Seminario 3: Clase 2, La significación del delirio, 23 de Noviembre de 1955

Critica de Kraepelin. La inercia dialéctica. Séglas y la alucinación psicomotriz. El presidente Schreber.

Cuanto más se estudia la historia de la noción de paranoia, más significativa parece, y más nos percatamos de la enseñanza que podemos obtener del progreso, o de la ausencia de progreso—como prefieran—que carácteriza al movimiento psiquiátrico.

1)
No hay, a fin de cuentas, noción más paradójica. Si tuve el cuidado la vez pasada de poner en primer plano la locura, es porque puede decirse verdaderamente que con la palabra paranoia, los autores manifestaron toda la ambigüedad presente en el uso del viejo término de locura, que es el termino fundamental del vulgo.

Este término no data de ayer, ni siquiera del nacimiento de la psiquiatría. Sin entregarme aquí a un despliegue demasiado fácil de erudición, solamente les recordare que la referencia a la locura forma parte desde siempre del lenguaje de la sabiduría, o del que se pretende tal. Al respecto, el famoso Elogio de la locura conserva todo su valor, por identificarla al comportamiento humano normal, si bien esta última expresión no se usaba en esa época. Lo que entonces se decía en el lenguaje de los filósofos, de filósofo a filósofo, terminó con el tiempo por ser tomado en serio, al pie de la letra: vuelco que se produce con Pascal, quien formula, con todo el acento de lo grave y lo meditado, que hay sin duda una locura necesaria y que sería una locura de otro estilo no tener la locura de todos.

Estas evocaciones no son inútiles, cuando ve nos las paradojas implícitas en las premisas de los teóricos. Puede decirse que hasta Freud se hacía equivaler la locura a cierto número de nodos de comportamiento de patterns, mientras que otros pensaban juzgar así el comportamiento de todo el mundo. A fin de cuentas, la diferencia, pattern por pattern no salta a la vista. Nunca se señaló exactamente el énfasis que permitiría hacerse una idea de qué cosa es una conducta normal, o siquiera comprensible y distinguirla de la conducta estrictamente paranoica.

Quedémonos aquí a nivel de las definiciones. La delimitación de la paranoia fue incuestionablemente mucho más vasta durante todo el siglo XIX de lo que fue a partir de fines del siglo pasado, es decir hacia 1899 en la época de la 4.ª o 5.ª edición del Kraepelin. Kraepelin permaneció mucho tiempo apegado a la vaga noción de que en líneas generales, el hombre que tiene práctica sabe, por una especie de sentido, reconocer el índice natural. El verdadero don médico es el de ver el índice que recorta bien la realidad. Tan sólo en 1899 introduce una subdivisión más reducida. Incluye las antiguas paranoias en el marco de la demencia precoz, creando en ellas el sector paranoide y emite entonces una definición muy interesante de la paranoia, que la diferencia de los otros modos de delirios paranoicos con los que hasta entonces se la confundía.

La paranoia se distingue de las demás psicosis porque se carácteriza por el desarrollo insidioso de causas internas, y, según una evolución continua, de un sistema delirante, duradero e imposible de quebrantar, que se instala con una conservación completa de la claridad y el orden en el pensamiento, la volición y la acción.

Esta definición fruto de la pluma de un clínico eminente tiene algo llamativo, y es que contradice punto por punto todos los datos de la clínica. Nada en ella es cierto.

