Seminario 4: Clase 13, Del complejo de castración, 13 de Marzo de l957

Crítica de la afanisis. El padre imaginario y el padre real.  El  «ser amado». La angustia, del señuelo al pene que se menea. Los animales de la fobia.
seminario 4, clase 13
Hoy trataremos de hablar de la castración.

La castración está por todas partes en la obra de Freud, igual que el complejo de Edipo. Sin embargo, en uno y otro caso es distinto.

Mientras que el complejo de Edipo está presente en el pensamiento de Freud desde el principio, sólo tardíamente, en su artículo de 1924 consagrado a un tema completamente nuevo, Der Untergang des ðdipuskomplexes, trata de articular plenamente su fórmula. Incluso podemos pensar que el gran problema personal del que partió es este—¿Qué es un padre? De esto no cabe la menor duda. Su biografía, sus cartas a Fliess, confirman sus preocupaciones y la presencia del complejo de Edipo desde el origen. Y sólo muy tardíamente empezó a explicarse al respecto

En cuanto a la castración, no se encuentra nada parecido. Freud nunca llegó a articular plenamente su sentido preciso, la incidencia psíquica precisa de este temor, o esta amenaza, o esta instancia, o ese momento dramático—todas estas palabras se pueden mencionar igualmente, con un interrogante, a propósito de la castración.

Cuando la última vez empecé a abordar el problema haciendo surgir la castración de debajo de la frustración y el juego fálico imaginario con la madre, a muchos de ustedes, aunque entendieron el esquema que hice de la intervención del padre, de su personaje puramente simbólico en los sueños, se quedaron con algún interrogante en cuanto a la castración. ¿Qué es esta castración? En suma, para que el sujeto alcance la madurez genital, ha de haber sido castrado. ¿Qué significa esto?

Estas son las preguntas que me han llegado. Veremos como las contestamos.

Abordando la cuestión simplemente en el terreno de la lectura, podemos decir que la castración es el signo del drama del Edipo, además de su eje implícito.

Aunque no esté articulado así en ninguna parte, está literalmente implicado por toda la obra de Freud.

Se puede tratar de eludir esta formulación, tomándola a modo de un como si. Hacia ahí les arrastra la corriente del discurso analítico actual. Pero ¿no vale la pena fijarse un poco, como yo les incito a hacer? Que el lado abrupto de esta afirmación les parezca problemático, me parece bien—en efecto, lo es. Pero por paradójica que sea, pueden tomarla como punto de partida.

¿Que puede significar pues semejante formulación? ¿Que implica? ¿Que supone? Con todo algunos autores se han fijado en la singularidad de determinada consecuencia, y entre los más notables, Ernest Jones.

Se darán cuenta si leen su obra—el señor Jones nunca llegó a superar las dificultades propias del manejo del complejo de castración. Por este motivo aportó un término que es suyo, pero que, como todo lo que él introdujo en la comunidad analítica, siguió su curso y tuvo algunos ecos, principalmente en los autores ingleses. Se trata de la afanisis, que en griego significa desaparición.

La solución que trató de dar Jones a la forma de insistencia del drama psíquico de la castración en la historia del sujeto, es la siguiente. Según su perspectiva, el temor de la castración no puede depender del accidente, de la contingencia de las amenazas que, sin embargo, tan a menudo se reproducen en la historia de los sujetos, expresadas en el enunciado parental bien conocido—Vendrá alguien a cortarte eso. Lo que llama la atención de los distintos autores, no es sólo la vertiente paradojicamente motivada, no enraizada en una constante necesaria de la relación interindividual, de esta amenaza, sino la dificultad que supone integrar en su forma positiva el propio manejo de la castración, articulada por Freud, sin embargo, claramente como una amenaza referida al pene, al falo. Esto es lo que llevó a Jones—cuanto se ocupaba de la constitución del Super-ego, tratando de determinar su mecanismo—a destacar la noción de afanisis. Para que vean hasta que punto esta misma noción plantea de todos modos algunas dificultades graves, creo que bastará con que yo mismo se las articule.

En efecto, la afanisis es la desaparición, pero ¿de qué? Para Jones, es la desaparición del deseo. La afanisis, que sustituye a la castración, es el temor por parte del sujeto de ver extinguirse en él el deseo.

