Primera oposición de las ideas transcendentales contin.1
Así, pues, en el mundo mismo, hay contenido algo
absolutamente necesario (y esto puede ser toda la serie cósmica misma o una
parte de ella).
Antítesis
No existe en parte alguna un ser absolutamente necesario, ni en el mundo
ni fuera del mundo, como su causa.
Prueba
Suponed que el mundo mismo o algo en el mundo sea un ser necesario;
entonces en la serie de sus cambios o bien habría un comienzo absolutamente
necesario y, por tanto, sin causa -lo cual se opone a la leyes dinámicas de la
determinación de todos los fenómenos en el tiempo-, o bien la serie misma
carecería de todo comienzo y, aunque contingente y condicionada en todas
sus partes, sería en el todo, sin embargo, absolutamente necesaria e
incondicionada, lo cual se contradice a sí mismo, porque la existencia de una
multiplicidad no puede ser necesaria, si ninguna parte de ella posee una
existencia necesaria en sí.
Suponed, en cambio, que haya una causa absolutamente necesaria del
mundo, fuera del mundo; entonces esta causa comenzaría140 la primera, como
miembro supremo en la serie de las causas de los cambios cósmicos, la
existencia de éstos y su serie. Ahora bien, tendría entonces que comenzar
también a operar; su causalidad pertenecería, pues, al tiempo y, por ende, al
conjunto de los fenómenos, es decir, al mundo; por consiguiente, ella misma,
la causa, no estaría fuera del mundo, lo cual es contrario a la hipótesis. Así,
pues, ni en el mundo, ni fuera del mundo (pero enlazado con él por enlace
causal) hay ser alguno absolutamente necesario.
Observación a la cuarta antinomia
I.- A la tesis
Para demostrar la existencia de un ser necesario, estoy obligado a no usar
aquí nada más que el argumento cosmológico. Éste asciende de lo
condicionado en el fenómeno a lo incondicionado en el concepto,
considerando este incondicionado como la condición necesaria de la absoluta
totalidad de la serie. Ensayar la prueba por medio de la mera idea del ser
supremo de todos los seres en general, es cosa que pertenece a otro principio
de la razón, principio que tendrá que presentarse particularmente.
La prueba cosmológica pura no puede exponer la existencia de un ser
necesario más que dejando al mismo tiempo indecisa la cuestión de si éste ser
necesario es el mundo mismo o una cosa distinta del mundo. Pues para
resolverla son necesarios principios que ya no son cosmológicos y no van en
la serie de los fenómenos sino que constituyen conceptos de seres
contingentes en general (por cuanto sólo son considerados como objetos del
entendimiento) y un principio para unir éstos con un ser necesario mediante
meros conceptos, todo lo cual pertenece a una filosofía transcendente, para lo
cual no es éste aún el lugar apropiado.
140 La palabra «comenzar» es tomada en dos significaciones. La primera es activa, cuando la causa
da comienzo (infit) a una serie de estados, que son su efecto. La segunda es pasiva, cuando la
causalidad. adviene (fit) en la causa misma. Aquí de la primera infiero la segunda.
Pero si se comienza una vez la prueba cosmológicamente, poniendo como
base de ella la serie de los fenómenos y el regreso de los mismos, según leyes
empíricas de la causalidad, no se puede luego abandonarla y pasar a algo que
no pertenece a la serie como miembro de ella. Pues cuando se considera que
algo es condición, hay que hacerlo en el mismo sentido en que la relación
entre lo condicionado y su condición fue tomada en la serie que debió
conducir, por un progreso continuo, a aquella suprema condición. Si esa
relación es sensible y pertenece al posible uso empírico del entendimiento,
entonces la condición o causa suprema no permite inferir el regreso más que
según leyes de la sensibilidad y, por tanto, como perteneciente a la serie
temporal; y el ser necesario debe ser considerado como el miembro supremo
de la serie cósmica.
Y sin embargo, hay quienes se han tomado la libertad de dar ese salto ( ).
En efecto, de los cambios en el mundo se infirió la contingencia empírica, es
decir la dependencia de esos cambios de causas empíricamente
determinantes, y se obtuvo una serie ascendente de condiciones empíricas; lo
cual estaba muy bien. Mas como aquí no se podía encontrar ningún comienzo
primero ni ningún miembro supremo, abandonóse súbitamente al concepto
empírico de la contingencia y tomóse la categoría pura; la cual entonces
ocasionó una serie meramente inteligible, cuya integridad descansaba en la
existencia de una causa absolutamente necesaria, que, desde ahora, no
estando ligada a condición sensible alguna, quedó librada también de la
condición temporal, para comenzar su causalidad misma. Pero este proceder
es totalmente ilegítimo, como podrá inferirse por lo que sigue.