El desarrollo no es insidioso, siempre hay brotes, fases. Me parece, pero no estoy del todo seguro, que fui yo quien introdujo la noción de momento fecundo. Ese momento fecundo siempre es sensible al inicio de una paranoia. Siempre hay una ruptura en lo que Kraepelin llama más adelante la evolución continua del delirio dependiente de causas internas. Es absolutamente manifiesto que no se puede limitar la evolución de una paranoia a las causas internas. Para convencerse de ello basta pasar al capítulo Etiología de su manual, y leer a los autores contemporáneos, Sérieux y Capgras, cuyos trabajos están fechados cinco años después. Cuando se buscan las causas desencadenantes de una paranoia, siempre se pone de manifiesto, con el punto de interrogación necesario, un elemento emocional en la vida del sujeto, una crisis vital que tiene que ver efectivamente con sus relaciones externas, y sería muy sorprendente que no fuera así tratándose de un delirio que se carácteriza esencialmente como delirio de relaciones, termino que es de Wernicke y no de Kretschmer.

Leo: evolución continua de un sistema delirante duradero e imposible de quebrantar. Nada más falso: el sistema delirante varía, hayámoslo o no quebrantado. A decir verdad, este asunto me parece secundario. La variación se debe a la interpsicología, a las intervenciones del exterior, al mantenimiento o a la perturbación de cierto orden en el mundo que rodea al enfermo. De ningún modo deja de tomar esas cosas en cuenta, y busca, en el curso de la evolución de su delirio, hacer entrar esos elementos en composición con su delirio.

Que se instaura con una conservación completa de la claridad y del orden en el pensamiento, la volición y la acción. Por supuesto. Pero hay que saber que son la claridad y el orden. Si algo que merece esos nombres puede encontrarse en la exposición que hace el sujeto de su delirio, falta todavía precisar qué se entiende por esos términos, y esta interrogación se carácteriza por cuestionar las nociones en juego En cuanto al pensamiento, la volición y la acción, se supone que nos toca a nosotros intentar definirlos en función de cierto número de comportamientos concretos, entre ellos la locura, y no a partir de ellos corno de nociones establecidas. A la psicología académica, nos parece a nosotros, le falta volver a ser trabajada antes de poder brindarnos conceptos con el rigor suficiente con o para ser intercambiados, al menos a nivel de nuestra experiencia.

¿A que se debe la ambigüedad de lo hecho en torno a la noción de paranoia? A muchas cosas, y quizás a una insuficiente subdivisión clínica Pienso que los psiquiatras aquí presentes tienen un conocimiento suficiente de los diferentes tipos clínicos como para saber, por ejemplo, que un delirio de interpretación no es para nada lo mismo que un delirio de reivindicación. También es conveniente distinguir entre psicosis paranoicas y psicosis pasionales, diferencia admirablemente destacada por los trabajos de mi maestro Clérambault, cuya función, papel’ personalidad y doctrina comencé a indicar la vez pasada Precisamente en el orden de las distinciones psicológicas, adquiere su obra su mayor alcance ¿ Quiere decir que hay que dispersar los tipos clínicos, llegar a cierta pulverización ? No lo pienso El problema que se plantea afecta el cuadro de la paranoia en su conjunto.

Un siglo de clínica no ha hecho más que dar vueltas todo el tiempo en torno al problema Cada vez que la psiquiatría avanza un poco, profundiza, pierde de inmediato el terreno conquistado por el nodo mismo de conceptualizar lo que era inmediatamente sensible en las observaciones. En ningún otro lado la contradicción que existe entre observación y teorización es más manifiesta. Casi puede decirse que no hay discurso de la locura más manifiesto y más sensible que el de los psiquiatras, y precisamente sobre el tema de la paranoia

Hay algo que me parece ser exactamente el quid del problema. Si leen por ejemplo el trabajo que hice sobre la psicosis paranoica, verán que enfatizo allá lo que llamo, tomando el termino de mi maestro Clérambault, los fenómenos elementales, y que intento demostrar el carácter radicalmente diferente de esos fenómenos respecto a cualquier cosa que pueda concluirse de lo que el llama la deducción ideica, vale decir de lo que es comprensible para todo el mundo.

