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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de S. Freud: Sobre el sueño (1901)



Sobre el sueño. (1901)
Über den Traum

Nota introductoria:

Apenas tres o cuatro meses después de haber aparecido La interpretación de los sueños (1900a), Freud ya pensaba en publicar una versión resumida del libro. Sin duda, Fliess le había escrito sugiriéndoselo, porque en una carta del 4 de abril de 1900 (Freud, 1950a, Carta 132) Freud rechazó la propuesta argumentando, entre otras cosas, que ya había «prometido a Löwenfeld un ensayo del mismo tipo». También comentaba su renuencia a embarcarse en semejante tarea cuando hacía tan poco que había terminado su extenso libro. Evidentemente esta renuencia persistió, porque el 20 de mayo menciona que ni siquiera ha comenzado el «folleto», y el 10 de julio anuncia que lo ha postergado hasta octubre. La última referencia que aparece en la correspondencia con Fliess es del 14 de octubre de 1900, donde señala que está escribiendo el ensayo «sin extraer de ello ningún auténtico placer», porque el material para la Psicopatología dé la vida cotidiana (1901b), que sería su próxima obra, ocupa por entero su mente. Digamos de paso que en este último libro se hace referencia a Sobre el sueño y a la duda acerca de si la publicación de un resumen no interferiría la venta del libro mayor (cf. AE, 6, págs. 157-8).

Como se verá, el único agregado de importancia hecho por Freud en las reimpresiones posteriores del ensayo fue la sección sobre el simbolismo, incorporada en la segunda edición.

James Strachey

I

En las épocas que nos es lícito llamar precientíficas, los hombres explicaban el sueño sin sentirse perplejos. Cuando tras el despertar lo recordaban, lo tenían por un anuncio propicio o nefasto de unos poderes superiores, demoníacos y divinos. Con el florecimiento de la manera de pensar de las ciencias naturales, toda esta inspirada mitología se traspuso a psicología, y hoy, entre las personas cultas, es sólo una ínfima minoría la que pone en duda que el sueño es la genuina operación psíquica del soñante.

Desde la desestimación de la hipótesis mitológica, empero, el sueño se ha vuelto menesteroso de explicación. Las condiciones de su génesis, su relación con la vida anímica de la vigilia, su dependencia de estímulos que pugnan por llegar a la percepción durante el estado del dormir, las muchas peculiaridades de su contenido chocantes para el pensamiento despierto, la incongruencia entre sus imágenes-representación y los afectos anudados a ellas, y, por último, el carácter fugitivo del sueño, la manera en que el pensamiento de vigilia lo arroja a un lado como a algo ajeno, lo mutila o lo borra en el recuerdo: todos estos problemas, y otros más todavía, piden desde hace muchos siglos soluciones que hasta hoy no pudieron darse satisfactoriamente. Ahora bien, en el foco del interés está la pregunta por el significado del sueño, que encierra en sí un doble sentido. Se pregunta, en primer lugar, por el significado psíquico del soñar, por el estatuto del sueño respecto de otros procesos anímicos y por su eventual función biológica, y, en segundo lugar, se querría saber si el sueño es interpretable, si el contenido onírico singular tiene un «sentido» como solemos hallarlo en otras composiciones psíquicas.

Tres tendencias se hacen notar en la apreciación del sueño. Una de ellas, que por así decir ha conservado el eco de la vieja sobrestimación del sueño, encuentra su expresión en muchos filósofos. Disciernen el fundamento de la vida onírica en un estado particular de la actividad del alma, y aun celebran este como una exaltación a un nivel más elevado. Tal el juicio, por ejemplo, de Schubert [1814]: El sueño es la emancipación del espíritu del yugo de la naturaleza exterior, el alma se desprende en él de los grillos de la sensoriedad. Otros pensadores no llegan tan lejos, pero sostienen que en lo esencial los sueños brotan de incitaciones del alma y constituyen exteriorizaciones de fuerzas anímicas, impedidas durante el día de desplegarse libremente (es la fantasía onírica; cf. Scherner [1861, págs. 97-8], Volkelt [1875, págs. 28-9]). Una capacidad de hiperrendimiento, al menos en ciertos ámbitos (la memoria), es atribuida a la vida onírica por gran número de observadores.

