo reprimido, estas representaciones posibilitaron apreciar correctamente también lo represor. Se había dicho que la represión es puesta en obra por las pulsiones de autoconservación eficaces en el yo («pulsiones yoicas») y se consuma sobre las pulsiones libidinosas. Pero ahora, puesto que se discernía también a las pulsiones de autoconservación como de naturaleza libidinosa, como libido narcisista, el proceso represivo apareció como uno que se desarrollaba en el interior de la libido misma; libido narcisista se contrapuso a libido de objeto, el interés de la autoconservación se defendía de la exigencia del amor de objeto, vale decir, también, de la sexualidad en sentido restringido.

No hay para el psicoanálisis necesidad más sentida que la de una doctrina sólida de las pulsiones sobre la cual se pudiera seguir construyendo. Pero nada de eso preexiste, y el psicoanálisis tiene que empeñarse en obtenerla mediante tanteos. Postuló al comienzo la oposición entre pulsiones yoicas (autoconservación, hambre) y pulsiones libidinosas (amor), y luego la sustituyó por otra nueva, entre libido narcisista y libido de objeto. Mas con ello, evidentemente, no se había dicho la última palabra. Consideraciones biológicas parecían prohibirle a uno contentarse con el supuesto de una sola clase de pulsiones.

En los trabajos de mis últimos años (Más allá del principio de placer [1920g], Psicología de las masas y análisis del yo [1921c], El yo y el ello [1923b]) he dado libre curso a la tendencia a la especulación, por largo tiempo sofrenada, y por cierto consideré una nueva solución para el problema de las pulsiones. Reuní la conservación de sí mismo y la de la especie bajo el concepto de Eros, y le contrapuse la pulsión de destrucción o de muerte, que trabaja sin ruido. La pulsión es aprehendida, en los términos más universales, como una suerte de elasticidad de lo vivo, como un esfuerzo {Drang} por repetir una situación que había existido una vez y fue cancelada por una perturbación externa. Esta naturaleza de las pulsiones, conservadora en su esencia, es ilustrada por los fenómenos de la compulsión de repetición. La acción conjugada y contraria de Eros y pulsión de muerte nos da, a nuestro juicio, el cuadro de la vida.

Está por verse si esta construcción demostrará ser utilizable. Indudablemente, la guía el afán de fijar algunas de las representaciones teóricas más importantes del psicoanálisis, pero va mucho más allá de él. He oído repetidas veces la manifestación despreciativa de que no puede esperarse nada de una ciencia cuyos conceptos máximos son tan imprecisos como los de libido y pulsión en el psicoanálisis. Pero en la base de este reproche hay un completo desconocimiento de la situación real. Conceptos básicos claros y definiciones de nítidos contornos sólo . son posibles en las ciencias del espíritu en la medida en que estas pretendan aprehender un campo de hechos en el marco de una formación intelectual de sistema. En las ciencias naturales, a las que pertenece la psicología, semejante claridad de los conceptos máximos huelga, y aun es imposible. Ni la zoología ni la botánica comenzaron con definiciones correctas y suficientes del animal y la planta, y la biología todavía hoy no sabe llenar el concepto de lo vivo con un contenido cierto. Más aún: ni siquiera la física habría realizado todo su desarrollo si hubiera debido esperar hasta que sus conceptos de materia, fuerza, gravitación y otros alcanzaran la claridad y la precisión deseables. Las representaciones básicas o conceptos máximos de las disciplinas de las ciencias naturales siempre se dejan indeterminados al comienzo, provisionalmente sólo se los ilustra por referencia al campo de fenómenos del que provienen, y no es sino mediante el progresivo análisis del material de observación como pueden volverse claros, llenarse de contenido y quedar exentos de contradicción. Siempre sentí como grave injusticia que no se quisiese dispensar al psicoanálisis el mismo trato que a cualquier otra ciencia natural. Ese rehusamiento se expresó en las más pertinaces objeciones. Al psicoanálisis se le reprocha cada una de sus imperfecciones y lagunas, cuando en verdad una ciencia basada en la observación no puede hacer otra cosa que elaborar una por una sus conclusiones y resolver paso a paso sus problemas. Y todavía más: cuando nos empeñábamos en obtener para la función sexual el reconocimiento que por tanto tiempo se le había negado, la teoría psicoanalítica fue motejada de «pansexualismo»; cuando pusimos de relieve el papel, omitido hasta entonces, de las impresiones accidentales de la primera juventud, debimos escuchar que el psicoanálisis desmentía los factores de la constitución y de la herencia, lo cual jamás se nos había ocurrido. Se trataba de contradecir a cualquier precio y por todos los medios.