Ya desde esa época, subrayo con firmeza que los fenómenos elementales no son más elementales que lo que subyace al conjunto de la construcción del delirio. Son tan elementales como lo es, en relación a una planta, la hoja en la que se verán ciertos detalles del modo en que se imbrican e insertan las nervaduras: hay algo común a toda la planta que se reproduce en ciertas formas que componen su totalidad. Asimismo, encontramos estructuras análogas a nivel de la composición, de la motivación, de la tematización del delirio, y a nivel del fenómeno elemental. Dicho de otro modo, siempre la misma fuerza estructurante, si me permiten la expresión, esta en obra en el delirio, ya lo consideremos en una de sus partes o en su totalidad.

Lo importante del fenómeno elemental no es entonces que sea un núcleo inicial, un punto parasitario, como decía Clérambault, en el seno de la personalidad, alrededor del cual el sujeto hasta una construcción, una reacción fibrosa destinada a enquistarlo, envolviéndolo, e integrarlo al mismo tiempo, es decir explicarlo, como se dice a menudo. El delirio no es deducido, reproduce la misma fuerza constituyente, es también un fenómeno elemental. Es decir que la noción de elemento no debe ser entendida en este caso de modo distinto que la de estructura, diferenciada, irreductible a todo lo que no sea ella misma.

Este resorte de la estructura fue tan profundamente desconocido, que todo el discurso en torno a la paranoia que mencionaba recién lleva las marcas de este desconocimiento. Esta es una prueba que pueden hacer leyendo a Freud y a casi todos los autores: encontrarán en ellos sobre la paranoia páginas a veces capítulos enteros; extráiganlos de su contexto, léanlos en voz alta y verán allí los desarrollos más maravillosos concernientes al comportamiento de todo el mundo. Poco falta para que lo que les acabo de leer acerca de la definición de la paranoia de Kraepelin defina el comportamiento normal. Volverán a encontrar esta paradoja constantemente, inclusive en autores analistas precisan ente cuando se colocan en el plano de lo que hace un momento llamaba el pattern, término de reciente advenimiento en su dominancia a través de la teoría analítica, pero que no por ello dejaba de estar presente en potencia desde hace ya mucho tiempo.

Releía para preparar esta reunión, un artículo ya antiguo de 1908 donde Abraham describe el comportamiento de un demente precoz y su así llamada desafectividad, a partir de su relación con los objetos, Aquí lo tenemos habiendo amontonado durante meses piedra sobre piedra, guijarros vulgares que tienen para él el valor de un importante bien Ahora, a fuerza de amontonar tantos sobre una tabla, ésta se quiebra, gran estrépito en la habitación, barren todo, y el personaje que parecía acordar tanta importancia a los guijarros no presta la menor atención a lo que pasa, no hace oír la más mínima protesta ante la evacuación general de los objetos de sus deseos Sencillamente, vuelve a empezar y a acumular otro. Este es el demente precoz.

Darían ganas de hacer con este apólogo una fábula para mostrar que eso hacernos todo el tiempo. Diría aún más acumular multitud de cosas sin valor’ tener que pasarlas de un día al otro por pérdidas y beneficios y volver a empezar, es muy buena señal porque cuando el sujeto permanece apegado a lo que pierde, no puede soportar su frustración, es cuando podemos hablar realmente de sobrevaloración de los objetos.

Estos resortes pretendidamente demostrativos son de una ambigüedad tan completa que uno se pregunta cómo puede conservarse la ilusión aunque más no sea un instante, salvo por una especie de obnubilación del sentido crítico que parece apoderarse del conjunto de los lectores a partir del momento en que abren una obra técnica, y especialmente cuando se trata de nuestra experiencia y de nuestra profesión.