En tajante oposición a eso, la mayoría de los autores médicos sustentan una concepción que apenas si concede al sueño el valor de un fenómeno psíquico. Según ellos, los excitadores del sueño son con exclusividad los estímulos sensoriales y corporales, que alcanzan al durmiente desde afuera o bien se activan por azar dentro de sus órganos internos. Lo soñado no puede reclamar para sí más sentido ni significado que «la serie de notas que harían sonar los diez dedos de un hombre del todo ignaro en música si recorriesen las teclas de un piano» [Strümpell, 1877, pág. 84]. [La principal arteria comercial en el centro de Viena.]. El sueño ha de caracterizarse sin más como «un proceso físico, en todos los casos inútil y, en muchos, enfermizo» (Binz [1878, pág. 35]). Todas las peculiaridades de la vida onírica se explican por el trabajo inconexo, forzado por estímulos fisiológicos, de órganos aislados o de grupos de células del cerebro sumido, por lo demás, en el dormir.

Poco influida por este juicio de la ciencia, y sin hacer caso de las fuentes del sueño, la opinión popular parece atenerse a la creencia de que el sueño, con todo, tiene un sentido, que atañe a la anunciación del futuro, y que de su contenido, muchas veces confuso y enigmático, puede obtenerse la interpretación mediante algún procedimiento. Los métodos de interpretación aplicados consisten en sustituir el contenido onírico recordado por otro contenido, ya sea fragmento a fragmento siguiendo una clave fija o bien el todo del sueño por otro todo con el cual está en la relación de un símbolo. Los hombres serios se ríen de tales empeños: «Los sueños, sueños  son».

II

Para mi gran sorpresa, un día descubrí que no era la concepción del sueño de los médicos, sino la de los legos, medio prisionera todavía de la superstición, la que se aproximaba a la verdad. En efecto, alcancé nuevas elucidaciones sobre el sueño aplicándole un nuevo método de indagación psicológica que me había prestado destacadísimos servicios en la solución de las fobias, ideas obsesivas, ideas delirantes, etc., y que desde entonces ha sido acogido bajo el nombre de «psicoanálisis» por toda una escuela de investigadores. Las múltiples analogías de la vida onírica con los más diversos estados de enfermedad psíquica en la vigilia ya han sido señaladas con acierto por numerosos investigadores médicos. Por eso, de antemano pareció promisorio recurrir también, para el esclarecimiento del sueño, a un procedimiento de indagación que se había acreditado en el caso de los productos psicopáticos (1). Las ideas angustiosas y obsesivas se contraponen a la conciencia normal de manera parecida a como lo hace el sueño respecto de la conciencia de vigilia; el origen de aquellas es para la conciencia tan desconocido como el de los sueños. En el casó de esas formaciones psicopáticas, un interés práctico presionó para que se sondease su origen y su génesis, pues la experiencia había mostrado que una tal revelación de las vías de pensamiento escondidas para la conciencia, las vías por las cuales las ideas patológicas se entraman con el restante contenido psíquico, equivale a la solución de esos síntomas y trae por consecuencia la sujeción de la idea hasta entonces no inhibible. De la psicoterapia provino entonces el procedimiento del que me valí para la resolución de los sueños.

Ese procedimiento es de fácil descripción, aunque ponerlo en práctica exigiría enseñanza y ejercicio.

Cuando uno tiene que aplicarlo a otro, por ejemplo a un enfermo que padece de una representación angustiosa, se lo exhorta a que dirija su atención a la idea respectiva, mas no, como él tantas veces ya lo ha hecho, para reflexionar sobre ella, sino para poner en claro todo cuanto se le ocurre sobre ella, sin excepción, y comunicarlo al médico. La aseveración, que tal vez emerja entonces, de que. la atención nada puede asir, uno la descarta asegurando enérgicamente que es del todo imposible esa falta de un contenido de representación. De hecho, muy pronto se obtienen numerosas ocurrencias a las que se anudan otras respecto de las cuales, empero, quien se observa a sí mismo se apresura a decir, por lo general, que son disparatadas o carecen de importancia, no vienen al caso, se le ocurrieron al azar y no guardan conexión con el tema dado. Enseguida se nota que esta crítica es la que ha excluido todas esas ocurrencias de la comunicación y aun, antes de eso, de su devenir-concientes. Si uno puede mover a la persona en cuestión para que renuncie a esa crítica sobre sus ocurrencias y siga hilando las series de pensamientos que se presentan a raíz de esa atención sostenida, se gana entonces un material psíquico que pronto se anuda nítidamente a la idea patológica adoptada por tema, despeja sus enlaces con otras ideas y, si se lo persigue más adelante, permite sustituir la idea enfermiza por una nueva que se inserta de una manera comprensible dentro de la trama anímica.

