Seminario 4: Clase 11, El falo y la madre insaciable, 27 de Febrero de 1957

El don se manifiesta al llamar. La sustitución de las satisfacciónes. La erotización de la necesidad. El espejo, del júbilo a la depresión. Papel significante del falo imaginario.

Tengo intención de retomar hoy los términos en los que trato de formularles la necesaria refundición de la noción de frustración. Sin esta refundición, en efecto, tal vez no dejará de aumentar la distancia entre las teorías dominantes en el psicoanálisis de hoy, lo que llaman sus tendencias actuales, y la doctrina freudiana, que constituye a mi modo de ver, nada más y nada menos, la única forma conceptual correcta de la experiencia fundada por esta misma doctrina.

Hoy trataré de articular, algo tal vez un poco más algebraico que de costumbre, pero todo lo que hemos hecho hasta ahora sirve como preparación.

Antes de seguir, puntuemos lo que se desprende de algunos de los términos que nos hemos visto llevados a articular hasta ahora.

1)
He tratado de situarles la frustración en un pequeño cuadro triple, entre la castración, punto de partida de la experiencia freudiana, y la privación, a la que algunos la refieren . Digamos que hay referencias distintas .

El psicoanálisis de hoy pone a la frustración en el corazón de todas las faltas cuyas consecuencias analizables se manifestarían en los síntomas propios de nuestro campo. Necesitamos comprenderla en su experiencia fundamental para usar de ella de forma válida, pues si la experiencia analítica la ha puesto en primer plano entre los términos en

uso, no puede ser en absoluto sin alguna razón. Aunque su predominio no modifique profundamente la economía de nuestro pensamiento ante los fenómenos neuróticos, sin embargo, la conduce a callejones sin salida, como yo me esfuerzo en demostrarles, espero que con éxito, con no pocos ejemplos. A medida que vayan teniendo ustedes más practica en la literatura analítica, y si mantienen los ojos bien abiertos, verán estos callejones sin salida, cada vez más comprobados.

La frustración, planteemos de entrada, no es la negación de un objeto de satisfacción en el sentido puro y simple. Satisfacción quiere decir satisfacción de una necesidad, no tengo necesidad de insistir en este punto.

Habitualmente, cuando se habla de frustración, se usa el término sin ninguna otra consideración—tenemos experiencias frustrantes, creemos que dejan huellas. Simplemente olvidamos que, si las cosas  han  de ser tan simples, sería preciso explicar también porqué el deseo que habría resultado frustrado de esta forma respondería a esa carácterística tan destacada por Freud desde un principio, a saber, que el deseo es, en el inconsciente, reprimido, indestructible, enigma que precisamente todo el desarrollo de su obra esta destinado a responder.

Esta propiedad es propiamente inexplicable limitándose a la perspectiva de la necesidad. Toda la experiencia que podemos tener de lo que ocurre en una economía animal nos lo demuestra. La frustración de una necesidad acarrea modificaciones diversas, más o menos soportables para el organismo, pero si hay algo evidente y confirmado por la experiencia, es que no engendra el mantenimiento del deseo propiamente dicho. O el individuo sucumbe, o el deseo se modifica, o declina. En todo caso, no se impone ninguna coherencia entre la frustración y la permanencia del deseo, o su insistencia, para emplear el término que me vi llevado a destacar cuando hablamos del automatismo de repetición.

Además, Habla de la Versagung, que se inscribe mucho más adecuadamente en la noción de denunciFreud nunca habla de frustración. a como se dice denunciar un tratado o se habla de retractarse de un compromiso. Esto es tan cierto, que incluso se puede poner a veces la Versagung en el polo opuesto, ya que la palabra puede significar a la vez promesa y ruptura de promesa. Esto sucede a menudo en las palabras precedidas de ver-, prefijo tan esencial en alemán y que tiene un lugar eminente en la elección de las palabras en la teoría analítica.

Digámoslo de una vez, la tríada frustración-agresión-regresión, planteada así, está muy lejos de tener el carácter atrayente de significación inmediatamente comprensible que se le supone. Basta con considerarla un instante para darse cuenta de que en sí misma no es comprensible. No hay ninguna razón para no dar una secuencia distinta. Completamente al azar, podría decirles frustración-depresión-contricción —podría inventar otras. No se trata de preguntarnos ahora por las relaciones de la frustración con la regresión. Nunca se ha hecho de forma satisfactoria. Lo que se ha hecho, no digo que sea falso, digo que no es nada satisfactorio, porque en tal caso la propia noción de regresión no está elaborada.

La frustración no es pues denegar un objeto de satisfacción. No obedece a eso. A este respecto, quiero desplegar ante ustedes un encadenamiento de tal forma que puedan retener sus principales articulaciones para comprobar si sirven, y como me contentaré con poner a continuación una serie de fórmulas que ya han sido trabajadas aquí, estoy relativamente dispensado, salvo por elusión, de demostrarlas.

Sometámonos a la vía consistente en tomar las cosas desde el principio—no digo del desarrollo, porque esto no tiene el carácter de un desarrollo, sino en la relación primitiva del niño con su madre. Digamos que, en el origen, la frustración—y no cualquier frustración, sino la utilizable en nuestra dialéctica—sólo es concebible como la negación de un don, en la medida en que el don es símbolo del amor.