Por fuerza han de ver, me parece, la relación altamente subjetivada que en sí misma representa semejante noción. ¿Es concebible que sea esta la fuente de una angustia primordial? Tal vez, pero sin duda se trata de una angustia singularmente reflexiva. Habría que dar aquí en verdad un salto en la comprensión y suponer que el sujeto no sólo esta en posición de tomar, con respecto a sus primeras relaciones con los objetos, la distancia que le da una frustración propiamente articulada, sino también vincular con esta frustración la aprehensión de un agotamiento del deseo. Realmente, esto es suponer que se ha franqueado un inmenso gap.

De hecho, Jones trató de articular toda su génesis del Super-ego, considerado como la formación a la que conduce normalmente el complejo de Edipo, alrededor de la noción de privación, por cuanto esta suscita el temor a la afanisis. Así, enseguida tropezó con distinciones a las que nosotros conseguimos dar una forma algo más manejable. Además, refiriéndose a la privación, no puede, ni siquiera por un instante, dejar de distinguir la pura privación, que hace que el sujeto no esté satisfecho en alguna de sus necesidades, y la privación que él llama deliberada, cuando el sujeto tiene enfrente a otro sujeto que le rehusa la satisfacción buscada. Como no resulta fácil, partiendo de datos tan poco definidos, articular el paso de la una a la otra, sobre todo cuando se conservan en estado de sinónimos, Jones acaba naturalmente indicando que, con la mayor frecuencia, la privación es tomada por una frustración, es equivalente para el sujeto a la frustración, lo cual facilita, por supuesto, la articulación del proceso. Pero si bien las cosas resultan así más fáciles para el que eso dice, no ha de ser igual para un oyente algo exigente.

De hecho en mi tabla no doy en absoluto el mismo sentido que Jones al término de privación. La privación de la que se trata en este caso es un término para situar con respecto a la noción de castración. En cuanto al término de frustración, trato de devolverle la complejidad de una relación verdadera, y lo hice de forma muy articulada en la sesión anterior a la interrupción de Febrero. Sin duda recordarán lo suficiente para ver que no utilizo el término en la forma sumaria de su uso habitual.

No es posible articular nada sobre la incidencia de la castración sin aislar la noción de privación como lo que he llamado un agujero real. En vez de marear la perdiz tratemos por el contrario de aislarla como es debido. La privación, es la privación de la perdiz. Se trata especialmente del hecho de que la mujer no tiene pene, esta privada de él. Este hecho, la asunción de este hecho, tiene una incidencia constante en la evolución de todos los casos que Freud nos expone, y en el niño varón, es el ejemplo que más salta a la vista, por así decirlo, en todo momento en los casos de Freud. La castración, que tratamos de definir, toma como base la aprehensión en lo real de la ausencia de pene en la mujer. En la mayor parte de los casos este es el punto crucial, es, en la experiencia del sujeto macho, la base en la que se apoya, con singular eficacia y de forma angustiante, la noción de la privación. Hay en efecto una parte de los seres en la humanidad que están, dicen los textos, castrados. Desde luego, este término es del todo ambigüo. Están castrados en la subjetividad del sujeto. En lo real, en la realidad, en lo que se invoca como experiencia real, están privados.

En la enseñanza de los textos de Freud, la experiencia de la castración gira alrededor de la referencia a lo real. Tratemos de articular correctamente nuestros pensamientos al respecto para captar, nosotros mismos, de que se trata, sin de momento ocuparnos de la experiencia del enfermo.

La propia noción de privación, tan sensible y visible en una experiencia como esta, implica la simbolización del objeto en lo real. Ya que en lo real, nada está privado de nada. Todo lo que es real se basta a sí mismo. Por definición, lo real es pleno. Si introducimos en lo real la noción de privación, es porque ya lo hemos simbolizado suficientemente, incluso plenamente. Indicar que algo no está, es suponer posible su presencia, o sea introducir en lo real, para recubrirlo y para excavarlo, el simple orden simbólico.

El objeto en cuestión en este caso es el pene. En el momento y al nivel en el que hablamos de privación, es un objeto que se nos presenta en el estado simbólico. En cuanto a la castración, en la medida en que resulta eficaz, en la medida en que se experimenta y está presente en la génesis de una neurosis, se refiere, como lo indica el orden necesario de la tabla, a un objeto imaginario. Ninguna castración de las que están en juego en la incidencia de una neurosis es jamás una castración real. Sólo entra en juego operando en el sujeto bajo la forma de una acción referida al objeto imaginario.

Para nosotros, el problema consiste precisamente en concebir por que, por efecto de que necesidad, se introduce la castración en el desarrollo típico del sujeto, en el que se trata de su entrada en ese orden complejo que constituye la relación del hombre con la mujer. En efecto, la realización genital se halla en la especie humana sometida a cierto número de condiciones.