No es este el lugar para tratar por extenso las premisas en que ese experimento se basa, ni las conclusiones que pueden inferirse de su habitual buen éxito. Baste entonces con este enunciado: a raíz de cualquier idea enfermiza alcanzamos un material suficiente para su solución si dirigimos nuestra atención, precisamente, a las asociaciones «involuntarias» que «perturban nuestra reflexión» y que por lo común la crítica eliminaría como desechos sin valor. Cuando uno practica sobre sí mismo este procedimiento, el mejor modo de procurarse un apoyo para la indagación es poner enseguida por escrito las ocurrencias, incomprensibles al principio, que a uno le vienen.

Ahora quiero mostrar adónde llego si aplico este método de indagación al sueño. Para ello serviría de igual manera cualquier ejemplo de sueño; no obstante, por ciertos motivos escojo un sueño propio que en el recuerdo se me aparece falto de nitidez y de sentido, y que es recomendable por su brevedad. Quizá precisamente el sueño de la noche pasada satisfaría esos requisitos. Su contenido, fijado inmediatamente después del despertar, rezaba de la siguiente manera: Una reunión de personas, banquete o «table d'ôhte» (2) ... Se come espinaca ... La señora E. L. está sentada a mi lado, se me consagra por entero y pone confianzudamente su mano en mi rodilla. Yo le aparto la mano poniéndome a la defensiva. Ella dice entonces: «Pero ha tenido usted siempre unos ojos tan lindos ... ». Yo veo entonces de manera no nítida algo como dos ojos a guisa de dibujo o como el contorno de unas galas ...

Este es el sueño íntegro, o al menos todo lo que yo recuerdo de él Me parece oscuro y sin sentido, pero sobre todo extraño. La señora E. L. es una persona con quien apenas alguna vez cultivé relaciones de amistad, y que yo sepa nunca la he deseado más entrañablemente. Hace mucho tiempo que no la veo, y no creo que en los últimos días se hubiese hablado de ella. Ninguna clase de afectos acompañaron al proceso onírico.

El reflexionar sobre este sueño no lo acerca a mi comprensión. Pero ahora anotaré sin propósito deliberado y sin crítica las ocurrencias que la observación de mí mismo me brinden. De inmediato caigo en la cuenta de que para ello es conveniente descomponer al sueño en sus elementos y pesquisar para cada uno de estos fragmentos las ocurrencias que se les anuden.

Reunión de personas, banquete o «table d'hôte». A esto se anuda enseguida el recuerdo de una vivencia nimia que puso término a la velada de ayer. Yo partía de una pequeña reunión acompañado por un amigo que se ofreció a tomar un coche y llevarme a casa. «Prefiero un coche con taxímetro -dijo-; eso lo ocupa a uno tan agradablemente, uno siempre tiene algo a lo cual mirar». Cuando hubimos tomado asiento en el coche y el cochero acomodó el disco de suerte que pudieron verse los primeros sesenta céntimos, yo continué la broma: «Apenas hemos subido y ya le debemos sesenta céntimos. El coche con taxímetro me recuerda siempre a la table d'hôte. Me pone mezquino y egoísta, sin cesar me recuerda mi deuda. Se me antoja que esta crece demasiado rápido, y yo temo salir chasqueado, justo como en la table d'hôte no puedo defenderme de una cómica aprensión, la de que me dan demasiado poco, que tendría que afanarme por sacar provecho». En un contexto más alejado a lo dicho, yo cito:

«Ihr führt ins Leben uns hinein,
Ihr lasst den Armen schuldig werden». (3)

Una segunda ocurrencia sobre la table d'hôte: Unas semanas antes, en la mesa de restaurante de un paraje de las montañas del Tirol, me fastidié muchísimo con mi querida esposa porque ella no fue bastante reservada respecto de unos vecinos con quienes yo no quería trabar relación en absoluto. (4) Le rogué que se ocupara más de mí que del extraño. Por cierto, es como si yo en la «table d'hôte» hubiera salido chasqueado. Ahora se me ocurre la oposición entre el comportamiento de mi esposa en aquella mesa y el de la señora E. L. en el sueño, que se me consagra por entero.

