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Estudio del psicoanálisis y psicología

Sintomatología



Sintomatología.

 

La
sintomatología de la «gran histeria», rica en extremo, mas no por ello
carente de ley, se compone de una serie de síntomas entre los que se
incluyen:

Ataques convulsivos.

Están
precedidos por un «aura» peculiar: presión en el epigastrio, opresión
en la garganta, martilleo en las sienes, zumbido en los oídos, o partes
de este complejo de sensación. Estas sensaciones, llamadas de «aura»,
aparecen en los histéricos también de manera autónoma o representan por
sí solas un ataque. Bien conocido es, sobre todo, el globus hystericus, el
sentimiento, referible a un espasmo faríngeo, de una bola que subiría
del epigastrio a la garganta. El ataque propiamente dicho muestra, si
es completo, tres fases. La primera fase, «epileptoide», semeja un
ataque epiléptico común, en ocasiones un ataque de epilepsia
unilateral; la segunda fase, de los «grands mouvements» muestra movimientos de gran envergadura, como los llamados «movimientos de saludo», posturas en forma de arco (arc de cercle), contorsiones
y similares. La fuerza desarrollada a raíz de ello es a menudo enorme;
para distinguir estos movimientos de un ataque epiléptico vale
puntualizar que los movimientos histéricos son ejecutados siempre con
una elegancia y una coordinación que contrastan fuertemente con la
tosca brutalidad de los respingos epilépticos. Aun en las más violentas
convulsiones histéricas, casi nunca se producen heridas de alguna
gravedad. La tercera fase, alucinatoria, del ataque histérico, la de
las «attitudes passionelles», se singulariza por
posturas y ademanes que corresponden a unas escenas apasionadas que el
enfermo alucina y suele acompañar con las palabras correspondientes.
Durante todo el ataque la conciencia se puede mantener o perderse; esto
último es más frecuente. Ataques de la índole descrita suelen
componerse en series, de suerte que el ataque completo puede durar
desde varías horas hasta días enteros. A diferencia de lo que ocurre en
la epilepsia, el aumento de temperatura es desdeñable. En casos
rudimentarios, cualquier fase del ataque o cualquier fragmento de una
fase puede aislarse y subrogar por sí solo el ataque. Tales ataques
abreviados se encuentran desde luego, con frecuencia muchísimo mayor
que los completos. Poseen particular interés los ataques histéricos que
en lugar de las tres fases presentan un coma que sobreviene en forma
apopléctica, los llamados «attaques de sommeil». Este
coma puede asemejarse al dormir natural, o ir acompañado de tal
disminución en la actividad respiratoria y circulatoria que se lo tenga
por muerte. Se han verificado casos en que tales estados se prolongaron
durante semanas y meses; en este dormir continuado, la nutrición
corporal disminuye poco a poco, aunque ello no supone peligro mortal.
Este síntoma de los ataques, tan característico, falta en
aproximadamente un tercio de los histéricos.

Zonas histerógenas.

Estrecha
relación con los ataques mantienen las llamadas «zonas histerógenas»,
lugares hipersensibles del cuerpo cuya estimulación leve desencadena un
ataque, el aura del cual suele iniciarse con una sensación proveniente
de ese lugar. Estos lugares pueden tener su sede en la piel, en las
partes profundas, huesos, mucosas, y hasta en los órganos de los
sentidos; son más frecuentes en el tronco que en las extremidades y
muestran ciertas predilecciones: por ejemplo, un lugar de la pared
abdominal correspondiente a los ovarios en mujeres (y aun en
hombres(61)), la coronilla, la región situada bajo el pecho, y en los
hombres los testículos y el cordón espermático. A menudo la presión
ejercida sobre estos lugares no desencadena la convulsión, sino las
sensaciones de aura. Desde algunas de estas zonas histerógenas se puede
ejercer también un influjo inhibidor sobre el ataque convulsivo. Por
ejemplo, con una presión fuerte en la zona de los ovarios algunas
enfermas despiertan del ataque histérico o del dormir histérico. En el
caso de estos enfermos se puede prevenir un ataque en cierne si se les
hace llevar un cinturón a modo de braguero cuya almohadilla oprima la
región de los ovarios.

Las zonas histerógenas son ora numerosas, ora escasas, unilaterales o bilaterales.