Cuando digo esto, no estoy diciendo nada que no esté en Freud con todas las letras. El carácter fundamental de la relación de amor, con lo que tiene de elaborado, no en segundo grado, sino en tercer grado, no supone estar frente a un objeto, sino frente a un ser. Así se plantea en muchos pasajes de Freud la relación que hay al principio. ¿Que quiere decir esto? No quiere decir que el niño haya hecho filosofía del amor, que distinga, por ejemplo, el amor y el deseo. Quiere decir que de entrada se encuentra sumergido en un baño que implica la existencia del orden simbólico. Tenemos pruebas de ello en su conducta. Ocurren algunas cosas que sólo son concebibles si el orden simbólico esta ya presente.

Siempre encontramos en este punto una ambigüedad cuyo origen es que tenemos una ciencia que es una ciencia del sujeto, no una ciencia del individuo. Ahora bien, sucumbimos a la necesidad de poner al principio al sujeto, olvidando que el sujeto, como sujeto, no es identificable con el individuo. Aunque el sujeto esté ajeno, como individuo, al orden que le concierne como sujeto, ese orden no deja de existir. En efecto, la ley de las relaciones intersubjetivas gobierna profundamente a aquellos de quienes depende el individuo, implicándole en dicho orden, sea o no consciente de ello como individuo. Tratar de hacer surgir, a partir de las angustias del niño en la oscuridad, la imagen del padre, es un intento desesperado y que sin embargo se hace una y otra vez. Me refiero a lo que articula un tal Mallet sobre las fobias primitivas. Esta tentativa sólo puede llevarse a cabo con algún truco muy grosero. El orden de la paternidad de por sí existe, viva o no el niño terrores infantiles, los cuales sólo pueden llegar a tener un sentido articulado en la relación intersubjetiva padre-hijo, profundamente organizada simbólicamente, que forma el contexto subjetivo donde desarrolla el niño su experiencia. La experiencia del niño está en todo momento atrapada,  y es retroactivamente reordenada por la relación intersubjetiva en la que se compromete mediante una serie de esbozos, que lo serán precisamente porque arrancan.

Les hablé del don. El don implica todo el ciclo del intercambio en el que se introduce el sujeto tan primitivamente como puedan ustedes suponer. Si hay don, es sólo porque hay una inmensa circulación de dones que recubre todo el conjunto intersubjetivo. EL don surge de un más allá de la relación objetal, pues supone todo el orden del intercambio en el que ya ha entrado el niño, y únicamente puede surgir de este más allá con el carácter que lo constituye como propiamente simbólico. No hay don que no esté constituido por el acto que previamente lo había anulado o revocado. Sobre este fondo, como signo de amor, primero anulado para reaparecer luego como pura presencia, el don se da o no se da al llamar.

Diré más. Hablo de la llamada porque éste es el primer plano, el primer tiempo, de la palabra, pero acuérdense de lo que les decía cuando habíabamos de la psicosis. Les decía que la llamada es esencial en la palabra. Sería un error limitarme a esto, porque la estructura de palabra implica en el Otro que el sujeto reciba su propio mensaje en forma invertida. Todavía no hemos alcanzado este nivel, pero la llamada no puede sostenerse ya aisladamente, como lo demuestra la imagen freudiana del niño con su Fort-Da. La llamada ya exige enfrentarse con su opuesto. Llamar lo localiza. Si la llamada es fundamental, fundadora en el orden simbólico, es en la medida en que lo reclamado puede ser rehusado. La llamada es ya una introducción a la palabra completamente comprometida en el orden simbólico.

El don se manifiesta al llamar. La llamada se hace oír cuando el objeto no está. Cuando está, el objeto se manifiesta esencialmente sólo como signo del don, es decir, como nada a título de objeto de satisfacción. Esta ahí precisamente para ser rechazado en cuanto nada. Este juego simbólico tiene pues un carácter fundamentalmente decepcionante. He aquí la articulación esencial que permite situar la satisfacción y hace que tenga sentido.

No quiero decir que no haya en el niño, con ocasión de este juego, una satisfacción atribuida a algo como un puro ritmo vital. Digo que toda satisfacción implicada en la frustración lo está sobre el fondo del carácter fundamentalmente decepcionante del orden simbólico. La satisfacción aquí no es más que sucedáneo, compensación. El niño aplasta lo que tiene de decepcionante el juego simbólico mediante la incautación oral del objeto real de satisfacción, en este caso el pecho. Lo que lo adormece de esta satisfacción es precisamente su decepción, su frustración, el rechazo que puede haber experimentado.

La dolorosa dialéctica del objeto, a la vez presente y siempre ausente, en la que el niño se ejercita, nos lo simboliza aquel ejercicio genialmente captado por Freud en estado puro, en su forma aislada. Es el fondo de la relación del sujeto con el par presencia-ausencia, relación con la presencia sobre fondo de ausencia, con la ausencia como constitutiva de la presencia. EL niño aplasta con la satisfacción la insatisfacción fundamental de esta relación. Despista con la incautación oral. Ahoga lo que resulta de la relación fundamentalmente simbólica.