El comentario que hice la vez pasada de que lo comprensible es un termino fugitivo, inasible, es sorprendente que nunca sea calibrado como una lección primordial, una formulación obligada a la entrada a la clínica. Comiencen por creer que no comprenden. Partan de la idea del malentendido fundamental. Esta es una disposición primera, sin la cual no existe verdaderamente ninguna razón para que no comprendan todo y cualquier cosa. Tal o cual autor les da tal o cual comportamiento como signo de desafectividad en determinado contexto, en otro será lo contrario. Volver a empezar la obra tras haber sufrido su pérdida, puede ser comprendido en sentidos diametralmente opuestos. Se acude perpetuamente a nociones consideradas como aceptadas. Cuando de ningún modo lo son.

A todo esto quería llegar: la dificultad de abordar el problema de la paranoia se debe precisamente al hecho de situarla en el plano de la comprensión.

Aquí el fenómeno elemental, irreductible, está a nivel de la interpretación.

2)
Voy a retomar el ejemplo de la vez pasada.

Tenemos pues un sujeto para el cual el mundo comenzó a cobrar significado. ¿Qué se quiere decir con esto? Desde hace un tiempo es presa de fenómenos que consisten en que se percata de que suceden cosas en la calle, pero ¿cuáles? Si lo interrogan verán que hay puntos que permanecen misteriosos para él mismo, y otros sobre los que se expresa. En otros términos, simboliza lo que sucede en términos de significación. Muy a menudo, no sabe, si escudriñan las cosas en detalle, si las cosas le son o no desfavorables, pero busca qué indica tal o cual comportamiento de sus semejantes.Tal o cual rasgo observado en el mundo en ese mundo que nunca es pura y simplemente inhumano puesto que está compuesto por el hombre. Hablando del auto rojo, yo buscaba mostrarles al respecto el alcance diferente que puede adquirir el color rojo, según lo consideremos en su valor perceptivo, en su valor imaginario y en su valor simbólico. También en los comportamientos normales, rasgos hasta cierto momento neutros adquieren un valor.

¿A fin de cuentas, qué dice el sujeto sobre todo en cierto período de su delirio? Que hay significación. Cuál no sabe, pero ocupa el primer plano, se impone y para él es perfectamente comprensible. Y justamente porque se sitúa en el plano de la comprensión como un fenómeno incomprensible, por así decirlo, la paranoia es tan difícil de captar, y tiene también un interés primordial.

Si a este propósito se ha podido hablar de locura razonable de conservación de la claridad del orden y de la volición, se debe al sentimiento de que, por más que avancemos en el fenómeno, estamos en el dominio de lo comprensible. Hasta cuando lo que se comprende no puede siquiera ser articulado, numerado, insertado por el sujeto en un contexto que lo explicite, está en el plano de la comprensión. Se trata de cosas que en si mismas ya se hacen comprender. Y, debido a ello, nos sentimos en efecto capaces de comprender. De ahí nace la ilusión ya que se trata de comprensión, comprendemos. Pues justamente, no.

Alguien ya lo había señalado, pero se limitó a esta observación elemental. Se trata de Charles Blondel, quien en su libro la La conciencia mórbida, ba que lo propio de las psicopatologías es engañar la comprensión. Es una obra de valor, aunque después Blondel se haya negado obstinadamente a comprender lo que fuese sobre el desarrollo de las ideas. Pero ese sigue siendo el punto donde conviene retomar el problema: siempre es comprensible.

En la formación que damos a los alumnos observamos que en ese punto siempre conviene detenerlos. El momento en que han comprendido, en que se han precipitado a tapar el caso con una comprensión, siempre es el momento en que han dejado pasar la interpretación que convenía hacer o no hacer. En general, esto lo expresa con toda ingenuidad la formula: El sujeto quiso decir tal cosa. ¿Qué saben ustedes? Lo cierto es que no lo dijo. Y en la mayoría de los casos, si se escucha lo que ha dicho, por lo menos se descubre que se hubiera podido hacer una pregunta, y que esta quizá habría bastado para constituir la interpretación válida, o al menos para esbozarla.