Perturbaciones de la sensibilidad.

Son
los signos más frecuentes de la neurosis, y los más importantes para el
diagnóstico; perduran aun en los períodos de intervalo, y revisten
significatividad tanto mayor cuanto que en la sintomatología de las
afecciones encefálicas orgánicas las perturbaciones de la sensibilidad
desempeñan un papel proporcionalmente menor. Consisten en una anestesia o una hiperestesia, y
en materia de extensión y grados de intensidad muestran una libertad
máxima, que no se alcanza en ninguna otra enfermedad. Pueden estar
afectados de anestesia: piel, mucosas, huesos, músculos y nervios,
órganos de los sentidos y vísceras; sin embargo, la anestesia de la
piel es la más frecuente. Con respecto a la anestesia histérica de la piel, todas
las variedades de sensación en la piel pueden disociarse y mostrar un
comportamiento por entero independiente unas de otras. La anestesia
puede ser total, o afectar sólo la sensibilidad para el dolor
(analgesia, que es la más habitual), o sólo la sensación de
temperatura, de presión o de electricidad, o bien las sensaciones
musculares. La única posibilidad que no se presenta en la histeria es
el deterioro exclusivo de la sensibilidad táctil, conservándose las
restantes cualidades. En cambio, a veces ocurre que meras sensaciones
táctiles producen una impresión dolorosa (alphalgesia). La
anestesia histérica suele ser de grado tan alto que la más intensa
faradización de troncos nerviosos no origina ninguna reacción sensible.
En cuanto a su extensión, la anestesia puede ser total, y aquejar -en
casos raros- a toda la superficie de la piel y a la mayoría de los
órganos sensoriales; más a menudo, empero, consiste en una hemianestesia semejante
a la producida por lesión de la cápsula interna; pero se distingue de
la hemianestesia debida a una afección orgánica porque por lo común
rebasa en alguna parte la línea medía -p. ej., abarca la lengua, la
laringe o los genitales en su totalidad- y porque los ojos no son
alcanzados en la forma de la hemianopsia, sino como ambliopía o
amaurosis de un ojo.

Además, la hemianestesia histérica
tiene una libertad mayor en su forma de distribución; a veces, un
órgano de los sentidos u otro órgano del lado anestésico se sustrae por
completo de la anestesia; por añadidura, cualquier lugar sensible
dentro del cuadro de la hemianestesia puede ser subrogado por el lugar
simétrico del otro lado (transfert {trasferencia} espontánea.

Por
último, la anestesia histérica puede presentarse en focos dispersos,
ser unilateral o bilateral, o aparecer meramente en ciertas zonas,
monopléjica en las extremidades o en forma de parche sobre órganos
internos afectados (laringe, estómago, etc.).

En todos
estos nexos puede ser subrogada por una hiperestesia. En la anestesia
histérica, los reflejos sensibles p. ej., los reflejos conjuntival,
estornutatorio y faríngeo están por lo común disminuidos; en cambio, se
conservan los reflejos de la córnea y la glotis, de importancia vital.

Los
reflejos vasomotores y la dilatación de las pupilas por estimulación de
la piel no son perturbados ni aun en caso de anestesia grave de esta.
La anestesia histérica es en general un síntoma que tiene que ser
examinado por el médico, pues aunque su extensión e intensidad sean muy
grandes suele escapar por completo a la percepcíón del enfermo. Como
diferencia respecto de las anestesias orgánicas, cabe destacar que la
perturbación histérica de la sensibilidad por regla general no estorba
a los enfermos en ninguna de sus actividades motrices. Los lugares de
la piel histéríco-anestésicos a menudo son isquémicos, no sangran si se
los punza. Empero, esta es sólo una complicación, y no una condición
necesaria de la anestesia. Artificialmente es posible separar entre sí
ambos fenómenos. A menudo existe una relación recíproca entre anestesia
y zonas histerógenas, como si toda la sensibilidad de una gran parte
del cuerpo se hubiera comprimido en una sola zona. Las perturbaciones
de la sensibilidad son aquellos síntomas sobre los cuales se puede
fundamentar el diagnóstico de histeria aun en las formas más
rudimentarias. En la Edad Media, el descubrimiento de lugares
anestésicos y no sangrantes (stigmata diaboli) se consideraba prueba convincente de brujería.