Así, nada tiene de sorprendente para nosotros que sea precisamente en el sueño donde se manifieste la persistencia del deseo en el plano simbólico. Vuelvo a insistir en ello, ni siquiera el deseo del niño está vinculado sólo con la pura y simple satisfacción natural. Vean aquel sueño pretendidamente archisimple que es el sueño infantil, por ejemplo, el de la pequeña Anna Freud, que dice en sueños—Frambuesa, flan. Todos estos objetos son para ella objetos trascendentes. Tanto han entrado en el orden simbólico, que todos ellos son precisamente objetos prohibidos. Nada nos obliga a creer que la pequeña Anna Freud estuviera insatisfecha esa misma noche, al contrario. Lo que se mantiene en el sueño como un deseo, eso sí, expresado sin disfraz alguno, pero con toda la transposición propia del orden simbólico, es el deseo de lo imposible.

Y si todavía dudan que la palabra juegue en este caso un papel esencial, les haré notar que si la pequeña Anna Freud no hubiera articulado esto en palabras, nunca hubiéramos sabido nada de ello.

2)
Prosigamos con la dialéctica de la frustración y preguntémonos— ¿que ocurre en el momento en que interviene la satisfacción de la necesidad y sustituye a la satisfacción simbólica?

Por el propio hecho de esta sustitución, la satisfacción de la necesidad sufre una transformación. ¿Cual? Como yo les digo que el objeto real adquiere entonces el valor de símbolo, podría decirles que, en consecuencia, se ha convertido en símbolo o casi, pero sólo sería un puro y simple juego de manos. Lo que adquiere carácter y valor simbólico, es la actividad, el modo de aprehensión, que deja al niño en posesión del objeto.

Así, la oralidad se convierte en lo que es. Como forma instintiva del hombre, es portadora de una libido conservadora del cuerpo propio, pero no es sólo esto. Freud se pregunta por la identidad de esta libido—¿es libido de la conservación o libido sexual? Por supuesto, aspira a la conservación del individuo, lo que también implica la destrudo, pero precisamente, como ha entrado en la dialéctica de la sustitución de la exigencia de amor por la satisfacción, es en verdad una actividad erotizada. Es libido en el sentido propio, y libido sexual.

Todo esto no es una vana articulación retórica, si no que responde de una forma distinta que eludiéndolas a objeciones hechas por gente sin duda no muy sutil—por ejemplo el Sr. Charles Blondel en el último número de los Etudes philosophiques, consagrado al centenario de Freud —a algunas observaciones psicoanalíticas, por ejemplo, a propósito de la erotización del pecho. Dicho autor planteaba en uno de sus artículos, como la señora Favez-Boutonnier nos recuerda—Me gustaría entenderlo, pero ¿que ocurre si el niño no mama del pecho de su madre, sino que es alimentado con biberón? Precisamente a esta objeción responde lo que acabo de estructurarles. En cuanto entra en la dialéctica de la frustración el objeto real no es en sí mismo indiferente, pero no tiene ninguna necesidad de ser específico. Aunque no sea el pecho de la madre, no por ello perderá nada del lugar que le corresponde en la dialéctica sexual, cuyo resultado es la erotización de la zona oral. Lo que desempeña aquí el papel esencial no es el objeto, sino el hecho de que la actividad ha adquirido una función erotizada en el plano del deseo, el cual se ordena en el orden simbólico.

Tanto es así, se lo advierto de paso, que puede que jugando este papel no haya ningún objeto real en absoluto. En efecto, se trata únicamente de lo que da lugar a una satisfacción sustitutiva de la saturación simbólica. Sólo esto puede explicar la verdadera función de un síntoma como el de la anorexia mental. Ya les dije que la anorexia mental no es un no comer, sino un no comer nada. Insisto—eso significa comer nada. Nada, es precisamente algo que existe en el plano simbólico. No es un nicht essen, es un nichts essen. Este punto es indispensable para comprender la fenomenología de la anorexia mental. Se trata, en detalle, de que el niño come nada, algo muy distinto que una negación de la actividad. Frente a lo que tiene delante, es decir, la madre de quien depende, hace uso de esa ausencia que saborea. Gracias a esta nada, consigue que ella dependa de él. Si no captan esto, no pueden entender nada, no sólo de la anorexia mental, sino también de otros síntomas, y cometerán las faltas más graves.

Les he situado pues el momento de vuelco que nos introduce en la dialéctica simbólica de la actividad oral. Luego otras actividades quedan igualmente capturadas en la dialéctica libidinal. Pero esto no es todo lo que se produce. A la inversa y al mismo tiempo, cuando se introduce en lo real el vuelco simbólico de la actividad sustitutiva, la madre, hasta ese momento sujeto de la exigencia simbólica, simplemente el lugar donde podía manifestarse la presencia o la ausencia, se convierte en un ser real, lo que plantea un interrogante sobre la irrealidad de la relación primitiva con la madre. En efecto, como la madre puede rehusar eternamente, lo puede literalmente todo. Como ya les dije, en ella aparecerá por primera vez—y no como lo plantea esa extraña hipótesis de una especie de megalómana que proyecta en el niño algo que sólo existe en la mente del analista—la dimensión de la omnipotencia, la Wirklichkeit, que en alemán identifica omnipotencia con realidad. La eficacia esencial se presenta de entrada como la omnipotencia del ser real de quien depende, de forma absoluta y sin recurso posible, el don o el no don.

