Un caso atendido en el hogar (1955)
Case Confrence, vol. 2, n. 7, noviembre de 1955.
No
todos los casos de la psiquiatría infantil interesan directamente al
asistente social. Si les presento el caso de Kathleen es porque, a
pesar de que el caso lo llevé yo mismo, su tratamiento no fue
primordialmente a base de psicoterapia. El peso del caso lo cargó la
madre, toda la familia a decir verdad, y su afortunado desenlace fue el
resultado de la labor llevada a cabo en casa de la pequeña durante un
año. Fue necesario que yo llevase la dirección del caso, por lo que,
durante unos meses, cada semana tuve que ver a la madre y a la niña
durante veinte minutos.
En la primera entrevista pude
sacar una conclusión bastante definida acerca de la psicopatología de
la afección, así como formarme una opinión provisional sobre la
habilidad de los padres para ayudar a la niña a superar su enfermedad.
La
niña me fue enviada con el fin de que yo gestionase su ingreso en una
residencia, ya que a los que antes habían intervenido en el caso no se
les había ocurrido que, bajo ciertas condiciones, la curación podía
producirse espontáneamente con el tiempo. Lo importante fue que, al
hacer un minucioso historial del caso durante la primera entrevista,
pude trazar un gráfico de la sintomatología, y partiendo del mismo
constaté que el punto culminante de la enfermedad ya había sido
alcanzado, por lo que se registraba una tendencia hacia la mejora en el
momento en que la entrevista se llevó a efecto. En el gráfico aparecía
un punto máximo constituido por una aguda angustia neurótica seguida de
una creciente aflicción; luego la enfermedad sufría una alteración de
carácter que convertía a la niña en una enferma psicótica. La fase
neurótica aguda aparecía a raíz de una historia que la niña había oído
de labios de su hermano durante un período en que ya habían empezado
los trastornos debido a que tenía que actuar de dama de honor en la
boda de su tía favorita. En general, el período de agudos trastornos
psicóticos correspondía a las fechas de la boda.
Me
pareció interesante que la niña hubiese comenzado a mejorar y,
examinando el hecho detalladamente, descubrí que la familia se había
convertido en una especie de hospital mental, adquiriendo por sí misma
una organización paranoide en la que encajaba perfectamente aquella
niña paranoide y replegada. Al principio la pequeña solamente se las
arreglaba para ir tirando cuando estaba en contacto real con su madre,
pero para el momento de la consulta, ya existía alrededor de la madre
un círculo limitado dentro del cual la niña se sentía libre de
cualquier aflicción aguda. Comprobé que la madre, persona no instruida
ni demasiado inteligente, pero sí excelente administradora de su hogar,
mostraba interés por saber por qué ella y la familia se encontraban en
un estado tan curioso y anormal. De hecho mantuvo el ambiente de
hospital mental hasta que la niña alcanzó un nivel que permitió que
paulatinamente el hogar recobrase la normalidad. El restablecimiento
gradual del hogar se produjo cuando la pequeña perdió su organización
defensiva paranoide. Obtuve la cooperación de las autoridades locales
incluso cuando les pedí que nadie visitase la casa y durante un año
entero me hice cargo de toda la responsabilidad, simplificando así la
tarea de la madre.
Así, pues, lo que hizo que la niña
volviese a la normalidad o a la casi normalidad fue antes la dirección
del caso que una psicoterapia directa. Se hizo algo de labor directa
con la niña en las visitas semanales, las cuales, sin embargo, fueron
necesariamente breves, ya que a la sazón no tenía ninguna vacante para
un caso digno de tratamiento. Lo que se hizo durante aquellos breves
contactos no fue la parte principal del tratamiento, ni una parte
esencial del mismo; fue sólo agregado útil.
Trataré de describir detalladamente el caso.
Kathleen
tenía seis años cuando me la envió el psiquiatra de la clínica de
puericultura del condado. En su nota el psiquiatra me decía:
«Recientemente se ha vuelto negativa; habla consigo misma y se queda
mirando fijamente al vacío y, aunque se niega a separarse de ella,
rehúsa cooperar con su madre».
Pude aprovechar el
informe que presentara un asistente social psiquiátrico de la localidad
cuando recopilaba los siguientes datos, después de haber visto yo a la
madre:
La madre: parece estable. Actualmente está desesperadamente angustiada y no tiene idea de cómo llevar al paciente.
El padre: Vive y goza de buena salud.