Ya en fases anteriores de mi producción he intentado remontarme a puntos de vista más universales a partir de la observación psicoanalítica. En 1911, en un pequeño ensayo, «Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico» [1911b], destaqué, y en esto no fui original, el predominio del principio de placer-displacer en la vida anímica y su relevo por el llamado principio de realidad. Más tarde [en 1915] me atreví a intentar una «metapsicología». Llamé así a un modo de abordaje en que cada proceso anímico es apreciado siguiendo las tres coordenadas de la dinámica, la tópica y la economía, y vi en ello la meta máxima asequible a la psicología. El ensayo quedó como un torso; lo interrumpí tras unos pocos trabajos («Pulsiones y destinos de pulsión» [1915c], «La represión» [1915d], «Lo inconciente» [1915e], «Duelo y melancolía» [1917e], etc.), e hice bien, sin duda, pues aún no había llegado el tiempo para tal formulación teórica.  En mis últimos trabajos especulativos he emprendido la tarea de articular nuestro aparato anímico sobre la base de la apreciación analítica de los hechos patológicos, descomponiéndolo en un yo, un ello y un superyó (El yo y el ello [1923b] ). El superyó es el heredero del complejo de Edipo y el subrogante de los reclamos éticos del ser humano.

No se tenga la impresión de que en este último período de mi trabajo yo habría vuelto la espalda a la observación paciente, entregándome por entero a la especulación. Más bien me he mantenido siempre en estrecho contacto con el material analítico, y nunca he dejado de elaborar temas especiales, clínicos o técnicos. Y aun donde me he distanciado de la observación, he evitado cuidadosamente aproximarme a la filosofía propiamente dicha. Una incapacidad constitucional me ha facilitado mucho esa abstención. Siempre fui receptivo para las ideas de G. T. Fechner, y en puntos importantes me he apuntalado en este pensador. Las vastas coincidencias del psicoanálisis con la filosofía de Schopenhauer -no sólo conoció el primado de la afectividad y la eminente significación de la sexualidad, sino aun el mecanismo de la represión- no pueden atribuirse a una familiaridad que yo tuviera con su doctrina. He leído a Schopenhauer tarde en mi vida. En cuanto a Nietzsche, el otro filósofo cuyas intuiciones e intelecciones coinciden a menudo de la manera más asombrosa con los resultados que el psicoanálisis logró con trabajo, lo he rehuido durante mucho tiempo por eso mismo; me importa mucho menos la prioridad que conservar mi posición imparcial.

