Obras de S. Freud: Un caso de paranoia que contradice la teoría psicoanalítica (1915)

Un caso de paranoia que contradice la teoría psicoanalítica. (1915)

«Mitteilung eines der psychoanalytischen Theorie wiclersprechenden Falles von Paranoia»


Nota introductoria:

El historial clínico presentado en este artículo sirve como confirmación del punto de vista enunciado por Freud en su análisis de Schreber (1911c), en el sentido de que hay una estrecha relación entre la paranoia y la homosexualidad. Incidentalmente, es una demostración práctica dirigida a los profesionales acerca del peligro de emitir una opinión apresurada sobre un caso basándose en un conocimiento superficial de los hechos. Las últimas páginas contienen algunas interesantes observaciones de un tipo más general, sobre los procesos que operan durante un conflicto neurótico.

James Strachey

Hace algunos años me visitó un conocido abogado para consultarme sobre un caso cuya apreciación le parecía dudosa. Una joven dama había recurrido a él en busca de protección contra las persecuciones de un hombre que la había movido a una relación amorosa. Ella aseveraba que ese hombre había abusado de su condescendencia haciendo que espectadores no vistos tomaran placas fotográficas de su tierno encuentro; ahora estaría en manos de él, si enseñaba estas fotografías, el exponerla a la vergüenza y forzarla a resignar su empleo. Su asesor legal tenía suficiente experiencia para reconocer el sesgo enfermizo de esta querella, pero consideró que le convenía recabar el juicio de un psiquiatra sobre el caso. Es que en la vida ocurren tantas cosas que parecen increíbles … Prometió visitarme una próxima vez en compañía de la querellante.

Antes de proseguir quiero confesar que he alterado las circunstancias ambientales del caso investigado hasta volverlas irreconocibles, pero nada más que eso. Es que juzgo mala práctica, cualesquiera que sean los motivos (aun los mejores) que se invoquen, desfigurar los rasgos de un historial clínico al comunicarlo; es imposible anticipar el aspecto del caso que un lector de juicio independiente destacará, y así se corre el riesgo de hacer que se extravíe (1)

La paciente, a quien conocí poco después, era una muchacha de unos treinta años, de gracia y belleza inusuales; parecía mucho más joven que su edad declarada, y su aspecto era el de una genuina feminidad. Adoptó una actitud totalmente negativa hacia el médico, y no se tomó el trabajo de ocultar su desconfianza. Sólo presionada por su abogado, que estaba presente, me contó la historia que sigue, y que me planteó un problema que después mencionaré. Sus gestos y sus exteriorizaciones de afecto no dejaban traslucir nada de esa timidez vergonzosa que habría sido la actitud indicada hacia un oyente extraño. Estaba toda absorbida por el hechizo de esa aprensión que su vivencia le había provocado.

Desde hacía años era empleada de un gran instituto donde se desempeñaba en un cargo de responsabilidad para satisfacción de ella y con el beneplácito de sus jefes. Nunca había buscado vinculaciones amorosas con hombres; vivía reposadamente junto a una madre anciana, cuyo único sostén era ella. No tenía hermanos, y el padre había muerto hacía muchos años. En los últimos tiempos un empleado varón de la misma oficina se le había aproximado, un hombre muy educado y atractivo a quien ella no pudo rehusar sus simpatías. El matrimonio entre ellos quedaba excluido por circunstancias externas, pero el hombre no quería saber nada de abandonar la relación a causa de esta imposibilidad. Le expuso cuán disparatado era renunciar, movidos por unas convenciones sociales, a todo cuanto ellos se deseaban, a lo cual tenían un indudable derecho y que contribuía, como ninguna otra cosa, a la exaltación de la vida. Como él había prometido no ponerla en peligro, ella finalmente le concedió visitarlo de día. en su vivienda de soltero. Ahí ocurrieron los besos y los abrazos, yacieron uno al lado del otro y él admiró sus encantos a medias descubiertos. En mitad de esta hora de amor la atemorizó un repentino ruido, como un latido o tictac. Venía del lado del escritorio, que estaba puesto trasversalmente a la ventana. El espacio que mediaba entre mesa y ventana estaba en parte cubierto por una espesa cortina. Ella contó que enseguida inquirió al amigo por el significado del ruido, y él le dijo que probablemente venía del pequeño reloj que estaba sobre el escritorio; pero yo me tomaré la libertad de apuntar más adelante algo sobre esta parte de su informe.

