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Estudio del psicoanálisis y psicología

Personalidad: memoria y múltiples tipos de inconscientes



Freud, en sus escritos de metapsicología (1915a, 1915b, 1923) planteó la existencia de hay diversos tipos de inconsciente. Estaba el inconsciente propiamente dicho, cuyo funcionamiento se reflejaba claramente en los sueños, en los síntomas neuróticos o en formaciones de la vida cotidiana como los chistes o los lapsus. Pero estaba también el preconsciente, que funcionaba con el tipo de proceso llamado secundario, propio de la conciencia, aunque sus contenidos no eran conscientes, pero si potencialmente concientes, dispuestos para hacerse conscientes en el momento en que se les prestara atención.
Conforme fue elaborando su teoría, la práctica clínica le iba haciendo ver la enorme complejidad del psiquismo, lo que se iba reflejando en su modelo, de modo que su concepto de inconsciente se fue haciendo cada vez más complejo. No todo lo inconsciente funciona de acuerdo a las reglas que había establecido para el proceso primario, ya que hay un inconsciente que contiene ideas abstractas y verbalizables, pero de las que también nos defendemos.
Esta multiplicidad de procesos que pueden ser inconscientes ha sido después desarrollada por otros autores, dando lugar a una variedad de fenómenos que tienen su reflejo en la técnica que hay que usar en la terapia para tratarlos. Existe un inconsciente para el que hay que aportar símbolos, ya que la persona nunca ha tenido una representación
verbalizada de determinadas emociones, es decir, las emociones inundan, pero no hay representación mental ideativa del fenómeno.
Existe un inconsciente de ideas abstractas, de creencias matrices abarcativas que dan lugar a concretizaciones, como la idea general -"algo malo puede ocurrir en cualquier momento", o "si expreso mi debilidad dejarán de reconocerme"- pueden llevar a interpretaciones concretas de una determinada situación. Y existe el inconsciente con características propias de funcionamiento, como dijimos anteriormente, en el que se da la contradicción, desplazamiento de la valoración afectiva entre las representaciones, condensación, etc. Pues bien, esta multiplicidad con la que el psicoanálisis trabaja tiene su correlación en la nueva concepción que desde el campo de la psicología cognitiva y la neurociencia se ha desarrollado sobre la memoria.
La memoria se concebía antes como una estructura homogénea, pero hoy se ve como una multiplicidad de sistemas, cada uno caracterizado por diferentes modos de procesamiento, y que además dependen de distintas estructuras cerebrales.
La primera gran diferenciación es la que se hace entre memorias declarativas y no declarativas. La memoria declarativa o explícita codifica información que es susceptible de ser recordada, o sea, de hacerse consciente. Las memorias no declarativas se denominan también implícitas, porque se caracterizan porque la información no es susceptible de hacerse consciente. La constatación, primero a través de los enfermos amnésicos y después estudiada experimentalmente, de la existencia de memorias implícitas, supuso un hito importante en el posible acercamiento de los dos paradigmas, el cognitivo y el psicoanalítico.
Uno de los tipos de memorias no declarativas es la memoria procedimental. La memoria procedimental se describió en principio como memoria de acción, como saber cómo en vez de saber qué. Su existencia vino de la observación de que los pacientes amnésicos por daño orgánico cerebral seguían siendo capaces de aprender tareas psicomotrices, aunque no recordaran nada del momento en que las habían aprendido. Habían perdido su memoria episódica por completo, pero mantenían intacta su capacidad de aprender tareas. Pero lo característico de esta memoria es que no es cognitiva, en el sentido de que no se recuerdan contenidos mentales, sino modos de computar los contenidos, formas de procesarlos.
