try another color:
try another fontsize: 60% 70% 80% 90%
Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de Psicología, letra E Edipo Rey. de Sófocles contin.2



Diccionario de Psicología, letra E Edipo Rey. de Sófocles contin.2

Criado: Había nacido en la familia de Layo.
Edipo: ¿De un esclavo o de quién, de su familia?
Criado: ¡Ay de mí, que he llegado al punto más terrible de lo que he de decir!
Edipo: Y yo al de lo que he de oír; con todo, hay que oír.
Criado: Era hijo de Layo... se decía. Pero ella, tu mujer, la que está dentro, te lo podrá decir
mejor que yo, lo que ocurrió.
Edipo: ¿Fue ella la que te lo entregó?
Criado: Justamente, señor.
Edipo: ¿Y con qué finalidad?
Criado: Para que lo hiciera desaparecer.
Edipo: ¡Ella, pobre, que lo había dado a luz!
Criado: Lo hizo angustiada por funestos oráculos.
Edipo: ¿Cuáles?
Criado: Se decía que él sería la muerte de sus padres.
Edipo: Mas tú, ¿como se lo diste a este anciano?
Criado: Por lástima, señor, porque pensé que se lo llevaría a otra tierra, por donde él era, y él,
sí, se salvó, pero para funestísimas desgracias. En cuanto a ti, si eres el que él dice, has de
saber que tú eres el que nació malhadado.
Edipo: ¡Ay, ay! Todo era cierto, y se ha cumplido. ¡Oh luz!, por última vez hoy puedo verte, que
hoy se me revela que he nacido de los que no debí, de aquellos cuyo trato debía evitar, asesino
de quienes no podía matar.
Entra en palacio y, con él, sus esclavos y el mensajero. Se va el que fue criado de Layo.
Coro: ¡Ay, generaciones de los hombres, cómo calculo que vuestra vida y la nada son lo mismo!
¿Quién, qué hombre llega a tanta cuanta felicidad pudo imaginar, si no es para ver declinar lo que
imaginó? Teniendo como ejemplo tu destino, el tuyo, sí, Edipo miserable, no hay en el mortal nada
porque pueda llamarle feliz.
Un hombre que lanzó su flecha más lejos que nadie y se hizo con una total, bienaventurada
dicha, oh, Zeus, y que tras matar a la doncella de corvas garras, a la Esfinge de oraculares
cantos, se erigió como una torre protectora de los muertos de esta tierra; por ello, Edipo, se te
llamó rey mío y, señor de la grandeza de Tebas, recibiste las mayores honras.
En cambio, ahora, ¿quién más triste que tú podría oír llamar? ¿Quién por más salvaje ceguera se
halla en el dolor, por un cambio de vida: quién? ¡Ió, ilustre Edipo! Te ha bastado a ti, su hijo, para
fondear en él como esposo, el puerto mismo que a tu padre: ¿cómo? ¿Cómo pudo el surco que
había sembrado tu padre soportar, desgraciado, hasta tal punto, en silencio?
Te ha descubierto, a tu pesar, el tiempo que todo lo ve, y castiga una boda que no puede ser
boda, que engendre el que antaño fue engendrado. ¡Ió, hijo de Layo! ¡Ojalá, ojalá nunca te hubiera
conocido, que por ti fluyen de mi boca alaridos de desolación! Te digo la verdad: por ti recobré mi
aliento, un día, pero hoy contigo mis ojos buscan el sueño.
Sale de palacio el mensajero(97).
Mensajero: Vosotros, ancianos, los más venerables de esta tierra, ¡qué actos habréis de oír,
qué habréis de ver, cuánto dolor habréis de soportar si, por fidelidad a vuestra sangre, os
preocupáis aún por la estirpe de los Labdácidas! Ni el Istro ni el Fasis, con todas sus aguas(98),
bastarían, creo, para purificar esta casa de cuanto esconde, de los males que ahora saldrán a la
luz, queridos, no involuntarios. De los sufrimientos los que más afligen son los que uno mismo ha
escogido.
Corifeo: Los que ya sabíamos bastaban para afligirnos profundamente: ¿qué puedes añadir a
ellos?
Mensajero: Sólo unas palabras; un momento oírlas y un momento escucharlas: la noble
Yocasta ha muerto.