Cuando abandonó la casa, se topó además en la escalera con dos hombres que al verla se secretearon algo. Uno de los desconocidos llevaba un objeto envuelto, como un cofrecillo. El encuentro le dio que pensar; camino hacia su casa, se forjó esta combinación: ese cofrecillo fácilmente podía haber sido un aparato fotográfico, y el hombre que lo llevaba, un fotógrafo que mientras ella se encontraba en la habitación había estado al acecho escondido tras la cortina; el tictac que oyó fue el ruido del disparador, una vez que el hombre hubo obtenido la situación particularmente comprometida que quería fijar en la imagen. Desde ese momento no pudo acallar más su suspicacia hacia el amado; lo persiguió de palabra y por escrito con la demanda de una explicación tranquilizadora, y también con reproches. Pero se mostró inaccesible a los juramentos que él le hizo, con los que sustentaba la sinceridad de sus sentimientos y lo infundado de la sospecha. Por último se dirigió al abogado, le contó su vivencia y le entregó las cartas que a raíz de ese asunto bahía recibido del sospechado. Después pude yo echar un vistazo a algunas de esas cartas; me hicieron la mejor impresión; lo principal de su contenido era el lamento por el hecho de que un entendimiento tan hermoso y tierno pudiera destruirse a causa de esa «desdichada idea enfermiza».

No necesito justificarme por haber hecho mío el juicio del culpado. Pero el caso tenía para mí un interés diverso del meramente diagnóstico. En la literatura psicoanalítica se había aseverado que el paranoico se debate contra un refuerzo de sus tendencias homosexuales, lo que remite en esencia a una elección narcisista de objeto. Además, se bahía señalado que el perseguidor en el fondo era el amado o alguien que lo fue en el pasado (2). De la conjunción de ambas tesis resulta este requisito: el perseguidor tiene que ser del mismo sexo que el perseguido. Por otra parte, si a la tesis del condicionamiento de la paranoia por la homosexualidad no la presentamos como de validez universal y sin excepciones, ello se debió a que nuestras observaciones no eran lo bastante numerosas. Pero dicha tesis era de aquellas que, a consecuencia de ciertos nexos, sólo poseen significado pleno si pueden reclamar universalidad. En la bibliografía psiquiátrica no faltaban, por cierto, casos en que el enfermo se creía perseguido por allegados del otro sexo, pero una cosa era leer acerca de esos casos, y otra distinta tenerlos enfrente y verlos. Lo que yo y mis amigos habíamos podido observar y analizar confirmaba hasta entonces sin dificultad el vínculo de la paranoia con la homosexualidad. El caso aquí presentado lo contradecía de manera terminante. La muchacha parecía defenderse del amor a un hombre, puesto que mudaba directamente al amado en el perseguidor; nada se descubría de la influencia de la mujer, de una renuencia hacía un vínculo homosexual.

En vista de esa situación, lo más sencillo era evidentemente desistir en la demanda de validez universal para esa tesis según la cual el delirio de persecución dependía de la homosexualidad, y para todo cuanto se ligaba a ella. Y sin duda era forzoso renunciar a este conocimiento, a menos que, no dejándose persuadir por esta desviación respecto de la expectativa, uno se pusiese de parte del abogado admitiendo, como él lo hacía, que la vivencia había sido correctamente interpretada y no se trataba de una combinación paranoica. Pero yo ví otra salida que en principio posponía la decisión. Recordé cuán a menudo se había llegado a juzgar falsamente sobre enfermos psíquicos por no haberse ocupado de ellos con insistencia suficiente, a raíz de lo cual la averiguación era pobre. Declaré, por tanto, que me era imposible formular ese día un juicio, y pedí que se me hiciera una segunda visita para contarme la historia con mayor detalle y con todas las circunstancias colaterales que quizá se habían pasado por alto en esta ocasión. Gracias a la mediación del abogado obtuve el consentimiento de la paciente, que seguía mostrando su desgana; él vino también en mi ayuda declarando que en esa segunda entrevista su presencia era superflua.

