Definición de Salud Pública

¿Qué es la salud pública? Podemos definir la salud pública como salud colectiva, como un campo de prácticas sociales, conductas y el sentido como esas conductas se inscriben. No es sólo una acción. toda acción se produce desde una lógica de sentido y produce un sentido.- 24 de Octubre de 2008

¿Qué es la salud pública?

Podemos definir la salud pública como salud colectiva, como un campo de prácticas sociales, conductas y el sentido como esas conductas se inscriben. No es sólo una acción. toda acción se produce desde una lógica de sentido y produce un sentido. Es imposible separar las prácticas del sentido. Los sujetos están producidos por instituciones de salud. Como conjunto de  políticas que buscan garantizar la salud de la población por medio de acciones dirigidas a la colectividad y al individuo,  siendo uno de los componentes e indicador de las mejores condiciones de vida y bienestar del desarrollo del país bajo la  rectoría del Estado y la participación responsable de todos lo sectores y la comunidad. Para lograr la garantía efectiva de  este derecho universal, la sociedad con la rectoría del estado y la participación organizada de todos los sectores debe  desarrollar el conjunto tanto de conocimientos como de políticas requeridas para: La comprensión de los problemas que alteran  el bienestar; La detección, prevención y control de las enfermedades; El acceso a los servicios de atención, tratamiento y rehabilitación de la enfermedad y problemas de la salud; El control de vectores y factores de riesgo ambientales para la  salud. como misión de la salud pública es satisfacer el interés de la sociedad en garantizar las condiciones que permiten a las personas tener salud. La concepción de la salud y la enfermedad así como la concepción de la población ha ido cambiando  y evolucionado históricamente respondiendo a los cambios políticos y sociales, por lo tanto, produciéndose un cambio  respecto a las disciplinas que se incluyen respondiendo a la concepción de la salud. Teniendo la salud pública la función de  protección de la salud; prevención de las enfermedades; promoción de la salud; restauración de la salud y la vigilancia de la  epidemiología.
Alicia Stolkiner en su texto ¨salud pública-salud mental¨ (teórico número 1, 26 de abril de 1989) sostiene que el primer gran  equívoco es el término salud pública que encierra el peso que hay por detrás de la conceptualización acerca de lo público y lo  privado. Sosteniendo que el subsector privado del sistema de salud es público, siendo que el término privado hace hincapié  fundamentalmente al acceso, que es del público pero no de cualquier público, y a la financiación aun así no puede afirmarse  que que una prestación en salud o un problema en salud sea ¨privado¨ en cuanto a la forma de atanción que recibe. Este sector   no es ajeno ala jurisdicción estatal. La autora también sostiene que el campo de la salud en cuanto práctica social, es un campo no homogéneo, en tanto espacio de debate ideológico y epistemológico. Adheriendo a una corriente cuya temática es  fundamentalmente social (no bio-médica). Considerando «salud» una noción a construir permanentemente junto con sus  prácticas, ya que no existe una definición científica para la salud, considerando la definición de salud como una definición  teórico-ideológico-político, como definición historizada. 

La definición más conocida de salud pública, señala que es ésta una rama de la medicina cuyo interés fundamental es la preocupación por los fenómenos de salud en una perspectiva colectiva, vale decir, de aquellas situaciones que, por diferentes circunstancias, pueden adoptar patrones masivos en su desarrollo. En 1920, Winslow definió la salud pública en los siguientes términos:«la salud pública es la ciencia y el arte de prevenir las enfermedades, prolongar la vida y fomentar  la salud y la eficiencia física mediante esfuerzos organizados de la comunidad para sanear el medio ambiente, controlar las infecciones de la comunidad y educar al individuo en cuanto a los principios de la higiene personal; organizar servicios médicos y de enfermer?a para el diagnóstico precoz y el tratamiento preventivo de las enfermedades, as? como desarrollar la maquinaria social que le asegure a cada individuo de la comunidad un nivel de vida adecuado para el mantenimiento de la salud» (Posteriormente, Winslow cambió el término «salud física» por el de «salud física y mental»).

Marcela E. Maldonado (Estudiante de la UBA, Facultad de psicología)

Organización Panamericana de la Salud y Organización Mundial de la Salud

¿Qué es la OPS?

Organización Panamericana de la Salud y Organización de la Salud

¿Qué es la OPS?

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) es un organismo internacional de salud pública con 100 años de experiencia dedicados a mejorar la salud y las condiciones de vida de los pueblos de las Américas. Goza de reconocimiento internacional como parte del Sistema de las Naciones Unidas, y actúa como Oficina Regional para las Américas de la Organización Mundial de la Salud. Dentro del Sistema Interamericano, es el organismo especializado en salud. La Oficina Sanitaria Panamericana es la Secretaría de la Organización Panamericana de la Salud. Su misión es cooperar técnicamente con los Países Miembros y estimular la cooperación entre ellos para que, a la vez que conserva un ambiente saludable y avanza hacia el desarrollo humano sostenible, la población de las Américas alcance la Salud para Todos y por Todos. La Constitución de la Organización Mundial de la Salud fue adoptada el 22 de julio de 1946 y establece, de conformidad con la carta de las Naciones Unidas, que los siguientes principios son básicos para la felicidad, las relaciones armoniosas y la seguridad de todos los pueblos: La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades. El goce del grado máximo de salud que se pueda lograr es uno de los derechos fundamentales de todo ser humano sin distinción de raza, religión, ideología política o condición económica o social. La salud de todos los pueblos es una condición fundamental para lograr la paz y la seguridad, y depende de la más amplia cooperación de las personas y de los Estados. Los resultados alcanzados por cada Estado en el fomento y protección de la salud son valiosos para todos. La desigualdad de los diversos países, en lo relativo al fomento de la salud y el control de las enfermedades, sobre todo las transmisibles, constituye un peligro común. El desarrollo saludable del niño es de importancia fundamental; la capacidad de vivir en armonía en un mundo que cambia constantemente es indispensable para este desarrollo. La extensión a todos los pueblos de los beneficios de los conocimientos médicos, psicológicos y afines es esencial para alcanzar en más alto grado de salud. Una opinión pública bien informada y una cooperación activa por parte del público son de importancia capital para el mejoramiento de la salud del pueblo. Los gobiernos tienen responsabilidad en la salud de sus pueblos, la cual solo puede ser cumplida mediante la adopción de medidas sanitarias y sociales adecuadas.» La OPS/OMS lleva a cabo su misión en colaboración con los ministerios de salud, quienes pueden delegar la realización de iniciativas a otros organismos gubernamentales e internacionales, organizaciones no gubernamentales, universidades, organismos de seguridad social, grupos comunitarios y muchos otros.
¿Que es la O.M.S.?

La organización Mundial de la Salud: Fue establecido en 1948 para lograr el nivel de salud más alto posible por medio de la promoción de la cooperación técnica en materia de salud entre las naciones,la aplicación de programas para combatir y erradicar las enfermedades,la mejora de la calidad de la vida.Sus objetivos son: Reducir el exceso de mortalidad, morbilidad y discapacidad con especial énfasis en las poblaciones pobres y marginadas,promover estilos de vida saludables y reducir los riesgos para la salud,desarrollar sistemas de salud más justos y eficaces que sean financieramente más equitativos. La Asamblea Mundial de la Salud es el órgano que dirige las actividades de la OMS y está formado por 191 miembros que se reúnen anualmente. Además,la OMS cuenta con un Consejo Ejecutivo integrado por 32 expertos de la salud.

El psicólogo y su papel en la salud

La función del psicólogo en el campo de la salud, teniedo en cuenta la complejidad del objeto, no se restringe a atender lo convencionalmente definido como ¨enfemedades o patologías mentales¨ sino trabajar la demensión subjetiva en los diversos abordajes del proceso salud/enfermedad/ atención.

El psicólogo y su papel en la salud

La función del psicólogo en el campo de la salud, teniendo en cuenta la complejidad del objeto, no se restringe a atender lo convencionalmente definido como ¨enfermedades o patologías mentales¨ sino trabajar la dimensión subjetiva en los diversos abordajes del proceso salud/enfermedad/ atención. Definiendo el campo de las prácticas en salud y dentro de él las de salud mental es, en tanto espacio de prácticas sociales, ámbito de debate epistemológico. Concluyendo en las diversas teorías, concepciones y propuestas ideologías, cuerpos conceptuales y políticas. Entendiendo esta última como propuestas generales acerca de la forma en que una sociedad debe encarar su presente, su futuro y las relaciones de poder entre sus actores. operando en ellas determinaciones e intereses diversos.

Entendiendo la salud como un proceso que hace la vida y la muerte de sujetos individuales y de colectivos humanos, en una dinámica que enlaza indefectiblemente lo particular con lo genérico y lo biológico con lo social y lo subjetivo. Proceso que implica representaciones y prácticas configurando un campo. Entendiendo salud como un derecho humano y social que se encuentra en discusión y que determina la fijación de políticas( políticas de salud). Planteándose distintos modelos de definición del rol de Estado, el Mercado y la Sociedad Civil en ellas. La salud como una de las más importantes ¨industrias¨ del mundo, pertenecientes al sector servicios, en la que se invierten capitales a nivel internacional y que, por ende, es territorio de lucha de intereses económicos, corporativos y sociales. 

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Obras de S. Freud: 31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica (segunda parte)

Volver a la primera parte de ¨31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica¨

Volver a la primera parte de ¨31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica¨