Perturbaciones de la actividad sensorial.

Pueden
afectar a todos los órganos de los sentidos, y presentarse de manera
simultánea con alteraciones de la sensibilidad de la piel o
independientemente de estas. La perturbación histérica de la visión
consiste en una amaurosis unilateral o ambliopía, o en una ambliopía
bilateral, nunca en una hemianopsia. Sus síntomas son: fondo de ojo
normal, cancelación del reflejo conjuntivo (debilitamiento del reflejo
de la córnea), estrechamiento concéntrico del campo visual, reducción
del sentido de la luz y acromatopsia. A raíz de esta última, se pierde
primero la sensación del violeta, y las que más persisten son las
sensaciones del rojo y el azul. Los fenómenos no responden a ninguna de
las teorías sobre la ceguera para los colores; las diversas sensaciones
de color se comportan de manera independiente entre sí. A menudo se
trata de perturbaciones de la acomodación, y de falsas inferencias
extraídas de ellas. Los objetos cobran diferente magnitud según se los
acerque al ojo o se los aleje de él, y se los ve duplicados o
multiplicados (diplopía monocular con macropsia y micropsia). La
sordera histérica rara vez es bilateral; casi siempre va unida más o
menos completamente a una anestesia del pabellón de la oreja, del
conducto auditivo externo y aun del tímpano. También en caso de
perturbación histérica del gusto y el olfato se descubre por lo general
una anestesia de la piel correspondiente al órgano sensorial
respectivo. Parestesias e hiperestesias de los órganos sensoriales
inferiores son frecuentes en los histéricos; a veces hay un
extraordinario refinamiento de la actividad sensorial, sobre todo del
olfato y la audición.

Parálisis.

Las
parálisis histéricas son más raras que las anestesias, y casi siempre
están acompañadas de anestesia de la parte del cuerpo paralizada; en
afecciones orgánicas, en cambio, predominan las perturbaciones de la
motilidad, que aparecen independientemente de una anestesia. Las
parálisis histéricas no toman para nada en consideración el edificio
anatómico del sistema nervioso, que, como es sabido, se traduce de la
manera más nítida en la distribución de las parálisis orgánicas. Sobre
todo, no existen parálisis histéricas equiparables a lis parálisis
periféricas lacialis, radialis y serratus, o sea, que afecten a grupos
de músculos, o a músculos y piel, en las conjunciones que son
establecidas por una inervación anatómica común a ellos. Las parálisis
histéricas sólo son comparables a las corticales, pero se distinguen de
ellas por una serie de rasgos. Existe una hemiplejía histérica que
empero, sólo afecta al brazo y la pierna del mismo lado. No hay una
parálisis facial histérica; a lo sumo, junto a la parálisis de las
extremidades aparece un espasmo de los músculos faciales y de la
lengua, que se establece ora del lado de la parálisis, ora del
contrapuesto, y se exterioriza, entre otras cosas, por una desviación
excesiva de la lengua. Otro carácter diferenciador de la hemiplejía
histérica reside en que la pierna paralizada no se mueve describiendo
círculos en la articulación de la cadera sino que es arrastrada como un
apéndice muerto. La hemiplejía histérica va unida en todos los casos a
una hemianestesia, en la mayoría de los casos muy acusada. Además, en
la histeria hallamos paralíticos un brazo o una pierna por sí, o ambas
piernas (paraplejía). En este último caso puede presentarse, junto a la
anestesia de las piernas, una parálisis intestinal y vesical, con lo
cual el cuadro clínico se asemeja mucho al de una paraplejía espinal.
La parálisis puede extenderse, no ya a una extremidad íntegra, sino a
fragmentos de ella: mano, hombros, codos, etc. En todo esto no se
produce preferencia alguna por la porción terminal del miembro, no
obstante que uno de los caracteres de la parálisis orgánica es que
siempre se acusa de manera más nítida en la porción distal que en las
proximales. A raíz de una parálisis parcial de una extremidad, la
anestesia suele presentar los mismos límites que la parálisis, y está
circunscrita por circunferencias perpendiculares al eje longitudinal
del miembro. En las parálisis histéricas de las piernas, el triángulo
de piel entre los músculos glúteos, correspondiente al sacro, escapa a
la anestesia. En todas estas parálisis, no importa cuánto duren, faltan
los fenómenos de la degeneración descendente; con frecuencia hay un
alto grado de flaccidez muscular, la conducta de los reflejos es
inconstante; por su parte, las extremidades paralizadas pueden
atrofiarse, y de hecho sufren una atrofia que se desarrolla con mucha
rapidez, llega pronto a la detención y no está acompañada por
alteración alguna de la excitabilidad eléctrica. A la parálisis de las
extremidades corresponde agregar la afasia histérica, la mudez en
sentido estricto, que consiste en la incapacidad para pronunciar un
sonido articulado o [incluso] para ejecutar movimientos fonatorios
implícitos. Siempre va acompañada de afonía, que también se presenta
por sí sola; en ella se mantiene, y aun se acrecienta, la capacidad de
escribir. Las restantes parálisis motrices de la histeria ya no se
dejan referir a partes del cuerpo, sino sólo a funciones; por ejemplo,
la astasia y la abasia (incapacidad de mantenerse en pie y de caminar),
que ocurren no obstante conservarse la sensibilidad de las piernas así
como la fuerza tosca de ellas, y persistir la posibilidad de ejecutar
todos los movimientos en posición horizontal. Esta división entre las
funciones y sus músculos no se observa en caso de haber lesiones
orgánicas. Todas las parálisis histéricas se singularizan por ser de
gran intensidad y no obstante, poder circunscribirse a una determinada
parte del cuerpo, mientras que las parálisis orgánicas por lo general
se extienden a un ámbito mayor cuando su intensidad se acrecienta.