El segundo relato de la paciente no anuló al primero, pero le aportó complementos tales que despejaron toda duda y todas las dificultades. En primer lugar, no había visitado al joven en su casa una vez sola, sino dos. Fue en el segundo encuentro cuando ocurrió la perturbación por el ruido al cual ella había anudado su sospecha; en su comunicación inicial había ocultado, omitido, esa primera visita porque en esa oportunidad nada importante le había sucedido. Era cierto que entonces no había pasado nada llamativo, pero sí al día siguiente. La sección de la gran empresa donde ella trabajaba estaba dirigida por una anciana dama a quien describió con estas palabras: «Tiene cabellos blancos como mi madre». Estaba habituada a que esta anciana jefa la tratara con gran ternura, por más que muchas veces la fastidiase, y se juzgaba la predilecta de ella. El día que siguió a la primera visita a casa del joven empleado, este se presentó en las oficinas para comunicar a la anciana dama alguna cosa del servicio, y mientras hablaba con esta en voz baja, nació en ella de pronto la certeza de que le estaba contando la aventura de ayer, y aun que desde hacía tiempo mantenía una relación con ella, sólo que ella hasta entonces no había notado nada (3). Ahora la maternal anciana de cabellos blancos lo sabía todo. En el curso de ese día pudo refirmarse, por la conducta y las manifestaciones de la anciana, en esta sospecha suya. Aprovecho la primera oportunidad para enrostrar al amado su traición. El, desde luego, protestó con energía contra eso que llamó una imputación disparatada, y de hecho logró por esta vez disuadirla de su delirio, de suerte que algún tiempo después -creo que unas semanas- estuvo lo bastante confiada para repetir la visita a casa de él. Ya conocemos el resto por el primer relato de la paciente.

Lo que acabarnos de averiguar pone término, en primer lugar, a la duda sobre la naturaleza enfermiza de la sospecha. Con facilidad se advierte que la jefa de cabellos blancos es un sustituto de la madre; que el hombre amado, a pesar de su juventud, es puesto en el lugar del padre, y que es el poder del complejo materno el que compele a la enferma a suponer una relación amorosa entre esos dos desiguales compañeros, en contra de toda su inverosimilitud. Pero con ello se evapora también la aparente contradicción a la expectativa alentada por la doctrina psicoanalítica de que un vínculo homosexual reforzado sería la condición para el desarrollo de un delirio de persecución. El perseguidor originario, la instancia de cuya influencia se quiere escapar, tampoco en este caso es el hombre, sino la mujer. La jefa sabe de las relaciones amorosas de la muchacha, las ve con malos ojos y le da a conocer este juicio adverso mediante tácitas insinuaciones. El vínculo con el mismo sexo se contrapone a los empeños por ganar como objeto de amor un compañero del otro sexo. El amor a la madre deviene el portavoz de todas las aspiraciones que, cumpliendo el papel de una «conciencia moral», quieren hacer que la muchacha se vuelva atrás en su primer paso por el camino nuevo, peligroso en muchos sentidos, hacia la satisfacción sexual normal, y aun logra perturbar la relación con el hombre.

Cuando la madre inhibe o pone en suspenso la afirmación sexual de la hija, cumple una función normal que está prefigurada por vínculos de la infancia, posee poderosas motivaciones inconcientes y ha recibido la sanción de la sociedad. Es asunto de la hija desasirse de esta influencia y decidirse, sobre la base de una motivación racional más amplia, por cierto grado de permisión o de denegación del goce sexual. Si en el intento de alcanzar esa liberación contrae una neurosis, ello se debe a la preexistencia de un complejo materno por regla general hiperintenso, y ciertamente no dominado, cuyo conflicto con la nueva corriente libidinosa se zanja, según sea la disposición aplicable, en la forma de tal o cual neurosis. En todos los casos, las manifestaciones de la reacción neurótica no están determinadas por el vínculo presente con la madre actual, sino por los vínculos infantiles con la imagen materna del tiempo primordial.