Empezaremos pues de nuevo, como la otra vez, por la relación originaria del sujeto con la madre, en la etapa calificada de preedípica. Esta etapa, esperamos haberla articulado mejor, de forma más diferenciada que lo habitual. Incluso cuando los mismos términos aparecen en el discurso de los autores, no los manejan tan bien, no están igualmente razonados. Empezaremos por aquí de nuevo para tratar de captar, en cierto modo, en su mismo origen, la necesidad del fenómeno de castración, que se apodera de aquel objeto imaginario como de su instrumento, simboliza una deuda o un castigo simbólico y se inscribe en la cadena simbólica.

Para servirnos de guía, a fin de poder referirnos a términos anteriores, quiero que por un momento acepten como comprobada la hipótesis en la que se basará nuestra articulación, hipótesis que planteamos el otro día—detrás de la madre simbólica está el padre simbólico.

Por su parte, el padre simbólico es una necesidad de la construcción simbólica, que sólo podemos situar en un más allá, casi diría como trascendente, en todo caso como un término que, como les dije de paso, sólo se alcanza mediante una construcción mítica. A menudo he insistido en el hecho de que el padre simbólico, a fin de cuentas, no está representado en ninguna parte. El resultado de nuestro recorrido deberá confirmar si esto es válido, si es efectivamente útil, si nos ha de permitir encontrar en la realidad compleja ese elemento del drama de la castración.

Tenemos ahora en nuestra tabla el padre real y el padre imaginario. Si el padre simbólico es el significante del que nunca se puede hablar sin tener presente al mismo tiempo su necesidad y su carácter, que debemos aceptar por lo tanto como un hecho irreductible del mundo del significante, el padre imaginario y el padre real son dos términos que nos plantean muchas menos dificultades.

En cuanto al padre imaginario, es con él con quien siempre nos encontramos. A él se refiere muy a menudo toda la dialéctica, la de la agresividad, la de la identificación, la de la idealización por la que el sujeto accede a la identificación con el padre. Todo esto se produce al nivel del padre imaginario. Si lo llamamos imaginario, es también porque está integrado en la relación imaginaria que constituye el soporte psicológico de las relaciones con el semejante, que son, hablando con propiedad, relaciones de especies, se encuentran en el fondo de toda captura libidinal y de toda erección agresiva. El padre imaginario también participa de este registro y presenta carácterísticas típicas. Es el padre terrorífico que reconocemos en el fondo de tantas experiencias neuróticas, y no tiene en absoluto, obligatoriamente, relación alguna con el padre real del niño. Vemos intervenir frecuentemente en los fantasmas del niño a una figura del padre, y también de la madre, que, con todos sus aspavientos, sólo tiene una relación extremadamente lejana con lo que ha estado efectivamente presente en el padre real del niño, únicamente está vinculada con la función desempeñada por el padre imaginario en un momento del desarrollo.

El padre real es algo muy distinto, que el niño muy difícilmente ha captado, debido a la interposición de los fantasmas y la necesidad de la relación simbólica. Lo mismo nos ocurre a todos nosotros. Si hay algo en la base de la experiencia analítica en su conjunto, es que tenemos enormes dificultades para captar lo más real de todo lo que nos rodea, es decir, los seres humanos tales como son. Toda la dificultad, tanto del desarrollo psíquico como, simplemente, de la vida cotidiana, consiste en saber con quien estamos tratando realmente. Lo mismo ocurre con ese personaje del padre que, en condiciónes normales, puede considerarse como un elemento constante de eso que hoy día suele llamarse el entorno del niño. Les ruego por lo tanto que de momento acepten algo que tal vez les parezca paradójico a primera vista en esta tabla, a saber, que contrariamente a la función normativa o típica que se le pretende otorgar en el drama del Edipo, es al padre real a quien le conferimos la función destacada en el complejo de castración.

Estas consideraciones no hacen más explicable la castración y lo que puede parecer por lo tanto su contingencia. ¿por qué esta castración? ¿Por qué esta extraña forma de intervención en la economía del sujeto que se llama la castración? En sí mismo es algo chocante.

Tenemos a mano un recurso que debemos rechazar. No fue por azar, ni por algún capricho en los primeros planteamientos del tema, si el médico se fijó de entrada en esas escenas de la seducción primitiva que, como luego se reconoció, eran más fantasmáticas de lo que se había creído en un principio. Como ustedes saben, esto es una etapa en el pensamiento de Freud, antes incluso de que analizara y que planteara alguna doctrina sobre el tema. Pero en lo que a la castración se refiere, no se trata de ningún modo de fantasmatizarlo todo, como se hizo con las escenas de seducción primitiva. Si la castración merece efectivamente ser distinguida con un nombre en la historia del sujeto, siempre está vinculada con la incidencia, con la intervención, del padre real. También puede estar profundamente marcada, y profundamente desequilibrada, por la ausencia del padre real. Esta atipia, cuando se da, exige la sustitución del padre real por alguna otra cosa, lo que es profundamente neurotizante.