Los hijos: Pat, de once años, brillante y hablador. La paciente, de seis años. Sylvia, de veinte meses: una niña muy atractiva.
Kathleen
había sido amamantada durante tres meses; luego pasó fácilmente al
biberón y a los sólidos sin problema. Tampoco tuvo dificultad alguna
para comer sola. Empezó a utilizar palabras alrededor de los doce meses
y no tardó en hablar. Comenzó a andar a los dieciséis meses; el hábito
del aseo se instauró normalmente.
La madre pudo
comparar el desarrollo infantil de la pequeña con el de los otros dos
hijos: no era retardada. No se había registrado ninguna enfermedad
física de importancia. Había sufrido una operación del pulgar, en el
hospital, sin que la experiencia la hubiese aterrorizado. Recientemente
se había quejado de dolores de cabeza y había estado algo pálida. En la
infancia había sido un poco más chillona de lo normal; los padres
siempre habían tenido que tratarla con un poco más de cuidado que a los
otros dos. Comprobaron que la niña necesitaba una adaptación más
estrecha. Dicho de otro modo, era del tipo sensible. Se observó que le
era necesario ver cómo sus preguntas recibían rápida respuesta, de lo
contrario era propensa a las rabietas. Siempre estaba en tensión y
necesitaba ser llevada con tacto. Era posible decir, sin embargo, que
no sobrepasara los límites normales: inteligente, feliz, capaz de jugar
y capaz de establecer buenos contactos. Cuando fue a la escuela, a los
cinco años, no le gustó mucho pero se mostró bastante razonable. Era
agradable y amigable y «sabía afrontar la depresión a base de
reflexiones». Su trabajo alcanzaba el nivel requerido hasta que empezó
a dar muestras de ir mal, unas pocas semanas antes de la consulta. A la
niña le gustaba ayudar a su madre en casa; las tareas más o menos
domésticas se le dieron bien desde los cuatro años. Disfrutaba jugando
con su hermanita; mostraba gran empeño en conservar sus libros en buen
estado y le molestaba que su hermanita se los desordenase o arrancase
las páginas. Sentía afecto por sus muñecas. Le gustaba mucho asistir a
la escuela dominical. Parecía sentir afecto por su hermanita y le
gustaba hacer cosas para ella.
Kathleen pertenece a
una familia corriente de clase trabajadora. El padre se dedica a la
compara y venta de chatarra, en los negocios le van bien. Empezó con un
pequeño terreno, luego adquirió una casa rodante como vivienda de la
familia y a la larga pudo permitirse la adquisición de una cabañita y
un automóvil, igualmente pequeño. La madre es una señora simpática, no
muy inteligente, pero capaz de dirigir su vida con sensatez, sin tratar
de hacer más de lo que puede hacer. Procede de una familia de
inteligencia limitada; por parte del padre hay un tío epiléptico.
Unas
pocas semanas antes de la primera consulta, Kathleen debía hacer de
dama de honor en la boda de su tía preferida. La boda se alzaba como
una amenaza en los días en que se produjo la aparición de la
enfermedad.
La niña solía decirle a su tía: «Es mi
boda y no la tuya». No lo decía solamente en plan de broma, y a decir
verdad, aquello señaló la aparición de la enfermedad. Era capaz de
verse a sí misma en el lugar de su tía, pero no de enfrentarse a la
boda en posición de observadora. Por aquel entonces también empezó,
primero de forma atenuada, a padecer manía persecutoria que la inducía
a procurar que todo el mundo estuviese constantemente risueño pues
temía algo desagradable en sus rostros. Al cabo de poco tiempo ya no
bastaba con que la gente sonriera. Luego, con mayor rapidez, se produjo
un cambio marcado, hasta tal punto que su maestra se dio cuenta de que
durante las últimas semanas no prestaba atención cuando le hablaban, ni
siquiera cuando la llamaban varias veces por su nombre. Se quedaba
sentada mirando fijamente al vacío, totalmente preocupada.
Una
o dos veces, al llegar a la escuela, se había negado a quitarse el
sombrero y el abrigo. Sus dibujos con lápices de colores eran más bien
descuidados y a veces en lugar de escribir trazaba garabatos; también
escribía mal algunas letras, cosa que no había sucedido anteriormente.