Corifeo: ¡Oh, desgraciadísima!, y ¿a causa de qué?
Mensajero: Se ha suicidado. Y tú te ahorras lo más doloroso de este suceso porque no está a
tu vista; con todo, hasta donde llegue mi memoria, podrás saber los sufrimientos de aquella
infortunada. Apenas ha atravesado el vestíbulo se precipita, furiosa, poseída, al punto hacia la
habitación nupcial, arrancándose los cabellos con ambas manos; entra, cierra como un huracán
las puertas y llama por su nombre a Layo, fallecido hace tanto tiempo, en el recuerdo del hijo que
antaño engendró y en cuyas manos había de hallar la muerte; a Layo, que había de dejar a su
hijo la que le parió, para que tuviese de ella una siniestra prole.
Gemía sobre la cama en la que había tenido, de su marido, un marido, e hijos de su hijo...
Después de esto, no sé ya cómo fue su fin, porque se precipitó, gritando, Edipo entre nosotros,
y por él no pudimos asistirla a ella en su triste final: en él fijamos todos nuestros ojos, con ansia,
viéndole volverse, ir y venir, pidiéndonos un arma, pidiendo que le digamos dónde esta su mujer;
no su mujer, aquella madre doble, tierra en que fueron sembrados él y sus hijos. Estaba fuera de
sí y algún dios se lo indicó, que no se lo indicó ninguno de los que estábamos a su vera; horrible
grita y como si alguien le guiara se abalanza contra la doble puerta, de cuajo arranca la
encajonada cerradura y se precipita dentro de la estancia; allí colgada la vimos, balanceándose
aún en la trenzada cuerda... Cuando la ve, Edipo da un horrendo alarido, el miserable, afloja el
nudo de que pende; después, el pobre cae al suelo, e insoportable en su horror es la escena
que vimos: arranca los alfileres de oro con que ella sujetaba sus vestidos, como adorno, los
levanta y se los clava en las cuencas de los ojos, gritando que lo hacía para no verla, para no
ver ni los males que sufría ni los que había causado: "Ahora miraréis, en la tiniebla, a los que
nunca debisteis ver, y no a los que tanto ansiasteis conocer"; como un himno repetía estas
palabras y no una sola vez se hería los párpados con esos alfileres; sus cuencas, destilando
sangre, mojaban sus mejillas; no daban suelta, no, a gotas humedecidas de sangre, sino que le
mojaba la cara negro chubasco de granizo ensangrentado. De dos y no de sólo uno: de marido y
mujer, de los dos juntos, ha estallado este desastre. La antigua ventura era ayer ventura,
ciertamente, pero hoy, en este día: gemido, ceguera, muerte, vergüenza, cuantos nombres de
toda clase de desastres existen, sin dejar ni uno.
Corifeo: Y el pobre Edipo, ahora, ¿se siente algo aliviado de su mal?
Mensajero: A gritos dice que descorran las cerraduras de las puertas y que muestren a todos
los cadmeos un parricida, un matricida, y sacrilegios tales que no puedo yo repetir. Quiere
arrojarse a sí mismo de su tierra, dice que no puede permanecer en su casa, maldecido por sus
propias maldiciones, que necesita, al menos, de la fuerza de alguien que le guíe: su infortunio es
insoportable para él solo. Pero él mismo te lo explicará, que veo que se abren las puertas: el
espectáculo que vas a ver es tal que hasta a uno que le odiara apenaría.
Aparece, vacías las cuencas de sus ojos, el rostro ensangrentado, Edipo.
Corifeo: ¡Oh, qué atroz sufrimiento, apenas visible para un hombre! Esta es la más atroz de
cuantas desgracias he topado, en mi vida. Infeliz, ¡qué locura te vino! Sobre tu destino
desgraciado, ¿qué dios ha dado un salto mayor que los más grandes?
¡Ay, mísero, ni mirarte puedo, aunque querría, sí, preguntarte tantas cosas, saber, verte, tanto...!
pero, ¡es tal la angustia que me infundes!
Edipo: ¡Ay ay, ay ay! ¡Ay! ¡Ay, desgraciado de mí, infeliz! ¿adónde voy? ¿Adonde, arrebatada,
vuela mi voz? Destino mío, ¿adónde me has precipitado?