Partiremos de la suposición del carácter fundamental del vínculo entre el padre real y la castración, para tratar de orientarnos en los complejos dramas que Freud elabora para nosotros. Muy a menudo tenemos la sensación de que se deja guiar de antemano por una orientación, a veces tan firme—como en el caso de Juanito—, que al seguirlo tenemos la impresión también nosotros de tener en todo momento una gula, pero sin llegar a captar las razones que nos permiten elegir el buen camino en cada encrucijada.

Les ruego por lo tanto que admitan provisionalmente esta posición, sobre cuya base empezaremos a tratar de entender la significación y la necesidad del complejo de castración, tomando ahora el caso de Juanito.

2)
Juanito, a partir de los cuatro años y medio, hace lo que se llama una fobia, es decir, una neurosis.

Su padre, que resulta ser uno de los discípulos de Freud, se ocupará de esta fobia. Es un buen tipo, lo mejor que pueda haber como padre real, y en verdad le inspira a Juanito los mejores sentimientos—él quiere mucho a su padre y está muy lejos de temer de él un tratamiento tan abusivo como el de la castración.

Por otra parte, no puede decirse que Juanito esté frustrado de algo.

Tal como se ve al principio de la observación, Juanito, hijo único, es la mar de feliz. No ha tenido que esperar a que aparaciera la fobia para contar con las atenciones de su padre, y también es objeto de los más tiernos cuidados por parte de su madre, tan tiernos incluso que todo se lo permiten. Se requiere sin duda la sublime serenidad de Freud para aprobar la acción de la madre, cuando hoy día se le fulminarían todos los anatemas, por admitir a Juanito cada mañana en el lecho conyugal, como tercero, y esto contra las expresas reservas del padre y esposo. Este, no sólo muestra una tolerancia muy peculiar, sino que podemos juzgar que está fuera de juego en la situación, pues diga lo que diga él, las cosas siguen su curso decididamente, mientras la madre en cuestión no tiene en cuenta lo más mínimo las observaciones respetuosamente sugeridas por el personaje del padre.

No está frustrado de nada, este Juanito, en verdad, no está privado de nada. De todos modos vemos, al principio de la observación, que su madre ha llegado a prohibirle la masturbación y ha pronunciado las palabras fatales—Si te masturbas, haremos venir al Doctor A. y te la cortará. Pero en este caso no tenemos la impresión de que se base de algo decisivo. Por supuesto, el niño continúa, lo que no constituye un elemento de apreciación. Los padres están suficientemente informados, sin que ello les impida comportarse exactamente como si no supieran nada. Si bien esta intervención debe ponerse a cuenta de lo escrupulosamente que se consigna la observación, Freud no piensa ni por un instante en relaciónar este momento con nada decisivo con respecto a la aparición de la fobia. El niño escucha la amenaza, yo diría casi, de la forma conveniente. Como verán, a posteriori acaba resultando que a un niño no se le puede decir nada más, y esto precisamente le servirá como material para construir lo que necesita, es decir, el complejo de castración. Pero la cuestión es precisamente saber por que lo necesita. En eso estamos, en esta pregunta, y no muy próximos a darle respuesta enseguida.

Por ahora, no se trata de la castración, sino de la fobia, y del hecho de que no podemos relaciónarla de forma simple y directa con la prohibición de la masturbación. Como muy bien dice Freud, la masturbación en sí misma no acarrea en ese momento ninguna angustia, el niño sigue masturbándose. Por supuesto, luego lo integrará en el conflicto, como suele decirse, que se manifestará en el momento de su fobia, pero no parece en absoluto que se trate de una incidencia traumatizante capaz de explicar su surgimiento. Las condiciones que rodean a este niño son óptimas, y la aparición de la fobia constituye un problema que hay que saber introducir como tal, con toda su dignidad. Sólo así podremos atar todos los cabos que resultarán esclarecedores y favorecerán nuestra tentativa teórica.

Para empezar, les recordaré la situación fundamental que prevalece en lo referente al falo en la relación preedípica del niño con la madre.