Y más: ahora reparo en que el proceso onírico es la reproducción de una pequeña escena, semejante punto por punto, que tuvo lugar entre mi esposa y yo en la época en que yo la pretendía secretamente. La caricia bajo el mantel fue la respuesta a una carta mía de serio requerimiento. En el sueño, empero, mi esposa está sustituida por la extraña E. L.

¡La señora E. L. es la hija de un hombre a quien yo he debido dinero! No puedo menos que reparar en que ahí se descubre un insospechado nexo entre los fragmentos del contenido del sueño y mis ocurrencias. Si avanzo por la cadena de asociaciones que parte de un elemento del contenido del sueño, pronto me veo reconducido a otro elemento de él. Mis ocurrencias sobre el sueño establecen conexiones que en el sueño mismo no son visibles.

Cuando alguien espera que otro se afane por procurarle provecho sin extraer de ello un provecho propio, ¿acaso no suele preguntársele irónicamente a ese cándido: «Cree usted que esto o aquello le será dado por sus lindos ojos»? Hete aquí, entonces, que el dicho de la señora E. L. en el sueño, «Es que ha tenido usted siempre unos ojos tan lindos», no significa sino esto: «A usted la gente siempre le ha dado todo por amor; usted lo ha tenido todo gratis». Lo contrario es, desde luego, lo cierto: Todo lo más o menos bueno que otros me concedieron, yo lo he pagado caro. Por eso, buena impresión tiene que haberme causado el que ayer yo tuviera gratis el coche en que mi amigo me llevó a casa.

Además, el amigo en cuya casa fuimos ayer los huéspedes me ha hecho muchas veces su deudor. No hace mucho dejé pasar, sin aprovecharla, una oportunidad de retribuirle. De mí tiene un único obsequio, un plato antiguo sobre el que se han pintado por doquier unos ojos; es uno de los llamados occhiale para defenderse del malocchio. Además, él es médico oculista. En esa misma velada le pregunté por una paciente que le había enviado para que le recetase gafas.

Según observo, casi todos los fragmentos del contenido del sueño se han acomodado dentro de la nueva trama. No obstante, para ser consecuente podría preguntar todavía: ¿Por qué en el sueño se come justamente espinaca? Porque espinaca me recuerda una pequeña escena que ocurrió hace poco en nuestra mesa familiar cuando uno de mis hijos -precisamente aquel de quien con derecho pueden alabarse los lindos ojos- se negó a comer espinaca. Yo mismo, de niño, hacía lo propio; la espinaca fue para mí, durante largo tiempo, un horror, hasta que más tarde mi gusto cambió y esta legumbre se alzó a la condición de plato predilecto. La mención de este plato establece, pues, un acercamiento entre mi juventud y la de mí hijo. «Date por contento de tener espinaca», reconvino la madre al pequeño gourmet. «Hay niños que se darían por bien satisfechos con espinaca». Así me son recordados los deberes de los padres hacia sus hijos. Las palabras de Goethe:

                                     «Ihr führt ins Leben uns hineín,
                                     Ihr lasst den Armen schuldig werden»

cobran en este contexto un nuevo sentido.
(5)