De nuestra paciente sabemos que desde hacía muchos años era huérfana de padre; también estamos autorizados a suponer que no se habría mantenido lejos del hombre hasta la edad de treinta años si una fuerte ligazón afectiva con la madre no le hubiera ofrecido un apoyo para eso. Ese apoyo se le convirtió en pesada cadena cuando su libido empezó a aspirar al hombre, llamada por un insistente cortejo. Procuro quitar de en medio ese apoyo, finiquitar su ligazón homosexual. Su disposición -de la que no hace falta hablar aquí- proveyó para que esto ocurriera como una formación paranoica de delirio. La madre deviene así una observadora desfavorable y una perseguidora. Como tal, habría podido ser vencida si el complejo materno no hubiera conservado el Poder de imponer su propósito, el mantenerla alejada del hombre. Al final de esta primera fase del conflicto, por tanto, ella se ha alienado de la madre sin plegarse al hombre. Y entonces ambos conspiran contra ella. En ese momento prevalece el empeño del hombre por atraerla decididamente a sí. Ella vence el veto de la madre y se dispone a conceder al amado una nueva cita. La madre no aparece más en los acontecimientos ulteriores; no obstante, nos es lícito establecer que en esta fase [la primera] el hombre amado no había devenido perseguidor directamente, sino pasando por la vía de la madre y en virtud de su vínculo con la madre, en quien había recaído el papel principal en la primera formación delirante.

Ahora se creería que la resistencia fue vencida definitivamente y que la muchacha, ligada hasta entonces a la madre, ha logrado amar a un hombre. Pero tras el segundo encuentro se establece una nueva formación delirante que, mediante una hábil utilización de ciertas contingencias, consigue arruinar ese amor y, así, lleva a su ejecución exitosa el propósito del complejo materno. Sigue pareciéndonos sorprendente que la mujer haya de defenderse del amor por el hombre con ayuda de un delirio paranoico. Pero antes de esclarecer con mayor detenimiento esta situación, queremos echar una ojeada a las contingencias sobre las que se apoyó la segunda formación delirante, dirigida con exclusividad contra el hombre.

Medio desvestida, yacente en el diván junto al amado, ella oye un ruido como un tictac, un toc, un latido, cuya causa ignora, pero que interpreta más tarde, después que se ha topado en la escalera de la casa con dos hombres, uno de los cuales lleva como un cofrecillo envuelto. Adquiere el convencimiento de que ha sido espiada y fotografiada durante el encuentro íntimo por encargo del amado. Lejos estamos, desde luego, de pensar que si no se hubiera producido ese desdichado ruido tampoco habría surgido la formación delirante. Más bien, tras esa contingencia reconocemos algo necesario que debía imponerse de manera tan compulsiva como la conjetura de una relación amorosa entre el hombre amado y la anciana jefa, escogida como sustituto de la madre. La observación del comercio amoroso entre los padres es una pieza que rara vez se echa de menos en el tesoro de fantasías inconcientes que el análisis puede descubrir en todos los neuróticos, y con probabilidad en todos los seres humanos. Llamo a estas formaciones de la fantasía, la de la observación del comercio sexual entre los padres, la de la seducción, la castración y otras, fantasías primordiales, y en otro lugar indagaré en profundidad su origen así como su relación con la vivencia individual (4). Por tanto, ese ruido contingente sólo desempeña el papel de una provocación que activa la fantasía del espionaje con las orejas, fantasía típica contenida en el complejo parental. Y aun es discutible que pueda designárselo como «contingente». Según me ha hecho notar Otto Rank, es más bien un requisito necesario de la fantasía del espionaje y repite el ruido por el cual se delata el comercio de los padres, o bien aquel por el cual temió delatarse el niño que espiaba. Pero ahora reconocemos de golpe el suelo que pisamos. El amado sigue siendo el padre, y ella misma se La puesto en el lugar de la madre. Entonces el espionaje tiene que asignarse a una persona extraña. Ahora discernimos el modo en que ella se ha liberado de la dependencia homosexual respecto de la madre. Fue mediante una pequeña regresión; en lugar de tomar a la madre como el objeto de amor, se ha identificado con ella, ha devenido ella misma la madre. La posibilidad de esta regresión remite al origen narcisista de su elección homosexual de objeto y, así, a la disposición, preexistente en ella, a contraer una paranoia (5). Podría esbozarse una ilación de pensamientos que lleva al mismo resultado que esta identificación: «Si la madre lo hace, yo también puedo hacerlo; tengo el mismo derecho que la madre».

