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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra A, Agresividad



Agresividad
Al.: Aggression, Aggressivität. -
Fr.: agressivité. -
Ing.: aggressivity, aggressiveness. -
It.: aggressivitá. -
Por.: agressividade.

Tendencia o conjunto de tendencias que se actualizan en conductas reales o fantasmáticas,
dirigidas a dañar a otro, a destruirlo, a contrariarlo, a humillarlo, etc. La agresión puede adoptar
modalidades distintas de la acción motriz violenta y destructiva; no hay conducta, tanto negativa (rechazo de ayuda, por ejemplo) como positiva, tanto simbólica (por ejemplo, ironía) como
efectivamente realizada, que no pueda funcionar como agresión. El psicoanálisis ha concedido
una importancia cada vez mayor a la agresividad, señalando que actúa precozmente en el desarrollo del sujeto y subrayando el complejo juego de su unión y desunión con la sexualidad.
Esta evolución de las ideas ha culminado en el intento de buscar para la agresividad un
substrato pulsional único y fundamental en el concepto de pulsión de muerte.
Es corriente la opinión de que Freud reconoció con lentitud la importancia de la agresividad. No fue él mismo quien autorizó tal creencia: «¿Por qué -pregunta- hemos necesitado tanto tiempo para decidirnos a reconocer la existencia de una pulsión agresiva? ¿Por qué dudábamos en utilizar, para la teoría, hechos que resultaban evidentes y familiares a todo individuo?». De hecho, las dos preguntas planteadas por Freud deben considerarse por separado, puesto que, si bien es perfectamente cierto que la hipótesis de una «pulsión agresiva» autónoma, emitida por Adler en 1908, fue durante mucho tiempo rechazada por Freud, sería, por el contrario, inexacto afirmar que la teoría psicoanalítica, antes de la «vuelta de 1920», rehusara considerar las
conductas agresivas.
Fácilmente se puede demostrar esto a varios niveles. En primer lugar, en la cura, en la que Freud
constata muy pronto la resistencia con su matiz agresivo: «[...] el paciente, hasta entonces tan
bueno y tan leal, se vuelve grosero, falso o rebelde, simulador, hasta el momento en que yo se lo
digo y logro así doblegar su carácter». Es más, Freud, a partir del Caso Dora (Fragmento de un
análisis de histeria [Bruchstück einer Hysterie-Analvse, 1905]), considera la intervención de la
agresividad como un rasgo particular del tratamiento psicoanalítico: «[...] el enfermo, en el curso de otros tratamientos, evoca sólo transferencias afectuosas y amicales en favor de su curación [...]. Por el contrario, en el psicoanálisis [...] es preciso develar y utilizar para el análisis,
volviéndolas conscientes, todas las nociones, incluidas las hostiles». Al principio, la
transferencia se le presentó a Freud como resistencia; ésta es en gran parte debida a lo que él
llamará transferencia negativa (véase: Transferencia).
La clínica le impone la idea de que las tendencias hostiles son de singular importancia en
determinadas afecciones (neurosis obsesiva, paranoia). El concepto ambivalencia connota la
coexistencia, en un mismo plano, de amor y odio, si no al nivel metapsicológico más fundamental,
por lo menos en la experiencia. Mencionemos además el análisis que efectúa Freud de! chiste,
según el cual éste, «[...] cuando no tiene un fin en sí mismo, como es el caso del chiste inocente,
sólo puede estar al servicio de dos tendencias [...]; o bien se trata de un chiste hostil (al servicio
de la agresión, la sátira, la defensa), o bien de un chiste obsceno [...]».
A este respecto Freud habla en varias ocasiones de «pulsión hostil», «tendencia hostil».
Finalmente, el complejo de Edipo fue descubierto en un principio como una conjunción de deseos
amorosos y hostiles (siendo presentado por vez primera en La interpretación de los sueños
[Die Traurndeutung, 1900] bajo el título «Sueños de muerte de personas queridas»); su
elaboración progresiva condujo a hacer intervenir cada vez más estos dos tipos de deseo en las
diferentes constelaciones posibles.
