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Estudio del psicoanálisis y psicología

Segunda sección de la Estética transcendental. Del tiempo


Segunda sección de la Estética transcendental. Del tiempo

 

Segunda sección de la Estética transcendental. Del tiempo

Exposición metafísica del concepto del tiempo

1) El tiempo no es un concepto empírico que se derive de una experiencia.

Pues la coexistencia o la sucesión no sobrevendría en la percepción, si la representación del tiempo no estuviera a priori a
la base. Solo presuponiéndola es posible representarse que algo, sea en
uno y el mismo tiempo (a la vez) o en diferentes tiempos (uno después
de otro).

2) El tiempo es una representación
necesaria que está a la base de todas las intuiciones. Por lo que se
refiere a los fenómenos en general, no se puede quitar el tiempo,
aunque se puede muy bien sacar del tiempo los fenómenos.

El tiempo es pues dado a priori. En
él tan sólo es posible toda realidad de los fenómenos. Estos todos
pueden desaparecer; pero el tiempo mismo (como la condición universal
de su posibilidad) no puede ser suprimido.

3) En esta necesidad a priori fúndase
también la posibilidad de principios apodícticos de las relaciones de
tiempo o axiomas del tiempo en general. Éste no tiene más que una
dimensión; diversos tiempos no son a la vez, sino unos tras otros (así
como diversos espacios no son unos tras otros, sino a la vez).

Estos
principios no pueden ser sacados de la experiencia, pues ésta no les
daría ni estricta universalidad, ni certeza apodíctica. Nosotros
podríamos sólo decir: eso enseña la percepción común; más no: así tiene
que suceder. Esos principios valen como reglas bajo las cuales en
general son posibles experiencias y nos instruyen antes de la
experiencia y no por medio de la experiencia.

4) El
tiempo no es un concepto discursivo o, como se le llama, universal,
sino una forma pura de la intuición sensible. Diferentes tiempos son
sólo partes del mismo tiempo. La representación que no puede ser dada
más que por un objeto único, es intuición. Tampoco la proposición:
«diferentes tiempos no pueden ser a la vez», podría deducirse de un
concepto universal.

La proposición es sintética y no
puede originarse sólo en conceptos. Ella está pues inmediatamente
contenida en la intuición y representación del tiempo.

45 El título fue añadido en la 2ª. edición. (Nota del T.)

5)
La infinidad del tiempo no significa otra cosa sino que toda magnitud
determinada del tiempo es sólo posible mediante limitaciones de un
tiempo único fundamental. Por eso la representación primaria tiempo tiene
que ser dada como ilimitada. Pero cuando hay algo en lo cual las partes
mismas y toda magnitud de un objeto solo pueden ser representadas
determinadamente, mediante limitación, entonces, la representación
total no puede ser dada por conceptos (pues éstos sólo contienen
representaciones parciales) 46 sino que ha de fundarse en una intuición
inmediata.

Exposición transcendental del concepto del tiempo

Sobre
esto puedo referirme al núm. 3 48 en donde, para abreviar, he puesto ya
lo que es propiamente transcendental, entre los artículos de la
exposición metafísica. Aquí añado que el concepto del cambio y con él
el concepto del movimiento (como cambio de lugar) no son posibles sino
mediante y en la representación del tiempo; que si esa representación
no fuese intuición (interna) a priori, no podría
concepto alguno, fuere el que fuere, hacer comprensible la posibilidad
de un cambio, es decir de un enlace de predicados contradictoriamente
opuestos (v. g. el ser en un lugar y el no ser esa misma cosa en el
mismo lugar) en uno y en el mismo objeto. Sólo en el tiempo pueden
hallarse ambas determinaciones contradictoriamente opuestas en una
cosa, a saber una después de otra. Así pues nuestro concepto del tiempo
explica la posibilidad de tantos conocimientos sintéticos a priori, como hay en la teoría general del movimiento, que no es poco fructífera.

Conclusiones sacadas de estos conceptos

a) El
tiempo no es algo que exista por sí o que convenga a las cosas como
determinación objetiva y, por lo tanto, permanezca cuando se hace
abstracción de todas las condiciones subjetivas de su intuición. Pues
en el primer caso sería algo que, sin objeto real, sería, sin embargo,
real. Mas en lo En la primera edición, dice: «(pues en estos preceden
las representaciones parciales,)»

El epígrafe y todo este § 5 fue señalado en la 2ª. edición.