Les estoy diciendo que la madre es primordialmente omnipotente, que no podemos eliminarla de esta dialéctica, que es una condición esencial para entender cualquier cosa que merezca la pena entender. No les estoy diciendo, con la señora Melanie Klein, que la madre lo contenga todo. Eso es otro asunto, y sólo lo menciono de paso. Ahora podemos entrever cómo es posible que todos los objetos fantasmáticos primitivos se encuentren reunidos en el inmenso continente del cuerpo materno. Que es posible, la señora Melanie Klein nos lo demostró de forma genial, pero siempre tuvo dificultades para explicarnos cómo es posible, y sus adversarios no se privaron de argüirlo para decir que soñaba. Por supuesto, soñaba, y tenía razones para hacerlo, porque eso sólo es posible a través de una proyección retroactiva de toda la gama de objetos imaginarios en el seno del cuerpo materno. Sí que están ahí, en efecto, porque la madre constituye un campo virtual de nadificación simbólica, que dará a todos los objetos venideros, cada uno en su momento, todo su valor simbólico. Con sólo tomar al sujeto a un nivel algo más avanzado, por ejemplo, un niño de unos dos años de edad, no es en absoluto extraño que ella encuentre objetos reproyectados retroactivamente. Y puede decirse en cierto sentido que, como siempre ocurre, si estaban listos para ir a parar ahí algún día, ya estaban. En este punto, el niño se encuentra frente a la omnipotencia materna.

Como acabo de hacer una rápida alusión a la posición paranoide, tal como la señora Melanie Klein la llama, añadiré que la posición depresiva, que según ella ya se esboza por entonces, podemos sospechar que no carece de relación con la omnipotencia. Es una especie de anonadamiento, una micromanía, lo contrario de la megalomanía. Pero cuidado con ir demasiado aprisa, porque ello no resulta únicamente de que la madre, surgida como omnipotente, sea real. Para que la omnipotencia real engendre en el sujeto un estado depresivo, es necesario además que pueda reflexionar sobre sí mismo y sobre el contraste de su impotencia. La experiencia clínica permite situar este punto alrededor de ese sexto mes, destacado ya por Freud, cuando se produce el fenómeno del estadio del espejo.

Me objetarán ustedes que, como yo mismo enseñé, cuando el sujeto capta la totalidad de su propio cuerpo en su reflexión especular, cuando en cierto modo se consume en ese otro total y se presenta a sí mismo, experimenta más bien un sentimiento de triunfo. A esto, que es una reconstrucción, no le falta confirmación en la experiencia, y el carácter jubiloso de este encuentro es indudable. Pero conviene no confundir aquí dos cosas.

Por una parte, está la experiencia del dominio, que dará a la relación del niño con su propio yo (moi) un elemento de splitting esencial, de distinción respecto de sí mismo, que quedará siempre ahí. Por otra parte, está el encuentro con la realidad del amo. Como la forma del dominio la obtiene el sujeto bajo la forma de una totalidad alienada de sí mismo, pero estrechamente vinculada con él y dependiente de él, hay júbilo, pero es muy distinto cuando, una vez recibida ya esta forma, se encuentra con la realidad del amo. Así, el momento de su triunfo es también el heraldo de su derrota. Cuando se encuentra en presencia de esa totalidad bajo la forma del cuerpo materno, se ve obligado a constatar que ella no le obedece. Cuando entra en juego la estructura especular refleja del estadio del espejo, la omnipotencia materna sólo se refleja entonces en posición netamente depresiva , y entonces hay en el niño sentimiento de impotencia.

Aquí puede introducirse lo que mencioné hace un momento cuando les hablaba de la anorexia mental. Podríamos ir algo más deprisa y decir que el único poder a disposición del sujeto contra la omnipotencia, es decir no en el plano de la acción, introduciendo aquí la dimensión del negativismo, algo que no carece de relación con el momento que estoy considerando. No obstante, diría yo, ténganlo en cuenta, la experiencia nos muestra, y con razón, que la resistencia a la omnipotencia no se elabora en el plano de la acción bajo la forma del negativismo, sino en el del objeto, que se nos ha revelado bajo el signo de la nada. Con este objeto anulado, en cuanto simbólico, el niño pone trabas a su dependencia, y precisamente alimentándose de nada. Aquí invierte su relación de dependencia, haciéndose por este medio, él, que depende de esa omnipotencia ávida de hacerle vivir, su amo. Así es ella quien depende por su deseo, ella quien está a su merced, a merced de las manifestaciones de su capricho, a merced de su omnipotencia, la de él.

En consecuencia, nos es muy necesario sostener, en nuestro fuero interno, que el orden simbólico es, por así decirlo, el lecho necesario para que pueda entrar en juego la primera relación imaginaria sobre la cual se produce el juego de la proyección y de su contrario.

