Segunda parte: La lógica transcendental
Segunda parte de la Doctrina elemental transcendental
La lógica transcendental
Introducción
Idea de una lógica transcendental
- I -
De la lógica en general
Nuestro conocimiento se origina en dos fuentes fundamentales del
espíritu; la primera es la facultad de recibir representaciones (la receptividad
de las impresiones), la segunda es la facultad de conocer un objeto mediante
esas representaciones; por la primera nos es dado un objeto, por la segunda es
éste pensado en la relación con aquella representación (como mera
determinación del espíritu). Intuición y conceptos constituyen, pues, los
elementos de todo nuestro conocimiento; de tal modo que ni conceptos sin
intuición, que de alguna manera les corresponda, ni intuición sin conceptos,
pueden dar un conocimiento. Ambos son o puros o empíricos. Empíricos ,
cuando una sensación (que presupone la presencia real del objeto) está
contenida en ellos; puros, cuando con la representación no se mezcla
sensación alguna. Esta última puede llamarse la materia del conocimiento
sensible. Por eso la intuición pura encierra solamente la forma bajo la cual
algo es intuido; y el concepto puro, sólo la forma del pensar un objeto en
general. Sólo intuiciones puras o conceptos puros son posibles a priori;
conceptos o intuiciones empíricas sólo son posibles a posteriori.
Llamaremos sensibilidad a la receptividad de nuestro espíritu para recibir
representaciones, en cuanto éste es afectado de alguna manera; llamaremos
en cambio entendimiento a la facultad de producir nosotros mismos
representaciones, o a la espontaneidad del conocimiento. Nuestra naturaleza
lleva consigo que la intui ción no pueda ser nunca más que sensible, es decir,
que encierre sólo el modo como somos afectados por objetos. En cambio es el
entendimiento la facultad de pensar el objeto de la intuición sensible. Ninguna
de estas propiedades ha de preferirse a la otra. Sin sensibilidad, no nos sería
dado objeto alguno; y sin entendimiento, ninguno sería pensado.
Pensamientos sin contenido son vanos, intuiciones sin conceptos son ciegas.
Por eso es tan necesario hacerse sensibles los conceptos (es decir, añadirles el
objeto en la intuición), como hacerse comprensibles las intuiciones (es decir,
traerlas bajo conceptos). Ambas facultades o capacidades no pueden tampoco
trocar sus funciones. El entendimiento no puede intuir nada, y los sentidos no
pueden pensar nada. Sólo de su unión puede originarse conocimiento. No
por eso, sin embargo, es lícito confundir la aportación de cada uno, sino que
hay fuertes motivos para separar y distinguir cuidadosamente unos y otros.
Por eso distinguimos la ciencia de las reglas de la sensibilidad en general, es
decir, la estética, de la ciencia de las reglas del entendimiento en general, es
decir, la lógica.
Ahora bien, la lógica puede a su vez tomarse en dos sentidos; o como
lógica del uso general del entendimiento, o como lógica del uso particular del
mismo. La primera encierra las reglas del pensar, absolutamente necesarias,
sin las cuales no hay uso alguno del entendimiento, y se dirige, pues, a él sin
tener en cuenta la diferencia entre los objetos a que pueda referirse. La lógica
del uso particular del entendimiento encierra las reglas para pensar
rectamente sobre una cierta especie de objetos. Aquélla puede llamarse lógica
elemental; ésta, en cambio, es el organon de tal o cual ciencia. Esta última
suele, en las escuelas, ir por delante como propedéutica de las ciencias,
aunque, según la marcha de la razón humana, es lo último a que ésta llega,
cuando ya la ciencia está desde hace tiempo hecha, y necesita sólo la última
mano para su comprobación y perfección. Pues hay que conocer los objetos
ya en un grado bastante elevado, para dar las reglas de cómo pueda llevarse a
cabo una ciencia de ellos.
La lógica general es o lógica pura o lógica aplicada. En la primera hacemos
abstracción de todas las condiciones empíricas bajo las cuales nuestro
entendimiento se ejercita, v. g., del influjo de los sentidos, del juego de la
imaginación, de las leyes de la memoria, de la fuerza de la costumbre, de la
inclinación,. etc., y por lo tanto, también de las fuentes de los prejuicios y, en
general, de todas las causas que pueden originar o introducir en nosotros
ciertos conocimientos, porque éstas se refieren al entendimiento sólo bajo
ciertas circunstancias de su aplicación y para conocerlas es necesario la
experiencia. Una lógica general, pero pura, tiene sólo que ocuparse de
principios a priori y es un canon del entendimiento y de la razón; pero sólo por
lo que se refiere a la parte formal de su uso, sea el contenido el que quiera
(empírico o transcendental). Mas la lógica general se llama luego aplicada
cuando se refiere a las reglas del uso del entendimiento, bajo las condiciones
subjetivas empíricas que nos enseña la psicología. Tiene pues, principios
empíricos, si bien es general en cuanto se ocupa del uso del entendimiento,
sin distinción de objetos. Por eso no es ni un canon del entendimiento en
general, ni un organon de ciencias particulares, sino solamente un katharticon
del entendimiento común.