La variedad, extensión e importancia de estos fenómenos reclamaban una explicación a nivel de
la primera teoría de las pulsiones. Esquemáticamente puede decirse que la respuesta de Freud
se escalona en varios planos:
1.° Si rehusa hipostasiar, tras estas tendencias y conductas agresivas, de una pulsión
específica, es porque le parece que una tal concepción conduciría a atribuir a una sola pulsión lo
que, según él, caracteriza esencialmente a la pulsión, es decir, el ser un empuje del cual no se
puede huir, que exige del aparato psíquico un cierto trabajo y que pone en movimiento la
motilidad. En este sentido, para realizar sus fines, incluso aunque éstos sean «pasivos» (ser
amado, ser visto, etc.), la pulsión exige una actividad que puede tener que vencer obstáculos:
«toda pulsión es un fragmento de actividad».
2.° Ya es sabido que, en la primera teoría de las pulsiones, se oponían a las pulsiones sexuales
las pulsiones de autoconservación. De un modo general la función de estas últimas es el
mantenimiento y la afirmación de la existencia individual. Dentro de este marco teórico se intenta
explicar, mediante un complicado interjuego de estos dos grandes tipos de pulsiones, las
conductas o sentimientos tan manifiestamente agresivos como el sadismo o el odio. La lectura de
Las pulsiones y sus destinos (Triebe und Triebschicksale, 1915) pone de manifiesto que Freud ya disponía de una teoría metapsicológica de la agresividad. La transformación aparente del amor en odio no es más que una ilusión; el odio no es un amor negativo; tiene su propio origen, cuya complejidad señala Freud, siendo su tesis central que «los verdaderos prototipos de la relación de odio no provienen de la vida sexual, sino de la lucha del yo por su conservación y su afirmación».
3.° Finalmente, en la esfera de las pulsiones de autoconservación, Freud especifica, ya como
una función, ya incluso como una pulsión independiente, la actividad de asegurar su dominio sobre el objeto (Bemächtingungstrieb) (véase: Pulsión de apoderamiento). Con este concepto, parece querer significar una especie de campo intermedio entre la simple actividad inherente a toda función y una tendencia a la destrucción por la destrucción. La pulsión de apoderamiento constituye una pulsión independiente, ligada a un aparato especial (la musculatura) y a una fase precisa de la evolución (fase sádico-anal). Pero, por otra parte, « [...] dañar el objeto o aniquilarlo le es indiferente», por cuanto la consideración del otro y de su sufrimiento sólo aparecen en la vuelta masoquista, tiempo en el cual la pulsión de apoderamiento se vuelve indiscernible de la excitación sexual que provoca (véase: Sadismo-masoquismo).
Con la última teoría de las pulsiones, la agresividad pasa a desempeñar un papel más importante y a ocupar un lugar distinto en la teoría.
La teoría explícita de Freud referente a la agresividad puede resumirse como sigue: «Una parte
[de la pulsión de muerte] se pone directamente al servicio de la pulsión sexual, donde su función
es importante. Hallamos aquí el sadismo propiamente dicho. Otra parte no acompaña esta
desviación hacia el exterior, sino que permanece en el organismo, donde queda ligada
libidinalmente con la ayuda de la excitación sexual que la acompaña [...]; aquí reconocemos el
masoquismo originario, erógeno».
El término «pulsión agresiva» (Aggressionstrieb) lo reserva Freud casi siempre para designar la
parte de la pulsión de muerte dirigida hacia el exterior con la ayuda especial de la musculatura.
Se observará que esta pulsión agresiva, y quizá también la tendencia a la autodestrucción,
solamente puede ser captado, según Freud, en su unión con la sexualidad (véase:
Unión-desunión).
El dualismo pulsiones de vida-pulsiones de muerte es asimilado a menudo por los psicoanalistas al de sexualidad y agresividad, y el propio Freud se manifestó en ocasiones en este sentido. Pero tal asimilación precisa varias observaciones:
1.ª Los hechos invocados por Freud en Más allá del principio del placer (Jenseits des
Lustprinzips, 1920) para justificar la introducción del concepto de pulsión de muerte, constituyen
fenómenos en los cuales se afirma la compulsión a la repetición, y ésta no se halla en relación
electiva con conductas agresivas.