Pues bien, el descubrimiento de la memoria procedimental está siendo utilizado en psicoanálisis para explicar toda una serie de fenómenos que han sido descritos desde Freud, precisamente los fenómenos que se describían dentro del proceso primario freudiano. Entre estos fenómenos están los mecanismos de defensa, por los que las personas nos defendemos de estados displacenteros a través de reacciones psíquicas como convertir una emoción en otra (como la tristeza en agresividad), o a través de sustituir una motivación por otra (por ejemplo en la satisfacción compensatoria, en la que ante una frustración en un área motivacional el sujeto siente afán por ejemplo de comer), o en la sustitución de una representación por otra (como en la proyección, por la que la representación de uno como agresivo es convertida en la identificación del otro como agresivo). De manera que los mecanismos de defensa clásicos descritos por la teoría psicoanalítica pueden ahora ser descrito desde términos cognitivos como formas de computo de información retenidas como memoria procedimental.
Otros fenómenos han sido también vistos como almacenados procedimentalmente, como el concepto psicoanalítico de compulsión a la repetición, por la cual el sujeto se sitúa activamente en situaciones penosas, que es descrita por Clyman, (1991) como búsqueda de submetas maladaptativas para alcanzar objetivos últimos adaptativos. Y por otro lado, las reacciones basadas en el funcionamiento procedimental no sólo explican habilidades intrasubjetivas, sino intersubjetivas, es decir, habilidades reactivas en la relación con los otros, desarrolladas desde el principio de la vida entre el niño y sus figuras significativas, que estructuran el carácter y el modo en que después se va a llevar la relación cuando otras personas funcionen como estímulo de esa memoria (Stern y otros, 1998).
El concepto cognitivo de memoria procedimental ha llevado a una reconcepción en el psicoanálisis de la teoría de la cura. Hacía ya tiempo que se consideraba que la toma de conciencia era sólo uno de los pilares de la psicoterapia, mientras que el tratamiento funcionaba también como una experiencia emocional correctiva. Pero ahora se considera
que esa experiencia correctiva consiste en un trabajo de transformación directa de lo inconsciente, creando nuevas experiencias significativas a través de la propia relación terapéutica, que quedarán fijadas en la memoria procedimental.
Otra memoria no declarativa o implícita, es la memoria asociativa o emocional. Esta ha sido muy estudiada por los neurocientíficos, como LeDoux (1996), y Damasio (1994, 1999). Los trabajos de neurociencia están siendo de la mayor importancia a la hora de reafirmar las tesis psicoanalíticas, y esto ocurre porque la psicología cognitiva no está interesada especialmente en las emociones y motivaciones, sin embargo los neurocientíficos están trabajando cada vez más el campo del procesamiento emocional, y sus resultados están corroborando ampliamente las tesis psicoanalíticas.
Por citar algunos estudios muy significativos, el descubrimiento de LeDoux de la doble vía neurológica de procesamiento en el cerebro, una emocional, a través de la amígdala cerebral, más rápida, y otra ideativa.
Con este descubrimiento el obstáculo lógico que se oponía a la represión -¿cómo puede uno defenderse de algo que no ha percibido?- ya está superado: la percepción emocional es previa a la ideativa, y no implica toma de conciencia, de modo que puede ponerse en marcha mecanismos defensivos evitativos de la emoción antes de tener conciencia
de la misma.
El hecho de que los dos tipos de procesamiento de un evento, emocional y declarativo, sean distintos, también lleva a la consideración de que la representación declarativa puede no ya haberse reprimido, sino no existir, en cuyo caso se explican los casos clínicos en los que el psicoanálisis propugna la falta de simbolización, y la necesidad en la terapia de aportar inscripciones simbólicas de eventos que no existen con anterioridad, ya que lo único registrado es la reacción emocional asociada a un estímulo por condicionamiento clásico.
El trabajo de LeDoux muestra, además que la base de la terapia analítica clásica hacer consciente lo inconsciente- tiene un valor terapéutico que hoy puede explicarse neurológicamente. Hacer consciente lo inconsciente significa en términos neurológicos reforzar las vías sinápticas entre la corteza y el núcleo amigdalino, base de la memoria emocional, de manera que el conocimiento sobre lo que nos afecta y nuestras reacciones abran la posibilidad de regular el proceso emocional y así su desencadenamiento de emociones negativas como miedo o agresividad, si bien no se elimine por completo, sí se reduzca en cantidad y tiempo.