Contingente, en el puro sentido de la categoría, es aquello cuyo opuesto
contradictorio es posible. Ahora bien, de la contingencia empírica no se
puede inferir aquella contingencia inteligible. Cuando algo es cambiado, su
contrario (lo contrario de su estado) es, en otro tiempo, real y por tanto
posible; por lo tanto no es éste el opuesto contradictorio del anterior estado,
para el cual se exige que, en el mismo tiempo en que el anterior estado era,
fuese posible en su lugar su contrario, cosa que no puede inferirse del
cambio. Un cuerpo que estaba en movimiento = A, viene a quietud = no A. De
que un estado opuesto a A sigue a A, no puede empero inferirse que el
opuesto contradictorio de A sea posible y por tanto que A sea contingente;
pues para ello se exigiría que en el mismo tiempo en que era el movimiento,
fuese posible en su lugar la quietud. Ahora bien, no sabemos más que esto:
que la quietud fue real en el tiempo siguiente, por tanto, posible también.
Mas el movimiento, en un tiempo, y la quietud, en otro tiempo no son
opuestos contradictorios.
Así pues, la sucesión de determinaciones opuestas, es decir, el cambio no
demuestra la contingencia según conceptos del entendimiento puro y por lo
tanto no puede conducir tampoco a la existencia de un ser necesario, según
conceptos puros del entendimiento. El cambio demuestra sólo la contingencia
empírica, es decir, que el nuevo estado no hubiera podido tener lugar por sí
mismo, sin una causa, que pertenece al tiempo anterior, en virtud de la ley de
causalidad. Esa causa, aunque se admita como absolutamente necesaria,
debe, de esta suerte, hallarse también en el tiempo y pertenecer a la serie de
los fenómenos.
II.- A la antítesis
Si, en el ascenso en la serie de los fenómenos, se cree encontrar dificultades
contra la existencia de una causa suprema absolutamente necesaria, esas
dificultades no deben fundarse en meros conceptos de la existencia necesaria
de una cosa en general y, por tanto, no deben ser ontológicas, sino que deben
resultar del enlace causal con una serie de fenómenos, para admitir una
condición de éstos que es ella misma incondicionada; han de ser por
consiguiente cosmológicas y deducidas según leyes empíricas. Tiene que
mostrarse en efecto que el ascenso en la serie de las causas (en el mundo
sensible) no puede terminar nunca en una condición empírica incondicionada
y que el argumento cosmológico, sacado de la contingencia de los estados
cósmicos, en virtud de sus cambios, viene a resultar contrario a la admisión
de una causa primera que comienza absolutamente la serie.
Mas en esta antinomia se muestra un extraño contraste y es que, con los
mismos argumentos con que, en la tesis, fue inferida la existencia de un ser
primero, se infiere en la antítesis la no-existencia de ese ser; y con el mismo
rigor. Díjose primero: hay un ser necesario, porque todo el tiempo pasado
comprende la serie de todas las condiciones y con ella lo incondicionado
(necesario). Ahora se dice: no hay ser necesario precisamente porque todo el
tiempo transcurrido comprende la serie de todas las condiciones (las cuales a
su vez son todas condicionadas). La causa de esto es la siguiente. El primer
argumento mira sólo a la totalidad absoluta de la serie de las condiciones, cada
una de las cuales determina a las otras en el tiempo y recibe así un
incondicionado y necesario. En cambio, el segundo toma en consideración la
contingencia de todo lo que, en la serie temporal, es determinado (porque antes
de cada miembro precede un tiempo en que la condición misma debe ser, a
su vez, determinada como condicionada). Así, pues, desaparece por completo
todo incondicionado y toda necesidad absoluta. Pero el modo de raciocinio
en ambos es del todo conforme a la razón humana común, la cual suele verse
en el caso de dividirse, habiendo considerado su objeto desde dos distintos
puntos de vista. El señor de Mairan consideró que la discusión de dos célebres
astrónomos, surgida sobre una dificultad semejante acerca de la elección del
punto de vista, era un fenómeno bastante digno de atención para componer
sobre él un tratado especial. El uno decía: la luna gira alrededor de su eje,
porque presenta constantemente a la tierra el mismo lado. El otro decía: la
luna no gira alrededor de su eje, porque presenta constantemente a la tierra el
mismo lado. Ambas conclusiones eran exactas, según el punto de vista que se
tomara para observar los movimientos de la luna.