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Estudio del psicoanálisis y psicología

Trayectoria de la histeria



Trayectoria de la histeria

 

La
histeria es más una anomalía constitucional que una afección
deslindada. Es probable que sus primeros indicios aparezcan las más de
las veces en la niñez temprana. De hecho, no es raro que se presenten
afecciones histéricas perturbadoras en niños de seis a diez años. El
período que antecede y sigue a la pubertad suele traer consigo, en
niños y niñas de intensa disposición histérica, un primer estallido de
la neurosis. En la histeria infantil se comprueban los mismos síntomas
que en la neurosis de adultos, sólo que los estigmas son por lo general
más mezquinos, mientras que pasan al primer plano la alteración
psíquica, los espasmos, ataques y contracturas. Los niños histéricos
suelen ser muy precoces y dotados; cierto es que en una serie de casos
la histeria es meramente un síntoma de una profunda degeneración del
sistema nervioso, que se exterioriza en una perversión moral
permanente. Como se sabe, el período de la juventud, desde los quince
años en adelante, es aquel en que de preferencia se manifiesta
vivamente la neurosis histérica en las mujeres. Esto puede acontecer
sucediéndose sin solución de continuidad unas perturbaciones más leves
(histeria crónica) o sobreviniendo uno o varios estallidos graves (histeria agu da),
separados entre sí por años de períodos exentos de trastornos. Los
primeros años de un matrimonio dichoso suelen interrumpir la
enfermedad; la neurosis torna a salir a la luz cuando se enfrían los
vínculos conyugales y en virtud del agotamiento provocado por repetidos
partos. Pasados los cuarenta años, no suele producir ya nuevos
fenómenos en las mujeres; no obstante, pueden persistir viejos
síntomas, y ocasiones eficaces reforzar el estado patológico aun a
avanzada edad. Los hombres parecen particularmente proclives a la
histeria a edad inmadura, por trauma e intoxicación. La histeria de los hombres se
presenta como una enfermedad grave; los síntomas que produce son, por
lo común, tenaces, y la enfermedad adquiere mayor importancia práctica
por la significación que tiene en el caso del hombre una perturbación
en su trabajo profesional. El decurso de diversos síntomas histéricos
como contracturas y parálisis, etc.) muestra algo muy característico.
Hay casos en que los síntomas desaparecen muy pronto de manera
espontánea, para dejar sitio a otros igualmente efímeros, y casos en
que predomina una gran rigidez de todas las manifestaciones.
Contracturas y parálisis suelen durar años, hasta ceder de repente un
buen día, cuando nada lo presagiaba; en general, no hay límite alguno
para la posibilidad de curar las perturbaciones histéricas, y es
característico que luego de una interrupción de años la función
perturbada se restituya de súbito en todo su alcance. El desarrollo de
perturbaciones histéricas a menudo requiere, sin embargo, una especie
de período de incubación o, mejor, de latencia, durante el cual la
ocasión sigue produciendo efectos en lo inconciente. Así, una parálisis
histérica casi nunca se genera enseguida de un trauma; por ejemplo,
todos los afectados por un accidente ferroviario son capaces de moverse
luego del trauma, se encaminan a su casa, en apariencia indemnes, y
sólo trascurridos varios días o semanas desarrollan los fenómenos que
llevan a suponer una «concusión de la médula espinal». También la
curación repentina suele requerir varios días para plasmarse.
Corresponde apuntar que en ningún caso, ni siquiera en sus más temibles
manifestaciones, la histeria conlleva un serio riesgo de muerte. Aun en
la más prolongada histeria se conservan la plena claridad mental y la
aptitud para los más extraordinarios logros.

La histeria
puede combinarse con muchas otras afecciones nerviosas, sean neuróticas
u orgánicas, casos que luego deparan grandes dificultades al análisis.
Frecuentísima es la combinación de histeria con neurastenia, sea que se
vuelvan neurasténicas unas personas cuya predisposición histérica está
casi agotada, sea que ambas neurosis despiertan simultáneamente a
consecuencia de unos influjos enervantes. Por desdicha, la mayoría de
los médicos no aprendieron todavía a separar entre sí estas dos
neurosis. La combinación mencionada se presenta con la mayor frecuencia
en hombres histéricos. El sistema nervioso masculino tiene una
predisposición a la neurastenia, tanto como el femenino a la histeria.
Por otra parte, la frecuencia de la histeria femenina se sobrestima; la
mayoría de las mujeres que suscitan en los médicos el recelo de ser
histéricas son, en rigor, solamente neurasténicas.

Además, una
«histeria local» puede asociarse con afecciones locales de determinados
órganos; una articulación efectivamente fungosa puede pasar a ser sede
de una artralgia histérica, un estómago afectado de catarro puede dar
ocasión a vómito histérico, globus hystericus y anestesia o
hiperestesia de la piel del epigastrio. En estos casos, la afección
orgánica pasa a ser causa ocasional de la neurosis. Afecciones febriles
suelen perturbar la plasmación de la neurosis histérica; una
hemianestesia histérica cede en caso de fiebre.