La madre es aquí objeto de amor, objeto deseado en cuanto a su presencia. La reacción, la sensibilidad del niño ante la presencia de la madre, se manifiesta muy precozmente en su comportamiento. Esta presencia se articula muy rápidamente en el par presencia-ausencia que es nuestro punto de partida. Se trata de una relación tan simple como puedan suponer, y si se han planteado dificultades a propósito del primer mundo objetal del niño, es por una insuficiente distinción del propio término de objeto. Para el niño hay un objeto primordial que de ningún modo podemos considerar como constituido idealmente, es decir, en nuestra idea. Que el mundo del niño esté hecho solamente de un puro estado de suspensión, de límites indeterminados, con el órgano que le satisface, no soy yo el primero en contradecirlo. Ahí está la obra de Alice Balint, por ejemplo, para articular, de forma sin duda distinta y en mi opinión menos sostenible, lo que yo les estoy diciendo, a saber que la madre existe, sin que ello suponga aún la existencia de un yo y un no yo.

La madre existe como objeto simbólico y como objeto de amor. La experiencia lo confirma, y eso es lo que formulo con la posición que le atribuyo a la madre en la tabla. La madre es de entrada madre simbólica y sólo tras la crisis de la frustración empieza a realizarse, debido a cierto número de choques y particularidades surgidas en las relaciones entre la madre y el niño. La madre objeto de amor puede ser en cualquier momento la madre real en la medida en que frustra ese amor.

La relación del niño con la madre, que es una relación de amor, abre la puerta a lo que se llama habitualmente, a falta de saber articularlo, la relación indiferenciada primordial. De hecho, ¿que ocurre fundamentalmente en la primera etapa concreta de la relación de amor, fondo sobre el cual tiene o no lugar la satisfacción del niño, con la significación que comporta? Se trata de que el niño se incluya a sí mismo en la relación como objeto de amor de la madre. Se trata de que se entere de esto, de que aporta placer a la madre. Esta es una de las experiencias fundamentales del niño, saber si su presencia gobierna, por poco que sea, la de la presencia que necesita, si el mismo aporta la luz que hace que dicha presencia este ahí para envolverle, si él le aporta una satisfacción de amor. En suma, ser amado, geliebt werden, es fundamental para el niño.

Sobre este fondo se ejerce todo lo que se desarrolla entre la madre y él.

Como ya se lo he indicado, la pregunta que los hechos nos plantean es como capta el niño lo que él es para la madre. Nuestra hipótesis básica, ya lo saben, es que no está solo. En la experiencia del niño, se articula poco a poco algo que le indica que en presencia de la madre, aún si esta por él, no está solo. Alrededor de este punto se articulará toda la dialéctica del progreso de la relación madre-niño.

Una de las experiencias más comunes es qué, para empezar, no está sólo porque hay otros niños. Pero nuestra hipótesis básica es que hay otro término en juego que es radical, constante e independiente de las contingencias de la historia, es decir, de la presencia o de la ausencia del otro niño. Es el hecho de que, en grados distintos en cada sujeto, la madre conserva el Penisneid. El niño lo colma o no lo colma, pero la cuestión se plantea. El descubrimiento de la madre fálica en el niño, el del Penisneid en la madre, son estrictamente correlativos del problema que estamos abordando.

No al mismo nivel. Si elegí partir de determinado punto para llegar a determinado punto, partir de la etapa preedípica para llegar al Edipo y al complejo de castración, es porque debemos considerar el Penisneid como uno de los datos fundamentales de la experiencia analítica y como un término de referencia constante en la relación de la madre con el niño. La experiencia demuestra que no hay forma de articular de otro modo las perversiones, pues contrariamente a lo que suele decirse, no se pueden explicar íntegramente por la etapa preedípica, aunque de todos modos requieren esa experiencia. En la relación con la madre el niño siente el falo como centro de su deseo, el de ella. Y el mismo se sitúa entonces en distintas posiciones por las cuales se ve llevado a mantener este deseo de la madre, es decir, exactamente camelándola.

A esto apuntaba la articulación de aquella lección a la que me refería hace un momento. El niño se presenta a la madre como si él mismo le ofreciera el falo, en posiciones y grados diversos. Puede identificarse con la madre, identificarse con el falo, identificarse con la madre como portadora del falo, o presentarse como portador de falo. Hay aquí un alto grado, no de abstracción, sino de generalización de la relación imaginaria que llamo tramposa, mediante la cual el niño le asegura a la madre que puede colmarla, no sólo como niño, sino también en cuanto al deseo y, por decirlo todo, en cuanto a lo que le falta. Esta situación es con toda seguridad estructurante, pues sólo en torno a ella puede articularse la relación del fetichista con su objeto, y se escalona toda la gama intermedia capaz de relaciónarla con aquella otra, tan compleja y elaborada, a la que sólo el análisis ha podido dar todo su relieve hablando de travestismo, dejando aquí aparte a la homosexualidad, relaciónada con la necesidad del objeto, del pene real, en el otro.