Contracturas.

En
formas más graves de histeria hay una inclinación general de la
musculatura a responder con una contractura a estímulos leves (diathèse de contracture). La
mera aplicación de una venda de Esmarch puede bastar para ello.
Semejantes contracturas a menudo sobrevienen también en casos menos
graves, y en los más diversos músculos. En las extremidades se
singularizan por su excesiva magnitud y pueden producirse en cualquier
postura, no explicable por una estimulación de troncos nerviosos
singulares. Son enormemente tenaces; a diferencia de las contracturas
orgánicas, no ceden mientras se duerme; y su intensidad no varía por
obra de la excitación, la temperatura, etc. Sólo aflojan en narcosis
muy profunda, para restablecerse con toda su magnitud tras el
despertar. En los restantes órganos, tanto de los sentidos como
vísceras, las contracturas musculares son muy frecuentes y, en una
serie de casos, constituyen el mecanismo por el cual en las parálisis
se cancela la función. También la tendencia a los espasmos clónicos
está muy acrecentada en la histeria.

Caracteres generales.

La
sintomatología histérica posee una serie de caracteres generales cuyo
conocimiento es significativo tanto para el diagnóstico como para la
concepción de esta neurosis. Los fenómenos histéricos tienen
preferentemente el carácter de lo excesivo: un dolor histérico es
descrito por el enfermo como doloroso en grado máximo; una anestesia y
una parálisis fácilmente pueden volverse absolutas; una contractura
histérica opera el máximo de contracción de que un músculo es capaz. Y
a todo esto, cada síntoma puede presentarse por así decir aislado:
anestesias y parálisis no van acompañadas por los fenómenos generales
que en los casos de lesiones orgánicas atestiguan la afección
encefálica, y que por su significación eclipsan, en general, a los
síntomas focales. junto al lugar de la piel de insensibilidad absoluta,
se encuentra también uno de sensibilidad absolutamente normal; y junto
a un brazo paralizado, una pierna enteramente intacta del mismo lado.
Es particularmente característica de la histeria la conjunión entre un desarrollo máximo de la perturbación y su más tajante deslinde; además,
los síntomas histéricos son móviles de una manera que de antemano
refuta toda conjetura de lesión materia Esta movilidad de los síntomas
sobreviene de manera espontánea (p. ej., tras ataques convulsivos que
suelen alterar la distribución de parálisis y anestesias o
cancelarlas), o bien por influjo artificial ejercido con los medios
llamados astesiógenos, como la electricidad, la aplicación de metales,
el uso de estímulos sobre la piel, de magnetos, etc. Este último
influjo parece tanto más notable cuanto que un sistema nervioso
histérico exterioriza, como, regla, gran resistencia a todo influjo
químico por medicación interna, y reacciona de manera directamente
anómala frente a narcóticos como la morfina y el clorhidrato. Entre los
medios capaces de remover síntomas histéricos cabe destacar, en
particular, el influjo de la excitación y de la sugestión hipnótica,
esta última porque apunta de manera directa al mecanismo de una
perturbación histérica y no puede ser sospechosa de ejercer influjos
que no sean psíquicos. En el desplazamiento de síntomas histéricos se
destacan algunas llamativas constelaciones.