Podemos dar otro paso en la eliminación de las contingencias, sin pretender que el lector nos acompañe, pues la falta de una indagación analítica más profunda hace imposible en nuestro caso pasar de cierto grado de verosimilitud. En la primera entrevista la enferma había indicado que enseguida inquirió por la causa del ruido y le dijeron que probablemente era el tictac del pequeño reloj de mesa que estaba sobre el escritorio. Me tomo la libertad de considerar esta comunicación un espejismo del recuerdo {Erinnerungstäuschung}. Me parece mucho más creíble que primero ella omitiese toda reacción ante el ruido y sólo le pareciese significativo luego de toparse con los dos hombres en la escalera. En cuanto al intento de explicación por el tictac del reloj, el hombre, que quizá ni siquiera había oído ese ruido, lo habrá aventurado más tarde, asediado ya por la suspicacia de la muchacha: «No sé lo que puedes haber oído; quizá fue el tictac del reloj de mesa, que muchas veces se oye». Esa posterioridad en el uso de impresiones y ese desplazamiento en el recuerdo son, precisamente, frecuentes en la paranoia y característicos de ella. Pero como nunca hablé con el hombre ni pude continuar el análisis de la muchacha, mi conjetura es indemostrable.

Podría aventurarme a avanzar todavía otro poco en la descomposición de esa «contingencia» supuestamente real. No creo en absoluto que se oyera el tictac del reloj de mesa ni otro ruido alguno. La situación en que ella se encontraba justificaba una sensación de «toc toc» o de latido en el clítoris. Esto fue, entonces, lo que con posterioridad se proyectó hacia afuera, como percepción de un objeto exterior. Algo por entero semejante es posible en el sueño. Una de mis pacientes histéricas informó una vez de un breve sueño de despertar, sobre el que no había caso de obtener ocurrencia alguna. El sueño decía: «Hacen toc toc», y ella se despertó. Nadie había llamado a la puerta, pero la noche anterior la habían despertado sensaciones penosas de poluciones y ahora tenía interés en despertarse tan pronto como se instalaran los primeros signos de la excitación sexual. Habían hecho «toc toc» en el clítoris (6). En el caso de nuestra paranoica, yo. remplazaría el ruido contingente por idéntico proceso de proyección. No puedo garantizar, desde luego, que dado lo fugaz de nuestro conocimiento mutuo y el manifiesto desagrado que ella sentía ante la compulsiva situación, la enferma me diese un informe sincero de lo ocurrido en los dos tiernos encuentros; pero la contracción aislada del clítoris concuerda muy bien con su aserto de que no había tenido lugar la unión de los genitales. Y en el rechazo resultante del hombre, junto a la «conciencia moral» también la insatisfacción tuvo, sin duda, su parte.

Ahora regresemos al llamativo hecho de que la enferma se defienda del amor al hombre con ayuda de una formación delirante paranoica. La clave para comprenderlo es proporcionada por la génesis de este delirio. Originariamente estaba dirigido, según nos era lícito esperar, contra la mujer, pero ahora, sobre el terreno de la paranoia, se cumplió el avance de la mujer al hombre en cuanto objeto. Un avance así no es habitual en la paranoia; por regla general hallamos que el perseguido permanece fijado a las mismas personas (y por tanto también al mismo sexo) sobre las que recayó su elección de amor antes de la trasmudación paranoica. Pero la afección neurótica no lo excluye; nuestra observación podría ser paradigmática para muchas otras. Además de la paranoia, hay muchos procesos semejantes que hasta ahora no fueron reunidos bajo este punto de vista; entre ellos, algunos muy conocidos. Por ejemplo, el llamado neurasténico, por su ligazón inconciente con objetos de amor incestuosos, se abstiene de tomar por objeto a una mujer extraña, y en cuanto a su realización sexual queda encerrado en la fantasía. Ahora bien, en el terreno de la fantasía realiza ese avance que le es rehusado y puede sustituir a madre y hermana por objetos extraños. Y como en estos está ausente la objeción de la censura, la elección de tales personas sustitutivas en sus fantasías le deviene conciente.