2.ª Si, en el campo de la agresividad, algunos fenómenos adquieren cada vez mayor importancia
para Freud, son precisamente todos aquellos que indican una autoagresión: clínica del duelo y
de la melancolía, «sentimiento de culpabilidad inconsciente», «reacción terapéutica negativa»,
etc., fenómenos que le conducen a hablar de las «misteriosas tendencias masoquistas del yo».
3.ª Desde el punto de vista de los conceptos que aquí intervienen, las pulsiones de vida o Eros
distan de ser simplemente un nuevo nombre para designar lo que antes se denominaba
sexualidad. En efecto, con el término «Eros» Freud designa el conjunto de pulsiones que crean o
conservan unidades, de forma que en ellas se incluyen no sólo las pulsiones sexuales, en tanto
que tienden a conservar la especie, sino también las pulsiones de autoconservación, dirigidas a
conservar y a afirmar la existencia individual.
4.ª Al mismo tiempo, el concepto de pulsión de muerte no es simplemente un concepto genérico
que abarque sin distinción todo lo que con anterioridad se describía como manifestaciones
agresivas y solamente esto. En efecto, parte de lo que podría llamarse lucha por la vida
pertenece ciertamente al Eros; y a la inversa, la pulsión de muerte recoge a su vez, y con
certeza de un modo más definido, lo que Freud había reconocido, en la sexualidad humana,
como específico del deseo inconsciente: su irreductibilidad, su insistencia, su carácter arreal y,
desde el punto de vista económico, su tendencia a la reducción absoluta de las tensiones.
Cabe preguntarse en qué aspectos se modifica el concepto de agresividad a partir de 1920.
Podría responderse que:
l.° Se amplía el campo de fenómenos en los que se reconoce la intervención de la agresividad.
Por una parte, la concepción de una pulsión destructiva susceptible de desviarse hacia fuera o
de retornar hacia dentro, conduce a hacer de los avatares del sadomasoquismo una realidad
sumamente compleja, capaz de explicar numerosas modalidades de la vida psíquica. Por otra
parte, la agresividad no se aplica tan sólo a las relaciones objetales o consigo mismo, sino
también a las relaciones entre las diferentes instancias psíquicas (conflicto entre el superyó y el
yo).
2.° Al localizar la pulsión de muerte, en su origen, en la propia persona y al hacer de la
autoagresión el principio mismo de la agresividad, Freud destruye la noción de agresividad
clásicamente descrita como un modo de relación con otro, como una violencia ejercida sobre
otro. Aquí quizá convendría oponer a ciertas declaraciones de Freud sobre la malignidad natural del hombre la originalidad de su propia teoría.
3.° Finalmente, ¿permite la última teoría de las pulsiones definir mejor la agresividad en relación con el concepto de actividad? Como ha hecho observar Daniel Lagache, «a primera vista, la actividad aparece como un concepto mucho más amplio que el de agresividad; todos los
procesos biológicos o psicológicos constituyen formas de actividad. Por consiguiente, la
agresividad, en principio, no significaría otra cosa que ciertas formas de actividad». Ahora bien,
en la medida en que Freud tiende a situar en el lado del Eros todo lo perteneciente a los
comportamientos vitales, invita a preguntarse qué es lo que define el comportamiento agresivo;
un elemento de respuesta puede proporcionarlo el concepto unión-desunión. Éste significa no
sólo la existencia de uniones pulsionales en diversas proporciones, sino que comporta, además,
la idea de que la desunión es, en el fondo, el triunfo de la pulsión de destrucción, en cuanto éste
se dirige a destruir los conjuntos que, a la inversa, el Eros tiende a crear y a mantener. Desde
este punto de vista, la agresividad sería una fuerza radicalmente desorganizadora y
fragmentadora. Estas características han sido asimismo subrayadas por los autores que, como
Melanie Klein, insisten en el papel predominante desempeñado por las pulsiones agresivas desde la primera infancia.
Como puede verse, tal concepción está en relación directa con la evolución que ha
experimentado en psicología el sentido de los términos creados con la raíz de agresión.