En la lógica general, la parte que ha de constituir la doctrina pura de la
razón debe, pues, separarse enteramente de la parte que constituye la lógica
aplicada (aunque siempre general). La primera sola es propiamente ciencia, si
bien corta y seca y tal como la exige la exposición escolástica de una doctrina
elemental del entendimiento. En ésta no deben los lógicos perder de vista
nunca dos reglas:
1) Como lógica general, hace abstracción de todo contenido del
conocimiento intelectual y de la diferencia de sus objetos y no se ocupa de
nada más que de la mera forma del pensar.
2) Como lógica pura, no tiene principios empíricos. Por lo tanto, no toma
nada (como a veces se ha creído) de la psicología, la cual, pues, no tiene
influjo alguno en el canon del entendimiento. En una doctrina demostrada y
todo en ella tiene que ser enteramente cierto a priori.
Lo que yo llamo lógica aplicada (contrariamente a la significación
ordinaria de esta palabra, según la cual ha de contener ciertos ejercicios para
los cuales la lógica pura da la regla) es una representación del entendimiento
y de las reglas de su uso necesario in concreto, a saber, bajo las condiciones
contingentes del sujeto, que pueden impedir o facilitar ese uso y que todas
ellas sólo empíricamente son dadas. Trata de la atención, de sus obstáculos y
sus consecuencias, del origen del error, del estado de duda, del escrúpulo, de
la convicción, etc. La lógica general y pura guarda con ella la misma relación
que la moral -que contiene sólo las leyes morales necesarias de una voluntad
libre en general- guarda con la teoría propia de la virtud, que considera esas
leyes bajo los obstáculos de los sentimientos, inclinaciones y pasiones a que
los hombres, más o menos, están sometidos, y no puede nunca proporcionar
una ciencia verdadera y demostrada, porque, igual que aquella lógica
aplicada, necesita principios empíricos y psicológicos.
- II -
De la lógica transcendental
La lógica general hace abstracción, como hemos visto, de todo contenido
del conocimiento, es decir, de toda referencia del conocimiento al objeto y
considera solamente la forma lógica en la relación de los conocimientos entre
sí, es decir, la forma del pensamiento en general. Ahora bien, así como hay
intuiciones puras y empíricas (según demuestra la estética transcendental),
así también podría hallarse una distinción entre un pensar puro y un pensar
empírico de los objetos. En este caso, habría una lógica en la cual no se hiciera
abstracción de todo contenido del conocimiento; pues aquella lógica que
encerrase sólo las reglas del pensar puro de un objeto, excluiría todos los
conocimientos que tuvieran un contenido empírico. Esta lógica se referiría
también al origen de nuestros conocimientos de los objetos, por cuanto ese
origen no puede ser atribuido a los objetos. En cambio, la lógica general no se
preocupa del origen del conocimiento, pues no considera las representaciones
-sean desde un principio dadas a priori en nosotros mismos o séannos sólo
empíricamente dadas- más que por las leyes según las cuales el
entendimiento las usa en relación mutua, cuando piensa; es decir, que trata
sólo de la forma del entendimiento que puede ser proporcionada a las
representaciones, cualquiera que sea su origen.
Y aquí hago yo una observación que extiende su influjo a todas las
consideraciones posteriores y que no deberá perderse de vista, a saber: que
no todo conocimiento a priori ha de llamarse transcendental. Sólo aquél por el
cual conocemos que ciertas representaciones (intuiciones o conceptos) son
empleadas o son posibles solamente a priori y cómo lo son, debe llamarse
transcendental (es decir, que se refiere 56 a la posibilidad del conocimiento o al
uso del mismo a priori ). Por eso ni el espacio ni ninguna determinación
geométrica a priori del espacio es una representación transcendental; sólo
puede llamarse transcendental el conocimiento de que esas representaciones
no tienen un origen empírico y la posibilidad de que una determinación
geométrica a priori se refiera, sin embargo, a priori a objetos de la experiencia.
De igual modo el uso del espacio para los objetos en general sería también
transcendental; mas si se limita sólo a los objetos de los sentidos, llámase
empírico. La distinción de lo transcendental y de lo empírico pertenece, pues,
56 En conformidad con la opinión de Adickes, Vorländer, Natorp, añadimos las palabras: «que se
refiere» (N. del T.)
sólo a la crítica de los conocimientos y no se refiere a la relación de éstos con
su objeto.