¿En qué momento algo pone término a la relación que así se sostiene? ¿Qué se lo pone en el caso de Juanito?

Al comienzo de la observación, por una feliz casualidad, por el feliz milagro que se produce cada vez que hacemos un descubrimiento, vemos al niño totalmente comprometido en una relación en la que el falo juega un papel evidente.

Las notas del padre, sobre lo que ha observado en el desarrollo del niño hasta la hora H del inicio de la fobia, dan fe de ello. Nos informan de que Juanito está fantaseando el falo constantemente, preguntándole a su madre sobre la presencia del falo en ella, luego en el padre, luego en los animales. Sólo se habla del falo, no se habla de otra cosa. Si nos atenemos a las frases registradas, el falo es verdaderamente el eje, el objeto central de la organización de su mundo. Nos encontramos frente al texto de Freud y tratamos de darle su sentido.

¿Que es lo que cambia, si no ocurre nada crítico en la vida de Juanito? Lo que cambia, es que su pene, el suyo, empieza a convertirse en algo muy real. Su pene empieza a moverse y el niño empieza a masturbarse. El elemento importante no es tanto que la madre intervenga en este momento, sino que el pene se ha convertido en real. Este es el dato bruto de la observación. Entonces, podemos preguntarnos si no hay una relación entre este hecho y lo que surge en ese momento, es decir la angustia.

En este seminario todavía no he abordado el problema de la angustia, porque hay que ir tomando las cosas por orden. ¿Como concebir la angustia? Pregunta que, como ustedes saben, es permanente a lo largo de toda la obra de Freud. No voy a resumirles en una frase todo el camino recorrido por Freud, pero sí les indicaré que, como mecanismo, la angustia siempre esta ahí presente en las distintas etapas de su observación, y la doctrina viene luego.

¿Cómo debemos concebir la angustia en esta ocasión? Lo más cerca posible del fenómeno. Les ruego que por un instante hagan uso del recurso consistente en demostrar alguna imaginación, y verán que la angustia, en esa relación tan extraordinariamente evanescente en la que se nos manifiesta, surge en cada ocasión cuando el sujeto se encuentra, aunque sea de forma insensible, despegado de su existencia, cuando se ve a sí mismo a punto de quedar capturado de nuevo en algo que, según los casos, llamaremos la imagen del otro, tentación, etc. En resumen, la angustia es correlativa del momento de suspensión del sujeto, en un tiempo en el que ya no sabe donde está, hacia un tiempo en el que va a ser algo en lo que ya nunca podra reconocerse. Es esto, la angustia.

¿No ven como se introduce aquí, cuando aparece en Juanito, bajo la forma de una pulsión en el sentido más elemental del término, algo que se menea, el pene real, y el niño empieza a ver como una trampa lo que durante tanto tiempo para él había sido el paraíso, la felicidad? —o sea, aquel juego en el que se es lo que no se es, se es para la madre todo lo que la madre quiere.

Como no puedo hablar de todo a la vez, me conformo con indicarles que todo esto depende, a fin de cuentas, de lo que el niño es realmente para la madre. Enseguida introduciremos alguna distinción y trataremos de aproximarnos más a lo que era Juanito para su madre. De momento seguiremos en este punto crucial que nos da el esquema general de la cuestión.

Hasta aquí, el niño se encuentra en el paraíso del señuelo. ¿Resulta satisfactorio para él? No hay ninguna razón para que no pueda seguir con este juego por mucho tiempo de forma satisfactoria. El niño trata de deslizarse, de integrarse en lo que es para el amor de la madre—y, con algo de fortuna, incluso muy poca, lo consigue, ya que basta con un índice, por débil que sea, para sancionar esta relación tan delicada. Pero en cuanto interviene su pulsión, su pene real, se evidencia ese despegue del que hablaba hace un momento. El niño cae en su propia trampa, engañado por su propio juego, víctima de todas las discordancias, confrontado con la inmensa hiancia que hay entre cumplir con una imagen y tener algo real que ofrecer—ofrecerlo cash, por así decirlo. Lo que nunca deja de producirse, no es simplemente que el niño fracasa en sus tentativas de seducción por tal o cual razón, o que, por ejemplo, sea rechazado por su madre. Lo que entonces juega el papel decisivo, es que eso que él puede ofrecer se le antoja—la experiencia analítica nos proporciona mil experiencias así—como algo miserable. El niño se encuentra entonces frente a esa brecha, queda prisionero, se convierte en el blanco, en elemento pasivizado de un juego que le deja a merced de las significaciónes del Otro. He aquí un dilema.