Haré un alto aquí para echar una ojeada panorámica sobre los resultados obtenidos en el análisis del sueño. Siguiendo las asociaciones que se anudaron a los elementos singulares del sueño, desprendidos de su trama, he llegado a una serie de pensamientos y de recuerdos en que me vi forzado a reconocer importantes exteriorizaciones de mi vida anímica. Este material, hallado mediante el análisis del sueño, está en relación estrecha con su contenido; no obstante, esa relación es de tal índole que lo nuevo que hallé nunca habría podido discernirlo a partir del contenido del sueño. Este era falto de afectos, inconexo e incomprensible; en cambio, mientras yo iba desenvolviendo los pensamientos que había tras el sueño, sentí mociones afectivas intensas y bien fundadas; los pensamientos mismos se compaginan destacadamente en cadenas de conexión lógica en las que ciertas representaciones aparecen repetidas veces como centrales. Así, los opuestos interés-desinterés, los elementos ser deudor y tener gratis, son representaciones centrales de este tipo, no subrogadas como tales en el sueño. Dentro del tejido que el análisis descubrió, yo podría estirar más los hilos y mostrar entonces que ellos convergen a un único punto nodal; pero miramientos de naturaleza no científica, sino privada, me impiden exhibir en público este trabajo. Tendría que dejar traslucir demasiadas cosas que mejor me guardo en secreto, pues se me pusieron en claro, por el camino hacia esta solución, toda suerte de cuestiones que de mal grado me confieso a mí mismo. Ahora bien, ¿por qué no escogí de preferencia otro sueño cuyo análisis se prestase mejor a ser comunicado, y así despertara mayor convencimiento sobre el sentido y la trama del material descubierto por análisis? He aquí la respuesta: porque todo sueño del que quisiera ocuparme me llevaría a esas mismas cosas de difícil comunicación y me pondría en idéntico caso de forzarme a guardar discreción. Y tampoco evitaría esta dificultad trayendo para el análisis el sueño de otro, a menos que las circunstancias permitiesen, sin perjuicio para quien se ha confiado a mí, dejar caer todos los velos.

La concepción que ahora se me impone desemboca en esto: el sueño es una suerte de sustituto de aquellas ilaciones de pensamiento rebosantes de afecto y ricas de sentido que yo he alcanzado tras un análisis completo. Todavía no conozco el proceso que de estos pensamientos ha hecho nacer al sueño, pero bien veo que es equivocado tildarlo como un proceso puramente corporal, falto de significado psíquico, que nacería por la actividad aislada de grupos singulares de células del cerebro despertadas del dormir.

Dos cosas he de apuntar todavía: que el contenido del sueño es mucho más breve que los pensamientos de los cuales lo considero el sustituto, y que el análisis ha revelado que el suscitador del sueño fue un acontecimiento nimio de la velada anterior al soñar.

Desde luego, no extraeré una conclusión de tan vasto alcance teniendo ante mí un único análisis de sueño. Pero si la experiencia me ha mostrado que, persiguiendo las asociaciones con abandono de toda crítica, desde cualquier sueño puedo llegar a una cadena tal de pensamientos, entre cuyos elementos retornan los ingredientes del sueño, y que están interconectados de manera correcta y plena de sentido, debería resignarse sin dilación la mínima sospecha de que las tramas observadas la primera vez pudieran ser fruto del azar. Me juzgo autorizado, entonces, a fijar la nueva intelección mediante un nombre. Al sueño, tal como se me aparece en el recuerdo, lo contrapongo al material correspondiente hallado por análisis; llamo al primero contenido manifiesto del sueño, y al segundo -para empezar, sin más distingos-, contenido latente del sueño. Me encuentro entonces frente a dos nuevos problemas, no formulados hasta ahora: 1) ¿Cuál es el proceso psíquico que ha trasportado el contenido latente del sueño a su contenido manifiesto, que me es conocido por el recuerdo?, y 2) ¿Cuál es el motivo o los motivos que han requerido esa trasposición? Al proceso de mudanza del contenido latente del sueño en su contenido manifiesto lo llamaré trabajo del sueño. Al correspondiente de ese trabajo, que realiza la trasmudación opuesta, lo conozco ya como trabajo de análisis. En cuanto a los otros problemas relativos al sueño, los interrogantes por sus suscitadores, por el origen del material onírico, por el eventual sentido del sueño y la función del soñar, y por las razones que provocan el olvido del sueño, no los elucidaré en el contenido manifiesto del sueño sino en este nuevo que hemos adquirido, el latente. Puesto que yo atribuyo a la ignorancia del contenido latente del sueño, que sólo puede revelarse mediante análisis, todas las indicaciones contradictorias y todas las equivocaciones que sobre la vida onírica hallamos en la bibliografía, en lo que sigue pondré el máximo cuidado para no confundir el sueño manifiesto con los pensamientos oníricos latentes.