Esperando pues, que pueda haber quizá conceptos que se refieran a priori a
objetos, no como intuiciones puras o sensibles, sino sólo como acciones del
pensar puro, que sean, por tanto, conceptos, pero cuyo origen no sea
empírico ni estético, nos hacemos de antemano la idea de una ciencia del
entendimiento puro y del conocimiento racional, por la cual pensamos
enteramente a priori objetos. Semejante ciencia, que determinase el origen, la
extensión y la validez objetiva de esos conocimientos, tendría que llamarse
lógica transcendental, porque no trata sino de las leyes del entendimiento y de
la razón. Pero solamente en cuanto son referidas a objetos a priori y no, como
la lógica general, a los conocimientos racionales, empíricos o puros, sin
distinción.
- III -
De la división de la lógica general en analítica y dialéctica
La antigua y famosa pregunta con que se creía estrechar a los lógicos y se
trataba de ponerlos en la alternativa o de dejarse sorprender en un miserable
dialelo o de confesar su ignorancia y por ende la vacuidad de todo su arte, es
la siguiente: ¿qué es la verdad? La definición nominal de la verdad, a saber:
que es la coincidencia del conocimiento con su objeto, se concede aquí y se
presupone. Se desea empero saber cuál sea el criterio general y seguro de la
verdad de cada conocimiento.
Es ya una prueba grande y necesaria de prudencia y de penetración, el
saber lo que razonablemente se haya de preguntar. Pues cuando la pregunta
es en sí absurda y exige contestaciones innecesarias, tiene a veces el
inconveniente, a parte de avergonzar al que la hace, de conducir al que la oye
sin fijarse bien en ella, a contestaciones absurdas y de dar a ambos el aspecto
ridículo que los antiguos expresaban diciendo: uno ordeña al macho y otro
tiene el jarro.
Si verdad consiste en la coincidencia de un conocimiento con su objeto,
entonces ese objeto debe, por lo mismo, distinguirse de otros; pues un
conocimiento es falso cuando no coincide con el objeto a que se refiere,
aunque encierre algo que pueda quizá valer para otros objetos. Ahora bien,
un criterio general de la verdad sería el que fuese valedero para todos los
conocimientos en general, sin distinción de objetos. Pero es bien claro que
como en ese criterio se hace abstracción de todo contenido del conocimiento
(referencia a su objeto) y la verdad concierne precisamente a ese contenido,
resulta enteramente imposible y absurdo preguntar por una característica de
la verdad de ese contenido de los conocimientos y, por tanto, es imposible
dar una nota suficiente y al mismo tiempo general de la verdad. Como más
arriba hemos denominado materia del conocimiento al contenido del mismo,
habrá que decir: de la verdad del conocimiento, según la materia, no se puede
pedir característica alguna general, porque ello es contradictorio en sí mismo.
Mas por lo que se refiere al conocimiento según la mera forma (con
exclusión de todo contenido), es también claro que la lógica, en cuanto indica
las reglas universales y necesarias del entendimiento, tiene que exponer,
precisamente en esas reglas, criterios de la verdad. Pues lo que contradice a
esas reglas es falso, porque el entendimiento entonces se opone a sus reglas
generales del pensar, por tanto a sí mismo. Pero estos criterios se refieren sólo
a la forma de la verdad; es decir del pensar en general, y en ese sentido son
enteramente exactos, mas no suficientes. Pues aun cuando un conocimiento
sea enteramente conforme a la forma lógica, es decir, aunque no se contradiga
a sí mismo, puede sin embargo contradecir al objeto. Así pues el criterio
meramente lógico de la verdad, a saber la coincidencia de un conocimiento
con las leyes universales y formales del entendimiento y de la razón, es la
conditio sine qua non, y por tanto la condición negativa de toda verdad. Pero
más allá no puede ir la lógica; la lógica no tiene medios para descubrir el
error que se refiere no a la forma, sino al contenido.
La lógica general resuelve en sus elementos la función formal del
entendimiento y de la razón y expone dichos elementos como principios de
todo juicio lógico de nuestro conocimiento. Esta parte de la lógica puede pues
llamarse analítica y por eso es la piedra de toque, negativa al menos, de la
verdad; ya que, ante todo, hemos de examinar y apreciar según estas reglas
todo conocimiento en su forma, antes de investigarlo en su contenido, para
decidir si encierra verdad positiva con respecto al objeto. Mas como la mera
forma del conocimiento, por mucho que coincida con las leyes lógicas, no
basta ni mucho menos para constituir la verdad material (objetiva) del
conocimiento, nadie puede, con la lógica sólo, atreverse a juzgar sobre objetos
y afirmar nada, sin antes haber obtenido fuera de la lógica información
fundada acerca de ellos, para luego tratar de utilizar y enlazar esa
información en un todo coherente, según leyes lógicas o, mejor todavía, para
examinarla según las leyes lógicas. Sin embargo hay algo tan seductor en la
posesión de ese arte ilusorio de dar a todos nuestros conocimientos la forma
del entendimiento (aun cuando en lo que se refiere al contenido del mismo
pueda ser harto pobre y vacío) que aquélla lógica general aunque es sólo un
canon para el juicio, ha sido usada como un organon, por decirlo así, para la
producción real o al menos para la ficción de afirmaciones objetivas; y de ese
modo, en realidad lo que se ha hecho ha sido usarla abusivamente. La lógica
general, como supuesto organon, llámase dialéctica.