Mediante intervenciones «astesiógenas» es posible trasferir (übertragen} una anestesia, parálisis, contractura, temblor, etc., sobre el lugar simétrico de la otra mitad del cuerpo (transfert), al
tiempo que se normaliza el lugar originariamente afectado. Así, en la
histeria se comprueba la relación simétrica que, por otra parte,
también desempeña un papel somero en el estado fisiológico -así como,
en verdad, las neurosis no crean nada nuevo, sino que sólo desarrollan
y exageran unas relaciones fisiológicas-. Otro carácter, importante en
extremo, de las afecciones histéricas es que de ningún modo ofrecen un
reflejo de la constelación :anatómica del sistema nervioso. Se puede
decir que, acerca de la doctrina sobre la estructura del sistema
nervioso, la histeria ignora tanto como nosotros mismos antes que la
conociéramos. Como es sabido, los síntomas de afecciones orgánicas
espejan la anatomía del órgano central y son las más confiables fuentes
para nuestras noticias sobre este último.

Por eso se debe
rechazar la idea de que habría en la base de la histeria una posible
perturbación orgánica, y tampoco es lícito invocar como causa de
perturbaciones histéricas unos influjos vasomotores (espasmos
vasculares). Un espasmo vascular es una alteración esencialmente
orgánica cuyo efecto es comandado por unas constelaciones anatómicas, y
se distingue de una embolia, por ejemplo, sólo por no generar una
alteración permanente.

Junto a los
síntomas físicos de la histeria cabe anotar una serie de perturbaciones
psíquicas, en las que ciertamente algún día se descubrirán las
alteraciones características de esta enfermedad, pero cuyo análisis
apenas ha sido abordado hasta ahora. Se trata de alteraciones en el
decurso y en la asociación de, representaciones, de inhibiciones de la
actividad voluntaria, de acentuación y sofocación de sentimientos,
etc., que se resumirían, en general, como unas modificaciones en la distribución normal, sobre el sistema nervioso, de las magnitudes de excitación estables. Una psicosis, en el sentido que le dan los psiquiatras, no pertenece a la histeria, pero puede desarrollarse sobre la base del status histérico,
y en tal caso se la debe concebir como una complicación. Lo que
popularmente se suele calificar de «temperamento histérico» -la
inconstancia de la voluntad, los cambios de talante, el acrecentamiento
de la excitabilidad con relajación de todos los sentimientos
altruistas- puede presentarse en la histeria, pero no es absolutamente
necesario para su diagnóstico. Existen histerias graves en las que
falta por completo una alteración psíquica de esa índole; muchos de los
enfermos que pertenecen a esa clase se cuentan entre las personas más
amables, de voluntad más firme y mente más clara, y sienten nítidamente
las exteriorizaciones de su enfermedad como algo ajeno a su ser. Los
síntomas psíquicos tienen su significatividad para el cuadro total de
la histeria, pero no son más constantes que los síntomas fís icos
tomados por separado, los estigmas. En cambio, las alteraciones
psíquicas, que es preciso postular como base del status histérico,
se despliegan por entero en el ámbito de la actividad encefálica
inconciente, automática. Quizá quepa destacar todavía que en la
histeria el influjo de procesos psíquicos sobre los procesos físicos
del organismo está acrecentado (como en todas las neurosis), y que el
enfermo de histeria trabaja con un excedente de excitación en el
sistema nervioso, el cual se exterioriza ora inhibiendo, ora
estimulando, y es desplazado con gran libertad dentro del sistema
nervioso.

La histeria se debe considerar como un status,
una diátesis nerviosa, que de tiempo en tiempo produce estallidos. La
etiología del status hystericus ha de buscarse por
entero en la herencia: los histéricos están siempre dispuestos por
herencia a unas perturbaciones de la actividad nerviosa, y entre sus
parientes se encuentran epilépticos, enfermos psíquicos, tábicos, etc.