junto a los fenómenos de ese avance que se intenta desde el nuevo terreno, conquistado las más de las veces por vía regresiva, se instalan los esfuerzos emprendidos en muchas neurosis por recobrar una posición de la libido que ya se poseyó, pero se ha perdido. Las dos series de manifestaciones, como bien se comprende, apenas pueden separarse unas de otras. Nos inclinamos demasiado a pensar que el conflicto que está en la base de la neurosis se cierra con la formación de síntoma. En realidad, la lucha prosigue muchas veces aun después de la formación de síntoma. En ambos bandos emergen nuevos contingentes de pulsión que la continúan. El síntoma mismo deviene objeto de esta lucha; aspiraciones que quieren afirmarlo se miden con otras empeñadas en cancelarlo y restablecer el estado anterior. A menudo se ensayan vías para restar valor al síntoma, procurando reconquistar con otros abordajes lo perdido y denegado (frustrado} por él. Estas circunstancias arrojan luz esclarecedora sobre una tesis de C. G. Jung, según la cual una peculiar inercia psíquica, opuesta al cambio y al avance, sería la condición fundamental de la neurosis. Esta inercia es de hecho en extremo peculiar; no es genérica, sino especializada en grado sumo; tampoco reina sola en su campo, sino que lucha con tendencias al progreso y a la recuperación que no se apaciguan tras la formación de síntoma de la neurosis. Si se pesquisa el punto de partida de esta inercia especial, ella se revela como la exteriorización de unos enlaces, tempranamente establecidos y muy difíciles de desatar, de pulsiones con impresiones y con los objetos dados en estas; en virtud de esos enlaces se detuvo el ulterior desarrollo de estos componentes pulsionales. O bien, para decirlo de otro modo, esta «inercia psíquica» especializada no es sino una expresión distinta, aunque difícilmente mejor, de lo que en el psicoanálisis estamos habituados a llamar fijación. (7)

Notas:
1- [Véase una nota al pie en el mismo sentido, agregada en 1924 al historial clínico de «Katharina» (Freud), en Breuer y Freud, Estudios sobre la histeria (1895), AE, 2, pág. 149, y algunas observaciones en la «Introducción» al caso del «Hombre de las Ratas» (1909d), AE, 10, págs. 123-4.]
2- [Véase la tercera parte del análisis de Schreber (Freud, 1911c), AE, 12, págs. 55 y sigs.]
3- {El juego de palabras con «ella» es un recurso estilístico deliberado para sugerir identificación.}
4-  [El tema de las «fantasías primordiales» se trata por extenso en la 23ª de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16, págs. 336-8, y en el historial del «Hombre de los Lobos» (1918b), AE, 17, págs. 56-7 y 89.]
5- [Véase la regresión similar del amor de objeto a la identificación descrita en «Duelo y melancolía»]
6- [Véase un caso similar en la 17ª de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16, págs. 243-4.]
7- [Freud había aludido a esta tendencia a la fijación -o, como la llama en otro lugar, a la «viscosidad de la libido»- en la primera edición de sus Tres ensayos de teoría sexual (1905d), AE, 7, págs. 221-2. Prosiguió examinándola en el historial clínico del «Hombre de los Lobos» (1918b), AE, 17, pág. 105, y en la 22ª de sus Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16, págs. 310-311; estos dos últimos trabajos fueron más o menos contemporáneos del presente artículo. Volvió a ella mucho más tarde, en «Análisis terminable e interminable» (1937c), AE, 23, pág. 243, donde él mismo utiliza la frase «inercia psíquica» y relaciona este fenómeno con la «resistencia del ello» -encontrada en el tratamiento psicoanalítico-, y que en Inhibición, síntoma y angustia (1926d), AE, 20, págs. 149-50, había atribuido a la fuerza de la compulsión de repetición. Una última alusión a la «inercia psíquica» aparece en Esquema del psicoanálisis (1940a), AE, 23, pág. 182, publicado póstumamente. Se hace referencia al caso especial de «inercia de la libido» en El malestar en la cultura (1930a), AE, 21, pág. 105.]