Corifeo: Es un horror que no puede oírse ni verse.
Edipo: ¡Nube, ay, de sombra, abominable, que sobre mí te extiendes, indecible, inaguantable,
movida por vientos que me son contrarios! ¡Ay de mí y ay de mí de nuevo! ¡Cómo clava en mí su
aguijón el recuerdo de mis males!
Corifeo: A nadie puede sorprender, si en tus males doblas tus quejas, pues doble es la
desgracia que te aqueja.
Edipo: Ió, amigo, tú eres aún mi compañero, el único que me queda: tú aún te preocupas de este
ciego. ¡Ay, ay! No, no te creas que no reconozco tu voz: claramente la identifico, a pesar de mis
sombras.
Corifeo: ¡Oh, qué horrible lo que has hecho! ¿Cómo has podido marchitar así tus ojos? ¿Qué
dios te ha empujado a ello?
Edipo: Apolo, Apolo ha sido, amigos, el que mis sufrimientos ha culminado tan horrorosa,
horrorosamente... pero estas cuencas vacías no son obra de nadie, sino mía, ¡mísero de mí!
¿Qué había de ver, si nada podía ser ya la dulzura de mis ojos?
Corifeo: Sí, así era, justo como dices.
Edipo: ¿Qué podía ya ver que me fuera grato? ¿A quién podía preguntar cuya respuesta
pudiera, amigos, oír con placer? Echadme lejos, lo más lejos que podáis, echad a esta ruina,
amigos, a este hombre tan maldecido, al más odiado por los dioses.
Corifeo: Te torturas pensando y acreces tu desgracia. ¡Cómo preferiría no haberte conocido!
Edipo: ¡Mala muerte tenga, el que fuera que en el prado me cogió por los grillos de los pies y me
libró de la muerte, devolviéndome así la vida! Nada hizo que deba agradecerle: de haber muerto
entonces nunca hubiera sido el dolor de mis amigos, el mío propio.
Corifeo: También yo querría que hubiese pasado así.
Edipo: Nunca hubiera llegado a asesinar a mi padre ni me hubiera llamado esposo de aquella por
la que tuve la vida. En cambio, ahora, heme aquí, abandonado por los dioses, hijo miserable de
impurezas, que he engendrado en la mujer a la que debía mi vida. Si puede haber un mal peor
que el mismo mal, éste ha tocado a Edipo.
Corifeo: Se me hace difícil decirte que lo que has decidido es cierto:
mejor que vivir así, ciego,
estuvieras muerto.
Edipo: ¿No es quizá lo mejor, lo que he hecho? No me vengas con
lecciones ni con consejos,
encima. Yo no sé, de tener ojos, como hubiera podido mirar a mi padre
cuando vaya al Hades, ni
a la pobre de mi madre, porque ahorcarme no es bastante para purgar los
crímenes que contra ellos dos he cometido. Y además, ¿podía deleitarme
en mirar a mis hijos, nacidos del modo en
que han nacido? No, nunca: esto no podía ser grato a mis ojos, ni esta
ciudad, ni estas murallas,
ni estas sagradas imágenes de los dioses. Yo, mísero, el mas noble hijo
de Tebas, me privé a mí
mismo de esto, yo que decreté que todos repelieran al sacrílego, a
aquel cuya impureza
mostraban los dioses... ¡y del linaje de Layo!
Y yo, tras haber sacado a relucir una mancha como la mía, ¿podía mirar
a los tebanos cara a
cara? No, ciertamente, que si hubiera podido cerrar la fuente que
permite oír por los oídos no me
hubiese arredrado, no, por incomunicar el cuerpo de este miserable:
así, además de ciego, fuera
sordo: ¿no es dulce poder pensar alejado de los males?
Ió, Citerón, ¿por qué me acogiste? ¿Por qué, cuando me tenías, no me
mataste al punto? Así
jamás hubiera revelado mi origen a los hombres. ¡Oh, Pólibo! ¡Corinto y
la casa de mi padre,
decían! ¡Qué belleza -socavada de desgracias- criasteis! Y ahora
descubro, desgraciado, que
vengo de infelices. ¡Ay, tres caminos, soto escondido, encrucijada
estrecha! Vosotros bebisteis
la propia sangre mía que mis manos vertieron, la de mi padre. ¿Os
acordáis de los crímenes que
cometí a vuestra vista y de los que cometí, otra vez, llegado aquí?