También
se observa una trasferencia hereditaria directa de la histeria, que,
por ejemplo, está en la base de la aparición de histeria en muchachos
(por herencia materna). Todos los otros factores ocupan un segundo
plano frente a la herencia, y desempeñan el papel de unas causas
ocasionales cuyo significado se suele sobrestimar en la práctica. Sin
embargo, las causas accidentales de la histeria son importantes, puesto
que desencadenan la emergencia de estallidos histéricos, de histerias
agudas. Como factores aptos para propender al desarrollo de una
predisposición histérica, cabe mencionar: educación afeminadora
(histeria en hijos únicos), despertar prematuro de la actividad
intelectual en niños, excitaciones frecuentes y violentas.

Todos
estos influjos son igualmente aptos para hacer madurar neurosis de otra
índole (p. ej., neurastenia), de suerte que en esto resalta el decisivo
influjo de la predisposición hereditaria.

Como factores
que producen estallidos de afección histérica aguda, corresponde
consignar: traumas, intoxicaciones (plomo, alcohol), preocupaciones,
emociones, enfermedades agotadoras y, en suma, todo cuanto sea capaz de
ejercer un vigoroso efecto nocivo. Otras veces, unos estados histéricos
se desarrollan a menudo con ocasiones ínfimas u oscuras, Por lo que
atañe al influjo predominante, tantas veces aseverado, de unas
anormalidades de la esfera sexual sobre la génesis de la histeria, es
preciso decir que su significatividad suele sobrestimarse. En primer
lugar, se halla histeria en niñas y niños sexualmente inmaduros, y por
otra parte la neurosis aparece también con todos sus signos distintivos
en el sexo masculino, sólo que es muchísimo más rara en este (1:20).
Además, se ha observado histeria con insuficiencia total de los
genitales, y todo médico habrá visto una serie de casos de afección
histérica en mujeres cuyos genitales no mostraban ninguna clase de
alteración anatómica -y, a la inversa, la mayoría de las mujeres con
afecciones en los genitales no padecen de histeria-.

No
obstante, se debe admitir que unas constelaciones funcionales relativas
a la vida sexual desempeñan un gran papel en la etiología de la
histeria (así como de todas las otras neurosis), y ello a causa de la
elevada significatividad psíquica de esta función, en particular en el
sexo femenino. El trauma es una causa ocasional frecuente de afecciones
histéricas, en doble dirección: en primer lugar, un fuerte trauma
corporal, acompañado de terror y parálisis momentánea de la conciencia,
despierta una predisposición histérica inadvertida hasta entonces; y,
en segundo lugar, por convertirse la parte del cuerpo afectada por el
trauma en sede de una histeria local. Así por ejemplo, en ciertos
histéricos, tras un accidente con leve contusión de una mano, se
desarrolla una contractura de esta mano o, bajo condiciones análogas,
una coxalgia dolorosa, etc. Tener noticia sobre estas pertinaces
afecciones posee el máximo valor para los cirujanos, cuya intervención
en tales circunstancias sólo puede ser nociva. No siempre es fácil el
diagnóstico diferencial de estos estados, en particular en el caso de
las afecciones articulatorias. Los estados provocados por traumas
generales graves (accidentes ferroviarios y similares), conocidos como
«railway spine» y «railway brain»," son concebidos por Charcot como
histeria, en lo cual concuerdan autores norteamericanos cuya autoridad
en esta materia es indiscutible. Esos estados suelen presentar el
aspecto más sombrío y grave, van unidos a una depresión y una desazón
melancólica, y al menos en una serie de casos muestran combinación de
síntomas histéricos con neurasténicos y orgánicos.

Charcot
ha demostrado también que la encefalopatía del saturnismo pertenece a
la histeria, y que muchas anestesias de los alcohólicos no constituyen
una afección particular, sino que son síntomas de histeria. A pesar de
ello, se opone a postular otras tantas subvariedades de histeria
(traumática, alcohólica, de saturnismo, etc.); sostiene que la histeria
es siempre la misma, sólo que es despertada por diferentes causas
ocasionales. También en una sífilis reciente se ha observado un
estallido de síntomas histéricos.