Daré ahora una idea del punto donde converge este discurso. Lo importante no es que tal o cual momento de la percepción del sujeto, de su deducción delirante, de su explicación de sí mismo, de su diálogo con nosotros, sea más o menos comprensible. En algunos de esos puntos surge algo que puede parecer carácterizarse por el hecho de que hay, en efecto, un núcleo completamente comprensible. Que lo sea no tiene el más mínimo interés. En cambio, lo que es sumamente llamativo es que es inaccesible, inerte, estancado en relación a toda dialéctica.

Tomemos la interpretación elemental. Entraña sin duda un elemento de significación, pero ese elemento es repetitivo, procede por reiteraciones. Puede ocurrir que el sujeto lo elabore, pero es seguro que quedara, al menos durante cierto tiempo, repitiéndose siempre con el mismo signo interrogativo implícito, sin que nunca le sea dada respuesta alguna, se haga intento alguno por integrarlo a un diálogo. El fenómeno está cerrado a toda composición dialéctica.

Tomemos la llamada psicosis pasional, que parece mucho más próxima de lo que llamamos normalidad. Si se enfatiza al respecto la prevalencia de la reivindicación, es porque el sujeto no puede tolerar determinada pérdida, determinado daño, y toda su vida parece centrada alrededor de la compensación del daño sufrido, y la reivindicación que éste acarrea. La procesividad pasa hasta tal punto al primer plano que a veces parece dominar por completo el interés de lo que está en juego en ella. Esto también es una interrupción de la dialéctica claro que centrada de un modo totalmente distinto al caso anterior.

Indiqué la vez pasada alrededor de qué gira el fenómeno de interpretación: se articula en la relación del yo y del otro en la medida que la teoría psicoanalítica define el yo como siempre relativo. En la psicosis pasional lo que se llama el núcleo comprensible del delirio, que es de hecho un núcleo de inercia dialéctica, se sitúa evidentemente mucho más cerca del yo (je), del sujeto. En resumen, precisamente por haber desconocido siempre de manera radical, en la fenomenología de la experiencia patológica, la dimensión dialéctica, la clínica se descarrió. Puede decirse que este desconocimiento carácteriza un tipo de mentalidad. Parece que a partir de la entrada en el campo de la observación clínica humana desde ese siglo y medio en que se constituyó en cuanto tal con los comienzos de la psiquiatra, que a partir del momento en que nos ocupamos del hombre, hemos desconocido radicalmente esa dimensión, que no obstante aparece en cualquier otra parte, viva, admitida, corrientemente manejada en el sentido de las ciencias humanas, a saber: la autonomía como tal que posee la dimensión dialéctica.

Se hace r la integridad de las facultades del sujeto paranoico La volición, la acción, como decía hace un rato Kraepelin, parecen homogéneas en él con todo lo que esperamos de los seres normales, no hay déficit en ningún lado, ni falle, ni trastorno de las funciones. Se olvida, que lo propio del comportamiento humano, es el discurrir dialéctico de las acciones, los deseos y los valores, que hace no sólo que cambien a cada n momento, sino de modo continuo, llegando a pasar a valores estrictamente opuestos en función de un giro en el diálogo. Esta verdad absolutamente primera está presente en las fábulas populares, que muestran cómo un momento de pérdida y desventaja puede transformarse un instante después en la felicidad misma otorgada por los dioses. La posibilidad del cuestionamiento a cada instante del deseo; de los vínculos, incluso de la significación más perseverante de una actividad humana, la perpetua posibilidad de una inversión de signo en función de la totalidad dialéctica de la posición del individuo es una experiencia tan común, que nos deja atónitos ver cómo se olvida esta dimensión en cuanto se está en presencia de un semejante, al que se quiere objetivar.

Nunca fue sin embargo completamente olvidada. Encontramos su huella cada vez que el observador se deja guiar por el sentimiento de lo que está en juego. El término de interpretación se presta, en el contexto de la locura razonable en que está inserto, a toda suerte de ambigüedades. Se habla de paranoia combinatoria: cuán fecundo podría haber sido este término si se hubieran percatado de lo que estaban diciendo; efectivamente, el secreto reside en la combinación de los fenómenos.