Bodas, bodas que me habéis
hecho nacer y, nacido, habéis suscitado por segunda vez la misma
simiente, mostrando padres
hermanos e hijos entre sí, todos del mismo linaje, y una novia esposa y
madre... En fin, el máximo
que de vergüenza pueda haber entre los hombres.
Pero, vamos, hay cosas que no es decoroso haberlas hecho, pero no menos
lo es hablar de
ellas. Venga, rápido: por los dioses, escondedme lejos en algún lugar,
matadme o arrojadme al
mar, adonde no tengáis que verme ya más. ¡Vamos!, dignaos tocar a este
miserable; creedme,
no temáis: mis males, no hay ningún mortal que pueda soportarlos, salvo
yo.
Corifeo: De lo que pides, ahora viene a propósito Creonte, que podrá
hacer y aconsejar, pues
él es el único guardián de esta tierra, que ha quedado en tu lugar.
Entra Creonte.
Edipo: Ay de mí, ¿qué podré decirle? ¿Qué confianza puede mostrarme, si
hace un momento me
he presentado ante él tan desconfiado?
Creonte: No he venido a hacer burla de ti, Edipo, ni a echarte en cara
los insultos de hace un
rato. (Al coro). Pero vosotros, si no os angustia este mortal linaje,
respetad al menos la luz del
soberano Sol que todas cosas nutre y no le mostréis así a este
sacrílego(99): hoy, que no
pueden ni la tierra, ni la sagrada lluvia, ni la luz aceptarle. Venga,
pues, rápido, acompañadle a
su casa: son los de su propio linaje, solamente, los que por piedad han
de oír las desgracias de
su estirpe. Edipo: Pues así vienes a calmar mi ansia, tú, excelente,
ante este hombre tan ruin, escúchame,
que lo que voy decirte es en tu interés y no en el mío.
Creonte: ¿Qué necesitas, que te mueva así a rogarme?
Edipo: Que me eches de esta tierra lo antes posible, adonde mortal
alguno me dirija jamás la
palabra.
Creonte: Debes saber que ya lo habría hecho, esto, si no hubiera
querido saber antes qué
vaticinaba el dios que convenía hacer.
Edipo: Pero bastante clara ha dado él ya su sentencia: el parricida, el
impío que yo soy, que
muera.
Creonte: Así se pronunció, sí, en efecto; sin embargo, dada nuestra
embarazosa situación,
mejor es saber qué hemos de hacer.
Edipo: Así pues, por un hombre tan mísero como yo, ¿consultáis al
oráculo?
Creonte: Sí, y ahora sí habrás de poner tu fe en el dios.
Edipo: Sí, y te encargo y te suplico que a la que está dentro de la
casa le tributes las exequias
que tú quieras: es de tu familia y así obrarás rectamente. En cuanto a
mí, no me consideres digno
de vivir en esta ciudad de mis padres, de detentar la ciudadanía; no,
antes déjame vivir en los
montes, en aquel Citerón famoso por ser mi cuna y que mi padre y mi
madre, cuando los dos
vivían, me asignaron como propia tumba: así podré morir como ellos
querían que muriese. Con
todo, tengo la certeza de que ni enfermedad ni nada así puede acabarme,
pues no hubiera sido
salvado de la muerte, de no ser para algún terrible infortunio. Es
igual: que vaya por donde
quiera mi destino. Pero mis hijos, Creonte, no te pido que te aflijas
por los varones, que son
hombres, de modo que no ha de faltarles, donde quiera que estén, de qué
ir viviendo... Pero mis
dos pobres, lamentables hijas... Para ellas siempre estaba parada y
servida la mesa, pero ahora,
sin mí... En todo lo que yo tocaba, en todo tenían ellas parte... De
ellas sí te ruego que cuides... Y
déjame que puedan mis manos tocarlas, lamentando su mala fortuna.
Hace Creonte señal a un esclavo para que vaya a buscarlas y las saque
allí.
Ah, príncipe, noble príncipe: si pudiera sentir en ellas mis manos me
parecería tenerlas como
antes, cuando podía ver. Entra el esclavo con Antígona e Ismene.