Se refiere al núm. 3 del § 4.

que
al segundo caso se refiere, siendo una determinación u ordenación
inherente a las cosas mismas, no podría preceder a los objetos como su
condición, ni ser intuido y conocido a priori mediante
proposiciones sintéticas. Sin embargo, esto último ocurre
perfectamente, si el tiempo no es nada más que la condición subjetiva
bajo la cual tan sólo pueden intuiciones tener lugar en nosotros. Pues
entonces esa forma de la intuición interna puede ser representada antes
de los objetos y, por lo tanto, a priori.

b) El
tiempo no es nada más que la forma del sentido interno, es decir, de la
intuición de nosotros mismos y de nuestro estado interno. Pues el
tiempo no puede ser una determinación de fenómenos externos; ni
pertenece a una figura ni a una posición, etc., y en cambio, determina
la relación de las representaciones en nuestro estado interno. Y,
precisamente, porque esa intuición interna no da figura alguna,
tratamos de suplir este defecto por medio de analogías y representamos
la sucesión del tiempo por una línea que va al infinito, en la cual lo
múltiple constituye una serie, que es sólo de una dimensión; y de las
propiedades de esa línea concluimos las propiedades todas del tiempo,
con excepción de una sola, que es que las partes de aquella línea son a
la vez, mientras que las del tiempo van siempre una después de la otra.
Por aquí se ve también, que la representación del tiempo es ella misma
intuición, pues que todas sus relaciones pueden expresarse en una
intuición externa.

c) El tiempo es la condición formal a priori de todos los fenómenos en general. El espacio, como forma pura de toda intuición externa, está limitado, como condición a priori, sólo
a los fenómenos externos. En cambio todas las representaciones, tengan
o no cosas exteriores como objetos, pertenecen en sí mismas al estado
interno, como determinaciones del espíritu, y este estado interno se
halla bajo la condición formal de la intuición interna, por lo tanto
del tiempo. De donde resulta que el tiempo es una condición a priori de
todo fenómeno en general y es condición inmediata de los fenómenos
internos (de nuestra alma) y precisamente por ello condición inmediata
también de los fenómenos externos. Si puedo decir a priori: todos los fenómenos externos están determinados en el espacio y según las relaciones del espacio a priori, puedo
decir, por el principio del sentido interno, con toda generalidad:
todos los fenómenos en general, es decir, todos los objetos de los
sentidos son en el tiempo y están necesariamente en relaciones de
tiempo.

Si hacemos abstracción de nuestro modo de
intuirnos interiormente y de comprender mediante esa intuición, todas
las intuiciones externas en la facultad de representación; si por tanto
tomamos los objetos tales y como puedan ser ellos en sí mismos,
entonces el tiempo no es nada. Sólo tiene validez objetiva con respecto
a los fenómenos, porque tales son ya las cosas que admitimos como objetos de nuestros sentidos; pero
el tiempo no es objetivo si hacemos abstracción de la sensibilidad de
nuestra intuición y, por tanto, del modo de representación que nos es
peculiar y hablamos de cosas en general. El tiempo
es, pues, solamente una condición subjetiva de nuestra (humana)
intuición (la cual es siempre sensible, es decir, por cuanto somos
afectados por objetos) y no es nada en sí, fuera del sujeto. Sin
embargo, en consideración de todos los fenómenos y, por tanto, también
de todas las cosas que se nos pueden presentar en la experiencia, es
necesariamente objetivo.

No podemos decir: todas las
cosas están en el tiempo; porque en el concepto de las cosas en general
se hace abstracción de todo modo de intuición de las mismas, siendo
éste sin embargo la propia condición bajo la cual el tiempo pertenece a
la representación de los objetos. Ahora bien, si se añade la condición
al concepto y se dice: todas las cosas, como fenómenos (objetos de la
intuición sensible) están en el tiempo, entonces el principio tiene
exactitud objetiva y universalidad a priori.