El neurocientífico Damasio (1994, 1999) ha mostrado la implicación que tiene la vida emocional y motivacional en el surgimiento de la conciencia. El autor plantea la hipótesis del marcador somático por el cual, cuando hemos de tomar una decisión experimentamos un sentimiento a la vez que la representación de la probable solución que pensemos.
Los marcadores somáticos se generan a través de aprendizaje asociativo, conectando emociones y sentimientos a resultados futuros predecibles. Este sentimiento "marca" la imagen representada con una tonalidad de la emoción correspondiente, y lo llama somático porque el sentimiento se produce en el cuerpo.
El marcador somático presenta un paralelismo con el concepto freudiano angustia señal freudiana. Freud propuso en "Inhibición síntoma y angustia" (1926) que el desencadenamiento de la angustia puede funcionar como señal, como un "símbolo afectivo" de una situación que todavía no está presente y que se trata de evitar. La diferencia entre el marcador somático y la angustia-señal es que el concepto de Damasio es aplicable no sólo al afecto negativo, sino que genera una tonalidad afectiva que marca una representación evocada, con afectos de cualquier índole. Los marcadores somáticos son "como un sistema de calificación automática de predicciones que actúa, lo queramos o no, para evaluar los supuestos extremadamente diversos del futuro anticipado ante nosotros" (Damasio, 1994, p. 166). Damasio explica con este supuesto muchos fenómenos, como la elección de acciones cuyas consecuencias inmediatas son negativas pero que generan resultados futuros positivos: la fuerza de voluntad o el comportamiento altruista.
También explica la intuición, y puede considerarse que el marcador somático forma parte de las habilidades para las relaciones interpersonales hoy englobadas en psicología evolutiva bajo el concepto de Teoría de la Mente (Rivière y Núñez, 1996). La represión puede explicarse también bajo este concepto, ya que sería una reacción automática producida por la angustia señal, el tipo de marcador somático, solo que lo que se evita no pertenece al mundo externo, sino el interno. En cuanto a la memoria declarativa o explícita, a su vez no es unitaria, sino que está compuesta de memoria episódica, por un lado, y semántica, por otro. La memoria semántica se refiere a hechos de carácter general, con ella nos representamos el mundo de forma organizada, estructurada, con relaciones jerárquicas de inclusión, pertenencia, causalidad, etc., es decir, con contenidos organizados conceptualmente.
La memoria semántica puede generar y manejar información que nunca se ha aprendido explícitamente, pero que está implícita en sus contenidos, o sea, posee capacidad inferencial, lo que quiere decir que se hacen inferencias inconscientes. Pues bien la memoria semántica es equiparable a un tipo de inconsciente con el que se trabaja en psicoanálisis, descrito por Bleichmar (1986) con el nombre de matrices inconscientes que generan por sí mismas información. Este autor propuso un tipo de inconsciente que es descriptivo, que maneja representaciones que operan con la lógica propia de la conciencia, es decir, del sistema secundario freudiano, creencias abstractas, generales, que son autogenerativas porque bajo su significado se van generando nuevas creencias. Esto por otro lado no se produce guiado por motivación alguna, sino por el propio automatismo del inconsciente.
Ahora bien, no todo lo que el psicoanálisis está recibiendo de otras aproximaciones está corroborando sus propuestas. Hemos dicho que en la psicología cognitiva se afirma que existen memorias implícitas o inconscientes que fundamentan nuestro psiquismo y se desarrollan precozmente, y que la descripción de estas memorias coincide que la
descripción que hizo Freud del psiquismo inconsciente hace cien años. Pero él estableció, además, que lo inconsciente lo era porque había fuerzas motivacionales implicadas. El sistema inconsciente del psicoanálisis se explicaba por la necesidad de mantener fuera de la conciencia contenidos mentales indeseables para el sujeto. Hoy en día lo que se ve es que el psiquismo inconsciente es el modo de funcionamiento propio de una gran parte de nuestra mente, sean sus contenidos reprimidos, conflictivos, o no lo sean. Este hecho es el que ahora necesita el psicoanálisis asimilar, no para abandonar su marco de explicación básico, pues este ha resultado extraordinariamente fructífero, pero sí para conocer los límites de ese marco explicativo (Westen, 1999).