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Estudio del psicoanálisis y psicología

Señorita Elizabeth von R (contin.3)



Señorita Elizabeth von R

En el curso de este difícil trabajo empecé a atribuir una significación más profunda a las resistencias que la enferma mostraba a reproducir sus recuerdos, y a compilar con cuidado las ocasiones a raíz de las cuales aquella se denunciaba de un modo particularmente llamativo. Paso ahora a exponer el tercer período de nuestro tratamiento. La enferma se sentía mejor, estaba psíquicamente aliviada y se había vuelto productiva, pero era evidente que los dolores no habían sido eliminados; volvían de tiempo. en tiempo y, por cierto, con su antigua violencia. Lo incompleto del éxito terapéutico se correspondía con lo incompleto del análisis: aún yo no sabía con exactitud en qué momento y a través de qué mecanismo habían nacido los dolores. En el segundo período, mientras ella reproducía las más diversas escenas y yo observaba sus resistencias a referirlas, se había formado en mí cierta sospecha; pero aún no osaba convertirla en base de mi obrar. Una percepción casual inclinó la balanza. Cierta vez que trabajábamos con la enferma, escuché pasos de hombre en la habitación contigua, una voz de agradable timbre que parecía preguntar algo, y hete aquí que mi paciente se levanta con el ruego de suspender por hoy; es que ha escuchado -dice- que su cuñado llegó y pregunta por ella. Hasta ese momento había estado libre de dolores, y tras esta perturbación su gesto y su andar denunciaban la repentina emergencia de fuertes dolores. Vi confirmada mi sospecha y me resolví a producir el esclarecimiento decisivo. Formulé entonces la pregunta por las circunstancias y causas de la primera emergencia de los dolores. Como respuesta, sus pensamientos se orientaron hacia la residencia veraniega en aquel lugar de restablecimiento, antes del viaje a Gastein, y de nuevo se mostraron algunas escenas que ya habían sido tratadas antes de manera menos exhaustiva. Su estado de ánimo en aquel tiempo, su agotamiento tras la preocupación por la vista de la madre y tras el cuidado de la enferma en la época en que la operaron de los ojos, su desesperanza última, como muchacha sola, de gozar algo de la vida o de producir algo en ella. Hasta entonces se le antojaba que era lo bastante fuerte para prescindir del apoyo de un hombre; ahora se apoderaba de ella un sentimiento de su debilidad como mujer, una añoranza de amor en la que, según sus propias palabras, la solidez de su ser empezaba a derretirse. En ese talante, el matrimonio dichoso de la más joven de sus hermanas le causó la más profunda impresión: cuán conmovedoramente cuidaba él de ella, cómo se entendían con sólo mirarse, cuán seguros parecían uno del otro. Era por cierto lamentable que el segundo embarazo siguiera tan rápido al primero, y la hermana sabía que este era el motivo de su enfermedad, pero ¡cuán animosamente la sobrellevó por ser él la causa! En aquella caminata enlazada de manera tan íntima con los dolores de Elisabeth, el cuñado al principio no quería participar, pues prefería permanecer junto a su mujer enferma. Pero esta, con una mirada, lo movió a ir, pues pensaba que ello alegraría a Elisabeth. Todo el tiempo permaneció Elisabeth en su compañía, hablaron sobre las cosas más variadas e íntimas, y ella estuvo de acuerdo con todo lo que él decía, y se le hizo hiperpotente el deseo de poseer un hombre que se le pareciese. Pocos días después siguió la escena en que, tras la partida, ella visitó por la mañana el punto panorámico que había sido paseo predilecto de los ausentes. Se sentó allí sobre una piedra y soñó de nuevo con una dicha de amor como la deparada a su hermana, y con un hombre que supiera cautivar su corazón como ese cuñado. Se puso de pie {aufstehen} con dolores, que empero otra vez desaparecieron; sólo a la siesta, tras el baño caliente {warm} que tomó en ese lugar, se abatieron sobre, ella los dolores que de ahí en adelante no la habían abandonado. Intenté explorar qué clase