El último año se lo indiqué—precisamente en este punto es donde entronca el origen de la paranoia. En cuanto el juego se convierte en serio, sin dejar de ser un juego tramposo, el niño queda completamente pendiente de las indicaciones de su partner. Todas las manifestaciónes del partner se convierten para él en sanciones de su suficiencia o de su insuficiencia. En la medida en que la situación prosigue, es decir que no interviene, por la Verwerfung que lo deja al margen, el término del padre simbólico, cuya necesidad comprobaremos en lo concreto, el niño se encuentra en una particularísima situación, a merced de la mirada del Otro, de su ojo. Pero dejemos estar al futuro paranoico. Para el que no lo es, la situación literalmente no tiene salida, salvo la salida llamada el complejo de castración. Para eso estoy yo aquí, para mostrárselo.

El complejo de castración traslada al plano puramente imaginario todo lo que está en juego en relación con el falo. Precisamente por este motivo conviene que el pene real quede al margen. La intervención del padre introduce aquí el orden simbólico con sus defensas, el reino de la ley, o sea que el asunto ya no está en manos del niño y, al mismo tiempo, se resuelve en otra parte. Con el padre no hay forma de ganar, salvo que se acepte tal cual es el reparto de papeles. El orden simbólico interviene precisamente en el plano imaginario. La castración afecta al falo imaginario pero de algún modo fuera de la pareja real, y eso tiene su razón de ser. Se restablece así el orden en el interior del cual el niño podrá esperar la evolución de los acontecimientos.

Tal vez esto les parezca una solución algo simple. No es la solución, sino una somera indicación, un puente que estamos tendiendo. Si fuera tan fácil, si bastara con tender un puente, ya no habría necesidad de hacerlo. Lo interesante es el punto donde nos encontramos, o sea el punto adonde ha llegado Juanito, y en ese momento, en su caso, no se produce nada parecido.

¿A qué se enfrenta Juanito? Está metido en el punto de encuentro entre la pulsión real y el juego imaginario del señuelo, y esto en relación con su madre. ¿Qué se produce entonces, dado que hay una neurosis? No les sorprenderá saber que se produce una regresión.

Preferiría que les sorprendiera, porque le doy a este término estrictamente el alcance que le di en la última sesión antes de la interrupción, cuando estuvimos hablando de la frustración. Les decía entonces que ante la falta de la madre, el niño se hundía en la satisfacción de la crianza. De la misma manera, en este caso en el cual el niño es el centro, la regresión se produce cuando ya no alcanza a dar lo que hay que dar, y su insuficiencia le produce el más profundo desasosiego. Se produce el mismo cortocircuito con el que se satisface la frustración primitiva, que lleva al niño a apoderarse del seno para dar por cerrados todos los problemas, es decir, la hiancia abierta frente él, la de ser devorado por la madre.

Este es el primer aspecto que adquiere la fobia, como se ve en el caso de este hombrecito. Todo caballo objeto de la fobia es sin duda también un caballo que muerde. El tema de la devoración siempre puede encontrarse por algún lado en la estructura de la fobia.

¿Es esto todo? No, por supuesto, porque eso que muerde, eso que devora, no es cualquier cosa. No podemos resolverlo todo de una vez. Como siempre que nos enfrentamos a cierto número de relaciones fundamentales, conviene dejar algunas de lado para poder articular algo claramente. Si hay algo cierto, es que los objetos de la fobia, que son en particular animales, se distinguen de entrada para el observador más superficial por este rasgo, el de ser objetos pertenecientes en su esencia al orden simbólico. El león, por ejemplo, sobre todo cuando el niño no vive en ningún lugar donde este animal represente, no ya peligro, sino alguna presencia, el lobo, la jirafa, son ante todo objetos extraños. El caballo se sitúa aquí en un límite extremadamente preciso, que demuestra como estos objetos se toman prestados de una categoría de significantes homogéneos, de la misma naturaleza, que los que hallamos en la heráldica. No es otro el motivo de la analogía entre el padre y el tótem, en la construcción de Tótem y tabú. En efecto, estos objetos tienen una función muy especial, que es la de suplir al significante del padre simbólico.