Las neurosis habían sido el primer objeto del análisis, y por largo tiempo también el único. Ningún analista tenía dudas sobre lo erróneo de la práctica médica que mantenía alejadas estas afecciones de las psicosis, reuniéndolas con las enfermedades nerviosas orgánicas. La doctrina de las neurosis pertenece a la psiquiatría, es indispensable como introducción a esta. Ahora bien, el estudio analítico de las psicosis parece excluido por la falta de perspectivas terapéuticas de semejante empeño. Al enfermo mental {den psychisch Kranken} le falta en general la capacidad para la trasferencia positiva, lo cual vuelve inaplicable el principal recurso de la técnica analítica. Empero, se ofrecen numerosas vías de acceso. A menudo la trasferencia no está ausente de manera tan completa que no se pueda avanzar cierto tramo con ella; en las depresiones cíclicas, la alteración paranoica leve, la esquizofrenia parcial, se han obtenido indudables éxitos con el análisis. Por otra parte, al menos para la ciencia fue una ventaja que en muchos casos el diagnóstico pudiera vacilar durante largo tiempo entre el supuesto de una psiconeurosis y el de una dementia praecox: así, el intento terapéutico emprendido pudo aportar valiosos conocimientos antes que debiera interrumpírselo. Pero lo más importante es que en las psicosis afloran en la superficie, visibles para todo el mundo, muchísimas cosas que en las neurosis deben recogerse en lo profundo con empeñoso trabajo. Por eso la clínica psiquiátrica proporciona los objetos de ilustración óptimos respecto de muchas tesis analíticas. No podía pasar entonces mucho tiempo sin que el análisis hallara el camino hacia los objetos de la observación psiquiátrica. Muy tempranamente (en 1896) pude comprobar en un caso de demencia paranoide los mismos factores etiológicos y la presencia de idénticos complejos afectivos que en las neurosis.  Jung [1907] esclareció enigmáticas estereotipias en dementes haciéndolas remontarse a la biografía de los enfermos; Bleuler [1906a] demostró en diversas psicosis mecanismos como los pesquisados por el análisis en los neuróticos. Desde entonces no han cesado los analistas de afanarse por comprender las psicosis. En particular, desde que se empezó a trabajar con el concepto de narcisismo se consiguió echar una mirada por encima del muro ora en este, ora en estotro lugar. Los resultados más amplios son, sin duda, los aportados por Abraham [1912] en el esclarecimiento de las melancolías. Es verdad que en el presente, en este terreno, no todo saber se traspone en poder terapéutico; pero aun la mera ganancia teórica no debe ser tenida en menos, y cabe aguardar con confianza su aplicación práctica. A la larga, tampoco los psiquiatras podrán resistir la fuerza probatoria de su material patológico. En la psiquiatría alemana se consuma ahora una suerte de pénétration pacifique por parte de los puntos de vista analíticos. Sin dejar de asegurar a diestra y siniestra que no quieren ser psicoanalistas, que no pertenecen a la escuela «ortodoxa», pues no la acompañan en sus exageraciones y, sobre todo, no creen en la hiperpotencia del factor sexual, la mayoría de los investigadores más jóvenes hacen suya esta o aquella pieza de la doctrina analítica y la aplican a su manera al material. Todo indica la inminencia de ulteriores desarrollos en esta dirección.

VI

Sigo ahora a la distancia los síntomas reactivos con que se consuma la entrada del psicoanálisis en Francia, tanto tiempo refractaria. Me produce el efecto de una reproducción de lo ya vivenciado, pero también presenta sus rasgos particulares. Se formulan objeciones de increíble simplicidad, como aquella de que chocarían al sentimiento de finura de los franceses la pedantería y rusticidad de las designaciones psicoanalíticas ( ¡uno no puede menos que pensar en el inmortal Chevalier Riccaut de la Marlinière, de Lessing! ).  Otra manifestación suena más seria; ni siquiera a un profesor de psicología de la Sorbona le ha parecido desdeñable: el génie latin es totalmente inconciliable con el modo de pensar del psicoanálisis. Así abandonan expresamente a sus aliados anglosajones, considerados partidarios del psicoanálisis. Quien tal oyera, creería desde luego que el génie teutonique desde su nacimiento mismo estrechó al psicoanálisis contra su corazón como a su hijo dilecto.

En Francia, el interés por el psicoanálisis partió de los hombres dedicados a las «bellas letras». Para comprenderlo, es preciso recordar que el psicoanálisis, con la interpretación de los sueños, ha traspasado las fronteras de una disciplina puramente médica. Entre su aparición en Alemania y esta de ahora en Francia, se extienden sus múltiples aplicaciones a los campos de la literatura y la ciencia del arte, a la historia de la religión y la prehistoria, a la mitología, el folklore, la pedagogía, etc. Todas estas cosas tienen poco que ver con la medicina; más aún: sólo la mediación del psicoanálisis las conecta con ella. Por eso no tengo derecho a tratarlas a fondo en este lugar.  Pero tampoco puedo omitirlas del todo, pues por una parte son indispensables para brindar la representación correcta del valor y la esencia del psicoanálisis, y por otra parte he emprendido la tarea de exponer la obra de mi vida. Los comienzos de la mayoría de esas aplicaciones se remontan a mis propios trabajos. Aquí y allí he hecho alguna digresión para satisfacer un interés extramédico de esa índole. Otros, y no sólo médicos, sino también eruditos, han seguido después mi huella y se han internado profundamente en el campo correspondiente. Pero como de acuerdo con mi programa debo limitarme a informar sobre mis propias contribuciones a la aplicación del psicoanálisis, sólo puedo ofrecer al lector un cuadro muy insuficiente de su extensión y significatividad.