Para ilustrar esto ahora en términos psicológicos—pero es una degradación respecto de esta primera exposición que acabo de hacerles—, la intencionalidad de amor constituye muy precozmente, antes de cualquier más allá del objeto, una estructuración fundamentalmente simbólica, imposible de concebir sin plantear que el propio orden simbólico esta ya instituido y presente. La experiencia nos lo demuestra. Como la señora Susan Isaacs nos hizo observar hace ya mucho tiempo, desde una edad muy precoz un niño distingue un castigo de un maltrato arbitrario. Incluso antes de hablar, un niño no reaccióna de la misma forma ante un golpe que ante una bofetada.

Les dejo meditar sobre lo que esto implica. Me dirán ustedes que es curioso, que el animal también, al menos el animal doméstico. A esta objeción es fácil darle la vuelta. Demuestra precisamente que el animal puede llegar a un esbozo de más allá que lo introduce en relaciones de identificación muy particulares con su amo. Pero justamente porque, a diferencia del hombre, el animal no está implicado en todo su ser en un orden de lenguaje, la cosa no va a más allá en él, salvo que es un buen perrito. No obstante, consigue algo tan elaborado como distinguir entre el hecho de recibir un golpe cariñoso y que se le aplique un castigo.

Como por ahora se trata de dejar claros los límites, tal vez hayan visto ustedes una especie de cuaderno aparecido en Diciembre de 1956 como cuarto número del año del International Journal of Psychoanalysis. Al parecer se han planteado que de todos modos había algo interesante en el lenguaje, y parece que algunas personas han sido llamadas a responder al encargo. EL artículo del señor Lowenstein está marcado por una prudencia distante no carente de habilidad, que consiste, tras enumerar algunos personajes secundarios de Hamlet, en recordar que el señor de Saussure enseñó que hay un significante y un significado. En resumen, muestran que están un poco al corriente, pero eso queda totalmente inarticulado con respecto a nuestra experiencia, salvo para subrayar que es cuestión de tener cuidado con lo que decimos. En vista del nivel de elaboración en el que todo esto se ha quedado rezagado, disculpo al autor por no citar mi enseñanza—nosotros hemos llegado mucho más lejos.

También hay un tal Charles Rycroft que, en representación de los londinenses, trata de añadir algo más, haciendo, como en suma hacemos nosotros, la teoría analítica de las instancias intrapsíquicas y de su articulación. Tal vez debiéramos recordar, dice este autor, que la teoría de la comunicación existe. Así, nos recuerda que cuando un niño grita, se produce una situación total que incluye a la madre, al grito, al niño. En consecuencia, estamos en plena teoría de la comunicación—el niño grita y la madre recibe su grito como una señal, una señal de la necesidad. Si partimos de ahí, sugiere el autor, tal vez consiguieramos reorganizar nuestra experiencia.

En lo que yo les estoy enseñando no se trata en absoluto de esto. Como lo demuestra lo que Freud destaca en la manifestación del niño, el grito en cuestión no se toma como señal. Se trata del grito en la medida en que reclama una respuesta, que llama, diría yo, sobre un fondo de respuesta. EL grito se produce en un estado de cosas en el cual no sólo el lenguaje ya está instituido para el niño, sino que este nada en un medio de lenguaje y se apodera de sus primeras migajas, las articula, como par de alternancia.

EL Fort-Da es aquí esencial. EL grito que tenemos en cuenta en la frustración se inserta en un mundo sincrónico de gritos organizado como sistema simbólico. Los gritos están ya virtualmente organizados en un sistema simbólico. EL sujeto humano no sólo advierte en el grito algo que señala un objeto cada vez. Es falso, falaz y erróneo plantear la cuestión del signo cuando se trata del sistema simbólico. Desde el origen, el grito está ahí para que se levante acta de él, incluso para que además haya que rendir cuentas a otro. No hay más que ver la necesidad esencial que tiene el niño de recibir esos gritos modelados y articulados llamados palabras, así como su interés por el propio sistema del lenguaje. EL don tipo es precisamente el don de la palabra, porque en efecto el don es aquí, por así decirlo, igual en su principio. Desde el origen, el niño se nutre de palabras tanto como de pan, y muere por ellas. Como dice el Evangelio, el hombre no sólo muere por lo que entra en su boca, sino también por lo que de ella sale.

Como ya deben haber visto—más exactamente, no lo han visto, pero he de insistir para dar este tema por concluido—, el término de regresión puede tener aquí una incidencia que no es la que ordinariamente se pone de manifiesto.

EL término de regresión es aplicable a lo que ocurre cuando el objeto real, junto con la actividad dirigida a hacerse con él, sustituye a la exigencia simbólica. EL hecho de que el niño aplaste su decepción saturándose y saciándose con el pecho, o con cualquier otro objeto, le permitira entrar en la necesidad del mecanismo que hace que a una frustración simbólica pueda sucederle siempre la regresión. Una le abre la puerta a la otra.

3)
Ahora se trata de construir la siguiente etapa, y para eso tenemos que dar un jump.