Especialmente en el idioma inglés, English y English, en su Diccionario general de términos
psicológicos y psicoanalíticos, hacen observar que el sentido de la palabra aggresiveness se
ha ido debilitando cada vez más, hasta perder toda connotación de hostilidad y convertirse en
sinónimo de «espíritu emprendedor», «energía», «actividad»; en cambio. la palabra aggresivity
habría experimentado una menor modificación de sentido, pudiendo inscribirse mejor en la serie
«aggression(43)», «to aggress».

La hipótesis de una «pulsión de agresión» se origino en una conferencia de Alfred Adler del 3 de junio de 1908, en una de las «sesiones de los miércoles» (grupo de discusión hebdomadario que reunía en torno a Freud a sus primeros fieles). Estaban presentes, entre otros, Federn,
Hitschmann, Rank, Stekel y Wittels. Inicialmente titulada «El sadismo en la vida y en la neurosis»,
publicada en la revista Des Fortschritte der Medizin con el título «La pulsión de agresión en la
vida y la neurosis», esta conferencia dará material, al año siguiente, para un resumen de
Abraham en su Informe sobre la literatura psicoanalítica austríaca y alemana aparecida hasta
1909 («Bericht über die österreichische und deutsche psychoanalytische Literatur bis zum Jahre
1909»).
«Según Adler -expresa Abraham-, cada pulsión se origina en la actividad de un órgano, los
órganos inferiores se distinguen por una pulsión particularmente poderosa. Los órganos
inferiores desempeñan un papel importante en la génesis de la neurosis. El sadismo se basa en
el "entrecruzamiento" (Verschränkung) de la pulsión de agresión y la pulsión sexual. La pulsión
de agresión -como todas las demás pulsiones- puede acceder a la conciencia bajo una forma
pura o sublimada, o bien ser convertida en su contrario como consecuencia del efecto inhibidor
de otra pulsión, o incluso volverse contra el sujeto, o desplazarse sobre otra meta. El autor da
una idea sucinta de las manifestaciones y la significación de esas formas de la pulsión de
agresión en el individuo sano y en el neurótico».
Crítica freudiana a Adler
La discusión de la intervención de Adler, según las «Minutas», que se conservan, apuntó
principalmente a la especificidad de la «pulsión de agresión», que varios participantes
consideraron asimilable a la libido evocada por Rank el año anterior en su texto sobre «El artista»
(Der Kunstler). El propio Freud, por otra parte, se declaró de acuerdo con Adler acerca de la
mayoría de los puntos «por una razón definida: lo que Adler llama pulsión de agresión, dijo, es
nuestra libido».
«También hay que reprochar a Adler -continuó Freud- que cometa dos confusiones. Ante todo
amalgama la pulsión agresiva y el sadismo (el sadismo es una forma particular de la pulsión
agresiva, forma ligada al sufrimiento infligido a otro). La pulsión es lo que hace que el individuo
esté inquieto (unruhig) (una necesidad insatisfecha); la pulsión entraña: la necesidad, la
posibilidad de obtener placer y algo activo (la libido). No obstante, la libido no puede separarse
de la posibilidad de placer. Sobre esta base se aclara la concepción adleriana de la angustia.
Hemos concebido la angustia como un estado de la libido insatisfecha. Según Adler, la angustia
es un estado de la pulsión de agresión transformada, en el que ésta es vuelta contra el sujeto.
Basar la represión en la pulsión de mirar (Sehtrieb) es también una manera de velar las cosas.
Las fuerzas impulsoras de la represión (la represión es un proceso de supresión insuficiente
que sólo atañe a los procesos sexuales, determinado por el desarrollo infantil) son las otras
fuerzas de la civilización, entre las cuales los órganos de los sentidos desempeñan naturalmente
un papel preponderante.»
«Por lo demás, la descripción que ha dado Adler de la vida pulsional contiene numerosas
observaciones justas y valiosas. Adler sólo ha tomado en cuenta las pulsiones desde el punto
de vista de la psicología de la normalidad, sin considerar lo patológico. Trató de explicar la
enfermedad a partir de la psicología de la normalidad; ése era el punto de vista de los Estudios
sobre la histeria.»