El complejo de Edipo, cuya ubicuidad discerní poco a poco, me proporcionó una serie de incitaciones, Si desde siempre habían resultado enigmáticas la elección [por el poeta], y la creación misma, de ese tema cruel, así como el efecto conmovedor de su figuración poética y, en general, la esencia de la tragedia de destino, todo esto quedó explicado al inteligir que se había asido ahí una legalidad del acontecer anímico en su plena significación afectiva. El destino fatal y el oráculo no eran sino las materializaciones de la necesidad interior; que el héroe pecara sin saberlo y contra sus propósitos era, evidentemente, la expresión correcta de la naturaleza inconciente de sus aspiraciones criminales. Comprendida esta tragedia de destino, no había más que un paso para el esclarecimiento de la tragedia de carácter de Hamlet, pieza que se admiraba desde hacía tres siglos, pero sin poder indicar su sentido ni colegir los motivos del dramaturgo. Era bien llamativo que este neurótico creado por el literato fracasara en cuanto al complejo de Edipo como sus numerosos compañeros del mundo real: en efecto, Hamlet se enfrenta con la tarea de vengar en otro los dos crímenes que constituyen el contenido de la aspiración del Edipo; ello vuelve posible que su propio, oscuro, sentimiento de culpa le paralice el brazo. HamIet fue escrito por Shakespeare muy poco después de la muerte de su padre.  Ernest

Jones [1910a] desarrolló luego a fondo mis indicaciones para el análisis de este drama de duelo.  Después, Otto Rank [1912c] tomó ese mismo ejemplo como punto de partida de sus indagaciones sobre la elección de asunto por parte del poeta dramático. En su gran libro sobre el motivo del incesto pudo demostrar cuán a menudo los autores escogen para la figuración justamente los motivos de la situación del Edipo, y estudiar en la literatura universal los cambios, variaciones y atenuaciones del tema.

Era sugerente abordar desde aquí el análisis de la creación literaria y artística misma. Se discernió que el ámbito de la fantasía era como una «reserva natural» instituida a raíz del paso, sentido dolorosamente, del principio de placer al de realidad, a fin de proveer un sustituto a la satisfacción pulsional que debió resignarse en la vida real y efectiva. El artista, como el neurótico, se había retirado de la insatisfactoria realidad efectiva a ese ámbito de la fantasía, pero, a diferencia de aquel, se ingeniaba para hallar el camino de regreso y volver a hacer pie sólidamente en la realidad fáctica. Sus creaciones, las obras de arte, eran satisfacciones fantaseadas de deseos inconcientes, en un todo como los sueños, con los cuales tenían además en común el carácter del compromiso, pues también ellas debían esquivar el conflicto franco con los poderes de la represión. Pero a diferencia de las producciones oníricas, asociales y narcisistas, estaban calculadas para provocar la participación de otros seres humanos, en quienes podían animar y satisfacer las mismas mociones inconcientes de deseo. Además, se servían del placer perceptivo de la belleza de la forma como de una «prima de seducción». Lo que el psicoanálisis podía lograr era construir la constitución del artista y las mociones pulsionales eficaces en él, vale decir, lo humano universal en él, partiendo de la urdimbre de sus impresiones vitales, de sus destinos contingentes y de sus obras.  Por ejemplo, con ese propósito tomé a Leonardo da Vinci como tema de un estudio [1910c] basado en un único recuerdo de infancia, comunicado por él mismo, y dirigido en lo esencial a explicar su cuadro Santa Ana, la Virgen y el Niño. Mis amigos y discípulos emprendieron después numerosos análisis de ese tipo acerca de artistas y sus obras. El goce de la obra de arte no se ve perjudicado por la comprensión analítica así conseguida. Ahora bien, al lego, que acaso espere demasiado del análisis, es preciso confesarle que no arroja luz ninguna sobre dos problemas que, probablemente, sean los que más le interesen. No puede decir nada para el esclarecimiento del talento artístico, y tampoco le compete descubrir los medios con que el artista trabaja, vale decir, la técnica artística.

Con respecto a una breve novela, no muy valiosa en sí misma, Gradiva de W. Jensen [1903; Freud (1907a)], pude demostrar que unos sueños poetizados admiten las mismas interpretaciones que los reales, y que, por tanto, en la producción del autor literario actúan los mismos mecanismos de lo inconciente que se nos volvieron notorios a partir del trabajo del sueño.