Nuestras afirmaciones enseñan, pues, la realidad empírica del
tiempo, es decir, su validez objetiva con respecto a todos los objetos
que pueden ser dados a nuestros sentidos. Y como nuestra intuición es
siempre sensible, no puede nunca sernos dado un objeto en la
experiencia, que no se encuentre bajo la condición del tiempo. En
cambio, negamos al tiempo toda pretensión a realidad absoluta, ,esto
es, a que, sin tener en cuenta la forma de nuestra intuición sensible,
sea inherente en absoluto a las cosas como condición o propiedad. Tales
propiedades que convienen a las cosas en sí, no pueden sernos dadas
nunca por los sentidos. En esto consiste, pues, la idealidad transcendental del
tiempo, según la cual éste, cuando se hace abstracción de las
condiciones subjetivas de la intuición sensible, no es nada y no puede
ser atribuido a los objetos en sí mismos (sin su relación con nuestra
intuición) ni por modo subsistente ni por modo inherente. Sin embargo,
esta idealidad, como la del espacio, no ha de compararse con las
subrepciones de la sensación, porque en éstas se presupone que el
fenómeno mismo, en quien esos predicados están inherentes, tiene
realidad objetiva, cosa que aquí desaparece enteramente, excepto en
cuanto es meramente empírica, es decir, que aquí se considera el objeto
mismo, sólo como fenómeno: sobre esto véase la nota anterior de la
sección primera.

Explicación

Contra
esta teoría que concede al tiempo realidad empírica, pero le niega la
absoluta y transcendental, presentan una objeción los entendidos, con
tanta unanimidad, que me hace pensar que ha de hacerla también
naturalmente todo lector para quien no sean habituales estas
consideraciones. Dice la objeción como sigue: las mutaciones son reales
(esto lo demuestra el cambio de nuestras propias representaciones,
aunque se quisieran negar todos los fenómenos externos con sus
mutaciones). Las mutaciones, empero, no son posibles más que en el
tiempo; el tiempo, pues, es algo real. La contestación no ofrece
dificultad. Concedo todo el argumento. El tiempo es, desde luego, algo
real, a saber: la forma real de la intuición interna. Tiene, pues,
realidad subjetiva en lo tocante a la experiencia interna; es decir,
tengo realmente la representación del tiempo y de mis determinaciones
en él. Es pues, real, no como objeto, sino considerado como el modo de
representación de mí mismo como objeto . Mas si yo mismo u otro ser
pudiese intuirme sin esa condición de la sensibilidad, esas mismas
determinaciones, que nos representamos ahora como mutaciones, nos
darían un conocimiento en el cual no se hallaría la representación del
tiempo y, por ende, tampoco de la mutación. Subsiste, pues, su realidad
empírica como condición de todas nuestras experiencias.

Sólo
la realidad absoluta no le puede ser concedida, por lo anteriormente
dicho. No es más que la forma de nuestra intuición interna 50 . Si se
quita de él la particular condición de nuestra sensibilidad, desaparece
también el concepto del tiempo. El tiempo, pues, no es inherente a los
objetos mismos, sino sólo al sujeto que los intuye. Pero la causa por
la cual esa objeción vuelve con tanta unanimidad, en boca de quienes,
por cierto, nada pueden, sin embargo, oponer a la teoría de la
idealidad de espacio, es ésta: que no confiaban en poder demostrar
apodícticamente la realidad absoluta del espacio, porque frente a ellos
está el idealismo, según el cual, no es posible demostrar estrictamente
la realidad de los objetos exteriores. Pero, en cambio, la del objeto
de nuestro sentido interno (yo mismo y mi estado) es inmediatamente
clara por la conciencia.

Sigo en esta frase la lección de Görland, quien no cree necesario corregir el texto. (N. del T.)

Sin duda puedo decir: mis representaciones se suceden. Pero esto
significa tan sólo que nosotros tenemos consciencia de esas
representaciones como formando una sucesión en el tiempo, esto es, que
tenemos consciencia de ellas según la forma del sentido interno. No por
eso es el tiempo algo en sí mismo, ni una determinación objetivamente
inherente a las cosas.

Aquellos objetos externos
podrán ser mera apariencia; este objeto interno empero es, según su
opinión, innegablemente algo real. Pero no pensaron que ambos, objetos,
el externo y el interno, sin que se pueda discutir su realidad como
representaciones, pertenecen, sin embargo, solo al fenómeno, el cual
tiene siempre dos lados, el uno cuando el objeto es considerado en sí
mismo (prescindiendo del modo de intuirlo, por lo cual su modo de ser,
precisamente por eso, permanece siempre problemático) y el otro cuando
se mira a la forma de la intuición de ese objeto, forma que ha de
buscarse no en el objeto en sí mismo, sino en el sujeto a quien éste
aparece, aunque corresponde, sin embargo, necesaria y realmente al
fenómeno de ese objeto.