Podríamos contentarnos con decir, pero resultaría artificial, que desde la apertura que encuentra el significante con la entrada de lo imaginario, todo anda solo. En efecto, todas las relaciones con el cuerpo propio establecidas a través de la relación especular, todas las pertenencias del cuerpo, entran en juego y quedan transformadas por su advenimiento al significante. Que los excrementos se conviertan, durante algún tiempo, en objeto preferente del don no ha de sorprendernos, ya que evidentemente es en el material a su disposición en relación con su cuerpo donde el niño puede encontrar lo real adecuado para alimentar lo simbólico. Que la retención pueda convertirse en rechazo, tampoco debe sorprender a nadie. En suma, los refinamientos y la riqueza de los fenómenos que la experiencia analítica ha descubierto en el simbolismo anal no tienen porque entretenernos por más tiempo.

Si les he hablado de un jump, es porque ahora se trata de ver cómo, en la dialéctica de la frustración, se introduce el falo.

Guárdense también en este caso de las vanas exigencias de una génesis natural. Si pretendieran deducir de determinada constitución de los órganos genitales el hecho de que el falo juegue un papel predominante en todo el simbolismo genital, nunca lo conseguirían. Sólo se librarían a contorsiones como las que espero mostrarles detalladamente, las del Sr. Jones, cuando trata de hacer un comentario satisfactorio de la fase fálica tal como Freud la sostuvo, con toda crudeza, para mostrarnos cómo puede ser que el falo que no tiene pueda ser de tal importancia para la mujer. Es realmente curioso de ver.

En realidad, no es esta la cuestión. Primero y ante todo, la cuestión es una cuestión de hecho. Es un hecho. Si no descubriéramos en los fenómenos el predominio, la preeminencia del falo en toda la dialéctica imaginaria que preside las aventuras, los avatares y también los fracasos y los desfallecimientos del desarrollo genital, no habría ningún problema, en efecto.

Hay quien se empeña en destacar que el niño femenino también debe tener sus propias sensaciones en el vientre y que su experiencia es, sin duda, tal vez desde el origen, distinta de la del masculino. Esto es obvio, esa no es de ningún modo la cuestión, como advierte Freud. Si, según él, a la mujer le cuesta mucho más que al chico hacer entrar la realidad de lo que ocurre del lado del útero o la vagina en una dialéctica del deseo que le resulte satisfactoria, es en efecto porque ha de pasar por algo con lo que tiene una relación completamente distinta que el hombre, algo que le falta, es decir el falo. Pero la razón que explica porque es así, nunca debe deducirse de nada originado en una disposición fisiológica cualquiera. Hay que partir de la existencia de un falo imaginario.

EL falo imaginario es el eje de toda una serie de hechos que exigen postularlo. Hay que estudiar ese laberinto en el que habitualmente el sujeto se pierde y puede acabar siendo devorado. EL hilo para salir de ahí es que a la madre le falta el falo, que precisamente porque le falta, desea, y que sólo puede estar satisfecha en la medida en que algo se lo proporciona.

Esto puede parecer, literalmente, como para quedarse estupefacto. Pues bien, hay que partir de lo que le deja a uno estupefacto. La primera virtud del conocimiento es la capacidad de enfrentarse a lo que no es evidente. Tal vez ya estamos algo preparados para admitir que la falta es aquí el principal deseo, si admitimos que esta es igualmente la carácterística del orden simbólico.

En otros términos, si la situación se presenta así es porque el falo imaginario desempeña un papel significante de primer orden. EL significante no lo va inventando cada sujeto de acuerdo con su sexo o sus disposiciones, o de acuerdo con lo fantasioso que haya salido. EL significante existe. Es indudable que el papel del falo como significante es subyacente, porque hizo falta el psicoanálisis para descubrirlo, pero no por ello es menos esencial.

Dejemos por un momento el terreno del psicoanálisis, para plantearnos de nuevo la pregunta que le hice al señor Levi-Strauss, el autor de las Estructuras elementales del parentesco. ¿Que le dije? Usted nos compone la dialéctica del intercambio de las mujeres entre los linajes. Por una especie de postulado, una elección, plantea usted que se intercambian mujeres entre generaciones. He tomado una mujer de otro linaje, debo a la siguiente generación o a otro linaje otra mujer. Si esto se lleva a cabo mediante enlaces preferentes entre primos cruzados, todo circulara de forma muy regular en un círculo que no tendrá ninguna razón, ni para estrecharse más, ni para romperse, pero si se hace entre primos paralelos, pueden producirse cosas bastante molestas, ya que el intercambio tiende al cabo de cierto tiempo a una convergencia y produce fracturas y fragmentos. Planteo entonces la pregunta—¿Y si invierte usted las cosas y se compone el círculo de intercambios diciendo que son los linajes femeninos los que producen hombres y se los intercambian? Al fin y al cabo, ya sabemos que esa falta de la que hablamos en la mujer no es una falta real. Todos sabemos que ellas pueden tener algún falo, los tienen y además los producen, hacen niños, hacen falóforos. En consecuencia, puede describirse el intercambio a través de las generaciones en el orden inverso. Es posible imaginar un matriarcado cuya ley sería— He dado un niño, quiero recibir el hombre.