Mi libro El chiste y su relación con lo inconciente [1905c] es directamente una digresión respecto de La interpretación de los sueños. El único amigo que en aquel tiempo se interesaba por mis trabajos me había hecho notar que mis interpretaciones de sueños a menudo provocaban una impresión «chistosa».  Para esclarecerla abordé la indagación de los chistes y hallé que la esencia del chiste reside en sus recursos técnicos, pero estos últimos coinciden con las modalidades del «trabajo del sueño»: condensación, desplazamiento, figuración por lo contrario, por algo pequeñísimo, etc. A esto siguió la indagación económica del modo en que se produce la elevada ganancia de placer en el que escucha el chiste. La respuesta fue: por la momentánea cancelación de un gasto represivo, cediendo a la seducción de un incentivo de placer ofrecido (placer previo) .

Mayor aprecio tuve yo mismo por mis contribuciones a la psicología de la religión, iniciadas en 1907 con la comprobación de una sorprendente semejanza entre acciones obsesivas y prácticas religiosas (el rito) [1907b]. Sin conocer todavía los nexos más profundos, caractericé a la neurosis obsesiva como una religión privada deformada, y a la religión como una neurosis obsesiva universal, por así decir. Más tarde, en 1912, la expresa referencia de Jung a las vastas analogías entre las producciones mentales de los neuróticos y de los primitivos me llevó a dirigir mi atención a ese tema. En los cuatro ensayos que se reunieron en un libro con el título de Tótem y tabú [1912-13], consigné que en los primitivos el horror al incesto se encuentra impreso con intensidad todavía mayor que entre los cultivados, y ha provocado muy particulares medidas de defensa; investigué los vínculos entre la prohibición tabú, forma en que surgen las primeras restricciones morales, y el sentimiento de ambivalencia, descubriendo en el sistema universal primitivo del animismo el principio de la sobrestimación de la realidad anímica, la «omnipotencia de los pensamientos», que está también en la base de la magia. Por doquier se verificó y demostró la comparación con la neurosis obsesiva, así como lo mucho que de las premisas de la vida mental primitiva sigue vigente en esta asombrosa afección. Sobre todo me atrajo, empero, el totemismo, ese primer sistema de organización de los linajes primitivos en que se aúnan los comienzos del orden social con una religión rudimentaria y el inflexible imperio de algunas pocas prohibiciones tabúes. El ser «venerado» es aquí siempre originariamente un animal, de quien el clan afirma también descender. Por diversos indicios se averigua que todos los pueblos, aun los de nivel más alto, atravesaron alguna vez por ese estadio del totemismo.

La principal fuente bibliográfica que utilicé para mis trabajos en este campo fueron las conocidas obras de J. G. Frazer (Totemismo y exogamia, La rama dorada), una cantera de hechos y puntos de vista valiosos. Pero Frazer no aportaba mucho para comprender el problema del totemismo; sobre este asunto había variado muchas veces radicalmente de opinión, y los otros etnólogos y prehistoriadores parecían tan inseguros como discrepantes en esta materia. Mi punto de partida fue la llamativa coincidencia entre los dos tabúes decretados por el totemismo el de no matar al tótem y el de no usar sexualmente a ninguna mujer de] mismo clan totémico- y los dos contenidos del complejo de Edipo -el de eliminar al padre y tomar por mujer a la madre-. Así nos vimos tentados a equiparar el animal totémico al padre, cosa que por lo demás hacen expresamente los primitivos al venerarlo como el antepasado del clan. Luego, del lado psicoanalítico vinieron en mi ayuda dos hechos: una feliz observación de Ferenczi en el niño [1913a], que permitió hablar de un retorno infantil del totemismo, y el análisis de las tempranas zoofobias de los niños; este análisis demostró que harto a menudo el animal era un sustituto del padre, y sobre él se había desplazado el miedo a este último, fundado en el complejo de Edipo. Llegados aquí, no faltaba mucho para discernir en el parricidio el núcleo del totemismo y el punto de partida de la formación de religiones.