31ª conferencia.
La descomposición de la personalidad psíquica

En 1921 intenté aplicar la diferenciación entre yo y superyó al estudio de la psicología de las masas. Llegué a una fórmula como esta: Una masa psicológica es una reunión de individuos que han introducido en su superyó la misma persona y se han identificado entre sí en su yo sobre la base de esa relación de comunidad (1). Desde luego, esa fórmula es válida
solamente para masas que tienen un conductor. Si poseyéramos más aplicaciones de esta
clase, el supuesto del superyó perdería para nosotros su último resto de extrañeza y nos
emanciparíamos por completo de la estrechez que nos aqueja todavía cuando, habituados a la
atmósfera del mundo subterráneo, nos movemos en los estratos más superficiales, superiores,
del aparato anímico. Desde luego, no creemos que con la separación del superyó hayamos
dicho la última palabra sobre la psicología del yo. Es más bien un comienzo, pero en este caso no es sólo el comienzo el que cuesta.
Ahora nos aguarda otra tarea, por así decir en el extremo contrapuesto del yo. La suscita una
observación realizada en el curso del trabajo analítico, una observación que en verdad es muy
antigua. Como ya ha ocurrido tantas veces, debió pasar mucho tiempo hasta que uno se
decidiera a apreciar su valor. Ustedes saben que en realidad toda la teoría psicoanalítica está
edificada sobre la percepción de la resistencia que nos ofrece el paciente cuando intentamos
hacerle conciente su inconciente. El signo objetivo de la resistencia es que sus ocurrencias se
le deniegan o se distancian mucho del tema tratado. El mismo puede discernir la resistencia
también subjetivamente si registra sensaciones penosas cuando se aproxima al tema. Pero
este último signo puede faltar. Entonces decimos al paciente que, según inferimos de su
conducta, se encuentra ahora en estado de resistencia, y él responde que no sabe nada de ella,
sólo nota la traba de las ocurrencias. Se demuestra que nosotros teníamos razón, pero,
entonces, su res istencia era también inconciente, tan inconciente como lo reprimido en cuyo
levantamiento trabajamos. Hace tiempo que se habría debido plantear esta pregunta: ¿De qué
parte de su vida anímica procede esa resistencia inconciente? El principiante en el psicoanálisis responderá con ligereza: es justamente la resistencia de lo inconciente. ¡Respuesta ambigua e inutilizable! Si lo que se quiere indicar es que procede de lo reprimido, tenemos que decir: sin duda que no. A lo reprimido tenemos que atribuirle más bien una intensa pulsión aflorante, un esfuerzo por penetrar en la conciencia. La resistencia sólo puede ser una exteriorización del yo que en su tiempo llevó a cabo la represión y ahora quiere mantenerla. Desde siempre lo hemos concebido así. Puesto que suponemos en el yo una instancia particular que subroga los reclamos de limitación y rechazo, el superyó, podemos afirmar que la represión es la obra de ese superyó, él mismo la lleva a cabo, o lo hace por encargo suyo el yo que le obedece.
Entonces, si se da el caso de que en el análisis al paciente no le deviene conciente la
resistencia, ello significa o bien que el superyó y el yo pueden trabajar de manera inconciente en
situaciones importantísimas, o bien -lo cual sería aún más sustantivo- que sectores de ambos,
del yo y el superyó mismos, son inconcientes. Pero en cualquiera de esos dos casos tenemos
que darnos por enterados de la desagradable intelección de que (super) yo y conciente, por un
lado, y reprimido e inconciente, por el otro, en manera alguna coinciden.
Señoras y señores: Siento la necesidad de tomar aliento, de hacer una pausa que también
ustedes considerarán bienvenida, y disculparme antes de proseguir. Quiero proporcionarles
complementos de una introducción al psicoanálisis que inicié hace más de quince años, y tengo que comportarme como si en ese intervalo ustedes tampoco hubieran cultivado otra cosa que psicoanálisis. Sé que es una presunción inaudita, pero me encuentro inerme, no puedo obrar de otro modo. Sin duda se debe a la grandísima dificultad de proporcionar una visión del psicoanálisis a quien no es psicoanalista. Créanme que no nos gusta aparecer como vinos sectarios que cultiváramos una ciencia secreta. No obstante, debimos advertir y proclamar como una convicción nuestra que nadie tiene el derecho a pronunciarse sobre el psicoanálisis si no ha adquirido determinadas experiencias que sólo pueden conseguirse sometiéndose uno mismo a un análisis. Cuando quince años atrás les dicté mis conferencias, procuré ahorrarles ciertos fragmentos especulativos de nuestras teorías, pero justamente a ellos se anudan las adquisiciones nuevas de que debo hablarles hoy.
Regreso al tema. En la duda sobre si el yo y el superyó mismos pueden ser inconcientes o
sólo despliegan efectos inconcientes, tenernos buenas razones para decidirnos en favor de la
primera posibilidad. Sí; grandes sectores del yo y del superyó pueden permanecer inconcientes,
son normalmente inconcientes. Esto significa que la persona no sabe nada de sus contenidos y
le hace falta cierto gasto de labor para hacerlos concientes. Es correcto que no coinciden yo y
conciente, por un lado, y reprimido e inconciente, por el otro. Sentimos la necesidad de revisar
radicalmente nuestra actitud frente al problema de conciente-ínconciente. Nuestra primera
inclinación es depreciar en mucho el valor del criterio de la condición de conciente, puesto que
ha demostrado ser muy poco confiable. Pero nos equivocaríamos. Ocurre como con nuestra
vida; no vale mucho, pero es todo lo que tenemos. Sin la antorcha de la cualidad «conciencia»
nos perderíamos en la oscuridad de la psicología de lo profundo; pero tenemos derecho a
ensayar una nueva orientación.
No nos hace falta elucidar lo que debe llamarse conciente, pues está a salvo de cualquier duda.
El más antiguo y mejor significado de la palabra «inconciente» es el descriptivo; llamamos
inconciente a un proceso psíquico cuya existencia nos vemos precisados a suponer, acaso
porque lo deducimos a partir de sus efectos, y del cual, empero, no sabemos nada. Por tanto,
nos referimos a él del mismo modo que si se tratara de un proceso psíquico de otro ser
humano, salvo que es nuestro. Si queremos expresarnos de manera más correcta aún,
modificaremos así el enunciado: llamamos inconciente a un proceso cuando nos vemos
precisados a suponer que está activado por el momento, aunque por el momento no sepamos
nada de él. Esta limitación nos lleva a pensar que la mayoría de los procesos concientes lo son
sólo por breve lapso; pronto devienen latentes, pero pueden con facilidad devenir de nuevo
concientes. También podríamos decir que devinieron inconcientes, siempre que estuviéramos
seguros de que en el estado de latencia siguen siendo todavía algo psíquico. Hasta este punto
no habríamos averiguado nada nuevo, y ni siquiera adquirido el derecho de introducir en la
psicología el concepto de un inconciente. Pero entonces se suma la nueva experiencia que
podemos hacer ya en las operaciones fallidas. Por ejemplo, para explicar un desliz en el habla
nos vemos obligados a suponer que en la persona en cuestión se había formado un propósito
determinado de decir algo. Lo colegimos con certeza a partir de la perturbación sobrevenida en
el dicho, pero ese propósito no se había impuesto; por tanto, era inconciente. Si con
posterioridad se lo presentamos al hablante, puede reconocerlo como uno que le es familiar, en
cuyo caso fue inconciente sólo de manera temporaria; o puede desmentirlo como algo ajeno a
él, en cuyo caso era inconciente de manera duradera (2). De esa experiencia
extraemos en sentido retrocedente el derecho de declarar inconciente también lo designado
como latente. Y si ahora tomamos en cuenta estas constelaciones dinámicas, podemos
distinguir dos clases de inconciente: una que con facilidad, en condiciones que se producen a
menudo, se trasmuda en conciente, y otra en que esta trasposición es difícil, se produce sólo
mediante un gasto considerable de labor, y aun es posible que no ocurra nunca. Para evitar la
ambigüedad de saber si nos referimos a uno u otro inconciente, si usamos la palabra en el
sentido descriptivo o en el dinámico, recurrimos a un expediente simple, permitido. Llamamos
«preconciente» a lo inconciente que es sólo latente y deviene conciente con tanta facilidad, y
reservamos la designación «inconciente» para lo otro. Ahora tenemos tres términos: conciente,
preconciente e inconciente, con los cuales podemos desempeñarnos en la descripción de los
fenómenos anímicos, Repitámoslo: desde el punto de vista puramente descriptivo, también lo
preconciente es inconciente, pero no lo designamos así excepto en una exposición laxa o
cuando nos proponemos defender la existencia misma de procesos inconcientes en la vida
anímica.
Espero me concederán que hasta aquí nada de eso es enojoso, y permite un cómodo manejo.
Así es; pero, por desdicha, el trabajo psicoanalítico se ha visto esforzado a emplear la palabra
«inconciente» aún en un tercer sentido, y es muy probable que esto haya suscitado confusión.
Bajo la nueva y poderosa impresión de que un vasto e importante campo de la vida anímica se
sustrae normalmente del conocimiento del yo, de suerte que los procesos que ahí ocurren
tienen que reconocerse como inconcientes en el genuino sentido dinámico, hemos entendido el
término «inconciente» también en un sentido tópico o sistemático, hablado de un sistema de lo
preconciente y de lo inconciente, de un conflicto del yo con el sistema Ice, y dejado que la
palabra cobrara cada vez más el significado de una provincia anímica, antes que el de una
cualidad de lo anímico. El descubrimiento, en verdad incómodo, de que también sectores del yo
y del superyó son inconcientes en el sentido dinámico produce aquí como un alivio, nos permite
remover una complicación. Vemos que no tenemos ningún derecho a llamar «sistema Icc» al
ámbito anímico ajeno al yo, pues la condición de inconciente no es un carácter exclusivamente
suyo. Entonces, ya no usaremos más «inconciente» en el sentido sistemático y daremos un
nombre mejor, libre de malentendidos, a lo que hasta ahora designábamos así. Apuntalándonos
en el uso idiomático de Nietzsche, y siguiendo una incitación de Georg Groddeck [1923] (3), en
lo sucesivo lo llamaremos «el ello». Este pronombre impersonal parece particularmente
adecuado para expresar el principal carácter de esta provincia anímica, su ajenidad respecto del
yo. Superyó, yo y ello son ahora los tres reinos, ámbitos, provincias, en que descomponemos el
aparato anímico de la persona, y de cuyas relaciones recíprocas nos ocuparemos en lo que
sigue.(4)
Antes de hacerlo, sólo una breve intercalación. Estarán ustedes descontentos por el hecho de
que las tres cualidades de la condición de conciente, y las tres provincias del aparato anímico,
no se hayan reunido en tres pacíficas parejas; sin duda verán en ello algo así como un
deslucimiento de nuestros resultados. Pero yo opino que no deberíamos lamentarlo, sino
decirnos que no poseíamos ningún derecho a esperar un ordenamiento tan terso. Permítanme
ofrecerles una comparación; es verdad que las comparaciones no demuestran nada, pero
pueden hacer que uno se sienta más en su casa. Imagino un país con una variada
configuración de su suelo: montes, llanuras y lagos, y con una población mixta, pues en él
moran alemanes, magiaresy eslovacos, que además desarrollan actividades diversas.
Entonces las cosas podrían distribuirse así: en la montaña viven los alemanes, criadores de
ganado; en tierra llana, los magiares, que cultivan cereales y viñas; y en los lagos, los eslovacos
pescan y trenzan junco. Si esta distribución fuera tersa y no contaminada, regocijaría a un
Wilson (5); también sería muy cómoda para dictar las clases de geografía. Empero, lo probable
es que si ustedes recorren la comarca hallen menos orden y más contaminación. Alemanes,
magiares y eslovacos viven entreverados por doquier, en la montaña hay también agricultores y
en la llanura se cría ganado. Desde luego, algo será como ustedes lo esperaban, pues en el
monte no se puede pescar y en el agua no crece la vid. Sin duda, la imagen que tenían de la
comarca puede ser la correcta a grandes rasgos; en el detalle, tendrán que admitir
divergencias.
No esperen que, acerca del ello, vaya a comunicarles mucho de nuevo excepto el nombre. Es la
parte oscura, inaccesible, de nuestra personalidad; lo poco que sabemos de ella lo hemos
averiguado mediante el estudio del trabajo del sueño y de la formación de síntomas neuróticos,
y lo mejor tiene carácter negativo, sólo se puede describir por oposición respecto del yo. Nos
aproximamos al ello con comparaciones, lo llamamos un caos, una caldera llena de
excitaciones borboteantes. Imaginamos que en su extremo está abierto hacia lo somático, ahí
acoge dentro de sí las necesidades pulsionales que en él hallan su expresión psíquica (6), pero
no podemos decir en qué sustrato. Desde las pulsiones se llena con energía, pero no tiene
ninguna organización, no concentra una voluntad global, sólo el afán de procurar satisfacción a
las necesidades pulsionales con observancia del principio de placer. Las leyes del pensamiento,
sobre todo el principio de contradicción, no rigen para los procesos del ello. Mociones opuestas
coexisten unas junto a las otras sin cancelarse entre sí ni debitarse; a lo sumo entran en
formaciones de compromiso bajo la compulsión económica dominante a la descarga de
energía. En el ello no hay nada que pueda equipararse a la negación {Negation}, y aun se
percibe con sorpresa la excepción al enunciado del filósofo según el cual espacio y tiempo son
formas necesarias de nuestros actos anímicos (7). Dentro del ello no se encuentra
nada que corresponda a la representación del tiempo, ningún reconocimiento de un decurso
temporal y -lo que es asombroso en grado sumo y aguarda ser apreciado por el pensamiento
filosófico- ninguna alteración del proceso anímico por el trascurso del tiempo (8).
Mociones de deseo que nunca han salido del ello, pero también impresiones que fueron
hundidas en el ello por vía de represión, son virtualmente inmortales, se comportan durante
décadas como si fueran acontecimientos nuevos. Sólo es posible discernirlas como pasado,
desvalorizarlas y quitarles su investidura energética cuando han devenido concientes por medio
del trabajo analítico, y en eso estriba, no en escasa medida, el efecto terapéutico del tratamiento
analítico.
Sigo teniendo la impresión de que hemos sacado muy poco partido para nuestra teoría
analítica de ese hecho, comprobado fuera de toda duda, de que el tiempo no altera lo reprimido.
Y, en verdad, parece abrírsenos ahí un acceso hacia las intelecciones más profundas. Por
desgracia, tampoco yo he avanzado gran cosa en esa dirección.
Desde luego, el ello no conoce valoraciones, ni el bien ni el mal, ni moral alguna. El factor
económico o, si ustedes quieren, cuantitativo, íntimamente enlazado con el principio de placer,
gobierna todos los procesos. Investiduras pulsionales que piden descarga: creemos que eso es
todo en el ello. Parece, es verdad, que la energía de esas mociones pulsionales se encuentra
en otro estado que en los demás distritos anímicos, es movible y susceptible de descarga con
ligereza mucho mayor (9), pues de lo contrario no se producirían esos
desplazamientos y condensaciones que son característicos del ello y prescinden tan
completamente de la cualidad de lo investido -en el yo lo llamaríamos una representación- ¡Qué
daríamos por comprender mejor estas cosas! Además, ven ustedes que estamos en
condiciones de indicar para el ello otras propiedades y no sólo la de ser inconciente, y
disciernen la posibilidad de que partes del yo y del superyó sean inconcientes sin poseer los
mismos caracteres primitivos e irracionales (10).
El mejor modo de obtener una caracterización del yo como tal, en la medida en que se puede
separarlo del ello y del superyó, es considerar su nexo con la más externa pieza de superficie
del aparato anímico, que designamos como el sistema P-Cc {percepción-conciencia}. Este
sistema está volcado al mundo exterior, medía las percepciones de este, y en el curso de su
función nace dentro de él el fenómeno de la conciencia. Es el órgano sensorial de todo el
aparato, receptivo además no sólo para excitaciones que vienen de afuera, sino para las que
provienen del interior de la vida anímica. Apenas si necesita ser justificada la concepción según
la cual el yo es aquella parte del ello que fue modificada por la proximidad y el influjo del mundo
exterior, instituida para la recepción de estímulos y la protección frente a estos, comparable al
estrato cortical con que se rodea una ampollita de sustancia viva. El vínculo con el mundo
exterior se ha vuelto decisivo para el yo; ha tomado sobre sí la tarea de subrogarlo ante el ello y
por la salud del ello, que, en su ciego afán de satisfacción pulsional sin consideración alguna por
ese poder externo violentísimo, no escaparía al aniquilamiento. Para cumplir esta función, el yo
tiene que observar el mundo exterior, precipitar una fiel copia de este en las huellas mnémicas
de sus percepciones, apartar mediante la actividad del examen de realidad lo que las fuentes de
excitación interior han añadido a ese cuadro del mundo exterior. Por encargo del ello, el yo
gobierna los accesos a la motilidad, pero ha interpolado entre la necesidad y la acción el
aplazamiento del trabajo de pensamiento, en cuyo trascurso recurre a los restos mnémicos de
la experiencia. Así ha destronado al principio de placer, que gobierna de manera irrestricta el
decurso de los procesos en el ello, sustituyéndolo por el principio de realidad, que promete más
seguridad y mayor éxito.
También el vínculo con el tiempo, tan difícil de describir, es proporcionado al yo por el sistema
percepción; apenas es dudoso que el modo de trabajo de este sistema da origen a la
representación del tiempo (11). Ahora bien, lo que singulariza muy particularmente al
yo, a diferencia del ello, es una tendencia a la síntesis de sus contenidos, a la reunión y
unificación de sus procesos anímicos, que al ello le falta por completo. Cuando en lo que sigue
tratemos sobre las pulsiones en la vida anímica, cabe esperar que lograremos reconducir a sus
fuentes este carácter esencial del yo (12). Por sí solo produce aquel alto grado de
organización que necesita el yo para sus mejores operaciones. El yo se desarrolla desde la
percepción de las pulsiones hasta su gobierno, pero este último sólo se alcanza por el hecho de
que la agencia representante de pulsión es subordinada a una unión mayor, acogida dentro de
un nexo. Ajustándonos a giros populares, podríamos decir que el yo subroga en la vida anímica
a la razón y la prudencia, mientras que el ello subroga a las pasiones desenfrenadas.
Hasta ahora nos hemos dejado impresionar por el recuento de las excelencias y aptitudes del
yo; es tiempo de considerar el reverso de la medalla. En efecto, el yo es sólo un fragmento del
ello, un fragmento alterado de manera acorde al fin por la proximidad del mundo exterior
amenazante. En el aspecto dinámico es endeble, ha tomado prestadas del ello sus energías, y
alguna intelección tenemos sobre los métodos -podría decirse: las tretas- por medio de los
cuales sustrae al ello ulteriores montos de energía. Sin duda que una de esas vías es, por
ejemplo, la identificación con objetos conservados o resignados. Las investiduras de objeto
parten de las exigencias pulsionales del ello. El yo al comienzo se ve precisado a registrarlas.
Pero, identificándose con el objeto, se recomienda al ello en remplazo del objeto, quiere guiar
hacia sí la libido del ello. Ya hemos averiguado que en el curso de la vida el yo acoge dentro de
sí gran número de tales precipitados de antiguas investiduras de objeto. En el conjunto, el yo se
ve obligado a realizar los propósitos del ello, y cumple su tarea cuando descubre las
circunstancias bajo las cuales esos propósitos pueden alcanzarse lo mejor posible. Podría
compararse la relación entre el yo y el ello con la que media entre el jinete y su caballo. El
caballo produce la energía para la locomoción, el jinete tiene el privilegio de comandar la meta,
de guiar el movimiento del fuerte animal. Pero entre el yo y el ello se da con harta frecuencia el
caso no ideal de que el jinete se vea precisado a conducir a su rocín adonde este mismo quiere
ir.
El yo se ha divorciado de una parte del ello mediante resistencias de represión {de desalojo}.
Pero la represión no se continúa en el interior del ello. Lo reprimido confluye con el, resto del
ello.
Un refrán nos previene que no se debe servir a dos amos al mismo tiempo. El pobre yo lo pasa
todavía peor: sirve a tres severos amos, se empeña en armonizar sus exigencias y reclamos.
Estas exigencias son siempre divergentes, y a menudo parecen incompatibles; no es raro
entonces que el yo fracase tan a menudo en su tarea. Esos tres déspotas son el mundo
exterior, el superyó y el ello. Si uno sigue los empeños del yo por darles razón al mismo tiempo
-mejor dicho, por obedecerles al mismo tiempo-, no puede arrepentirse de haber personificado
a ese yo, de haberlo postulado como un ser particular. Se siente apretado desde tres lados,
amenazado por tres clases de peligros, frente a los cuales en caso de aprieto reacciona con un
desarrollo de angustia. Por su origen en las experiencias del sistema percepción está destinado
a subrogar los reclamos del mundo exterior, pero también quiere ser el fiel servidor del ello,
mantenerse avenido con el ello, recomendársele como objeto, atraer sobre sí su libido. En sus
afanes por mediar entre el ello y la realidad se ve obligado con frecuencia a disfrazar los
mandamientos icc del ello con sus racionalizaciones prcc, a encubrir los conflictos del ello con
la realidad, a simular con insinceridad diplomática una consideración por la realidad aunque el
ello haya permanecido rígido e inflexible. Por otra parte, el riguroso superyó observa cada uno
de sus pasos, le presenta determinadas normas de conducta sin atender a las dificultades que
pueda encontrar de parte del ello y del mundo exterior, y en caso de inobservancia lo castiga
con los sentimientos de tensión de la inferioridad y de la conciencia de culpa. Así, pulsionado
por el ello, apretado por el superyó, repelido por la realidad, el yo pugna por dominar su tarea
económica, por establecer la armonía entre las fuerzas e influjos que actúan dentro de él y
sobre él, y comprendemos por qué tantas veces resulta imposible sofocar la exclamación: «¡La
vida no es fácil!». Cuando el yo se ve obligado a confesar su endeblez, estalla en angustia,
angustia realista ante el mundo exterior, angustia de la conciencia moral ante el superyó,
angustia neurótica ante la intensidad de las pasiones en el interior del ello.
Quisiera figurar en un gráfico modesto las constelaciones estructurales de la personalidad
anímica, que he desarrollado ante ustedes; helo aquí:

constelaciones estructurales

Aquí ven ustedes que el superyó se sumerge en el ello; en efecto, como heredero del complejo de Edipo mantiene íntimos nexos con él; está más alejado que el yo del sistema percepción (13). El ello comercia con el mundo exterior sólo a través del yo, al menos en este esquema. Hoy nos resulta difícil, por cierto, decir en qué medida el gráfico es correcto; en un punto seguramente no lo es. El espacio abarcado por el ello inconciente debería ser incomparablemente mayor que el del yo o el de lo preconciente. Les ruego que lo rectifiquen ustedes mentalmente.

Y ahora he de hacerles todavía una advertencia para concluir estos difíciles y acaso no convincentes desarrollos. No deben concebir esta separación de la personalidad en un yo, un superyó y un ello deslindada por fronteras tajantes, como las que se han trazado artificialmente en la geografía política. No podemos dar razón de la peculiaridad de lo psíquico mediante contornos lineales como en el dibujo o la pintura primitiva; más bien, mediante campos coloreados que se pierden unos en otros, según hacen los pintores modernos. Tras haber separado, tenemos que hacer converger de nuevo lo separado. No juzguen con demasiada dureza este primer intento de volver intuible lo psíquico, tan difícil de aprehender. Es muy probable que la configuración de estas separaciones experimente grandes variaciones en diversas personas, y es posible que hasta se alteren en el curso de la función e involucionen temporariamente. Algo de esto parece convenir en especial a la diferenciación entre el yo y el superyó, la última desde el punto de vista filogenético, y la más espinosa. Es indudable que eso mismo puede ser provocado por una enfermedad psíquica. Cabe imaginar, también, que ciertas prácticas místicas consigan desordenar los vínculos normales entre los diversos distritos anímicos de suerte que, por ejemplo, la percepción logre asir, en lo profundo del yo y del ello, nexos que de otro modo le serían inasequibles. Puede dudarse tranquilamente de que por este camino se alcance la sabiduría última de la que se espera toda salvación. De todos modos, admitiremos que los empeños terapéuticos del psicoanálisis han escogido un parecido punto de abordaje. En efecto, su propósito es fortalecer al yo, hacerlo más independiente del superyó, ensanchar su campo de percepción y ampliar su organización de manera que pueda apropiarse de nuevos fragmentos del ello (14). Donde Ello era, Yo debo devenir. Es un trabajo de cultura como el desecamiento del Zuiderzee.