Este significante, no vemos cual es su último término, y podemos preguntarnos por que adquiere tal o cual forma. Desde luego, en todo esto que encontramos ha de haber algún hecho, alguna experiencia positiva, algo irreductible. Yo no les aporto una deducción, sino el aparato necesario para sostener lo que hallamos en la experiencia. Tampoco estamos aquí para resolver el problema de saber porqué la fobia adquiere la forma de determinado animal. No es ésta la cuestión.

4)
Por favor, el próximo día traigan el texto de la observación de Juanito. Verán que se trata de una fobia, sin duda, pero, por así decirlo, una fobia en marcha. Los padres van detrás de ella desde el primer momento, y el padre sigue ahí hasta el final

Quiero que lean este texto. Les producirá todas las impresiones caprichosas que puede hacer brotar esta lectura, tendrán incluso la sensación, en bastantes ocasiones, de estar completamente perdidos. De cualquier forma, quiero que aquellos de ustedes que tengan a bien someterse a esta prueba me digan la próxima vez si, en lo que han leído, no les ha sorprendido cierto contraste.

En la etapa inicial, vemos a Juanito dar rienda suelta a toda clase de imaginaciones, extraordinariamente noveladas, sobre sus relaciones con los niños que adopta como propios. Es un tema de lo imaginario en el que se muestra muy a sus anchas. Es que así prolonga el juego tramposo con la madre. Y si está a sus anchas, es porque el mismo se inscribe en este juego en una posición que mezcla la identificación con la madre, pues se trata de adoptar niños, con todas las formas de relación amorosa, cómodamente desarrolladas en el plano de la ficción. En efecto, Juanito mantiene toda una gama de relaciones que van desde esa niña a la que se arrima y corteja bastante asiduamente, hija de los propietarios del lugar donde la familia pasa las vacaciones, hasta otra niña a quien ama a distancia.

Este episodio contrasta con lo que ocurre tras las intervenciónes del padre. Presionado por el interrogatorio analítico de su padre, más o menos dirigido, Juanito se entrega a una especie de novela fantástica en la que reconstruye la presencia de su hermanita, años antes de que naciera, en una caja, en el coche, encima de los caballos. En suma, pone de manifiesto la gran coherencia entre lo que llamaré la orgía imaginaria durante el análisis y la intervención del padre real.

Si la fobia termina en una cura satisfactoria como pocas—veremos que quiere decir cura satisfactoria a propósito de su fobia—, es porque intervino el padre real, que tan poco había intervenido hasta entonces, y por otra parte pudo intervenir únicamente porque detrás estaba el padre simbólico, que es Freud. Pero cuando interviene, todo lo que tendía a cristalizarse en el plano de una especie de real prematuro se relanza en un imaginario radical, tan radical que ya no sabe uno muy bien dónde está. A menudo llegamos a preguntarnos si Juanito no se estará burlando de todo el mundo. Indiscutiblemente, hace alarde de un humor refinado, porque se trata de un imaginario que interviene para reorganizar el mundo simbólico.

Una cosa es indudable, y es que la curación llega cuando se expresa con mayor claridad, en forma de una historia articulada, la castración propiamente dicha. O sea que el instalador, así llamado, viene, se la desenrosca y le pone otra. Aquí es exactamente donde se detiene la observación. Podemos concluir que la solución de la fobia está vinculada con la constelación de esta tríada—orgía imaginaria, intervención del padre real, castración simbólica.

El padre real, volveremos a hablar de ello la próxima vez, por muy sostenido y respaldado que esté por el padre simbólico, participa en todo esto como un pobre hombre. Freud se ve obligado a decir en todo momento—Es mejor que nada, bien había que dejarle hablar. Pero sobre todo —lo encontrarán al final de una página—no comprendan demasiado deprisa. Con todas esas preguntas con las que manifiestamente le mete prisa a su hijo, el padre va desencaminado. No importa, el resultado de su intervención está puntuado por estos dos momentos—la orgía imaginaria de Juanito y el advenimiento de la castración plenamente articulada, en forma de sustitución de lo que es real por algo más bonito y más grande. El alumbramiento de la castración pone término a la fobia y además muestra, yo no diría su finalidad, sino que es lo que suple

Como ustedes pueden apreciar, este no es más que un punto intermedio en mi discurso, y sólo he querido darles lo suficiente para que vean donde se abre su abanico de interrogantes. La próxima vez volveremos a hablar de la dialéctica de la relación del niño con la madre, y nos dedicaremos a determinar el valor, la verdadera significación, del complejo de castración.