Lo que faltaba lo proporcionó el conocimiento de la obra de Robertson Smith, The Religion of the Semites [1894]; ese hombre genial, físico y estudioso de la Biblia, había señalado como una pieza esencial de la religión totemista el llamado banquete totémico. Una vez al año, con participación de todos los miembros del clan, se daba muerte solemnemente al animal totémico, a quien de ordinario se tenía por sagrado; se lo devoraba y luego era llorado. A este duelo se asociaba una gran fiesta. Y tomando en consideración la conjetura de Darwin, para quien los seres humanos vivieron originariamente en hordas, cuyo jefe era un único macho, fuerte, violento y celoso, a partir de todos esos componentes se formó en mí la hipótesis -o la visión, como preferiría decir- del siguiente proceso: El padre de la horda primordial, como déspota irrestricto, había acaparado a todas las mujeres, asesinando o expulsando a los hijos peligrosos como rivales. Pero un día estos hijos se reunieron, lo vencieron, asesinaron y comieron en común, pues él había sido su enemigo, pero también su ideal. Tras el asesinato no pudieron entrar en posesión de su herencia, pues se estorbaban unos a otros. Bajo el influjo del fracaso y del arrepentimiento aprendieron a soportarse entre sí, se ligaron en un clan de hermanos mediante los decretos del totemismo, destinados a excluir la repetición de un hecho como aquel, y renunciaron en conjunto a la posesión de las mujeres por quienes habían asesinado al padre. En lo sucesivo debían buscar mujeres extranjeras; he ahí el origen de la exogamia, estrechamente enlazada con el totemismo. El banquete totémico era la celebración recordatoria de aquel asesinato enorme, del que nació la conciencia de culpa de la humanidad (el pecado original) y con el cual se iniciaron la organización social, la religión y la limitación ética.

Cupiera o no suponer histórica una posibilidad como esa, la formación de religiones quedaba situada en el suelo del complejo paterno y edificada sobre la ambivalencia que lo gobierna. Tras abandonarse el animal totémico como sustituto paterno, el propio padre primordial, temido y odiado, venerado y envidiado, pasó a ser el arquetipo de Dios. El desafío del hijo y su añoranza del padre combatieron entre sí en siempre nuevas formaciones de compromiso, destinadas, por un lado, a expiar el crimen del parricidio y, por el otro, a afianzar su ganancia. Esta manera de concebir la religión arroja una luz particularmente intensa sobre los fundamentos psicológicos del cristianismo, en el que sobrevive la ceremonia del banquete totémico, poco desfigurada todavía, como comunión. Quiero dejar expresa constancia de que este último discernimiento no se debe a mí, sino que ya se encuentra en Robertson Smith y Frazer.

En numerosos y notables trabajos, T. Reik y el etnólogo G. Róheim han continuado las líneas argumentales de Tótem y tabú, desarrollándolas, profundizándolas o rectificándolas. Yo mismo he vuelto más tarde sobre ellas, a raíz de indagaciones acerca del «sentimiento inconciente de culpa», que posee tan grande significación entre los motivos del padecer neurótico, y de empeños por ligar de manera más estrecha la psicología social a la psicología del individuo (El yo y el ello, Psicología de las masas y análisis del yo). También he aducido la herencia arcaica del tiempo de la horda primordial de los seres humanos para explicar la posibilidad de la hipnosis.

Escasa es mi participación directa en otras aplicaciones del psicoanálisis, no obstante dignas de universal interés. Desde las fantasías del neurótico individual, un ancho camino lleva hasta las creaciones de la fantasía de masas y pueblos, tal como se presentan en los mitos, sagas y cuentos tradicionales. La mitología se ha convertido en el campo de trabajo de Otto Rank; la interpretación de los mitos, su reconducción a los consabidos complejos inconcientes de la infancia, la sustitución de explicaciones astrales por una motivación humana, fue en muchos casos el resultado de su empeño analítico. También el tema del simbolismo ha hallado muchos estudiosos dentro de mi círculo. El simbolismo le ha valido al psicoanálisis numerosas enemistades; muchos investigadores, demasiado sobrios, nunca le pudieron perdonar el reconocimiento del simbolismo, tal como resulta de la interpretación de los sueños. Pero el análisis no es culpable de su descubrimiento; hacía mucho tiempo que era notorio en otros campos y aun desempeñaba en ellos (folklore, saga, mito) un papel más importante que en el «lenguaje del sueño».

Yo no he prestado colaboración alguna para la aplicación del análisis a la pedagogía; pero era natural que los descubrimientos analíticos sobre la vida sexual y el desarrollo anímico de los niños reclamaran la atención de los educadores y les hicieran ver sus tareas bajo una nueva luz. Como infatigable campeón de esta orientación en la pedagogía se ha destacado el sacerdote protestante O. Pfister, de Zurich, quien halló compatible el cultivo del análisis con su adhesión a una religiosidad, es cierto que sublimada; junto a él, cabe mencionar a la doctora Hug-Hellmuth y al doctor S. Bernfeld, de Viena, así como a muchos otros.  La aplicación del análisis a la educación preventiva de los sanos y a la corrección del niño todavía no neurótico, pero desviado en su desarrollo, tuvo una importante consecuencia práctica. Ya no es posible reservar el ejercicio del psicoanálisis a los médicos y excluir de él a los legos. De hecho, el médico que no ha recibido una formación especial es un lego en el análisis a pesar de su diploma, y el no médico puede desempeñar también el tratamiento analítico de las neurosis si cuenta con la preparación adecuada y el debido apoyo de un médico.