De hecho, el pensamiento de Adler debe más a Nietzsche (cf., por ejemplo, Genealogía de la
moral) que al psicoanálisis. Además, al año siguiente, poniendo de manifiesto su interés por la
noción adleriana de la intrincación (Verschränkung), Freud renovó, a propósito del análisis de
Juanito, su crítica de principio. «Por un proceso de intrincación -comienza escribiendo-, que
Adler ha denominado con mucha justicia "intrincación de las pulsiones", el placer que Juanito
encuentra en su propio órgano sexual se alía al voyeurismo en sus componentes activo y
pasivo.» Subsiste, no obstante, el problema de fondo.
«En un trabajo muy sugerente -continúa Freud-, Alfred Adler ha expresado recientemente la idea de que la angustia es engendrada por la represión de lo que él denomina la "pulsión agresiva", y ha atribuido a esta pulsión, gracias a una síntesis de gran alcance, el rol principal en lo que le sucede a los hombres, sea "en la vida o en la neurosis". La conclusión a la que hemos llegado, y según la cual, en este caso de fobia, la angustia se explicaría por la represión de esas tendencias agresivas (tendencias hostiles contra el padre y tendencias sádicas contra la madre), parece aportar una confirmación brillante al punto de vista de Adler. Sin embargo, nunca he podido estar de acuerdo con esta manera de ver, y la considero una generalización engañosa. No puedo resolverme a admitir una pulsión especial de agresión junto a las pulsiones ya conocidas de conservación y sexual, en el mismo nivel que ellas. Me parece que Adler ha puesto erróneamente como hipóstasis de una pulsión especial lo que es un atributo universal e indispensable de todas las pulsiones, justamente su carácter "pulsional", impulsivo, lo que podemos describir como la capacidad de poner en marcha la motricidad. De las otras pulsiones
no quedaría entonces nada más que su referencia a una cierta meta, puesto que sus relaciones
con los medios para alcanzarla habrían sido sustraídas por la "pulsión agresiva". A pesar de
toda la incertidumbre y de toda la oscuridad de nuestra teoría de las pulsiones, prefiero atenerme
provisionalmente a nuestra concepción actual, que deja a cada pulsión su propia facultad de
convertirse en agresiva y, en las dos pulsiones reprimidas en Hans, me inclino a reconocer los
componentes, desde hace mucho tiempo familiares, de la libido sexual.»
La hipótesis de Adler conservará no obstante un valor heurístico. Bajo la égida de Más allá del
principio de placer (1920), aparecerá en primer lugar como complemento de la teoría general de
la libido, destinado a recubrir las vicisitudes de su componente sádico. Al disponer en adelante
de la noción de pulsión de muerte, Freud, en efecto, se valdrá de ella para describir los procesos
imputados en el modelo de Adler a la pulsión agresiva.

Pulsión de muerte, sadismo y masoquismo
«Hemos adoptado como punto de partida la oposición entre pulsiones de vida y pulsiones de
muerte. El amor mismo concentrado en un objeto nos ofrece otra polaridad de este tipo: amor
propiamente dicho (ternura) y odio (agresión). ¡Si pudiéramos establecer una relación entre
estas dos polaridades, reconducir la una a la otra! Siempre hemos afirmado que la pulsión sexual
contenía un componente sádico; sabemos que este elemento puede volverse independiente y,
bajo la forma de una perversión, apoderarse de toda la vida sexual de la persona. Aparece
igualmente como pulsión parcial dominante en una de las organizaciones que he denominado
"pregenitales". Ahora bien, ¿cómo deduciremos del Eros, cuya función consiste en conservar y
mantener la vida, esta tendencia sádica que apunta a dañar al objeto? ¿No se justifica admitir
que el sadismo, hablando con propiedad, no es más que una pulsión de muerte que la libido
narcisista ha desprendido del yo y que sólo puede ejercerse sobre el objeto? Se pondría
entonces al servicio de la función sexual; en la fase de organización oral de la libido, la posesión
amorosa coincide con la destrucción del objeto; más tarde, la tendencia sádica se vuelve
atónoma y, finalmente, en la fase genital propiamente dicha, cuando la procreación se convierte
en el objetivo principal del amor, la tendencia sádica impulsa al individuo a apropiarse del objeto
sexual y dominarlo en una medida compatible con la realización del acto sexual.»