La pregunta ¿Quién habla? que ha sido promovida suficientemente aquí como para adquirir todo su valor, debe dominar todo el problema de la paranoia.

Ya se los indiqué la vez pasada recordando el carácter central en la paranoia de la alucinación verbal. Saben el tiempo que tomó percatarse de lo que sin embargo es a veces totalmente visible, a saber que el sujeto articula lo que dice escuchar. Fue necesario Séglas y su libro Lecciónes clínicas. Por una especie de proeza al inicio de su carrera, hizo r que las alucinaciones verbales se producían en personas en las que podía percibirse, por signos muy evidentes en algunos casos, y en otros mirándolos con un poco más de atención, que ellos mismos estaban articulando, sabiéndolo o no, o no queriendo saberlo, las palabras que acusaban a las voces de haber pronunciado. Percatarse de que la alucinación auditiva no tenía su fuente en el exterior, fue una pequeña revolución.

Entonces, se pensó, la tiene en el interior, y ¿qué más tentador que creer que eso respondía a la excitación de una zona que era llamada sensorial? No sabe nos si esto se aplica al ámbito del lenguaje. ¿Hablando estrictamente hay alucinaciones psíquicas verbales? ¿No son siempre, más o menos alucinaciones psicomotrices? ¿El fenómeno de la palabra, tanto en sus formas patológicas como en su forma normal, puede ser disociado del hecho, empero sensible, de que cuando el sujeto habla, se escucha a sí mismo? Una de las dimensiones esenciales del fenómeno de la palabra es que el otro no es el único que lo escucha a uno. Es imposible esquematizar el fenómeno de la palabra por la imagen que sirve a cierto número de teorías llamadas de la comunicación: el emisor, el receptor, y algo que sucede en el intervalo. Parece olvidarse que en la palabra humana, entre muchas otras cosas el emisor es siempre al  mismo tiempo un receptor, que uno oye el sonido de sus propias palabras. Puede que no le prestemos atención, pero es seguro que lo oímos. Un comentario tan sencillo domina todo el problema de la alucinación psicomotriz llamada verbal, y es quizá debido a su excesiva evidencia que pasó a un segundo plano en el análisis de estos fenómenos. Por supuesto, la pequeña revolución seglasiana está lejos de haber aportado la clave del enigma. Séglas se quedó en la exploración fenoménica de la alucinación, y debió modificar lo que su primera teoría tenía de demasiado absoluta Devolvió su lugar a algunas alucinaciones que son inteorizables en ese registro, y brindó claridades clínicas y una finura en la descripción que no pueden ser desconocidas les aconsejo conocerlas.

Si muchos de estos episodios de la historia de la psiquiatría son instructivos es quizá mucho más por los errores que destacan que por los aportes positivos que resultaran de ellos. Pero no podemos dedicarnos solamente a una experiencia negativa del campo en cuestión construir sólo sobre errores. Ese dominio de los errores es por otra parte tan copioso, que es casi inagotable. Será necesario que tornemos algún atajo para tratar de llegar al corazón de lo que está en juego.

Vamos a hacerlo siguiendo los consejos de Freud, y entrar, con el, en el análisis del caso Schreber.

3)
Tras una breve enfermedad, entre 1884 y 1885, enfermedad mental que consistió en un delirio hipocondríaco, Schreber que ocupaba entonces un puesto bastante importante en la magistratura alemana, sale del sanatorio del profesor Flechsig, curado, según parece de manera completa, sin secuelas aparentes.