Por obra de uno de esos desarrollos cuyo desenlace sería en vano contrariar, la palabra misma «psicoanálisis» se ha vuelto multívoca. En su origen designó un determinado proceder terapéutico; ahora ha pasado a ser también el nombre de una ciencia, la de lo anímico inconciente. Sólo rara vez puede ella resolver un problema plenamente por sí sola; pero parece llamada a prestar importantes contribuciones en los más diversos campos del saber. El terreno de aplicación del psicoanálisis tiene la misma extensión que el de la psicología, a la que agrega un complemento de poderoso alcance.

Así pues, echando una ojeada retrospectiva a la obra de mi vida, puedo decir que he sido el iniciador de muchas cosas y he prodigado numerosas incitaciones de las que algo saldrá en el futuro. Yo mismo no puedo saber si será mucho o poco. Pero tengo derecho a formular la esperanza de haber abierto el camino a un importante progreso en nuestro conocimiento.

* Posfacio. (1935)

El director de esta colección de «presentaciones autobiográficas» nunca previó, que yo sepa, que una de ellas estaría destinada a continuarse trascurrido cierto lapso. Es posible que no haya sucedido antes. Ocasión de esta empresa fue el deseo del editor norteamericano de presentar a su público este pequeño escrito en una nueva edición. En Estados Unidos apareció por primera vez (en la editorial Brentano) en 1927, con el título An Autobiographical Study, pero desdichadamente reunido con otro ensayo y oculto bajo el título de este, The Problem of Lay-Analyses [ 1926e ]. 

Dos temas recorren el presente trabajo: mi peripecia de vida y la historia del psicoanálisis. Están unidos del modo más estrecho. La Presentación autobiográfica muestra cómo el psicoanálisis se convirtió en el contenido de mi vida, y obedece al justificado supuesto de que no merece interés nada de lo que me ha sucedido personalmente si no se refiere a mis vínculos con la ciencia.

Poco antes de redactada la Presentación autobiográfica, había parecido que mi vida tendría un pronto final por la recidiva de una enfermedad maligna; sólo el arte del cirujano me había salvado en 1923, y pude seguir viviendo y produciendo, aunque nunca más quedaría libre de molestias. En los años trascurridos desde entonces (más de diez), nunca he dejado mi trabajo y mis publicaciones analíticos, como lo prueban mis Gesammelte Schriften [1924-34], publicados en doce volúmenes por la Editorial Psicoanalítica Internacional en Viena. Pero hallo una sustantiva diferencia respecto de lo anterior. Hilos que se habían entreverado en mi desarrollo empezaron a desasirse, intereses adquiridos más tarde quedaron relegados, en tanto se imponían otros, más antiguos y originarios. Es verdad que en este último decenio he realizado una buena porción de trabajo analítico importante, como la revisión del problema de la angustia en Inhibición, síntoma y angustia (1926d), o que en 1927 conseguí el esclarecimiento terso del «fetichismo» sexual [1927e]; no obstante, es correcto decir que desde la postulación de las dos clases de pulsión (Eros y pulsión de muerte) y la descomposición de la personalidad psíquica en un yo, un superyó y un ello (1923b) no he brindado ya ninguna contribución decisiva al psicoanálisis: lo que después he escrito habría podido omitirse sin daño u otros lo habrían ofrecido pronto. Esto tiene que ver con un cambio sobrevenido en mí, con un cierto desarrollo regresivo, si así se lo quiere llamar. Tras el rodeo que a lo largo de mi vida di a través de las ciencias naturales, la medicina y la psicoterapia, mí interés regresó a aquellos problemas culturales que una vez cautivaron al joven apenas nacido a la actividad del pensamiento. Hallándome todavía en el apogeo del trabajo psicoanalítico, en 1912, hice en Tótem y tabú el intento de aprovechar las intelecciones analíticas recién adquiridas para la exploración de los orígenes de la religión y la eticidad. Dos ensayos más tardíos, El porvenir de una ilusión (1927c) y El malestar en la cultura (1930a), continuaron luego esa orientación de trabajo. Discerní cada vez con mayor claridad que los acontecimientos de la historia humana, las acciones recíprocas {Wechselwirkung} entre naturaleza humana, desarrollo cultural y aquellos precipitados de vivencias de los tiempos primordiales, como subrogadora de los cuales esfuerza su presencia la religión, no eran sino el espejamiento de los conflictos dinámicos entre el yo, el ello y el superyó, que el psicoanálisis había estudiado en el individuo: los mismos procesos, repetidos en un escenario más vasto. En El porvenir de una ilusión formulé un juicio fundamentalmente negativo sobre la religión; más tarde hallé la fórmula que le hacía mejor justicia: su poder descansa, sí, en su contenido de verdad, pero esa verdad no lo es material, sino histórica.