Obras de S. Freud: 30ª conferencia. Sueño y ocultismo (segunda parte)

30ª conferencia. Sueño y ocultismo

Desde el comienzo yo lo había escuchado de mala gana. Tras esa exclamación, me permití
preguntarle: «¿Qué halla usted tan grandioso en esa profecía? Ahora estamos a fines del otoño;
su cuñado no ha muerto, pues de lo contrario hace tiempo me lo hubiera contado usted. Por

30ª conferencia. Sueño y ocultismo

Desde el comienzo yo lo había escuchado de mala gana. Tras esa exclamación, me permití
preguntarle: «¿Qué halla usted tan grandioso en esa profecía? Ahora estamos a fines del otoño;
su cuñado no ha muerto, pues de lo contrario hace tiempo me lo hubiera contado usted. Por
tanto, la profecía no se cumplió». «Es cierto -respondió-; pero lo maravilloso es esto: mi cuñado
es un gran aficionado a las langostas y ostras, y el verano anterior -vale decir, antes de mi visita
a la decidora de la suerte- tuvo un envenenamiento con ostras por cuya causa estuvo a punto
de morir». ¿Qué podía hacer yo? Sólo fastidiarme por el hecho de que ese hombre de elevada
cultura, que además acababa de terminar con éxito un análisis, no penetrase mejor la trama.
Por mí parte, antes de creer que mediante unas tablas astrológicas se pueda calcular cuándo
sobrevendrá un envenenamiento con langostas u ostras, prefiero suponer que mi paciente
nunca había superado el odio hacia el rival, a raíz de cuya represión había enfermado en su
momento, y que la astróloga simplemente expresó su propia expectativa: «Tales aficiones no se
abandonan, y un buen día él morirá por esa causa». Confieso que no conozco otra explicación
para este caso, como no sea que mi paciente se permitiera una broma conmigo. Pero ni en ese
momento ni luego me dio motivos para sospecharlo, y parecía hablar en serio.
Otro caso (1). Un joven de elevada posición está enredado con una mujer de vida galante y
en ese vínculo rige una curiosa compulsión. De tiempo en tiempo se ve precisado a afrentar a la
amada de palabra haciéndola objeto de mofa y escarnio hasta que ella cae en viva
desesperación. Una vez que la ha quebrantado hasta ese punto, él se siente aliviado, se
reconcilia con ella y la agasaja. Pero ahora le gustaría librarse de ella, la compulsión le resulta
ominosa {unheimfich}, nota que ese enredo menoscaba su buen nombre, quiere tener esposa,
fundar una familia. No obstante, no consigue separarse con sus solas fuerzas de la dama
galante y acude al análisis en busca de auxilio. Tras una de esas escenas de insultos, ocurrida ya durante el análisis, se hace escribir por ella un billete, que luego lleva a un grafólogo. He aquí la información que recibe: Es el escrito de una persona en estado de desesperación extrema, no pasarán muchos días antes que se dé muerte. Desde luego, ello no sucedió, pues la dama siente apego por la vida; pero el análisis consigue aflojar sus cadenas: abandona, pues, a la
dama y se vuelve a una joven de quien espera pueda convertirse en cabal esposa para él. Al
poco tiempo le sobreviene un sueño que sólo puede interpretarse como una incipiente duda en cuanto al valor de esa muchacha. También de ella toma unas líneas de escritura que presenta a la misma autoridad, y el juicio que recibe sobre el escrito corrobora sus aprensiones. Abandona entonces el propósito de hacerla su esposa.
Para apreciar las pericias del grafólogo, sobre todo la primera, es preciso saber algo acerca de
la historia secreta de nuestro hombre. Siendo muy jovencito, y respondiendo a su naturaleza
apasionada, se había enamorado hasta el frenesí de una mujer joven, aunque mayor que él.
Rechazado, intentó un suicidio de cuyo serio propósito no cabe dudar. Sólo por azar escapó de
la muerte, y se restableció tras larga convalecencia. Pero ese acto silvestre causó profunda
impresión en la mujer amada, quien le concedió sus favores; él pasó a ser su amante,
permaneció desde entonces ligado con ella secretamente {heimlich} y la sirvió como un
auténtico caballero. Trascurridas más de dos décadas, y habiendo envejecido ambos -sobre
todo la mujer, desde luego-, se le despertó la necesidad de desasirse de ella, de liberarse, llevar
su propia vida, fundar él mismo una casa y una familia. Y simultánea con ese hastío se instaló
en él la necesidad, largo tiempo sofocada, de vengarse de su amante. Si una vez quiso matarse
porque ella lo desdeñó, ahora quería tener el contento de que ella buscara la muerte porque él la
abandonaba. Empero, su amor seguía siendo demasiado intenso para que ese deseo pudiera
devenirle conciente; además, no era capaz de hacerle suficiente mal para empujarla a la
muerte. Con ese estado de ánimo, tomó a la mujer galante en cierto modo como chivo
emisario, a fin de satisfacer in corpore vili su sed de venganza; se permitió hacerla objeto de
todos los martirios cuyo efecto previsible fuera el que él deseaba para la mujer amada. Que la
venganza iba dirigida en verdad a esta última se traslucía ya por el hecho de que la tomó por
confidente y consejera en su enredo amoroso, en vez de ocultarle su infidelidad. La pobre,
rebajada hacía tiempo de la posición de quien otorga a la de quien recibe, probablemente sufrió
más por esas confidencias que la mujer galante con las brutalidades que él le infligía. Desde
luego, la compulsión de que él se quejaba a raíz de esa persona sustitutiva, y que lo empujó al
análisis, había sido trasferida a ella desde la ex amante: de esta última quería librarse y no
podía. No soy grafólogo y no estimo en mucho el arte de colegir el carácter a partir de la
escritura; menos aún creo en la posibilidad de predecir por esa vía el futuro del que escribe.
Pero vean ustedes: no importa lo que se piense acerca del valor de la grafología; es inequívoco
que el experto, al asegurar que el autor del trozo de escritura que se le presentaba como
muestra se mataría en los próximos días, no hizo más que traer a la luz, también en este caso,
un intenso deseo secreto de la persona que lo consultaba. Algo semejante ocurrió en la
segunda pericia, sólo que aquí no contaba un deseo inconciente, sino que el germen de duda y
de aprensión del consultante halló una expresión clara por boca del grafólogo. En fin, mi
paciente consiguió, con ayuda del análisis, hacer una elección amorosa fuera del círculo de
encantamiento en que había estado hechizado.
Señoras y señores: Acaban de saber lo que la interpretación de los sueños y el psicoanálisis en general obtienen respecto del ocultismo. Han visto, mediante ejemplos, que su aplicación permite sumariar hechos ocultistas que de otro modo habrían permanecido irreconocibles. En cuanto a la pregunta que sin duda les interesa más, la de saber si puede creerse en la realidad objetiva de estos hallazgos, el psicoanálisis no puede responderla de manera directa, pero el material dilucidado con su ayuda lleva al menos a que uno se incline por la afirmativa. Claro que el interés de ustedes no se agotará en esto. Querrán saber qué conclusiones autoriza ese material incomparablemente rico en que el psicoanálisis no tiene participación alguna. Mas yo no puedo seguirlos por esa senda, ese no es mi campo. Lo único que todavía podría hacer sería referirles observaciones que al menos presentaran un nexo con el análisis, a saber, que se hayan hecho en el curso del tratamiento analítico y acaso, también, posibilitadas por este. Les comunicaré un ejemplo de esa índole, el que me ha dejado la más fuerte impresión; seré muy prolijo, reclamaré su atención para una multitud de detalles, a pesar de lo cual me veré precisado a omitir muchas cosas que aumentarían de manera considerable el poder de
convencimiento de la observación. Es un ejemplo en que el sumario de los hechos sale a la luz
con claridad y no necesita ser desarrollado mediante el análisis, aunque en su examen no
podremos prescindir del auxilio de este último. Debo anticiparles, sin embargo, que tampoco
este ejemplo de aparente trasferencia del pensamiento en la situación analítica está libre de
reparos ni avala una toma de partido irrestricta en favor de la realidad del fenómeno ocultista
(2).
Escuchen, pues: Una mañana de otoño de 1919, hacia las 10.45, el doctor David Forsyth (3),
recién venido de Londres, me hace llegar una tarjeta de visita mientras yo trabajo con un
paciente. (Mi estimado colega de la London Uníversity no considerará, sin duda, una
indiscreción que de esta manera revele que durante algunos meses se hizo introducir por mí en
las artes de la técnica psicoanalítica.) Sólo tengo tiempo de saludarlo y concertar una entrevista
para luego. El doctor Forsyth merece mi particular interés; es el primer extranjero que acude a
mí tras el aislamiento de los años de guerra y está destinado a inaugurar una época mejor.
Enseguida, a eso de las once, llega uno de mis pacientes, el señor P., un hombre amable y
espiritual que tiene entre 40 y 50 años y en su momento recurrió a mí por dificultades con las
mujeres. Su caso no prometía un éxito terapéutico; tiempo atrás le había propuesto suspender
el tratamiento, pero él deseó continuarlo, evidentemente porque se sentía cómodo junto a mí
dentro de una trasferencia paterna bien acompasada. El dinero no desempeñaba en esa época
papel alguno, pues era harto escaso; las sesiones que pasaba con él me procuraban también a
mí estímulo y consuelo, y entonces, dejando de lado las severas reglas de la práctica médica,
proseguí el trabajo analítico hasta un término que ya se avizoraba.
Ese día el señor P. volvió sobre sus intentos de anudar vínculos amorosos con mujeres y
mencionó una vez más a la muchacha pobre, graciosa y bella con quien podría haber tenido
éxito si el hecho mismo de su virginidad no lo disuadiese ya de todo serio empeño. A menudo
se había referido a ese tema, pero hoy por primera vez contó que ella, desde luego sin
sospechar los reales motivos de su impedimento, solía llamarlo «Herr von Vorsicht» {«Señor
Prudencia»}. Esta comunicación me impresiona, tengo a la mano la tarjeta de visita del doctor
Forsyth, se la enseño.
He ahí el sumario de los hechos. Preveo que ha de parecerles pobre, pero continúen
escuchando; hay algo más detrás de ello.
En su juventud, P. vivió algunos años en Inglaterra y conserva un permanente interés por la
literatura inglesa. Posee una rica biblioteca sobre esa materia, de la que solía prestarme libros;
le debo el conocimiento de autores como Bennett y Galsworthy, de quienes hasta entonces yo
había leído poco. Un día me prestó una novela de Galsworthy cuyo título es The Man of Property
y se desarrolla en el seno de una familia inventada por el escritor, la familia Forsyth. Es evidente
que el propio Galsworthy quedó cautivado por esta creación suya, pues en relatos posteriores
recurrió varias veces a integrantes de ella y por último recopiló todas las obras referidas a ese
tema bajo el título The Forsyth Saga. Muy pocos días antes del episodio que refiero, P. me
había traído un nuevo volumen de esa serie. El apellido Forsyth y todo lo típico que el autor quiso
corporizar en él había desempeñado también un papel en mis coloquios con P., convirtiéndose
en parte de ese lenguaje secreto que con tanta facilidad se forja en el trato regular entre dos
personas. Ahora bien, el apellido Forsyth de aquellas novelas se distingue poco del de mi
visitante, Forsyth, y en la pronunciación alemana ambos son apenas diferenciables; además, la
palabra inglesa provista de sentido que los alemanes pronunciaríamos de igual modo sería
«foresight», traducible por «Voraussicht» {«previsión»} o «Vorsicht» {«prudencia»}. Por tanto, P.
había ido a buscar en sus vínculos personales el mismo nombre que en ese preciso momento
me ocupaba a consecuencia de un suceso que él desconocía.
Esto cobra mejor aspecto, ¿no es verdad? Pero creo que este llamativo fenómeno nos
impresionará más, y hasta podremos echar algo así como un vistazo en las condiciones de su
génesis, si iluminamos analíticamente otras dos asociaciones que P. aportó en esa misma
sesión.
La primera: Cierto día de la semana anterior había esperado en vano al señor P. a las once de
la mañana, y entonces partí para visitar al doctor Anton von Freund (4) en su pensión. Me
sorprendió encontrarme con que el señor P. vivía en otro piso del mismo edificio. Con referencia
a esto, comenté luego a P. que por así decir le había hecho una visita en su casa; pero sé con
certeza que no le mencioné el nombre de la persona a quien visité en la pensión. Y bien; poco
después de que se aludiera al «Señor Prudencia» me preguntó: «¿Es por ventura su hija la
Freud-Ottorego que dicta cursos de inglés en la Universidad Popular?». Y por primera vez en
nuestro prolongado trato le sucedió imprimir a mi nombre la desfiguración a que oficinas,
funcionarios y tipógrafos ya me han habituado: en vez de «Freud» dijo«Freund».
La segunda: Al final de esa misma sesión relata un sueño del que despertó con angustia, una verdadera pesadilla {Alptraum}, dice. Agrega que no hace mucho, olvidado de la palabra inglesa correspondiente a pesadilla, a alguien que se la preguntó le contestó: «a mare’s nest». Desde luego -prosigue- es un disparate, pues «a mare’s nest» significa una historia increíble, un cuento del tío, en tanto que la traducción de pesadilla es «night-mare». Esta ocurrencia no parece tener en común con las anteriores nada más que el elemento «inglés»; pero a mí no puede menos
que traerme a la memoria un pequeño suceso ocurrido aproximadamente un mes atrás. P.
estaba sentado conmigo en la habitación cuando de manera inesperada entró, tras larga
separación, otro querido huésped de Londres, el doctor Ernest Jones. Le indiqué que pasara a
otra habitación hasta que yo despidiera a P. Pero este lo reconoció enseguida por una fotografía
que estaba colgada en la sala de espera, y formuló el deseo de serle presentado. Ahora bien,
Jones es el autor de una monografía acerca de la pesadilla {Alptraum}-night-mare (5); yo no supe que P. tuviera conocimiento de ella. Evitaba leer libros analíticos.
Quisiera indagar primero ante ustedes qué inteligencia analítica puede obtenerse respecto del
nexo de las ocurrencias de P., así como de su motivación. Frente al apellido Forsyth o Forsyth,
P. tenía una postura semejante a la mía; para él significaba lo mismo, y yo le debía totalmente
mi conocimiento de ese apellido. Lo asombroso del sumario de los hechos fue que lo trajera al
análisis sin mediación ninguna y trascurrido el más breve lapso después que un nuevo suceso,
el anuncio del médico de Londres, lo hubiera vuelto significativo para mí en otro sentido. Pero
acaso no menos interesante que el hecho mismo es el modo en que ese apellido emergió en su
sesión de análisis. No dijo, por ejemplo: «Ahora se me ocurre el apellido Forsyth de las novelas
que usted sabe», sino que, fuera de cualquier referencia conciente a esa fuente, supo
entretejerlo con sus propias vivencias y a partir de ahí lo sacó a la luz, algo que pudo haber
ocurrido mucho antes y hasta entonces no había sucedido. Lo que dijo fue: «Yo también soy un
Forsyth, aquella muchacha me llama así». Es difícil no advertir la mezcla de demanda celosa y
autodenigración llena de tristeza que procura expresarse en esa proferencia. No se errará si se
la completa de este modo: «Me afrenta que usted ocupe su pensamiento de manera tan intensa
en el recién llegado. Vuelva a mí, pues también soy un Forsyth es verdad que sólo un Herr von
Vorsicht, como dice la muchacha». Y ahora su ilación de pensamiento se remonta, por el hilo
de asociación del elemento «inglés», hasta dos oportunidades anteriores que pudieron
despertarle los mismos celos. «Hace unos días usted ha hecho una visita a mi casa, pero por
desgracia no a mí, sino a un señor Von Freund». Este pensamiento lo lleva a falsear el apellido
Freud en Freund {amigo}. La Freud-Ottorego del programa de cursos tiene que costear el gasto porque como profesora de inglés procura la asociación manifiesta. Y luego se anuda el recuerdo de otro visitante que hubo algunas semanas atrás y frente al cual sin duda se puso igualmente celoso, pero tampoco pudo sentirse a su altura, pues el doctor Jones se las
ingeniaba para escribir un ensayo sobre la pesadilla, en tanto él a lo sumo podía producir tales
sueños. La mención de su error en cuanto al significado de «a mare’s nest» pertenece
asimismo a ese nexo, sólo puede querer decir: «No soy un verdadero inglés, así como no soy
un verdadero Forsyth».
Ahora bien, no puedo calificar de inadecuadas ni de incomprensibles sus mociones de celos.
Tenía sabido que nuestro análisis terminaría, y con él nuestro trato, tan pronto volvieran a Viena
discípulos y pacientes, y de hecho fue lo que sucedió poco después. Muy bien; lo que hemos
ofrecido hasta ahora es un fragmento de trabajo analítico, el esclarecimiento de tres ocurrencias
aportadas en la misma sesión y alimentadas por idéntico motivo, y eso no tiene mucho que ver
con el otro problema, el de saber si esas ocurrencias son deducibles o no sin trasferencia del
pensamiento. Esto último se plantea respecto de cada una de las tres ocurrencias y por tanto
se descompone en tres preguntas separadas: ¿Podía P. saber que el doctor Forsyth acababa
de hacerme su primera visita? ¿Podía saber el nombre de la persona a quien yo había visitado
en su casa? ¿Sabía que el doctor Jones había escrito un ensayo sobre la pesadilla? ¿0 fue sólo
mi saber sobre esas cosas el que se reveló en sus ocurrencias? De la respuesta a estas tres
preguntas dependerá que mi observación autorice a inferir algo en favor de la trasferencia del
pensamiento.
Vamos a dejar por un momento de lado la primera pregunta, pues resulta más fácil tratar las
otras dos. En cuanto al caso de la visita a la pensión, nos produce a primera vista una
impresión particularmente confiable. Estoy seguro de que en mí breve y jocosa mención de la
visita a su casa no nombré apellido alguno; considero harto improbable que P. lo haya
averiguado luego en la pensión y tiendo a creer que ignoraba por completo la existencia de esa
persona. Pero la fuerza probatoria de este caso se arruina radicalmente por una circunstancia
casual: el hombre a quien yo había visitado en la pensión no sólo se llamaba Freund, sino que
era para todos nosotros un verdadero «Freund» {«amigo»}. Se trataba del doctor Anton von
Freund, cuya donación había permitido fundar nuestra editorial. Su temprana muerte, lo mismo
que la de nuestro Karl Abraham unos años después, fueron las más serias desgracias que
afectaron al desarrollo del psicoanálisis (6). Entonces, muy bien puedo haber dicho
en esa ocasión al señor P.: «He visitado en su casa a un amigo {Freund}», y con esta
posibilidad se volatiliza el interés ocultista por su segunda asociación.
También la impresión de la tercera ocurrencia se disipa pronto. ¿Podía P. saber que Jones
había publicado un ensayo sobre la pesadilla, puesto que nunca leía bibliografía analítica? Sí,
podía saberlo. Poseía libros de nuestra editorial y acaso vio ese título en las cubiertas donde se
anunciaban las nuevas ediciones. No es posible probarlo, pero tampoco rechazarlo. Por este
camino, pues, no llegamos a ninguna decisión. Debo lamentar que mi observación esté
aquejada por el mismo defecto que tantas otras de parecida índole. La he puesto por escrito
demasiado tardíamente, examinándola en una época en que ya no veía al señor P. ni podía
indagarlo más.
Volvamos entonces al primer hecho, que, aun aislado, apuntala el aparente sumario de la
trasferencia del pensamiento. ¿Podía P. saber que el doctor Forsyth había estado conmigo un
cuarto de hora antes que él? ¿Podía saber, en general, de su existencia o de su presencia en
Viena? No es lícito ceder a la inclinación de negar de plano ambas cosas. Empero, veo un
camino que lleva a una afirmación parcial. Acaso yo comuniqué al señor P. que esperaba a un
médico de Inglaterra para instruirlo en el análisis, como la primera paloma tras el diluvio. Ello
pudo suceder en el verano de 1919; meses antes de su venida, el doctor Forsyth se había
puesto de acuerdo conmigo por carta. Y hasta pude haber mencionado su apellido, aunque eso
me parece muy improbable. En efecto, dado el otro significado que este tenía para nosotros
dos, por fuerza habríamos entablado una conversación sobre el asunto tras nombrarlo, y yo
debería conservar algo de ella en mí memoria. Empero, pudo haber ocurrido así y olvidarlo yo
por completo, de suerte que la mención del «Herr von Vorsicht» en la sesión de análisis me
impresionara como un milagro. Si uno se considera un escéptico, hará bien si en ocasiones
duda igualmente de su escepticismo. Quizás exista también en mí la inclinación secreta a lo
ma ravilloso, que de este modo transige con la creación de sumarios de hechos ocultistas.
Tras haber removido así un fragmento de lo maravilloso, nos aguarda todavía otro fragmento, el
más difícil de todos. Suponiendo que el señor P. haya sabido que existía un doctor Forsyth y era
esperado en Viena para el otoño, ¿cómo se explica que se volviera receptivo hacia él
justamente el día que se anunció e inmediatamente después de su primera visita? Uno puede
decir que se debe al azar -o sea, dejarlo inexplicado-, pero justamente elucidé aquellas otras
dos ocurrencias de P. a fin de excluir el azar, a fin de mostrarles que de hecho se ocupaba de
pensamientos celosos sobre gentes que me visitaban y a quienes yo visitaba; o bien, para no
descuidar la más extrema de las posibilidades, uno puede intentar el supuesto de que P. nota
en mí una particular excitación, de la que yo por cierto nada sé, y a partir de ella extrae su
conclusión. 0 que el señor P., que llegó sólo un cuarto de hora después que el inglés, se topó
con él en el corto tramo de camino común a ambos, lo conoció por su aspecto
característicame nte inglés, se mantuvo en la postura de su expectativa celosa, y pensó: «Pero
si es el doctor Forsyth, con cuya llegada debe terminar mi análisis. Y es probable que venga de
casa del profesor». No puedo seguir más adelante con estas conjeturas acordes a la ratio.
Permanecemos de nuevo en un non liquet {no probado}, pero debo confesar que tal como yo lo
siento la balanza se inclina también aquí en favor de la trasferencia del pensamiento. Además,
no soy ciertamente el único que ha llegado a vivenciar esos sucesos «ocultos» en la situación
analítica. En 1926, Helene Deutsch ha dado a conocer observaciones parecidas y estudiado su
condicionamiento por los vínculos de la trasferencia entre paciente y analista.
Estoy seguro de que no habrán quedado muy satisfechos con mi postura frente a este
problema: no convencido del todo, y sin embargo presto al convencimiento. Acaso se digan:
«He aquí otro caso en que un hombre que toda su vida trabajó como honesto investigador de la
naturaleza se vuelve, de viejo, tonto, religioso y crédulo». Sé que algunos grandes nombres se
cuentan en esa serie, pero no deben incluirme ustedes a mí. Al menos, religioso no me he
vuelto, y espero que tampoco crédulo. Sólo que si uno se ha pasado la vida agachado para
evitar un choque doloroso con los hechos, también en la vejez mantiene la espalda encorvada
para inclinarse ante hechos nuevos. Ustedes preferirían sin duda que yo me atuviera a un
teísmo moderado y me mostrara implacable en la desautorización de todo lo ocultista. Pero soy
incapaz de cortejar a nadie, y no puedo menos que sugerirles adoptar una actitud más amistosa
hacia la posibilidad objetiva de la trasferencia del pensamiento y, con ella, de la telepatía
también.
No olviden que aquí sólo he tratado de estos problemas hasta donde es posible aproximarse a
ellos desde el psicoanálisis. Cuando hace más de diez años ingresaron por primera vez en mi círculo visual, también yo registré la angustia frente al peligro que corría nuestra cosmovisión científica, que, en caso de corroborarse partes del ocultismo, debería dejar el sitio al espiritismo o a la mística (7). Hoy pienso de otro modo; opino que no atestigua gran confianza en la ciencia creerla incapaz de acoger y procesar lo que resulte verdadero, eventualmente, de las tesis del ocultismo. Y por lo que atañe en particular a la trasferencia del pensamiento, parece favorecer de manera directa la extensión de la mentalidad científica -los oponentes dicen «mecanicista»- a lo espiritual, tan difícil de asir. En efecto, el proceso telepático debe consistir en que un acto anímico de una persona incite en otra ese mismo acto anímico. Lo que se sitúa entre ambos actos anímicos fácilmente puede ser un proceso físico en el que lo psíquico se traspone en un extremo, y que en el otro extremo vuelve a trasponerse en eso psíquico igual. En tal caso, sería inequívoca la analogía con otras trasposiciones, como las del habla y la escucha telefónicas. ¡Y consideren ustedes la perspectiva de tener a mano ese equivalente físico del acto psíquico! Me gustaría señalar que mediante la intercalación de lo inconciente entre lo físico y lo hasta entonces llamado «psíquico», el psicoanálisis nos preparó para la hipótesis de procesos del tipo de la telepatía. Con sólo habituarse a la idea de la telepatía, uno puede llegar a toda clase de cosas -aunque provisionalmente sólo en la fantasía, por cierto- Como es sabido, no se conoce el modo en que se establece la voluntad del conjunto en los grandes Estados de insectos. Es posible que ocurra por la vía de esa trasferencia psíquica directa. Uno se ve llevado a la conjetura de que esta sería la vía originaria, arcaica, del entendimiento entre los individuos, relegada en el curso del desarrollo filogenético por los métodos mejores de la comunicación con ayuda de signos que se reciben mediante los órganos de los sentidos. Pero acaso el método más antiguo permaneció en el trasfondo y podría imponerse aún bajo ciertas condiciones; por ejemplo, en masas excitadas hasta la pasión. Todo esto es todavía inseguro y rebosa de enigmas irresueltos, pero no hay fundamento alguno para asustarse.
Si existe una telepatía como proceso real, cabe conjeturar que, a pesar de lo difícil de su
comprobación, ha de tratarse de un fenómeno muy frecuente. Respondería a nuestras
expectativas que pudiéramos pesquisarla justamente en la vida anímica del niño. Nos viene a la
memoria la representación angustiada, tan común en los niños, de que sus progenitores se
percatan de todos sus pensamientos aunque no se los hayan comunicado -correlato cabal, y
acaso la fuente, de la creencia de los adultos en la omnisciencia de Dios-. Hace poco, una
mujer digna de toda confianza, D. Burlingham, en su ensayo «Kinderanalyse und Mutter» {El
análisis de niños y la madre} [1932], comunicó observaciones que, de ser corroboradas, no
podrán menos que poner término a la duda que aún resta sobre la realidad de la trasferencia del
pensamiento, Aprovecha la situación, ya no rara, en que madre e hijo se encuentran
simultáneamente en análisis, y a partir de ahí informa acerca de procesos maravillosos como
este: Un día, la madre se refiere en su sesión de análisis a una joya de oro que había cumplido
determinado papel en una de sus escenas de infancia. Al poco rato, luego de haber vuelto a su
casa, acude a su habitación su pequeño vástago, de unos diez años, trayéndole una joya de oro
con el pedido de que se la guarde. Ella le pregunta, asombrada, de dónde la sacó. Pues la
recibió para su cumpleaños, pero el cumpleaños del niño fue hace varios meses y no hay
motivo alguno para que justamente ahora haya de acordarse de la joya de oro. La madre
comunica a la analista del niño tal coincidencia, y le pide que investigue en el niño el fundamento
de esa acción. Pero el análisis del niño no arroja información ninguna; la acción se había
introducido ese día en la vida del niño como un cuerpo extraño. Unas semanas después, la
madre está sentada a su escritorio a fin de redactar, como se le ha pedido, una noticia acerca
de la vivencia descrita. Entonces se aproxima el niño y le pide de vuelta la joya de oro, pues le
gustaría llevarla consigo a su sesión de análisis para enseñarla. Tampoco en este caso el
análisis del niño pudo descubrir acceso alguno hacía ese deseo.
Y con esto volveríamos al psicoanálisis, del que habíamos partido.