de pensamientos la ocuparon entonces en el baño; pero sólo se averiguó que la casa de baños le recordaba a sus hermanos que habían viajado, porque habían parado en la misma casa. A mí por fuerza se me había aclarado hacía rato de qué se trataba; pero la enferma, abismada en dulces y dolidos recuerdos, parecía no reparar a qué puerto se acercaba, y prosiguió reflejando sus reminiscencias. Vino el tiempo pasado en Gastein, la aprensión con que abría cada carta, por último la noticia de que la hermana empeoraba, la prolongada espera hasta la tarde para poder abandonar Gastein, el viaje en martirizadora incertidumbre, en una noche insomne -Momentos todos estos acompañados de un fuerte aumento en los dolores-. Pregunté si durante el viaje se había representado la triste posibilidad que luego resultó realizada. Respondió que había esquivado cuidadosamente ese pensamiento, pero opinó que su madre desde el comienzo mismo imaginaba lo peor. -A ello siguió un recuerdo de la llegada a Viena, las impresiones que recibieron de los parientes que las esperaban, el corto viaje desde Viena hasta la villa cercana donde vivía la hermana, la llegada allí al atardecer, el camino, recorrido con premura, a través del jardín hasta el pequeño pabellón que daba a aquel, el silencio en la casa, la oscuridad oprimente; cuenta que el cuñado no salió a recibirlas; luego, estaban de pie ante el lecho, vieron a la muerta, y en el momento de la cruel certidumbre de que la hermana querida había muerto sin despedirse de ellas, sin que el cuidado de ellas fuera el bálsamo de sus últimos días... en ese mismo momento un pensamiento otro pasó como un estremecimiento por el cerebro de Elisabeth, pensamiento que ahora se había instalado de nuevo irrechazablemente; pasó como un rayo refulgente en medio de la oscuridad: «Ahora él está de nuevo libre, y yo puedo convertirme en su esposa». Así todo quedaba en claro. El empeño del analista era recompensado abundantemente: la idea de la «defensa» frente a una representación inconciliable; de la génesis de síntomas histéricos por conversión de una excitación psíquica a lo corporal; de la formación de un grupo psíquico separado por el acto de voluntad que lleva a la defensa: todo eso me fue puesto en aquel momento ante los ojos de un modo visible. Así y no de otra forma había sucedido todo aquí. Esta muchacha había regalado a su cuñado una inclinación tierna, contra cuya admisión se revolvía dentro de su conciencia todo su ser moral. Había conseguido ahorrarse la dolorosa certidumbre de que amaba al marido de su hermana creándose a cambio unos dolores corporales, y en los momentos en que esa certidumbre pretendía imponérsele (durante el paseo con él, en aquella ensoñación matinal, en el baño, ante el lecho de la hermana) habían sido generados aquellos dolores por una lograda conversión a lo somático. En la época en que la tomé bajo tratamiento, ya se había consumado la segregación -de su saber- de los grupos de representaciones referidas a ese amor; opino que de otro modo nunca habría consentido en tal tratamiento; la resistencia que ella repetidas veces había contrapuesto a la reproducción de escenas de eficacia traumática correspondía realmente a la energía con la cual la representación inconciliable había sido esforzada afuera de la asociación. Ahora bien, para el terapeuta sobrevino primero un período malo. El efecto de la readmisión de aquella representación reprimida fue desconsolador para la pobre criatura. Cuando le resumí el estado de la causa con escuetas palabras -desde hacía mucho tiempo estaba enamorada de su cuñado-, se puso a proferir ayes. En ese instante se quejó de dolores crudelísimos, hizo todavía un desesperado intento por rechazar ese esclarecimiento. Que eso no es cierto, que yo se lo había sugerido, que no puede ser, que ella no es capaz de semejante perversidad. Y tampoco se lo perdonaría nunca. Resultó fácil demostrarle que sus propias comunicaciones no admitían otra interpretación, pero hubo de pasar largo tiempo hasta que le hicieran alguna impresión