La respuesta de Levi-Strauss es la siguiente. Sin duda, desde el punto de vista de la formalización, pueden describirse las cosas exactamente de la misma forma tomando un eje de referencia, un sistema de coordenadas simétrico basado en las mujeres, pero entonces habrá un montón de cosas inexplicables, y en particular la siguiente. En todos los casos, incluso en las sociedades matriarcales, el poder es androcéntrico. Esta representado por hombres y por linajes masculinos. Algunas anomalías muy extrañas en los intercambios, modificaciones, excepciones, paradojas, que aparecen en las leyes del intercambio en el plano de las estructuras elementales del parentesco, sólo pueden explicarse en relación con una referencia que está fuera del juego del parentesco y corresponde al contexto poético, es decir, el orden del poder y muy precisamente el orden del significante, donde el cetro y el falo se confunden.

Si el hecho de tener o no el falo imaginario y simbolizado adquiere la importancia económica que tiene en el Edipo, es por razones inscritas en el orden simbólico, que trascienden el desarrollo individual. Esta es la razón tanto de la importancia del complejo de castración como de la preeminencia de los famosos fantasmas de la madre fálica, la cual desde su aparición en el horizonte analítico constituye el problema que ustedes saben.

Antes de conducirles hasta la articulación de la dialéctica del falo, a su culminación y su resolución en el Edipo, quiero mostrarles que también yo puedo permanecer algún tiempo en los estratos preedípicos, a condición de guiarnos por ese hilo conductor que es el papel fundamental de la relación simbólica.

En su función imaginaria, en la pretendida exigencia de la madre fálica, ¿que papel desempeña el falo? Quiero mostrarles una vez más hasta que punto es esencial la noción de falta del objeto, sólo leyendo a los buenos autores analíticos, entre quienes incluyo a Abraham.

En un artículo admirable aparecido en 1920 sobre el complejo de castración en las mujeres, nos da, en la página 341, un ejemplo de una pequeña de dos años que se dirige al armario de los cigarros después de la comida. EL primero se lo da a papá, el segundo a mamá, que no fuma, y se mete el tercero entre las piernas. Mamá recoge toda esa panoplia y vuelve a dejarla en la caja de los cigarros. No es casualidad si la pequeña va y lo repite, porque así cada cosa está en su sitio. Lástima que el comentario no esté más articulado. Como el Sr. Abraham admite implícitamente, el tercer gesto de la niña indica que ese objeto simbólico le falta. Lo que manifiesta así es la falta. Pero de la misma forma, se lo da también en primer lugar a aquel a quien no le falta, señalando claramente en que puede ella desearlo, a saber, como demuestra la experiencia, para satisfacer a aquella a quien le falta. Si leen ustedes el artículo de Freud sobre la sexualidad femenina, verán que para la niña no se trata tan sólo de que le falte el falo a ella, sino de dárselo a su madre, o de darle un equivalente, como si fuera un niño.

Recordamos esta historia para introducirles a algo que es preciso que sepan representarse—no hay nada concebible en la fenomenología de las perversiones, quiero decir de forma directa, salvo partiendo de la idea de que se trata del falo. Es una idea mucho más simple que todo lo que les proponen habitualmente, esas tinieblas de identificaciones, de proyecciónes, un laberinto en el que uno se pierde, hecho de los pedazos más dispares. Se trata del falo y de saber cómo capta el niño, de forma más o menos consciente, que a su omnipotente madre le falta fundamentalmente algo, y la cuestión es por que vía le dará ese objeto que le falta y que a él mismo le falta siempre.

No lo olvidemos, en efecto, el falo del niño no es mucho más valeroso que el de la niña. Naturalmente, algunos buenos autores lo vieron, y el Sr. Jones se dio cuenta incluso de que la Sra. Karen Homey era más bien favorable a su oponente, en este caso Freud. Ella supo poner de relieve el carácter fundamentalmente deficiente del falo del niño, incluso la vergüenza que esto puede producirle, el profundo sentimiento de insuficiencia que puede experimentar, y no para tratar de allanar la diferencia entre el niño y la niña, sino para esclarecer al uno con la otra. Hay que tener presente la importancia de este descubrimiento que el niño hace sobre sí mismo, para comprender el valor exacto de sus tentativas de seducción ante la madre, de las que tanto se habla. Están profundamente marcadas por el conflicto narcisista. En esta ocasión se producen siempre las primeras lesiones narcisistas, que son sólo los preludios, incluso los presupuestos, de determinados efectos ulteriores de la castración. A fin de cuentas, mucho más que de la simple pulsión o agresión sexual, el hecho es que el niño quiere hacer creer que es un macho o un portador del falo, cuando sólo lo es a medias.

En otros términos, en todo el período preedípico, cuando se originan las perversiones, se desarrolla un juego, el juego de la sortija o quizá el del trilero, incluso nuestro juego de par o impar, en el cual el falo es fundamental como significante, fundamental en ese imaginario de la madre que se trata de alcanzar, porque el yo del niño se apoya en la omnipotencia de la madre. Se trata de ver dónde está y dónde no está. Nunca está verdaderamente donde está, nunca está del todo ausente de donde no está. En esto debe basarse toda la clasificación de las perversiones. Sea cual sea el valor de las aportaciones sobre la identificación con la madre y la identificación con el objeto, etc., lo esencial es la relación con el falo.