Notas:

1- [Relatado con algunos otros pormenores en «Psicoanálisis y telepatía» (1941d), AE, 18, págs. 182-3, aunque el presente informe es más completo en ciertos aspectos.]
2- [Este es el «tercer caso» que Freud debía incluir en «Psicoanálisis y telepatía» (1941d) y cuya omisión en tal oportunidad él explica allí (AE, 18, pág. 181; cf. también mi «Nota introductoria» a dicho trabajo, AE, 22., págs. 167-8), confirmando la existencia del manuscrito original. Dada la gran similitud entre este último y la versión aquí proporcionada, no creímos necesario reproducirlo en aquella ocasión. Debe señalarse, empero, que desde que se publicó ese volumen de la Standard Edition, en 1955, el manuscrito ha vuelto a desaparecer inexplicablemente.]
3- [El doctor David Forsyth (1877-1941) fue médico asesor del Charing Cross Hospital, de Londres, y miembro fundador de la London Society for Psychoanalysis, creada en 1913.]
4- [Destacado adherente y benefactor húngaro del psicoanálisis.]
5- [Cf. Jones, 1912c.]
6- [Freud escribió sendas notas necrológicas al fallecer Von Freund y Abraham (Freud, 1920c y 1926b).]
7- [Estas ideas son ampliadas considerablemente en «Psicoanálisis y telepatía» (1941d), AE, 18, págs. 169-73.]

Obras de S. Freud: Sueño y Ocultismo

30ª conferencia. Sueño y ocultismo

(1)
Señoras y señores: Hoy andaremos por una senda estrecha, pero que puede llevarnos a una vasta perspectiva.