las razones de consuelo que yo le aduje: uno es irresponsable por sus propios sentimientos, y su conducta, el haber enfermado bajo aquellas ocasiones, era suficiente testimonio de su naturaleza moral. Me vi precisado entonces a emprender más de un camino para procurar alivio a la enferma. Primero quise darle la oportunidad de aligerarse por «abreacción» de esa excitación almacenada desde hacía tanto tiempo. Exploramos las primeras impresiones del trato con su cuñado, el comienzo de esa inclinación que se mantuvo inconciente. Aquí se hallaron todos aquellos pequeños signos previos y vislumbres desde los cuales una pasión plenamente desarrollada permite comprender tantas cosas en visión retrospectiva. En su primera visita a la casa, había creído él que era ella la novia que le estaba destinada, y la saludó antes que a las hermanas mayores, que no estaban presentes. Cierto atardecer platicaban entre ellos con tanta vivacidad y parecían entenderse tan bien que la novia los interrumpió con esta observación, dicha medio en serio: «En verdad, harían ustedes muy buena pareja». Otra vez fue en una reunión social; los asistentes todavía no sabían nada sobre los esponsales, y la conversación recayó sobre el joven: una dama criticó cierto defecto de su figura que era secuela de una enfermedad juvenil a los huesos. La novia misma permaneció impasible, pero Elisabeth se sobresaltó y abogó por la buena estampa de su futuro cuñado con un celo que luego a ella misma le resultó incomprensible. En el proceso a través del cual reelaboramos estas reminiscencias, se volvió claro para Elisabeth que el sentimiento de ternura hacia su cuñado era de larga data, quizá dormitaba en ella desde que se conocieron y durante mucho tiempo se había escondido tras la máscara de una mera afección hacia un pariente, bien comprensible en ella dado su alto sentido de familia. Esta abreacción le hizo decididamente muy bien; más alivio aún pude aportarle ocupándome como un amigo de situaciones del presente. Con ese propósito busqué conversar con la señora Von R., en quien hallé a una dama razonable y fina, aunque su coraje de vivir había padecido bajo los últimos golpes del destino. Por ella me enteré de que el reproche de exacción desconsiderada, que el primer cuñado había elevado contra el viudo y tanto doliera a Elisabeth, debió ser retirado tras una averiguación mejor. El carácter del joven no había sufrido mengua; un malentendido, una diferencia harto comprensible en la apreciación del dinero entre el comerciante, para quien aquel es un instrumento de trabajo, y el opuesto modo de ver del empleado; eso era todo, nada más había de cierto en ese hecho al parecer tan penoso. Rogué a la madre que en lo sucesivo diera a Elisabeth todos los esclarecimientos de que ella necesitaba, y le siguiera brindando aquella oportunidad de comunicación anímica a la que yo la había habituado. Desde luego, me interesó saber también qué perspectivas tenía el deseo de la muchacha, devenido ahora conciente, de hacerse realidad. ¡Ah! Aquí las cosas tenían un aspecto menos favorable. La madre dijo que hacía tiempo había vislumbrado la inclinación de Elisabeth hacia su cuñado, aunque no sabía que pudiera haberla tenido ya en vida de su hermana. Quien los viera juntos -cosa que se había vuelto muy rara- no podía albergar ninguna duda sobre el propósito de la muchacha de gustarle. Sólo que ni ella, la madre, ni quienes aconsejaban en la familia eran muy partidarios de una unión matrimonial de ellos. La salud del joven no era muy buena y había sufrido un nuevo golpe con la muerte de su amada esposa; tampoco era muy seguro que se hubiera recuperado en lo anímico como para volver a casarse. Era probable -me siguió diciendo la madre- que él se mantuviera tan reservado porque, sin estar seguro de que lo aceptarían, no quería entablar conversación sobre el tema. Dada esta reserva de ambas partes, era muy posible que fracasara la solución que Elisabeth ansiaba para sí. Comuniqué a la muchacha todo cuanto había averiguado de la madre, y tuve el