Otra ilustración es la agresión vuelta contra el yo, es decir el masoquismo: «La observación
clínica nos había impuesto antes una manera de ver según la cual el masoquismo, pulsión parcial
complementaria del sadismo, sería sadismo vuelto contra el yo. Pero la vuelta de la pulsión desde
el objeto hacia el yo, no difiere, en principio, de su orientación desde el yo hacia el objeto,
orientación que aquí nos aparece como un hecho nuevo. El masoquismo, la orientación de la
tendencia hacia el yo, no sería entonces en realidad más que un retorno a una fase anterior de
esta tendencia, una regresión. Sólo en un punto la definición del masoquismo que di entonces me
parece demasiado exclusiva y necesitada de una corrección: el masoquismo puede ser primario,
posibilidad que antes yo creía que era preciso poner en entredicho».

Destrucción y meta pulsional
Con este desarrollo se relacionará la interpretación de esa pulsión como «destructora».
«En un trabajo lleno de interés y de ideas -indica una nota de Freud-, pero al que,
lamentablemente, me parece que le falta claridad, Sabina Spielrein ha retomado una gran parte
de estas especulaciones. Ella le da al elemento sádico de la pulsión sexual el nombre de
"destructor" (Die Destrucktion als Ursache des Werdens). Siguiendo una vía diferente, A.
Stärcke se ha aplicado a identificar la noción de libido con el instinto de muerte (véase también
Rank, Der Kunstler). Todos estos esfuerzos, lo mismo que los nuestros, tienden a llenar una
laguna, responden a la necesidad de una explicación que aún falta.»
En la presentación tópica de El yo y el ello, esta noción de destrucción se articula con una teoría
general de las pulsiones: «La asociación de un gran número de organismos elementales
unicelulares, con la formación consecutiva de seres vivos pluricelulares, ha permitido neutralizar
la pulsión de muerte de la célula particular y aislada, y derivar hacia el mundo exterior, por
intermedio de un órgano particular, las mociones destructivas. Este órgano estaría representado
por la musculatura, y. la pulsión de muerte se manifestaría en adelante (al menos en parte) bajo
la forma de una tendencia a la destrucción, dirigida contra el mundo y los otros seres vivos.»
Sin duda Freud recuerda todavía el «entrecruzamiento» o intrincación de Adler -bajo la
denominación de «mezcla» de las pulsiones cuando evoca su «desintrincación». «Una vez admitida la concepción de una mezcla de las dos variedades de pulsiones, entrevemos en
seguida la posibilidad de una desmezcla, más o menos completa, de esas dos variedades. En el
componente sádico de la pulsión sexual tendríamos un ejemplo clásico de una mezcla de
pulsiones al servicio de una meta determinada, mientras que el sadismo, afirmándose como una
perversión independiente, nos ofrecería un ejemplo no menos clásico de una disociación de la
mezcla, llevada al extremo. Nos encontramos así en presencia de un vasto conjunto de hechos
que aún no han sido encarados a la luz de las nociones que aquí preconizamos. Verificamos
sobre todo que la inclinación a la destrucción presenta siempre y en todos los casos la forma de
una inclinación de derivación, al servicio de Eros.» Así se cristaliza en su originalidad la noción
de una pulsión de agresión, a la cual se le reconocerá como meta la destrucción. Desarrollada
en 1929 en El malestar en la cultura, confirmada en 1932 por las Nuevas conferencias de
introducción al psicoanálisis, esta nueva interpretación no debe solamente su alcance al hecho
de que consagra una coincidencia de Freud con la corriente derivada de Adler, sino sobre todo
a que se constituye sobre un terreno nuevo. El yo y el ello permitía presagiar esta evolución,
puesto que la «tendencia a la destrucción» aparecía allí como «dirigida contra el mundo y los otros seres vivos».