Por muy diferente que haya sido la significación en que los antiguos
empleaban este nombre de una ciencia o de un arte, puede colegirse por el
uso real que hacen de la dialéctica que ésta no era, entre ellos, más que la
lógica de la apariencia, un arte sofístico para dar a su ignorancia o incluso a sus
premeditadas ficciones el color de la verdad, imitando el método de sólida
fundamentación que prescribe la lógica y empleando su tópica como
paliativo de toda ficción vana. Puede pues, notarse, como advertencia segura
y útil: que la lógica general, considerada como organon, es siempre una lógica de
la apariencia, es decir, dialéctica. Pues como no nos enseña nada sobre el
contenido del conocimiento, sino sólo las condiciones formales de la
concordancia con el entendimiento, las cuales por lo demás, en lo que se
refiere a los objetos, son enteramente indiferentes, resulta que la pretensión
de usarla como un instrumento (organon) para extender los conocimientos y
ampliarlos, al menos ficticiamente, no conduce más que a una palabrería
vana que afirma lo que se quiere con alguna apariencia o ataca también según
el capricho.
Semejante enseñanza no es en modo alguno conforme a la dignidad de la
filosofía. Por eso se ha preferido añadir a la lógica esa denominación de
dialéctica, como crítica de la apariencia dialéctica; y como tal queremos que se
entienda también aquí.
- IV -
De la división de la lógica transcendental en analítica y dialéctica
transcendentales
En una lógica transcendental aislamos el entendimiento (como antes
hemos aislado la sensibilidad en la Estética transcendental) y destacamos de
nuestro conocimiento tan sólo la parte del pensar que tiene su origen sólo en
el entendimiento. El uso de ese conocimiento puro descansa, empero, en la
condición de que, en la intuición, nos sean dados objetos a los que puede
aplicarse dicho conocimiento. Pues sin intuición, carece de objetos todo
conocimiento y, entonces, queda enteramente vacío. La parte, por lo tanto, de
la lógica transcendental, que expone los elementos del conocimiento puro del
entendimiento y los principios sin los cuales no se puede nunca pensar un
objeto, es la analítica transcendental y al mismo tiempo una lógica de la
verdad. Pues ningún conocimiento puede contradecirla sin que al mismo
tiempo pierda todo contenido, es decir toda referencia a algún objeto, y por
ende toda verdad. Mas como es muy atractivo y seductor usar solos ese
conocimiento puro del entendimiento y esos principios y aún usarlos más allá
de los límites de la experiencia (la cual sin embargo es la única que nos puede
proporcionar la materia (objetos) a que pueden aplicarse aquellos conceptos
puros del entendimiento) cae el entendimiento en el peligro de hacer,
mediante sutilezas vanas, un uso material de los principios meramente
formales del entendimiento puro, y de juzgar, sin distinción, sobre objetos
que no nos son dados, y que, hasta quizá no puedan sernos dados de manera
alguna. No debiendo ser propiamente más que un canon para el juicio del uso
empírico, resulta usada abusivamente esa analítica, cuando la hacemos valer
como el organon de un uso universal e ilimitado y cuando nos atrevemos, con
el solo entendimiento puro, a juzgar sintéticamente sobre objetos en general,
y a afirmar y a decidir acerca de ellos. En este caso, pues, sería dialéctico el
uso del entendimiento puro. La segunda parte de la lógica transcendental
debe ser, por tanto, una crítica de esa ilusión dialéctica y se llama Dialéctica
transcendental; no como arte de suscitar dogmáticamente una ilusión
semejante (arte, desgraciadamente muy fácil, de numerosas charlatanerías
metafísicas), sino como una crítica del entendimiento y de la razón, respecto
de su uso hyperfísico, para descubrir la falsa ilusión de sus infundadas
arrogancias y rebajar esas sus pretensiones de descubrir y ampliar
(pretensiones que piensa alcanzar mediante principios transcendentales)
reduciéndolas a un mero juicio y a una cautela del entendimiento pero contra
ilusiones sofísticas.