Brote agudo
Al
llegar a este punto, su hermana de once años, que se veía igualmente
afectada por la próxima boda, hizo algo que repercutió claramente en el
conflicto de Kathleen. Le contó una historia fantástica. Kathleen
sentía afecto por su tía y se identificaba con ella por medio del lado
femenino de su personalidad; pero, al mismo tiempo, tenía que hacer
frente a otra vertiente de su personalidad a la que resultaba mucho más
difícil llegar: su identificación con el hombre de la boda. Kathleen lo
conocía y también sentía afecto por él. Partiendo de su propia
identificación con su madre y del amor por su padre, la pequeña hubiese
podido afrontar todo aquello de haber ido bien las cosas. Digamos que
tenía dos sueños potenciales: uno de ella misma en el papel de dama de
honor, identificada con la novia; y otro en el que la vertiente
masculina de su naturaleza rivalizaba con el novio. En esta rivalidad
había un elemento de muerte, por lo que fue algo muy serio para ella
que su hermana (que se hallaba igualmente atrapada en semejante
conflicto) le contase una historia fantástica que había oído por la
radio y en la que se hablaba del asesinato de un hombre mientras ríos
de sangre corrían por el suelo de la habitación.
Sus
defensas contra la angustia y el conflicto suscitados por la boda
habían estado funcionando bien; su identificación masculina se había
visto reprimida. Ahora, sin embargo, se cernía la amenaza de que
irrumpiesen los intolerables sueños en los que rivalizaba con el
hombre, por lo que se veía obligada a organizar nuevas defensas de
índole más primitiva. Empezó a dar muestras de replegamiento y
paranoia. La reorganización requirió tiempo y el efecto inmediato de la
historia contada por su hermana se tradujo en una angustia manifiesta y
muy severa. Hubo, pues, un período preliminar de enfermedad neurótica
aguda; la niña se mostraba muy asustada a la hora de acostarse;
preguntaba repetidas veces si había sangre en el suelo; constantemente
decía: «Mami, mami, ¿vendrá él a asesinarme? ¿No me pasará nada? ¿Vas a
vigilar la puerta?». Finalmente lograban tranquilizarla y hacer que se
durmiese.
Después de este período de aguda angustia
la pequeña se recuperó y durante un tiempo estuvo bastante normal, pero
más o menos una semana más tarde, al regresar un día de la escuela,
empezó a decir cosas extrañas acerca de un hombre que habla querido
meterla en el agua. Dijo que todos los niños que se metían en el agua
con aquel hombre salían con vestidos nuevos. Se había convertido en un
caso psicótico.
A partir de entonces, nunca fue ella
misma, y cuando la boda era ya inminente se agravó considerablemente,
tanto que a uno le hace pensar más en una enfermedad propia del
hospital mental que en una psiconeurosis. Se quedaba sentada mirando
distraídamente al vacío, negándose a contestar. Una mañana miró a su
amiga y hermana y pareció horrorizarse; se puso a gritarle a la madre:
«Que se los lleven». Dijo que tenían unas caras horribles y feas y que
no podía soportar aquella visión. Se encontraba claramente alucinada.
Una vez, en la calle, exclamó: “Que se lleven a toda esta gente. No
dejéis que se acerquen”. Se convirtió en una niña totalmente envuelta
en preocupaciones. Si le pedían que hiciese alguna cosa sencilla, no
parecía comprender y montaba en una especie de rabia, diciendo:
«¿Dónde? ¿Qué quieres decir? Me hacéis vagar de un lado a otro y otra
vez me hacéis perder el tiempo». Con frecuencia rompía a llorar y
empleaba un lenguaje muy soez, mientras mostraba aspecto de estar muy
aterrorizada. A menudo se doblaba sobre sí misma como si se viera
atacada por un dolor muy fuerte y le decía a su madre: «Me estás
hablando al estómago, me estás haciendo daño». A menudo decía que
odiaba a su madre y que quería marcharse. A veces hablaba de un hombre:
«Él y yo lo haremos. Me voy a vivir con él en un bungalow y vosotros no
vais a venir. Él me tomará». A veces, al escuchar la radio,
identificaba alguna voz y decía que era la del hombre en cuestión.
Parecía estar viéndole, y se quedaba mirando fijamente al espacio, como
alucinada, llorando y exclamando: «Ha sido él». Si le daban dulces o
caramelos los conservaba en la mano como si no estuviera segura de lo
que debía hacer con ellos.