Tomemos por ejemplo el travestismo. En el travestismo, el sujeto pone en tela de juicio su falo. Suele olvidarse que en el travestismo no se trata simplemente de homosexualidad más o menos transformada, que no se trata simplemente de un fetichismo diferenciado. Es preciso que el sujeto sea portador del fetiche. Fenichel, en su artículo Psychoanalysis of Transvestism, aparecido en e IJP, n° 2, 1930, subraya muy bien el hecho de que bajo las ropas femeninas, lo que hay es una mujer. EL sujeto se identifica con una mujer, pero una mujer con falo, sólo que lo tiene a título de falo escondido. El falo siempre ha de participar de algo que lo vela. Vemos aquí la importancia esencial de lo que he llamado el velo. La existencia de las ropas materializa el objeto. Aunque el objeto real esté presente, se ha de poder creer que no está, y ha de caber la posibilidad de creer que está precisamente donde no está.

Del mismo modo, en la homosexualidad masculina, por limitarnos hoy a este caso, también se trata para el sujeto de su propio falo, pero, cosa curiosa, el suyo buscado en otro.

Todas las perversiones juegan siempre, de alguna forma, con ese objeto significante en la medida en que es, por su naturaleza y en sí mismo, un verdadero significante, es decir, algo que en ningún caso puede tomarse por su valor facial. Cuando se le pone la mano encima, cuando alguno lo encuentra y se fija a él definitivamente, como ocurre en la perversión de las perversiones, llamada fetichismo—verdaderamente la que muestra no sólo dónde está en realidad, sino también qué es—, el objeto es exactamente nada. Es un viejo vestido raído, una antigualla. Esto es lo que vemos en el travestismo—un zapato gastado. Cuando aparece, cuando se descubre realmente, es el fetiche.

La etapa crucial se sitúa justo antes del Edipo, entre la relación primera de la que partí hoy y que he fundamentado, la de la frustración primitiva, y el Edipo. En esta etapa, el niño se introduce en la dialéctica intersubjetiva del señuelo. Para satisfacer lo que no puede ser satisfecho, a saber, el deseo de la madre, que en su fundamento es insaciable, el niño, por la vía que sea, toma el camino de hacerse el mismo objeto falaz. Este deseo que no puede ser saciado, es cuestión de engañarlo. Precisamente porque el niño le muestra a la madre algo que él no es, se construye toda la progresión en la que el yo (moi) adquiere su estabilidad.

Las etapas más carácterísticas están siempre marcadas, como Freud lo mostró en su último artículo sobre el splitting, por la profunda ambigüedad entre el sujeto y el objeto. Al hacerse objeto para engañar, el niño se compromete con respecto al otro en una posición en la cual la relación intersubjetiva está enteramente constituida. No se trata simplemente de un señuelo inmediato, como ocurre en el reino animal, donde el que se engalana con los colores del pavoneo trata de erigir toda la situación dándose a ver. Por el contrario, el sujeto supone en el otro el deseo. Lo que se trata de satisfacer es un deseo en segundo grado, y como es un deseo que no puede ser satisfecho, sólo se le puede engañar.

Siempre se olvida que el exhibicionismo humano no es un exhibicionismo como los otros, como el del petirrojo. Se abre un pantalón en un momento dado y se vuelve a cerrar. Si no hay pantalón, falta una dimensión del exhibicionismo.

Nos encontramos aquí de nuevo con la posibilidad de la regresión Esa madre insaciable, insatisfecha, a cuyo alrededor se construye toda la ascensión del niño por el camino del narcisismo, es alguien real, ella esta ahí, y como todos los seres insaciables, busca qué devorar querens quem devoret. Lo mismo que el propio niño había encontrado en otro momento para aplastar su insatisfacción simbólica, vuelve a encontrárselo tal vez frente a él como unas fauces abiertas. La imagen proyectada de la situación oral, la encontramos también en el plano de la satisfacción sexual imaginaria. El agujero abierto de la cabeza de Medusa es una figura devoradora que el niño encuentra como una salida posible en su búsqueda de la satisfacción de la madre.

He aquí el gran peligro que nos revelan sus fantasmas, ser devorado. Lo encontramos en el origen y lo encontramos nuevamente en este rodeo, y proporciona la forma esencial bajo la cual se presenta la fobia.

Lo mismo encontramos en los temores de Juanito. Ahora el caso se presenta posiblemente en condiciones algo más claras. Con ayuda de lo que acabo de aportarles hoy, verán mejor las relaciones entre la fobia y la perversión. También verán mejor lo que les indiqué la última vez, como se perfila sobre este fondo la función del ideal del yo. Yo diría incluso que interpretarán el caso de Juanito mejor de lo que Freud pudo hacerlo, porque en su observación hay alguna vacilación en cuanto a cómo debe identificarse lo que el niño llama la jirafa grande y la jirafa pequeña.

Como dijo el señor Prevert, las jirafas grandes son mudas y las pequeñas son escasas.

Aunque en la observación esto es interpretado de forma errónea, sin embargo se ve bastante bien de que se trata. Si Juanito arruga la jirafa pequeña y se sienta encima—a pesar de los gritos de la jirafa grande, que es indiscutiblemente la madre—, sólo con esto, ¿no queda ya bastante claro?