III

La mudanza de los pensamientos oníricos latentes en el contenido manifiesto del sueño merece nuestra atención plena como el primer ejemplo llegado a nuestro conocimiento de trasposición de un material psíquico de una manera de expresión a otra, de una que nos resulta comprensible sin más a otra en cuya comprensión sólo podemos penetrar con guía y esfuerzo, aunque tiene que admitírsela, también a ella, como operación de nuestra actividad anímica.

Atendiendo a las relaciones entre su contenido manifiesto y el latente, los sueños admiten ser clasificados en tres categorías. Podemos distinguir, en primer lugar, los sueños que poseen pleno sentido y son al mismo tiempo comprensibles, vale decir, se dejan insertar sin mayor objeción dentro de nuestra vida anímica. De esos sueños hay muchos; las más de las veces son breves y en general nos parecen poco dignos de nota, pues les falta todo lo que mueva a asombro o a extrañeza. Su ocurrencia es, además, un fuerte argumento en contra de la doctrina que atribuye el origen del sueño a una actividad aislada de unos grupos singulares de células del cerebro; faltan en esos sueños todos los rasgos de una actividad psíquica disminuida o fragmentada y, no obstante, no se da el caso de que les objetemos su carácter de sueños ni los confundamos con los productos de la vigilia. Forman un segundo grupo aquellos sueños que son, por cierto, coherentes en sí mismos y poseen un sentido claro, pero producen un efecto extraño, porque no sabemos colocar este sentido dentro de nuestra vida anímica. Tal es el caso si soñamos, por ejemplo, que un pariente amado ha muerto de peste, cuando en verdad no tenemos razón alguna para una expectativa, una preocupación o una conjetura así, y nos preguntamos maravillados: ¿Cómo he dado con esta idea? Al tercer grupo, por último, pertenecen aquellos sueños a los que ya les falta sentido y comprensibilidad, que parecen incoherentes, confusos y disparatados. La abrumadora mayoría de los productos de nuestro soñar exhiben estos caracteres, que han dado pie al menosprecio por los sueños y a la teoría médica que los considera el producto de la actividad anímica restringida. Sobre todo en las composiciones oníricas más largas y complicadas, rara vez están ausentes las notas más evidentes de la incoherencia.

La oposición entre contenido latente y contenido manifiesto sólo tiene importancia, desde luego, para los sueños de la segunda categoría y, con mayor propiedad todavía, para los de la tercera. Aquí se presentan los enigmas que únicamente se desvanecen cuando se ha sustituido el sueño manifiesto por el contenido de pensamientos latentes, y en un ejemplo de esta clase, en un sueño confuso e incomprensible, ejercitamos también el análisis que precedió. Ahora bien, muy a pesar nuestro, tropezamos con motivos que nos movieron a defendernos, a no tomar un conocimiento cabal de los pensamientos oníricos latentes, y por la repetición de idénticas experiencias estaríamos autorizados a formular la conjetura de que entre el carácter incomprensible y confuso del sueño y las dificultades que ofrece la comunicación de los pensamientos oníricos media un nexo íntimo y ajustado a ley. Antes de que exploremos la naturaleza de ese nexo, convendrá dirigir nuestro interés a los sueños de la primera categoría, los que se comprenden con facilidad, en los cuales contenido manifiesto y latente coinciden, y por ende el trabajo del sueño parece no haber intervenido.

La indagación de estos sueños es recomendable también desde otro punto de vista. En efecto, los sueños de los niños son de tal índole -plenos de sentido y no extraños- que, digámoslo de pasada, aportan una nueva refutación al intento de reconducir el sueño a una actividad cerebral disociada mientras se está dormido, pues, ¿por qué ese rebajamiento de las funciones psíquicas se contaría entre los caracteres del estado del dormir en el adulto, mas no en el niño? Ahora bien, nos es lícito, con pleno derecho, confiar en que el esclarecimiento de procesos psíquicos en el niño, donde quizás estén simplificados a lo esencial, demostrará ser un indispensable trabajo preparatorio para la indagación de la psicología del adulto.