Mas, ¿qué digo? ¿No estoy oyendo a mis dos hijas, lamentándose? Por los
dioses, Creonte ha
tenido, pues, piedad de mí y ha hecho venir a mis dos amadísimas hijas:
¿digo bien?
Creonte: Sí, dices bien: yo lo he dispuesto así porque me he dado
cuenta del deseo que tienes
y tenías, hace rato.
Edipo: (A Creonte). Bienaventurado seas, y en recompensa a haberlas
hecho venir, que te
guarden los dioses mejor de lo que a mí me guardaron. (Palpando en la
oscuridad, hacia sus
hijas). ¿Dónde estáis, hijas? Venid aquí, acogeos a estas manos mías,
las del hermano que
procuró al padre que os ha engendrado la vaciedad que veis en los ojos
que tenían antes luz; al
padre que os hizo nacer a vosotras, hijas mías, sin darse cuenta, sin
saber nada, del mismo lugar de donde él había sido sacado. Por vosotras
lloro, que no puedo miraros, al pensar en la
amarga vida que os espera, en la vida que os harán llevar los hombres,
porque, ¿a qué reunión
de los demás ciudadanos podréis asistir? ¿A qué fiesta que no hayáis de
volver llorando a casa
en vez de disfrutar de sus espectáculos? Y cuando lleguéis a la edad de
casaros, ¿qué hombre
puede haber, hijas, que cargue con el peso de estos oprobios que serán
vuestra ruina, como
fueron la de mis padres? ¿Qué desgracia falta? Vuestro padre ha matado
a su padre y ha
sembrado en la que le parió, en la que él había sido sembrado, y os ha
tenido de las entrañas
mismas de las que él había salido. Estos oprobios tendréis que oíros; y
así, ¿quién querrá
casarse con vosotras? Nadie, no hay duda, hijas, y tendréis que
consumiros en la esterilidad,
solteras...
(A Creonte). Tú, hijo de Meneceo, pues eres el único que queda para
hacerles de padre,
muertos ya como estamos su madre y su padre, los dos, no permitas que ellas que son de tu
sangre vaguen sin marido que las libre de la pobreza. No quieras igualarlas a mis infortunios. No,
Creonte, apiádate de ellas pues las ves así, tan jóvenes y privadas de todo, si no es por lo que a
ti te tocan. Consiente a mi ruego, noble Creonte, y, en señal de ello, toca con tu mano la mía.
Estrecha Creonte la mano de Edipo.
Y a vosotras, hijas mías, si tuvieseis edad de comprenderme, yo os daría muchos consejos...
Ahora, rogadles a los dioses, que, donde quiera que os toque vivir, tengáis una vida mejor que la
que tuvo vuestro padre.
Creonte: Ya basta con el extremo a que han llegado tus quejas. Ahora entra en casa.
Edipo: He de obedecer, hasta si no me gusta.
Creonte: Todo lo que se hace en su momento está bien hecho.
Edipo: Iré, pero ¿sabes con qué condición?
Creonte: Si me lo dices, podré oírla y la sabré.
Edipo: Que me envíes lejos de Tebas.
Creonte: Me pides algo cuya concesión corresponde a Apolo.
Edipo: Pero a mí me odian los dioses.
Creonte: Pues, entonces, sin duda lo obtendrás.
Edipo: ¿Tú crees?
Creonte: No suelo hablar en vano, diciendo lo que no pienso.
Edipo: Venga, pues: ahora, échame de aquí.
Creonte: De momento, deja a tus hijas y ven.
Edipo: ¡No, no me las quites!
Creonte: No quieras mandar en todo. Venciste muchas veces, pero tu estrella no te acompañó
hasta el final de tu vida.
Entran Edipo y Creonte, con los esclavos, en palacio. Un esclavo se lleva a Antígona e Ismene.
Va desfilando el coro mientras el Corifeo dice las últimas palabras.
Corifeo: Habitantes de mi patria, Tebas, mirad: he aquí a Edipo, que descifró los famosos
enigmas y era muy poderoso varón cuya fortuna ningún ciudadano podía contemplar sin envidia;
mirad a qué terrible cúmulo de desgracias ha venido. De modo que, tratándose de un mortal,
hemos de ver hasta su último día, antes de considerarle feliz sin que haya llegado al término de
su vida exento de desgracias.