30ª conferencia. Sueño y ocultismo

(1)
Señoras y señores: Hoy andaremos por una senda estrecha, pero que puede llevarnos a una vasta perspectiva.
Difícilmente les sorprenda el anuncio de que he de hablarles acerca del vínculo del sueño con el ocultismo. En efecto, a menudo se consideró al sueño como la puerta de acceso al mundo de la mística, y muchos siguen teniéndolo todavía hoy por un fenómeno oculto. Tampoco
nosotros, que lo hicimos objeto de indagación científica, ponemos en entredicho que uno o
varios hilos lo enlacen con aquellas cosas oscuras. Mística, ocultismo, ¿qué se designa con
esos nombres? No esperen de mí intento alguno de acotar mediante definiciones este ámbito
mal deslindado. De una manera general e indeterminada, todos sabemos a qué se refiere. Es
una suerte de más allá del mundo luminoso, gobernado por leyes implacables, que la ciencia ha
edificado para nosotros.
El ocultismo afírmala existencia real de aquellas «cosas entre Cielo y Tierra con que nuestra sabiduría escolar ni sueña». Ahora bien, no queremos aferrarnos a la estrechez de miras de la escuela; estamos dispuestos a creer lo que nos hagan creíble.
Nos proponemos proceder con esas cosas como con cualquier otro material de la ciencia:
primero comprobar si tales procesos son efectivamente demostrables, y luego -pero sólo
luego-, una vez que su facticidad no deje lugar a dudas, empeñarnos en su explicación. Pero no
puede desconocerse que factores intelectuales, psicológicos e históricos nos dificultan ya el
mero propósito de hacerlo. No es el mismo caso que abordar otras indagaciones.
Consideremos primero la dificultad intelectual. Permítanme que recurra a unas ilustraciones
groseras, palmarias. Supongamos que se trate de averiguar la constitución del interior de la
Tierra. Como es notorio, no sabemos nada seguro sobre eso. Conjeturamos que consiste en
metales pesados en estado incandescente. Alguien enuncia la tesis de que el interior de la
Tierra sería agua saturada con ácido carbónico, vale decir, una especie de soda. Diremos, sin
duda, que es muy improbable, contradice todas nuestras expectativas, no toma en cuenta los
puntos de apoyo de nuestro saber que nos han llevado a formular la hipótesis de la composición
metálica. Pero de todos modos no es inconcebible; si alguien nos enseñara un camino para
comprobar la hipótesis de la soda, lo seguiríamos sin resistirnos. Pero hete aquí que otro
sostiene, con seriedad, la tesis de que el núcleo de la Tierra se compone de mermelada. Frente
a esto, nuestra conducta será muy diversa. Nos diremos que la mermelada no se presenta en
la naturaleza, es un producto de la cocina humana, y además la existencia de esa sustancia
presupondría la presencia previa de árboles frutales y sus frutos, y no sabríamos cómo situar
vegetación y artes culinarias en el interior de la Tierra; el resultado de estas objeciones
intelectuales será una oscilación de nuestro interés: en vez de ponernos a indagar si
efectivamente el núcleo de la Tierra se compone de mermelada, nos preguntaremos qué clase
de hombre es el que puede llegar a semejante idea, y a lo sumo seguiremos inquiriendo de
dónde lo sabe. El desdichado autor de la teoría de la mermelada lo tomará a grave afrenta y nos
acusará de denegarle una apreciación objetiva a su tesis por un prejuicio supuestamente
científico. Pero de nada le valdrá. Comprobamos que los prejuicios no siempre son reprobables,
que muchas veces están justificados, son adecuados para ahorrarnos un gasto inútil. En
verdad, no son más que unos razonamientos por analogía con otros juicios, bien
fundamentados.
Un buen número de las tesis ocultistas nos producen un efecto parecido a la hipótesis de la
mermelada, por lo cual nos creemos autorizados a rechazarlas de antemano sin ulterior
examen. Empero, eso no es tan simple. Una comparación como la que he elegido no prueba
nada, prueba tan poco como cualquier comparación. Su pertinencia es cuestionable, y se
comprende claramente que su elección ya estuvo determinada por la actitud de desestimación
despreciativa. Los prejuicios son muchas veces adecuados y justificados, pero otras veces son
erróneos y dañinos, y nunca se sabe cuándo son lo uno y cuándo lo otro. La propia historia de
las ciencias sobreabunda en ejemplos aptos para disuadirnos de una condena apresurada. Por
mucho tiempo se juzgó disparatada la hipótesis de que las piedras que hoy llamamos
meteoritos llegaban a la Tierra desde el espacio sideral, o que la roca de montaña que tiene
incrustados restos de conchilla formó una vez el lecho del mar. Por lo demás, cuando nuestro
psicoanálisis salió a la palestra con el descubrimiento de lo inconciente, no sucedió algo muy
diverso. De ahí que nosotros, los analistas, tenemos especial fundamento para ser cautos en
desautorizar tesis nuevas aduciendo el motivo intelectual, y debemos admitir que esto no nos
lleva más allá de la aversión, la duda y la incertidumbre.
He dicho que el segundo factor es psicológico. Me refiero a la universal inclinación de los
seres humanos hacía la credulidad y la milagrería. Desde el comienzo mismo, cuando la vida
nos coge en su riguroso yugo, nace en nosotros una resistencia a la implacabilidad y monotonía
de las leyes del pensamiento y a los requisitos del examen de realidad (2). La razón
pasa a ser la enemiga que nos escatima tantas posibilidades de conseguir placer. Se descubre
el placer que depara sustraérsele al menos temporariamente y entregarse a las seducciones de
lo sin sentido. El escolar se deleita retorciendo las palabras; tras un congreso científico el
erudito se mofa de su actividad, y hasta el hombre grave goza con los juegos del chiste (3). Una hostilidad má s seria a «razón y ciencia, la fuerza suprema del hombre (4)»
acecha su oportunidad, se apresura a preferir al doctor taumaturgo o al curandero naturista
sobre el médico «leído y escribido», se muestra solícita con las tesis del ocultismo en la medida
en que sus presuntos hechos son considerados infracciones de la ley y de la regla, adormece la
crítica, falsea las percepciones, arranca corroboraciones y asentimientos que no son
justificables. Quien tome en cuenta esta inclinación de los seres humanos tendrá todo el
derecho a desvalorizar muchas comunicaciones de la bibliografía ocultista.
Llamé histórico al tercer reparo, y con esto quiero destacar que en el mundo del ocultismo en
verdad no ocurre nada nuevo, sino que se presentan como novedades todos los signos,
milagros, profecías y apariciones de que se nos informa desde tiempos antiguos y en viejos
libros, y que creíamos haber disipado hace mucho como engendros de una fantasía
desenfrenada o de un fraude tendencioso, como productos de una época en que la ignorancia
de la humanidad era muy grande y el espíritu científico estaba todavía en pañales. Si aceptamos
por verdadero lo que según las comunicaciones de los ocultistas sigue sucediendo hoy,
tendremos que admitir también como creíbles aquellas noticias que nos vienen de la
Antigüedad. Y ahora nos percatamos de que las tradiciones y libros sagrados de los pueblos
rebosan de tales historias milagrosas, y las religiones apoyan su pretensión de credibilidad
justamente en esos episodios extraordinarios y milagrosos, considerándolos otras tantas
pruebas de la acción de unos poderes sobrehumanos. Por eso nos resultará difícil evitar la
sospecha de que el interés ocultista es en verdad un interés religioso, que entre los motivos
secretos del movimiento ocultista se cuenta el de acudir en auxilio de la religión amenazada por
el progreso del pensamiento científico. Y con el discernimiento de semejante motivo, no puede
menos que crecer nuestra desconfianza, junto con nuestra aversión a consentir en indagar los
supuestos fenómenos ocultos.
Pero, en definitiva, es preciso superar esa aversión a pesar de todo. Se trata de una cuestión
de hecho: si lo que los ocultistas refieren es o no verdadero. Debe podérselo decidir mediante la
observación. En el fondo, tenemos que estar agradecidos a los ocultistas. Los informes sobre
milagros de épocas pasadas se sustraen de nuestro examen. Si creemos que no son
comprobables, tenemos que admitir, sin embargo, que en rigor no son refutables. Pero acerca
de lo que ocurre en el presente, y de lo cual podemos ser testigos, por fuerza podremos
formarnos un juicio cierto. Si llegamos a la convicción de que tales milagros no suceden hoy, no
temeremos la objeción de que pudieron, empero, haber ocurrido en otros tiempos. Otras
explicaciones serán mucho más verosímiles. Por ello hemos depuesto nuestros reparos y nos
prestamos a participar en la observación de los fenómenos ocultos.
Por desdicha, tropezamos enseguida con circunstancias en extremo desfavorables para
nuestro honrado propósito. Las observaciones de las que debe depender nuestro juicio se
realizan en condiciones que vuelven inciertas nuestras percepciones sensoriales, embotan
nuestra atención, se rodean de oscuridad o de una tenue luz roja tras prolongados períodos de
vana expectativa. Se nos dice que ya nuestra actitud incrédula (vale decir, crítica) es capaz de
impedir la producción de los fenómenos esperados. La situación así establecida es una
verdadera caricatura de las circunstancias en que solemos realizar la indagación científica. Las
observaciones se hacen en los llamados «médiums», personas a las que se atribuyen
particulares facultades «sensitivas», pero que en manera alguna se distinguen por
sobresalientes cualidades espirituales o de carácter, ni están sostenidas por una gran idea o un
propósito serio como los antiguos taumaturgos. Al contrario, aun quienes creen en sus poderes
ocultos consideran a esos individuos particularmente sospechosos; la mayoría ya han sido
desenmascarados como impostores, y tendemos a prever que lo mismo sucederá pronto a los
restantes. Lo que operan produce la impresión de unas petulantes niñerías o juegos de
prestidigitación (5). Nada valioso se ha sacado a luz todavía de las sesiones con
esos médiums, como podría serlo el acceso a una nueva fuente de poder. Sin duda que
tampoco se espera un progreso para la cría de palomas del truco del prestidigitador que por arte
de magia las saca de su galera vacía. Me resulta fácil ponerme en la situación de alguien que
quiere cumplir con los requisitos de la objetividad y por eso participa en las sesiones ocultistas,
pero trascurrido un lapso se cansa y, molesto por las exigencias que se le hacen, se aparta y
regresa a sus anteriores prejuicios sin haber obtenido esclarecimiento alguno. A una persona
así se le puede reprochar que su conducta no es la correcta, pues si uno pretende estudiar
ciertos fenómenos, no tiene derecho a prescribirles cómo deben ser y bajo qué condiciones han
de presentarse. Más bien se impone perseverar y valorar las medidas de precaución y control
con que recientemente se ha buscado prevenir lo sospechoso de los médiums. Por desdicha,
esta moderna técnica de prevención pone fin a la fácil accesibilidad de las observaciones
ocultistas. El estudio del ocultismo se convierte en una profesión especial, difícil, una actividad
que nadie puede cultivar junto a sus demás intereses. Y en tanto los investigadores que se
ocupan de ella no hayan llegado a conclusiones, quedaremos librados a la duda y a nuestras
propias conjeturas.
Entre esas conjeturas, la más probable es, sin duda, que hay en el ocultismo un núcleo real
de hechos todavía no discernidos en cuyo rededor el fraude y la fantasía han tejido una corteza
difícil de atravesar. Pero, ¿cómo podríamos aunque sólo fuera acercarnos a ese núcleo? ¿Por
dónde abordaríamos el problema? Yo creo que aquí el sueño viene en nuestro auxilio,
sugiriéndonos que de toda esa mescolanza escojamos el tema de la telepatía.
Como ustedes saben, llamamos telepatía al presunto hecho de que un acontecimiento
sobrevenido en determinado momento llega de manera casi simultánea a la conciencia de una
persona distanciada en el espacio, y sin que intervengan los medios de comunicación
consabidos. Una premisa tácita es que ese acontecimiento afecte a una persona en quien la
otra, el receptor del mensaje, tenga un fuerte interés emocional. Por ejemplo, la persona A sufre
un accidente o muere, y la persona B, muy allegada a ella -su madre, hija o amada-, se entera
más o menos en el mismo momento a través de una percepción visual o auditiva; en este
último caso es como si se lo hubieran comunicado por teléfono, aunque no fue así de hecho: en
cierto modo, un correlato psíquico de la telegrafía sin hilos. No necesito insistirles en la
improbabilidad de tales sucesos. Además, la mayoría de estos informes pueden ser
desautorizados con buenas razones; pero restan algunos respecto de los cuales no es tan fácil
hacerlo. Ahora permítanme que a los fines de la comunicación que me propongo hacer omita la
palabreja «presunto» y continúe como sí creyera en la realidad objetiva del fenómeno telepático.
Pero retengan que esto no es así, que no me he adherido a ninguna convicción.
En verdad, es poco lo que tengo para comunicarles; sólo un hecho nimio. Y desde ahora
quiero poner un límite a la expectativa de ustedes diciéndoles que, en el fondo, el sueño tiene
poco que ver con la telepatía. Ni la telepatía arroja nueva luz sobre la naturaleza del sueño, ni este brinda un testimonio directo en favor de la realidad de la telepatía. Y por otra parte, el fenómeno telepático no está ligado al sueño, puede producirse también durante el estado de vigilia. La única razón para elucidar el vínculo entre sueño y telepatía reside en que el estado del dormir parece particularmente apto para la recepción del mensaje telepático. En tal caso se tiene lo que se llama un «sueño telepático», y mediante su análisis uno se convence de que la noticia telepática ha desempeñado el mismo papel que cualquier otro resto diurno; como tal, fue
alterado por el trabajo del sueño y puesto al servicio de la tendencia de este último.
Ahora bien, en el análisis de un sueño telepático de esa índole ocurrió algo que a mi juicio presentaba suficiente interés para, a pesar de su nimiedad, tomarlo como punto de partida de esta conferencia. Cuando en 1922 hice mi primera comunicación sobre este asunto, sólo
disponía de una observación. Desde entonces hice muchas del mismo tenor, pero persisto en
el primer ejemplo (6) porque es facilísimo de exponer, y los introducirá enseguida in medias res.
Un hombre de evidente inteligencia, carente en absoluto -como él mismo asevera- de
«inspiración ocultista», me escribe acerca de un sueño que le parece asombroso. Comienza
diciendo que su hija casada, que vive en un lugar distante, espera su primer parto para