Por tanto, comunicaré algunos ejemplos de sueños que he recopilado de niños. Una niña de diecinueve meses debió guardar ayuno todo un día porque había vomitado por la mañana y, según lo dicho por la niñera, se había indigestado con fresas. La noche que siguió a ese día de hambre se la oyó decir en sueños su nombre y agregar: «Er(d)beer, Hochbeer, Eier(s)peis, Papp». (6) Sueña, entonces, que come, y de su menú destaca precisamente aquello que en los días inmediatos, según supone, le será mezquinado.  De parecida manera sueña c on un goce frustrado un varoncito de veintidós meses que, el día antes, se había visto forzado a ofrendar a su tío una cesta rebosante de frescas cerezas, de las que, desde luego, le dejaron probar sólo algunas. Despierta con esta gozosa comunicación: «He(r)mann alle Kirschen aufgessen (7)!». Una niñita de tres años y tres meses había dado durante el día un paseo por el lago que seguramente le pareció corto, pues se echó a llorar cuando debió desembarcar. A la mañana siguiente contó que durante la noche había viajado por el lago; prosiguió, pues, el interrumpido paseo. - Un varón de cinco años y tres meses pareció quedar poco satisfecho de una excursión por la comarca del Dachstein (8); quería :saber, cada vez que se divisaba un nuevo monte, si ese era el Dachstein, y después se negó a sumarse a una caminata hasta una caída de agua. Su comportamiento se atribuyó a fatiga, pero se explicó mejor cuando, a la mañana siguiente, contó su sueño: Había escalado el Dachstein. Es evidente, había esperado que el escalamiento del Dachstein sería la meta de la excursión y se contrarió al no ver el anhelado monte. En el sueño recuperó lo que el día no quiso brindarle. - Idénticamente procedió el sueño de una niña de seis años (9) cuyo padre, por lo avanzado de la hora, hubo de interrumpir un paseo antes de alcanzada la meta. De regreso le saltó a la vista un cartel indicador que nombraba otro lugar de excursión, y el padre le había prometido que otro día la llevaría también ahí. A la mañana siguiente recibió a su padre con la comunicación de que por la noche soñó que el padre había estado con ella en un lugar y también en el otro.

Lo común a estos sueños infantiles salta a la vista. Cumplen cabalmente deseos que se avivaron durante el día y quedaron incumplidos. Son simples, y no disfrazados, cumplimientos de deseo.

No otra cosa que un cumplimiento de deseo es, asimismo, el siguiente sueño infantil, a primera vista no del todo comprensible. Una niña que todavía no tenía cuatro años fue llevada desde el campo a la ciudad a causa de una afección poliomielítica y pernoctó en casa de una tía sin hijos, en una cama grande -en extremo grande, desde luego, para ella-. A la mañana siguiente informó que había soñado que la cama le quedaba tan chica que no cabía en ella. La solución de este sueño como sueño de deseo se obtiene con facilidad si se recuerda que «ser grande» es un deseo, a menudo también expreso, de los niños. El grandor de la cama le hacía presente a la agrandada niña su pequeñez, remarcándosela en demasía; por eso corrigió en el sueño esa proporción que le disgustaba, y se hizo tan grande que aun esa gran cama le quedaba demasiado chica.

Por más que el contenido de los sueños infantiles se complique y sutilice, es en todos los casos evidente que ha de concebírselos como cumplimientos de deseo. Un muchacho de ocho años soñó que viajaba con Aquiles en el carro de guerra, y Diomedes era el auriga. Pudo demostrarse que días antes se había absorbido en la lectura de unas sagas de héroes griegos; fácil es comprobar que tomó a esos héroes por modelo y lamentaba no vivir en aquella época. (10)

De esta pequeña recopilación resalta, de inmediato, un segundo carácter de los sueños infantiles: su nexo con la vida diurna. Los deseos que en ellos se cumplen quedaron pendientes del día, por regla general de la víspera, y en el pensamiento de vigilia estuvieron provistos de una intensa tonalidad de sentimiento. Lo inesencial e indiferente, o lo que al niño tiene que parecerle tal, no ha hallado acogida ninguna en el contenido del sueño.