Lleva durante unos ocho años una vida que parece normal, y él mismo señala que su felicidad domestica sólo se vio ensombrecida por la pena de no haber tenido hijos. Al cabo de esos ocho años, es nombrado Presidente de la Corte de apelaciones en la ciudad de Leipzig. Habiendo recibido antes del período de vacaciones el anuncio de esta muy importante promoción, asume sus funciones en Octubre. Parece estar, como ocurre muy a menudo en muchas crisis mentales, un poco sobrepasado por sus funciones. Es joven—tiene cincuenta y un años—para presidir una corte de apelaciones de esa importancia, y esta promoción le hace perder un poco la cabeza. Esta en medio de personas mucho más experimentadas, mucho más entrenadas en el manejo de asuntos delicados, y durante un mes trabaja excesivamente, como el mismo lo dice, y recomiendan sus trastornos: insomnio, mentismo, aparición en su pensamiento de temas cada vez más perturbadores que le llevan a consultar de nuevo.

De nuevo se lo interna. Primero en el mismo sanatorio, el del profesor Flechsig, luego, tras una breve estadía en el sanatorio del doctor Pierson en Dresde, en la clínica de Sonnenstein, donde permanecerá hasta 1901. Ahí es donde su delirio pasara por toda una serie de fases de las que da un relato extremadamente seguro, parece, y extraordinariamente compuesto, escrito en los últimos meses de su internación.

El libro aparecerá inmediatamente después de su salida. Nunca disimuló ante nadie, en el momento en que reivindicaba su derecho a salir, que informaría a la humanidad entera de su experiencia, a fin de comunicarle las revelaciones capitales para todos que ella entraña.

Freud toma en sus manos en 1909 este libro aparecido en  1903. Habla de él con Ferenczi durante las vacaciones y en Diciembre de 1910 redacta Memoria sobre la autobiografía de un caso de paranoia delirante.

Sencillamente vamos a abrir el libro de Schreber, las Memorias de un neurópata. La carta que precede el cuerpo de la obra, y que está dirigida al Consejero privado, el profesor Flechsig, muestra claramente el medio por el cual puede establecerse la crítica por un sujeto delirante de los términos a los que está más apegado. Esto tiene un valor que merece destacarse, al menos para aquellos de ustedes que no tienen práctica con estos casos. Comprobarán que el doctor Flechsig ocupa un lugar central en la construcción del delirio.

Lectura de la carta, págs. 15-19

Aprecien el tono de cortesía, la claridad y el orden. El primer capítulo está ocupado por toda una teoría que concierne, aparentemente al menos, a Dios y a la inmortalidad. Los términos que están en el centro del delirio de Schreber, consisten en la admisión de la función primera de los nervios.          
Lectura del primer párrafo, págs. 22-26

Todo está ahí. Estos rayos que exceden los límites de la individualidad humana tal como ella se reconoce, que son ilimitados, forman la red explicativa, pero igualmente experimentada, sobre la que nuestro paciente teje cual una tela el conjunto de su delirio.

Lo esencial se basa en la relación entre los nervios, y principalmente entre los nervios del sujeto y los nervios divinos, lo cual entraña toda una serie de peripecias entre las cuales está la Nervenanhang, la adjunción de nervios, forma de atracción capaz de colocar al sujeto en un estado de dependencia respecto a algunos personajes, sobre cuyas intenciones el sujeto mismo opina de diversas maneras en el curso de su delirio. Al comienzo distan de ser benevolentes, aunque sólo fuese por los efectos catastróficos que experimenta, pero en el curso del delirio son transformados, integrados en una verdadera progresión, y así como al inicio del delirio vemos dominar la personalidad del doctor Flechsig, al final domina la estructura de Dios. Hay verificación, inclusive progreso carácterístico de los rayos divinos, que son el fundamento de las almas. Esto no se confunde con la identidad de las susodichas almas; Schreber subraya claramente que la inmortalidad de las almas no debe reducirse al plano de la persona. La conservación de la identidad del yo no le parece que deba ser justificada. Todo esto es dicho con un aire de verosimilitud que no vuelve inaceptable la teoría.