Dejaron de interesarle los
juegos, fuesen de la clase que fuesen, y había regalado sus muñecas. No
le importaba que su hermana pequeña garabatease sus libros. No quería
salir a jugar con su patinete. Seguía a su madre a todas partes, sin
querer perderla de vista. Cada noche lloraba al acostarse y deseaba que
el padre o la madre se quedase a su lado. No podía soportar que se
mencionase el nombre de su escuela, y al oírlo tapaba la cara con las
manos. Cuando tenía que salir con su padre hacía ocho intentos sin
acabar de decidirse y finalmente, afligida, corría hacia su madre.
Después se negaba rotundamente a separarse de su madre. Mientras estaba
muy cerca de su madre, no estaba demasiado mal, pero era incapaz de
conciliar el sueño si su madre no se quedaba una o dos horas sentada
junto a ella. Incluso entonces se levantaba a las dos de la madrugada y
se metía en la habitación de la madre, donde permanecía inquieta y sin
sueño. Se habían terminado las pesadillas. (Antes de la enfermedad
siempre había dormido de un tirón.)
Durante cierto
tiempo no fue capaz de soportar el ver a su hermana mayor. Sin embargo,
se valía de la hermana menor para representar un aspecto normal de sí
misma, algún sitio donde seguir adelante mientras padecía la grave
enfermedad, del mismo modo que otros pacientes similares se valen de un
gato, perro o pato.
Mientras que anteriormente había
amado a sus muñecas, que guardaba cariñosamente en su propio lecho,
ahora las había alejado de sí y dejaba que la pequeñita jugase con
ellas. En su cariño por la pequeñita se había mezclado una cierta
angustia, ya que la paciente no cesaba de acariciar el rostro de su
hermanita preguntando si estaba bien. Esto ponía de mal humor a la
pequeña.
También había dejado por completo de dibujar
con lápices de colores. No había rastro de ncontinencia, si bien la
madre siempre había tenido que estar alerta para llevarla corriendo al
lavabo al menor síntoma. La escuela dominical, que antes le gustaba
mucho, se había convertido en algo imposible, ya que no quería
abandonar a su madre. Una vez fue con su madre a la iglesia, pero se
hartó antes de que finalizase el culto. No podía soportar a la gente.
El curso de la enfermedad aguda
El
examen cuidadoso de los detalles demostró que el trastorno empezó como
una exageración de la susceptibilidad corriente que va asociada con la
excitación que producen los preparativos de una boda. El súbito auge de
la angustia manifiesta se produjo a continuación de la historia
radiofónica. Se recuperó algo de esto pero, transcurrida otra semana,
se desarrolló la fase psicótica de la enfermedad, fase que duró hasta
después de la boda. Poco a poco, después de una o dos semanas, la
severidad de la enfermedad tendió a atenuarse y esta mejoría, si bien
leve y gradual, se mantuvo firmemente hasta que la niña se restableció
al cabo de un año completo.
Yo entré en escena en el
momento de producirse la leve mejoría, después de la peor fase de la
enfermedad, y me vi obligado a preguntarme por la causa de aquella
mejoría. ¿Sería porque la boda ya se había celebrado o porque estaba
sucediendo alguna otra cosa beneficiosa? Yo ya me había formado la
opinión de que era poco probable que hiciese ingresar a la pequeña en
una residencia, ya que no era cosa fácil que lograse hallar para ella
plaza en un sitio donde pudiera quedarse hasta el total
restablecimiento. También me había preguntado cómo sería el hogar de la
pequeña; pude comprobar que su hogar se había convertido en un hospital
mental para la niña. Los padres habían dispuesto que nadie llamase a la
puerta, toda vez que a la niña le asustaban mucho las llamadas. Le
dijeron al lechero que dejase la leche en la entrada del jardín en vez
de hacerlo en los peldaños de la puerta principal. El cartero y el
carbonero recibieron instrucciones parecidas. Ni siquiera a los
parientes les estaban autorizadas las visitas; y así sucesivamente.
Toda la familia estaba involucrada en el caso.
¿En
qué residencia se habría obtenido todo esto? Tuve que preguntarme a mí
mismo si yo podía ofrecer algo mejor que lo que se le estaba ofreciendo
en casa. Decidí que no. Le expliqué a la madre la importancia de lo que
ella estaba haciendo y le pregunté si sería capaz de continuarlo. Me
dijo: «Ahora que usted me ha explicado lo que estoy haciendo, puedo
seguir adelante. ¿Cuánto tiempo durará?». Tuve que responderle que no
lo sabía pero que podía estar segura de que transcurrirían unos meses.