También en adultos pueden recopilarse numerosos ejemplos de tales sueños de tipo infantil, que, empero, como dijimos, las más de las veces son de sucinto contenido. Una serie de personas responden regularmente al estímulo nocturno de sed con el sueño de que beben, que así aspira a quitar del medio el estímulo y a proseguir el dormir. En muchos hombres hallamos tales sueños de comodidad a menudo antes del despertar, cuando se ven requeridos a levantarse. Sueñan entonces que ya están levantados, frente al lavabo, 0 ya se encuentran en la escuela, en la oficina, etc., dondequiera que deban estar a una hora fija. La noche anterior a un viaje proyectado no rara vez se sueña que se ha llegado al lugar de destino; antes de una representación teatral, de una reunión social, no pocas veces el sueño anticipa -impaciente, por así decirlo- el contento esperado. En otras oportunidades el sueño expresa el cumplimiento de deseo en un grado más indirecto; hace falta todavía establecer un vínculo, una relación de consecuencia, y por tanto el esbozo de un trabajo de interpretación, para reconocer ese cumplimiento de deseo. Así, un hombre me cuenta el sueño de su joven mujer: Le ha venido el período. No puedo menos que pensar que el período no llega, y por eso la joven señora espera inquieta un embarazo. Entonces, la comunicación del sueño es un anuncio de embarazo, y el sentido del sueño es que muestra cumplido el deseo de que el embarazo se retrase todavía un tiempo. En circunstancias desacostumbradas y extremas tales sueños de carácter infantil son particularmente frecuentes. El jefe de una expedición al polo, por ejemplo, informa que los hombres de su destacamento, durante el período de invernada en medio de los hielos, con su monótona dieta y sus magras raciones, soñaban regularmente, como los niños, con grandes banquetes, montañas de tabaco, y que estaban en casa. (11)

No es inusual que de un sueño largo, complicado y confuso en general, se destaque un fragmento particularmente claro que contiene un inequívoco cumplimiento de deseo, pero está soldado con otro material incomprensible, Si uno hace repetidas veces el experimento de analizar también los sueños en apariencia trasparentes (12) de adultos, averigua, para su sorpresa, que raramente son tan simples como los sueños infantiles, y que tal vez tras cierto [evidente] cumplimiento de deseo ocultan otro sentido.

Sería, es claro, una solución simple y satisfactoria del enigma de los :sueños que el trabajo de análisis llegara a posibilitarnos reconducir también los sueños sin sentido y confusos de adultos al tipo infantil del cumplimiento de un deseo que durante el día se sintió con intensidad.

Continúa en "Sobre el sueño (1901), Parte II"

Notas:

1- {Freud emplea «Psychopathie» («psicopatía») como sinónimo de «enfermedad de la psique», en general. Hoy suele designarse «psicopático» a un tipo particular de enfermedad mental.}

2- {Comida servida en un restaurante, que los comensales pagan por partes iguales.}

3- [Estos versos son de una de las canciones del arpista en Wilhelm Meister, de Goethe. En el original las palabras estaban dirigidas a los Poderes Celestiales, y su traducción literal sería: «Vosotros nos ponéis en la vida, / dejáis que la pobre criatura se llene de culpas». Pero tanto «Armen» como «schuldig» pueden tener también otros significados. «Armen» puede significar «pobre» en el sentido económico, y «schuIdig», «en deuda». De manera que en el presente contexto el segundo verso podría traducirse: «vosotros hacéis caer en deuda al hombre pobre».  Estos versos son citados nuevamente por Freud en El malestar en la cultura (1930a), AE, 21, -pág. 128.]

4- [El episodio es también mencionado por Freud en su Psicopatología de la vida cotidiana (1901b), AE, 6, pág. 136.]

5- El primer verso podría tomarse ahora en el sentido de que estas palabras están dirigidas a los padres.

6- {«Fresas, fresas silvestres, huevos, papilla», que en la media lengua propia de los niños sería, más o menos, «Fesas, fesas silvestes, evos, papía».}

7- {«¡Gemán comió todas cedezas!» («¡Germán se comió todas las cerezas!»).}

8- Una montaña de los Alpes austríacos.

9- [En La interpretación de los sueños (1900a), donde se informa sobre el mismo sueño, se dice en dos oportunidades que la niña tiene «ocho» años.]

10- [La mayoría de estos sueños infantiles son comunicados con más detalle en La interpretación de los sueños ( 1900a), y en la 8º de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (Freud, 1916-17), AE, 15, págs. 115 y sigs.]

11- Citado en forma completa, desde 1911 en adelante, en La interpretación de los sueños (1900a). Las dos últimas oraciones de este párrafo se agregaron en 1911.

12- «Durchsichtigen». Así rezaba en la primera edición. En la segunda y siguientes dice, por error de imprenta, «undurchsicktigen»

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