mediados de diciembre. Esta hija le es muy querida, y sabe que también ella siente fuerte apego
por él. Entonces, en la noche del 16 al 17 de noviembre, él sueña que su propia mujer ha dado a
luz mellizos. Siguen numerosos detalles que puedo omitir aquí; por lo demás, no todos fueron
esclarecidos. La que en su sueño pasó a ser madre de los mellizos es su segunda mujer,
madrastra de su hija. No desea tener hijos con ella, pues no la considera apta para la educación
racional de los niños; además, por la época del sueño había suspendido hacía largo tiempo el comercio sexual con ella. Lo que le mueve a escribirme no es una duda sobre la doctrina del
sueño, que habría estado justificada por el contenido manifiesto del suyo: en efecto, ¿por qué el
sueño, en total oposición a sus deseos, hace que alumbre hijos esta mujer? Y de acuerdo con su informe, tampoco lo motiva el temor de que ese acontecimiento indeseado pudiera ocurrir.
Lo que lo movió a referirme ese sueño fue la circunstancia de que el 18 de noviembre por la
mañana recibió la noticia telegráfica de que su hija había dado a luz mellizos. El telegrama había
sido despachado el día anterior, y el nacimiento se produjo la noche del 16 al 17, más o menos
a la misma hora en que él soñaba que su mujer tenía mellizos. El soñante me pregunta si la
coincidencia de sueño y acontecimiento debe considerarse casual. No se atreve a llamar
telepático al sueño, pues la diferencia entre contenido del sueño y acontecimiento atañe
justamente a lo que le parece lo esencial, la persona de la parturienta. Pero de una de sus
observaciones se infiere que no le habría asombrado un sueño telepático correcto. Cree que su
hija sin duda «ha pensado particularmente en él» durante sus horas difíciles.
Señoras y señores: Estoy seguro de que ustedes ya pueden explicarse este sueño y
comprenden también por qué se los referí. Hay ahí un hombre insatisfecho con su segunda
mujer; preferiría tener una esposa como su hija del primer matrimonio. Este «como», desde
luego, falta en lo inconciente. Entonces durante la noche lo alcanza el mensaje telepático de que
su hija ha dado a luz mellizos. El trabajo del sueño se apodera de esta noticia, deja que influya
sobre ella el deseo inconciente que preferiría poner a la hija en el lugar de la segunda mujer, y
así nace el sueño manifiesto que provoca extrañeza, que oculta el deseo y desfigura el
mensaje. Debemos decir que sólo la interpretación del sueño, nos ha mostrado que se trata de
un sueño telepático; el psicoanálisis ha descubierto un sumario de hechos telepáticos (7) que
de otro modo no habríamos discernido.
¡Pero no se equivoquen ustedes! A pesar de ello, la interpretación del sueño no ha enunciado
nada acerca de la verdad objetiva de ese sumario de hechos telepáticos. También podría ser
una apariencia susceptible de otro esclarecimiento. Es posible que los pensamientos oníricos
latentes de ese hombre rezaran: «Hoy es el día en que debería producirse el parto sí mi hija,
como en verdad lo creo, erró la cuenta por un mes. Y ya la última vez que la vi su aspecto era
de tener mellizos. ¡Ah, cómo se habría regocijado mí difunta mujer, tan amante de los niños, si
nacieran mellizos!». (Introduzco este último factor de acuerdo con unas asociaciones del
soñante, que no he citado.) En tal caso, la estimulación para el sueño la habrían dado unas
conjeturas bien fundadas del soñante, y no un mensaje telepático; el resultado sería el mismo.
Como ustedes ven, de hecho la interpretación del sueño no ha enunciado nada acerca del
problema de saber si es lícito atribuir realidad objetiva a la telepatía. Sólo se podría decidirlo
mediante una averiguación en profundidad de todas las circunstancias del suceso, lo que por
desdicha resultó tan imposible de lograr en este ejemplo como en los otros de mi conocimiento.
Admitido que la hipótesis de la telepatía proporciona con mucho la explicación más simple; pero
con esto no hemos ganado gran cosa. La explicación más simple no es siempre la correcta;
hartas veces la verdad no es simple; y antes de resolverse a adoptar una hipótesis de tan
vastos alcances uno quiere extremar todas las precauciones.
Ahora podemos abandonar el tema «sueño y telepatía»; no tengo nada más que decirles sobre
él. Pero reparen en que no fue el sueño el que pareció enseñarnos algo sobre la telepatía, sino
la interpretación de él, la elaboración psicoanalítica. Con esto podemos prescindir totalmente del
sueño en lo que sigue, y abrigaremos la expectativa de que la aplicación del psicoanálisis pueda
arrojar alguna luz sobre otros sumarios de hechos llamados ocultos. Tenemos, por ejemplo, el
fenómeno de la inducción o trasferencia {Ubertragung} del pensamiento, muy vecino a la
telepatía y que en verdad puede unirse a ella sin forzar mucho las cosas. Enuncia que ciertos
procesos anímicos que ocurren en una persona -representaciones, estados de excitación,
impulsos de la voluntad- pueden trasferirse a otra persona a través del espacio libre sin el
empleo de las consabidas vías de comunicación por palabras y signos. Comprenden ustedes
cuán maravilloso sería, y acaso también cuánta importancia práctica tendría, que algo así
Ocurriera efectivamente. Dicho sea de pasada, asombra que justo este fenómeno sea el
menos mencionado en los antiguos informes referidos a los milagros.
En el curso del tratamiento psicoanalítico de pacientes he tenido la impresión de que la actividad
de los decidores profesionales de la suerte esconde una favorable oportunidad para emprender
observaciones exentas de objeción sobre la trasferencia del pensamiento. Son personas de
escaso valor o aun de inferiores dotes que se entregan a alguna clase de manejo (8)
echan cartas, estudian escritos y líneas de la mano, emprenden cálculos astrológicos, y así
adivinan el futuro a sus visitantes tras haberse mostrado familiarizados con algunas de sus
peripecias pasadas o presentes. Sus clientes las más de las veces se muestran muy
satisfechos con estas operaciones y ni siquiera les guardan rencor cuando luego las profecías
no se cumplen. He tenido a mano varios de estos casos, pude estudiarlos analíticamente y
enseguida pasaré a referirles el más notable de estos ejemplos. Por desgracia, la fuerza
probatoria de estas comunicaciones se verá perjudicada por las numerosas reservas a que me
obliga el deber de la discreción médica. Empero, me he ajustado rigurosamente al designio de
evitar desfiguraciones. Escuchen, pues, la historia de una de mis pacientes, que tuvo una
vivencia de esta índole con un decidor de la suerte (9).
Era la mayor de una serie numerosa de hermanos; había crecido en una ligazón
extraordinariamente intensa con su padre, y luego se casó joven, hallando plena satisfacción en
su matrimonio. Sólo una cosa le faltaba para su dicha: no tenía hijos, y por eso no podía colocar
del todo a su amado marido en el lugar del padre. Cuando tras largos años de desengaño
decidió someterse a una operación ginecológica, su marido le reveló que la culpa era de él,
pues una enfermedad que contrajera antes del matrimonio lo había incapacitado para procrear
hijos. Ella soportó mal la desilusión, se volvió neurótica y era evidente que la aquejaban unas
angustias de tentación. Para distraerla, el marido la llevó consigo en un viaje de negocios a
París. Allí, cierto día, estando sentados en el vestíbulo del hotel, les llamó la atención cierto
ajetreo entre los empleados. Ella preguntó qué sucedía, y se enteró de que había llegado
Monsieur le professeur y atendía consultas en un gabinete. Exteriorizó su deseo de hacer ella
también la prueba. El marido se lo desaconsejó, pero en un momento en que estuvo sin
vigilancia se filtró en la sala que hacía de consultorio y se presentó al decidor de la suerte. Ella
tenía 27 años, aparentaba ser mucho más joven, se había quitado la alianza. Monsieur le
professeur le hizo estampar la mano sobre una taza llena con cenizas, estudió con cuidado la
impresión y luego le dijo que la aguardaban toda clase de difíciles luchas, concluyendo con la
consoladora seguridad de que empero se casaría y a los 32 años tendría dos hijos. Cuando me
refirió esta historia, ella tenía 43 años, estaba gravemente enferma y sin perspectiva alguna de
tener hijos jamás. Por tanto, la profecía no se había cumplido, a pesar de lo cual no la
mencionaba en absoluto con amargura; antes bien, parecía como si en su recuerdo fuera una
vivencia gozosa. Fue fácil comprobar que ni sospechaba qué podrían significar las dos cifras de
la profecía [2 y 32], ni si en definitiva significaban algo.
Dirán ustedes que es una historia tonta e incomprensible, y preguntarán para qué se la he
contado. Ahora bien, compartiría por entero su opinión si el análisis -y este es el punto capitalno
nos hubiera posibilitado una interpretación de aquella profecía, que, justamente por el
esclarecimiento del detalle, produce gran convencimiento. En efecto, las dos cifras encuentran
su lugar en la vida de la madre de mi paciente. Esta se había casado tarde, después de los
treinta años, y en la familia habían comentado a menudo que se apuró con tanto éxito que llegó
a recuperar el tiempo perdido. Los dos primeros hijos, empezando por nuestra paciente,
nacieron el mismo año calendario con el menor intervalo posible, y de hecho a los 32 años ya
tenía dos. Lo que Monsieur le professeur dijera a mi paciente significaba, pues: «Consuélese,
es usted muy joven. Todavía tendrá el mismo destino que su madre, quien debió esperar largo
tiempo los hijos; tendrá dos a los 32 años». Ahora bien, tener el mismo destino que la madre,
ponerse en su lugar, ocupar su puesto junto al padre, ese había sido el deseo más intenso de
su juventud, aquel por cuyo incumplimiento empezaba ahora a enfermar. La profecía le prometía
que aún le sería cumplido; ¿podía abrigar hacia el profeta sentimientos que no fueran
amistosos? Pero, ¿consideran ustedes posible que Monsieur le professeur estuviera
familiarizado con los datos de la historia familiar íntima de su clienta accidental? No; es
imposible. Entonces, ¿de dónde le vino el conocimiento que lo habilitó para expresar en su
profecía el deseo más intenso y secreto de la paciente mediante la recepción de las dos cifras?
Sólo veo dos posibilidades de explicación. O bien la historia, tal como ella me la refirió, no es
verdadera y las cosas ocurrieron de otro modo, o bien debe admitirse que existe una
trasferencia del pensamiento como fenómeno real. Fácilmente puede formularse la hipótesis de
que la paciente, tras un intervalo de 16 años, introdujo en ese recuerdo las dos cifras en
cuestión desde su inconciente. No tengo asidero alguno para esta conjetura, pero tampoco
puedo excluirla, e imagino que ustedes estarán más dispuestos a creer en esa explicación que
no en la realidad de la trasferencia del pensamiento. Si se deciden por esto último, no olviden
que sólo el análisis ha establecido el sumario de los hechos ocultistas, lo ha descubierto,
puesto que se encontraba desfigurado hasta volverse irreconocible.
Si se tratara de un solo caso como el de mi paciente, lo pasaríamos por alto con un
encogimiento de hombros. A nadie se le ocurre edificar sobre una observación aislada una
creencia que implica un vuelco tan decisivo. Pero, créanme, no es el único caso que conozco.
He reunido toda una serie de tales profecías, y de todas recibí la impresión de que el decidor de
la suerte no había hecho más que expresar los pensamientos de la persona que lo consultaba,
y muy en particular sus deseos secretos; que, por tanto, era lícito analizar tales profecías como
si fueran producciones subjetivas, fantasías o sueños de la persona en cuestión. Desde luego `
no todos los casos poseen la misma fuerza probatoria, y no en todos es igualmente posible
excluir explicaciones más acordes con la ratio; empero, del conjunto resta un fuerte superávit de
probabilidades en favor de una efectiva trasferencia del pensamiento. La importancia del tema
justificaría que les presentara todos mis casos, pero no puedo hacerlo por el espacio que
demandaría exponerlos y el inevitable menoscabo de la discreción debida. Intentaré apaciguar
en lo posible mis escrúpulos dándoles algunos otros ejemplos.
Cierto día acudió a mí un joven, de notable inteligencia, estudiante que debía pasar sus últimos
exámenes de doctorado mas no podía rendirlos porque, según su queja, había perdido todo su
interés, su capacidad de concentración y hasta la posibilidad de tener una memoria ordenada
(10). La prehistoria de ese estado de cuasi-parálisis se descubrió pronto: cayó
enfermo a raíz de una gran violencia que se hizo por vencerse a sí mismo. Tiene una hermana
a quien quiere con un amor intenso, pero siempre recatado, lo mismo que ella a él. «¡Qué pena
que no podamos casarnos!», se dijeron muchas veces entre sí. Un hombre digno se enamoró
de esa hermana, ella correspondió a su inclinación, pero los padres no consentían el enlace. En
este trance, la pareja se dirigió al hermano, quien no les denegó su ayuda. Facilitó la
correspondencia entre ambos y mediante su influencia logró que por fin los padres diesen su
consentimiento. En el período que siguió al compromiso le ocurrió un accidente cuyo significado
es fácil de colegir. Emprendió, sin contratar un guía, una difícil expedición a la montaña con su
futuro cuñado; ambos perdieron el rumbo y corrieron el peligro de no regresar sanos y salvos.
Poco tiempo después de realizarse la boda de su hermana, cayó en aquel estado de
agotamiento anímico.
El influjo del psicoanálisis le devolvió su capacidad de trabajo, y me dejó para rendir sus exámenes; empero, luego de pasarlos con éxito retornó a mí por breve lapso en el otoño de ese mismo año. Entonces me informó acerca de una asombrosa vivencia que había tenido antes
del verano. En su ciudad universitaria había una decidora de la suerte que gozaba de gran
predicamento. Hasta los príncipes de la casa gobernante solían consultarla de manera regular
antes de iniciar empresas importantes. Trabajaba de una manera muy simple. Hacía que le
diesen la fecha de nacimiento de una persona determinada, y no pedía saber nada más de ella,
ni siquiera su nombre; después consultaba libros astrológicos, hacía largos cálculos y al fin
daba una profecía sobre la persona en cuestión, Mi paciente decidió requerir para su cuñado su
arte secreto. La visitó y le mencionó la fecha de nacimiento de aquel. Después que hubo
echado sus cuentas, pronunció la profecía: Esa persona moriría en julio o agosto de ese año a
raíz de un envenenamiento con langostas u ostras. Mí paciente concluyó su relato con estas
palabras: «¡Y eso fue grandioso!».