De
manera que contribuí a la tarea de la madre escribiendo a las
autoridades locales, a quienes rogué que nadie, ya fuese de la clínica
o de la escuela, visitase la casa. Recibí una cooperación completa. A
medida que la niña fue recuperándose, la primera persona grata fue el
asistente social de la escuela, cuyo reciente fallecimiento, por
cierto, ha dejado un gran vacío en la familia, tanto era el apego que
habían cobrado por aquel hombre. Dentro de este sistema paranoide
artificial la niña pudo dejar ir gradualmente su propio replegamiento
paranoide. En vez de poder soportar la vida solamente cuando estaba
junto a su madre, empezó a ser capaz de comportarse de modo bastante
normal dentro de un círculo de pocos metros con respecto a la madre.
Resultó notable la forma en que los demás niños así como los adultos,
se adaptaron a las necesidades de la pequeña. El círculo dentro del
cual la niña se sentía segura fue agrandándose ininterrumpidamente
hasta llegar a tener el mismo o más volumen que toda la casa.
Cómo se mantuvo el contacto
Si
bien ello se contradecía con el concepto de la casa en cuanto a sistema
cerrado, durante todo aquel tiempo la madre traía la niña a consulta
una vez a la semana para que yo sostuviera un breve contacto con ella.
Cada semana le explicaba a la madre lo que iba acaeciendo y le daba a
la niña la oportunidad de ser negativa. La pequeña rehusaba entrar en
mi sala de juegos. Se comportaba de manera desordenada y desafiante y
la mayor parte del tiempo lo pasaba junto a su madre, pataleando,
escupiendo, maldiciendo y empleando palabrotas. Era ni más ni menos que
una especie de animal salvaje. A veces decía: «Cierra el pico, te voy a
romper la cabeza»; o bien: «No. No. No”. Es difícil describir la
violencia con que me repudiaba. Después de varias visitas la pequeña se
permitió a sí misma un rápido recorrido por la sala de juegos antes de
marcharse. De esta forma supo que había juguetes y, al cabo de muchas
semanas, incluso se permitió tocar uno de ellos. Una vez, si bien
rehusó el carrete de papel que yo le ofrecía, al llegar a la calle alzó
la vista hacia mi ventana y, al lanzarle yo un carrete, lo recogió y se
lo llevó a casa. Las visitas a mi consultorio las aceptaba la niña como
una excursión fuera de casa, la única que le era posible tolerar.
Paulatinamente, en el transcurso de numerosas entrevistas breves, fue
acercándose a los principios de una aceptación de mi persona.
Hubo
un largo intervalo durante el cual, debido a las vacaciones, no vi
ninguna vez a la pequeña. Transcurrido el mismo, comprobé que la niña
había mejorado tanto que no proseguí las entrevistas; aconsejé a los
padres y a la escuela, así como a los asistentes sociales, que dejasen
que el restablecimiento siguiera su curso lenta y naturalmente.
Una
vez se registró un episodio importante. La niña tenía que pasar unos
días en casa de su tía, la casada. Ésta no pudo tenerla en su casa y
durante unas pocas semanas se produjo un regreso a la enfermedad en
forma de síntomas. Todos los síntomas eran reconocibles, pero al cabo
de breves semanas volvió a producirse una mejoría espontánea.
Antes de que pasaran quince meses desde la irrupción de la enfermedad, la niña volvía a asistir a la escuela.
Los maestros dijeron que era evidente que se había retrasado un poco, pero pudieron aceptarla y tratarla casi igual que antes.
Dos años más tarde
Casi
dos años después, cuando tenía ocho años, la pequeña le dijo a su
madre: «Quiero ver al doctor Winnicott y llevar conmigo a mi
hermanita». Se concertó la visita y, al entrar en mi despacho, resultó
evidente que la pequeña sabía qué encontraría allí y se puso a
enseñarle los juguetes a su hermana. Anteriormente me hubiese sido
imposible decir con toda seguridad que la niña se había fijado en los
juguetes. La hermanita se puso a jugar a un juego totalmente distinto,
normal, y yo dividí mi atención entre las dos pequeñas. El juego de
Kathleen consistía en la construcción de una larguísima calle empleando
las numerosas casitas de juguete que por aquel entonces tenía en mi
consultorio. Resultaba claro que estaba pidiendo una interpretación y
yo pude explicarle que lo que estaba haciendo era vincular el pasado
con el presente, mi casa con la suya, integrando las experiencias
pretéritas con las actuales. Para eso había venido y también para
hacerme saber que se había valido de la hermana pequeña para el aspecto
normal de ella misma. Poco a poco, durante su restablecimiento, su ser
normal lo había sacado de la hermanita, con la cual había reemprendido
unas relaciones normales.