Estos estudios, que parten del psicoanálisis pero lo sobrepasan en mucho, han hallado quizá más eco entre el público que el psicoanálisis mismo. Acaso contribuyeron a engendrar la efímera ilusión de encontrarme entre los autores a quienes una gran nación como la alemana está dispuesta a prestar oídos. Fue en 1929 cuando Thomas Mann, uno de los más autorizados voceros del pueblo alemán, me acordó un puesto en la historia intelectual moderna en unas frases tan rebosantes de contenido como benévolas. Poco después, mi hija Anna fue homenajeada en el Palacio del Ayuntamiento de Francfort del Meno, cuando en representación mía acudió allí para recibir el premio Goethe de 1930 que se me había acordado.  Fue el punto culminante de mi vida civil; poco después nuestra patria se encogió, y la nación no quiso saber más nada de nosotros.

Creo lícito concluir aquí mis comunicaciones autobiográficas. La publicidad ya no tiene ningún derecho a averiguar más acerca de mis relaciones personales, mis luchas, desengaños y éxitos. Por otra parte, en algunos de mis escritos -La interpretación de los sueños, Psicopatología de la vida cotidiana- he demostrado mayor franqueza y sinceridad que la habitual en quienes describen su vida para sus contemporáneos o para la posteridad. Poco se me lo ha agradecido; por mi experiencia personal no aconsejaría a nadie obrar como yo lo hice.

Añadiré algunas palabras acerca de las peripecias del psicoanálisis en este último decenio. Ya no hay duda de que sobrevivirá, ha demostrado su capacidad para vivir y desarrollarse como rama del saber y como terapia. El número de sus partidarios, organizados en la Asociación Psicoanalítica Internacional [API], se ha multiplicado considerablemente; a los grupos locales más antiguos de Viena, Berlín, Budapest, Londres, Holanda, Suiza y Rusia se han agregado otros nuevos en París, Calcuta, dos en Japón, varios en Estados Unidos, últimamente sendos en Jerusalén y Sudáfrica, y dos en Escandinavia. Con sus propios recursos, estos grupos locales costean institutos en que se imparte la instrucción en el psicoanálisis de acuerdo con un plan didáctico unitario, y donde tanto analistas experimentados como principiantes ofrecen tratamiento ambulatorio gratuito a personas necesitadas, o bien se empeñan en crear tales institutos. Los miembros de la API se reúnen cada dos años en congresos donde se pronuncian conferencias científicas y se deciden cuestiones de organización. El decimotercero de esos congresos, al que yo no pude asistir, se realizó en Lucerna en 1934. Los afanes de sus miembros toman, a partir de lo común a todos, diferentes direcciones. Unos ponen el acento en la aclaración y profundización de los conocimientos psicológicos, otros se dedican a cultivar los nexos con la medicina interna y la psiquiatría. En lo que se refiere a la práctica, una parte de los analistas se han propuesto como meta lograr el reconocimiento del psicoanálisis por las universidades y su inclusión en los planes de enseñanza de la medicina; otros se conforman con permanecer fuera de esos institutos, y no quieren que el valor pedagógico del psicoanálisis se vea relegado por su significación médica. De tiempo en tiempo sucede que un colaborador del análisis se aísle en el empeño de imponer uno solo de los descubrimientos o puntos de vista psicoanalíticos a expensas de todos los demás. Pero el conjunto trasmite la reconfortante impresión de un serio trabajo científico de elevado nivel.