Espacio y tiempo son, por tanto, dos fuentes de conocimiento de las cuales a priori podemos
extraer diferentes conocimientos sintéticos; la matemática pura nos da
un ejemplo brillante, por lo que se refiere a los conocimientos del
espacio y sus relaciones. Ambas, tomadas juntas, son formas puras de
toda intuición sensible y, por eso, hacen posibles proposiciones
sintéticas a priori.

Mas esas fuentes de conocimiento a priori determinan
sus límites precisamente por eso (porque son meras condiciones de la
sensibilidad) a saber: que se refieren sólo a objetos en cuanto son
considerados como fenómenos, mas no representan cosas en sí mismas.
Aquellos fenómenos solos constituyen el campo de su validez y cuando
nos salimos de ellos, no podemos hacer uso alguno objetivo de esas
fuentes. Esa realidad del espacio y del tiempo deja incólume la certeza
del conocimiento de experiencia: pues estamos ciertos de él,
pertenezcan necesariamente esas formas a las cosas en sí mismas o a
nuestra intuición. En cambio, los que sostienen la realidad absoluta
del espacio y del tiempo, admítanla como subsistente o solo inherente,
tienen que hallarse en contradicción con los principios de la
experiencia misma. Pues, si se deciden por lo primero (partido que
generalmente adoptan los que investigan matemáticamente la naturaleza),
tienen que admitir dos nadas eternas, infinitas, existentes por sí (el
espacio y el tiempo) que existen (sin que, sin embargo, ninguna
realidad exista) sólo para comprender dentro de sí todo lo real. Si se
deciden por el segundo partido (al cual pertenecen algunos que
investigan metafísicamente la naturaleza) y consideran el espacio y el
tiempo como relaciones de los fenómenos (al lado o después unos de
otros) abstraídas de la experiencia, si bien confusamente representadas
en la separación, entonces tienen que negar 51 Inversamente aquí
propone Laas la sustitución de realidad por idealidad. Pero hay que distinguir entre esa realidad (empírica,
limitada a la experiencia) del espacio y del tiempo, que deja incólume
la certeza del conocimiento de experiencia, y aquella otra realidad absoluta, que Kant mismo declara unas líneas más abajo contradictoria con los principios de la experiencia misma. (N. del T.)

a las teorías matemáticas a priori, en
lo que se refiere a cosas reales (v. g. en el espacio) su validez o, al
menos, la certeza apodíctica. Porque ésta no puede tener lugar a posteriori y los conceptos a priori del
espacio y del tiempo, según esta opinión, son sólo creaciones de la
imaginación, cuya fuente ha de buscarse realmente en la experiencia,
con cuyas relaciones, abstraídas, ha hecho la imaginación algo que, si
bien contiene lo universal de las mismas, no puede, sin embargo, tener
lugar sin las restricciones que la naturaleza ha enlazado con ellas.
Los primeros ganan tanto que abren el campo de los fenómenos para las
afirmaciones matemáticas, en cambio, confúndense mucho, por esas mismas
condiciones, cuando el entendimiento quiere salir de ese campo. Los
segundos ganan, es cierto, en lo que a esto último se refiere, puesto
que las representaciones de espacio y tiempo no les cierran el camino
cuando quieren juzgar de los objetos no como fenómenos, sino sólo en
relación al entendimiento; mas, en cambio, ni pueden señalar el
fundamento de la posibilidad de conocimientos matemáticos a priori (ya que les falta una intuición a priori verdadera
y con valor objetivo), ni poner las leyes de la experiencia en
necesaria concordancia con aquellas afirmaciones. En nuestra teoría de
la verdadera constitución de esas dos formas originarias de la
sensibilidad, quedan remediadas ambas dificultades.

En
fin, se comprende también claramente que la estética transcendental no
pueda contener más que esos dos elementos, a saber: espacio y tiempo.
Todos los demás conceptos, en efecto, que pertenecen a la sensibilidad,
incluso el del movimiento, que reúne ambas partes, presuponen algo
empírico. El movimiento presupone percepción de algo que se mueve. Mas
en el espacio, considerado en sí, nada es móvil; lo móvil tiene que ser
algo que no se encuentra en el espacio más que por experiencia; por lo tanto, un dato empírico.

De igual modo no puede la estética transcendental contar el concepto de la variación entre sus datos a priori; pues
el tiempo mismo no muda, sino algo que está en el tiempo. Así, pues, se
exige, además, la percepción de alguna existencia y de la sucesión de
sus determinaciones, por ende, la experiencia.