En cambio, toda una imaginería metabólica es desarrollada, con extrema precisión, a propósito de los nervios, según la cual las impresiones que se registran se vuelven luego materia prima que, re-incorporada a los rayos divinos, nutre la acción divina, y puede siempre ser retomada, puesta nuevamente en obra, utilizada en creaciones ulteriores

El detalle de estas funciones importa enormemente, y volveremos a él. Pero ya desde aquí aparece que hablar es propio de la naturaleza de los rayos divinos: están obligados a ello, deben hablar. El alma de los nervios se confunde con cierta lengua fundamental definida por el sujeto, como se los mostraré por la lectura de pasajes apropiados, con gran finura.hasta emparentada con un alemán lleno de sabor, y con un uso extremado de eufemismos, que llega a utilizar el poder ambivalente de las palabras: les destilaré su lectura más eficazmente la vez próxima.

Es harto picante reconocer ahí un llamativo parentesco con el famoso artículo de Freud sobre el sentido doble de las palabras primitivas. Recuerden que Freud cree encontrar una analogía entre el lenguaje del inconsciente, que no admite contradicciónes, y esas palabras primitivas que se carácterizarian por designar los dos polos de una propiedad o de una cualidad, bueno y malo, joven y viejo, largo y corto, etcétera. Una conferencia de Benveniste el año pasado les presentó una crítica eficaz desde el punto de vista del lingüista, pero de todos modos todo el alcance del comentario de Freud proviene de la experiencia de las neurosis, y si algo puede garantizar su valor, es el acento que le confiere al pasar el , llamado Schreber..

El delirio, cuya riqueza verán, presenta analogías sorprendentes, no simplemente por su contenido, por el simbolismo de la imagen, sino en su construcción, en su estructura misma, con algunos esquemas que también podríamos estar tentados de extraer de nuestra experiencia. Pueden vislumbrar, en esta teoría de los nervios divinos que hablan y que pueden ser integrados por el sujeto, estando a la vez radicalmente separados, algo que no está demasiado lejos de lo que les enseño sobre el modo en que hay que describir el funcionamiento de los inconscientes. El caso Schreber objetiva ciertas estructuras que se suponen correctas en teoría con la posibilidad de inversión que conlleva, problema que se plantea por otra parte a propósito de toda especie de construcción emocional en esos dominios escabrosos en los que habitualmente nos desplazarnos. El propio Freud hizo la observación que de algún modo autentifica la homogeneidad que menciono. Señala al final de su análisis del caso Schreber, que nunca hasta entonces habla visto algo que se asemejase tanto a su teoría de la libido, con sus desinvesticiones, reacciónes de separación, influencias a distancia, como la teoría de los rayos divinos de Schreber, y no se perturba por ello, ya que todo su desarrollo tiende a mostrar el delirio de Schreber como una sorprendente aproximación de las estructuras del intercambio interindividual así como de la economía intrapsíquica.

Como ven, estamos ante un caso de locura sumamente avanzado. Esta introducción delirante les da una idea del carácter acabado de la elucubración schreberiana. No obstante, gracias a este caso ejemplar, y a la intervención de una mente tan penetrante como la de Freud, podemos captar por vez primera nociones estructurales cuya extrapolación es posible a todos los casos. Fulgurante novedad, a la vez esclarecedora, que permite rehacer una clasificación de la paranoia sobre bases completamente inéditas. Encontramos también en el texto mismo del delirio una verdad que en este caso no está escondida como en las neurosis, sino verdaderamente explicitada, y casi teorizada. El delirio la proporciona, ni siquiera a partir del momento en que tenemos su clave, sino a partir del momento en que se lo toma como lo que es, un doble perfectamente legible, de lo que aborda la investigación teórica.

Allí radica el carácter ejemplar del campo de las psicosis, al que les propuse conservar la mayor extensión y la mayor ductilidad, y esto justifica que le otorguemos este año una atención especial.