Supe que inmediatamente
después del percance que representó el hecho de que su tía no pudiera
tenerla en casa, a la madre le había parecido que tenía que hacer algo
para alejar a la pequeña de ella, pues entre ellas se había
desarrollado una relación que tenía su base en el control de la
enfermedad más que en el hecho de que ella fuese la madre. Resultaba
imposible romper del todo aquella relación. Así, pues, la madre decidió
correr el riesgo de mandar a la niña a casa de otros parientes. Al
volver de sus vacaciones, Kathleen parecía estar normal, dormía bien,
jugaba y compartía, al mismo tiempo que era menos propensa a las
rabietas de lo que lo había sido antes de la enfermedad.
Seguimiento ulterior del caso
Hace
poco pedí que me visitasen en plan de amistad. La madre accedió
gustosamente y se presentó con los tres pequeños. La mayor de las
hermanas, que ya tiene diecinueve años, es inteligente, instruida,
tiene un buen empleo y viste con mucho gusto.
Sylvia, que ahora cuenta nueve años, se está desarrollando bien.
Kathleen,
a los trece años y medio, da una impresión razonablemente normal, pero
es más bien concentrada y no posee la vivaz inteligencia de su hermana
mayor. Se alegró mucho de verme y se puso a hablar de la vida dando
muestras de madurez. En la escuela las cosas le han ido bien, pero no
se le dan bien las sumas. Por lo demás, su media es la normal más o
menos. Me entero de que es apreciada aunque no tenga muchos amigos.
Ya
se ha inscrito para que la enseñen a hacer bordados y los maestros
dicen que todo les hace pensar que lo hará y que lo hará bien.
Y
así es cómo puede decirse que se ha restablecido. Yo presté ayuda a mi
manera. Fueron los padres quienes hicieron lo principal y para ello no
les hizo falta saber muchas cosas. Bastó con que sintieran que valía la
pena realizar una adaptación especial de manera transitoria y de
acuerdo con las necesidades de la pequeña.
Consideraciones teóricas
Permítanme
que compare la enfermedad neurótico con el desarrollo psicótico.
Ciertos conflictos existentes entre su identificación por la vertiente
masculina (homosexual) no eran accesibles a su conciencia psicológica,
por lo que no pudo dar con una relación satisfactoria entre su ser
masculino y el hombre que iba a ser su tío.
De ahí el
trauma en potencia de la boda. La historia fantástica había hecho que
este conflicto saliese al exterior, haciéndole padecer una grave
angustia. En esa fase la psicoterapia personal hubiese podido servir. A
medida que la boda iba acercando, la niña desarrolló una defensa más
fuerte: psicosis, replegamiento y preocupación por el cuidado de ella
misma dentro de ella misma. Esto en una posición vulnerable, ya que no
le quedaba tiempo para contender con el mundo externo. Dicho de otro
modo, se hizo paranoide. Mi intervención fue solicitada cuando ya se
hallaba instaurada esta organización más psicótica de defensa. De haber
estado en situación de darle a la pequeña un tratamiento más profundo,
en vez de dejar que viniese a escupir en mi consultorio, se hubiese
creado paulatinamente el mismo ambiente de hospital mental que de hecho
se había creado en el hogar. Pero no me fue necesario aplicarle tal
tratamiento. Los padres aportaron un marco dentro del cual la niña
podía permanecer. La paciente podía identificarse con su propio hogar
(modificado) porque éste adquiría la forma de sus propias defensas.
Resumen
Acabamos
de ver un caso de psiquiatría infantil en el cual una familia de clase
obrera fue capaz de ayudar a su hija a recuperar una enfermedad
psicótica de quince meses de duración. Se vieron ayudados por un mínimo
de atención personal al paciente, así como por la dirección del caso.
El tiempo real que dediqué a aquel caso no fue de más de unas horas
distribuidas a lo largo de varios meses.
Quizás este
caso sirva de ayuda al asistente social en su intento de comprender qué
sucede cuando los niños hacen un uso positivo de unos padres adoptivos
o de una escuela-residencia (véase Clare Britton, 1955).