Notas:

1- [En mi «Nota introductoria» a «Psicoanálisis y telepatía» (Freud, 1941d), AE, 18, pág. 168, se encontrará una lista de escritos de Freud sobre este tema. Ernest Jones, en el capítulo XIV del tercer volumen de su biografía (1957), hace una amplia reseña de la actitud de Freud hacia el ocultismo.]
2- [Freud se ocupa del examen de realidad en «Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños» (1917d), AE, 14, págs. 229-33. Cf. también Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16, pág. 339.]
3- [El «placer que depara lo sin sentido» ya había sido cabalmente analizado por Freud en su libro sobre el chiste (1905c), AE, 8, págs. 120-2.]
4- [Goethe, Fausto, parte I, escena 4.]
5- [Una acotación similar aparece en El porvenir de una ilusión (1927c), AE, 21, págs. 27-8.]
6- [Freud informó sobre este ejemplo con mucho más detalle en «Sueño y telepatía» (1922a), AE, 18, págs. 192 y sigs.]
7- {«. . . telepathischen Taibestand»; «sumario» en el sentido del que levanta el juez de instrucción, una comprobación de hechos anterior al juicio mismo.}
8- [En su trabajo anterior, publicado póstumamente, «Psicoanálisis y telepatía» (1941d), AE, 18, pág. 176, Freud se había referido a la importancia que tiene para el adivino distraer las fuerzas psíquicas del sujeto y ocuparlo en una «actividad inofensiva» como medio de liberar un proceso inconciente. Comparó allí esa actividad de distracción con la que se practica en ciertos chistes; véase para esto su libro sobre el chiste (1905c), AE, 8, págs. 144-6. Mucho antes, en su contribución a Estudios sobre la histeria (1895d), AE, 2, págs. 277-8, había dado igual explicación para ciertos procedimientos de hipnosis, en particular su antiguo método de evocar hechos olvidados por el paciente aplicándole la mano sobre la frente; sobre estos procedimientos se explayó en su examen del hipnotismo contenido en Psicología de las masas y análisis del yo (1921c), AE, 18, págs. 119-20. Asimismo, en Psicopatología de la vida cotidiana (1901b), AE, 6, pág. 131, afirma que el dirigir la atención a una actividad automática interfiere en su ejecución.]
9- [Se informa sobre este caso con más detalle y leves variantes en «Psicoanálisis y telepatía» (1941d), AE, 18, págs. 177-8], y mucho más sucintamente en «Algunas notas adicionales a la interpretación de los sueños en su conjunto» (1925i), AE, 19, págs. 139-40.]
10- [También este caso es relatado con algo más de detalle en «Psicoanálisis y telepatía» (1941d), AE, 18, págs. 173-6.]
Continúa en ¨Obras de S. Freud: Sueño y ocultismo¨ (segunda parte)