contento de hacerle un bien esclareciéndole aquel asunto de dinero; por otra parte, la exhorté a soportar en calma la incertidumbre sobre el futuro, que no se podía disipar. Pero como era ya avanzado el verano, fue preciso poner fin al tratamiento. De nuevo se encontraba mejor, de sus dolores ni se hablaba entre nosotros desde que nos ocupábamos de la causa a la que se pudieron reconducir. Ambos teníamos la sensación de haber terminado, aunque yo me dije que la abreacción de la ternura retenida no se había hecho de una manera en verdad muy completa. La di por curada, aunque le prescribí que continuara por su cuenta con esa solución, una vez encaminada, y ella no me contradijo. Partió de viaje con su madre para encontrarse con su hermana mayor y su familia en una residencia veraniega que compartirían. He de informar todavía brevemente sobre la ulterior trayectoria de la enfermedad en la señorita Elisabeth ven R. Algunas semanas después de nuestra despedida recibí una carta desesperada de la madre; me comunicaba que al primer intento de hablar con Elisabeth sobre los asuntos de su corazón, ella se rebeló con total indignación y desde entonces le habían vuelto unos violentos dolores; estaba disgustada conmigo por haberle traicionado su secreto, se mostraba enteramente inaccesible, la cura se había arruinado de una manera total. ¿Qué hacer ahora? Ella no quería saber nada conmigo. Yo no di ninguna respuesta; era de esperar que hiciera todavía el intento de rechazar la intromisión de la madre y recogerse en su reserva después que se había soltado de mi yugo. Pero yo tenía algo así como la certeza de que todo se arreglaría, de que mí empeño no había sido en vano. Dos meses después estaban de regreso en Viena, y el colega a quien debía mi presentación ante la enferma me trajo la noticia de que Elisabeth se encontraba completamente bien, se comportaba como sana, aunque, cierto es, de vez en cuando aún tenía dolores. Desde entonces, ella me ha enviado repetidas veces parecidos recados, y siempre me prometía visitarme; pero es característico de la relación personal que se plasma en tales tratamientos que nunca lo haya hecho. Según me asegura mi colega, se la debe considerar curada; la relación del cuñado con la familia no ha variado. En la primavera de 1894 me enteré de que concurriría a un baile, para el cual pude procurarme acceso, y no dejé escapar la oportunidad de ver a mi antigua enferma en el alígero vuelo de una rápida danza. Más tarde, por su libre inclinación, se casó con un extraño. Epicrisis No he sido psicoterapeuta siempre, sino que me he educado, como otros neuropatólogos, en diagnósticos locales Y' electroprognosis, y por eso a mí mismo me resulta singular que los historiales clínicos por mí escritos se lean como unas novelas breves, y de ellos esté ausente, por así decir, el sello de seriedad que lleva estampado lo científico. Por eso me tengo que consolar diciendo que la responsable de ese resultado es la naturaleza misma del asunto, más que alguna predilección mía; es que el diagnóstico local y las reacciones eléctricas no cumplen mayor papel en el estudio de la histeria, mientras que una exposición en profundidad de los procesos anímicos como la que estamos habituados a recibir del poeta me permite, mediando la aplicación de unas pocas fórmulas psicológicas, obtener una suerte de intelección sobre la marcha de una histeria. Tales historiales clínicos pretenden que se los aprecie como psiquiátricos, pero en una cosa aventajan a estos: el íntimo vínculo entre historia de padecimiento y síntomas patológicos, que en vano buscaríamos en las biografías de otras psicosis. Me he empeñado en entretejer los esclarecimientos que puedo dar sobre el caso de la señorita Elisabeth von R. en la exposición de su historial de curación; acaso no sea superfluo repetir aquí lo esencial en su trabazón. He descrito el carácter de la enferma, los rasgos que se repiten en tantos histéricos y que en verdad no parece que se puedan atribuir a una degeneración: talento, ambición, fineza moral, necesidad hipertrófica de amor, que al comienzo halla su satisfacción dentro de la familia; la independencia de su naturaleza, que rebasaba en mucho al ideal femenino y que se exteriorizaba en una buena porción de terquedad, espíritu combativo y reserva. Según lo informado por mí colega, en ninguna de las ramas de su familia se pesquisaba un lastre hereditario considerable; es cierto que su madre padeció durante años una desazón neurótica no explorada en detalle; pero sus hermanas, el padre y la familia de este podían contarse entre las personas equilibradas, no nerviosas. Entre los parientes más cercanos no se había producido ningún caso grave de neuropsicosis. Ahora bien, sobre esta naturaleza obraron unas dolientes emociones; en primer lugar, el influjo despotenciador de un largo cuidado de su amado padre enfermo. Hay buenas razones para que el cuidado de un enfermo desempeñe tan significativo papel en la prehistoria de la histeria. Una serie de los factores eficientes en ese sentido es evidente: la perturbación del estado corporal por dormir a saltos, el descuido del propio cuerpo, el efecto de rechazo que sobre las funciones vegetativas ejerce una preocupación que a uno lo carcome; sin embargo, yo estimo que lo esencial se encuentra en otra Parte. Quien tiene la mente ocupada por la infinidad de tareas que supone el cuidado de un enfermo, tareas que se suceden en interminable secuencia a lo largo de semanas y de meses, por una parte se habitúa a sofocar todos los signos de su propia emoción y, por la otra, distrae pronto la atención de sus propias impresiones porque le faltan el tiempo y las fuerzas para hacerles justicia. Así, el cuidador de un enfermo almacena en su interior una plétora de impresiones susceptibles de afecto; apenas si se las ha percibido con claridad, y menos todavía pudieron ser debilitadas por abreacción. Así se crea el material para una «histeria de retención». Si el enfermo cura, todas esas impresiones son fácilmente desvalorizadas; pero si muere, irrumpe el tiempo del duelo, en el cual sólo parece valioso lo que se refiere al difunto, y entonces les toca el turno también a esas impresiones que aguardaban tramitación y, tras un breve intervalo de agotamiento, estalla la histeria cuyo germen se había instilado mientras se cuidaba al enfermo. En ocasiones, este mismo hecho de la tramitación con posterioridad {nachträglich} de los traumas reunidos durante el cuidado al enfermo se encuentra también donde no se genera la impresión global de la condición patológica, pero el mecanismo de la histeria se ha mantenido. Así, conozco a una señora de elevadas dotes que padece de una leve afección nerviosa; todo su ser testimonia a la histérica, aunque ella nunca ha importunado a los médicos y jamás se vio obligada a interrumpir el cumplimiento de sus deberes. Esta señora ya ha cuidado hasta la muerte a tres o cuatro de sus deudos queridos, y cada vez hasta llegar al total agotamiento físico, pero luego de esas tristes operaciones no contrajo enfermedad alguna. Sin embargo, poco después de la muerte del enfermo empieza en ella el trabajo de reproducción que vuelve a ponerle ante los ojos las escenas de la enfermedad y de la muerte. Cada día recorre una de esas impresiones de nuevo, llora por ella y se consuela -uno diría: en su tiempo libre-. Semejante tramitación se le enhebra a través de los quehaceres del día sin que ambas actividades se enreden. Y el todo va pasando en ella por orden cronológico. Si el trabajo de recuerdo de un día coincide exactamente con un día del pasado, yo no lo sé. Conjeturo que ello depende del tiempo libre que le dejan los quehaceres hogareños. Además de estas «lágrimas reparadoras», que con breve intervalo siguen a la muerte, esta señora todos los años celebra unas periódicas conmemoraciones solemnes hacia la época de cada una de esas catástrofes, y aquí su viva reproducción visual y su exteriorización de afectos obedecen fielmente a la fecha. Por ejemplo, la encuentro bañada en lágrimas y le pregunto por simpatía qué ha sucedido hoy.